jueves, 19 de marzo de 2026

San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María.

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de Samuel (7,4-5a.12-14a.16):

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

– «Ve y dile a mi siervo David: «Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. El construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.» ».

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Su linaje será perpetuo


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,13.16-18):

Hermanos:

No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo.

Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.»

Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que, no existe, Abrahán

creyó.

Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.»


Palabra de Dios


Santo evangelio según san Mateo (1,16.18-21.24a):

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor


Compartimos:

En nuestros días, a menudo escuchamos palabras negativas y críticas a los varones… ¡Pero todos hemos nacido de padre y madre! Es cierto que es posible que haya padres no muy ejemplares (lo mismo que seguro que habrá madres que tampoco sean ejemplares), pero no parece la experiencia de absolutamente todo el mundo y probablemente no tenga tanto que ver con la masculinidad cuanto con la fragilidad de todo ser humano.


José se nos presenta como modelo de varón y de padre. No hay ninguna palabra que dijera (que esté consignada) para afirmar su autoridad. Pero sí hay acciones concretas y siempre son de prudencia, de apoyo, de protección y de obediencia a lo que escucha de Dios. El papa Francisco, en su carta apostólica Patris corde dice: “En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener padre… Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida.”


Se identifica a veces la masculinidad con la fuerza y, es, claro, un hecho que los varones son físicamente más fuertes que las mujeres; pero su verdadera fortaleza se demuestra no tanto en las palabras, ni en acciones agresivas, cuanto en su capacidad de permanecer, de apoyar, proteger, y hacer lo correcto para el bien de su familia y de los de alrededor, aunque no sea lo más cómodo para ellos mismos. En José se destaca, además, la fe. La fe recia de quien no se retira ante la dificultad o el riesgo; la fe de quien no busca el protagonismo. Es decir, esa capacidad de no aferrarse a su posición o a su posesión. Y de esas actitudes podemos aprender todos, seamos o no padres. Y podemos celebrar la paternidad de todos aquellos que, como José, han escuchado y han obedecido.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Miércoles de la IV Semana de Cuaresma. San Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (49,8-15):

ESTO dice el Señor:

«En tiempo de gracia te he respondido,

en día propicio te he auxiliado;

te he defendido y constituido alianza del pueblo,

para restaurar el país,

para repartir heredades desoladas,

para decir a los cautivos: “Salid”,

a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”.

Aun por los caminos pastarán,

tendrán praderas en todas las dunas;

no pasarán hambre ni sed,

no les hará daño el bochorno ni el sol;

porque los conduce el compasivo

y los guía a manantiales de agua.

Convertiré mis montes en caminos,

y mis senderos se nivelarán.

Miradlos venir de lejos;

miradlos, del Norte y del Poniente,

y los otros de la tierra de Sin.

Exulta, cielo; alégrate, tierra;

romped a cantar, montañas,

porque el Señor consuela a su pueblo

y se compadece de los desamparados».

Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,

mi dueño me ha olvidado».

¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,

no tener compasión del hijo de sus entrañas?

Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

Palabra de Dios


Salmo 144,R/. El Señor es clemente y misericordioso


Santo Evangelio según san Juan (5,17-30):

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:

«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».

Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Jesús tomó la palabra y les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.

En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.

Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Palabra del Señor


Compartimos:

Siguiendo el ritmo de los temas bautismales presentados en Cuaresma en camino hacia la Vigilia Pascual (luz, agua, muerte-resurrección), las lecturas de hoy repiten una palabra importante: ¡Salid! Y, ¿de dónde hay que salir? Principalmente, de las tumbas donde a veces casi voluntariamente nos metemos. Un vicio enconado, una mala costumbre, un rechazo al perdón y la reconciliación, unos juicios enrocados, un narcisismo absurdo, una envidia inexplicable, una mentira convertida en bola de nieve… Son a veces decisiones diarias incluso algo inconscientes, que nos hacen abandonar el camino de la vida. Hoy se nos invita a salir de la tumba al escuchar la voz de Dios llamando. No es fácil, porque quizá la tumba, en su recogimiento y oscuridad sea más fácil y cálida que un nacimiento a la luz y a frías realidades. Y porque al salir, hay que gritar como gritan los recién nacidos. Según Isaías, gritar de alegría ante la enorme misericordia de Dios que llama. Dios es compasivo y lento a la ira. Y siempre sigue invitando a salir de las tumbas.  “Los que yacen en la tumba escucharán mi voz”, dice el Evangelio hoy.


