viernes, 31 de julio de 2026

Viernes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario, San Ignacio de Loyola, presbítero.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»

Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»

Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios


Salmo 68 R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.


Santo Evangelio según san Mateo (13,54-58):

En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.

Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor


Compartimos:

relato del Evangelio de hoy nos pone delante de los ojos dos defectos en los que a veces caemos sin darnos cuenta. El primero es la tentación de matar al mensajero. Y el segundo es la envidia.


Vamos con el primero. Son muchas las veces en que, cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, en lugar de discutir o debatir lo que dice, en lugar de escuchar sus razones, sus motivos para decir lo que dice, y pensar en ellos y en la posibilidad de que en algunas cosas tenga razón, simplemente le desautorizamos. Con un ejemplo lo vamos a entender de maravilla. Pensemos en el político de un partido que acusa a otro de otro partido de corrupción, de haberse quedado con el dinero para su provecho personal o de haber colocado a sus amigos en buenos puestos con buenos salarios, no pensando en el bien del país sino en el suyo personal. Desgraciadamente, lo más normal es que el político acusado se defienda no negando los hechos sino acusando al otro de ser también un corrupto. Eso es matar al mensajero. Posiblemente a los judíos del pueblo de Jesús no les gustaba lo que Jesús decía del Reino de Dios y los cambios que sus palabras implicaban en la vida de los que le escuchaban. Así que lo más cómodo era matar al mensajero, desautorizarle. De hecho, lo terminaron matando físicamente.


Y luego está la envidia, esa gran pasión o pecado que están presente en tantas ocasiones en nuestros corazones. Cuando vemos al otro que sube u ocupa un puesto de importancia o se hace famoso, entonces la envidia empieza a trabajar. “A ese le conocimos de pequeño”, “no es para tanto”, “es el hijo del carpintero”… La envidia destroza más la fraternidad de lo que nos imaginamos.


En cristiano lo suyo es estar abiertos a la escucha del otro, a sus razones, disponibles para el diálogo y el encuentro. En cristiano lo suyo es alegrarnos sinceramente por el bien del otro y dar gracias a Dios porque el otro es siempre un don para la comunidad, para la fraternidad, para el reino. Si evitamos estas dos tentaciones, seguro que Jesús va a poder hacer en nuestra comunidad o familia el milagro de la fraternidad.

jueves, 30 de julio de 2026

Vaticano impulsa sistema de atención sanitaria para religiosos y misioneros sin cobertura

Por Victoria Cardiel

El Vaticano ha puesto en marcha una nueva iniciativa destinada a ampliar el acceso a la atención sanitaria de religiosos, religiosas, misioneros y otras personas vinculadas a la Iglesia que actualmente quedan fuera de la cobertura del sistema de salud interno de la Santa Sede.


El proyecto está dirigido, en particular, a quienes no están inscritos o no pueden inscribirse en el Fondo de Asistencia Sanitaria (FAS), la institución oficial del Estado de la Ciudad del Vaticano y de la Santa Sede encargada de garantizar la cobertura médica y sanitaria del personal eclesiástico, religioso y laico, tanto en activo como jubilado.

La iniciativa quedó formalizada mediante un acuerdo suscrito el pasado 13 de julio entre la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, la empresa RBHold S.p.A. y la Fundación Futuro Salute ETS.


El convenio fue firmado por la hermana Raffaella Petrini, en representación del Vaticano; Roberto Favaretto, presidente de RBHold S.p.A.; y Marco Favaretto, consejero delegado de la Fundación Futuro Salute ETS.


Según explicó la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, el objetivo de la iniciativa es “favorecer el acceso a recorridos de prevención y de atención médica mediante un modelo organizativo y económico específico”.


Además, el programa se basa en un modelo económico y financiero inspirado en los principios de la solidaridad y la sostenibilidad, “excluyendo cualquier finalidad de lucro individual”.

Jueves de la XVII Semana del Tiempo Ordinario. San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,1-6):

Palabra del Señor que recibió Jeremías: «Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra.»

Bajé al taller del alfarero, que estaba trabajando en el torno. A veces, le salía mal una vasija de barro que estaba haciendo, y volvía a hacer otra vasija, según le parecía al alfarero.

