domingo, 17 de mayo de 2026

La Ascensión del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1,1-11):

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseno desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:

«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».

Les dijo:

«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Palabra de Dios


Salmo 46,R/. Dios asciende entre aclamaciones;el Señor, al son de trompetas


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23):

Hermanos: El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.

Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (28,16-20):

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy la Iglesia celebra la Ascensión de nuestro Señor, una fiesta de gran esperanza. Jesús va delante de nosotros para «prepararnos un lugar» (Jn 14, 2). Estamos llamados a elevar nuestros ojos y nuestros corazones al cielo, hacia nuestro destino final. En las preocupaciones diarias a menudo olvidamos esto, pero la Ascensión nos recuerda: mirad hacia arriba, buscad la realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad.


Hemos escuchado el final del Evangelio de Mateo y el comienzo de los Hechos de los Apóstoles. La relación está clara. Jesús se va y deja una tarea clara a sus amigos: continuar con la misión que Él comenzó. Lo dice al ángel que interpela a los Apóstoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Dicho de otro modo, ya está bien de hacer el vago, poneos en marcha, y ya volverá el Señor cuando llegue el tiempo. Ahora comienza vuestro turno.


Y los Discípulos se pusieron en marcha. Y, sin parar, llegaron a todos los confines del mundo. Cumpliendo la tarea que les encomendó el Señor. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.” No lo hicieron nada mal, para no haber estudiado ni Catequética ni Homilética. Ni siquiera Teología. Seguramente, porque habían sentido la fuerza del Espíritu de Jesús, esa fuerza de la que nos habla Pablo en la segunda lectura. Habían sentido la plenitud que lo llena todo. Tenían con ellos la ayuda del Espíritu. Ese Espíritu que celebraremos juntos la semana próxima.


Queda mucha tarea por realizar. La nueva vida, la nueva forma de entender tu existencia inaugurada por Cristo no la conoce casi nadie y debe ser ofrecida a todos. Jesús, llegada la hora de su partida, encomienda esta tarea a los suyos, tarea que habrá de desarrollar en todas las naciones, superando de hecho lo que según el mensaje de Jesús estaba teóricamente claro: que Dios no pertenece a ninguna nación, a ningún grupo particular, sino que quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos suyos.


Por eso es necesario ser misioneros, hacer discípulos, dar a conocer a todos el mensaje de Jesús, para hacerles saber que Dios no es poder, sino Amor; no es amo, sino Padre. Por eso, lo que quiere es que nos portemos como hijos suyos, amándonos como hermanos. Es que a Dios sólo se llega por el camino de Jesús: entregándose por amor al servicio de los hombres.


El primer relevo se produjo hace casi dos mil años. Pero la tarea continúa generación tras generación. Y hoy nos ha llegado el testigo a nosotros. La tarea es difícil, pero no estamos solos, pues la palabra de Jesús es firme: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»


La solemnidad de la Ascensión del Señor es un recordatorio extremadamente necesario de que somos personas de esperanza, especialmente en un mundo ensombrecido por el pecado, la violencia y la muerte. Como la Pascua es la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte, así la Ascensión es una llamada para que nos esforcemos en alcanzar la alegría que nos espera en el cielo. Es un recordatorio de que debemos «buscar lo que está arriba», más que lo terrenal. No podemos entrar en el cielo con un corazón dividido. Necesitamos entregar nuestro corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra alegría.


Esta vida está destinada a convertir a cada uno de nosotros en el santo que Dios ha querido que seamos. La conversión es un proceso que avanza paso a paso en nuestro enfrentamiento con nuestras debilidades, tentaciones, pecados y defectos de carácter. La caída de nuestra naturaleza solo puede superarse mediante la gracia del Espíritu Santo, a quien el Señor envió a María y a los apóstoles el día de Pentecostés. La vida del mismo Dios, que habita en nuestra alma, y nuestra disposición a entregar nuestra voluntad en Sus manos: eso es lo que, con el tiempo, conduce al cambio. Debemos prepararnos para el cielo, porque en nuestro estado actual, caído, no estamos del todo preparados para él.


Cristo no solo nos prepara un lugar en el cielo, sino que quiere obrar en el interior de nuestras almas para prepararlas para la alegría celestial. Por la fuerza del Espíritu Santo, nuestra mirada puede elevarse hacia realidades más elevadas, de modo que, con cada día que pasa, podamos convertirnos cada vez más en ciudadanos del cielo, y no de este mundo. «Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo».


