miércoles, 3 de junio de 2026

Santos Carlos Luanga y compañeros, mártires.

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del san Pablo a Timoteo (1,1-3.6-12):

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio. De este Evangelio me han nombrado heraldo, apóstol y maestro, y ésta es la razón de mi penosa situación presente; pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio.

Palabra de Dios


Salmo 122 R/. A ti, Señor, levanto mis ojos


Santo Evangelio según san Marcos (12,18-27):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.» Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob»? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.»

Palabra de Dios


Compartimos:

 Los saduceos también. La  cuestión en este caso es la Resurreción de los muertos. Los saduceos solo consideraban el Pentateuco como Revelación y como en estos cinco libros no hay nada escrito (o eso creían) sobre el asunto, cuestionaban las promesas de Jesús acerca de su propia resurrección y la de quienes le siguieran. Presentan a Jesús una situación algo disparatada: siete hermanos casados sucesivamente con la misma mujer a la que fueron dejando viuda hasta que ella también murió. ¿Con quién de los siete se unirá de nuevo en la resurrección?


Para los saduceos, las bendiciones y castigos de Dios se manifestaban exclusivamente en esta vida. Al ser la élite sacerdotal y aristocrática de Jerusalén, gozaban de gran riqueza, poder político y control sobre el Templo. Interpretaban su estatus y fortuna actual como la recompensa divina por cumplir la Ley y no sentían la necesidad teológica de buscar una justicia o compensación en un “mundo venidero”. Desde su lógica el caso que proponen, además de ser algo cómico denota por una parte que su conocimiento es bastante superficial y por otro que intentan ridiculizar algo que no entienden y que tampoco desean entender.


Es evidente que Jesús no limitaba su conocimiento de las Escrituras a los cinco libros. Con frecuencia citaba Salmos y Profetas o historias como la de Jonás.


Puesto que solo conocen los cinco libros primeros, Jesús desde ese punto de partida, les muestra qué poco han ahondado en ellos y qué poco han entendido y les habla del diálogo de Moises con Dios que se revela en el episodio de la zarza ardiente del Éxodo. Aquel en que Dios se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Moisés en el presente. Y no es un Dios de muertos.


¿Y nosotros? ¿Creemos de verdad en la Resurrección prometida? Lo decimos cuando recitamos el Credo, ciertamente. Pero también es cierto que muchas veces ponemos nuestra esperanza en recompensas muy alejadas del cielo prometido y, desde luego insuficientes para nuestra íntima sed de felicidad plena. Es bueno dar gracias por los bienes que podemos disfrutar en esta vida, pero es mejor no contentarse con ellos porque hemos sido creados para algo muy superior.

martes, 2 de junio de 2026

Martes de la IX Semana del Tiempo Ordinario. Santos Marcelino y Pedro, mártires

 Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro (3,12-15a.17-18):

Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables. Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación. Así, pues, queridos hermanos, vosotros estáis prevenidos; estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie. Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.

Palabra de Dios


Salmo 89 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación


 Santo Evangelio según san Marcos (12,13-17):

En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?»

Jesús, viendo su hipocresía, les replicó: «¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.»

Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta cara y esta inscripción?»

Le contestaron: «Del César.»

Les replicó: «Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.»

Se quedaron admirados.

Palabra de Dios


Compartimos:

La “escena de la moneda” que recoge el evangelio de hoy, cuenta un episodio conocidísimo y una frase igualmente recordada que, de muchas maneras, funciona como principio en legislaciones de gran número de países. La pregunta, aparentemente razonable, es tramposa: si Jesús responde con un si o un no, se pone en rebeldía bien contra el poder romano o bien contra la ley judía. Los fariseos buscaba una manera de presentarle como un rebelde o un impío. Parece que Jesucristo encontró un vía de escape que confunde a quienes intentaban comprometerle.


