viernes, 14 de agosto de 2026

Lecturas de La Asunción de la Santísima Virgen María

Primera Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (11,19a;12,1.3-6a.10ab):

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios.

Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»

Palabra de Dios


Salmo 44,R/. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,20-27a):

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Lucas (1,39-56):

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor


Compartimos:

Dice el padre de la Iglesia Germán de Constantinopla (+733) que “así como un hijo desea y procura estar siempre con su propia madre, y una madre anhela habitar con su hijo, así fue del todo congruente que Tú, que tienes un corazón lleno de amor al que es tu Hijo y tu Dios, retornaras hacia Él y que Dios, que manifiesta hacia ti un afecto filial, te hiciera estar en su compañía y participar de su propia vida”.


Esto puede sonar a una consideración tierna y familiar, pero tiene mucha más hondura teológica. No se trata de simple sentimentalismo. Si María es el primer fruto de la Redención de Cristo, al haber sido inmaculada desde su concepción, goza ya del fruto pleno, que es la resurrección de la carne. La Asunción no es, por tanto, una nostalgia sentimental de Jesús por su mamá, cuanto una consecuencia lógica. Cierto que el cumplimiento total de la redención se expresa en que María tiene que estar con Jesús en cuerpo y alma. No podría verse la plenitud de la Redención si María estuviera aún esperando la Resurrección.


Es, además, la certeza de que la promesa de redención se va a cumplir para todos nosotros. En el Apocalipsis, el dragón espera al fruto del vientre de la mujer para devorarlo. Pero la mujer se libra del dragón y va a un lugar preparado por Dios. El dragón espera a derrotar al propio Cristo, e implantar el reinado de la negación de Dios, regresar al Edén, donde los hombres querían tomar el lugar de Dios. Pero él vence porque su madre escapa del pecado y de la muerte. Y si escapa la Madre, escapa el Salvador y escapan todos sus hijos, todos los seres humanos de todas las generaciones. Y entonces se anuncia con gloria y poderío que ha llegado la salvación de Dios. “Tú eres el orgullo de nuestra raza…”


Todo en este día trata de viajes y de anuncios. La mujer escapa del peligro; en el evangelio, María va a visitar a Isabel, llevándole una Buena Noticia, anuncio de salvación. Por un hombre (Adán) vino la muerte, y por un hombre, (Cristo), viene la vida. Eva es la madre de todos los creyentes, pero sobre ella cae el peso; María pisa la cabeza de la serpiente y anuncia así la salvación. Hoy se celebra, en realidad, la victoria de Cristo sobre la muerte. Como dice san Juan Damasceno, (749): “¿Cómo era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte? ¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que había acontecido cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y precavida”. Y esta es nuestra prenda de resurrección y vida.

Viernes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (16,1-15.60.63):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, denuncia a Jerusalén sus abominaciones, diciendo: «Así dice el Señor: ¡Jerusalén! Eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Fue así tu alumbramiento: El día en que naciste, no te cortaron el ombligo, no te bañaron ni frotaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti haciéndote uno de estos menesteres, por compasión, sino que te arrojaron a campo abierto, asqueados de ti, el día en que naciste. Pasando yo a tu lado, te vi chapoteando en tu propia sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre: ‘Sigue viviendo y crece como brote campestre.’ Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón; tus senos se afirmaron, y el vello te brotó, pero estabas desnuda y en cueros. Pasando de nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu desnudez; te comprometí con juramento, hice alianza contigo –oráculo del Señor– y fuiste mía. Te bañé, te limpié la sangre, y te ungí con aceite. Te vestí de bordado, te calcé de marsopa; te ceñí de lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en las orejas y diadema de lujo en la cabeza. Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas guapísima y prosperaste más que una reina. Cundió entre los pueblos la fama de tu belleza, completa con las galas con que te atavié –oráculo del Señor–. Te sentiste segura de tu belleza y, amparada en tu fama, fornicaste y te prostituiste con el primero que pasaba. Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras moza y haré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te sonrojes y no vuelvas a abrir la boca de vergüenza, cuando yo te perdone todo lo que hiciste.»» Oráculo del Señor.

Palabra de Dios


Salmo Is 12,R/. Ha cesado tu ira y me has consolado


Santo Evangelio según san Mateo (19,3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»

Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»

Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio.»

Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»

Pero él les dijo: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.

