sábado, 18 de abril de 2026

III Domingo de Pascua (Ciclo A)

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mí,

pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón,

exultó mi lengua,

y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,

ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida,

me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios

Salmo  15,R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,17-21):

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;

iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy comenzamos la proclamación del Evangelio con la expresión: «Aquel mismo día, el domingo» (Lc 24,13). Sí, todavía domingo. Pascua —se ha dicho— es como un gran domingo de cincuenta días. ¡Oh, si supiésemos la importancia que tiene este día en la vida de los cristianos! «Hay motivos para decir, como sugiere la homilía de un autor del siglo IV (el Pseudo Eusebio de Alejandría), que el ‘día del Señor’ es el ‘señor de los días’ (…). Ésta es, efectivamente, para los cristianos la “fiesta primordial”» (San Juan Pablo II). El domingo es, para nosotros, seno materno, cuna, celebración, hogar y también aliento misionero. ¡Oh, si entreviéramos la luz y la poesía que lleva! Entonces afirmaríamos como aquellos mártires de los primeros siglos: «No podemos vivir sin el domingo».


Pero, cuando el día del Señor pierde relieve en nuestra existencia, también se eclipsa el “Señor del día”, y nos volvemos tan pragmáticos y “serios” que sólo damos crédito a nuestros proyectos y previsiones, planes y estrategias; entonces, incluso la misma libertad con la que Dios actúa, nos es motivo de escándalo y de alejamiento. Ignorando el estupor nos cerramos a la manifestación más luminosa de la gloria de Dios, y todo se convierte en un atardecer de decepción, preludio de una noche interminable, donde la vida parece condenada a un perenne insomnio.


Sin embargo, el Evangelio proclamado en medio de las asambleas dominicales es siempre anuncio angélico de una claridad dirigida a entendimientos y corazones tardos para creer (cf. Lc 24,25), y por esto es suave, no explosivo, ya que —de otro modo— más que iluminar nos cegaría. Es la Vida del Resucitado que el Espíritu nos comunica con la Palabra y el Pan partido, respetando nuestro caminar hecho de pasos cortos y no siempre bien dirigidos.


Cada domingo recordemos que Jesús «entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29), con nosotros. ¿Lo has reconocido hoy, cristiano?

viernes, 17 de abril de 2026

Sábado de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (6,1-7):

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.

Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:

«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti


Santo Evangelio según san Juan (6,16-21):

AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.

Pero él les dijo:

«Soy yo, no temáis».

Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban.

Palabra del Señor


Compartimos:

Las lecturas y el salmo de hoy hablan de dos tipos de temor. El temor de quienes saben que Dios cuida de ellos. No es miedo, sino reverencia y confianza. El temor lógico de los discípulos que ven a Jesús caminar sobre las aguas: ¿qué es, un mago, un fantasma…? El “soy Yo” de Jesús, el nombre de Dios en el Sinaí, el nombre del único que de verdad tiene existencia, puede provocar los dos tipos de temor: al asombrado, reverencial y sobrecogedor de la presencia de Dios, y el de haber visto el rostro de Dios y ya no vivir…


Pero Jesús dice: no tengáis miedo: Soy yo; yo existo y por lo tanto hay vida. Soy y por tanto podéis ser. Soy yo y no hay nada de lo que aterrorizarse; sí mucho que contemplar asombrados, con temor, reverencia y sobrecogimiento. A menudo vemos en nuestras iglesias una especie de familiaridad (de muy buena intención) con las cosas de Dios, pero a la que le falta el sobrecogimiento y la reverencia. No pasamos por delante de cualquier cosa, sino de altar y sagrario. No tratamos de cualquier objeto, sino de lo sagrado para la Eucaristía…


Podría parecer que las dos lecturas de hoy no guardan mucha relación. El relato de los primeros diáconos y el del sobrecogimiento de los discípulos ante la majestad de Dios podrían parecer distantes. Y sin embargo, los siete diáconos son elegidos precisamente por su sabiduría y por el Espíritu en ellos. Esos dones del Espíritu que celebraremos en Pentecostés son los que envían al servicio. Liturgia (la adoración de Dios), diaconía (servicio), comunión y testimonio, los cuatro elementos esenciales para la identidad de la Iglesia siempre están presentes en todo momento de la vida cristiana y se necesitan uno a otro.  No puede haber verdadero servicio reverente a la dignidad humana sin adoración a su Creación. No puede haber verdadera adoración la que no respeta y reverencia al otro; no puede haber comunidad sin adoración (sería un club de amigos); no puede haber testimonio sin tener la experiencia de una presencia de la Majestad de Dios.


