sábado, 30 de mayo de 2026

Sábado de la VIII Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Judas (17.20b-25):

Acordaos de lo que predijeron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Continuando el edifico de nuestra santa fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna. ¿Titubean algunos? Tened compasión de ellos; a unos, salvadlos, arrancándolos del fuego; a otros, mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por la carne.

Al único Dios, nuestro salvador, que puede preservaros de tropiezos y presentaros ante su gloria exultantes y sin mancha, gloria y majestad, dominio y poderío, por Jesucristo, nuestro Señor, desde siempre y ahora y por todos los siglos. Amén.

Palabra de Dios


Salmo 62, R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío


Santo Evangelio según san Marcos (11,27-33):

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntaron: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?»

Jesús les respondió: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.»

Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres…» (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: «No sabemos.»

Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»

Palabra del Señor


Compartimos:

 En ausencia de esa buena voluntad y de esa apertura de espíritu, la conversación pierde sentido, la respuesta se convierte en inútil, porque el aparente diálogo se reduce a un tacticismo para pillar de algún modo al otro, y tener con qué acusarlo. Lo vemos con tristeza continuamente en los diálogos de sordos de los políticos en el parlamento.


Este es el caso de la breve y frustrada conversación de los sacerdotes, escribas y ancianos con Jesús. Se produce después de que Jesús haya realizado el acto extraordinario de purificar el templo. Es evidente que Jesús carecía de la autoridad legal para realizar un acto así. De ahí la pregunta de los que sí la tenían: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. Era una pregunta que iba más allá de la cuestión legal y venía a preguntar: “¿quién eres tú, para hacer una cosa así?” La pregunta tenía pleno sentido, porque una acción así, sin autoridad institucional, sólo podía ser obra de un loco o de un profeta. El problema estaba en la actitud con la que se hacía. No había la mínima intención de escuchar la respuesta, sino sólo de acusar y pillar, para poder acusar al que les había puesto en evidencia. No obstante, Jesús les da una oportunidad, para comprobar si están dispuestos a un diálogo franco y responde a su pregunta con otra, sobre el bautismo de Juan. En este caso sí que se trataba de un auténtico profeta, pero también en relación con él se habían cerrado en banda. De ahí su respuesta evasiva, no guiada por el deseo de verdad, sino por tacticismo y temor. Ante su clara cerrazón, Jesús da la callada por respuesta.


Tal vez podamos entender en esta no-respuesta los silencios de Dios que a veces experimentamos. Pedimos y no obtenemos respuesta, pero esto puede ser porque tampoco nosotros respondemos sinceramente a los requerimientos que Dios nos hace, porque en nuestro diálogo con Dios nos movemos a veces con astucia o con miedo, temerosos de que nuestra respuesta nos exija dar pasos para los que no estamos dispuestos. Esquivamos así la salvación que nos ofrece, porque sus llamadas (requerimientos y preguntas), por incómodas que nos puedan resultar, desean sólo, como dice Judas, salvarnos del fuego, mostrarnos su compasión, preservarnos de tropiezos, para que, una vez aprendida la lección, hagamos también nosotros, y en su nombre, lo mismo con nuestros hermanos.

viernes, 29 de mayo de 2026

Viernes de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. San Paolo VI, papa

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (4,7-13):

El fin de todas las cosas está cercano. Sed, pues, moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo, mantened en tensión el amor mutuo, porque el amor cubre la multitud de los pecados. Ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar. Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.

Palabra de Dios


Salmo 95,R/. Llega el Señor a regir la tierra


Santo Evangelio según san Marcos (11,11-26):

Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie de ti.»

Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía, diciendo: «¿No está escrito: «Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos.» Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos.»

Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.»

Jesús contestó: «Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: «Quítate de ahí y tirate al mar», no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.»

