jueves, 30 de abril de 2026

Jueves de la IV Semana de Pascua. San Pío V, papa, dominico

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,13-25):

Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejo y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:

«Hermanos, si tenéis una palabra de exhortación para el pueblo, hablad».

Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:

«Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.

Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Santo Evangelio según san Juan (13,16-20):

Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor

Compartimos:

e aquí la bienaventuranza del servicio. El lavatorio de los pies es una auténtica revolución, un gesto profético de Jesús que ilumina el sentido de su vida y pasión. “No ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida”.


El Maestro hace el gesto de un esclavo y casi exagera la deferencia para con cada uno de sus discípulos lavándoles sacramentalmente los pies. Sirve a sus discípulos desde el suelo. Tal Amor ha venido a quedare a sus pies.


El que sirve se agacha, nunca mira a otro por encima del hombro. Ser cristiano empieza por abajo y por los de abajo: los que no cuentan, los que son “descartados”. ¿Estamos dispuesto a ser beneficiarios de esta bienaventuranza? ¿Seremos capaces de practicar cotidianamente el amor servicial? ¿A quiénes estamos dispuestos a lavar los pies?

miércoles, 29 de abril de 2026

Las Iesu Communio que acompañaban a la monja que conmueve las redes: «Veíamos a Dios en esa mujer»

Por Juan Cadarso


Cuatro hermanas de este Instituto coincidieron con la dominica sor Virtudes en el hospital y cuentan lo que más les impresionó de ella.

"En muchos pasajes del Evangelio se dice: 'Jesús pasaba por allí aquel día'. Sin lugar a duda, aquel miércoles 18 de febrero, en esa habitación del hospital, Jesús pasó por mi vida a través del encuentro con sor Virtudes'", relata a Religión en Libertad la hermana Maryam, del Instituto Iesu Communio.


Visten de diferente manera; las unas van de blanco y negro y las otras de hábito vaquero. Unas pertenecen a una orden con 800 años de historia y las otras a un instituto aprobado en 2010. Unas son hijas de San Ireneo, de San Francisco... y las otras del gran santo castellano Santo Domingo de Guzmán. 


Los carismas son bien distintos, es verdad, pero el espíritu que une a dos monjas de diferente orden, postradas en una cama compartiendo habitación de hospital, solo puede ser el mismo. 


Han pasado ya unos días desde la muerte de sor Virtudes.

cuando las hermanas de Iesu Communio, Maryam, Jone de María, Pía María y Raquel de Jesús, charlan con ReL sobre lo que más les sorprendió de aquellos días en el hospital de Aranda de Duero (Burgos) con la dominica que conmueve las redes.


Hermana Maryam: «Me abrió las puertas del cielo»

"Recuerdo llegar a casa y tener la necesidad de compartirlo con todas mis hermanas. Quería gritar al mundo entero la vida de esta esposa de Cristo. Quería que a todos les llegara todo el bien recibido (...). ¡Vi a Cristo en sor Virtudes! ¡Vi el amor! ¡Vi una vida gastada en el amor! ¡Vi la paz! ¡Vi la verdad! ¡Vi la libertad! El misterio de la muerte, oscuro e incierto para mí, ella lo llenó de luz y certeza", relata la hermana Maryam. 


"Su sonrisa en medio del sufrimiento, su abandono confiado y sereno en las manos de Dios eran la expresión clara de un corazón creyente. Para ella, la muerte era el Esposo que venía a buscarla". 


"Al no salir de mi asombro, ante tal alegría a las puertas de la muerte, me atreví a preguntarle si no tenía miedo a morir. Era ella la que se asombraba ante mi pregunta. Su mirada era como la de una niña que no comprendía, y, me dijo: "¿Miedo a mi Esposo?". Rápidamente le contesté: '¡No!, al sufrimiento…'. Sonrió y, llena de ternura, me respondió: 'No, hija, estoy en Sus manos'. No soy capaz de explicar lo que pasó en ese momento, pero sí puedo decir que, de algún modo, la luz de la vida eterna entró en mi corazón… de alguna manera, sor Virtudes me abrió las puertas del cielo".

