lunes, 13 de abril de 2026

Lunes de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (4,23-31):

En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.

Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo:

«Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo:

“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.

Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».

Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Palabra de Dios


Salmo  2,1-R/. Dichosos los que se refugian en ti, Señor


Santo Evangelio según san Juan (3,1-8):

Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:

«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo le pregunta:

«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor


Compartimos:

Nicodemo se queda algo perplejo. ¿Cómo va a nacer de nuevo, siendo ya mayor? ¿Qué puede significar nacer del agua y del espíritu? A fuerza de escuchar este pasaje muchas veces, quizá no nos paremos a reflexionar en lo que significa… Pero, en términos concretos, ¿qué puede significar eso para nuestra vida ya avanzada? Quizá, para poder responder, fuera bueno definir vida y muerte. A qué llamamos vida y qué nos parece que es la muerte. Jesús hace una declaración contundente: yo soy el camino, la verdad, y la vida. Es decir, que solo Dios es vida verdadera y solo en Dios se puede vivir.


Nacer de nuevo, de agua y de espíritu, es dar un giro a la vida. O mejor aún, permitir que la gracia dé ese giro. Vivir una vida distinta, orientada a Dios, buscando la verdad y el bien. Una vez ví una cerámica que decía: la buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es vida. Aunque se podría interpretar como algo cínico y materialista, la interpretación de vida en agua y espíritu sería que la vida verdadera es cara porque exige la valentía de anunciar la Palabra de la verdad; porque pide dejar atrás la comodidad y seguir el Camino que puede acabar en cruz, y es camino de servicio, de generosidad, de aguante del dolor y las dificultades de la vida. Supone optar por la bondad frente al insulto, el desprecio, la burla; la compasión hacia el dolor de otros; la lucha por la justicia. Nacer de nuevo significa tener la vida auténtica, y no lo que quizás llamamos vida queriendo decir cierta antigua rutina conocida y cómoda.

Y decimos, con todo, que es buena vida, porque la “barata”, la cómoda y auto-centrada no es vida en realidad. Para colmo, no da la verdadera felicidad. Porque si Dios es vida, la felicidad solo puede estar en vivir en Él. Tendríamos entonces que definir muerte no como final de algo, sino como estado de infelicidad por la separación de Dios. Dichosos, felices, (macarios o bienaventurados) los que esperan en el Señor, dice el Salmo de hoy. Es decir, los que han nacido del agua y del espíritu, de lo alto. La buena vida es cara. La barata, en realidad, no existe: es más bien muerte.

domingo, 12 de abril de 2026

Ángelus del PAPA LEÓN XIV

REINA DEL CIELO

Plaza de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y feliz Pascua!


Hoy, segundo domingo de Pascua, dedicado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia, en el Evangelio leemos la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás (véase Jn 20,19-31). Este acontecimiento tiene lugar ocho días después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar las marcas de los clavos, a poner su mano en la herida de su costado y a creer (véase v. 27). Es una escena que nos invita a reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo podemos creer? San Juan, quien narra el acontecimiento, nos da instrucciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús al octavo día , en la comunidad reunida , y lo reconoce en los signos de su sacrificio . De esta experiencia surge su profesión de fe, la más elevada de todo el Cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 29).


Por supuesto, no siempre es fácil creer. No lo fue para Tomás, ni lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y fortalecida. Por esta razón, en el octavo día, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer como los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía. En ella, escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestras vidas en unión con el Sacrificio de Cristo, nos nutrimos de su Cuerpo y Sangre, y luego, a su vez, nos convertimos en testigos de su Resurrección, como indica el término «Misa», que significa «envío», «misión» (véase Catecismo de la Iglesia Católica , 1332).


La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana partiré para mi viaje apostólico a África , y algunos de los mártires de la Iglesia africana primitiva, los Mártires de Abitene, nos han dejado un hermoso testimonio sobre este tema. Cuando se les ofreció la oportunidad de salvar sus vidas si renunciaban a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el Día del Señor. Es allí donde nuestra fe se nutre y crece. Es allí donde nuestros esfuerzos, por limitados que sean, por la gracia de Dios se unen como acciones de miembros de un solo cuerpo —el Cuerpo de Cristo— en la realización de un único y gran plan de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que nuestras manos también se convierten en «manos del Resucitado», testigos de su presencia, su misericordia, su paz, en los signos del trabajo, el sacrificio, la enfermedad y el paso de los años, que a menudo quedan grabados allí, como en la ternura de una caricia, un abrazo o un gesto de caridad.


