viernes, 6 de noviembre de 2020

Surfista, médico y un carisma arrollador: un ejemplo para los jóvenes que va camino a los altares

Cada vez afloran más vidas de jóvenes católicos que murieron en pleno siglo XXI y que son un ejemplo para las nuevas generaciones. Recientemente, el nuevo beato Carlo Acutis ha sido un auténtico fenómeno mediático en todo el mundo. Pero no es el único que es propuesto como un ejemplo para la juventud.

Otro es Guido Schäffer, conocido como el “ángel surfista”, un joven brasileño seminarista a punto de ordenarse que murió ahogado en 2009 a los 34 años mientras practicaba surf, una de sus grandes pasiones.

Guido está en estos momentos en proceso de beatificación en la Archidiócesis de Río de Janeiro, que considera que su vida “inspira cada vez más a otros jóvenes a seguir el camino de la santidad sin dejar de vivir todas las cosas propias de la juventud”.

Para conocer más sobre la vida de Guido, Ediciones Paulinas ha publicado el libro El Ángel Surfista donde cuentan detalladamente las enormes obras de evangelización y caridad que este joven con gran carisma realizó durante su vida.

"Guido siempre quiso salvar vidas"

En el prefacio, Jorge Luiz Neves, conocido como el Padre Jorjão, sacerdote que siempre estuvo muy cercano a él recuerda una anécdota de su funeral. La contó la madre de este joven. “Siendo niño era un apasionado por el mar, quería ser salvavidas; cuando era adolescente, era apasionado por el ser humano, quería ser médico; era apasionado por Dios, quería ser sacerdote. Guido siempre quiso salvar vidas”, explicaba su madre.

Este sacerdote recuerda además que “mientras se preparaba para su consagración sacerdotal, (Guido) hizo de la medicina su apostolado. Su encuentro con las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta afianzó su trabajo voluntario junto a las personas de la calle. En la residencia médica, la Santa Casa de Misericordia, reveló su competencia como profesional ilustre de la salud, siendo elogiado por sus colegas, reconocido por sus profesores y admirado por sus pacientes”.

Pero además –agrega el Padre Jorjão- “su gran liderazgo atraía a un equipo de voluntarios que cada domingo se convertían en un ejército de bien y de amor para los internos de la enfermería 41, de aquel hospital fundado por el padre Anchieta. Así era Guidinho: ponía empeño y pasión en todo lo que se proponía hacer, y todo lo realizaba con amor”.

Guido Schäffer era joven y provenía de una familia de alta posición en Rio de Janeiro. Hablaba la jerga de los jóvenes de su barrio, el exclusivo Copacabana, y durante mucho tiempo tuvo novia. Y siguiendo la estela de su padre y de su abuela decidió en primer lugar ser médico, y lo llegó a ser, según contaban sus profesores de facultad y jefes en el Hospital.

Su infancia fue normal, como la de otros muchos niños. Al tener tan cerca el mar pasaba mucho tiempo en la playa surfeando, y como su alegría era contagiosa siempre estaba rodeado de gente.

Su espiritualidad estuvo muy marcada por sus padres, una familia profundamente católica. Iban juntos a misa el domingo y cada noche rezaban en familia. Además, su  padre participaba en un grupo de la Renovación Carismática, que también marcaría el devenir de Guido.

Guido invitaba desde adolescente a sus amigos para que acudieran a algún retiro espiritual, en especial el del Cenáculo, que organizaba el Movimiento Sacerdotal Mariano, y al que acudía todos los meses su madre.

La cita de Tobías que cambió su vida

Una vez que inició su deseada carrera de Medicina, este joven brasileño se unió en Fuego del Espíritu, otra comunidad de espiritualidad carismática que además atendía a pobres. Y fue en un retiro donde escuchó una frase que cambiaría totalmente su vida: "No apartes la cara ante ningún hombre y Dios tampoco la apartará de ti". Esta cita es de Tobías, y le golpeó de tal manera ante la actitud que había tenido antes con los pobres que se puso de rodillas y pidió perdón al Señor suplicándole: “¡Jesús, ayúdame a cuidar a los pobres!”.

En ese momento, también vino en su ayuda  la lectura del libro El hermano de Asís (San Pablo), escrito por el capuchino español Ignacio Larrañaga, fundador de los Talleres de Oración y Vida, que le dio "una gran luz de Dios en su vida".

Guido colaboró en la atención a los pobres con las misioneras de la Caridad de la Madre Teresa. La hermana Irma Caritas, trabajó mucho con él en las calles. Así le recordaba: “su única preocupación era salvar almas. Llevar a todos a un encuentro personal con Cristo. Para eso no media esfuerzos. De hecho, toda su conversación estaba direccionada con Él y hacia Él. No perdía una oportunidad de proclamar a Jesús ya fueran con palabras o con su propio ejemplo".