Por eso, nuestra esperanza y nuestra alegría tienen un regusto amargo. Si avanzamos hacia la santidad y nuestra oración nos lleva cada vez más profundamente al corazón de Dios, vemos con mayor claridad hasta qué punto, en realidad, no pertenecemos a esa profundidad. Vemos hasta qué punto no logramos amar a Dios y al prójimo como deberíamos. Gracias a la oración, crece en nosotros el deseo de una mayor unión con Dios y con el prójimo. Es precisamente este deseo el que nos muestra que el tesoro que buscamos es, en verdad, Cristo. Así es como nuestro corazón se prepara para la alegría celestial.


En esta vida, esa claridad celestial que alcanzamos en la oración, y que nos permite tocar el cielo, dura solo un instante. Pero estos instantes son un don que nos impulsa hacia adelante, y cuanto más avanzamos, más fuerte se hace en nosotros la nostalgia por la patria celestial y el anhelo de una comunión plena con la Santísima Trinidad. En esta vida, la alegría siempre se mezcla con una cierta dosis de tristeza. Sentimos esa nostalgia que debieron sentir los Apóstoles cuando el Señor se elevó de entre ellos hacia los cielos, aunque ellos permanecieran en la pacífica y gozosa espera del Consolador.


La Ascensión nos recuerda que algún día viviremos en los cielos en unión con el Dios Trino y Uno y junto a los ángeles y los santos. Ya no le buscaremos en signos y símbolos, sino que le veremos cara a cara. Cristo obra en el interior de cada uno de nosotros preparando nuestros corazones para los cielos, a fin de que podamos habitar en el lugar que Él ha preparado para nosotros en la eternidad. Mientras tanto, continuamos nuestro difícil peregrinaje, fortaleciéndonos en la esperanza y «levantando nuestros ojos a los montes» (Sal 121, 1).

sábado, 16 de mayo de 2026

Sábado de la VI Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (18,23-28):

Pasado algún tiempo en Antioquía, Pablo marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos.

Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.

Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios


Salmo 46,R/. Dios es el rey del mundo


Santo Evangelio según san Juan (16,23b-28):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.

Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.

Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.

Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor


Compartimos:

El relato de Hechos sobre Apolo es un ejemplo de entusiasmo, de arrebato con las cosas de Dios incluso si no las entendía o conocía del todos. Son Priscila y Aquila quienes tienen que explicarle claramente a Apolo la razón de su entusiasmo.


En el Evangelio de Juan se habla de entusiasmo también: del amor a Cristo con tanta fuerza que “cualquier cosa que pidan al Padre en mi nombre…” ¿Cualquier cosa? No; no cualquier cosa que esté desprovista de entusiasmo, es decir, que no tenga dentro la esencia de Dios. Se pueden pedir cosas motivadas, no por el entusiasmo, sino por la ambición. Se puede pedir ganar la lotería, pero eso no es entusiasmo; se pueden pedir milagros innecesarios, que tampoco son entusiasmo porque no están motivados por el deseo de que se cumpla la voluntad de Dios. Se podría pedir un hueco de aparcamiento en un momento específico, pero tampoco eso sería entusiasmo a no ser que sea una necesidad perentoria por el bien de otros. Pero, como a Padre, se pueden pedir también ciertos caprichitos. A veces, si es para el bien, los concede. Aunque parezcan tonterías, pueden suscitar el agradecimiento, y eso ya es en sí un gran bien. Lo cierto es que el Padre no va a dar serpiente o piedra en lugar de pan. Pero habrá que saber cuál es el verdadero pan, el verdadero bien que pedimos. Y si, a la larga, va a ser para el bien propio y el bien común. Si va a servir para dar un paso más en entusiasmo. El Padre solo va a dar cosas buenas. La Encarnación del Hijo de Dios (vine del Padre) fue el mayor, el impensable y absolutamente maravilloso bien de salvación; lo más grande que puede recibir la humanidad. Es decir, todo. Con esa Encarnación, se nos permite “tener la esencia de Dios”, es decir, ser “entusiastas”. Es el entusiasmo que llama a pedir todo el bien de Dios, que es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. ¿Qué nos entusiasma?

viernes, 15 de mayo de 2026

Viernes de la VI Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (18,9-18):

CUANDO estaba Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión:

«No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».

Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.

Pero, siendo Gallón procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo:

«Este induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley».

Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Gallón dijo a los judíos:

«Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharos con paciencia; pero, si discutís de palabras, de nombres y de vuestra ley, vedlo vosotros. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».