No tenemos miedo; pero sí temor ante un Dios al que nos podemos acercar como amigos, pero reconociendo al Altísimo. A él servimos en los demás; de Él damos testimonio; por él somos Asamblea.

Viernes de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,34-42):

En aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a los apóstoles y dijo:

«Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con esos hombres. Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada.

Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces.

En el caso presente, os digo: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos, y os expondríais a luchar contra Dios».

Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús.

Palabra de Dios


Salmo 26,R/. Una cosa pido al Señor: habitar en su casa


Santo Evangelio según san Juan (6,1-15):

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».

Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Jesús dijo:

«Decid a la gente que se siente en el suelo».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».

Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:

«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor


Compartimos

Hay historias de santos que parecen totalmente de locos. Maximiliano Kolbe ofreció su vida para salvar a un preso del campo de concentración, padre de familia. Kolbe tuvo una muerte terrible, el hombre sobrevivió para ver a su familia crecer: y pudo ver la canonización de su rescatador.  Otros arriesgan sus vidas en lugares peligrosos por su fe. Otros, como la viuda del evangelio, dan todo lo que tienen y se quedan sin apenas medios para vivir ellos mismos. Pedro Chanel predicó en las islas del Océano Pacífico sin ningún fruto. El resultado de su predicación fue su propia muerte. Poco después, toda una isla se convirtió al cristianismo, sin que él lo pudiera ver con sus ojos mortales. Son locuras. Los discípulos de hoy aducen no tener suficiente para dar de comer a tantos. Tienen razón. Jesús les está pidiendo un imposible. Por  contraste, Gamaliel advierte sobre no hacer lo que Dios pide, aunque parezca peligroso o absurdo, porque, si la cosa es de Dios, lo peligroso es negarse a hacerlo…


Si es de Dios, saldrá adelante y tendrá fruto. En cosas más pequeñas que se nos puedan pedir, podemos partir de la “prudencia” y de una mentalidad de escasez. Es que no tenemos, es que no podemos, es que sería muy peligroso… Parece que el muchachito con sus cinco panes y dos pescados tuvo una confianza total en que lo que parecía locura se podría convertirse en comida para una multitud.


¿Con qué contamos, en términos de recursos, fuerzas, talento, que podamos ofrecer para que Jesús lo multiplique para el bien? A vece podemos decir que estamos cansados, que somos viejos, o demasiado jóvenes, que no tenemos tal talento, que la cosa supone un riesgo y que hacerlo sería una imprudencia. Y en todo eso, podremos tener razón; solo tenemos cinco panes y dos peces y frente a nosotros hay una multitud de necesidades.


Pero, si está de Dios, habrá que ofrecerlo, por muy locura que parece. Porque no hacerlo podría suponer un grave peligro de hambre, sed, escasez, falta de vida, para los demás. Eso sí sería más arriesgado y con un efecto mucho más multiplicador. A nosotros nos toca dar lo que se nos pide. El resto se multiplicará como Dios quiera. Y hasta sobrarán doce cestos. Locuras de Dios.

jueves, 16 de abril de 2026

Jueves de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,27-33):

En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:

«¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».

Pedro y los apóstoles replicaron:

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».

Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.

Palabra de Dios


Salmo 33,R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha


Santo Evangelio según san Juan (3,31-36):

EL que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor


Compartimos:

Todos queremos pertenecer a algo: a una familia, a una comunidad, a un grupo de ideas políticas similares, a una asociación con algún fin que defendemos. Desde los adolescentes que se vuelven locos por “ser ellos mismos” pero aceptan sin remilgos las normas, formas de vestir y usos de su grupo de referencia, hasta los ancianos que acuden a algún club de tiempo libre por estar con otros. A muchos la soledad los abruma y asusta.