Queridos hermanos y hermanas, en un mundo tan necesitado de paz, esto nos obliga más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, a partir de él como testigos de la caridad y portadores de la reconciliación. Que la Virgen María, bendita por haber sido la primera en creer sin ver (cf. Jn 20,29), nos ayude a hacerlo.


Queridos hermanos y hermanas,


Hoy, muchas Iglesias Orientales celebran la Pascua según el calendario juliano. A todas esas comunidades, les extiendo mis más sinceros deseos de paz, en comunión de fe en el Señor Resucitado. Las acompaño con oraciones más intensas por quienes sufren a causa de la guerra, especialmente por el amado pueblo ucraniano. Que la luz de Cristo consuele los corazones afligidos y fortalezca la esperanza de paz. ¡Que la comunidad internacional jamás olvide la tragedia de esta guerra!


En estos días de dolor, temor e inquebrantable esperanza en Dios, me siento más cercano que nunca al querido pueblo libanés. El principio de humanidad, arraigado en la conciencia de toda persona y reconocido en el derecho internacional, implica la obligación moral de proteger a la población civil de los atroces efectos de la guerra. Hago un llamamiento a las partes en conflicto para que cesen el fuego y busquen urgentemente una solución pacífica.


El próximo miércoles se cumplen tres años del inicio del sangriento conflicto en Sudán. ¡Cuánto sufre el pueblo sudanés, víctimas inocentes de esta tragedia inhumana! Reitero mi sincero llamamiento a las partes en conflicto para que depongan las armas y comiencen, sin condiciones previas, un diálogo honesto que ponga fin a esta guerra fratricida cuanto antes.


Y ahora os doy la bienvenida a todos, romanos y peregrinos, especialmente a los fieles que celebraron el Domingo de la Divina Misericordia en el Santuario de Santo Spirito en Sassia.


Saludo al Musikverein Kleinraming de la Diócesis de Linz, en Austria, y a los fieles de Polonia; así como a los jóvenes del Collège Saint Jean de Passy de París y a los de diversas nacionalidades del Movimiento de los Focolares. Saludo a la peregrinación de la comunidad de San Benedetto Po y a los confirmandos de Santarcangelo di Romagna y San Vito.


Mañana partiré para un viaje apostólico de diez días a cuatro países africanos : Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Les pido que me acompañen con sus oraciones. ¡Gracias!


¡Feliz domingo a todos!

sábado, 11 de abril de 2026

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):

Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios


Salmo  117,R/. Dad gracias al Señor porque es bueno,porque es eterna su misericordia


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.

Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en

medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor


Compartimos:

La Iglesia nos invita a celebrar la misericordia del Señor, ese amor inmenso y delicado de Dios, que nos ama a pesar de ser nosotros tan poca cosa. Durante toda la Semana Santa hemos contemplado hasta qué punto puede llegar nuestra miseria y, sobre todo, cuán grande y misericordioso es el amor de Dios.


En el Evangelio de hoy encontramos una nueva muestra de que su amor quiere alcanzar incluso los rincones más oscuros de nuestro corazón. Contemplamos cómo Jesucristo quiere perdonar los pecados a través de sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23). Dios nos ama hasta tal punto que desea perdonarnos siempre. Quiere hacerse presente en toda nuestra vida y en nuestra historia; quiere descender hasta la profundidad de nuestro pecado para amarnos y transformarnos por completo, en todo lo que afecta a nuestra persona.


El papa León XIV, contemplando el Sábado Santo, decía: «Es el día en el que el cielo visita la tierra en lo más profundo. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede quedar excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan herida que no pueda ser tocada por su misericordia».


Así es el amor de Dios: un amor como no hay otro, que abraza nuestra miseria y quiere perdonarnos para devolvernos siempre a la luz. Y quiere hacerlo de un modo aún más sorprendente: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Es decir, quiere hacerlo a través de la Iglesia, por medio de otros hombres —los sacerdotes—, también pecadores, como quien se confiesa, pero llamados a ser testigos e instrumentos de su misericordia.

Sábado de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,13-21):

En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo:

«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».

Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:

«¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».

Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.

Palabra de Dios


Salmo 117,R/. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste


Santo Evangelio según san Marcos (16,9-15):

JESÚS, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.

