domingo, 28 de junio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV


Hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


También en el Evangelio de hoy (Mt 10,37-42), escuchamos algunas exhortaciones de Jesús para seguirlo y ser testigos de su Reino. No se trata de actos exteriores, sino de comprometer todo nuestro ser en una relación de amor con Él. Y para dar fruto, el amor requiere al menos tres cosas: el desprendimiento, la pérdida y la hospitalidad.


Ante todo, el desprendimiento. Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). En el momento en que comienza a enviar en misión a sus apóstoles, el Señor los quiere libres de cualquier atadura. Pero vale para todos el hecho de que también los afectos más importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da. Pensemos, por ejemplo, en la vida matrimonial: sólo se la puede vivir plenamente “dejando” la casa de los padres (cf. Mt 19,6) para comprometerse en la relación conyugal. Pensemos también en el crecimiento de los hijos: se les ayuda a realizarse y a ser felices educándolos para valerse por sí mismos y tomar sus decisiones. Dice san Agustín: «Es cosa triste perder lo que amas; pero a veces también el agricultor pierde lo que siembra» (Sermón 330, 2). Sólo “perdiendo” esa semilla, arrojada en la tierra, podrá verla florecer.


En este sentido, el amor es también pérdida. Nos cuesta comprenderlo, especialmente en un mundo en el que perder parece ser una debilidad y se vive obsesionado por tener y poseer. Sin embargo, el amor da fruto sólo en la entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar a un amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de dificultad. Quien retiene la vida sólo para sí mismo —dice el Evangelio— en realidad la pierde (cf. v. 39), porque esta no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: Él se ofreció, se perdió a sí mismo y, precisamente así, nosotros hemos podido recibir su vida en abundancia. Del mismo modo, si vivimos en la lógica del don, también nosotros seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.


Y finalmente, la hospitalidad. El amor, en efecto, se expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso hecho de pequeños gestos cotidianos, como el de ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (cf. v. 42). Jesús, al enviar a sus discípulos delante de Él, les pide que vayan sin provisiones, es decir, necesitados, porque de este modo podrán suscitar hospitalidad en aquellos que encuentren a su paso. Y así, recibiendo a quien viene en nombre de Jesús, lo recibe a Él y al Padre celestial que lo ha enviado. El amor al Señor pasa siempre por la manera fraterna en que acogemos a los demás.


Queridos amigos, recemos a la Virgen María, que amó a su Hijo sabiendo también perderlo; que ella nos ayude a ser testigos humildes y alegres del amor de Cristo.


Queridos hermanos y hermanas:


Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos venezolanos afectados por los recientes terremotos que provocaron numerosas víctimas y heridos, así como ingentes daños materiales. Mientras ruego al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, renuevo mi cercanía espiritual a sus familiares, a los lesionados y a quienes han sido golpeados por esta tragedia. Así mismo, manifiesto mi gratitud y aliento a cuantos trabajan con generosidad en las labores de búsqueda y de asistencia.


Doy ahora la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos, agradeciéndoles por haber venido incluso con este calor.


Saludo a los fieles de la diócesis de Kumba, en Camerún y a todos aquellos de otros países.


Saludo a los jóvenes religiosos Camilianos; a los grupos parroquiales de Priolo Gargallo, Avola, Regalbuto y Bari; a los scouts de Rovereto y a los chicos de Mestrino, de la diócesis de Padua, que recibieron la Primera Comunión y la Confirmación.


¡Les deseo a todos un feliz domingo! Y nos vemos de nuevo mañana con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.


Lecturas del XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (4,8-11.14-16a):

Un día pasaba Eliseo por Sunam, y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa.

Ella dijo a su marido: «Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.»

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó.

Dijo a su criado Guejazi: «¿Qué podríamos hacer por ella?»

Guejazi comentó: «Qué sé yo. No tiene hijos, y su marido es viejo.»

Eliseo dijo: «Llámala.»

La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.»

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (6,3-4.8-11):

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (10,37-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Palabra del Señor


Compartimos:

 Las lecturas nos van indicando, a lo largo de todo el año, qué significa ser y llamarse discípulo de Jesús. No consiste (sólo) en saber muchas cosas de Cristo – que nunca viene mal – ni en saberse de memoria muchas oraciones – que tampoco estorba – sino en vivir de una determinada manera. A la manera de Jesús. En los buenos y en los malos momentos.


Antes de Él, muchos ya vivieron entregados a servir al Señor. El profeta Eliseo, por ejemplo, heredero del gran Elías, se dedicó a recorrer el país, anunciando lo que Yahvé le iba indicando. Los milagros que realiza revelan que se trata de un hombre de Dios.


No todo fue fácil. También este profeta tuvo momentos difíciles. Porque el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús. Él siempre fue fiel a la voluntad divina.


