sábado, 24 de octubre de 2026

Sábado de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario. San Antonio María Claret, obispo. Santa María en sábado

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,7-16):

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres.» El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor

Palabra de Dios


Salmo 121,R/. Vamos alegres a la casa del Señor


Santo Evangelio según san Lucas (13,1-9):

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero el viñador contestó: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.»»

Palabra del Señor


Compartimos:

Las estadísticas son claras. Aumenta en el mundo el número de católicos y cristianos de otras confesiones. Pero disminuye, de modo drámatico, en lo que fue la cristiandad o civilización cristiana de occidente: Europa y América. Disminuyen las vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, hay menos bautizos y vida sacramental… Especialmente dramático el panorama en países tan arraigados históricamente en la Iglesia católica como Polonia, Irlanda o España.


Pero también se ha producido un fenómeno inesperado. Parece que está de moda, digámoslo así, que personajes de la ciencia, la política, las artes, el cine, el deporte… En fin, gente que se ha hecho famosa en los medios o en distintas plataformas digitales, se declare cristiana, católica de toda la vida o conversa reciente. Imágenes de Jesús, la Virgen o santos (a veces de la iconografía clásica y otras creadas con  inteligencia artificial) se difunden así como mensajes más o menos piadosos, oraciones… muchas noticias acerca de milagros o signos sobrenaturales… Y también la atención a supuestos avisos de la proximidad del fin de los tiempos.


Está de moda, sin duda, la curiosidad y, seguramente, el deseo de encontrar sentido en un mundo desquiciado. Lo de Herodes, creo, fue mera curiosidad. Dice el Evangelio de hoy que Herodes se enteró de lo que pasaba con Jesús y tenía ganas de verlo. A lo mejor, alguno que lea esto tiene en la mente, como yo, las imágenes cinematográfica de Herodes frente a Jesús cuando Pilatos lo envió a él  para evitarse problemas. Herodes, que al parecer no lo había visto hasta ese momento, se decepciona. Jesús no dice nada y no “produce un milagro” para complacer su curiosidad. Herodes era un mal tipo. Nos dice el texto de Lucas que confiesa sin temor que mandó decapitar a Juan. Cualquiera sabe, porque solo Dios conoce lo más íntimo de nuestro corazón. Solo cabe pedir al Señor que las conversiones, el amor a Jesús y esas manifestaciones de fe sean verdaderas y muestren al mundo no solo la sed sino la realidad de que hay sentido y esperanza. Que no sean curiosidad ni una moda pasajera.

viernes, 23 de octubre de 2026

¿Por qué un grupo de obispos de EE.UU. rezó con Trump en la Casa Blanca?

Ocho obispos rezaron con el presidente Donald Trump a días de las elecciones. La Iglesia negó apoyo partidista y dijo que abordaron temas como libertad religiosa, protección de la vida y educación.

La oración de ocho obispos y arzobispos católicos, entre ellos el Arzobispo de Denver, por el presidente Donald Trump en la Oficina Oval este jueves desató críticas por realizarse a menos de dos semanas de las elecciones legislativas.


Ante la polémica, la Arquidiócesis de Denver explicó que rezar por quienes gobiernan es una tradición de la Iglesia Católica que no implica apoyar a ningún candidato ni partido político.


El encuentro generó controversia por su cercanía con las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, previstas para el 3 de noviembre, en las que los demócratas esperan ganar el control de la Cámara de Representantes, mientras el Senado sigue en disputa, según los sondeos.


¿Por qué rezaron?

La Arquidiócesis de Denver, con el Arzobispo James R. Golka a la cabeza, uno de los que participó en el evento, respondió con un comunicado argumentando la tradición de la Iglesia Católica de rezar por las personas que ocupan puestos de gobierno.


“Orar por quienes ocupan cargos públicos es una práctica de larga tradición en la Iglesia Católica, con raíces en la exhortación de san Pablo a orar por todos los que ejercen autoridad (1 Tim 2, 1-2)”, señaló el comunicado de la arquidiócesis.


Agregó que “esto no significa apoyar a ningún candidato ni a ningún partido político en particular”.