Pero este pasaje de Marcos no es una anécdota que muestra el ingenio de Jesús y su habilidad para zafarse de una pregunta incómoda. Para muchos siglos de historia esta respuesta ha sido y sigue siendo una referencia en el orden de derechos y libertades de los ciudadanos. Es un límite para el orden civil y una separación clara de ámbitos de poder: la conciencia personal y la obligación de acatar las leyes.


Para un ciudadano católico en la España actual, la desobediencia a la ley civil -lo que la doctrina de la Iglesia llama objeción de conciencia- no es una opción de conveniencia personal o política. Es una obligación grave que debe seguirse cuando la norma civil exige cometer un acto que destruye una vida humana o corrompe directamente el orden moral.


A diferencia de la “insumisión” o la “desobediencia civil” política (que busca cambiar leyes mediante el desorden público), el católico, para obedecer a Dios, tiene que desobedecer pacíficamente algunas leyes civiles, asumiendo las consecuencias legales o profesionales que el Estado le imponga.


El católico acepta que “dar a Dios lo que es de Dios” en un entorno secularizado puede costar el puesto de trabajo, una multa administrativa, la exclusión de una bolsa de empleo o el aislamiento social. Si nuestra misión es dar testimonio de la Verdad, es necesario que participemos activamente en la sociedad y en la política: con prudencia pero arriesgando hasta la vida si fuera preciso.

lunes, 1 de junio de 2026

Lunes de la IX Semana del Tiempo Ordinario. San Justino, mártir.

Primera Lectura

Comienzo de la segunda carta del apóstol san Pedro (1,1-7):

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como a nosotros. Crezca vuestra gracia y paz por el conocimiento de Dios y de Jesús, nuestro Señor. Su divino poder nos ha concedido todo lo que conduce a la vida y a la piedad, dándonos a conocer al que nos ha llamado con su propia gloria y potencia. Con eso nos ha dado los inapreciables y extraordinarios bienes prometidos, con los cuales podéis escapar de la corrupción que reina en el mundo por la ambición, y participar del mismo ser de Dios. En vista de eso, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor.

Palabra de Dios


Salmo 90 R/. Dios mío, confío en ti


Santo Evangelio según san Marcos (12,1-12):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. Les envió otro criado; a éste lo insultaron y lo descalabraron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos los apalearon o los mataron. Le quedaba uno, su hijo querido. Y lo envió el último, pensando que a su hijo lo respetarían. Pero los labradores se dijeron: «Éste es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia.» Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Que hará el dueño de la viña? Acabará con los ladrones y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente»?»

Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon.

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy se trata de poner al descubierto la maldad de los que conspiraban para deshacerse de Él  y de cómo formaban una casta que se había apropiado de la religión. Las palabras de Jesús, además son una estremecedora profecía sobre su propia muerte. El es el Hijo que finalmente será asesinado por aquellos cuyos padres lo habían hecho antes con los profetas.


Pero el texto de Marcos 12, 1-12 no es solo un “reportaje” de un episodio de polémica dirigida solo a los fariseos; es un espejo incómodo para  muchos de nosotros. Los viñadores de la parábola, hoy, podemos ser los que cumplimos con los preceptos, asistimos a misa y marcamos la x en la declaración de hacienda y estamos “en lo correcto» apreciando la fe como un privilegio que nos coloca en una posició de superioridad moral… A un paso de decirnos: “Esta finca es nuestra”.


Jesús no solo se refiere a una casta sino a todo un pueblo que tal vez entiende su condición de elegido como un mérito propio. A veces los católicos lo hacemos y resultamos un poco cómicos como cuando un tipo que jamás ha tocado un balón cuenta la hazaña de su equipo como propia: “hemos ganado”.  O cuando con un comentario, un juicio, una valoración sobre alguna persona, dejamos clara nuestra “superioridad moral”


Ciertamente, somos un pueblo elegido y hacemos bien en procurar responder a esa elección misteriosa porque no tiene nada que ver con nuestras cualidades, nuestro esfuerzo o nuestra voluntad de “ser perfectos”. Los bautizados somos elegidos… Elegidos para llevar el Evangelio a todo el mundo con obras y palabras. Siervos, no señores. No es un privilegio, sino una gracia y una misión que se dirige, sin excepciones, a todos sin excluir a nadie. Y si, por la bondad de Dios acertamos a hacer que la fe germine en alguno, ese será miembro de la Iglesia del Señor, no de una casta selecta de “propietarios”.