Palabra del Señor


Compartimos:

El profeta Ezequiel habla de un alguien total y radicalmente fiel que, después de haberse dado del todo, de haber engalanado a su amada, ha sido traicionado. La reacción normal sería tristeza, desencanto, vacío. Y sin embargo, casi inmediatamente, se proclama: “Sacaréis con alegría el agua”. Hay algo que debe permanecer, que no debe morir y son las aguas de la salvación.


Una buena y sólida educación enseña a permanecer a pesar de las frustraciones, las dificultades de la vida, las tentaciones de abandonar el camino. Porque se sabe que la fidelidad es lo mejor, lo que más puede satisfacer, y lo que más puede dar plenitud a la persona. Una simple lógica humana también indica que la permanencia en el matrimonio o en el compromiso de vida es lo mejor para la persona. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre…”


Hoy celebramos la memoria de san Maximiliano Kolbe, un franciscano que supo permanecer hasta el final en una situación en la que la tentación más lógica hubiera sido salvarse a uno mismo. Kolbe ofreció su vida a cambio de la de un preso de un campo de concentración porque sabía que tenía esposa e hijos. En apariencia, hizo una opción por la permanencia y la estabilidad de una familia, algo muy heroico en si mismo. Pero en el fondo, era su propia fidelidad a su compromiso con Dios lo que estaba en juego. Era su permanencia junto al Cristo por el que había entregado su vida. Por Él y por María, a la que Maximiliano había honrado toda su vida. La decisión de entregar su vida no fue fruto de un momento impulsivo y heroico. Fue el fruto de una vida siempre vivida en permanencia y fidelidad. Alguien que no se había olvidado de las joyas con las que Dios le había engalanado y no se había ido detrás de otros dioses. Maximiliano conoció la fidelidad y la permanencia sacando con alegría el agua de las fuentes de salvación. Su generosidad y su muerte no fueron improvisadas.

jueves, 13 de agosto de 2026

Jueves de la XIX Semana del Tiempo Ordinario. Santos Ponciano, papa, e Hipólito, presbítero, mártires

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (12,1-12):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, vives en la casa rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son casa rebelde. Tú, hijo de Adán, prepara el ajuar del destierro y emigra a la luz del día, a la vista de todos; a la vista de todos, emigra a otro lugar a ver si lo ven; pues son casa rebelde. Saca tu ajuar, como quien va al destierro, a la luz del día, a la vista de todos, y tú sal al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro. A la vista de todos, abre un boquete en el muro y saca por allí tu ajuar. Cárgate al hombro el hatillo, a la vista de todos, sácalo en la oscuridad; tápate la cara, para no ver la tierra, porque hago de ti una señal para la casa de Israel.»

Yo hice lo que me mandó: saqué mi ajuar como quien va al destierro, a la luz del día; al atardecer, abrí un boquete en el muro, lo saqué en la oscuridad, me cargué al hombro el hatillo, a la vista de todos.

A la mañana siguiente, me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías? Pues respóndeles: «Esto dice el Señor: Este oráculo contra Jerusalén va por el príncipe y por toda la casa de Israel que vive allí.» Di: «Soy señal para vosotros; lo que yo he hecho lo tendrán que hacer ellos: irán cautivos al destierro. El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el hatillo, abrirá un boquete en el muro para sacarlo, lo sacará en la oscuridad y se tapará la cara para que no lo reconozcan.»»

Palabra de Dios


Salmo 77,R/. No olvidéis las acciones de Dios


 Santo Evangelio según san Mateo (18,21–19,1):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor


Compartimos:

oy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?


Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).


Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.


La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).


Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!

miércoles, 12 de agosto de 2026

Miércoles de la XIX Semana del Tiempo Ordinario. Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (9,1-7;10,18-22):

Oí al Señor llamar en voz alta: «Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal.»

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avios de escribano a la cintura. Al llegar, se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, yendo a ponerse en el umbral del templo.

Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor: «Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén y marca en la frente a los que se lamentan afligidos por las abominaciones que en ella se cometen.»

A los otros les dijo en mi presencia: «Recorred la ciudad detrás de él, hiriendo sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los marcados lo toquéis. Empezad por mi santuario.» Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo.

Luego les dijo: «Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad.»

