viernes, 30 de octubre de 2026

Viernes de la XXX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Comienzo de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (1,1-11):

Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos que residen en Filipos, con sus obispos y diáconos. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios cada vez que os menciono; siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Ésta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro, porque, tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís la gracia que me ha tocado. Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os echo de menos, en Cristo Jesús. Y ésta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 110 R/. Grandes son las obras del Señor


Santo Evangelio según san Lucas (14,1-6):

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Jesús se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los letrados y fariseos, preguntó: «¿Es lícito curar los sábados, o no?»

Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.

Y a ellos les dijo: «Si a uno de vosotros se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?»

Y se quedaron sin respuesta.

Palabra del Señor


Compartimos:

A veces hay descubrimientos filosóficos que ya, con mucha antelación, encontramos en el Evangelio o, como en este caso, en los escritos paulinos. El filósofo Max Scheler consideraba que el amor es como una luz que nos abre al conocimiento de valores presentes en la persona amada, y que una mirada carente de amor es incapaz de descubrir. Scheler, que reconocía su deuda con la teoría del amor de san Agustín y, por tanto, con lo mejor de la tradición cristiana, bien se podría haber inspirado en este texto, en el que Pablo desea para los filipenses que su amor crezca en sensibilidad y penetración para apreciar los valores (“lo mejor” o “las cosas mejores” en el texto original). Contra lo que se suele pensar, el amor no es un sentimiento irracional y caótico, sino un movimiento que brota del libre centro personal, que coopera con la razón y la voluntad (conoce, decide y pasa a la acción) y da la vida humana equibrio, dirección y sentido.


La gran diferencia entre una mirada animada por el amor y otra carente de él se echa de ver con claridad en el texto evangélico que acabamos de escuchar. La mirada de Jesús guiada por el amor “ve” el sufrimiento, ve a la persona concreta, se compadece y actúa para remediar la necesidad: reconoce lo que es y lo que puede llegar a ser, y actúa para que así sea. En cambio, la ausencia de amor ciega para esos valores superiores, los de la persona concreta, su dignidad y valor, y se queda sólo en un cierto orden establecido, en un legalismo que da seguridad, pero cierra a la relación. Lo notable del caso es que el verdadero amor no sólo responde a la necesidad del que sufre, sino que también denuncia la insensibilidad del que no ama. Esa denuncia es, en realidad, una llamada a abrir los ojos, a cambiar de actitud, a adentrarse por el camino de la misericordia y el amor activo. Que respondamos a esa llamada o no (como sucede tristemente con los farieos de hoy) depende ya de cada uno de nosotros.

jueves, 29 de octubre de 2026

Francisco González, misionero dominico

 «El Domund hace visible que alguien se está ocupando de las gentes sobre el terreno»

El obispo vallisoletano Francisco González es misionero en la Amazonía de Perú donde lleva entregado tres décadas desde donde agradece el espíritu para continuar con su labor y la del resto de 121 religiosos ayudando por el mundo

Sacerdote pero misionero. Vallisoletano pero misionero. Monseñor Francisco González (20 de julio de 1952) siente su vida como una auténtica misión. Y desde la Amazonía de Perú ofrece su testimonio en la celebración del centenario de la jornada mundial del Domund. Aunque más que un testimonio es una experiencia debido a que lleva de tarea misionera más de tres décadas de su vida en el año, además, en que cumple medio siglo dedicado al sacerdocio.


Obispo emérito del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado ha explicado a través de un vídeo difundido por el Arzobispado de Valladolid haberse sentido «amenazado» y «denunciado». Natural de Castronuño, este religioso de la orden de los Padres Dominicos echa la vista atrás al mostrarse agradecido con otro religioso de su compañía al que conoció en Medina del Campo, donde vivió su infancia y juventud, «que nos metió el gusanillo de las misiones a varios amigos». Una circunstancia, por cierto, que reconoce les ha permitido vivir «una vida bien plena como misioneros».


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Este vallisoletano anima a colaborar de esta campaña que este año lleva el lema de 'Uno en Cristo, unidos en la misión'. Una jornada con la que la Iglesia Católica quiere «avivar el espíritu misionero» llamando a todos los cristianos «a ejercer su responsabilidad en la misión ad gentes a través del testimonio, la oración y la donación». En este sentido, Francisco González considera que «el Domund ofrece una mirada con alegría y con gozo» al hacer visible «que alguien se está ocupando de las gentes sobre el terreno».