De hecho, esta religiosa aseguraba que “cuando atendía a los hermanos de la calle no los cuidaba únicamente la salud del cuerpo, sino sobre todo, el del alma. A ninguno de los pacientes dejaba de hablares de Cristo. Muchos de ellos salían del consultorio con lágrimas y profundamente tocados. Oraba por cada uno de ellos y les invitaba a recibir los sacramentos como fuente de gracia y comunión con Dios".

Usar los talentos que Dios le dio

La hermana Irma contaba también de Guido que “muchas veces usaba los carismas que el Señor le concedía. Varias veces presencié cómo daba palabras de conocimiento a sus pacientes. A todos trataba con delicadeza, paciencia y comprensión. Nunca lo vi irritado o impaciente con ninguno. Incluso cuando alguien llegaba borracho o con sobredosis de drogas, Guido procuraba calmarlos... siempre tenía tiempo para cada uno. Su ejemplo me edificaba y corregía".

Finalmente, Guido acabaría poniendo fin su relación con su novia y respondió a la llamada de Dios para ser sacerdote. Pero estando en el Seminario de Río de Janeiro, Guido no abandonó a sus “hermanos de la calle, sino que continuó llevando comida por las noches a la favelas más pobres, escuchando con cariño, orando y aconsejando a los más desfavorecidos. A todos atendía como médico de forma gratuita.

Este era el “ángel surfista”, un joven apasionado por Dios y por la vida, que fue feliz e hizo feliz a los que rodeaba. Ahora es un ejemplo para tantos cristianos jóvenes que buscan referentes. Y quien sabe si más pronto que tarde la Iglesia lo declarará santo.

jueves, 5 de noviembre de 2020

¿Qué tipo de casa puedes edificarme?

¿Qué está bien y qué está mal? Luchamos mucho por cuestiones morales, frecuentemente con una rectitud segura de sí misma. Y generalmente caemos en esa misma autorectitud cada vez que argüimos sobre el pecado. ¿Qué constituye un pecado y qué contribuye a un pecado grave? Las diferentes denominaciones cristianas y las diversas escuelas de pensamiento que hay en ellas se apoyan en varias clases de razonamiento bíblico y filosófico al tratar de solucionar esto, a menudo discrepando amargamente unos de otros y provocando más ira que consenso.

En parte, eso es de esperar, ya que las cuestiones morales deben tener en cuenta el misterio de la libertad humana, las limitaciones inherentes a la contingencia humana y el desconcertante número de  situaciones  existenciales que varían de persona a persona. No es fácil en cualquier situación dada decir lo que está bien y lo que está mal, e incluso más difícil decir lo que es pecaminoso y lo que no.

Intentando no ofender por cómo nuestras iglesias y pensadores morales han planteado clásicamente las cuestiones morales, creo que hay un modo mejor de plantearlas que, más saludablemente, tenga en cuenta la libertad humana, las limitaciones humanas y la singular situación existencial de cada individuo. El planteamiento no es propio mío, sino uno proclamado por el profeta Isaías, quien nos ofrece esta pregunta de parte de Dios: ¿Qué tipo de casa puedes construirme? (Isaías 66,1). Esa pregunta debería apoyar nuestro total discipulado y todas nuestras opciones morales.

¿Qué tipo de casa puedes construirme? Los hombres y mujeres de fe generalmente han tomado esto literalmente; y así, desde los tiempos antiguos hasta hoy mismo, han construido espléndidos templos, santuarios, iglesias y catedrales para manifestar su fe en Dios. Eso es admirable, pero la invitación que proclama Isaías es, primera y principalmente, sobre el tipo de casa que debemos edificar dentro de nosotros mismos. ¿Cómo guardamos la imagen y semejanza de Dios en nuestro cuerpo, nuestra inteligencia, nuestra afectividad, nuestras acciones? ¿Qué tipo de “iglesia” o “catedral” es nuestra persona misma? Esa es una pregunta más profunda en términos de vivencia moral.

Más allá de un nivel muy elemental, nuestra toma de posición moral ya no debería ser guiada por la pregunta del bien o el mal,  ¿es esto pecaminoso o no? Más bien debería ser guiada y motivada por una pregunta más elevada: ¿Qué tipo de casa puedes construirme? ¿A qué nivel quiero vivir mi humanidad y mi discipulado? ¿Quiero ser más egoísta o más generoso? ¿Quiero ser despreciable o noble? ¿Quiero ser autocompasivo o grande de corazón? ¿Quiero vivir mis compromisos con una fidelidad totalmente honrada o me encuentro cómodo traicionando a otros y a mí mismo a escondidas? ¿Quiero ser un santo o me encuentro bien siendo mediocre?