"Su cuerpo enfermo, tendido en esa cama, me anunciaba las palabras de Jesús: 'Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá' (Jn 11, 25). Así lo compartía yo durante estos días con familiares y amigos que aún no conocen a Jesús: 'Os aseguro que Cristo está vivo, lo vi en una mujer consagrada. La vida eterna es real…'".


"Sor Virtudes, mujer de Cristo, me permitió ver que vale la pena vivir y morir con Cristo, que es posible un amor hasta el final. Me venían al corazón tantos jóvenes que pasan por nuestra casa, por nuestros locutorios, preguntando si hoy en día es posible un amor para siempre… Ella nos lo grita con su vida: '¡Sí, sí, sí es posible!'. Frente a ella, sentía que se me caía del corazón todo lo que mata el amor, no solo en el 'mundo', también en la vida consagrada: el éxito, la grandeza, el poder… y me puso delante de los ojos lo único que mi corazón anhela de verdad: Jesús". 


"Muchas veces he escuchado que la vida no se improvisa, que uno muere como ha vivido… También ella me lo dijo cuándo le pedí que me contara cómo había llegado de esa manera tan radiante al final de su vida: 'Un sí tras otro sí a Su voluntad'. 'Una única cosa es necesaria: enamorarse de Cristo'". 


"Aproveché para preguntarle que cómo había vivido los sufrimientos cotidianos de la vida. Me traspasó su respuesta: 'En mi celda tengo un crucifijo y, ante cualquier sufrimiento, lo miro a Él y le digo: 'A mí nadie me ha clavado en la cruz'… y todo sufrimiento se me hace nada'". 


"Ya al final de la tarde, tuve el privilegio de quedarme con ella a solas y experimenté la necesidad de abrirle mi corazón, y le pedí que, por favor, rezara por mí. Me aseguró que lo iba a hacer desde el cielo... '¿Y cómo estás tan segura de que irás al cielo?', le dije. 'Soy consagrada; eso quiere decir que le pertenezco totalmente. Él me ha tomado en esta tierra, ¿cómo no me va a llevar con Él al cielo?', me contestó". 


"Otra cosa que me impactó mucho fue el amor que tenía a sus hermanas de comunidad. Repetía a cada momento: 'Amar a Jesús y amar las hermanas es una misma cosa'. Cómo se dejaba cuidar y querer por la hermana Teresa de Jesús era un espectáculo de amor. Cuando estábamos solas no hacía más que hablarme del tesoro que era esta hermana y que para ella era un regalo de su esposo tenerla a su lado en el final de su vida. Y, con el mismo cariño, me habló de toda su comunidad como el tesoro de su vida". 


"Jamás podré olvidar aquel día. Ahora sor Virtudes es para mí una madre a la que puedo acudir siempre. Así lo hago desde su muerte, y la experimento viva en mi corazón. Y como ella me aseguró, sé que reza por todos nosotros. Verdaderamente 'en la tarde de la vida solo queda el amor' (Santa Isabel de la Trinidad)". 


Hermana Jone de María: cuando el Esposo viene ya

"Conocimos a sor Virtudes porque tuvimos que ir al hospital a cuidar a una hermana mayor y compartían habitación. Dios había preparado aquel encuentro y, todas las que volvíamos de aquella habitación, lo hacíamos con el mismo impacto tras haber conocido a aquella mujer, tan sencilla, pero tan llena de una fe, esperanza y caridad muy vivas". 


"A mí personalmente me tocó profundamente su olvido de sí, que no nacía de un 'estoicismo', como pude ver con mis propios ojos, sino de un corazón de esposa que se sabe totalmente a salvo en las manos del Esposo y de un corazón de madre atenta a todos, y despreocupada de sí". 


"Estaba tan serena, sentada en el sillón, que no pude imaginar la gravedad de su situación. Se mostraba preocupada por nuestra hermana mayor, que estaba algo inquieta y las dominicas nos invitaron a rezar con ellas: 'Verá cómo le serena', me dijo con una total confianza en el poder de la oración. Un rato después trajeron la cena y no quiso tomar nada. Empezó a sentir náuseas, y, con serenidad y sencillez, me dijo: 'Debe de ser que el Esposo viene ya'. Lo dijo de tal modo que sentí envidia de la fe de aquella mujer y una llamada a la conversión y la confianza". 