Viernes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,1-6):

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Palabra de Dios


Salmo 23,R/. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor


Santo Evangelio según san Lucas (12,54-59):

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy la Iglesia hace memoria de San Pío de Pietrelcina (1887-1968), ordenado sacerdote en 1910, vivió desde 1916 hasta su muerte en el convento San Giovanni Rotondo. Fue canonizado en 2002 por Juan Pablo II. Resulta que la lectura del Evangelio nos presenta el envío de los doce a curar enfermos y proclamar el reino de Dios. Parece que, en las formas,  no tienen mucho que ver los apostolados de San Pío y los de los doce. Pero en algo se asemejan y es en la simplicidad o austeridad extrema. A San Pío se atribuyen muchos hechos milagrosos y conversiones en todo el mundo aunque él permaneció en el convento durante la mayor parte de su vida practicando la pobreza franciscana.  A los doce, Jesús los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Con un programa sencillo, como pobres, sin preparativos, sin provisiones, sin bastón, ni alforja…


Diócesis, parroquias, grupos, congregaciones, comunidades, asociaciones de laicos, fieles… La Iglesia toda tiene la misma misión: id y predicad. Solo que el mundo es mucho más complicado y ya no basta con caminar por los pueblos sin alforjas… La prudencia aconseja otra cosa (mas bien muchas más cosas) y allá vamos cargados con prolijos planes pastorales: programaciones, comisiones, reuniones, presentaciones, encuestas y documentos…


También hay que saber además de la doctrina algo de sociología, psicología. Todo cuesta dinero así que habrá que buscar subvenciones y donativos. Un poco de “marketing”. En definitiva se dedica más tiempo a planificar y a adquirir “recursos” que a evangelizar, cuando no son las mismas estructuras las que ralentizan cualquier plan con sus comisiones de estudio, de revisión y de puesta en marcha…


Como Iglesia no vamos tan mal en el deber de caridad: consagrados y laicos son muchos los que aportan dinero o su tiempo y sus capacidades para servir al prójimo. Pero proclamar el Reino, hablar de Dios, ser luz y sal en nuestras relaciones de trabajo, con la gente que vemos a diario, con los miembros de nuestra familia… Esos son los caminos para los que se necesitan muy pocos programas y ningún bastón, ni alforja. Solo una fe firme y valerosa, alimentada en el encuentro con Cristo y el deseo ardiente de curar y de que todos lo reconozcan como Salvador.

jueves, 22 de octubre de 2026

Jueves de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,14-21):

Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. La misericordia del Señor llena la tierra


Santo Evangelio según san Lucas (12,49-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Seguimos con el capítulo 12 del Evangelio de Lucas, con esa invitación a velar, a estar preparados. Hoy el tono sube, prometiendo “guerra”. El Señor declara: «Voy a traer fuego al mundo». Suena a un desafío, quizás incluso a una amenaza si no la leemos con los ojos adecuados. Pero si paramos a pensar en la historia del Reino de Dios, veremos que esta frase no es un grito de guerra, sino una descripción de la realidad de la vida cristiana. Jesús avisa, porque no quiere que la gente le siga engañada. Por eso habla de la familia, que es el primer lugar donde un seguidor de Cristo puede encontrar dificultades. Cuántos jóvenes, al plantearse la vocación a la vida religiosa, se enfrentan a la oposición familiar, por ejemplo. Yo conozco a alguno.


«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Estas palabras de Jesús pueden sorprendernos. Estamos acostumbrados a escucharlo hablar de paz, perdón, misericordia y reconciliación. ¿Cómo entender entonces este lenguaje sobre el fuego y la división? El Evangelio de hoy nos recuerda que el mensaje de Jesús no deja indiferente. Encontrarse verdaderamente con Él transforma la vida y, precisamente por eso, puede provocar decisiones, preguntas e incluso conflictos.


El fuego es una imagen poderosa. Ilumina en la oscuridad, calienta, purifica y transforma. Una pequeña llama puede crecer hasta convertirse en un fuego capaz de cambiar todo lo que encuentra. Algo parecido sucede cuando el Evangelio entra en nuestra vida. Puede comenzar con una palabra escuchada, una experiencia de perdón, una pregunta o un encuentro personal con Cristo. Pero, cuando esa palabra llega al corazón, puede cambiar nuestra manera de mirar a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Jesús no ha venido simplemente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra vida. Ha venido a renovarnos desde dentro. Por eso sus palabras pueden resultar exigentes. El Evangelio no nos pide solamente admirar a Jesús, sino confiar en Él y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, prioridades y relaciones.


