miércoles, 6 de mayo de 2026

Miércoles de la V Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (15,1-6):

En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.

Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo:

«Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».

Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto.

Palabra de Dios


Salmo 121,R/. Vamos alegres a la casa del Señor


Santo Evangelio según san Juan (15,1-8):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor


Compartimos:

La lectura del Evangelio de hoy, dentro del larguísimo discurso de la Última Cena, según San Juan, es una exhortación a los discípulos de entonces y a nosotros, cristianos -discípulos de Cristo por definición- de hoy. Es la parábola de la vid y los sarmientos y la invitación: permaneced en Mí.


Sabemos que sin El no podemos hacer nada. Ocurre que a veces lo olvidamos y llegamos a creer que podemos enrolarnos en alguna causa o emprender alguna tarea con nuestra buena preparación, convencimiento, entusiasmo o incluso capacidad para recaudar fondos… sin contar con Cristo o dándolo por supuesto, pero sin que realmente cuente mucho. Incluso podemos llegar a creer que tenemos éxito sin entender que realmente nos aproximamos a ser sarmientos secos y que todo el fruto de ese esfuerzo no sirve para nada: es una selva de ramas con uvas pequeñas y ácidas.


Permanecer en Jesús, como el sarmiento en la viña, implica también someterse a la poda. Al ser una planta trepadora, la vid tiende a crecer indefinidamente y el resultado es un desastre. Hay que someterse a la poda que viene de Dios directamente y siempre será para nuestro bien aunque duela, pero también a aquella de la que somos conscientes y tenemos que hacer pero nos da miedo.


A modo de ejemplos: podar el  activismo de “hacer muchas cosas para Dios” pero no pasar tiempo con El; podar  formas y y maneras que han dado muy poco fruto pero siguen practicándose porque es duro reconocer el fracaso; podar el deseo de reconocimiento, de ser el centro de atención disfrazado de “celo espiritual”; podar el temor a dejar algo tal vez inofensivo pero que nos gratifica… y, en definitiva, nos distrae de lo verdaderamente importante.

martes, 5 de mayo de 2026

Martes de la V Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (14,19-28):

En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dejándolo ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.

Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.

En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquia, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios


Salmo 144,R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado


Santo Evangelio según san Juan (14,27-31a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo».

Palabra del Señor


Compartimos:

La lectura del Evangelio de hoy (14,27-31a) parece el párrafo final de ese largo discurso según el relato de Juan. Parece pero no es: del versículo final está suprimida esta frase: “Levantáos, vámonos de aquí”, y en realidad, a continuación Jesús sigue hablando…  hasta el final del capítulo 17.  No creo que el evangelista lo pretendiese pero el efecto, si se vuelve a la frase suprimida, da ese estilo de despedida que a veces practicamos. Y así, cuando queremos mucho a alguien, demoramos la separación y casi hacemos más largo el adios y las recomendaciones que lo que hablamos a lo largo del encuentro. Visto así, podríamos interpretar lo que sigue como una muestra de amor y de cuidado hacia estos de los que va a separarse.


Jesús sabe que los deja como huérfanos y quiere animarlos y fortalecer su fe. Es una despedida que se dilata como si Jesús temiera el desánimo de los suyos y tratara de consolarlos algo más en un tono menos solemne que el anterior, y hasta un poco risueño. No deben estar tristes porque Él va con el Padre. Como cuando despedimos a alguien querido que marcha a un trabajo, o a una situación familiar o personal mejor y “lo dejamos ir” sonriendo y alegrándonos (o poniéndo buena cara aunque nos duela la separación).


Les dice: mi paz os dejo, mi paz os doy. La palabra paz, (shalom) no significa solamente ausencia de conflicto, es un término con más contenido, quizá se parezca a lo que entendemos como armonía en el interior de una persona y también en un grupo. Poco antes había dicho: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, conociendo la limitación y la pobreza de ellos y también que para Dios nada es imposible. El ama con el amor infinito de Dios, y con su corazón de hombre. Sabe que lo que se aproxima es el cumplimiento de las atroces profecias sobre su persona que están en los libros sagrados y se anticipa al desconcierto, la cobardía y el miedo que se apoderarán de los discípulos tan amados. Presiente su desaliento, las negaciones y la huida… Y también la discordia y la desunión que va a provocar el miedo. Quiere darles seguridad y paz y sabe que esa paz y esa seguridad son obra del Espiritu Santo y no pueden tener otro origen.