Luego la gloria del Señor salió, levantándose del umbral del templo, y se colocó sobre los querubines. Vi a los querubines levantar las alas, remontarse del suelo, sin separarse de las ruedas, y salir. Y se detuvieron junto a la puerta oriental de la casa del Señor; mientras tanto, la gloria del Dios de Israel sobresalía por encima de ellos. Eran los seres vivientes que yo había visto debajo del Dios de Israel a orillas del río Quebar, y me di cuenta de que eran querubines. Tenían cuatro rostros y cuatro alas cada uno, y una especie de brazos humanos debajo de las alas, y su fisonomía era la de los rostros que yo había contemplado a orillas del río Quebar. Caminaban de frente.

Palabra de Dios


Salmo 112,R/. La gloria del Señor se eleva sobre el cielo


 Santo Evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Por si a alguien se le ocurre que la visión de Ezequiel es demasiado apocalíptica y que la del Salmo demasiado mística, el Evangelio nos trae a la realidad más profunda. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo.


Ver la gloria de Dios no es solo el elevarse místicamente… eso es más bien el resultado de encontrarse realmente en presencia de Dios…y no es tan fácil. La gloria de Dios implica todas esas maneras de alzar la mirada… reconocer al otro y acompañar, corregir, proclamar la verdad… Es mirar a la cruz y ver la gloria de la Resurrección. Es reconocer una presencia que ciega con el esplendor de la Verdad y a la vez ilumina el camino. La presencia del Dios Encarnado que puso su tienda entre nosotros y la presencia del Cristo resucitado que vence a la muerte.


Siguiendo el canto Alza la mirada, se encuentra el reconocimiento de que Dios nos creó para Él… y el corazón está inquieto hasta que descanse en Él. Estar en la total presencia-(gloria) de Dios pasa por esa inquietud de buscarlo, de encontrarlo donde dos o más están reunidos, clavado en la Cruz… Y actuar sobre tal inquietud. Las lecturas de hoy coinciden, curiosamente, con el histórico eclipse de sol. Y en nuestro mundo, parece que vivimos en un constante estado de eclipse de lo que es bueno y verdadero. Pero la gloria, la presencia de Dios, aunque a veces se nos oculte porque no sepamos mirar ni alzar la mirada, no conoce eclipse.


Hoy se celebra la memoria de la Beata Victoria Díez, joven maestra de 32 años que dio su vida en martirio por la fe en 1936. Se cuenta que Victoria, segundos antes de su muerte, alzó la mirada… y vio la gloria, el cielo abierto. En su breve historia, había contemplado esa gloria en su difícil realidad de dificultades materiales y de persecución. Y también la había contemplado en sus alumnas y en el pueblo al que servía. Alzó la mirada y vio la gloria.

martes, 11 de agosto de 2026

Martes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario, Santa Clara, virgen.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (2,8–3,4):

Así dice el Señor: «Tú, hijo de Adán, oye lo que te digo: ¡No seas rebelde, como la casa rebelde! Abre la boca y come lo que te doy.»

Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.

Y me dijo: «Hijo de Adán, come lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel.»

Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de Adán, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy.» Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel.

Y me dijo: «Hijo de Adán, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras.»

Palabra de Dios


Salmo118,R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!


Santo Evangelio según san Mateo (18,1-5.10.12-14):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy, fiesta de santa Clara de Asís el pensamiento va al “tímido y dulce Francisco de Asís…” Quizá todo suene un poco empalagoso. Pero si algo es la Palabra de Dios es poco empalagosa, por lo exigente que resulta. Parece que la dulzura de la que se habla no es la dulzura de lo fácil y más cómodo. A Ezequiel se le instruye a comer el rollo y, efectivamente, es dulce como la miel… Pero lo importante es lo que va detrás, que es la llamada a un anuncio arriesgado, valiente y a veces conflictivo.


Se trata de la dulzura de lo que es bueno y santo. Y. como dice el Salmo, de la dulzura de la promesa. Y la promesa se da en momentos reales de la vida, no siempre fáciles, pero siempre necesitados de una fidelidad y fortaleza que a menudo no son un camino de rosas, pero que se pueden afrontar con la miel de la seguridad de la fidelidad de Dios.


En el Evangelio se dice que los más grandes en el Reino son los más pequeños. No se trata de una permisividad ni una tolerancia que puedan parecer dulces pero que al final producen frutos amagos. Se trata de la dependencia total de Dios; del no querer hacer las cosas por uno mismo como si todo dependiera de las propias fuerzas. La grandeza del Reino—y por tanto, la de los niños—no trata de demostrar poder, capacidad, brillantez, sino de fiarse totalmente de esa dulce promesa y de esa dulzura del rollo de la palabra de Dios. Dice un proverbio haitiano que la paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. Porque se trata de los frutos de una promesa que puede no estar aquí, sino mucho más allá, en la vida eterna.