domingo, 31 de mayo de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV


SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Con la solemnidad de Pentecostés, hace una semana, concluyó el Tiempo Pascual. Al celebrar hoy el Misterio de Dios Trinidad, se nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el camino recorrido, partiendo de su centro, que es la vida de Dios que se nos ha entregado en Jesucristo. Esta vida es una comunión dinámica, inagotable, fecunda, de la que ahora participamos: el Espíritu que une al Padre y al Hijo ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el mundo toma forma la Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de amor y de vida en el que el cielo y la tierra ya se tocan.


El Evangelio de la liturgia de hoy (Jn 3,16-18) nos presenta a Nicodemo, una figura destacada en Israel que sintió una profunda atracción por Jesús. En efecto, fue a buscarlo —de noche, para no ser visto—, deseoso de conocer mejor a este misterioso Maestro y de hacerle preguntas. Al recibirlo, el Señor dio importancia a su búsqueda. Lo sorprendió, sugiriéndole que también par un adulto es posible renacer; le dejó entrever que la vida de Dios habría podido transformar su vida. Jesús habló a Nicodemo del Espíritu Santo, iluminó su noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena en todas nuestras iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). Y también: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (v. 17).


Queridos amigos, en el Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en casa, tal y como Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús. La vida de Dios es maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón, a menudo tan inquieto, y nos permite encontrarnos como hermanos y hermanas en la alegría del Espíritu. La Trinidad nos hace amar todo y a todos; descubrimos que cada criatura está hecha para la comunión, la relación, el encuentro. Y, por contraste, comprendemos por qué las divisiones, las polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.


Nicodemo formaba parte del Sanedrín, el Consejo de los jefes de Israel. Cuando oyó en el Sanedrín palabras de desprecio hacia Jesús, invitó a todos a escucharlo antes de condenarlo. Había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el Espíritu de la comunión, que abre el corazón a la nueva verdad y a la verdadera novedad. Quien no acoge a este Espíritu envejece pronto, sumido en la queja; se encuentra solo, nunca tiene el ánimo festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos y hermanas, es fiesta. La fiesta de Dios es nuestra fiesta. Por eso san Pablo escribe a los corintios: «Por lo demás, hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros» (2 Co 13,11).


Y ahora, con la oración del Ángelus, nos dirigimos a la Virgen María; que en su “sí” a la divina Voluntad florezca también nuestro “sí” al amor de la Santísima Trinidad.


Queridos hermanos y hermanas:


En este mes de mayo, toda la Iglesia ha alzado una invocación unánime por la paz. Especialmente a través de la oración del Santo Rosario, como una cadena ininterrumpida, ha encomendado a la intercesión de la Virgen María los pueblos atormentados por la guerra. Que la Sabiduría divina ilumine la conciencia de quienes ejercen la autoridad y oriente sus decisiones hacia la búsqueda sincera de una paz justa y duradera.


Hoy se celebra en Italia la 25ª “Jornada del Alivio”. Acompaño de corazón a todas las personas enfermas y a quienes las asisten. Agradezco y animo a todos los que difunden la cultura de la cercanía y del cuidado.


A todos ustedes, romanos y peregrinos, que han venido hoy a la plaza de San Pedro, los saludo con afecto.


En particular, doy la bienvenida al obispo y a los peregrinos de la diócesis de Kumba, en Camerún; así como al coro parroquial de Dunajska Luzna, en Eslovaquia. Saludo a los polacos aquí presentes y también a los participantes en la gran peregrinación al Santuario de Piekary, donde se venera a María como Madre de la Justicia Social.