Toda pertenencia conlleva unas normas y una obediencia concreta. En la pertenencia de la que se habla hoy, es una pertenencia a quien lo tiene todo en sus manos, al Cristo a quien se le ha dado todo el poder y toda la gloria. El Padre amó al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. Pertenecer a “ese club”, es decir a la comunidad cristiana, a la Iglesia, supone depender en absolutamente todo de la luz de Cristo, de la voluntad de Dios. Supone obedecer a Dios antes que a los hombres. Todos sabemos que algunas de las cosas que vemos a nuestro alrededor pueden haber sido sancionadas por la ley (aborto, eutanasia, ciertos atentados contra la vida y la dignidad humanas, el adoctrinamiento inmoral de los niños en las escuelas), pero no es legítimo, porque no está de acuerdo con el dueño de todo y por tanto, no se debe obedecer.


Se habla también mucho de delitos de odio. Por definición, ya que Dios es amor, el odio (a alguna de sus criaturas, que no al mal) está en contra de la luz de Dios. El odio a la vida, a la verdad, a la justicia, es odio a Dios, por pura definición. Pero quienes pertenecen a Cristo, para poder seguir en esta comunidad, para poder pertenecer, tenemos que cumplir las leyes del amor, que no siempre son fáciles cuando se trata de responder al odio. Como cristianos, tenemos que estar decididamente del lado del Dueño de todo, que es Cristo Jesús, de su Verdad y de su Vida.

miércoles, 15 de abril de 2026

Miércoles de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,17-26):

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:

«Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».

Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:

«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».

Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:

«Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».

Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Palabra de Dios


Salmo 33,R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha


Santo Evangelio según san Juan (3,16-21):

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra del Señor


Compartimos:

Podría parecer hoy día que el mundo entero está envuelto en tinieblas de corrupción, guerra, inmoralidad… Un mundo que prefirió la oscuridad pudiendo haber optado por la luz. Se le ofreció la luz de la verdad, la paz del bien, la bondad de la belleza, y la rechazó, buscando la mentira, la guerra, la fealdad. Es decir, todo lo podrido. En la oscuridad hay carcoma, podredumbre, mal olor.


Pero una pequeña luz, por muy pequeña que sea, rompe la oscuridad. Romper la oscuridad es como romper esos muros de cárceles y salir liberados, como los apóstoles en la primera lectura.


Existen, ciertamente esas pequeñas, o grandes luces. Hay manifestaciones de fe (como hemos visto en la pasada Semana Santa) que tienen un gran poder evangelizador; hay obras buenas de quienes liberan a cautivos, luchan contra la persecución religiosa, trabajan por la justicia, cuidan a enfermos y ancianos, crían familias con sacrificio, pero con amor, educan y forman seres humanos íntegros y verdaderos.  Hay muchos que obran el bien, y por tanto se acercan a la luz. Aunque las páginas de los periódicos estén llenas de oscuridad, la oscuridad ha sido definitivamente vencida. En tiempos recientes se ha comentado mucho el fenómeno de las conversiones al cristianismo en todo el mundo occidental secularizado. Muchos se han cansado de la oscuridad y se han cansado de los muros que los aprisionaban y se han vuelto a la luz. ¡Qué bueno es el Señor! El Señor que libra de los temores; el Señor que da una felicidad que nunca podrá dar la oscuridad.


Todas esas obras de luz tienen un mismo origen, el Dios de la verdad, de la belleza y del bien.  Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito. Y lo amó incluso cuando había optado por la oscuridad queriendo ser como dios. Lo amó cuando Lucifer, el hijo de la luz que rechazó su identidad y optó por la tiniebla, pareció haberlo conquistado. Pero, tanto amó Dios al mundo que, por la Encarnación de Cristo, levantó la humanidad y la acercó a la luz. Tanto amó Dios al mundo que, en Cristo, todos podemos participar en esa luz obrando el bien, proclamando la verdad, buscando la belleza.

martes, 14 de abril de 2026

Martes de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,32-37):

EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.

Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.

José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

Palabra de Dios


Salmo  92,R/. El Señor reina, vestido de majestad


 Santo Evangelio según san Juan (3,5a.7b-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Nicodemo le preguntó:

«¿Cómo puede suceder eso?».

