sábado, 21 de febrero de 2026

Domingo 1 (Ciclo A) de Cuaresma

 1ª Lectura (Gén 2,7-9; 3,1-7):

 El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.


La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: ‘No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis’». La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».


Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 50 R/. Misericordia, Señor: hemos pecado.


2ª Lectura (Rom 5,12-19):

 Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron. Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia. Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

Palabra de Dios


Versículo antes del Evangelio (Mt 4,4):

 No de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.


Santo Evangelio (Mt 4,1-11):

 En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas Él respondió: «Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».


Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».


Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Palabra de Dios

Compartimos:

 El Evangelio nos lleva al desierto: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). No es un paseo espiritual; es el lugar donde se desenmascaran nuestras dependencias. El tentador empieza por lo básico: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). La propuesta parece razonable: resolver la necesidad ya. Pero Jesús responde con una libertad que nace de la confianza: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).


La segunda tentación es más sutil: buscar a Dios como espectáculo, obligándolo a probarse. También a nosotros nos tienta una “fe de pruebas”: si me respondes, creo; si no, me cierro. Jesús no negocia con el Padre ni manipula lo sagrado.


Y, cuando llega la tercera tentación (poder, control, éxito…), el Señor corta de raíz: «Apártate, Satanás» (Mt 4,10), y fija el centro de la vida: «Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto». Esta frase es medicina para una cultura que nos empuja a vivir para el aplauso, el consumo y la autosuficiencia.


Esta Cuaresma no es para soportar cuarenta días, sino para aprender la libertad de Jesús. Ayuna para que tu corazón deje de obedecer a lo inmediato. Reza para escuchar la Palabra que te sostiene. Y, si te descubres intranquilo, recuerda a san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Como ha dicho el Papa León XIV: «Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá!».


El Evangelio termina con una promesa: «Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían» (Mt 4,11). Caminemos sin miedo: el desierto no es la última palabra; es el camino hacia una adoración más pura que nos hace libres.

Sábado después de Ceniza. San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (58,9b-14):

Esto dice el Señor:

«Cuando alejes de ti la opresión,

el dedo acusador y la calumnia,

cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo

y sacies al alma afligida,

brillará tu luz en las tinieblas,

tu oscuridad como el mediodía.

El Señor te guiará siempre,

hartará tu alma en tierra abrasada,

dará vigor a tus huesos.

Serás un huerto bien regado,

un manantial de aguas que no engañan.

Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas,

volverás a levantar los cimientos de otros tiempos;

te llamarán “reparador de brechas”,

“restaurador de senderos”,

para hacer habitable el país.

Si detienes tus pasos el sábado,

para no hacer negocios en mi día santo,

y llamas al sábado “mi delicia”

y lo consagras a la gloria del Señor;

si lo honras, evitando viajes,

dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos,

entonces encontrarás tu delicia en el Señor.

Te conduciré sobre las alturas del país

y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.

Ha hablado la boca del Señor».

Palabra de Dios


Salmo 85,R/. Enséñame, Señor, tu camino,para que siga tu verdad


Santo Evangelio según san Lucas (5,27-32):

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:

«Sígueme».

Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús:

«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»

Jesús les respondió:

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».

Palabra del Señor


Compartimos:

¿Cuál es la actitud de Jesús ante el pecado? A veces, a causa de la confrontación con los fariseos y los escribas, que se consideraban justos, podemos tener la impresión que Jesús acogía a los pecadores sin más, en su condición de pecadores, y sin más exigencias. Pero esto no es así. Dios odia el pecado, pero ama al pecador. Porque el pecado nos mengua, nos limita y puede llegar a destruirnos. El amor al pecador significa llamar a la conversión. Y la conversión no es sólo la voluntad de renunciar al mal, como suena la fuerte llamada de Isaías, sino ponerse en el camino del bien. De ahí que Jesús no se acerque a Leví y le suelte un discurso moralizante, haciéndole ver el mal que está haciendo, para que deje ese estilo de vida, sino que lo llama directamente al seguimiento, a convertirse en un apóstol, en un enviado de la buena noticia del Evangelio. Jesús no sólo venda las heridas, sino que, como buen médico, restablece la salud; no se limita a denunciar el mal, sino que llama a un ideal de Bien absoluto. En la respuesta de Jesús a los fariseos y escribas suena también esa misma llamada. El mal de estos pretendidos justos es más grave, porque está escondido bajo una capa de aparente virtud. Pero también a ellos se dirige la llamada a la conversión y la oferta de curación.