Palabra del Señor


Compartimos:

“El fin de todas las cosas está cercano”, nos avisa el apóstol Pedro. No hay que entenderlo necesariamente en el sentido del fin del mundo, sino en otro más cotidiano: vivimos tocando continuamente los límites del mundo, los físicos, los psicológicos, también los temporales y los morales. La limitación nos invita a usar adecuadamente los recursos disponibles sin malgastarlos. Es una llamada a la sabiduría, la moderación y la sobriedad. Para lograr estas virtudes, además de nuestros esfuerzos, tenemos que pedirlas a Dios. La oración y la relación con Dios modula también nuestras relaciones con los demás: la verdadera sabiduría es la sabiduría del amor, por el que todas nuestras capacidades y talentos se convierten en dones que ofrecemos a los demás en actitud de servicio. Este modo de vida no evita, como es natural, dificultades y sinsabores, oposiciones y persecuciones. Pero sabiendo que todo esto no son sino formas de participación en los padecimientos de Cristo, podemos mantener en medio del fuego (como los jóvenes en el horno siete veces más ardiente, a los que las llamas no tocaban –Dn 3, 23. 50) la alegría de la fe. En esta alegría y en esta actitud de servicio mostramos que nuestra fe es verdadera y da frutos. Evitamos así una religiosidad solo aparente, de muchas hojas, pero sin frutos, destinada a secarse por su propia esterilidad.


En el gesto profético de la maldición de la higuera Jesús anticipa su crítica (de palabra y obra) al templo, de apariencia espléndida, pero corrompido por intereses espurios, que impiden su verdadero fin, la comunicación con Dios. Esta comunicación fortalece la fe, perdona nuestros pecados, nos da fuerza para perdonar a los demás, convirtiéndonos en agentes de reconciliación e intercesores en la oración por el bien de todo el mundo. Así es como podemos superar nuestros límites, morales, por la acción de la gracia, y temporales, por la participación en la resurrección de Cristo. Así damos testimonio de ese fin que está cerca y que no es otro que la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (1P 1, 9).

jueves, 28 de mayo de 2026

Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Primera Lectura (opción 1)

Lectura del libro del Génesis. [Gén 22, 9-18]

En aquellos días, llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

«¡Abrahán, Abrahán!».

Él contestó:

«Aquí estoy».

El ángel le ordenó:

«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:

«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios.


Primera Lectura (opción 2)

Lectura de la carta a los Hebreos. [Hbr 10, 4-10]

Hermanos: Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.

Por eso, al entrar él en el mundo dice:

«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,

pero me formaste un cuerpo;

no aceptaste

holocaustos ni víctimas expiatorias.

Entonces yo dije: He aquí que vengo

—pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí—

para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad».

Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley.

Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».

Niega lo primero, para afirmar lo segundo.

Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Palabra de Dios.


Salmo responsorial R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.


Santo Evangelio según san Mateo. [Mt 26, 36-42]

JESÚS fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:

«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dijo:

«Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Palabra del Señor.


Compartimos:

El sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. En la mentalidad más tradicional esa mediación resulta peligrosa para el que la ejerce, porque “nadie puede ver el rostro de Dios y quedar con vida” (cf. Ex 33, 20). En esa mentalidad Dios exige que el hombre le entregue las primicias de los frutos de la tierra y los primogénitos de animales y hombres, como un modo de reconocimiento de su poder superior, para aplacar su ira por los pecados humanos, y asegurar su favor en el futuro. Abraham, llevado por esa conciencia religiosa primitiva, sintió que debía sacrificar a su hijo Isaac, como se hacía siempre y como hacían todos. La tragedia no estaba en la muerte del muchacho, como solemos entenderlo hoy, sino en el hecho de que era el único hijo, que no habría más, y esto suponía la muerte de Abraham, pues la descendencia era la única forma en que se concebía entonces la supervivencia tras la muerte. En Abraham aprendemos que el Dios de Israel, Dios de vivos y no muertos (de vida y no de muerte), no sólo no manda sacrificar a los primogénitos (en una “suspensión teológica de la moral”, como dice el filósofo Kierkegaard), sino que explícitamente lo prohíbe, como se repite con insistencia en las prescripciones del AT: “al primogénito del hombre lo rescatarás siempre” (cf. Ex 13, 13; Núm. 18, 15 y passim).