"Por la noche se me regaló poder quedarme a velar a las dos hermanas, y fue en esas horas donde pude ver mejor su corazón de madre, de tal modo que me hacía sentir que era yo la que estaba siendo cuidada. Ella estaba en la cama, dolorida, ni siquiera pudo tomarse la medicación, y, en vez de replegarse sobre sí, con ternura y cierta preocupación por mí, me dijo: 'hija, ¿pero tú has cenado?'. Me sobrecogió que se fijara en aquel detalle, que se preocupara por mí, que apenas me conocía de unas horas, y, sobre todo, porque en aquel momento debía estar agotada, preocupada, sufriendo".


"Avanzada la noche, me acerqué a su cama a ver cómo estaba y, enseguida, abrió los ojos y me dijo: 'hija, ¿has podido dormir algo?'. Y me preguntó también por la hermana mayor que yo estaba cuidando, que se movía mucho". 


"Yo estaba pendiente del más mínimo gesto de dolor y cualquier ruido, para aliviarla en lo que pudiera. La miraba en la penumbra de la habitación, sorprendida de que no se llevase la mano a la zona enferma y de que no hiciese ningún pequeño gesto o gemido de dolor. Solo de vez en cuando movía el brazo izquierdo, en el que tenía la vía, en busca de una postura más cómoda. Por la mañana me encontré el brazo hinchado. Quise llamar a la enfermera, pero no me dejó: 'No te molestes, hija, por la hora que es ya están a punto de venir las enfermeras'". 


"En cada momento anteponía las necesidades y el trabajo de los otros sin dar ninguna importancia a lo suyo. Es más, como si todas las atenciones que recibía fueran inmerecidas. Durante la noche, aproveché que se levantó para estirarle bien las sábanas y que estuviese más cómoda. Pensé que no se daría cuenta de algo tan mínimo, pero, al volver, miró la cama y, llena de una gratitud profunda y sincera, me dio las gracias como si le hubiese hecho un gran servicio innecesario. No podré ya nunca sacar de mi corazón a quien me hizo ver de forma tan evidente y tan deseable la belleza de un corazón abierto al otro y olvidado de sí". 


Hermana Pía María: «¡Correremos detrás del Cordero!»

"Cuando yo la conocí apenas pude hablar con ella porque estaba ya muy debilitada, sin comer… pero me impactó muchísimo la mansedumbre, vi a Jesús manso en ella. Mansedumbre de quien está abandonada con total confianza al querer del Padre. La alegría de ser consagrada, de pertenecer a Jesús. Cuando se despertaba, decía: '¡Ya llega el Esposo!'… '¡Correremos detrás del Cordero!'".


Hermana Raquel de Jesús: la única respuesta obvia de amor

"Me impactó la docilidad y mansedumbre con que se dejaba tratar y cómo, cuando su hermana la ayudaba o le proponía cualquier cosa, ella respondía: 'Como te parezca mejor está bien', y colaboraba en lo que podía. Doy gracias a Dios por el encuentro con sor Virtudes, por poder ver una mujer consagrada que acoge la hora y el modo que Dios dispone cómo la única respuesta obvia de amor a Quien le ha dado todo".


Sor Virtudes González González O.P

Era subpriora del Monasterio de Santo Domingo de Caleruega, cuna de Santo Domingo de Guzmán, cuando falleció el pasado lunes 23 de febrero de 2026, a los 88 años de edad y tras pasar 69 años de vida religiosa en la Orden de Predicadores.

Miércoles de la IV Semana de Pascua, Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia.

 Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (12,24–13,5):

En aquellos días, la palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba. Cuando cumplieron su servicio, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos.

En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.

Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:

«Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».

Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre.

Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

Palabra de Dios


Salmo 66,R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos,que todos los pueblos te alaben


Santo Evangelio según san Juan (12,44-50):

En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:

«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Palabra del Señor


Compartimos:

En el Evangelio de hoy Jesús nos revela que el Padre es el Dios no delos “sabios y entendidos”, sino de los pequeños, de los que son vulnerados, de los frágiles, los alejados de la “grandeza “del mundo, de los necesitados de salvación. El mundo se empeña en secuestrar la pequeñez, la humidad, quiere que seamos grandes y el Evangelio nos recuerda que necesitamos caminar de la mano de los otro, hacerse pequeño para entrar en el reino y conocer así la intimidad entre el Jesús y el Padre. ¿Somos defensores de lo pequeños o deseamos la grandeza y el poder?