A un nivel maduro de discipulado (y madurez humana) la cuestión ya no es ¿está esto bien o mal? Eso no es cuestión de amor.  La cuestión de amor es más bien ¿cómo puedo profundizar? ¿A qué nivel puedo vivir el amor, la verdad, la luz y la fidelidad en mi vida?

Permitidme un ejemplo simple y terreno para ilustrar esto. Considerad la cuestión de la castidad sexual: ¿es la masturbación errónea y pecaminosa? Una vez oí a un profesor de moral tomar una perspectiva sobre esto que refleja el desafío de Isaías. Aquí, en una  paráfrasis, está el modo como encuadró la cuestión: “No creo que sea útil contextualizar esta cuestión como hicieron los textos de la teología moral clásica, al decir que es un desorden grave y seriamente pecaminoso. Ni creo que sea útil decir lo que nuestra cultura y mucho de la psicología contemporánea están diciendo, que es moralmente indiferente. Yo creo que una manera más útil de tratar esto es no mirarlo a través del prisma de si es correcto o equivocado, pecaminoso o no. Más bien, pregúntate esto: ¿a qué nivel quiero vivir? ¿A qué nivel quiero llevar mi castidad, mi fidelidad y mi honestidad? ¿En qué momento de mi vida quiero aceptar el hecho de llevar más tensión que tanto mi discipulado como mi humanidad me piden? ¿Qué clase de persona quiero ser? ¿Quiero ser alguien totalmente transparente o alguien que tenga mercancías escondidas debajo del mostrador? ¿Quiero vivir en total sobriedad?” ¿Qué clase de “templo” quiero ser? ¿Qué tipo de casa puedo edificar para Dios?

Esta -creo yo- es la manera ideal como deberíamos afrontar las opciones morales en nuestras vidas. Por supuesto, esta no es una espiritualidad para personas cuyo desarrollo moral es tan débil o deteriorado que aún están luchando con las más fundamentales demandas de los Diez Mandamientos. Tales personas necesitan ayuda recuperativa y terapéutica, pero esa es tarea diferente (aunque necesaria).

Y un punto más, esta opción moral nos viene, como lo hacen todas las invitaciones venidas de Dios, como una invitación, no como una amenaza.  Es a través del amor y no de la amenaza como Dios nos invita a la vida y al discipulado, siempre preguntándonos   gentilmente: ¿qué tipo de casa puedes edificarme?

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Guardias civiles abren un Camino a Santiago, pero al de la parroquia de Medjugorje: «Creemos que es de la Virgen»

Un camino a Santiago, pero en esta ocasión a la parroquia de Santiago de Medjugorje, la aldea bosnia que se ha convertido en un enorme lugar de peregrinación ante las supuestas apariciones de la Virgen. Esto es lo que ha ideado y llevado a la práctica un grupo de guardias civiles católicos y sus familias durante este pasado verano. Un camino espiritual que une Dubrovnik con Medjugorje, con el objetivo de “cerrar heridas de la guerra”.

Este grupo de guardias civiles junto con sus familias lleva varios años peregrinando a Santiago de Compostela, pero esta vez quisieron ir un paso más allá. Y con la ayuda de Google Maps fueron estudiando rutas e itinerarios para ir en Agosto a esta aldea bosnia.

El teniente Isidro Martínez explicaba a Alfa y Omega que quisieron evitar las carreteras transitadas y por eso el camino discurre por rutas locales casi sin tráfico y por caminos de tierra.

Un camino para curar heridas

“Creemos que este camino es de la Virgen, porque a la gente de aquí le va a venir muy bien peregrinar para poder cerrar las heridas de la guerra», afirma el agente de la Benemérita, que explica que “lo normal es que desde Dubrovnik la gente coja un autobús o un coche, pero nosotros queríamos abrir lo que pensamos es un nuevo camino a Santiago, para que otros puedan seguirlo, sobre todo la gente de esta zona tan castigada por la guerra de los Balcanes”, añade.

La peregrinación duró cinco días y el grupo estuvo asistido durante el camino por un sacerdote. Los guardias civiles pudieron disfrutar de la hospitalidad de los pueblos croata y bosnio. “Se volcaron con nosotros, nos paraban y nos daban frutos de sus huertos. Fueron muy hospitalarios. Al ver las banderas españolas que llevábamos, nos coreaban casi más que si estuviéramos en España”, contaba el teniente Martínez.