Entonces me vino la palabra del Señor: «¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? –oráculo del Señor–. Mirad: como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel.»

Palabra de Dios


Salmo 145 R/. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob


Santo Evangelio según san Mateo (13,47-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos les contestaron: «Sí.»

Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor


Compartimos:

Durante siglos y para muchos cristianos el gran enigma de su vida ha sido si se salvarían o se condenarían. Parece mentira que de todas las palabras de Jesús, las que mas se han quedado en la mente de tantos hayan sido las que hablan del infierno, de la condenación, del castigo de los pecados. Hay que ser honestos y reconocer que los sacerdotes y predicadores en general han promovido esta idea. Sin ir más lejos, recuerdo que de pequeño me contaron una visión que me dijeron que había tenido santa Teresa de Jesús. Consistía la visión en que veía la santa un enorme campo con una botella, bien estrecho el gollete. Llovía en el campo y parece ser que Dios le decía a la santa que las gotas que caían en el campo eran los que se condenaban y solo las gotas que caían dentro de la botella representaban a los que se salvaban. Esa era la proporción. Consecuencia que lo de salvarse era casi una tarea imposible. A saber, si la santa tuvo esa visión de verdad. Pero el predicador la uso para meternos a los oyentes el miedo en el cuerpo: miedo a Dios, que nos va a juzgar.


Sin embargo, podemos leer la parábola en otra clave. Vamos a partir de la imagen de la red que se extiende por el mar (la humanidad) y que acoge a todos. Todos estamos invitados a seguir a Jesús. Todos estamos llamados a sacar lo mejor de nosotros mismos para trabajar al servicio del reino, es decir, de la fraternidad y de la justicia.


Pero basta con que nos detengamos un momento y miremos a nuestro interior para que nos demos cuenta que “no es oro todo lo que reluce”. No he dicho que miremos a los demás. A nosotros mismos. Es suficiente para darnos cuenta de que ni nuestros actos ni nuestras motivaciones son siempre puras y buenas. Hay cosas de nosotros que es mejor dejar en el camino. Es conveniente aligerar el equipaje para trabajar con todas nuestras fuerzas al servicio del reino. Todo eso que dejamos lo podemos quemar. No vale la pena. Nos quedamos con lo bueno que tenemos y el reino.


Leída así la parábola es una llamada seria a la conversión y a dejar todo lo que nos pesa y nos impide avanzar en el seguimiento de Jesús.

miércoles, 29 de julio de 2026

Miércoles de la XVII Semana del Tiempo Ordinario, Santos Marta, María y Lázaro.

Primera Lectura

Lectura del profeta Jeremías (15,10.16-21):

Ay de mí, ¡madre mía!, ¿por qué me diste a luz? Soy hombre que trae líos y contiendas a todo el país. No les debo dinero, ni me deben; ¡pero todos me maldicen! Cuando me llegaban tus palabras, yo las devoraba. Tus palabras eran para mí gozo y alegría, porque entonces hacías descansar tu Nombre sobre mí, ¡oh Yavé Sabaot! Yo no me sentaba con otros para bromear, sino que, apenas tu mano me tomaba, yo me sentaba aparte, pues me habías llenado de tu propio enojo. ¿Por qué mi dolor no tiene fin y no hay remedio para mi herida? ¿Por qué tú, mi manantial, me dejas de repente sin agua?

Entonces Yavé me dijo: «Si vuelves a mí, yo te haré volver a mi servicio. Separa el oro de la escoria si quieres ser mi propia boca. Tendrán que volver a ti, pero tú no volverás a ellos. Haré que tú seas como una fortaleza y una pared de bronce frente a ellos; y si te declaran la guerra, no te vencerán, pues yo estoy contigo para librarte y salvarte. Te protegeré contra los malvados y te arrancaré de las manos de los violentos.»

Palabra de Dios


Salmo 58,R/. Dios es mi refugio en el peligro


Santo Evangelio según san Mateo (13,44-46):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy, también nosotros —atareados como vamos a veces por muchas cosas— hemos de escuchar cómo el Señor nos recuerda que «hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,42): el amor, la santidad. Es el punto de mira, el horizonte que no hemos de perder nunca de vista en medio de nuestras ocupaciones cotidianas.