Saludo al Grupo de Alpinos de Rivoli, a los jóvenes de San Zeno Naviglio y a los participantes en la “Carrera de relevos de la inclusión”, con algunas banderas realizadas por estudiantes de institutos italianos.


A todos les deseo un feliz domingo.

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, solemnidad

Jn 3, 16-18. Dios mandó su Hijo, para que el mundo se salve por él.

Un Dios Grande e Inagotable

Dios Se Llama Amor

Saludos

Les saludo, hermanos, con el saludo de la segunda lectura de hoy:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.

R/ Y con tu espíritu.


Introducción por el Celebrante


Un Dios Grande e Inagotable

Con alegría y gratitud celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Cuando pensamos en el misterio que hoy veneramos, la cuestión no es tanto: quién es Dios, sino –como la misma Escritura nos dice-: quién es Dios para nosotros. Y la Biblia, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, responde de varias maneras: Dios es un misterio de amor. Dios nos ama. Con el salmo 8 decimos, anonadados: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” Gracias, Señor; gracias, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡A ti toda gloria y alabanza por Cristo Jesús! Amén.

Dios Se Llama Amor

En la fiesta de hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, ¿qué podemos decir realmente acerca de Dios? Si tratamos de dar una definición de Dios, describir quién es Dios realmente, no podemos hacer más que balbucear y hacer uso de algunas imágenes que nos aproximen al misterio. Comenzamos a entender a Dios de un modo mucho más fácil si reflexionamos en lo que él ha hecho por nosotros y por todo su pueblo. Y entonces descubrimos que, sobre todo, Dios nos ha amado y nos sigue amando como un Dios misericordioso que perdona, un Padre que se preocupa de nosotros y es tierno como una madre para con nosotros. — Descubrimos también a Dios como el Hijo que se hizo uno de nosotros y nos hizo libres a costa de su vida. Y también le descubrimos como un Espíritu de amor, de unidad y de fuerza, que sigue guiándonos e inspirándonos, y que ruega con nosotros y dentro de nosotros, aquí y ahora, en esta eucaristía.

Acto Penitencial

Pidamos al Dios de ternura y amor que nos perdone por no haber respondido a su amor.

(Pausa)


Señor Jesús, rostro visible del Padre, en ti vemos reflejado el amor de Dios:

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, que eres paz del Padre para nosotros, tú traes reconciliación para todo el mundo:

R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, vida y unidad nuestra, por el Espíritu derramado en nosotros:

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor; por tu compasión líbranos de todos nuestros pecados y condúcenos a las alegrías de la vida eterna. R/ Amén.


Oración Colecta

Oremos a nuestro Dios de amor y pidamos que su Espíritu nos mueva a responder fielmente a su amor.

(Pausa)


Señor, Dios nuestro,

somos demasiado limitados para entenderte,

pero sabemos que tú te preocupas por nosotros

y has vinculado nuestro destino al tuyo.

Gracias por amarnos y por estar a nuestro lado en nuestras tristezas y alegrías.

Gracias por darnos a Jesús

para librarnos de nuestros pecados

y traernos vida, confianza y felicidad.

Gracias por encomendar a tu Espíritu

dirigirnos y movernos en la vida.

Anima cálidamente nuestros corazones y únenos, dispón nuestro espíritu para acoger todo tu amor y para responder a él confiándonos a ti

por todo lo que nos has dado y hecho en nosotros.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/ Amén.

Primera Lectura (Ex 34:4b-6, 8-9): Un Dios de Ternura y Compasión.

Dios se da a conocer a Moisés como un Dios de ternura y compasión, lento para la ira y rico en amor, misericordia y fidelidad. Él camina con su pueblo.


Segunda Lectura (2 Cor 13:11-13): Bendición de Dios, una Trinidad de Amor

El Dios de amor y de paz está con nosotros como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Usamos frecuentemente este saludo de San Pablo al principio de la eucaristía.


Evangelio (Jn 3:16-18): El Padre Nos Envió a Su Hijo

Dios está enamorado de su pueblo. La prueba es que Él envió a su propio Hijo al mundo, entre los hombres, no para condenarnos, sino para salvarnos. ¿Qué prueba mayor podemos tener del amor de Dios?