Uno de los grandes momentos del viaje se produjo durante el segundo día. Se encontraron con un croata llamado Luko, que años antes había realizado su propia peregrinación a Santiago de Compostela. Impactado por todo lo que vivió en la ruta jacobea, al volver a su pueblo se puso a edificar un albergue en una casa destrozada por la guerra, por si algún día pasaban por allí peregrinos.

Este guardia aseguraba que “la gente de allí le tenía por loco, y cuando nos lo encontramos de manera providencial en el camino no sé quién se sorprendió más. Nos llevó a su casa y nos contó su historia y la visión que tenía de hacer allí un albergue. Nos contó que la guerra hizo perder la fe a muchos, y la gente se preguntaba dónde estaba Dios en medio de tanto sufrimiento”.

Por eso, abrir un camino a Medjugorje “es una manera de devolver la fe a este pueblo que ha sufrido tanto”, contaba Martínez.

martes, 3 de noviembre de 2020

El padre Doñoro vive entregado a los "niños crucificados", pequeños que llegan a su Hogar Nazaret en el Amazonas con historias durísimas.

El padre Ignacio María Doñoro es un loco de la providencia. Este sacerdote vasco que era capellán militar y más tarde de la Guardia Civil en el País Vasco en los años más duros de ETA acabó dejando todo tras descubrir la llamada dentro de la llamada que recibía incesantemente de Dios. Tenía que rescatar a los "niños crucificados". Y así lo hizo.

Acompañado por una fuerza asombrosa y una tenacidad que afirma que le provienen de la Eucaristía y de la Virgen María, el padre Doñoro fundó en el Amazonas peruano su Hogar Nazaret, una casa que actualmente tiene más de 300 niños y que sigue creciendo.

Muchas son las dificultades y retos. También los peligros. Pero la providencia lo acompaña. Algunas impresionantes historias de cómo Dios actúa literalmente para dar de comer a estos niños que arrastran terribles historias las cuenta en su libro El fuego de María, editado por Nueva Eva.

En este libro este sacerdote relata su vida porque para comprender por qué acabó creando este Hogar Nazaret es importante conocer de dónde venía. Sus difíciles años como seminarista en Bilbao, sus historias como capellán en misiones internacionales y finalmente los momentos clave con experiencias casi místicas que le han ido ocurriendo durante estos años le convencieron de que no debía seguir su voluntad sino la de Dios. Y todo pasaba por servir a estos niños.

  Hemos conversado con el padre Doñoro para intentar comprender a un sacerdote que rompe moldes y que está profundamente enamorado de Dios, y que ve al mismo Cristo en cada uno de los niños que recoge de la calle:

- ¿Cómo fueron sus años como capellán en el País Vasco y anteriormente en el Ejército? ¿Era feliz en medio de una situación tan complicada y peligrosa?

- Era feliz y, a la vez, sufría mucho. La alegría no es incompatible con el dolor. Fueron unos años de mi vida en que me sentí muy querido. Al mismo tiempo, teníamos que enfrentarnos a situaciones durísimas. En el libro cuento algunas de ellas, pero hubo muchas más que darían para otro libro. Lo positivo era que hacíamos una piña contra la adversidad, la violencia y la crueldad, y tratábamos de salir adelante haciendo lo que era nuestro deber. Eso une mucho.

- Habla usted de “niños crucificados”, un término duro, para definir a sus niños del Hogar… ¿por qué su misión se ha enfocado en los menores?

- Todo empezó en El Salvador, donde acudí como comisionado para supervisar el destino de unos fondos de ayuda económica de una ONG. Allí salvé a un niño a quien sus padres habían decidido vender por 26 dólares para tráfico de órganos, porque estaba muy enfermo y ya no sabían qué hacer con él, y tenían otras cuatro hijas que alimentar. Cuando me di cuenta de la indefensión de los más pequeños en los países de extrema pobreza, comprendí que aquella era mi vocación, mi llamada dentro de la llamada, como lo llamaría la Madre Teresa: salvar la vida y devolver la dignidad a los últimos de la tierra, a los que nadie quiere.

-¿Cuál es la realidad que encuentra cuando llegan a sus puertas?

- Cuando esos descartados, como dice el Papa Francisco, llaman a mi puerta, vienen rotos por fuera y por dentro, llenos de heridas purulentas, de parásitos, de enfermedades, de miedos… A pesar de que lo que llama la atención es lo destrozados y enfermos que están, eso no es nada comparado con el dolor con el que cargan, y por eso los llamo “mis niños crucificados”. La salud la pueden recobrar en seis meses, un año o dos, pero sanar las heridas del alma lleva bastante más tiempo.