Las palabras que Jesús hoy nos dirige pueden resultar desconcertantes en un primer momento. Hace unos años, en la boda de mi amigo Eduardo, la novia de otro amigo me pregunto, precisamente, sobre este fragmento y sobre lo de “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son palabras que suenan duras, que hay que explicar.


Cuando Jesús dice que “quien ama a su padre o a su madre más que a Él no es digno de Él”, parece que nos coloca ante una elección dolorosa entre Dios y la familia. En realidad, el Señor no descalifica los afectos humanos, no nos invita a despreciar los vínculos familiares ni a cuestionar el valor de estos, sino que lo que hace es señalar el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente.


No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”. La invitación no es a no amar, sino más bien a tener claras nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no habla Jesús de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que ese amor humano no nos aleje del amor de Dios.


El amor a Cristo no aniquila los demás amores, sino que los ordena, los purifica, les da una expresión profunda, nueva. Quien ama a Dios como es debido coloca los demás amores en un lugar más propio. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean. Pero si una realidad humana toma el lugar que le corresponde a Dios, incluso algo bueno puede convertirse en un obstáculo para la verdadera libertad interior.


Jesús prosigue diciendo que quien no toma su cruz y le sigue no es digno de Él. La cruz no es – en esto muchos se confunden – una búsqueda voluntaria del sufrimiento; tampoco es resignarse pasivamente. Implica una fidelidad que permanece firme aun cuando seguir el Evangelio suponga un sacrificio. Todos los discípulos se encuentran en su camino renuncias, incomprensiones, sacrificios y decisiones difíciles. La cruz se encuentra allí donde el amor exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad.


A continuación, Jesús pronuncia una de esas paradojas que le son tan características: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.» El mundo suele asociar la felicidad con acumular, con el éxito o con el satisfacer inmediatamente sus propios deseos; sin embargo, la experiencia cristiana enseña que la vida se encuentra cuando se entrega. Quien se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado.


¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? La respuesta está en el amor. Dios nos amó primero, y por eso tenemos que responder a su amor. Estamos en deuda con Él, de alguna manera. Si nos cuesta, quizá es porque amamos poco. El propio San Agustín decía que el amor hace suave los preceptos. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás tenemos que amar a Dios más.


La parte final del Evangelio introduce un matiz muy bello de lo que significa el discipulado, lo que Jesús llama la acogida. Recibir a un profeta, a un justo, a uno de sus pequeños discípulos equivale a recibirlo a Él mismo. Así, el Señor se identifica con aquellos a quienes envía en su nombre y, de algún modo, con todas aquellas personas que son acogidas y acompañadas.


Me parece importante que el texto termine con la imagen de un simple vaso de agua fresca; no se trata de ninguna gran obra ni de una acción extraordinaria, sino que es un gesto pequeño, casi insignificante. Sin embargo, Jesús asegura que incluso esto no quedará sin recompensa. Nos recuerda que el Reino de Dios crece muchas veces a partir de gestos humildes, escondidos, cotidianos que el mundo apenas percibe, pero que para Dios tienen un enorme valor, porque Él los ve con sus ojos de Padre.


Este Evangelio nos invita a revisar nuestras prioridades, a renovar nuestra confianza en Cristo, a descubrir la grandeza de la caridad concreta. El seguimiento del Señor implica una entrega total, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda.


Podríamos hacernos algunas preguntas, para terminar. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesucristo en mis decisiones, proyectos y relaciones? ¿Hay alguna realidad, persona, interés que esté ocupando el centro que le corresponde a Dios? ¿Cómo vivo las cruces cotidianas que se presentan en mi camino? ¿Busco conservar la vida para mí mismo o aprendo a entregarla por amor? ¿Soy una persona acogedora con aquellas personas que Dios pone a mi lado? ¿Qué “vaso de agua fresca” puedo ofrecer hoy?




sábado, 27 de junio de 2026

Sábado de la XII Semana del Tiempo Ordinario. San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia. Santa María en sábado

Primera Lectura

Lectura de las Lamentaciones (2,2.10-14.18-19):

El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá; derribó por tierra, deshonrados, al rey y a los príncipes. Los ancianos de Sión se sientan en el suelo silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el suelo la cabeza. Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas; se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo; muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad. Preguntaban a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras desfallecían, como los heridos, por las calles de la ciudad, mientras expiraban en brazos de sus madres.

¿Quién se te iguala, quién se te asemeja, ciudad de Jerusalén? ¿A quién te compararé, para consolarte, Sión, la doncella? Inmensa como el mar es tu desgracia: ¿quién podrá curarte? Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas; y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte, sino que te anunciaban visiones falsas y seductoras.