También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay dos asambleas contrastantes en las lecturas de hoy. La primera es la asamblea del Sanhedrín, los sabios y doctores de la ley, que no se atreven a refutar a los humildes pescadores, porque tienen delante las pruebas. Creen, porque no tienen más remedio que creer a sus propios ojos, pero la decisión es acallarlo todo, perseguir a quien trata de anunciar, y negar.  Si han visto y oído, ¿por qué tratan de acallar? En cierto modo, no sorprende  mucho esta actitud, porque supondría por parte de los expertos reconocer su error y, en cierto modo, renunciar a parte de su propia identidad como doctores de la ley que ahora tendrían que ser discípulos de la nueva Ley. Pero el resultado podría parecer incoherente: ¡las grandes autoridades amedrentadas porque el pueblo da gloria a Dios!


Lo que sí sorprende muy razonablemente es que los que habían estado con Jesús, que habían escuchado embelesados su mensaje, quienes habían decidido seguirle a dondequiera que fuera, se nieguen a creer el testimonio Magdalena que había visto a su Señor en el huerto, ni el de los compañeros que caminaron con Jesús hacia Emaús. Jesús recrimina su dureza de corazón y su ceguera. Pero, improbablemente según todos los estándares humanos, los envía a dar testimonio. ¿Quién se fía de quienes no han confiado? A pesar de todos los pesares, Cristo confía su misión a quienes pudieran parecer necios, endurecidos y poco de fiar.


Podríamos ver ejemplos de los dos tipos de asamblea. Quienes ven la evidencia, pero no les conviene, y quienes escuchan la evidencia pero se fían más de sus propios ojos. Quienes tratan de silenciar el mensaje y quienes, con temor y temblor por sus propias dudas, son enviados a anunciar el mensaje.


Podríamos pensar en cuál de las dos asambleas estamos: ¿en la de quienes hemos tenido pruebas abundantes de la vida de Cristo, de su obra en nuestras vidas, y decidimos acallarlas por no perder nuestro buen nombre o prestigio? ¿O estamos en la de los amedrentados y descreídos, endurecidos en nuestra exigencia de pruebas palpables y aun así, enviados a anunciar la Buena Noticia?

viernes, 10 de abril de 2026

Viernes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,1-12):

En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.

Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Más, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes, Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:

«¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».

Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:

«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es “la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Palabra de Dios


Salmo 117,R/. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular


Santo Evangelio según san Juan (21,1-14):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:

«Me voy a pescar».

Ellos contestan:

«Vamos también nosotros contigo».

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

«Muchachos, ¿tenéis pescado?».

Ellos contestaron:

«No».

Él les dice:

«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».

La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:

«Es el Señor».

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque rio distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

Jesús les dice:

«Traed de los peces que acabáis de coger».

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice:

«Vamos, almorzad».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor


Compartimos:

La piedra rechazada, lo que los constructores no reconocieron, para los discípulos ahora es incuestionable. Cuando Jesús se les aparece esta vez, nadie se pregunta quién es, porque lo saben. Es más, no se atreven a hacer la pregunta, porque saben que quedarían en ridículo al no reconocerlo. Ya les han servido las otras dos veces que han visto al resucitado para estar convencidos.


Hay en los pasajes de hoy un principio de Iglesia. En la primera lectura, Pedro habla con autoridad del único que tiene la salvación, de Aquel quien es la piedra angular. No la reconocieron los “expertos” constructores (una alusión a los escribas y fariseos y los poderes del mundo que no supieron reconocer la salvación). Esa piedra es ahora quien sostiene todo el edificio. Y el edificio es el Pueblo de Dios, la Iglesia.


En la segunda lectura son pescadores quienes siguen el liderazgo de Pedro confiados en una abundante pesca (como la que tuvieron con Jesús). Van con él a pescar. La autoridad de Pedro se va consolidando, porque Pedro está lleno del Espíritu en su afirmación del poder del Crucificado y Resucitado. A su regreso, es Jesús quien cocina y transforma en alimento lo que han pescado.