A continuación, Jesús habla de un bautismo que todavía debe recibir y afirma: «¡Qué angustia hasta que se cumpla!». Está hablando de su pasión y de su muerte. El fuego de su misión pasa por la entrega de su propia vida. Jesús no anuncia un camino fácil ni pretende conquistar a las personas mediante la fuerza. Su camino será el del amor llevado hasta el extremo. La cruz nos ayuda a comprender qué clase de fuego trae Cristo. No es el fuego de la violencia, sino el fuego del amor que se entrega. No destruye personas; quema aquello que nos impide amar: el egoísmo, la indiferencia, la mentira, el resentimiento y la injusticia. Allí donde Cristo es acogido, algo comienza a cambiar.


Sin embargo, este Evangelio también habla claramente de división: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división». Estas palabras necesitan ser comprendidas con cuidado. Jesús es quien anuncia la paz y reconcilia a la humanidad con Dios. Pero la paz cristiana no significa evitar cualquier conflicto a cualquier precio. A veces, vivir según la verdad puede generar oposición. Jesús sabe que su mensaje provocará decisiones. Habrá quienes lo acepten y quienes lo rechacen. Y esa decisión puede afectar incluso a las relaciones más cercanas: «Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…». No significa que Jesús desee la división de las familias. Al contrario, el Evangelio llama al amor, al perdón, al diálogo y a la unidad. Lo que señala es una realidad humana: cuando una persona decide vivir seriamente según el Evangelio, no todos necesariamente comprenderán o compartirán esa opción.


Esto puede suceder también hoy. Seguir a Cristo no significa buscar enfrentamientos. El cristiano no está llamado a provocar conflictos ni a sentirse superior a quienes piensan de otra manera. Pero tampoco puede convertir la paz en una excusa para renunciar a sus convicciones. La verdadera paz necesita verdad, libertad y justicia. Por eso necesitamos discernimiento. Hay conflictos que nacen del Evangelio y otros que nacen de nuestro orgullo. No toda oposición significa que estamos siendo fieles a Cristo. A veces somos nosotros quienes generamos tensiones por nuestra impaciencia, nuestra dureza o nuestra incapacidad para escuchar.


El fuego de Jesús comienza por nuestro propio corazón. Antes de preguntarnos quién está en contra de nuestra fe, quizá conviene preguntarnos si nosotros estamos dejando que Cristo transforme aquello que necesita cambiar en nuestra propia vida. El Evangelio de hoy nos invita también a recuperar el valor de una fe que no sea simplemente una costumbre. Podemos haber recibido la fe desde pequeños y, sin embargo, necesitar volver a descubrirla personalmente. Podemos participar en la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, mantener zonas de nuestra existencia en las que todavía no hemos permitido que entre el Evangelio.


Jesús desea encender un fuego. Y ese fuego necesita ser alimentado. Lo hacemos mediante la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos, la comunidad cristiana y el servicio a los demás. Pero también mediante decisiones concretas: reconciliarnos con alguien, renunciar a una actitud egoísta, defender a quien es tratado injustamente, dedicar tiempo a quien nos necesita o responder con generosidad cuando Dios nos llama.


Quizá el Evangelio de hoy nos ayude a comprender que la fe no consiste solamente en creer unas verdades, sino en permitir que Cristo transforme nuestra manera de vivir. El fuego del Evangelio puede ser incómodo. Puede hacernos salir de nuestras seguridades y llevarnos a tomar decisiones que no todos comprenderán. Pero también puede devolver calor a un corazón cansado, luz a quien camina en la oscuridad y esperanza a quien siente que su vida ha perdido dirección.


Jesús no busca dividir por dividir. Quiere despertar una respuesta libre y sincera. Su deseo es que el fuego del amor de Dios llegue a todos los rincones de nuestra existencia. Por eso podemos terminar con algunas preguntas: ¿Qué parte de mi vida necesita hoy ser encendida por el fuego del Evangelio? ¿Hay alguna decisión que estoy evitando por miedo a lo que puedan pensar los demás? ¿Sé defender mis convicciones con firmeza, pero también con respeto y caridad? Y quizá la pregunta más profunda sea esta: Si Cristo quiere encender hoy su fuego en mi corazón, ¿estoy dispuesto a dejar que transforme mi vida?  La respuesta cambiará todo en tu vida diaria y te ayudará (o no) a llegar a la vida eterna.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Miércoles de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-12):

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, del que os he escrito arriba brevemente. Leedlo y veréis cómo comprendo yo el misterio de Cristo, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participes de la promesa de Jesucristo, por el Evangelio, del cual yo soy ministro por la gracia que Dios me dio con su fuerza y su poder. A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo. Así, mediante la Iglesia, los Principados y Potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios, por la fe en él.