Nosotros sabemos que todo el AT apunta a Cristo y que es en clave cristológica como debemos leer siempre estos textos. Jesús es el hijo único de Dios, su primogénito, el único mediador entre Dios y los hombres, el que ejerce el sacerdocio definitivo, el que voluntariamente entrega su vida en rescate por todos (1Tim 2, 6). El verdadero rescate no es el que se hace para salvar al primogénito, sino que él realiza de sí mismo para salvarnos del pecado y de la muerte.


En Cristo comprendemos que esta función mediadora es ciertamente peligrosa, pero no a causa del celo o la ira de Dios (que nos ha mostrado su rostro de Padre misericordioso y lleno de amor en Cristo), sino por la esclavitud del pecado humano, que lleva a la muerte, y que él ha asumido sobre sí para darnos la libertad.


¿Era posible realizar ese rescate sin pasar por el trance amargo de la muerte, y una muerte de cruz? Es natural desearlo, y así lo expresa Jesús en su oración angustiada en Getsemaní, al tiempo que se somete con confianza a la voluntad del Padre. No es esta última una voluntad de muerte, sino de vida, aunque para alcanzarla en plenitud, y a causa de la contumacia del pecado humano, sea precisa beber el cáliz de amargura. Así Jesús es en la Cruz Sacerdote, Víctima y Altar.


Todos participamos del sacerdocio mediador de Cristo en la medida en que nos unimos a Él, tratamos de hacer del mandamiento del amor la norma de nuestra vida, y estamos dispuestos a asumir las consecuencias negativas (el precio) que el amor verdadero lleva consigo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Miércoles de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. San Agustín de Canterbury, obispo, el apóstol de Inglaterra

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,18-25):

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza. Ahora que estáis purificados por vuestra obediencia a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios viva y duradera, porque «toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, la flor se cae; pero la palabra del Señor permanece para siempre.» Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos.

Palabra de Dios


Salmo147,R/. Glorifica al Señor, Jerusalén


 Santo Evangelio según san Marcos (10,32-45):

En aquel tiempo, los discípulos iban subiendo camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban, y los que seguían iban asustados.

Él tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará.»

Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»

Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»

Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»

Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»

Contestaron: «Lo somos.»

Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Dios Padre, con un chasquido de dedos podría transformarlo todo. El problema está en que, al ser nosotros libres, esas transformaciones no podrían tener lugar sin nuestro consentimiento, a no ser que Dios violentara nuestra libertad, que es algo que Él no hace. Por eso, la salvación (que es, en el fondo, lo que le pedimos siempre) no es tan barata como nos parece: Pedro nos advierte de que Dios ha pagado un precio muy alto, la sangre de Cristo, para rescatarnos de “ese proceder inútil”. ¿Qué proceder inútil es ese? Hay formas de proceder que pueden resultar útiles para sobrevivir en este mundo (y útiles sólo para el que así procede), pero que son inútiles de cara a la salvación. Una de las más características es la ambición de poder.


Vemos que esta forma de proceder tienta y anida incluso en aquellos que siguen al que nos ha rescatado de ella: en el grupo de los apóstoles. Al parecer, todos ellos pretendían puestos de privilegio en el Reino que, según se imaginaban, Jesús se disponía a instaurar. Y, acuciados por la rivalidad, los hermanos hijos del Zebedeo decidieron tomar la delantera. Lo inaudito de la situación es que lo hacen cuando Jesús les está hablando del precio que va a pagar para rescatarlos de ese proceder inútil: el precio de la cruz.


Aunque tal vez más arrojados y astutos, los hijos del Zebedeo no eran más ambiciosos que los demás que, haciendo también oídos sordos a las palabras de Jesús, se indignaron contra los hermanos porque veían peligrar el objeto de su propia ambición.