Él se compromete a enseñarnos con paciencia y humildad. Acerquémonos a Él cuando experimentemos nuestra pequeñez, nuestro cansancio, nuestras incoherencias y nuestros problemas nuevos y viejos con los que tropezamos cotidianamente.

martes, 28 de abril de 2026

Santa Catalina de Siena, virgen, doctora de la Iglesia, Patrona de Europa y de Italia

“No se contenten con las pequeñas cosas. Dios las quiere grandes. ¡Si serán lo que deben ser, pondrán el fuego en toda Italia!”. Con estas palabras, según el usual estilo firmo e intransigente, pero siempre maternal, Catalina Benincasa invitaba a la radicalidad de la fe a uno de sus interlocutores epistolares. Es una exhortación que revela el deseo ardiente de la santa de irradiar el Evangelio en el mundo a través del testimonio convencido y creíble de hombres y mujeres convertidos por el anuncio del Resucitado: “Dotada de una fe invicta, podrás afrontar victoriosamente a tus adversarios”, le dirá Cristo en una visión del último día del carnaval del año 1367, en un episodio que los biógrafos recuerdan como las nupcias místicas de Catalina.


Determinada desde niña a casarse con Cristo

Había nacido veinte años antes, el 25 de marzo, en el barrio Fontebranda, siendo la 24ª hija de los veinticinco puestos en el mundo por el tintorero Jacopo Benincasa y Lapa di Puccio de’ Piacenti en una época caracterizada por fuertes tensiones en el entramado social. A la edad de sólo seis años, en un momento en que el papado tenía sede en Aviñón y los movimientos heréticos asechaban la vida de la Iglesia, la niña tuvo la aparición de Jesús vestido de Pontífice. Al año siguiente hizo voto de virginidad, madurando después el firme propósito de perseguir la perfección cristiana en la orden dominicana. Frente a la oposición de sus padres que la querían esposa, Catalina reacciono firmemente: a los 12 años se cortó el cabello y se puso el velo, encerrándose en casa. Entonces la familia le permitió, en el año 1363, que ingresara entre las Terciarias dominicas.


Mamá y maestra, punto de referencia espiritual para muchos

La santa aprendió a leer y a escribir. Y comenzó una intensa actividad caritativa hacia los últimos y – en una Europa lacerada por pestilencias, guerras, carestías y sufrimientos – se convirtió en un punto de referencia para los hombres de cultura y para los religiosos que, siendo asiduos frecuentadores de su celda, serán recordados como “caterinatos”, es decir sus hijos espirituales. Los más íntimos entre ellos la llamaban “mamá y maestra” y se hicieron transcriptores d sus tantas exhortaciones a las autoridades civiles y religiosas: exhortaciones y asunciones de responsabilidad, a veces reproches o invitaciones a la acción, expresados siempre con ternura y caridad. Entre los temas afrontados en sus misivas se destacan: la pacificación de Italia, la necesidad de la cruzada, la reforma de la Iglesia y el regreso del papado a Roma para el cual la santa fue determinante al viajar, en el año 1376, a Provenza para ver al Papa Gregorio XI.


El Papa, “dulce Cristo en la tierra” y su regreso a Roma

Catalina jamás tuvo miedo de volver a llamar al Sucesor de Pedro – a quien definía “dulce Cristo en la tierra” – a sus responsabilidades: reconoció sus faltas humanas, pero tuvo siempre gran reverencia por el vicario de Jesús en la tierra, así como de todos los sacerdotes. Después de la rebelión de una parte de los cardenales que dio inicio al cisma de Occidente, Urbano VI la llamó a Roma. Aquí la santa se enfermó y murió el 29 de abril de 1380, al igual que Jesús con sólo 33 años de edad. Las palabras del apóstol Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí”, se encarnan en la vida de Catalina que en el año 1375 recibió los estigmas incruentos reviviendo cada semana la Pasión, según relatan los testigos.