Palabra de Dios


Salmo Is 12,R/. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador


Santo Evangelio según san Lucas (12,39-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»

El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Viene a ser el fenómeno una especie de mentidero, algo menos peligroso que los que antaño se daban en espacios públicos, en patios de vecinos, en fuentes y plazas.  Menos peligroso porque limitaba el riesgo de violencia física, pero capaz de hacer mucho daño en la fama y el crédito del prójimo. Es en esos espacios virtuales donde se ha popularizado el término “zasca” . Zasca es la respuesta que pone en evidencia o en ridículo al oponente. El término será novedoso, pero la realidad es tan antigua como el lenguaje. La réplica ingeniosa, el sarcasmo, la ironía… existen en el comportamiento humano desde el origen del lenguaje.


En el texto evangélico de hoy, Jesús propina un zasca, naturalmente a los fariseos tan aficionados a escandalizarse por situaciones que no se ajustaban a su idea de lo que se  puede o no se puede hacer según sus rígidos y legalistas criterios.  Pero también es una invitación a cambiar el corazón.


En realidad no invita a cambiar de criterio. Lo que está bien, está bien: publicanos y pecadores son “enfermos”…  que pueden ser curados. Lo que hace es invitar a los que le critican,  a cambiar el corazón: quiere misericordia y quiere humildad para aquellos y los de ahora que, a lo mejor, nos consideramos guardianes de la ley y jueces de los demás. Y ¿quién, si se pone ante Dios, no será capaz de reconocer sus enfermedad y lo necesitado que está de curación?


Misericordia, la misericordia que pide Jesús, me parece, es reconocer en el otro al semejante tan necesitado de curación como uno mismo. Y la respuesta, que Mateo consigna con tanto detalle porque él mismo fue protagonista principal, a nosotros también puede llenarnos de alegría. ¡Que gozo saber que Jesucristo ha venido a curarnos!

lunes, 19 de octubre de 2026

Martes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,12-22):

Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu. Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo. Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios


Salmo 84,R/. Dios anuncia la paz a su pueblo


 Santo Evangelio según san Lucas (12,35-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Cómo nos conoce el Señor. Sabe que nos despistamos con facilidad, y por eso nos “sacude” de vez en cuando con expresiones que nos viene bien. «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». Con estas palabras comienza el Evangelio de hoy. Es una imagen sencilla, pero llena de fuerza. Jesús habla a sus discípulos de una actitud fundamental para la vida cristiana: estar preparados, permanecer despiertos y esperar. No se trata de vivir con miedo, como si en cualquier momento pudiera ocurrir algo terrible. Tampoco significa estar permanentemente preocupados por saber cuándo llegará el Señor. La invitación de Jesús es mucho más profunda: vivir con el corazón despierto.


En la vida cotidiana podemos acostumbrarnos a muchas cosas. Nos levantamos, trabajamos, estudiamos, atendemos nuestras obligaciones, hacemos compras, resolvemos problemas, hablamos con unas personas y con otras. Los días pasan y, sin darnos cuenta, podemos entrar en una especie de rutina interior. Seguimos haciendo muchas cosas, pero quizá dejamos de preguntarnos hacia dónde estamos caminando. Por eso Jesús nos dice: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas».


La lámpara encendida es una imagen preciosa de la fe. Una lámpara sirve para iluminar, especialmente cuando llega la oscuridad. También nuestra fe está llamada a mantener una pequeña luz encendida en nuestra vida: una luz que nos permita reconocer a Dios, incluso cuando no entendemos todo; una luz que nos ayude a seguir esperando cuando atravesamos dificultades; una luz que nos permita descubrir el bien que podemos hacer cada día.


Pero hay otro detalle importante en las palabras de Jesús. Los discípulos deben estar preparados «como los que esperan a que su señor vuelva de la boda». La espera cristiana no es una espera vacía. Es la espera de alguien que amamos. Cuando esperamos a una persona querida, la espera tiene otro significado. No miramos continuamente el reloj con impaciencia. Pensamos en el encuentro. Preparamos la casa, nos disponemos, deseamos que llegue. Así debería ser nuestra espera de Dios.