Hay quien dice que para morir solo hace falta estar vivo; es decir, que podemos morir en cualquier momento porque somos seres caídos. Todos los días morimos de alguna manera. Pero siempre está la voz y la mano que perdona invitando a salir.  Pero para morir del todo, irremediablemente, solo hace falta estar en la tumba y no escuchar la invitación a salir. De la tumba se puede salir, pero hace falta una fuerza extremadamente grande. Es la voz de Cristo la que tiene la fuerza de sacarnos de cualquier cosa. Es la fuerza de quien no vino a hacer su voluntad, sino la de su Padre. Sólo él es uno con el Padre y por tanto, sólo él, con su sacrificio podrá redimirnos.  Sólo ese redentor podrá sacarnos de las muertes que hemos acarreado sobre nosotros mismos. Solo él podrá retirar la piedra . Sólo él, como lo hizo con Lázaro, se conmueve ante nuestra muerte. Sólo Él ha vencido a la muerte. Y sólo él, compasivo y misericordioso, rico en piedad y leal, nos sacará.

martes, 17 de marzo de 2026

Martes de la IV Semana de Cuaresma. San Patricio, obispo

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.

De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.

Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.

El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.

Entonces me dijo:

«¿Has visto, hijo de hombre?»,

Después me condujo por la ribera del torrente.

Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:

«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.

En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios


Salmo 45,R/. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob


Santo Evangelio según san Juan (5,1-16):

Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.

Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:

«¿Quieres quedar sano?».

El enfermo le contestó:

«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».

Jesús le dice:

«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».

Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:

«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».

Él les contestó:

«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».

Ellos le preguntaron:

«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».

Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.

Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:

«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».

Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.

Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor


Compartimos:

En estos últimos meses, en España muchos pueblos, sobre todo del sur, seguramente lo último que quieren ver es agua. El agua ha sepultado campos y propiedades, ha anegado casas, ha forzado a muchos a salir de sus casas, ha causado graves pérdidas. Pero también es verdad que sin agua no podemos vivir.


Las lecturas hoy nos presentan el agua –agua por todas partes del Templo y el agua de la piscina de Siloé– como algo bueno, dador de vida. Según vamos avanzando hacia la Pascua, los temas de luz, agua y vida se van presentando como preparación catecumenal, hacia la Vigilia Pascual, en la que celebraremos el fuego nuevo, la luz del resucitado, el agua bautismal.


Destrucción por agua y vida por agua no son cosas incompatibles. Al fin y al cabo, la vida nueva que celebramos es la gracia bautismal, y bautismo significa sepultura… El agua que sepulta lo antiguo, al “hombre viejo”, y el agua en que somos sepultados con Cristo para resucitar con él. En una más pequeña, pero simbólica medida, está el agua de la piscina que cura la parálisis del pobre hombre sentado al borde y sin poder entrar en las aguas liberadoras, “porque nadie las mueve…” Quizá nosotros también estemos a veces, ni siquiera esperando, pero incapaces de movernos de la parálisis que puede ser el miedo, el resentimiento, el orgullo, el egoísmo o la pereza, o cualquier otro de los pecados capitales, porque nadie “nos mueve”… Otros muchos puede que estén sentados con la misma parálisis porque no hay quien les mueva el agua. Es decir, porque no hay para ellos quien cumpla su tarea evangelizadora. Quizá no debamos esperar a que alguien nos mueva el agua; quizá no debamos esperar a que otros muevan el agua de los paralizados… El paralítico se levantó, pero fue proclamando quién había hecho eso por él. Tenemos que reconocer, una vez más, nuestra sepultura en Cristo y la nueva vida que nos impulsa a la misión evangelizadora y emprender nuestra obligada tarea bautismal de enterrar y dar vida, de ir a todos los rincones de la tierra. La obligación de evangelizar es ahora. Sin espera.

lunes, 16 de marzo de 2026

Lunes de la IV Semana de Cuaresma.