Así fue entonces, así es hoy, así ha sido siempre: somos sordos al mensaje de la cruz, pero estamos muy despiertos para pillar reconocimiento, poder y privilegios. Y hoy como entonces Jesús, Maestro bueno y paciente, nos reprende con suavidad, y aprovecha la ocasión para enseñarnos: lo que pretendemos podremos alcanzarlo, pero por otro camino, el camino por el que él mismo va, hacia Jerusalén, bebiendo su mismo cáliz, que no entendemos, pero que podemos llegar a entender escuchando sus palabras. No es el camino de la ambición y el poder que se impone y aplasta a los demás, sino el del servicio, que se abre y se inclina humildemente ante las necesidades de los demás. Si queremos acabar entendiendo la lógica de la cruz (el precio con el que nos han rescatado) tenemos que aprenderla en el servicio, haciéndonos libremente esclavos de nuestros hermanos.

martes, 26 de mayo de 2026

Martes de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. San Felipe Neri, presbítero.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,10-16):

La salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros. El Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, les declaraba por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría; ellos indagaron para cuándo y para qué circunstancia lo indicaba el Espíritu. Se les reveló que aquello de que trataban no era para su tiempo, sino para el vuestro. Y ahora se os anuncia por medio de predicadores que os han traído el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo. Son cosas que los ángeles ansían penetrar. Por eso, estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia. El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo.»

Palabra de Dios


Salmo 97,R/. El Señor da a conocer su victoria


Santo Evangelio según san Marcos (10,28-31):

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mi y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Solemos pensar en la salvación sólo en futuro, como algo que no es para nuestro tiempo. Pero Pedro nos recuerda hoy que lo que indagaron y escrutaron los profetas del Antiguo Testamento es para nuestro tiempo, es un presente que ya está operando en la historia. Es, precisamente, lo que hemos celebrado en el tiempo de Pascua recién acabado, y lo que la liturgia nos ha invitado a experimentar: Jesús ya ha resucitado, nosotros ya vivimos en el primer día de la semana, el tiempo de la nueva creación, estamos, por tanto, en el tiempo no de la pura espera, sino de la realización.


Es verdad que esa realización todavía no se da en nosotros de manera plena, pero ya está actuando entre nosotros: ya ha aparecido la gracia de Dios (Tito 2, 11), Cristo ha resucitado, el amor y la vida han vencido ya al pecado y a la muerte. Y todo esto es para nosotros, al mismo tiempo, una gracia y una responsabilidad: ya no somos ignorantes, ya sabemos, ya hemos sido llamados a la santidad, ya podemos ser santos. Y debemos tratar de conducir una vida santa para que los que todavía no saben que Cristo ha resucitado puedan recibir la noticia.


Esta santidad de una vida resucitada no es, sin embargo, un motivo de orgullo, que nos hace sentirnos superiores a nadie. Porque se trata de una santidad en camino. Hemos acogido la llamada de Cristo y lo hemos seguido, dejándolo todo (cada cual según su propia vocación). Y esta respuesta no queda sin recompensa. Es verdad que sentimos dificultades, unas internas (por nuestros apegos y resistencias, nuestros pecados), y otras externas, como pueden ser el rechazo del entorno y las persecuciones. Pero también experimentamos los signos evidentes de nuestra nueva condición: adquirimos bienes sin medida, especialmente hermanos y hermanas, porque entramos a formar parte de una fraternidad universal: la de los hijos de Dios. Anticipamos así, ya en este mundo, el objeto de nuestra esperanza, la vida eterna, que no es sino la plenitud de la vida.


Felipe Neri fue un santo que encarnó de un modo sencillo y encantador esa presencia del cielo en la tierra.

lunes, 25 de mayo de 2026

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura de la carta del libro del Génesis (3, 9-15. 20):

El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?».

Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».

Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».

El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?».

La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón».

Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios


Salmo 86, R/. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!


Santo Evangelio según san Juan (19, 25-34):

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed».

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Palabra del Señor


Compartimos:

Dos árboles, dos mujeres, también dos varones. Parece que la liturgia ha querido dibujar un cuadro simétrico hecho de contrastes.