Quizá de niños nos enseñaran a hacer “composición de lugar”, es decir, a imaginarnos la escena y ponernos en el lugar de los personajes. Mientras estamos en nuestra tarea diaria de “pescar” (cocinar, trabajar, cuidar a los niños, enseñar… lo que sea que hagamos) ¿qué confianza tenemos en la piedra angular, desde nos viene únicamente la salvación? ¿Cómo vemos nuestra pesca multiplicada? ¿Tenemos a veces la osadía de preguntar quién ha hecho tales maravillas en nuestra vida o, como los discípulos, nos callamos, porque sabemos que es el Cristo, y no otro poder ni otra fuerza quien lo hace todo? En medio de nuestras muertes diarias, ¿sabemos quién mueve la piedra y nos trae vida con una fuerza arrolladora? ¿Sabemos quién convierte nuestros esfuerzos en bien para los demás?

jueves, 9 de abril de 2026

Jueves de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,11-26):

En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos.

Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:

«Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.

Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios Jo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros.

Ahora bien, hermanos, sé que Jo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Moisés dijo: “El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.

Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».

Palabra de Dios


Salmo  8,R/. Señor, dueño nuestro ¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!


Santo Evangelio según san Lucas (24,35-48):

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:

«Paz a vosotros».

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.

Y él les dijo:

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

«¿Tenéis ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo:

«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

Palabra del Señor


Compartimos:

Lo han visto colgado en una cruz, castigo ignominioso. Lo han visto como varón de dolores, ante quien se vuelve el rostro. Lo han visto caer tres veces bajo el peso de la cuz. Y han pasado tres días. Pensar que está vivo es locura total. Así que la pregunta: ¿Por qué se asustan? Parece una broma total.


Pero él hace tres signos inconfundibles, como para darles las pruebas que él parece pensar no necesitan… Son signos que van de lo más abstracto a lo más concreto. Es decir, de lo más intangible e increíble hasta los sentidos materiales. Primero da la paz. Y la da en medio de un clima de pavor razonable. Si han podido dar una muerte tan ignominiosa a su Maestro, ¿qué harán con ellos? Simplemente asegurar una paz de palabra va a ser poco: tiene que pasar a algo más tangible.


Así que pasa al segundo signo que es mostrar las heridas: Es lo mismo que le dirá a Tomás ante su incredulidad: mete el dedo en mi llaga para convencerte. Dejar que se vean y se toquen.


Y lo tercero es lo que ha hecho con ellos tan sencillamente a lo largo de su estancia entre ellos: comer. Los fantasmas no tienen huesos ni comen. Y esta es la mayor prueba para unos discípulos lógicamente confundidos porque lo que habían visto se ha transformado. Pero para nosotros, que no hemos visto todo eso, y no hemos tocado con nuestras manos mortales las llagas, un mensaje de paz y una pregunta de por qué tememos, va a tener que pasar por unos sentidos internos despiertos. Primero, tenemos que creer que la Encarnación de Cristo, y su Resurrección, nos hacen pasar a ese otro plano de ver, tocar y sentir la humanidad de una manera distinta. Tocar nuestro propio dolor y el dolor de las personas de nuestro alrededor y saber que están ya transformados por la salvación de Cristo; tocar nuestra propia angustia por la situación del país o del mundo y saber que ya se ha logrado la paz. Saber que ya hemos desayunado el pescado y el pan de Cristo, con el que podemos contar cada día en la Eucaristía.


¿Por qué dudáis? ¿Acaso no hay suficientes pruebas? Jesús no es un fantasma.

miércoles, 8 de abril de 2026

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.


Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).


La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).


La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.


En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.


Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.


Llamamiento


Tras estas últimas horas de gran tensión para Oriente Medio y para todo el mundo, acojo con satisfacción y como señal de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas. Solo mediante la vuelta a las negociaciones se puede llegar al final de la guerra.


Exhorto a acompañar este tiempo de delicado trabajo diplomático con la oración, auspiciando que la disponibilidad al diálogo pueda convertirse en el instrumento para resolver el resto de situaciones de conflicto en el mundo.


Renuevo para todos la invitación a unirse a mí en la Vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María, Reina de todos los Santos, que interceda por nosotros, para que seamos perseverantes y alegres en el camino de la santidad, dando testimonio cada día de nuestra fe en Cristo resucitado. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:


Reflexionamos hoy sobre el capítulo quinto de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la universal vocación a la santidad en la Iglesia, y sobre el capítulo sexto, acerca de la vida consagrada. Según este documento conciliar, la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son el alimento para crecer en una vida santa, es decir, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo.


Las personas consagradas dan testimonio de esta vocación universal a la santidad de toda la Iglesia siguiendo a Cristo de modo radical, por medio de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. La pobreza expresa la confianza total en la Providencia, la obediencia tiene como modelo el don de sí que Cristo hizo al Padre y la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de su Iglesia.