Amaos como yo os he amado significa poner en juego la misma capacidad de comprensión y de compasión de Cristo para con nuestros semejantes confiando en el auxilio que viene del Espíritu Santo. Es pedir para ellos y para uno mismo el amor de Dios. O lo que es lo mismo el amor del Corazón de Cristo, tan divino y tan humano. El prodigio se cumplió en Pentecostés que desencadenó una ola imparable de entusiasmo y valentía en los dicípulos como nos recuerdan las lecturas de  Libro de los Hechos que estamos escuchando durante este tiempo.

lunes, 4 de mayo de 2026

Lunes de la V Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (14,5-18):

En aquellos días, cuando en Iconio se produjeron conatos de violencia de parte de los gentiles y de los judíos, con sus autoridades, para maltratar a Pablo y a Bernabé y apedrearlos; al darse cuenta de la situación, huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y alrededores, donde se pusieron a predicar el Evangelio.

Había en Listra, sentado, un hombre impedido de pies; cojo desde el seno de su madre, nunca había podido andar. Estaba escuchando las palabras de Pablo, y este, fijando en él la vista y viendo que tenía una fe capaz de obtener la salud, le dijo en voz alta:

«Levántate, ponte derecho sobre tus pies».

El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en la lengua de Licaonia:

«Los dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos».

A Bernabé lo llamaban Zeus, y a Pablo, Hermes, porque se encargaba de hablar. El sacerdote del templo de Zeus que estaba a la entrada de la ciudad trajo a las puertas toros y guirnaldas y, con la gente, quería ofrecerles un sacrificio.

Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron el manto e irrumpieron por medio del gentío, gritando y diciendo:

«Hombres, ¿qué hacéis? También nosotros somos humanos de vuestra misma condición; os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo “que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen”. En las generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera su camino; aunque no ha dejado de dar testimonio de sí mismo con sus beneficios, mandándoos desde el cielo la lluvia y las cosechas a sus tiempos, dándoos comida y alegría en abundancia».

Con estas palabras, a dura penas disuadieron al gentío de que les ofrecieran un sacrificio.

Palabra de Dios


Salmo 113R/. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria


 Santo Evangelio según san Juan (14,21-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Le dijo Judas, no el Iscariote:

«Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo:

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra del Señor


Compartimos:

El capítulo 14, del que se lee un fragmento hoy en la Liturgia de la Palabra, encaja bien con la idea de que quien lo compuso relató un episodio visto y recordado con detalle.  Quien relata explica cómo Jesús responde sucesivamente a las preguntas de Tomás, Felipe y Judas. El contexto es el de la última Cena en el que Jesús parece querer apurar las horas antes de su Pasión para revelarse a sus discípulos, para que entiendan lo que va a suceder y permanezcan en su amor a pesar del horror que se avecina.


Judas está perplejo porque Jesús habla de sí mismo con unos términos inéquivocos y se entiende que se revela con toda claridad, como el Mesías: el esperado para regir al pueblo de Dios y hacerlo grande. Jesús está íntimamente unido al Padre, sus palabras son del Padre y su voluntad está en Dios. El es el Salvador esperado por siglos… pero el mensaje solo lo escuchan unos pocos y desde luego está muy alejado de un poder político… “Señor ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?” Como si Jesús hubiera cambiado de plan o lo hubiera aplazado… Solo que nunca hubo ese plan. El plan es mucho más misterioso, locura y escándalo dirá más tarde Pablo. Se trata de la Cruz. Y aunque en la cena se palpa una tensión amenazadora, los discípulos están desconcertados, tal vez porque pocos días antes habían visto el entusiasmo del pueblo con la entrada triunfal en Jerusalén


La  pregunta y su trasfondo se relacionan bien con un episodio que Juan no escribe pero sí los sinópticos: las tentaciones de Jesús en el desierto. Y es en la última de las tentaciones donde encontramos respuesta al interrogante. Este es el trato que propone Satanás: todo esto te daré si postrándote me adoras. El poder, la salud, la prosperidad, la riqueza… sin Dios. Y esto nos lleva aún más atrás, al paraíso en el que la serpiente propone un “todo” que significa la autosuficiencia y por tanto rechazar a Dios.


Nos pasa casi a diario cuando, en lo personal, en lo político, en la naturaleza o en las relaciones humanas próximas, nos preguntamos porqué Dios no actua con su poder y limpia y endereza todo lo que está sucio, enfermo o torcido en el mundo o en nosotros mismos. Y es también el argumento de muchos que dicen no poder creer en un Dios que “permite” tantos sufrimientos materiales y espirituales, tantos crímenes y tantas víctimas inocentes…


Es misterio. Como el de que nos haya hecho libres. Nos acercamos a Pentecostés: para aceptar que nos ha creado por amor y por amor nos ha redimido y para mantener la fe, tenemos la promesa y aún la certeza de que el Espíritu Santo nos lo irá desvelando todo como Cristo prometió a Judas y a los primeros discípulos.

domingo, 3 de mayo de 2026

V Domingo de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (6,1-7):

EN aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:

«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Palabra de Dios


Salmo

Sal 32,1R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,4-9):

Queridos hermanos:

Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo.