El primer árbol estaba en el centro del jardín, junto al árbol de la vida, y a su servicio: precisamente para custodiarla y protegerla. El centro del jardín, que es el ser humano, cúspide de la creación buena, dispone de un árbol: el de la ciencia del bien y del mal, esto es, la conciencia moral, del que no se puede comer, porque no somos libres para trastocar ese orden arbitrariamente, sino que se nos da a conocer para que, libremente, lo respetemos y así podamos cuidar, conservar y desarrollar este universo lleno de vida que Dios nos ha confiado. Pero la tentación aparejada a la libertad, que nos hace semejantes a Dios, pero no dioses, es la de desplazarlo y sustituirlo: determinar que sea bueno lo que me viene bien, apropiándonos del fruto prohibido. El varón y la mujer, cada uno responsable de su culpa, la agravan descargando en otros (el varón en la mujer, ésta en el tentador) su responsabilidad y difiriendo así el perdón, hasta que otra mujer y otro varón, en otro árbol, restauren el orden establecido por Dios.


Ese otro árbol resulta ser un instrumento de tortura y de muerte. Esta es la consecuencia extrema de la infidelidad de los primeros protagonistas. Pero de este otro árbol pende un nuevo Adán que no cede a la tentación, ni siquiera en medio de los tormentos, y no sólo no se apropia, sino que da: su vida por la salvación de todos, a los que le aceptan en fe. Al pie de este árbol, convertido en árbol de la ciencia del bien y del mal (la ciencia del amor) y también árbol de la vida (de la vida nueva) está la nueva Eva, que confirma su voluntad de servicio expresada tantos años atrás, acogiendo ahora como madre a todos los que aceptan a su Hijo. Así precisamente le pisa la cabeza a la serpiente.


Pese a su debilidad, que es la nuestra, le damos las gracias a Eva, madre de todos los vivientes y, en ella, gracias a los que nos han dado la vida. Y, con mucho mayor motivo, nuestro agradecimiento a la mujer fuerte, a María, madre de Jesús, por haber aceptado ser madre de los creyentes, Madre de la Iglesia, nacida de la sangre y el agua que brotan del costado traspasado de Cristo.


(El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018, instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.)

domingo, 24 de mayo de 2026

REGINA CAELI DEI PAPA LEÓN XIV, Domingo de Pentecostés,

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En esta solemnidad de Pentecostés estamos llamados a contemplar el don del Espíritu Santo, derramado en abundancia sobre la Iglesia naciente y, hoy, nuevamente dispensado a sus miembros, como luz y fuerza que los acompaña en cada momento de la vida.


Podemos detenernos en una imagen del Espíritu que nos da la liturgia de hoy: el Espíritu abre las puertas. En efecto, el Evangelio nos dice que estaban «cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos» (Jn 20,19) y, al mismo tiempo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que el Espíritu llegó como una ráfaga de viento (cf. Hch 2,2), que abriendo las puertas impulsó a los discípulos a salir a anunciar la Buena Noticia de Cristo resucitado.


Hoy también nos podemos preguntar: ¿qué puertas abre el Espíritu Santo?


La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios, así como se ha revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal; a encontrarlo en Jesús y no sólo en la observancia de una ley; a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria. 


La segunda puerta es la del cenáculo, es decir de la Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma y por tanto también incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir. Como recordaba el Papa Francisco, estamos llamados a ser «una Iglesia que bendice y anima […] Iglesia con las puertas abiertas para todos» (Homilía de la Misa de apertura de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 4 octubre 2023).


Por último, el Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias.


Hermanos y hermanas, incluso en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos.


Como los primeros discípulos, nos confiamos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia.


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se celebra la Jornada de Oración por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Auxilio de los cristianos, venerada con grandísima devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghái. Unamos nuestra oración a la de los católicos chinos, como signo de nuestro afecto por ellos y de su comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro. Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China la gracia de la unidad y conceda a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en las dificultades cotidianas, para ser semilla de esperanza y de paz. En particular, invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China.


A María Santísima, Auxilio de los cristianos, confiamos también las comunidades cristianas de Tierra Santa, del Líbano y de todo Oriente Medio, que sufren a causa de la guerra.


Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países.


En particular, saludo al grupo de personas con discapacidad procedentes de Polonia; así como a los peregrinos que han venido en bicicleta desde Kelmis, en Bélgica. ¡Felicidades!