Grita con toda el alma al Señor, laméntate, Sión; derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; no te concedas reposo, no descansen tus ojos. Levántate y grita de noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta hacia él las manos por la vida de tus niños, desfallecidos de hambre en las encrucijadas.

Palabra de Dios


Salmo 73 R/. No olvides sin remedio la vida de tus pobres


Santo Evangelio según san Mateo (8,5-17):

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»

Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo.»

Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.»

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»

Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.» Y en aquel momento se puso bueno el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy el Evangelio nos ofrece el relato donde se dice una de las frases que decimos en la Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará…”.


Es un centurión romano que tiene un criado enfermo. Se acerca. Le pide. Y ante el intento de Jesús de ir a su casa, le dice que no es digno, que basta con que diga una palabra para que su criado se cure. Y Jesús alaba su gran fe, frente a los que se consideran “ciudadanos del Reino” y no son capaces de tanta confianza. Y ante su fe y por la palabra de Jesús, sucede lo que deseaba.


Cada vez que en la Eucaristía decimos las palabras del centurión, estamos diciendo cosas importantes. Le decimos a Dios que no somos dignos; que todo lo que tenemos es gracia: la vida, la fe, la vocación… No es por nuestros méritos, sino por su gracia somos lo que somos. Le decimos a Dios que necesitamos ser sanados, ser levantados, ser enviados, más allá de nuestra postración, de nuestros egoísmos, de nuestras inercias. Y le decimos que confiamos en que su Palabra, dicha sobre nosotros, puede obrar ese milagro.


Jesús nos invita a su cena. Cada semana, cada día. Nosotros, aunque indignos, podemos acoger su invitación y sentirnos dichosos de sentarnos a su mesa. En ella, como hace 2000 años, quiere darnos su vida, para que después la repartamos a manos llenas.


Gracias, Señor, por la vida.

Gracias por la Eucaristía.

Y gracias por la fe.

Todo es gracia.

Todo me lo das para agraciar a otros.

viernes, 26 de junio de 2026

Lecturas del Viernes de la XII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (25,1-12):

El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor. La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías, el día noveno del mes cuarto. El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población. Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y se marcharon por el camino de la estepa. El ejército caldeo persiguió al rey; lo alcanzaron en la estepa de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban abandonándolo. Apresaron al rey y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó. A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista; a Sedecias lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia. El día primero del quinto mes, que corresponde al año diecinueve del reinado de Nabucodonosor en Babilonia, llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia. Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios. El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén. Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe. De la clase baja dejó algunos como viñadores y hortelanos.

Palabra de Dios


Salmo 136,R/. Que se me pegue la lengua al paladar sí no me acuerdo de ti


Santo Evangelio según san Mateo (8,1-4):

En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.

En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»

Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.»

Y en seguida quedó limpio de la lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.»

Palabra del Señor


Compartimos:

En Jesús, las palabras y las acciones van siempre unidas. Porque su vida estaba unificada, en su relación única y profunda con el Padre.


Hoy le vemos haciendo lo que hizo durante toda su vida: sanar, dar vida. Entre toda la gente que le seguía, en medio de toda su ocupación, Jesús acoge al que se le acerca pidiéndole la salud. Era uno de los considerados “impuros”. Y Jesús, rompiendo las convenciones de su tiempo, le toca y le dice: “¡Quiero, queda limpio!”.


Jesús cumple así lo escrito siglos atrás: “sanar corazones desgarrados y vendar las heridas”. Durante su vida, lo hizo con sus palabras y con sus acciones. Ha tocado el dolor de la humanidad para redimirlo. Lo hizo suyo, especialmente en la cruz. Era necesario que fuera así, porque “lo que no es asumido, no es redimido”.


Desde entonces, ningún dolor está “dejado de la mano de Dios”; todas las situaciones, todos los sufrimientos, personales y comunitarios, está acompañados por el Espíritu de Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.


Jesús quiere hoy también sanar nuestro corazón y nos envía a colaborar con Él en su obra sanadora, acercándonos y tocando a los “leprosos” y marginados de hoy.

jueves, 25 de junio de 2026

 1ª Lectura (2Re 24,8-17): 

Cuando Jeconías subió al trono tenía dieciocho años, y reinó tres meses en Jerusalén. Su madre se llamaba Nejustá, hija de Elnatán, natural de Jerusalén. Hizo lo que el Señor reprueba, igual que su padre. En aquel tiempo, los oficiales de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la cercaron. Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén cuando sus oficiales la tenían cercada. Jeconías de Judá se rindió al rey de Babilonia, con su madre, sus ministros, generales y funcionarios. El rey de Babilonia los apresó el año octavo de su reinado.