Pablo VI la proclama Doctora de la Iglesia

La pertenencia al Hijo de Dios, el coraje y la sabiduría infusa son características distintivas de una mujer única en la historia de la Iglesia, autora de textos como “El Diálogo de la Divina Providencia”, “Epistolario” y su recopilación de “Oraciones”. En virtud de su alta estatura espiritual y doctrinaria, Pablo VI la proclamó Doctora de la Iglesia en 1970. Enamorada de Jesucristo, Catalina escribía: “Nada atrae el corazón de un hombre ¡cuanto el amor! Por amor Dios lo ha creado, por amor su padre y su madre le han dado la propia sustancia, él mismo está hecho para amar”.


Martes de la IV Semana de Pascua. San Luis María Grignion de Montfort, presbítero. San Pedro Chanel, presbítero y mártir

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (11,19-26):

En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor.

Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.

Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.

Palabra de Dios


Salmo  86,R/. Alabad al Señor, todas las naciones


 Evangelio según san Juan (10,22-30):

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió:

«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor


Compartimos:

El Evangelio es una escuela para aprender a escuchar la voz del Buen Pastor en medio de su pueblo. Nos lleva a re – conocer su voz entre otras voces. “A escuchar me paro las voces de los ecos, y escucho de entre las voces, una” (A. Machado)


No se trataba solo de escuchar a Jesús sino de aceptarlo sin prejuicios. Algunos no querían entenderle, creían que la religión era solo cuestión de cabeza, de leyes, de ir solos y nada más. Lejos del pueblo de Dios no comprendían que Dios es comunidad, comunión, donación.


Jesús revela su identidad. No la esconde. Él es de condición humana y divina. El mismo Dios hecho hombre. Él es el Señor de nuestra s vidas. Cuando habla de sus ovejas, dice “yo las conozco”, nadie sabe mejor que Él lo que necesitan.

lunes, 27 de abril de 2026

Lunes de la IV Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (11,1-18):

En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche:

«Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».

Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo:

«Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí:

«De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo.

En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.

En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».

Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo:

«Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».

Palabra de Dios


Salmo 41,R/. Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo


Santo Evangelio según san Juan (10,1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor


Compartimos:

El Buen Pastor da su vida por todas las ovejas: cercanas y lejanas.

Su deseo: reunirlas en un solo rebaño con un solo pastor.

Su invitación: invitarnos a buscar esas ovejas hoy distantes y reconocer en ellas las “semillas del Verbo” que el Espíritu esparció “en toda carne” y compartir con ellas lo mejores que llevamos dentro.

Su misión: construir entre todos ese mundo fraternal, ese sueño de Dios con nosotros.

Su liderazgo: el amor que tiene por cada una de ellas. Las conoce. Le ha puesto nombre. N las castiga, tampoco la s cosifica. Las distingue. Se enfrenta cuando atacan a su rebaño, aunque le cueste la vida

¿Cómo seguir al Buen Pastor hoy? Con la flexibilidad del espíritu que no se sabe de dónde viene ni a donde va. Nacer el agua y del Espíritu, aunque avancemos en edad. El Espíritu siempre actúa. Necesitamos liberarnos de prejuicios y esquemas viejos.

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV PARA LA LXIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

El descubrimiento interior del don de Dios


Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:


Guiados y custodiados por Jesús Resucitado, en el IV domingo de Pascua, llamado “domingo del buen Pastor”, celebramos la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros. Recorramos pues juntos el camino de una vida verdaderamente hermosa, que el Pastor nos muestra.


El camino de la belleza


En el Evangelio de Juan, Jesús se define literalmente el «pastor bello» (ὁ ποιμὴν ὁ καλός) ( Jn 10,11). La expresión hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: “Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza”. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos “bellos”; su belleza nos transfigura. Como escribe el teólogo Pável Florenski, la ascética no hace al hombre “bueno”, sino al hombre “bello”. [1] El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.


Esta comunicación interior de vida, de fe y de sentido fue también la experiencia de san Agustín, el cual, en el libro tercero de las Confesiones, mientras declara y confiesa sus pecados y errores juveniles, reconoce a Dios «más interior que lo más íntimo mío». [2] Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad. Agustín atisba la presencia de Dios en lo más interior de su alma, y eso implica haber comprendido y vivido la importancia del cuidado de la interioridad como espacio de relación con Jesús, como camino para experimentar la belleza y la bondad de Dios en su propia vida.