Introducción al Credo

Unidos a los cristianos de todo el mundo, profesamos hoy nuestra fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es la fe en la que recibimos el bautismo.


Oración de los Fieles

Dios es nuestro creador y nuestro Padre, y se nos mostró visible en su Hijo. Por medio de su Espíritu él nos ama y quiere que Jesús sea conocido y amado. Oremos: R/ Dios, Señor nuestro, escucha nuestra oración.


Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, ayúdanos a respetar tu creación, a desarrollar este mundo y a hacer fructífera esta tierra para beneficio de todos, y así te pedimos: R/ Dios, Señor nuestro, escucha nuestra oración.

Dios Padre, tú has hecho visible tu amor a todos en tu querido Hijo Jesucristo, uno de nosotros, humano como nosotros, y Salvador nuestro. Ayúdanos a crecer más como él y a continuar en la tierra su misión de llevar salvación y libertad a todos, y así te pedimos: R/ Dios, Señor nuestro, escucha nuestra oración.

Dios Padre, tú derramas tu vida y tu amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Por su mediación también, ayúdanos a curar lo que está herido, a suavizar lo endurecido y a dar calor a lo que está frío, y así te pedimos: R/ Dios, Señor nuestro, escucha nuestra oración.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, que esta nuestra comunidad y toda tu Iglesia sean para este mundo necesitado una señal visible y viva de tu misma comunidad de amor en la Trinidad, y así te pedimos: R/ Dios, Señor nuestro, escucha nuestra oración.

Dios, Señor nuestro, sé tú nuestro fundamento y da sentido profundo a nuestra vida cristiana. Conduce a tu Iglesia peregrina a la plenitud de tu vida y de tu amor, en la unidad del Espíritu Santo, por Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.


Oración sobre las Ofrendas


Oh Dios y Padre nuestro,

te presentamos hoy gozosamente este pan y este vino,

frutos de tu bondad y de nuestro trabajo y esfuerzo.

Que el Espíritu Santo los transforme con su poder,

para que tu Hijo Jesucristo

se haga presente aquí en medio de nosotros;

que podamos tomar parte en la ofrenda del mismo Jesús

y que por medio de él, con él y en él

te demos todo honor y toda gloria

por los siglos de los siglos. R. Amén.

Introducción a la Plegaria Eucarística

Entramos ahora en el corazón de la celebración eucarística. Alabamos y damos gracias al Padre; le ofrecemos y le pedimos con y por mediación de Jesucristo; suplicamos al Espíritu Santo que transforme el pan y el vino en el mismo Cristo y que nos transforme también a nosotros en el cuerpo vivo de Jesucristo.


Introducción al Padre nuestro

Unidos en el Espíritu Santo, oremos a Dios nuestro Padre con la oración de Jesús, el Señor.

R/ Padre nuestro…


Oración por la Paz y la Unidad

(Hoy hay que subrayar el saludo de paz,  teniendo en cuenta la invitación de la segunda lectura a darnos el beso de paz).


Padre nuestro, tú nos prometiste tu paz por medio de tu Hijo Jesucristo.

Que ojalá haya paz en tu Iglesia, en nuestras familias, y en el mundo entero.

Danos la paz a nosotros, que formamos esta tu comunidad.

Que el saludo de paz que nos vamos a dar unos a otros exprese vivamente nuestra unidad y amistad

y nos comprometa a vivir más profundamente en tu amor, como hermanas y hermanos en Cristo nuestro Señor.

R/ Amén.

Invitación a la Comunión

Este es Jesucristo, el Señor, a quien el Padre envió al mundo para traernos vida eterna y para unirnos como hermanos por el Santo Espíritu.

Dichosos nosotros que creemos en él y ahora le recibimos como nuestro pan de vida.

R/ Señor, no soy digno…


Oración Especial a la Santísima Trinidad

El monitor, o toda la comunidad, si hay texto disponible, recita despacio la siguiente oración. El sacerdote concluye con la Oración después de la Comunión.