El cristiano no espera a un Dios desconocido que viene a juzgar desde lejos. Espera al Señor que viene a encontrarse con nosotros. Y esta certeza puede transformar profundamente nuestra manera de vivir. Jesús continúa con una afirmación sorprendente: «Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela». Pero lo más inesperado viene después. El señor no se limita a felicitar a sus servidores. Jesús dice que será él quien se ciña, los siente a la mesa y se ponga a servirlos. Esta imagen resulta casi desconcertante. Estamos acostumbrados a pensar que quien tiene autoridad es quien recibe el servicio. Jesús, sin embargo, presenta al Señor como aquel que sirve. Es una de las grandes paradojas del Evangelio: Dios se acerca al ser humano no desde el poder, sino desde el amor que se entrega.


Podemos recordar aquí toda la vida de Jesús. El que es Señor se hace servidor. El que puede exigirlo todo se entrega por todos. El que está en el centro se pone a los pies de sus discípulos. La última Cena lo mostrará de manera especialmente clara: Jesús no solamente habla de servicio, sino que hace de su propia vida un servicio. Por eso estar vigilantes no significa estar tensos ni preocupados. Significa estar disponibles. Una persona vigilante es aquella que sabe mirar más allá de sí misma. Ve que alguien necesita ayuda y se acerca. Escucha a quien necesita ser escuchado. Sabe pedir perdón. Está atenta a una oportunidad para hacer el bien. No deja para mañana el amor que puede ofrecer hoy.


Tal vez esta sea una de las formas más concretas de entender la vigilancia cristiana: vivir de tal manera que, cuando el Señor pase por nuestra vida, nos encuentre amando. Porque Dios puede venir a nuestro encuentro de muchas maneras. Puede hacerlo en la oración y en los sacramentos, pero también a través de una persona que necesita nuestra atención, de alguien que nos pide ayuda, de una situación inesperada o de una oportunidad para servir. A veces esperamos grandes acontecimientos espirituales y no descubrimos que Dios ya está llamando a nuestra puerta en las pequeñas circunstancias de cada día.


«Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al llegar, los encuentra en vela». La bienaventuranza que Jesús promete no depende de que nuestra vida sea perfecta. No necesitamos tenerlo todo resuelto. La vigilancia cristiana consiste más bien en conservar un corazón abierto, capaz de volver a Dios una y otra vez. También podemos apagar nuestra lámpara interior. El cansancio, las decepciones, las heridas, la rutina o las preocupaciones pueden hacer que nuestra esperanza se debilite. Por eso necesitamos alimentar la luz: la oración, la Palabra de Dios, la Eucaristía, el encuentro con otros creyentes, el servicio y también esos momentos de silencio en los que volvemos a escuchar la voz del Señor.


Quizá el Evangelio de hoy sea una invitación a preguntarnos cómo estamos esperando. ¿Esperamos a Dios con confianza o vivimos como si Dios no tuviera nada que ver con nuestra vida cotidiana? ¿Nuestra lámpara está encendida? ¿Seguimos teniendo espacio interior para escuchar, sorprendernos y responder? Y quizá haya una pregunta todavía más sencilla: si Jesús entrara hoy por la puerta de nuestra vida, ¿qué encontraría? No se trata de tener una vida perfecta para recibirlo. Se trata de tener una vida abierta.


Porque el Evangelio nos ofrece una promesa maravillosa: cuando el Señor venga, no llegará para quitarnos la alegría, sino para compartir su mesa con nosotros. Y aquel a quien esperamos será precisamente quien se acerque a nosotros, se ciña y nos sirva. Por eso podemos caminar con esperanza. Mantener la lámpara encendida significa confiar en que el Señor viene, y vivir cada día preparados para reconocerlo cuando llegue. ¿Qué puedes hacer hoy para mantener encendida la lámpara de tu fe? ¿Hay alguna persona, situación o necesidad ante la que el Señor te está invitando a estar más atento y disponible?

Lunes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,1-10):

Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente, bajo el jefe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Antes procedíamos nosotros también así; siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación; y, naturalmente, estábamos destinados a la reprobación, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Palabra de Dios


Salmo 99,R/. El Señor nos hizo y somos suyos


Santo Evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»

Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»

Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»

Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: «¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.» Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay momentos en los que una palabra de Jesús puede resultar especialmente incómoda porque toca algo muy concreto de nuestra vida. El Evangelio de hoy habla de dinero, de posesiones, de seguridad y de futuro. En definitiva, habla de una pregunta que todos llevamos dentro: ¿qué necesitamos para sentirnos seguros y felices? Todo comienza cuando alguien se acerca a Jesús y le pide que intervenga en un conflicto familiar: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Parece una petición razonable. Hay una cuestión de justicia que resolver. Sin embargo, Jesús no entra directamente en el reparto de bienes. Mira más profundamente y advierte: «Guardaos de toda clase de codicia, porque, aunque uno nade en la abundancia, su vida no depende de sus bienes».