Un día a día, como revela, con sus dificultades pero que realmente significa para él «toda esa acumulación de personas y de mensajes de todos aquellos que son misioneros desde su propia familia, desde el hogar, desde su trabajo, que pueden orar y colaborar de la manera que sea». Alegrándose y recordando el bien y la capacidad de la Iglesia «para hacer llegar toda nuestra impronta, nuestra oración y nuestro apoyo económico a aquellos que acercan a Dios a aquellos que, quizá, no lo tienen, y que tenemos que apoyar, elevar y hacer que el Dios de la vida se haga realmente vida en ellos».

Jueves de la XXX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (6,10-20):

Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas que Dios os da, para poder resistir a las estratagemas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, autoridades y poderes que dominan este mundo de tinieblas, contra las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal. Por eso, tomad las armas de Dios, para poder resistir en el día fatal y, después de actuar a fondo, mantener las posiciones. Estad firmes, repito: abrochaos el cinturón de la verdad, por coraza poneos la justicia; bien calzados para estar dispuestos a anunciar el Evangelio de la paz. Y, por supuesto, tened embrazado el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del malo. Tomad por casco la salvación y por espada la del Espíritu, es decir, la palabra de Dios, insistiendo y pidiendo en la oración. Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todos los santos. Pedid también por mí, para que Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el misterio contenido en el Evangelio, del que soy embajador en cadenas. Pedid que tenga valor para hablar de él como debo.

Palabra de Dios


Salmo 143 R/. Bendito el Señor, mi Roca


Santo Evangelio según san Lucas (13,31-35):

En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: «Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.»

Él contestó: «ld a decirle a ese zorro: «Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término.» Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: «Bendito el que viene en nombre del Señor.»»

Palabra del Señor


Compartimos:

podemos admirar la firmeza de Jesús en el cumplimiento de la misión que le ha encomendado el Padre del cielo. Él no se va a detener por nada: «Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana» (Lc 13,32). Con esta actitud, el Señor marcó la pauta de conducta que a lo largo de los siglos seguirían los mensajeros del Evangelio ante las persecuciones: no doblegarse ante el poder temporal. San Agustín dice que, en tiempo de persecuciones, los pastores no deben abandonar a los fieles: ni a los que sufrirán el martirio ni a los que sobrevivirán, como el Buen Pastor, que al ver venir al lobo, no abandona el rebaño, sino que lo defiende. Pero visto el fervor con que todos los pastores de la Iglesia se disponían a derramar su sangre, indica que lo mejor será echar a suertes quiénes de los clérigos se entregarán al martirio y quiénes se pondrán a salvo para luego cuidarse de los supervivientes.


En nuestra época, con desgraciada frecuencia, nos llegan noticias de persecuciones religiosas, violencias tribales o revueltas étnicas en países del Tercer Mundo. Las embajadas occidentales aconsejan a sus conciudadanos que abandonen la región y repatríen su personal. Los únicos que permanecen son los misioneros y las organizaciones de voluntarios, porque les parecería una traición abandonar a los “suyos” en momentos difíciles.


«¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa» (Lc 13,34-35). Este lamento del Señor produce en nosotros, los cristianos del siglo XXI, una tristeza especial, debida al sangrante conflicto entre judíos y palestinos. Para nosotros, esa región del Próximo Oriente es la Tierra Santa, la tierra de Jesús y de María. Y el clamor por la paz en todos los países debe ser más intenso y sentido por la paz en Israel y Palestina.

miércoles, 28 de octubre de 2026

AUDIENCIA GENERAL

Los documentos del Concilio Vaticano II. IV. Constitución Gaudium et spes. 7. La relación entre la fe y la cultura (GS, 53-62)


¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!


El Concilio Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana. Lo hace en el segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes (GS).


La Iglesia católica siempre se ha preocupado por acompañar la predicación del Evangelio con la creación de escuelas de todo tipo, destinadas a promover la formación humana, cultural y espiritual de hombres y mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales nacieron, como sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la civilización occidental. Al mismo tiempo, el progreso de la cultura y de los conocimientos plantea interrogantes siempre nuevos y más profundos que estimulan a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 Pe 3,15-17). Por último, en cuanto expresiones de la dimensión espiritual del ser humano, las diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las mentes a las preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la existencia humana, preparando así el camino para acoger el Evangelio de Jesucristo.


La relación entre la fe y la cultura encuentra su fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14), también la fe es una realidad encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. La fe está llamada, asimismo, a hacerse cultura, es decir, a llegar a la persona en su entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones, sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como solía repetir san Juan Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida». [1]


La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no se identifica de manera específica con ninguna de ellas. Habita en ellas y las configura desde dentro según la «forma» de Jesucristo, es decir, mediante la caridad, el servicio y el reconocimiento filial de la paternidad de Dios. Así, la Iglesia descubre en las diversas culturas todo lo que hay en ellas de bueno, bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio. Al mismo tiempo, puesto que ha sido «enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas» (GS, 58).