Por eso se dice en la Escritura:

«Mira, pongo en Sion una piedra angular, elegida y preciosa;

quien cree en ella no queda defraudado».

Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular», y también «piedra de choque y roca de estrellarse»; y ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos.

Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (14,1-12):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor


Compartimos:

Todos se reunieron y juntos llegaron a la conclusión de que había que diversificar los ministerios. Unos, a rezar y a celebrar el recuerdo de la última cena con el Maestro, o sea, dedicados a la liturgia. Otros, entregados al servicio de los necesitados, o sea, a la “diakonía”. Que para eso están los carismas en la Iglesia. Tuvieron reflejos los Apóstoles, para adaptarse a la nueva situación, para que todos tuvieran que comer y no disminuyera la oración. Los Discípulos les impusieron las manos a los diáconos elegidos, para que se viera la unión de estos diferentes carismas y la comunidad pudiera seguir viviendo en paz y armonía.


Esa paz que el Señor deseaba y los Apóstoles sintieron cada vez que se les apareció, después de haber resucitado. Hoy también hay palabras de pacificación. Es bonito escuchar unas palabras de consuelo en un mundo tan agitado. “No se turbe vuestro corazón”. El Buen Pastor, figura sobre la que meditábamos el domingo pasado, comienza con estas reconfortantes palabras un discurso muy profundo y personal. Recordemos el contexto: son las horas que siguen a la Última Cena, los Discípulos están angustiados, confundidos, acaban de saber, de labios del Maestro, que uno de ellos es un traidor, que Pedro le va a negar y que se va a un lugar donde no pueden seguirle, por el momento. Una situación angustiosa.


Y, en medio de este miedo, Jesús pronuncia estas palabras, que sonarían como una caricia para el alma. No les promete que el dolor desaparecerá, no les ofrece utopías o un mundo mejor, les ofrece un ancla, la fe. Creer en Él es la medicina contra la inquietud del corazón. Jesús les promete que su marcha no es para siempre. Es una forma de amor, porque va a prepararles un lugar en la casa del Padre. Esta promesa nos recuerda que nuestro destino último no es quedar a la intemperie, ni estar solos, ni tampoco el vacío absoluto, sino la comunión con Dios después de la muerte. La turbación ante la muerte es una realidad innegable, pero no es la última realidad. La última realidad la tiene Cristo, el Camino que nos lleva de vuelta a casa.


En ese momento Tomás, que siempre es muy expresivo (recordemos el deseo de tocar las llagas de Cristo, cuando estaba ausente en la primera aparición del Resucitado a los Apóstoles, su “ver para creer”) reconoce que no ha entendido nada. Ni sabe adónde va Jesús, ni sabe cómo llegar allí. Yo intuyo que los demás tampoco entendieron mucho, pero eso le sirve a Jesús para revelarse como “el Camino, la Verdad y la Vida”. Es la puerta por la que las ovejas van al Padre. Porque el Padre y el Hijo son Uno, por eso ver al Hijo es ver al Padre. “Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”, dice Jesús.


Pero no todo se aclara. Sigue la confusión y ahora es Felipe el que pone voz al desconcierto general: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. “Casi nada”. Un deseo que todos podríamos suscribir, ver a Dios, tener la certeza de su existencia y poder vivir con total seguridad. Repito, “casi nada”.


Pero Jesús le abre los ojos a Felipe, y le hace ver que eso que pide, ya se ha cumplido. Está viendo a Jesús, que es como ver al Padre. Es la revelación hacia la que va llevando la predicación de Cristo. Ya tenemos todo lo que necesitamos para poder creer, para poder decir que vivimos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo.


Finalmente, el texto nos deja una sorprendente promesa: los que creen en Él, realizarán las mismas obras y «hasta mayores». No es algo para que nos volvamos soberbios, sino más bien un recuerdo para que seamos las manos y los pies de Jesús en este mundo, movidos por la fuerza del Espíritu, que es la fuerza que Él se encargará de enviar. Seguir adelante con la obra que empezó el Señor.


En este momento del tiempo pascual, nos podemos preguntar:


¿Cómo te encuentras? ¿Vives en paz? ¿Haces realidad en tu vida el mandato de Jesús de que tu corazón no se turbe, en los momentos que sientes miedo o preocupación? ¿Crees en Él, también en los momentos de crisis que hay en tu vida?