Nosotros somos en ocasiones como Leví, sentados en nuestra mesa de impuestos, en nuestro pequeño mundo de intereses pequeños, a veces mezquinos, con sus inquinas y sus malas costumbres, pero que se han convertido en nuestra cotidianidad. Y a esa mesa se acerca Jesús para que demos un paso, para que iniciemos un camino. Y no debemos buscar la excusa de que, en realidad, nosotros ya estamos convertidos y ya hemos respondido a la llamada, pues llevamos un vida pasablemente cristiana. Si es así, podemos vernos en los escribas y fariseos, y escuchar la incómoda crítica de Jesús: no nos creamos justos, porque también los que se consideran así están necesitados de conversión, tal vez más que los que cometen pecados patentes, también a esos (a nosotros) les dice Jesús “sígueme”.


Y no olvidemos que la respuesta a la llamada es el preludio de una gran fiesta.

viernes, 20 de febrero de 2026

Lecturas del Viernes después de Ceniza

Primera Lectura

Lectura del libro de lsaías (58,1-9a):

Esto dice el Señor Dios:

«Grita a pleno pulmón, no te contengas;

alza la voz como una trompeta,

denuncia a mi pueblo sus delitos,

a la casa de Jacob sus pecados.

Consultan mi oráculo a diario,

desean conocer mi voluntad.

Como si fuera un pueblo que practica la justicia

y no descuida el mandato de su Dios,

me piden sentencias justas,

quieren acercarse a Dios.

“¿Para qué ayunar, si no haces caso;

mortificarnos, si no te enteras?”

En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios

y apremiáis a vuestros servidores;

ayunáis para querellas y litigios,

y herís con furibundos puñetazos.

No ayunéis de este modo,

si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.

¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:

inclinar la cabeza como un junco,

acostarse sobre saco y ceniza?

¿A eso llamáis ayuno,

día agradable al Señor?

Este es el ayuno que yo quiero:

soltar las cadenas injustas,

desatar las correas del yugo,

liberar a los oprimidos,

quebrar todos los yugos,

partir tu pan con el hambriento,

hospedar a los pobres sin techo,

cubrir a quien ves desnudo

y no desentenderte de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora,

enseguida se curarán tus heridas,

ante ti marchará la justicia,

detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor y te responderá;

pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Palabra de Dios


Salmo 50,R/. Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias


Santo Evangelio según san Mateo (9,14-15):

EN aquel tiempo, os discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:

«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».

Jesús les dijo:

«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor

Compartimos:

Muchos identifican el tiempo de Cuaresma con el ayuno, hasta el punto de que en la tradición oriental este tiempo se llama también “el gran ayuno”. Pero el ayuno como tal es algo relativo y secundario, aunque también sea una práctica religiosa venerable. No es extraño que, al comienzo de la Cuaresma, ya el miércoles, Jesús no nos diga que debamos ayunar (y orar y dar limosna), sino cómo debemos hacerlo para que esas prácticas realicen su verdadero sentido, y cómo no, para que no se conviertan en un ejercicio de hipocresía. Isaías fustiga con dureza esa hipocresía, que se cree con derecho de exigir a Dios, en virtud de prácticas acompañadas de actitudes inmorales. Como vemos en el Evangelio de hoy, Jesús relativiza el ayuno, que tanto practicaban los fariseos y los discípulos de Juan, haciéndoles ver algo esencial que se escapaba a sus interlocutores. El ayuno es una privación voluntaria como preparación de algo que se espera. Y Jesús afirma que si sus discípulos no ayunan es porque aquello, o mejor, Aquel al que esperaban ya ha llegado. Se han inaugurado los tiempos mesiánicos, y, por tanto, no es tiempo de renuncias, sino de escucha. Más que renunciar al alimento, es necesario aceptar a Jesús, escuchar su palabra, hacer de ella la norma de nuestra vida. Jesús, el esposo, está entre nosotros, y no debemos distraernos en otras prácticas, por muy sagradas que sean. Es necesario primero prestar atención a lo fundamental, como nos lo recuerda también Isaías: practicar la justicia, oponerse a la injusticia, estar atentos a las necesidades de los que sufren. Y es entonces, cuando nos dedicamos a practicar las obras de la justicia y la misericordia, cuando el ayuno vuelve a aparecer con todo su sentido. Vivir de acuerdo con la Palabra de Jesús significa, con frecuencia, renunciar a algo (alimento, tiempo, dinero, medios…) a lo que tengo derecho, para hacer el bien. Y esa identificación con el Jesús que sufre significa aceptar su cruz, que es a lo que alude Jesús cuando alude al esposo que será arrebatado.


jueves, 19 de febrero de 2026

Lecturas del Jueves después de Ceniza

Primera Lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (30,15-20):

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.

Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.

Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios


Salmo 1 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor


Santo Evangelio según san Lucas (9,22-25):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Entonces decía a todos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor


Compartimos:

La alternativa que propone Moisés es un lúcido resumen de la vida misma. Los dos caminos que presenta al pueblo de Israel, recomendándole elegir el de la vida, el bien y la bendición, y rechazar con decisión el de la muerte, que es el del mal y la maldición, representan la encrucijada en la que nos encontramos siempre. En principio, la elección parece clara. ¿Quién quiere la muerte o la maldición? Todos estamos habitados por un deseo casi instintivo de vida y de bendición. Y como es el bien lo que conduce a ellas, la cosa es evidente.