Y les ordenó despejar el tribunal.

Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.

Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarco para Siria con Priscila y Aquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.

Palabra de Dios


Salmo 46,R/. Dios es el rey del mundo


Santo Evangelio según san Juan (16,20-23a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Palabra del Señor


Compartimos:

Para un mundo volcado en el trepar, dominar, sobresalir, tener prestigio, la figura de san Isidro no parecería ser muy gloriosa. Y sin embargo, el pasaje del evangelio de hoy lo dice claramente: la gloria del Padre es el fruto abundante que demos. “La gloria de Dios,” decía san Ireneo, “es el ser humano plenamente vivo.” Es una gloria extraña y aparentemente sin ningún mérito personal: se trata de confiar, esperar las lluvias, permanecer en la vid verdadera. Y eso es lo que reflejó san Isidro en toda su vida. Desde ahí, se puede pedir lo que se quiera. Solo desde ahí obtenía Isidro algún fruto de sus esfuerzos y labores.


Hay otro aspecto de la vida de san Isidro que también puede ser denuncia en este mundo donde parece importar más lo que se tiene que lo que se es. Isidro, un hombre de familia, sencillo y pobre, hacía tres partes de su escaso salario: una para los pobres, otra para la Iglesia, y otra para su familia (su esposa, santa María de la Cabeza, y su hijo). No comenzaba nunca su día sin dedicar tiempo a la oración y a la Eucaristía, por lo que parece ser que era criticado y perseguido. Pero sus patrones nunca encontraron a faltar el producto del trabajo asignado, sino que parece que producía incluso más que quienes lo acusaban.


Isidro nunca relumbró según los estándares de este mundo. Pero brilla con la gloria del Padre por el fruto que, a lo largo de los siglos, ha dado su vida. A veces nos podemos sentir tentados a alcanzar fama (o incluso santidad) por grandes y deslumbrantes obras. Y lo único necesario es el brillo de nuestros buenos frutos en nuestra vida diaria.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Miércoles de la VI Semana de Pascua. Nuestra Señora de Fátima

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (17,15.22–18,1):

En aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuánto antes.

Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:

«Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”.

Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo. “El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene”, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.

De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya”.

Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos».

Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron:

«De esto te oiremos hablar en otra ocasión».

Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.

Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.

Palabra de Dios


Salmo 148,R/. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria


Santo Evangelio según san Juan (16,12-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

Palabra del Señor


Compartimos:

Aquí lo que se nos da es la esperanza de que Cristo volverá. Y esa espera-esperanza es el poder que impele a movilizarse, a anunciar lo que se ha visto y oído. Decía san Antonio María Claret: “la caridad de Cristo nos urge.” Es decir, nos pone fuego y alas para la acción.


Lo que siempre se ha llamado la “gran comisión”, es decir, evangelizar, es no solo consecuencia lógica, sino obligación implicada en el bautismo. El cristiano sí se queda mirando al cielo, ciertamente, pero, una vez asegurado de la esperanza y recibido el poder, sale a todos los confines de la tierra a proclamar.


“Todos los confines de la tierra”, que parecen estar tan lejanos e inaccesibles para muchos de nosotros, pueden estar tan cerca como la propia cocina; el propio trabajo, la propia familia. Proclamar a Cristo en esos confines supone hacer que la fuerza, el amor, la verdad de Cristo dominen en cada momento. Que la fuerza motor de todas y cada una de nuestras acciones sea el bien, la verdad y la belleza de la salvación de Cristo; es decir, la búsqueda del bien. Y así el propio rostro de Cristo podrá brillar por medio de nosotros. La antigua noción de misión, de ir a tierras lejanas donde no se conoce a Dios, parece que hoy está algo trastocada, con la globalización, los movimientos demográficos y sociales. ¿Dónde no se conoce a Dios hoy día? Es más, ¿dónde se le persigue y desprecia incluso en medio de nosotros? Ahí está la misión. Esos son los confines de la tierra. Quizá rozándonos los codos.

martes, 12 de mayo de 2026

ORACIÓN A MARIA, NUESTRA MADRE

 Señor, así como obraste en el seno de la Virgen Madre, en sus puras entrañas, obrando en el seno de la Virgen el misterio más grande y bello de todas tus acciones creadoras. Obra en nuestro corazón ese ardor y pureza que iba configurando a María en puras transparencias de tu amado Hijo Jesús.

Moldéanos Señor,  con esa ternura llena de paz enamorada, de luz, del encanto de la humildad callada orante, en servicio constante, cimentados en un amor profundo llena de la plenitud de Dios.