Le contestó Jesús:

«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay muchas cosas de nuestra fe que pueden resultar, si no contradictorias, al menos sí bastante contra culturales o contra intuitivas.


Si alguien tiene un campo, como en el caso de la primera lectura, no es muy normal que lo venda y entregue todo el importe a unos señores que prácticamente acaba de conocer, por muy fascinantes que sean. En Hechos de los Apóstoles, la sabiduría de guardar para uno mismo se enfrenta a la locura de una comunidad con una sola alma y una sola mente. La comunidad donde todos los bienes se ponen en común.


Tampoco resulta muy normal que un símbolo de mal, de veneno y de engaño, como puede ser una serpiente, se convierta en símbolo de salud, como en el desierto cuando Moisés levantó la serpiente y todo el que la miraba se sanaba. La serpiente símbolo de curación proviene de la mitología griega, por varias razones: las serpientes mudan la piel, y además algunos venenos de serpientes se utilizaban y aun hoy se estudian, con fines terapéuticos. Moisés levanta una serpiente en el desierto y todo el que la mira, queda curado. La serpiente elevada se convierte en instrumento de salvación: la cruz, que representa una ignominia y un mal, se levanta y se convierte en medio de redención. La serpiente puede anunciar peligro, la cruz, salvación.


Así, elementos aparentemente contradictorios: desprendimiento de lo propio para el bien de la comunidad, sufrimiento y dolor para salvación, levantamiento de lo aparentemente mal para la redención, se juntan en nuestro imaginario cristiano, no como contradicciones, sino como afirmación de lo que es verdadero, santo, justo y salvador. Mirar al que se levanta sobre la tierra; no poner los ojos en nadie más que en Él. Esto es la salvación.

lunes, 13 de abril de 2026

Lunes de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (4,23-31):

En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.

Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo:

«Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo:

“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.

Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».

Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Palabra de Dios


Salmo  2,1-R/. Dichosos los que se refugian en ti, Señor


Santo Evangelio según san Juan (3,1-8):

Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:

«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo le pregunta:

«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor


Compartimos:

Nicodemo se queda algo perplejo. ¿Cómo va a nacer de nuevo, siendo ya mayor? ¿Qué puede significar nacer del agua y del espíritu? A fuerza de escuchar este pasaje muchas veces, quizá no nos paremos a reflexionar en lo que significa… Pero, en términos concretos, ¿qué puede significar eso para nuestra vida ya avanzada? Quizá, para poder responder, fuera bueno definir vida y muerte. A qué llamamos vida y qué nos parece que es la muerte. Jesús hace una declaración contundente: yo soy el camino, la verdad, y la vida. Es decir, que solo Dios es vida verdadera y solo en Dios se puede vivir.


Nacer de nuevo, de agua y de espíritu, es dar un giro a la vida. O mejor aún, permitir que la gracia dé ese giro. Vivir una vida distinta, orientada a Dios, buscando la verdad y el bien. Una vez ví una cerámica que decía: la buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es vida. Aunque se podría interpretar como algo cínico y materialista, la interpretación de vida en agua y espíritu sería que la vida verdadera es cara porque exige la valentía de anunciar la Palabra de la verdad; porque pide dejar atrás la comodidad y seguir el Camino que puede acabar en cruz, y es camino de servicio, de generosidad, de aguante del dolor y las dificultades de la vida. Supone optar por la bondad frente al insulto, el desprecio, la burla; la compasión hacia el dolor de otros; la lucha por la justicia. Nacer de nuevo significa tener la vida auténtica, y no lo que quizás llamamos vida queriendo decir cierta antigua rutina conocida y cómoda.

Y decimos, con todo, que es buena vida, porque la “barata”, la cómoda y auto-centrada no es vida en realidad. Para colmo, no da la verdadera felicidad. Porque si Dios es vida, la felicidad solo puede estar en vivir en Él. Tendríamos entonces que definir muerte no como final de algo, sino como estado de infelicidad por la separación de Dios. Dichosos, felices, (macarios o bienaventurados) los que esperan en el Señor, dice el Salmo de hoy. Es decir, los que han nacido del agua y del espíritu, de lo alto. La buena vida es cara. La barata, en realidad, no existe: es más bien muerte.