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

Esto dice el Señor:

«Mirad: voy a crear un nuevo cielo

y una nueva tierra:

de las cosas pasadas

ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.

Regocijaos, alegraos por siempre

por lo que voy a crear:

yo creo a Jerusalén “alegría”,

y a su pueblo, “júbilo”.

Me alegraré por Jerusalén

y me regocijaré con mi pueblo,

ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;

ya no habrá allí niño

que dure pocos días,

ni adulto que no colme sus años,

pues será joven quien muera a los cien años,

y quien no los alcance se tendrá por maldito.

Construirán casas y las habitarán,

plantarán viñas y comerán los frutos».

Palabra de Dios


Salmo 29,R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado


Segunda Lectura

Santo Evangelio según san Juan (4,43-54):

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:

«Un profeta no es estimado en su propia patria».

Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo:

«Si no veis signos y prodigios, no creéis».

El funcionario insiste:

«Señor, baja antes de que se muera mi niño».

Jesús le contesta:

«Anda, tu hijo vive».

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:

«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».

El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

Compartimos:

Parecería que, más que en Cuaresma, estamos en Adviento, con toda esa alegría proclamada en la lectura de Isaías. La verdad es que cuadra muy bien al tiempo de Cuaresma, que no es tan sombrío como a veces hemos pensado. Caminamos hacia algo nuevo, hacia la gloria y la Resurrección. Es cierto que estamos en tiempos, política y ambientalmente, difíciles y oscuros. Pero hay que creer en el tiempo de Cristo. En el salmo no es tiempo, sino “eternamente”, es decir, sin tiempo ni espacio. Pero para el funcionario romano con el hijo enfermo, es exactamente la 1 de la tarde. El tiempo preciso de Dios. La 1 de la tarde, para los que creemos, es toda hora en que se escucha el anuncio de salvación. Es todo momento en que se celebra la Misa en cualquier lugar del mundo (es decir, constantemente), porque eso realiza constantemente la redención. Es eternamente, sin tiempo ni espacio. Pero también es aquí y ahora. Nos dice el Evangelio que el funcionario romano “creyó”. Creyó sin ver y sin hora concreta. Se puso en camino hacia eso “nuevo” anunciado, que no había visto. Y se le cumplió exactamente a la hora en que se le había dicho. Se cumple la sanación, es decir, la salvación, en el mismísimo minuto en que se anuncia. Es decir, aquí y ahora.


La cuestión es creerlo y ponerse en marcha para comprobar la salvación. Para estas fechas, es probable que nuestros propósitos de Cuaresma hayan dado al traste. Hay algo de cansancio en el esfuerzo del camino. Y entonces, quizá quede desdibujada la promesa. No es que la promesa se cumpla solamente si nos esforzamos; pero es posible que no nos demos cuenta de que así ha sido. Y si no nos damos cuenta, quizá no obtengamos sus frutos. Es posible que perdamos de vista la resurrección y la gloria, porque ya nos cansa el esfuerzo de marchar hacia ella. Llegar a casa pasando por el esfuerzo de la Cruz de Cristo y oír proclamada la resurrección el día de Pascua, el anuncio de todo lo nuevo, es lo que esperamos. Se cumplió a la 1, es decir, cuando nos pusimos en camino en fe. Y, aunque en momentos lo hayamos abandonado, o difuminado, lo bueno es que todavía hay tiempo. Todavía es la 1, la hora en que se cumplió. Alabaré eternamente tu misericordia.

domingo, 15 de marzo de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.


Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.


Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).


Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.


Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.


Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.


Queridos hermanos y hermanas:


Desde hace dos semanas, los pueblos de Oriente Medio sufren la terrible violencia de la guerra. Miles de personas inocentes han perdido la vida y muchas otras se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi cercanía en la oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques que han golpeado escuelas, hospitales y zonas pobladas.


La situación en el Líbano es motivo de gran preocupación. Espero que se abran caminos de diálogo que puedan ayudar a las autoridades del país a implementar soluciones duraderas a la grave crisis actual, para el bien común de todos los libaneses.