Madre, ayuda a  la Iglesia de tu Hijo que se presenta ante el mundo como pueblo de Dios enviado para anunciar a Jesucristo, salvador de la humanidad. Que todos participemos en comunión y misión.

Agradecemos tu constante presencia en nuestras vidas, en la fidelidad y en el  amor  a tu Hijo Jesús.

Amén

Martes de la VI Semana de Pascua. San Pancracio, mártir. Santos Nereo y Aquileo, mártires

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (16,22-34):

En aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados ordenaron que les arrancaran y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.

A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo:

«No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».

El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó:

«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?»

Le contestaron:

«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».

Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.

A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.

Palabra de Dios


Salmo 137,R/. Señor, tu derecha me salva


Santo Evangelio según san Juan (16,5-11):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay opciones que pueden ser difíciles, complicadas e incluso dolorosas. El bien parece que siempre debe estar por encima de los intereses personales. En la lectura de Hechos de hoy, el terremoto que abrió puertas y rompió cerrojos iba en beneficio de los cristianos encarcelados. Y, sin embargo, la huida hubiera supuesto un daño para los carceleros. Los apóstoles eligen el bien del carcelero por encima del propio.


Esto lo pueden entender muy bien los padres que trabajan y luchan—a costa propia—por el bien de la familia; las madres que pasan noches en vela cuidando a un hijo enfermo. O el hijo o la hija que pasa semanas, meses, años, cuidando de un padre anciano, senil y enfermo. El amor es así; siempre pone al otro por delante de uno mismo. Es ese mismo amor el que se refrena de controlar a otro, de dominar o de sobreproteger, para dar paso al crecimiento de aquel a quien se ama. Sería más fácil (e incluso absolutamente justificable), por ejemplo, quedarse en un lugar, porque los demás “me necesitan”, aun a sabiendas que lo que de verdad necesitan es tener el espacio para crecer. El bien del otro, el que pueda crecer, independizarse y funcionar como persona autónoma, puede en ocasiones requerir que quien ama se retire. Eso es lo que les dice Jesús a los discípulos hoy: “Os conviene que yo me vaya”. Porque en la nueva etapa, será el Espíritu quien guíe. Puede parecer raro y difícil, pero es lo mejor.


Parecería que, quien se conduce poniendo siempre por delante a los demás, sale perdiendo. La psicología moderna aconsejaría una opción algo más egoísta de darse el tiempo y las opciones a uno mismo… Mi madre decía que quien más pone más pierde… Pero no: quien más pone, más gana. Es la lógica de Dios: precisamente quien más busca el bien de otros es quien más gracia recibe. La diestra del Señor nos salva.

lunes, 11 de mayo de 2026

Lunes de la VI Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (16,11-15):

Nos hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.

El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.

Se bautizó con toda su familia y nos invitó:

«Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa».

Y nos obligó a aceptar.

Palabra de Dios


Salmo 149,R/. El Señor ama a su pueblo


Santo Evangelio según san Juan (15,26–16,4a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».

Palabra del Señor


Compartimos:

El salmo, como puente, asegura que el Señor se complace, se deleita en su pueblo. Su pueblo, que le pertenece, debe abrirse a su Señor para deleitarle. El Señor viene a su pueblo, y también recibe a su pueblo como cosa suya.


Por otro lado, en el evangelio vemos cómo Jesús advierte que quienes no creen, convencidos de que hacen el bien, expulsarán a quienes creen en Cristo. Quienes cierran su corazón a la fe en Cristo, también cierran sus puertas a los discípulos.


Hoy día podríamos aplicar esto a mil asuntos que nos preocupan: la inmigración, la persecución a los cristianos… pero quizá tendríamos que empezar por el principio de todo, que es la propia persona, es decir, nuestra hospitalidad, primero a Dios, que nos ha recibido en su familia, y luego en apertura a los demás, extender la mano a quienes la necesitan, el empezar por escuchar las historias y los sentimientos de otros, creyentes también. Tendríamos que empezar por “rogar” al otro que nos permita recibirlo; y a nuestra vez, estar dispuesto a que se nos reciba. No es tanto un sentido físico, de alojamiento, cama y comida, sino más bien de una actitud que reconoce al otro desde la fe y sabe que es recibido desde una fe común. Se trata, en realidad, de una actitud eucarística: el Señor viene a habitar entre nosotros, y al mismo tiempo, nos integra en su Cuerpo.