Señor, Dios, Padre nuestro,

tú eres mi Dios.

Que tu sabiduría me dirija,

tu gracia me anime,

tu amor me dé alegría,

tu verdad me proteja,

tu poder me guarde.

Jesucristo, Hijo de Dios,

hermano y Salvador mío.

Que tú te hicieras hombre

es mi gran alegría.

Quiero seguirte;

que tus sufrimientos sean mi victoria,

tu desgracia mi honor,

tu muerte mi vida,

tu resurrección mi bienestar.


Oh Dios, Espíritu Santo,

tú eres mi bienestar,

conviérteme

porque soy pecador.

Devuélveme a la vida

porque estoy muerto,

despiértame

porque estoy dormido.


Disponme para la vida eterna.

Ilumina mi mente,

santifica mi voluntad,

fortalece mis débiles fuerzas.

Quédate conmigo,

vive en mi,

permanece conmigo,

oh Santísima Trinidad,

digna de toda alabanza. Amén.


(Caspar Neumann, hacia 1700)


Oración después de la Comunión


Oh Dios y Padre Nuestro,

te alabamos y te damos gracias

por Jesucristo tu Hijo

a quien en esta eucaristía nos has dado

como nuestro alimento y bebida.

Mantennos unidos en tu Santo Espíritu,

y que la vida de cada uno de nosotros

y de toda la comunidad cristiana

sea una respuesta de amor y de adoración

al amor que nos has manifestado.

Danos tu ayuda a todos y cada uno de nosotros

para que logremos ser para todos

reflejo y señal de tu amor tierno y fiel;

y que todos te alaben por los siglos de los siglos. R/ Amén.

Bendición

En esta eucaristía hemos reflexionado y orado, hemos adorado a Dios y le hemos dado gracias porque él es: grande, santo, todopoderoso, tan por encima de nuestra comprensión humana, y sin embargo tan tierno y cercano a nosotros por su amor. Y ahora le pedimos que nos bendiga, que toda nuestra vida llegue a ser un acto de acción de gracias y de alabanza. Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. R/ Amén.


sábado, 30 de mayo de 2026

Sábado de la VIII Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Judas (17.20b-25):

Acordaos de lo que predijeron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Continuando el edifico de nuestra santa fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna. ¿Titubean algunos? Tened compasión de ellos; a unos, salvadlos, arrancándolos del fuego; a otros, mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por la carne.

Al único Dios, nuestro salvador, que puede preservaros de tropiezos y presentaros ante su gloria exultantes y sin mancha, gloria y majestad, dominio y poderío, por Jesucristo, nuestro Señor, desde siempre y ahora y por todos los siglos. Amén.

Palabra de Dios


Salmo 62, R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío


Santo Evangelio según san Marcos (11,27-33):

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntaron: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?»

Jesús les respondió: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.»

Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres…» (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: «No sabemos.»

Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»

Palabra del Señor


Compartimos:

 En ausencia de esa buena voluntad y de esa apertura de espíritu, la conversación pierde sentido, la respuesta se convierte en inútil, porque el aparente diálogo se reduce a un tacticismo para pillar de algún modo al otro, y tener con qué acusarlo. Lo vemos con tristeza continuamente en los diálogos de sordos de los políticos en el parlamento.


Este es el caso de la breve y frustrada conversación de los sacerdotes, escribas y ancianos con Jesús. Se produce después de que Jesús haya realizado el acto extraordinario de purificar el templo. Es evidente que Jesús carecía de la autoridad legal para realizar un acto así. De ahí la pregunta de los que sí la tenían: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. Era una pregunta que iba más allá de la cuestión legal y venía a preguntar: “¿quién eres tú, para hacer una cosa así?” La pregunta tenía pleno sentido, porque una acción así, sin autoridad institucional, sólo podía ser obra de un loco o de un profeta. El problema estaba en la actitud con la que se hacía. No había la mínima intención de escuchar la respuesta, sino sólo de acusar y pillar, para poder acusar al que les había puesto en evidencia. No obstante, Jesús les da una oportunidad, para comprobar si están dispuestos a un diálogo franco y responde a su pregunta con otra, sobre el bautismo de Juan. En este caso sí que se trataba de un auténtico profeta, pero también en relación con él se habían cerrado en banda. De ahí su respuesta evasiva, no guiada por el deseo de verdad, sino por tacticismo y temor. Ante su clara cerrazón, Jesús da la callada por respuesta.