- El ahora cardenal Sarah tuvo un papel fundamental en su vida y en el Hogar Nazaret. Hizo una especie de profecía hacia usted, ¿no es así?

- Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barajas de vuelta de un viaje a Mozambique cuando un amigo que vive en Roma me avisó de que me habían conseguido una entrevista con Monseñor Robert Sarah, que entonces era el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. La cuestión era que habían fijado la entrevista al día siguiente a las doce de la mañana. Todavía no sé cómo me las arreglé, pero el caso es que un cuarto de hora antes de las doce estaba delante de la puerta del entonces obispo Robert Sarah…

Cuando me recibió, me habló en un italiano muy cerrado. Yo no domino el italiano y tuve que recurrir al intérprete para entender lo que me decía. Me pidió que sacara adelante la obra del Hogar Nazaret, que el Papa (Benedicto XVI) lo quería. Y antes de que me marchara, me miró a los ojos y me dijo: “No olvide que sus ángeles” —se refería a los de los niños que íbamos a rescatar— “en el cielo están contemplando el rostro de nuestro Dios. Que no se pierda ni uno solo”. Y lo repitió. Aquella frase se me quedó grabada en el alma.

- Conociéndole hay dos palabras que bajo mi punto de vista definen todo el libro y por tanto su vida: loco, “un loco de Dios” y Providencia…

-Sé que muchas personas consideran que estoy loco y no me molesta en absoluto, pero si estoy loco no es porque haya perdido la cabeza, sino porque estoy loco de amor por Jesús. ¡Y Él está todavía más loco de amor que yo! Me ama tanto que se fía de mí. Dios, fiándose de un ser humano para llevar a cabo su obra en la tierra… ¡Eso sí es estar loco!

En cuanto a la Providencia, es algo muy natural y real en la historia del Hogar Nazaret. Nunca me ha gustado considerar la asistencia de Dios como algo extraño o sobrenatural. Yo creo que Dios cuida de sus hijos y está pendiente de las necesidades de mis niños de un modo que muchas veces conmueve, pero eso no es algo exclusivo del Hogar Nazaret. Lo que pasa es que hay que saber mirar esas ayudas y el cuidado amoroso de Dios con ojos de fe. Si en el Hogar Nazaret se nota de un modo más palpable es porque en la selva del Amazonas carecemos de muchas cosas y de repente nos llegan ayudas que a veces son difíciles de explicar. 

- En el libro habla de numerosas situaciones límite: amenazas, una paliza que le dejó moribundo, el vivir al día para dar de comer a tantos niños… ¿Cómo ha podido aguantar tanto? ¿Cuál es su secreto?

-Mi secreto es, sin duda, la Eucaristía. La Santa Misa es mi vida. Desde que me despierto por la mañana, empiezo a pensar cómo será la Misa de ese día. Así va creciendo mi deseo-necesidad de Jesús, acompañado por la certeza de que el Corazón de Dios lo desea aún más. Como un padre que espera el nacimiento de su hijo y se muere de ganas de tenerlo entre sus brazos, así me explota a mí el pecho de amor al pensar que de nuevo podré traer a Dios a la tierra y tenerlo entre mis manos, mirándole como si Él fuera solo para mí y yo para Él.

Cada día le pido al Señor que pueda cargar con el dolor de los niños crucificados y aguantar lo que venga, pero que nunca me falte traerlo a la tierra y gozar físicamente de su amor. Si me faltara la Misa, moriría de pena. No hay nada comparable a estar físicamente con Jesús.

- Usted en muchos aspectos rompe moldes, pero hay uno que destroza completamente. Es amante de la liturgia y la tradición, y vive dando la vida por los últimos. En usted se da la evangelización y lo social no como algo separado sino como completamente inseparable…

-Es que hay una relación muy estrecha entre servir a los más pobres y la presencia del Señor en la Eucaristía. Es todo uno. Igual que puedo abrazar a un niño, en la Eucaristía puedo abrazar con mis manos a Jesús. Cuando saco el copón del sagrario, aprovecho y le doy un beso, y cuando lo guardo le doy otro. El beso que le doy a un niño es el mismo beso que le doy a Jesús, porque Jesús está en ellos. Es lo mismo.

Los más pobres son los preferidos de Jesús, y si son niños, todavía más; y si encima son niños crucificados, ahí estás viendo directamente el rostro de Dios… Para mí, servirles, lavarles los pies y atenderles es una necesidad de amor. Servir es convertirse en pesebre. Yo me imagino el pesebre de Belén no con ángeles cantando, sino como un lugar maloliente donde comían los animales. Mis niños llegan externamente e internamente destrozados. Eso es el pesebre, eso es lavar los pies. Y después, cobra todo su sentido celebrar la Misa para traer al mismo Dios a la tierra y hacerse uno con Él, para formar parte de Dios y que Dios forme parte de nosotros. Es un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Se trata de lavar los pies desde abajo para levantar a cada niño y que luego en la Eucaristía sea Dios quien desde arriba se anonade hasta abajo para que le comamos.