Jesús no está diciendo que el dinero sea malo ni que poseer bienes sea necesariamente algo negativo. Lo que pone en cuestión es algo mucho más profundo: la tentación de convertir las riquezas en el fundamento de nuestra vida. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, sentirnos vacíos. Podemos disponer de una buena situación económica y seguir teniendo miedo al futuro. Podemos acumular bienes, éxitos, reconocimientos o seguridades y descubrir que ninguna de esas cosas puede responder por completo a las preguntas más importantes: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿a quién amo?, ¿qué sentido tiene mi vida?


Para explicarlo, Jesús cuenta la parábola de un hombre rico cuya tierra había producido una cosecha abundante. El hombre piensa solamente en sí mismo: tiene mucho y quiere almacenar todavía más. Derriba sus graneros y construye otros mayores. Después se dice: «Alma mía, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y banquetea». A primera vista, parece una historia de éxito. El hombre ha trabajado, ha producido y ha conseguido una gran cosecha. Pero hay algo que llama poderosamente la atención: en toda la historia no aparece nadie más. No piensa en su familia, en sus trabajadores, en los pobres, en sus vecinos ni en Dios. Todo gira alrededor de él mismo.


«Mis cosechas», «mis graneros», «mis bienes», «mi alma». Su mundo se ha ido haciendo cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a él mismo y a lo que posee. Y aquí está el verdadero problema. La riqueza puede convertirse fácilmente en una ilusión de autosuficiencia. Nos hace pensar: «Cuando tenga esto, estaré tranquilo. Cuando consiga aquello, podré descansar. Cuando tenga suficiente dinero, ya no necesitaré preocuparme». Pero la vida humana es mucho más frágil de lo que imaginamos.


Por eso la respuesta de Dios resulta tan fuerte: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma; ¿de quién será lo que has preparado?» Jesús no pretende asustarnos. Quiere despertarnos. La parábola nos recuerda que no somos dueños absolutos de nuestra vida. Recibimos el tiempo, nuestras capacidades, las personas que amamos, las oportunidades y también los bienes materiales. Podemos administrarlos, disfrutarlos y utilizarlos responsablemente, pero no podemos convertirlos en nuestro dios. La pregunta que Jesús nos plantea no es cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa lo que tenemos en nuestro corazón.


Podemos preguntarnos sinceramente: ¿vivo para tener o tengo para vivir? ¿Mis bienes están al servicio de mi vida y de los demás, o mi vida está al servicio de conservar y aumentar mis bienes? ¿Qué ocurre cuando alguien toca aquello que considero «mío»? ¿Soy capaz de compartir? ¿Sé reconocer que también los demás tienen derecho a vivir con dignidad?


El Evangelio nos invita a recuperar una palabra que nuestra sociedad necesita mucho: la gratuidad. No todo tiene que convertirse en beneficio. No todo se mide por su precio. Hay cosas que verdaderamente hacen rica nuestra existencia y que no se pueden comprar: una amistad sincera, el amor de una familia, el perdón recibido, una conversación, una comunidad, el servicio a una persona necesitada, la oración, la capacidad de agradecer. Y, sobre todo, está nuestra relación con Dios.


Al final, Jesús resume la enseñanza con una expresión preciosa: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios». Ser «rico ante Dios» significa vivir de otra manera. Significa reconocer que la vida es un don y que nuestros bienes tienen también una dimensión social. Significa saber recibir, agradecer, compartir y servir. Significa que nuestro corazón no queda encerrado en lo que poseemos, sino que permanece abierto a Dios y a los demás.


Quizá el Evangelio de hoy nos invita sencillamente a revisar nuestras prioridades. No se trata de abandonar nuestras responsabilidades ni de despreciar el trabajo, el ahorro o una vida económicamente responsable. Se trata de no permitir que las cosas ocupen el lugar que corresponde a Dios y a las personas. Porque podemos pasar muchos años construyendo graneros y descubrir demasiado tarde que nos olvidamos de construir una vida. Hoy Jesús nos invita a detenernos y mirar nuestro corazón. Tal vez no necesitemos más cosas, sino aprender a vivir con mayor libertad. Tal vez necesitemos menos acumulación y más gratitud; menos preocupación por tener y más disponibilidad para compartir; menos miedo al futuro y más confianza en Dios.