La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en sí misma y un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la tierra. Por esta razón, Gaudium et spes exhorta a la comunidad internacional a procurar que todos puedan acceder a los bienes culturales fundamentales, superando el analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que tienen capacidad para acceder a los estudios superiores —afirma con valentía el Concilio— deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo efectivamente. Asimismo, es «deber de todos procurar que se reconozca y promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural» (GS, 60).


Además, Gaudium et spes sostiene la necesidad de orientar la enseñanza hacia cierta unidad del saber, aunque las condiciones de vida, al haber cambiado, puedan hacer más difícil esta tarea (cf. GS, 61). Los cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta unidad sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la Revelación las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, esto no los dispensa de una paciente formación intelectual y cultural. Por el contrario, sus conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso que los contenidos de su fe, que han de profundizar continuamente a medida que avanza su edad y según el nivel de sus estudios.


El Concilio dirige una exhortación particular a los teólogos: «Los que se dedican a las ciencias teológicas [...] empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe» (GS, 62).


Hermanos y hermanas, la Constitución Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas. Al contrario, nos exhorta con estas palabras: «Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura» (GS, 62).


Alcanzar una síntesis madura y responsable entre la fe y la cultura es, en efecto, una condición necesaria para perseverar en la vocación cristiana, y también un requisito indispensable para dar testimonio de la fe ante el mundo y comunicarla a los demás de manera creíble.

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[1] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural (MEIC), 16 de enero de 1982.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Partiendo de los valores del Evangelio, los animo a ser promotores de la cultura en los distintos ámbitos de la vida y de la sociedad.  Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas: La Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, trata también el tema de la cultura. La Iglesia, promoviéndola en todas sus formas, ha unido siempre la predicación de la Palabra de Dios a la creación de instituciones educativas, con el fin de fomentar la formación humana y espiritual, animando a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 P 3,15-17) y preparando a los pueblos a acoger el Evangelio.


La auténtica relación entre fe y cultura se fundamenta en el misterio de la Encarnación: por eso, la fe lleva a su plenitud cada cultura donde arraiga, transformándola a imagen de Cristo sin destruir su propia esencia. Gaudium et spes sostiene de este modo la necesidad de cultivar una unidad fecunda del saber, viviendo la fe con una actitud positiva frente al mundo y la historia.

 Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,19-22):

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios


Salmo 18,R/. A toda la tierra alcanza su pregón


 Santo Evangelio según san Lucas (6,12-19):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor


Compartimos:

Las fiestas de los santos fijan su mirada en algún personaje histórico y reparan en el modo en que Cristo Jesús y su evangelio han influido y transformado su vida. No se trata de exaltar al héroe que se ha hecho a sí mismo, sino la gracia de Dios que ha producido efectos de bondad y santidad en la persona que la acoge. Pero, ¿qué decir cuando de los santos que celebramos no sabemos casi nada? Es lo que sucede hoy con los apóstoles Simón y Judas. De ellos solo sabemos que eran miembros del grupo de los doce, y apenas nada más. Y las escasas informaciones sobre ellos ni siquiera son coincidentes. Así, Lucas dice de Simón, que era “zelota”, militante antirromano, mientras que Mateo y Marcos lo llaman simplemente “cananeo”. Respecto de Judas, incluso hay discrepancias sobre su nombre, pues Mateo y Marcos llaman Tadeo, al que Lucas designa como Judas, “el de Santiago” (el de Jacob, en el original), que tampoco dice mucho, pues Jacob era un nombre muy frecuente entre los judíos. De Judas, eso sí, tenemos el testimonio de que le preguntó a Jesús por qué se manifestaba solo a ellos y no al mundo, y la tradición le atribuye la autoría de una breve carta del Nuevo Testamento.