Pero sabemos que, en la práctica, la elección no es tan sencilla. En primer lugar, porque ese camino que lleva a la vida y la bendición no es un camino directo. Con frecuencia la consecución de bienes que satisfacen nuestras necesidades reales nos inclina a tomar decisiones o realizar acciones que nosotros mismos reconocemos como incorrectas. Son situaciones de conflicto moral (y religioso) que nos ponen a prueba. Pero es que, además, el mal se disfraza muchas veces de bien, bajo los ropajes de lo “permitido”, del “derecho” que creo tener, y de muchas otras formas, de modo que nos parece que actuar así no sólo es un mal menor para la consecución de un cierto bien, sino que es precisamente lo que debemos hacer. Pero las malas consecuencias de esas decisiones equivocadas siempre acaban llegando, a veces ya en esta vida, o, si no es así, en ese tribunal de Dios ante el que todos deberemos comparecer.


Jesús, que es el camino y la verdad que llevan a la vida, no nos engaña. Nos recuerda que no hay atajos, y que el camino del bien es empinado, y la puerta que lleva a la vida es estrecha. Es el camino de la cruz. Pero, cuidado, este camino no es el del sufrimiento por el sufrimiento, ni es la negación de las alegrías de la vida. Es, sencillamente, el camino del amor. El amor verdadero es esforzado, conoce renuncias, está dispuesto a sufrir por la persona amada. Dar la vida por amor es el mejor modo de ganarla. Porque dándola, damos vida a otros, y perdiéndola (en las grandes y pequeñas renuncias que el amor nos exige) abrimos espacio en nosotros para recibir el gran don del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús, que no solo nos exhorta, sino que él mismo ha recorrido ese camino, para que nosotros podamos seguirlo.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma de 2026

Publicamos a continuación el texto del mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma de 2026 sobre el tema «Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión»:

Mensaje del Santo Padre

Escuchar y ayunar.

La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.


Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.


Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.


Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.


Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.


Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.


San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.


Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]


Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  


Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).


Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.


Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.


Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.


LEÓN XIV PP.

Lecturas del Miércoles de Ceniza

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Joel (2,12-18):

Ahora —oráculo del Señor—,,

convertíos a mí de todo corazón,

con ayunos, llantos y lamentos;

rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos,

y convertíos al Señor vuestro Dios,

un Dios compasivo y misericordioso,

lento a la cólera y rico en amor,

que se arrepiente del castigo.

¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá

dejando tras de sí la bendición,

ofrenda y libación

para el Señor, vuestro Dios!

Tocad la trompeta en Sion,

proclamad un ayuno santo,

convocad a la asamblea,

reunid a la gente,

santificad a la comunidad,

llamad a los ancianos;

congregad a los muchachos

y a los niños de pecho;

salga el esposo de la alcoba

y la esposa del tálamo.

Entre el atrio y el altar

lloren los sacerdotes,

servidores del Señor,

y digan:

«Ten compasión de tu pueblo, Señor;

no entregues tu heredad al oprobio

ni a las burlas de los pueblos».

¿Por qué van a decir las gentes:

«Dónde está su Dios»?

Entonces se encendió

el celo de Dios por su tierra

y perdonó a su pueblo.

Palabra de Dios


Salmo 50,R/. Misericordia, Señor: hemos pecado


Segunda Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,20–6,2):

HERMANOS: Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:

«En el tiempo favorable te escuché,

en el día de la salvación te ayudé».

Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor


Compartimos:

En el comienzo de la Cuaresma todos, de un modo u otro, pensamos o sentimos la necesidad de poner en orden nuestra vida, de realizar un acto de conversión. Aunque ya estamos convertidos, en el sentido de que creemos en Cristo y tratamos de seguirlo, nos damos cuenta de que necesitamos renovar la conversión, pues hay aspectos de nuestra vida que todavía están lejos de la fe que profesamos. Se trata de hacer una especie de ITV del alma.


Nos miramos en un espejo espiritual (la Palabra de Dios, la liturgia) y descubrimos nuestra pobreza, nuestra miseria, nuestros pecados y nuestra resistencia a prescindir de ellos. De ahí los llantos y los lamentos de que nos habla hoy el profeta Joel. De hecho, cuando tomamos conciencia del mal que hemos hecho, lo natural es lamentarse y dolerse por ello.


Pero en el espejo espiritual pronto toma cuerpo otra imagen, distinta de la imagen de nuestra pobreza: es la imagen de la compasión y la misericordia de Dios, que no reacciona con cólera, sino que es rico en amor. Percibimos entonces la infinita distancia entre nuestra pobreza y la riqueza de Dios, que suscita nuestro deseo de Bien, aunque sentimos que no tenemos fuerzas para superar esa distancia.