Porque “ocupados” lo estaremos si obedecemos a la indicación del Creador: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28). ¡La tierra!, ¡el mundo!: he aquí nuestro lugar de encuentro con el Señor. «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15). Sí, el mundo es “altar” para nosotros y para nuestra entrega a Dios y a los otros.


Somos del mundo, pero no hemos de ser mundanos. Bien al contrario, estamos llamados a ser —en bella expresión de san Juan Pablo II— “sacerdotes de la creación”, “sacerdotes” de nuestro mundo, de un mundo que amamos apasionadamente.


He aquí la cuestión: el mundo y la santidad; el tráfico diario y la única cosa necesaria. No son dos realidades opuestas: hemos de procurar la confluencia de ambas. Y esta confluencia se ha de producir —en primer lugar y sobre todo— en nuestro corazón, que es donde se pueden unir cielo y tierra. Porque en el corazón humano es donde puede nacer el diálogo entre el Creador y la criatura.


Es necesaria, por tanto, la oración. «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando “ser” antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: ‘Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria’ (Lc 10,41-42)» (San Juan Pablo II).


No hay oposición entre el ser y el hacer, pero sí que hay un orden de prioridad, de precedencia: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,42).

martes, 28 de julio de 2026

Martes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del profeta Jeremías (14,17-22):

Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan: por la terrible desgracia de la Doncella de mi pueblo, una herida de fuertes dolores. Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre; tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país. «¿Por qué has rechazado del todo a Judá? ¿Tiene asco tu garganta de Sión? ¿Por qué nos has herido sin remedio? Se espera la paz, y no hay bienestar, al tiempo de la cura sucede la turbación. Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti. No nos rechaces, por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso; recuerda y no rompas tu alianza con nosotros. ¿Existe entre los ídolos de los gentiles quien dé la lluvia? ¿Soltarán los cielos aguas torrenciales? ¿No eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?»

Palabra de Dios


Salmo 78 R/. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre


Santo Evangelio según san Mateo (13,36-43):

En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»

Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema: así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»

Palabra del Señor


Compartimos:

“El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” (Jn 8,1-11). Los que querían lapidar a la mujer se habían autoclasificado como los puros. Por eso, se sentían con fuerza y derecho para condenar a la mujer sorprendida en adulterio. Pero Jesús pone de relieve una realidad que aquellos hombres no querían ver, ni en ellos ni en la mujer: que ninguno de nosotros somos blancos ni negros. Más bien somos grises.


Eso sí que es la mera verdad: no somos totalmente buenos pero tampoco totalmente malos. Hacemos muchas cosas buenas. Pero también hacemos cosas malas. En nuestro corazón a veces anida el odio, tantas veces somos incapaces de perdonar y tantas otras cosas. Pero también en nosotros está presente el amor, la generosidad, la misericordia. Y estos aspectos positivos salen también a luz en las cosas que hacemos y en la forma de relacionarnos con los que nos rodean. Ni somos totalmente malos ni totalmente buenos. Vamos por el camino de la vida a golpes, algunos pasos adelante y otros atrás. Esta es la realidad. La realidad de cada uno.


Así es como nos encontramos con la misericordia de Dios. Con ese campo que es nuestro corazón en el que se ha sembrado buena semilla pero también aparece la cizaña. Me gusta pensar, prefiero pensar, que en su misericordia Dios va a ser capaz algún día de arrancar la cizaña que hay en mi corazón y mandarla al fuego eterno. Pero también que tomará todo lo bueno que hay en mi corazón y lo salvará para siempre. Porque el que ha plantado en mí y en todos nosotros la buena semilla no va a dejar que se desperdicie. Me gusta pensar, prefiero pensar –y se me hace más acorde con lo que dice Jesús de su Abbá– que el amor de un Dios que es amor y perdón y misericordia no me va a mandar al castigo eterno sino que va a rescatar todo lo bueno que hay en mí y va a hacer que brille como el sol en el Reino de su Abbá.

lunes, 27 de julio de 2026

Lunes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (13,1-11):

Así me dijo el Señor: «Vete y cómprate un cinturón de lino, y rodéate con él la cintura; pero que no toque el agua.»

Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí.

Me volvió a hablar el Señor: «Torna el cinturón que has comprado y llevas ceñido, levántate y ve al río Éufrates, y escóndelo allí, entre las hendiduras de las piedras.»

Fui y lo escondí en el Éufrates, según me había mandado el Señor.

Pasados muchos días, me dijo el Señor: «Levántate, vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí.»

Fui al Éufrates, cavé, y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.

Entonces me vino la siguiente palabra del Señor: «Así dice el Señor: De este modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adoración, será como ese cinturón, que ya no sirve para nada. Como se adhiere el cinturón a la cintura del hombre, así me adherí la casa de Judá y la casa de Israel –oráculo del Señor–, para que ellas fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, mi ornamento; pero no me escucharon.»

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. Despreciaste a la Roca que te engendró


Santo Evangelio según san Mateo (13,31-35):

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.


Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recordar cuando hace años hice el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino me encontré con numerosos albergues. La mayoría eran muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estaban gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacían lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Recuerdo especialmente uno de estos albergues, en la provincia de León, donde una chica nos recibió, nos acogió, nos organizó a los que íbamos llegando. Hizo que colaborásemos para preparar la cena, para ayudarnos unos a otros. Y al final nos sentó a todos a la mesa para una cena de familia. Había pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.


También recuerdo que en la última parte del camino los albergues pertenecían ya al gobierno de la zona. Eran unas instalaciones perfectas, modernas, limpias pero también asépticas y frías como congeladores.


Al final, el gesto de cercanía y acogida de aquella chica de la asociación de “Amigos del Camino” de Bilbao, tuvo mucho más valor que las instalaciones perfectas, y caras, organizadas por el gobierno para acoger a los peregrinos.


Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.

domingo, 26 de julio de 2026

Domingo 17 ( Ciclo A) del tiempo ordinario

1ª Lectura (1Re 3,5.7-12): 

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras». Respondió Salomón: «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?».


Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti».

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 118 R/. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!


2ª Lectura (Rom 8,28-30):

 Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios


Santo Evangelio (Mt 13,44-52):

 En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.


»También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.


»También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.


»¿Habéis entendido todo esto?». Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo».

Palabra del Señor


Compartimos:

Cuando hablamos de tesoro nos referimos a algo de valor excepcional, de la máxima apreciación, no a cosas o situaciones que, aunque amadas, no dejan de ser fugaces y chatarra barata, como son las satisfacciones y placeres temporales: aquello con lo que tanta gente se extenúa buscando en el exterior, y con lo que se desencanta una vez encontrado y experimentado.


El tesoro que propone Jesús está enterrado en lo más profundo de nuestra alma, en el núcleo mismo de nuestro ser. Es el Reino de Dios. Consiste en encontrarnos amorosamente, de manera misteriosa, con la Fuente de la vida, de la belleza, de la verdad y del bien, y en permanecer unidos a la misma Fuente hasta que, cumplido el tiempo de nuestra peregrinación, y libres de toda bisutería inútil, el Reino del cielo que hemos buscado en nuestro corazón y que hemos cultivado en la fe y en el amor, se abra como una flor y aparezca el brillo del tesoro escondido.


Algunos, como san Pablo o el mismo buen ladrón, se han topado súbitamente con el Reino de Dios o de manera impensada, porque los caminos del Señor son infinitos, pero normalmente, para llegar a descubrir el tesoro, hay que buscarlo intencionadamente: «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas» (Mt 13,45). Quizá este tesoro sólo es encontrado por aquellos que no se dan por satisfechos fácilmente, por los que no se contentan con poca cosa, por los idealistas, por los aventureros.


En el orden temporal, de los inquietos e inconformistas decimos que son personas ambiciosas, y en el mundo del espíritu, son los santos. Ellos están dispuestos a venderlo todo con tal de comprar el campo, como lo dice san Juan de la Cruz: «Para llegar a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada».