domingo, 26 de abril de 2026

REGINA CAELI PAPA LEÓN XIV,

Plaza de San Pedro

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!


Al continuar nuestro camino por el tiempo pascual, el Evangelio de hoy nos presenta las palabras de Jesús, que se compara con un pastor y luego con la puerta del redil (cf. Jn 10,1-10).


Jesús contrasta al pastor con el ladrón. De hecho, afirma: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante» (v. 1). Y más adelante, de modo aún más claro: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (v. 10). La diferencia es clara: el pastor tiene un vínculo especial con sus ovejas y, por lo tanto, puede entrar por la puerta del redil; si alguien, en cambio, necesita saltar la cerca, entonces sin duda es un ladrón que quiere robar las ovejas.


Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos (cf. Ez 34,16). Jesús no viene como un ladrón para robarnos la vida y la libertad, sino para guiarnos por el camino correcto. No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera. Quienes confían en Él no tienen nada que temer; Él no menosprecia nuestra vida, sino que viene a dárnosla en abundancia (cf. v. 10).


Hermanos y hermanas, estamos invitados a reflexionar y, sobre todo, a vigilar nuestros corazones y nuestras vidas, porque quienes entran en ellos pueden multiplicar la alegría o, como un ladrón, pueden robárnosla. Los “ladrones” pueden adoptar muchos rostros: son aquellos que, a pesar de las apariencias, coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad; son creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida; son ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas; son estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos. Y no olvidemos tampoco a esos “ladrones” que, saqueando los recursos de la tierra, librando guerras sangrientas o alimentando el mal en cualquiera de sus formas, no hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad.


Podemos preguntarnos: ¿quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los “ladrones” que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?


Hoy el Evangelio nos invita a confiar en el Señor: Él no viene a robarnos nada; al contrario, es el Buen Pastor, que multiplica la vida y nos la ofrece en abundancia. Que la Virgen María nos acompañe siempre en nuestro camino e interceda por nosotros y por el mundo entero.


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se conmemora el 40º aniversario del trágico accidente de Chernóbil, que marcó la conciencia de la humanidad. Este hecho sigue siendo una advertencia sobre los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes. Encomendamos a la misericordia de Dios las víctimas y aquellos que aún sufren las consecuencias. Espero que, en la toma de decisiones a todos los niveles, prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad, para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y la paz.


Y ahora me dirijo a ustedes, romanos y peregrinos de diversos países: ¡bienvenidos!


Saludo a los Caballeros y Damas de la Orden de San Jorge, Orden Europea de la Casa de Habsburgo-Lorena. Saludo a los niños del grupo de danza “Malva”, de Brovary, Ucrania; al Coro Cantica Sacra de la Arquidiócesis de Trnava, Eslovaquia; a los fieles de Viena, Madrid y las Islas Canarias; y a los directores y profesores del Colegio “São Tomás” de Lisboa.


Saludo al numeroso grupo de jóvenes de Val Camonica (Diócesis de Brescia) y a los jóvenes monaguillos de Biadene y Caonada; así como a los fieles de Treviso, Vicenza, Crotone y Cariati, Oria y Lecce; y a los participantes en el congreso de la Asociación Apóstoles de la Divina Misericordia.


Un saludo especial a las familias y amigos de los nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma, a quienes ordené esta mañana en la Basílica de San Pedro: acompañen siempre con sus oraciones a estos jóvenes ministros del Evangelio.


Les deseo a todos un feliz domingo.

IV Domingo de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14a.36-41):

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios


Salmo 22,R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (2,20-25):

QUERIDOS hermanos:

Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien,

eso es una gracia de parte de Dios.

Pues para esto habéis sido llamados,

porque también Cristo padeció por vosotros,

dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado

ni encontraron engaño en su boca.

Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;

sufriendo no profería amenazas;

sino que se entregaba al que juzga rectamente.

Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,

para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.

Con sus heridas fuisteis curados.

Pues andabais errantes como ovejas,

pero ahora os habéis convertido

al pastor y guardián de vuestras almas.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (10,1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor


Compartimos:

oy habría mucho que hablar sobre la cuestión de por qué no resuena con fuerza y convicción la palabra del Evangelio, por qué guardamos los cristianos un silencio sospechoso acerca de lo que creemos, a pesar de la llamada a la “nueva evangelización”. Cada uno hará su propio análisis y apuntará su particular interpretación.


Pero en la fiesta de san Marcos, escuchando el Evangelio y mirando al evangelizador, no podemos sino proclamar con seguridad y agradecimiento dónde está la fuente y en qué consiste la fuerza de nuestra palabra.


El evangelizador no habla porque así se lo recomienda un estudio sociológico del momento, ni porque se lo dicte la “prudencia” política, ni porque “le nace decir lo que piensa”. Sin más, se le ha impuesto una presencia y un mandato, desde fuera, sin coacción, pero con la autoridad de quien es digno de todo crédito: «Ve al mundo entero y proclama el Evangelio a toda la creación» (cf. Mc 16,15). Es decir, que evangelizamos por obediencia, bien que gozosa y confiadamente.


Nuestra palabra, por otra parte, no se presenta como una más en el mercado de las ideas o de las opiniones, sino que tiene todo el peso de los mensajes fuertes y definitivos. De su aceptación o rechazo dependen la vida o la muerte; y su verdad, su capacidad de convicción, viene por la vía testimonial, es decir, aparece acreditada por signos de poder en favor de los necesitados. Por eso es, propiamente, una “proclamación”, una declaración pública, feliz, entusiasmada, de un hecho decisivo y salvador.


¿Por qué, pues, nuestro silencio? ¿Miedo, timidez? Decía san Justino que «aquellos ignorantes e incapaces de elocuencia, persuadieron por la virtud a todo el género humano». El signo o milagro de la virtud es nuestra elocuencia. Dejemos al menos que el Señor en medio de nosotros y con nosotros realice su obra: estaba «colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).

viernes, 24 de abril de 2026

“Mi mente está en Dios” una religiosa dominica, cumple 113 años

 Una religiosa dominica de Estados Unidos, considerada la monja viva más anciana del mundo según Guinness World Records, celebró su cumpleaños 113 dejando un testimonio marcado por la fe, la perseverancia y el servicio a la Iglesia durante más de nueve décadas.


Se trata de la hermana Francis Domenici Piscatella, nacida el 20 de abril de 1913 en Long Island, Nueva York, quien aseguró con sencillez: “He dejado de contar mis años”.

La hermana Piscatella, integrante de las Hermanas de Santo Domingo de Amityville desde 1931, ha dedicado 94 años de su vida al servicio de la Iglesia. “Quería ser alguien importante para las hermanas”, comentó, aunque quienes la conocen aseguran que su influencia ha sido profunda en generaciones de estudiantes y religiosas.


“Mi mente está en Dios. Él me ha mantenido durante todos estos años”, aseguró el medio local.

Una vida marcada por la fe y la superación

La religiosa perdió gran parte de su brazo izquierdo a los dos años tras un accidente, pero esto no le impidió seguir su vocación. “Tuve que demostrarles que el hecho de tener un solo brazo no impedía en nada mi trabajo”, explicó en declaraciones recogidas por Channel 7 Eyewitness News.


“Nadie tuvo que ayudarme nunca. Si alguien ayudaba a otro, era yo quien ayudaba”, afirmó.

Durante 52 años fue profesora —incluyendo su labor en Molloy College—, donde incluso enseñaba geometría dibujando círculos perfectos en la pizarra con un solo brazo.


“Siempre corría a la iglesia y rezaba todo el tiempo”, recordó, subrayando el papel de la fe en su vida.

Quienes la conocen destacan su espíritu incansable. Incluso a los 110 años, seguía realizando tareas domésticas y asistiendo diariamente a Misa. “Espero que hayan visto algo bueno en esta anciana”, dijo con humildad.


Según Guinness World Records, la hermana Piscatella se convirtió en la monja más longeva tras el fallecimiento de la religiosa brasileña Inah Canabarro Lucas. A lo largo de su vida, ha sido testigo de nueve pontificados, 20 presidencias en Estados Unidos, dos guerras mundiales y varias pandemias.


Durante la celebración de su cumpleaños 113, recibió incluso un reconocimiento del Papa, el décimo pontífice en su vida.


Al reflexionar sobre su existencia, la religiosa resumió: “Es muy amable de todos haber venido y hacer de este un día tan hermoso”.

Con una vida que continúa dando frutos, la hermana Piscatella se ha convertido en un símbolo vivo de fe perseverante y servicio silencioso, dejando una huella imborrable en la Iglesia y en quienes han pasado por sus aulas.

Lecturas de San Marcos, evangelista

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (5,5b-14):

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros. Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos. Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos. Amén. Os he escrito esta breve carta por mano de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos en ella. Os saluda la comunidad de Babilonia, y también Marcos, mi hijo. Saludaos entre vosotros con el beso del amor fraterno. Paz a todos vosotros, los cristianos.

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Santo Evangelio según san Marcos (16,15-20):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor


Compartimos:

Este pasaje, la Ascensión del Señor, constituye el cierre triunfal del Evangelio según San Marcos. Es un texto vibrante que no solo narra el fin del ministerio terrenal de Jesús, sino que establece la hoja de ruta para la Iglesia de todos los tiempos.