Pero, siguiendo con la mirada puesta en el espejo, vemos que esa imagen de la misericordia y el amor de Dios tiene un rostro concreto, humano: es el rostro de Cristo, que ha hecho ese camino por nosotros, pero en sentido contrario: no podemos alcanzar a Dios, pero Él nos alcanza y viene a nuestro encuentro en Cristo, que no conoció pecado (¡él es el amor de Dios!), pero se hizo pecado en favor nuestro (¡él es el amor misericordioso!) para justificarnos, para hacernos justicia de Dios en él.


Al comprender la enorme gracia que Dios nos concede en Cristo, sólo podemos responder, en primer lugar, volviendo nuestro rostro a Dios: la justicia de Dios tenemos que practicarla como un homenaje que le rendimos. Pero como el rostro de Dios se manifiesta en el rostro de Cristo, hacemos justicia a Dios dando limosna a los necesitados (de dinero, de atención, de ayuda, de perdón…), en los que vive y sufre el mismo Cristo. Lo hacemos no para justificarnos ante los demás o para obtener recompensa, sino de corazón, por puro amor (el que nosotros hemos recibido de Dios). Y lo mismo con la oración: para descubrir el rostro de Cristo en los demás necesitamos acudir a la fuente que aclara nuestra mirada, y que es el trato personal con Dios. Y como el amor (que es la justicia de Dios) exige algunas renuncias, representadas en el ayuno, realizamos esas renuncias (ayunamos) como un sacrificio agradable a Dios (y en favor de los necesitados) y, por tanto, como un acto de celebración y de fiesta.


Nuestra mirada al espejo espiritual es, a fin de cuentas, una comprobación de nuestro corazón en sus tres relaciones fundamentales: con nosotros mismos (el ayuno), con los demás (la limosna) y con Dios (la oración).

martes, 17 de febrero de 2026

Lecturas del Martes de la VI Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol Santiago (1,12-18):

Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie. A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando se comete, engendra muerte. Mis queridos hermanos, no os engañéis. Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni periodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas.

Palabra de Dios


Salmo 93,R/. Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor


 Santo Evangelio según san Marcos (8,14-21):

En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían mas que un pan en la barca.

Jesús les recomendó: «Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.»

Ellos comentaban: «Lo dice porque no tenemos pan.»

Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil? ¿Os acordáis?»

Ellos contestaron: «Doce.»

«¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?»

Le respondieron: «Siete.»

Él les dijo: «¿Y no acabáis de entender?»

Palabra del Señor


Compartimos:

Si la tentación es una incitación al mal (una forma de motivación desordenada y engañosa), es evidente que Dios, Bien absoluto y fuente de todo bien, no puede incitar al mal. Sería contradictorio con su propio ser. Ese “no puede” no atenta contra su omnipotencia, que no es un poder arbitrario y caprichoso, sino, al contrario, el poder propio del bien y del amor. Si tenemos en cuenta que el mal, según la doctrina tradicional, es un “no-ser” (una carencia de ser y un defecto de bien), y Dios es creador (de ser, y no destructor que produce no-ser), la cosa resulta más clara. Pero, más allá de la teoría, para nuestra vida práctica, son muy importantes las palabras de Santiago sobra la tentación. Va contra la verdadera imagen de Dios (la del Dios Padre que nos transmite Jesús) pensar que Dios nos pone a prueba con la tentación, o que nos castiga con desgracias, naturales (terremotos o inundaciones) o producto de la maldad humana (como la guerra). De Dios solo podemos esperar bienes. Pero podríamos oponer que el mismo Santiago nos habla de pruebas que hay que pasar para recibir la corona de la gloria. La prueba procede de nuestra condición limitada, que nos hace difícil perseverar en el bien; y, también, del pecado propio y ajeno, que nos aleja de Dios y de nuestra propia verdad. Lo que Dios nos envía es, no la tentación, sino la gracia para perseverar en el bien a pesar de la dificultad, que nos fortalece en la virtud, en el amor y en la relación con Dios. Toda prueba es un reflejo mayor o menor de la Cruz, consecuencia del pecado, que Jesús tomó sobre sí, para quitar el pecado del mundo.


Afirmados y perseverantes en el amor de Dios, adquirimos la plena confianza en su providencia, y alejamos de nuestro espíritu todo temor. Es a lo que llama Jesús a sus discípulos hoy y, en ellos, a todos nosotros. Debemos tratar de evitar toda forma de ambición desordenada, de hipocresía y de dureza de corazón (la levadura de los fariseos) y todo lo demás (el pan cotidiano y el pan de la Eucaristía) se nos dará por añadidura.