¿Es Jesús para ti el único Camino, la auténtica Verdad y la verdadera Vida? ¿Se hace esto verdad en tu vida? ¿O buscas caminos aparentemente más cómodos, pero que no te proporcionan consuelo o sentido en la vida?


Sobre el conocer al Padre Dios, ¿qué rasgos de nuestro Padre Bueno puedes descubrir al observar el modo en que Jesús trataba a sus Discípulos? ¿Cómo puedes imitarlo en tu vida diaria?


Sabemos que, al final, creer es fiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Señor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión —es decir, de abandono de nosotros mismos en Aquél que nos ha incorporado a Sí mismo en el Bautismo— no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en Él, al Padre. Para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.


Así se llega a conocer al verdadero Dios: aceptando a Jesús como modelo de hombre. Todo lo demás serán aproximaciones que necesariamente se quedan pequeñas, y sólo serán válidas si no se apartan de este camino que es Jesús, si no deforman esta verdad que es Jesús y si no arruinan esta forma de vida que Jesús sigue manteniendo disponible en la fuerza de su Espíritu.

viernes, 1 de mayo de 2026

Sábado de la IV Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,44-52):

EL sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía:

«Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”».

Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.

La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.

Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Palabra de Dios


Salmo 97,R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios


Santo Evangelio según san Juan (14,7-14):

«Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:

«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Compartimos:

Según la Biblia, conocer no es entender de un modo erudito, ni dominar por ciencia, ni triunfar de una forma externa sobre el mundo, sino comunicarse por amor, como dos amantes que se regalan vida uno al otro, recorriendo así juntos el camino


Conocemos a Dios acogiendo su amor. Conocer al Padre requiere abrir la mente y el corazón a Jesús, descubrir en sus palabras, en sus gestos y signos, en su entrega, la imagen de ese Padre.


Conocer al Padre es dejarnos guiar por la experiencia de Jesús: “¿quién me ha vito a mí, ha visto al Padre?” Conocemos al Padre recorriendo el camino abierto por Jesús: “Yo soy el camino” y también es el caminante que está junto a nosotros, el que nos revela al Padre, el que nos guía cuando nos perdemos y el que nos conduce a la sabiduría más alta de personas.

Viernes de la IV Semana de Pascua. San José Obrero

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,26-33):

En aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga:

«Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo:

“Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”».

Palabra de Dios


Salmo 2,6-7.R/. Tu eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy


 Santo Evangelio según san Juan (14,1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor


Compartimos:

El origen humano de Jesús es bien conocido: el hijo del artesano y de María, sus hermanos y primos. Sobre el origen divino sus paisanos y las autoridades religiosas ponen interrogantes, no quieren hacerle caso. No quieren descubrir la novedad de Jesús, no les interesa, dudan de su origen, no se atreven a dejar viejas costumbres, eso les impide reconocer la nueva sabiduría.


Para ellos Jesús es un vecino más y piensan que nada nuevo puede decir sobre Dios, incluso creen que lo que dice puede proceder del demonio. Tentados de incredulidad.


La decepción de Jesús es grande, se siente expulsado de su tierra y de su casa. La falta de fe en él le impide actuar como quisiera. La incredulidad bloquea la acción de Dios.


¿No retrata este Evangelio nuestra dificultad de conocer como nuevo a Jesucristo? A veces queremos que siempre sea igual, pero el Señor no se le conoce de una vez por todas. En cada momento de la vida nos puede sorprender. Siempre podemos aprender algo nuevo de Jesús sin quedarnos anclados en nuestras seguridades. Como el amor, Jesús siempre sorprende.

jueves, 30 de abril de 2026

Jueves de la IV Semana de Pascua. San Pío V, papa, dominico

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,13-25):

Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejo y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:

«Hermanos, si tenéis una palabra de exhortación para el pueblo, hablad».

Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:

«Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.

Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Santo Evangelio según san Juan (13,16-20):

Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor

Compartimos:

e aquí la bienaventuranza del servicio. El lavatorio de los pies es una auténtica revolución, un gesto profético de Jesús que ilumina el sentido de su vida y pasión. “No ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida”.


El Maestro hace el gesto de un esclavo y casi exagera la deferencia para con cada uno de sus discípulos lavándoles sacramentalmente los pies. Sirve a sus discípulos desde el suelo. Tal Amor ha venido a quedare a sus pies.


El que sirve se agacha, nunca mira a otro por encima del hombro. Ser cristiano empieza por abajo y por los de abajo: los que no cuentan, los que son “descartados”. ¿Estamos dispuesto a ser beneficiarios de esta bienaventuranza? ¿Seremos capaces de practicar cotidianamente el amor servicial? ¿A quiénes estamos dispuestos a lavar los pies?