- Su vida no puede entenderse sin la Virgen María, que además da título a su libro. ¿Qué ha supuesto Ella para usted?

-La Virgen María me ha acompañado desde pequeño todos los días de mi vida y me lleva de la mano sin soltarme ni un minuto. El rezo del rosario y la devoción a nuestra Madre han sido dos constantes en mi vida. Mis primeros recuerdos de la infancia están asociados a santuarios de la Virgen, especialmente Lourdes y Fátima, y al rosario, que rezaba con naturalidad desde que tenía cinco años. Mis padres me pusieron de nombre Ignacio María; Ignacio significa «nacido del fuego» y la Virgen María es la que ha sabido mantener siempre ese fuego encendido. Ella es la que me sostiene cada día y mi afán como sacerdote es difundir su devoción.

- Un aspecto llamativo del Hogar Nazaret son las construcciones  que forman este Hogar. No se parecen al resto de las que hay en el Amazonas sino que se inspiran en santuarios españoles tanto en estética como en calidad…

-Hay personas que, al ver los edificios del Hogar Nazaret piensan que son exagerados, como si fueran demasiado para los pobres y no los merecieran. Tampoco entienden que se pueda construir un edificio para que dure cientos de años. En la selva el concepto de vivienda se aplica a construcciones de adobe de baja calidad que ante cualquier movimiento sísmico o inundación se hunden. Como mucho, aguantan treinta o cuarenta años, no más.

En la selva no hay obras de arte como tales; es más, el propio concepto de arte escapa a la comprensión de muchas de estas personas. Pero si en todas las casas en las que he estado me he esforzado siempre porque hubiera un sagrario lo más bello posible para el Señor, ¿cómo no voy a preparar para estos niños un sagrario? En ellos está Jesús, ellos son Jesús. Es Jesús quien viene a mi puerta y no le puedo poner debajo de la escalera. ¡A Jesús quiero darle la mejor habitación de la casa! Ese es el doble sentido de los edificios del Hogar Nazaret: que sean seguros y aguanten muchos años en pie, y que alberguen a los niños, sagrarios vivos en los que mora Jesús.

En el Hogar de Nuestra Señora del Rocío hay una cruz cuya elaboración ha durado dos años. Es una versión de la cruz de Almonte. Tiene dos coronas de espinas en el centro, con un total de cuatrocientas espinas. Dentro de las espinas está el Corazón de Jesús. Y es curioso que la cruz del Rocío de la Amazonía tenga ese corazón, porque la de Almonte no lo tiene. El sentido de que en esta cruz hayamos puesto el corazón de Cristo es porque Él es el que está salvando a los niños del Hogar Nazaret. Es un Corazón rodeado de espinas, que son todos los impedimentos que ponemos los hombres a Dios, todos nuestros pecados. Es el propio Cristo quien asume esas espinas. En la parte de arriba, en vez de poner INRI, hemos puesto HN (Hogar Nazaret), porque Hogar Nazaret es el grito de Cristo en la cruz, que reclama un hombre nuevo. Jesús grita porque Él no quiere el horror de los niños crucificados.

- Dos preguntas más para acabar, ¿cuál ha sido su mejor experiencia en el Hogar Nazaret estos años? ¿Y la peor?

- Mi mejor experiencia es ver feliz a Jesús en cada uno de mis niños. Eso me hace feliz, porque la felicidad consiste en el gozo de Dios. No sabría aislar una experiencia concreta por encima de otras, como tampoco sabría seleccionar la peor, porque la peor sucede cada vez que llega un niño al que nadie quiere. ¿Cómo se puede no querer a un niño? ¿Cómo es posible no querer a Jesús, al que es Amor? Eso me destroza.

EL SECRETO DE "FRAY ESCOBA"

Negro con alma de nieve,

vestido de blanco y negro,

¿qué hiciste que en pocos años

te has ganado el mundo entero?


Si tu vida fue sencilla

y oscuro tu nacimiento;

si por ser negra tu piel

te miraron con desprecio

y por baja condición

te negaron los derechos,

¿por qué los grandes del mundo

buscan hoy tu valimiento?