Esta escasez de datos nos permite, sin embargo, centrarnos en algunos rasgos esenciales de la vocación apostólica y en la influencia que tiene en nosotros. La primera, sin duda, es la relación personal con Cristo. Por eso es importante que, pese a la escasez de datos, sepamos que Jesús los llama por el nombre. Y además lo hace después de pasarse un noche en oración. Una decisión tan importante no puede tomarse a la ligera. Dios no nos toma a la ligera, no nos trata “a bulto”, en general. Antes de llamarnos por el nombre, cualquiera que sea nuestra vocación, se lo piensa bien, medita. Es difícil imaginarse algo así en Dios, pero Jesús, imagen visible del Padre, nos lo muestra con claridad. En segundo lugar, vemos que la llamada de los doce no es una segregación, un privilegio que pone a los elegidos a parte o por encima. Al contrario, tras el nombramiento Jesús se acerca a las gentes, las multitudes (discípulos y pueblo, sin limitaciones) lo rodean, lo escuchan, son curados por Él. Es claro que el encuentro con la humanidad, sin distinciones, es parte esencial de la vocación apostólica, que participa de esa fuerza curativa de Jesús. Es la fuerza del amor de Dios, que convierte a los extraños y forasteros en conciudadanos, en miembros de la familia de Dios Padre, en hermanos en Cristo.


Todos participamos de la vocación apostólica, aunque no seamos apóstoles, porque todos estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles. Y eso significa sabernos llamados por Jesús por el nombre (tras una noche en oración), incorporarnos a la familia de Dios y ser constructores de fraternidad, de ese templo hecho de piedras vivas al que todo ser humano, sin distinción, está llamado a integrarse.

martes, 27 de octubre de 2026

Martes de la XXX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,21-33):

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.

Palabra de Dios


Salmo 18,R/. Dichosos los que temen al Señor


Santo Evangelio según san Lucas (13,18-21):

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»

Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

Palabra del Señor


Compartimos:

El texto de la carta a los Efesios sería (y es) repudiado por el feminismo contemporáneo. Chirría a nuestros oídos, imbuidos de la exigencia de igualdad, eso del sometimiento. Y más, en el caso de que se conmine a la esposa a someterse a su marido y, encima, “en todo”. El feminismo contemporáneo es un movimiento que tiene su primer impulso en una justa reivindicación de la igualdad de derechos de la mujer, y que tiene sus raíces últimas en la convicción cristiana de la condición personal del ser humano, que no admite discriminaciones que ofenden la dignidad personal de varones y mujeres. Pero, en realidad, el sometimiento del que se habla aquí es muy distinto de ese sometimiento indebido basado en prejuicios y en la fuerza. No debemos olvidar las palabras que abren el texto: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.” Es un sometimiento, en primer lugar, mutuo. Y está basado no en la humillación del débil por el fuerte, sino en el “respeto cristiano”, es decir, en el mandamiento del amor. La mujer se somete al marido por amor, como María se somete de buena gana a la voluntad de Dios y se hace libremente servidora, esclava del Señor. Pero es que el marido debe amar a su mujer entregándose a ella y amándola como a su propio cuerpo, que es lo mismo que someterse a ella para servirla con libertad. Cuando María se sometió a la voluntad de Dios y acogió la Palabra, fue esta Palabra la que se sometió a María, haciéndose dependiente de su seno. El amor matrimonial es una expresión privilegiada del misterio del amor de Dios hacia la humanidad, realizado en la encarnación de Cristo y en su prolongación en la Iglesia. En los pequeños y cotidianos gestos del amor conyugal y familiar podemos ver un buen ejemplo de esas pequeñas, casi insignificantes semillas, que crecen y dan cobijo, hogar y protección a muchos, que como fermento en la masa, transforman este mundo para mejor, en el sentido del Reino de Dios.

lunes, 26 de octubre de 2026

Una invitación a conocernos, como laicos seglares de la Orden de Predicadores

 Jueves 29 de octubre en la Iglesia de las MM. Dominicas de Torredonjimeno a las cinco de la tarde tenemos la apertura del curso, les invitamos y les agradecemos que nos acompañen.

 Celebra la santa Misa, Padre Félix O.P de Cordoba.

¿Dominicos y dominicas que no son monjas ni frailes? ¿Te imaginas que te atrae el estilo de ser cristiano de los dominicos, pero quieres vivir tu fe en la calle, en el trabajo, en la familia…? Si así fuera, no te preocupes, no te estaría pasando nada raro. Lleva siglos ocurriéndole a muchos cristianos y cristianas.

 

Desde que se fundó la Orden de los dominicos ha habido muchos cristianos que han querido vivir su fe en ella, no como frailes ni como monjas, sino como laicos, en medio de los quehaceres de cada día. En realidad, incluso antes de que se fundara.  Cuando Santo Domingo predicaba por el sur de Francia allá por los primeros años del siglo XIII, los primeros que se le unieron para ayudarle fueron: el grupo de mujeres que originaría la primera comunidad de monjas en Prulla y algunos laicos que le prometieron fidelidad y que se entregaron a la misión desarrollada por Santo Domingo.