Tal vez podamos entender en esta no-respuesta los silencios de Dios que a veces experimentamos. Pedimos y no obtenemos respuesta, pero esto puede ser porque tampoco nosotros respondemos sinceramente a los requerimientos que Dios nos hace, porque en nuestro diálogo con Dios nos movemos a veces con astucia o con miedo, temerosos de que nuestra respuesta nos exija dar pasos para los que no estamos dispuestos. Esquivamos así la salvación que nos ofrece, porque sus llamadas (requerimientos y preguntas), por incómodas que nos puedan resultar, desean sólo, como dice Judas, salvarnos del fuego, mostrarnos su compasión, preservarnos de tropiezos, para que, una vez aprendida la lección, hagamos también nosotros, y en su nombre, lo mismo con nuestros hermanos.

viernes, 29 de mayo de 2026

Viernes de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. San Paolo VI, papa

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (4,7-13):

El fin de todas las cosas está cercano. Sed, pues, moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo, mantened en tensión el amor mutuo, porque el amor cubre la multitud de los pecados. Ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar. Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.

Palabra de Dios


Salmo 95,R/. Llega el Señor a regir la tierra


Santo Evangelio según san Marcos (11,11-26):

Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie de ti.»

Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía, diciendo: «¿No está escrito: «Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos.» Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos.»

Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.»

Jesús contestó: «Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: «Quítate de ahí y tirate al mar», no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.»

Palabra del Señor


Compartimos:

“El fin de todas las cosas está cercano”, nos avisa el apóstol Pedro. No hay que entenderlo necesariamente en el sentido del fin del mundo, sino en otro más cotidiano: vivimos tocando continuamente los límites del mundo, los físicos, los psicológicos, también los temporales y los morales. La limitación nos invita a usar adecuadamente los recursos disponibles sin malgastarlos. Es una llamada a la sabiduría, la moderación y la sobriedad. Para lograr estas virtudes, además de nuestros esfuerzos, tenemos que pedirlas a Dios. La oración y la relación con Dios modula también nuestras relaciones con los demás: la verdadera sabiduría es la sabiduría del amor, por el que todas nuestras capacidades y talentos se convierten en dones que ofrecemos a los demás en actitud de servicio. Este modo de vida no evita, como es natural, dificultades y sinsabores, oposiciones y persecuciones. Pero sabiendo que todo esto no son sino formas de participación en los padecimientos de Cristo, podemos mantener en medio del fuego (como los jóvenes en el horno siete veces más ardiente, a los que las llamas no tocaban –Dn 3, 23. 50) la alegría de la fe. En esta alegría y en esta actitud de servicio mostramos que nuestra fe es verdadera y da frutos. Evitamos así una religiosidad solo aparente, de muchas hojas, pero sin frutos, destinada a secarse por su propia esterilidad.


En el gesto profético de la maldición de la higuera Jesús anticipa su crítica (de palabra y obra) al templo, de apariencia espléndida, pero corrompido por intereses espurios, que impiden su verdadero fin, la comunicación con Dios. Esta comunicación fortalece la fe, perdona nuestros pecados, nos da fuerza para perdonar a los demás, convirtiéndonos en agentes de reconciliación e intercesores en la oración por el bien de todo el mundo. Así es como podemos superar nuestros límites, morales, por la acción de la gracia, y temporales, por la participación en la resurrección de Cristo. Así damos testimonio de ese fin que está cerca y que no es otro que la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (1P 1, 9).