Si toda tu ciencia fue

cuidar de pobres y enfermos,

manejar con gran pericia 

las tijeras de barbero

y barrer día tras día

en los claustros de un convento,

¿por qué invocan hoy tu ayuda

los sabios y los discretos?


Si no tuviste poder,

arte, ciencia, ni dinero,

con que los hombres conquistan

honra, fama y nombre excelso,

¿por qué tu nombre pregonan

las gentes del mundo entero?

¿Qué hiciste, pues, Fray Escoba?

¿En dónde está tu secreto?


Yo sé muy bien lo que hiciste.

Tu secreto he descubierto.

Sé que aprendiste de Cristo

lo que dijo en su Evangelio:

"Quien en la tierra se humilla

será ensalzado a los cielos".

Y tú, Martín, en el mundo

¡supiste hacerte pequeño!


Negro con alma de nieve,

vestido de blanco y negro,

¡enséñame a ser humilde

y a vivir según tu ejemplo!

domingo, 1 de noviembre de 2020

El Papa declara mártires a dos víctimas del genocidio armenio

 El Papa declara mártires a dos víctimas del genocidio armenio

Leonardo Melkī murió en 1915 por negarse a apostatar, y Thomas Saleh en 1917 por acoger a un sacerdote armenio perseguido. El Papa también ha autorizado la beatificación de la española María Lorenza Requenses de Longo y ha reconocido las virtudes heroicas de María Teresa del Corazón de Jesús

El 5 de junio de 1915, las autoridades otomanas arrestaron al director del colegio de los capuchinos en Mardin, al sureste de la actual Turquía. El hecho de ser el profesor de Francés lo hacía sospechoso de colaborar con Francia, país enemigo del Imperio otomano durante la I Guerra Mundial. Pero, de trasfondo, estaba el genocidio contra los no turcos y no musulmanes que el régimen estaba perpetrando.

Nacido en Mabdat (Líbano) en 1881, Yūsuf Habīb Melkī era sacerdote maronita además de fraile capuchino con el nombre de fray Leonardo. Ya había servido en distintos conventos en Armenia y Mesopotamia, antes de llegar a su último destino. Detenido en la fortaleza de Mardin, sufrió duras torturas por negarse a convertirse al islam. Durante varios días le dieron palizas, lo arrastraron escaleras abajo por la barba, lo colgaron de los pies durante horas y le arrancaron las uñas de manos y pies. Luego fue incluido en una de las caravanas de la muerte organizadas por los otomanos con armenios, siriacos, caldeos y protestantes en el marco del genocidio puesto en marcha en la actual Turquía durante la I Guerra Mundial. Fue asesinado el 11 de junio en medio del desierto con el obispo armenio Ignace Maloyan y 415 vecinos de Mardin. 

Cuando el Papa habló de «genocidio»

El Papa Francisco ha reconocido su martirio, junto con el de su hermano de hábito Thomas Saleh, fallecido dos años después. El hecho de haber acogido a un sacerdote armenio hizo que fuera castigado con la deportación a pie, dentro de otra caravana y escoltado por militares en lo más crudo del invierno. Murió el 18 de enero de 1917, como consecuencia de las duras condiciones a las que fue sometido. Sus últimas palabras fueron «tengo total fe en Dios, no temo la muerte». 

El reconocimiento de este martirio por parte del Vaticano es mucho más cuidadoso que la canonización masiva de millón y medio de víctimas del genocidio celebrada por la Iglesia apostólica armenia en 2015. Pero no deja de ser una toma de postura muy significativa. Sobre todo considerando el revuelo causado ese mismo año por el uso que hizo el Santo Padre ese mismo año de la palabra «genocidio», que marcó su viaje a Turquía un año después.

Española y fundadora en Nápoles

En su audiencia de este miércoles con monseñor Marcello Semeraro, nuevo prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Santo Padre ha autorizado la promulgación de varios decretos más. Entre ellos, el reconocimiento del milagro que hace posible la canonización del beato italiano Giustino María Russolillo (1891-1955), fundador de la Sociedad de las Divinas Vocaciones y de la Congregación de las Hermanas de las Divinas Vocaciones. 

También ha dado el visto bueno a la beatificación de una religiosa española: María Lorenza Requenses de Longo, nacida en Lérida en 1463 y fallecida en Nápoles en 1539. Fundó el Hospital de los Incurables de Nápoles y las Monjas Capuchinas. Un milagro atribuido a su intercesión abre la puerta a que sea elevada a los altares.