Si Clara de Asís es una de las grandes santas de la Iglesia, no es por su azúcar, sino por esa profunda y terrible fortaleza de abandonar todo en manos de Dios, de no aferrarse no solo a nada material, sino ni siquiera a las propias fuerzas. Ese es el verdadero azúcar.


lunes, 10 de agosto de 2026

Lecturas de San Lorenzo, diácono y mártir

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,6-10):

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.» El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia.

Palabra de Dios


Salmo 111,R/. Dichoso el que se apiada y presta


 Santo Evangelio según san Juan (12,24-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy se nos dice que Dios ama a quien da de buena gana y en ese dar—aunque a veces confuso e imperfecto– ya hay bastante bondad.


Pero, gradualmente, las Escrituras de hoy nos van abriendo un sentido más hondo de la generosidad. El “dadivoso” es superado por quien da de buena gana– con sacrificio. El que da hasta que duele. Y que da, no ya regalos materiales, sino tiempo, escucha, servicio, paciencia. El salmo parece expresarlo aun mejor: “Dichoso el que se apiada”. Es decir, el que da, no pensando en la imagen que proyecta, no pensando en sí mismo, sino cambiando su propio corazón: se apiada, se compadece del dolor o la necesidad del otro.


Y el Evangelio da un paso (que más bien parece un salto mortal) más y habla de algo radical. Que el grano de trigo caiga en tierra y muera. Que dé, y se dé de tal manera, que desaparezca la propia imagen de bondad y generosidad y que se entregue todo. Y si no, no puede dar buen fruto. Parece que las dos primeras velocidades del dar, con su promesa de complacencia de Dios y de dicha, llegan ahora a un punto que parecería doloroso porque habla incluso de muerte. Pero ahí también está la promesa… si hace esto, dará fruto. Es siempre el paso del misterio Pascual. Entrega, muerte y resurrección. Dar de lo material, y sobre todo de lo que no se necesita es placentero y agradable, y además da buena fama. Estar dispuesto a darlo todo: tiempo, comodidad, riesgo, lucha, talentos y todo lo que se tiene, parece algo más complicado. Pero es lo que da fruto. Y fruto que permanece. Como el de la salvación de Cristo.


Hoy se celebra la fiesta de san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma a quien se le preguntó dónde estaba el tesoro de la Iglesia, y señaló a los pobres a los que servía. Es famoso por su entrega y su sentido del humor. Entendió la generosidad a tres velocidades, pero sobre todo la final, entregando su cuerpo a las llamas. Y entendió dónde estaba el tesoro y el fruto.

domingo, 9 de agosto de 2026

ÁNGELUS DEL SANTO PADRE LEON XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).


Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.


Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).


Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.


Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.


Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.


Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).


Queridos hermanos y hermanas:


Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todos los habitantes de la nación, renuevo mi llamado a las Autoridades para que garanticen corredores humanitarios a la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.  Oremos pidiendo al Señor que sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la paz tan anhelada.


Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, causando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Me solidarizo con las familias de las víctimas, con los heridos y con todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un vehemente llamamiento para que se respete el derecho humanitario y ambas partes pongan fin a los ataques contra objetivos civiles. La guerra sólo genera más guerra y provoca un enorme sufrimiento. Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz.


¡Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países!


Saludo en especial a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la Diócesis de Milán, que recorrieron la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que realizaron su campamento en las Colinas Albanas, en los alrededores de Roma, y a los jóvenes de Pernumia, de la Diócesis de Padua.  


La presencia de tantos grupos de jóvenes, que deciden dedicar unos días de sus vacaciones a actividades formativas y de compañerismo, es un signo de esperanza; así como lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, con quienes tuve la alegría de reunirme el jueves pasado en Asís.


A todos ustedes, chicos y chicas que me escuchan, quisiera recordarles que en estos días el calendario litúrgico nos presenta algunas figuras maravillosas de santos y santas que los invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, quien dejó una vida acomodada para seguir a Jesús, pobre y humilde, siguiendo el ejemplo de su conciudadano san Francisco. ¡Queridos jóvenes, déjense inspirar por estos testigos ejemplares del Evangelio!


¡Gracias a todos por su presencia y que tengan un feliz domingo!