En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡cesen las hostilidades! ¡Que se reanuden caminos de diálogo! La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan.


Les doy la bienvenida a todos los que se encuentran hoy en la Plaza de San Pedro.


Saludo a los fieles venidos de Valencia y Barcelona, en España, así como a los de Palermo.


Doy la bienvenida con alegría a varios grupos de jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación: de Berceto, diócesis de Parma; de Tuto, diócesis de Florencia; de Torre Maina y Gorzano, diócesis de Módena-Nonantola. Saludo también a los jóvenes de la parroquia de San Gregorio Magno, en Roma, y a los jóvenes de Capriano del Colle y Azzano Mella, de la diócesis de Brescia.


Les deseo un feliz domingo a todos.

IV Domingo de Cuaresma «Laetare».

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»

Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»

Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»

Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»

Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»

Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.

Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»

Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios


Salmo 22,R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»

Unos decían: «El mismo.»

Otros decían: «No es él, pero se le parece.»

Él respondía: «Soy yo.»

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»

Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»

Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»

Él contestó: «Que es un profeta.»

Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»

Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor


Compartirmos:

Cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.


Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).


¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».


Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.


La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.

sábado, 14 de marzo de 2026

Sábado de la III Semana de Cuaresma.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

Vamos, volvamos al Señor.

Porque él ha desgarrado,

y él nos curará;

él nos ha golpeado,

y él nos vendará.

En dos días nos volverá a la vida

y al tercero nos hará resurgir;

viviremos en su presencia

y comprenderemos.

Procuremos conocer al Señor.

Su manifestación es segura como la aurora.

Vendrá como la lluvia,

como la lluvia de primavera

que empapa la tierra».

¿Qué haré de ti, Efraín,

qué haré de ti, Judá?

Vuestro amor es como nube mañanera,

como el rocío que al alba desaparece.

Sobre una roca tallé mis mandamientos;

los castigué por medio de los profetas

con las palabras de mi boca.

Mi juicio se manifestará como la luz.

Quiero misericordia y no sacrificio,

conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios


Salmo 50,R/. Quiero misericordia, y no sacrificios


 Santo Evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor


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“Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Esta afirmación que el profeta Oseas pone en labios de Dios, sintetiza una de las crisis más fuertes que Israel atravesó en la etapa de la monarquía. La tentación que siempre retornaba era la de sustituir el esfuerzo por cumplir los mandatos de la ley, con el culto que se realizaba en el templo (los sacrificios y holocaustos). Tal reemplazo significaba, en la práctica, pervertir la relación religiosa. Pues ya no se trataba de hacer la voluntad de Dios, mediante el instrumento de la Ley, sino de reparar con la sangre de los animales sacrificados u ofrecidos en holocausto el honor ofendido de Yahvé, a causa de nuestros pecados. Por esa vía, los rituales de purificación y de comunión que los sacrificios expresaban se retorcían de forma autoreferencial: tenían la finalidad de saberse y sentirse limpios ante Dios (aunque carezcamos de una verdadera relación con él): hemos cumplido lo mandado y nadie puede reprocharnos nada.


De este modo en lugar de confrontarse con Dios, que siempre implicaba un riesgo y una exigencia de autenticidad, (a Dios no es posible engañarlo), uno se confrontaba con las exigencias rituales y las normas, mucho más simples, objetivas y “controlables” que se trataban de cumplir en todos sus detalles. La esencia del problema residía en que, en lugar de pedir perdón, y entregarse al juego de la relación personal con Dios, se invocaba el cumplimiento de los rituales para sentirse autojustificados. A la vez, se sentían autorizados para criticar y condenar a quienes no podían cumplir el cúmulo de mandamientos. La ley y los ritos, en vez de ser una vía para la comunión con Dios, se volvían un muro que separaba de Dios, no sólo a quienes no llegaban a cumplir los preceptos, sino – y esto es lo trágico – a quienes se esforzaban al máximo por cumplirlos, porque sólo les servían para autoglorificarse. Pero no les justificaban ante Dios. Sólo quien delante de Dios, es capaz de reconocer su pecado y de pedir misericordia queda justificado. La parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo ejemplifica con nitidez esta dificultad.