Discípula del cardenal Spínola

En los decretos se incluye a otra religiosa española, aunque en este caso por el reconocimiento de sus virtudes heroicas. Se trata de María Teresa del Corazón de Jesús. Nacida como Celia Méndez y Delgado en Fuentes de Andalucía en 1844, después de quedar viuda comenzó a dirigirse espiritualmente con el después cardenal Marcelo Spínola. En 1885, junto con otras tres mujeres, fundó la Congregación de las Siervas del Divino Corazón de Jesús. Falleció en Sevilla en 1909.

Después de la aprobación del Papa, también serán beatificados el sacerdote italiano Luigi Lenzini, y la laica brasileña Isabel Cristina Mrad Campos, asesinados por odio a la fe respectivamente en Italia en 1945 y en Brasil en 1982; además de  la ucraniana Elżbieta Czacka (nacida Róża, 1876-1961), fundadora de la Congregación de las Hermanas Franciscanas Siervas de la Cruz. Por último, se reconocen las virtudes heroicas del brasileño Roberto Joao (1903-1994), hermano profeso de la Congregación de los Sagrados Estigmas de Nuestro Señor Jesucristo. 

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

 SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta solemne fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza, la gran esperanza que se funda en la Resurrección de Cristo: Cristo ha resucitado y también nosotros estaremos con Él. Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia (cf. Mt 5,1-12a). Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera.

La segunda es esta: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones  y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vida.

En la tercera Bienaventuranza Jesús afirma: "Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra" (v. 5). Hermanos y hermanas ¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás. Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. También esta bienaventuranza  comienza aquí abajo y se cumplirá en el Cielo, en  Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también mundial, donde hay tanta agresividad...Y también en la vida cotidiana, lo primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir: mansedumbre.

Queridos hermanos y hermanas, elegir la pureza, la mansedumbre y la misericordia; elegir confiarse al Señor en la pobreza de espíritu y en la aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, todo esto significa ir a contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión, de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los más débiles. Los santos y los beatos han seguido este camino evangélico. La solemnidad de hoy, que celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la santidad, y nos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno recorre de manera única, de manera irrepetible. Basta pensar en la inagotable variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las santas: no son iguales, cada uno tiene su personalidad y ha desarrollado su vida en la santidad según su propia personalidad y cada uno de nosotros puede hacerlo, ir por ese camino. Mansedumbre, mansedumbre por favor e iremos a la santidad. 

Esta inmensa familia de fieles discípulos de Cristo tiene una madre, la Virgen María. Nosotros la veneramos con el título de Reina de todos los Santos, pero es sobre todo la Madre, que enseña a cada uno a acoger y seguir a su Hijo. Que nos ayude a alimentar el deseo de santidad recorriendo el camino de las Bienaventuranzas.

Después del Ángelus

Ayer en Hartford en los Estados Unidos de América, fue proclamado beato Michael McGivney, sacerdote diocesano y fundador de los Caballeros de Colón. Comprometido con la evangelización, se prodigó para atender las demandas de los necesitados, promoviendo la ayuda mutua. Que su ejemplo nos impulse a todos a testimoniar cada vez más el evangelio de la caridad. Un aplauso para el nuevo beato.

En este día de fiesta no olvidemos lo que está sucediendo en Nagorno-Karabaj donde a los enfrentamientos armados se suceden frágiles treguas, con un aumento trágico de las víctimas, destrucción de viviendas, infraestructuras y lugares de culto, involucración cada vez más grande de la población civil. ¡Es trágico!

Quisiera reiterar mi sincero llamamiento a los dirigentes de las partes en conflicto a “intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente” (Enc. Fratelli tutti, 192). Que no piensen en resolver la controversia que les enfrenta con la violencia sino esforzándose en entablar negociaciones sinceras con la ayuda de la comunidad internacional. Por mi parte, estoy cerca de todos los que sufren e invito a pedir la intercesión de los santos para que haya una paz estable en la región.

También rezamos por las poblaciones del área del Mar Egeo, que hace dos días fueron sacudidas por un fuerte terremoto.

Saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países, en particular saludo a los participantes en la Carrera de los Santos promovida por la Fundación “Don Bosco en todo el mundo”, que este año también compiten a distancia e individualmente. Aunque se lleve a cabo en pequeños grupos para respetar la distancia impuesta por la pandemia, este evento deportivo da una dimensión de fiesta popular a la celebración religiosa de Todos los Santos. Gracias por vuestra iniciativa y vuestra presencia.

Mañana por la tarde celebraré la misa en sufragio de los difuntos en el Cementerio Teutónico, lugar de sepultura de la Ciudad del Vaticano. Me uno así espiritualmente a los que en estos días en observancia de las normas sanitarias, que es importante, van a rezar a las tumbas de sus seres queridos en todas partes del mundo.

Os deseo a todos una buena fiesta en la compañía espiritual de los santos. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.