Dicha relación se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherir, sino un proyecto de amor y de felicidad. En la pastoral vocacional y en el compromiso siempre nuevo de la evangelización es urgente volver a partir del cuidado de la interioridad.


En este espíritu, invito a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el Pastor bello, nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado.


Conocimiento mutuo


«El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor». [3] Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Pero este conocimiento debe ser siempre mutuo; estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas. Como el joven Samuel que, durante la noche, quizá de manera inesperada, oyó la voz del Señor y aprendió a reconocerla con la ayuda de Elí (cf. 1 Sam 3,1-10), así también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para intuir lo que el Señor tiene en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento académico, sino de un encuentro personal que transforma la vida. [4] Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él, que nos llama —a pesar del ruido en ocasiones ensordecedor del mundo— y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.


« Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas – No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad». [5] Una vez más, san Agustín nos recuerda lo importante que es aprender a detenerse y a construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.


Queridos jóvenes, ¡escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades. Por lo tanto, dediquen tiempo a la adoración eucarística, mediten asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día, participen activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conocerán al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubrirán cómo entregarse a los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar: toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa sobre todo aprender a confiar en Él y en su Providencia, que sobreabunda en toda vocación.


Confianza


Del conocimiento nace la confianza, actitud que es hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida, en efecto, se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros.


Pensemos en san José, que, a pesar del inesperado misterio de la maternidad de la Virgen, confió en el sueño divino y acogió a María y al Niño con corazón obediente (cf. Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios: confió incluso cuando todo a su alrededor parecía ser tiniebla y negatividad, cuando las cosas parecían andar en dirección opuesta a lo previsto. Él se fio y confió, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “ fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní». [6]


Como nos ha enseñado el Jubileo de la Esperanza, es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder nunca a la desesperación, superando miedos e incertidumbres, con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal. Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar todas nuestras tinieblas con su luz. Y precisamente gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, también atravesando pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación, reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos ha llamado, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas.


Maduración


La vocación, en efecto, no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor. Estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en los corazones y en las situaciones de la vida y releer todo a la luz del don recibido significa crecer en la vocación.


Como la vid y los sarmientos (cf. Jn 15,1-8), así toda nuestra existencia debe constituirse como un vínculo fuerte y esencial con el Señor, para convertirse en una respuesta cada vez más plena a su llamada, a través de las pruebas y las podas necesarias. Los “lugares” donde se manifiesta mayormente la voluntad de Dios y se hace experiencia de su amor infinito son a menudo los vínculos auténticos y fraternos que somos capaces de instaurar durante nuestra vida. Qué valioso es tener un buen guía espiritual que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación. Qué importantes son el discernimiento y el seguimiento a la luz del Espíritu Santo, para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza.


La vocación, por tanto, no es una posesión inmediata, algo “dado” de una vez por todas; es más bien un camino que se desarrolla análogamente a la vida humana, en el cual el don recibido, además de ser cuidado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para poder crecer y dar fruto. «Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros». [7]


Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo.


Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, los acompañe siempre en este camino.


Vaticano, 16 de marzo de 2026


LEÓN PP. XIV


[1] «Y de hecho la ascética no está dirigida a formar un hombre “bueno”, sino bello; el rasgo característico de los santos ascetas no es en modo alguno la “bondad”, que se encuentra también en hombres carnales, incluso en pecadores habituales: es la belleza espiritual, la belleza deslumbradora de una persona resplandeciente, portadora de luz. Esta belleza es inaccesible para la inercia del hombre carnal» (P. Florenski, La columna y el fundamento de la verdad, Salamanca 2010, 113).


[2] S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11: CSEL 33, 53.


[3] Carta ap. Una fidelidad que genera futuro (8 diciembre 2025), 5.


[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1.


[5] S. Agustín, De la verdadera religión, XXXIX, 72: CCSL 32, 234.


[6] Francisco, Carta ap. Patris corde (8 diciembre 2020), 3.


[7] Francisco, Exhort. ap. postsin. Christus vivit (25 marzo 2019), 248.


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