Se llevó los tesoros del templo y del palacio y destrozó todos los utensilios de oro que Salomón, rey de Israel, había hecho para el templo según las órdenes del Señor. Deportó a todo Jerusalén, los generales, los ricos —diez mil deportados—, los herreros y cerrajeros; sólo quedó la plebe. Nabucodonosor deportó a Jeconías a Babilonia. Llevó deportados, de Jerusalén a Babilonia, al rey y sus mujeres, sus funcionarios y grandes del reino, todos los ricos —siete mil deportados—, los herreros y cerrajeros —mil deportados—, todos aptos para la guerra. En su lugar nombró rey a su tío Matanías, y le cambió el nombre en Sedecías.

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 78 R/. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre.


Santo Evangelio (Mt 7,21-29): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’.


»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».


Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.

Palabra del Señor


Compartimos:

 Nos impresiona la afirmación rotunda de Jesús: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). Por lo menos, esta afirmación nos pide responsabilidad en nuestra condición de cristianos, al mismo tiempo que sentimos la urgencia de dar buen testimonio de la fe.


Edificar la casa sobre roca es una imagen clara que nos invita a valorar nuestro compromiso de fe, que no puede limitarse solamente a bellas palabras, sino que debe fundamentarse en la autoridad de las obras, impregnadas de caridad. Uno de estos días de junio, la Iglesia recuerda la vida de san Pelayo, mártir de la castidad, en el umbral de la juventud. San Bernardo, al recordar la vida de Pelayo, nos dice en su tratado sobre las costumbres y ministerio de los obispos: «La castidad, por muy bella que sea, no tiene valor, ni mérito, sin la caridad. Pureza sin amor es como lámpara sin aceite; pero dice la sabiduría: ¡Qué hermosa es la sabiduría con amor! Con aquel amor del que nos habla el Apóstol: el que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera».


La palabra clara, con la fuerza de la caridad, manifiesta la autoridad de Jesús, que despertaba asombro en sus conciudadanos: «La gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Nuestra plegaria y contemplación de hoy, debe ir acompañada por una reflexión seria: ¿cómo hablo y actúo en mi vida de cristiano? ¿Cómo concreto mi testimonio? ¿Cómo concreto el mandamiento del amor en mi vida personal, familiar, laboral, etc.? No son las palabras ni las oraciones sin compromiso las que cuentan, sino el trabajo por vivir según el Proyecto de Dios. Nuestra oración debería expresar siempre nuestro deseo de obrar el bien y una petición de ayuda, puesto que reconocemos nuestra debilidad.


-Señor, que nuestra oración esté siempre acompañada por la fuerza de la caridad.

miércoles, 24 de junio de 2026

24 de junio: El Nacimiento de san Juan Bautista

1ª Lectura (Is 49,1-6): 

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso». Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 138 R/. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.


Compartimos:

Celebramos solemnemente el nacimiento del Bautista. San Juan es un hombre de grandes contrastes: vive el silencio del desierto, pero desde allí mueve las masas y las invita con voz convincente a la conversión; es humilde para reconocer que él tan sólo es la voz, no la Palabra, pero no tiene pelos en la lengua y es capaz de acusar y denunciar las injusticias incluso a los mismos reyes; invita a sus discípulos a ir hacia Jesús, pero no rechaza conversar con el rey Herodes mientras está en prisión. Silencioso y humilde, es también valiente y decidido hasta derramar su sangre. ¡Juan Bautista es un gran hombre!, el mayor de los nacidos de mujer, así lo elogiará Jesús; pero solamente es el precursor de Cristo.


Quizás el secreto de su grandeza está en su conciencia de saberse elegido por Dios; así lo expresa el evangelista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de su vida, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).


Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él». En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, en su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos.

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Ciclo de catequesis – Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El misterio eucarístico


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.


Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón 272).


Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).


La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).


Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto» (SC, 56).


En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).


El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).


El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC, 47).


Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.


Queridos hermanos y hermanas:


Retomamos hoy el ciclo de catequesis dedicadas a los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) que trata de la liturgia.


Con un acento agustiniano, este texto conciliar invita a los cristianos a que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Cuando recibimos al Señor en su Palabra y en la Eucaristía, nos convertimos en aquello que hemos recibido. De esta forma, la Eucaristía es anticipo del sacramento del Reino que está por venir y, a la vez, nos enseña a adoptar el estilo de la vida de Cristo, entregando la propia vida. Por otra parte, la Palabra edifica también nuestra relación con el Señor, haciéndonos pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo.


Acudamos con fe a esta fuente de vida divina, que son los sacramentos, y dejémonos transformar por aquello que celebramos.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Recibamos con fe los sacramentos y pidamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía y en la Palabra, que transforme nuestra vida en Cristo y nos haga suyos. Que Él nos enseñe a participar, cada día con más fruto, de su presencia real, signo de unidad y vínculo de caridad. Que Dios les bendiga siempre. Muchas gracias.