«A todo el mundo». Jesús lanza un imperativo que rompe cualquier frontera geográfica, cultural o social: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». Aquí, el Evangelio no se presenta como un secreto para unos pocos elegidos, sino como una oferta de salvación universal. La frase «a toda criatura» es especialmente poderosa. Sugiere que la Buena Noticia de la victoria sobre la muerte debe resonar en cada rincón de la creación. Para el lector actual, este llamado es una invitación a salir de nuestra zona de confort y ser testimonios vivos de esperanza en un mundo a menudo fragmentado.


Jesús establece una relación directa entre la fe, el bautismo y la salvación. Sin embargo, lo que suele captar más la atención en este pasaje es la lista de «señales”: expulsar demonios, hablar nuevas lenguas, protección contra venenos y sanación de enfermos. Por supuesto, no se trata de convertirnos en magos, sino de ser testigos del Reino de Dios. Porque el que actúa en el nombre de Jesús tiene poder sobre el mal, con una autoridad espiritual que otorga el Espíritu Santo.


Permite, además, comunicarse con todos, porque el Evangelio es capaz de derribar muros y unir a los diversos pueblos, con el lenguaje del amor. Y siempre poniendo en primer lugar el cuidado ¡y la promoción de la vida, porque el Evangelio destaca la integridad y el valor de cada ser humano. Cada vez que ofrecemos consuelo al desesperado, luchamos por la justicia o construimos puentes de diálogo donde hay conflicto, estas señales se vuelven a manifestar.


El pasaje concluye con un detalle fascinante: Jesús asciende al cielo y se sienta a la derecha de Dios, pero no se ausenta. El versículo 20 dice: «Ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían». Esta es la paradoja del cristianismo: Jesús se va para estar más presente que nunca. Ya no está limitado por el espacio y el tiempo de un cuerpo físico, sino que actúa a través de sus discípulos. La misión no es una carga que llevamos solos; es una colaboración donde nosotros ponemos la voz y los pies, y el Señor pone la gracia y el poder.


Este pasaje nos desafía a pasar de la teoría a la práctica. Una fe que no se comunica es una fe que se marchita. Al publicar este comentario, recordamos que la comunidad digital también es «todo el mundo». Que nuestras palabras en red sean, como pedía Jesús, semillas de Evangelio que transformen la vida de quien las lee. «Señor, haz que seamos manos que sanen y voces que anuncien Tu victoria en cada rincón de la tierra.»

Viernes de la III Semana de Pascua. San Fidel de Sigmaringa, presbítero y mártir

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,1-20):

En aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.

Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».

Dijo él:

«¿Quién eres, Señor?».

Respondió:

«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».

Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:

«Ananías».

Respondió él:

«Aquí estoy, Señor».

El Señor le dijo:

«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».

Ananías contestó:

«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».

El Señor le dijo:

«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».

Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:

«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».

Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.

Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 116,R/. Ir al mundo entero y proclamad el Evangelio


Santo Evangelio según san Juan (6,52-59):

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor


Compartimos:

¿Qué significa comer hoy el cuerpo y beber la sangre de Cristo? Probablemente, formar parte de un solo cuerpo, de la Iglesia. Vivir unido a todos, por la gracia de Dios. Eso es lo que nos permite la Comunión: encontrar la unidad en la diversidad. Cada uno, siendo como es, puede sentir que, por la fe, podemos vivir en relación con todos. Muchos piensan que sólo es posible estar unidos a los que piensan como yo. Pero Jesús hace posible lo imposible, para unir a todos, porque unidad no es uniformidad. En nuestra Iglesia Católica hay sitio para todos.


Podríamos decir que, gracias al Cuerpo y la Sangre de Cristo, pasamos de la confusión de Babel al entendimiento de Pentecostés, de la división a la unidad. Ese milagro lo consigue la Comunión, porque al compartir el Cuerpo de Cristo comenzamos a compartir la vida con los hermanos. Esa Comunión nos une con toda la Iglesia.


Por eso, la Comunión es alimento para el débil, medicina para el enfermo, impulso para el cansado. Porque nos cuesta creer en la unidad. Por eso tenemos que pedir ese don de sentir la unidad a menudo. Para dar testimonio ante el mundo, porque el mismo Cristo lo quería así (que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno). Tenemos que dejar de ser “diablos”, dejar de dividir y separar, para ser fuente de unidad.


El fin es vivir por el Señor, permitiendo que el amor de Cristo moldee la existencia de cada creyente hacia la vida eterna y la caridad fraterna, construyendo puentes, en lugar de muros, para unir en la diversidad. Un milagro del pan único, compartido en cada Eucaristía. Y confiar en la intercesión de María, nuestra Madre, que abre la puerta para que entre Jesús en nuestra vida.

jueves, 23 de abril de 2026

Jueves de la III Semana de Pascua. San Adalberto, obispo y mártir. San Jorge, mártir

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,26-40):

En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:

«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.

El Espíritu dijo a Felipe:

«Acércate y pégate a la carroza».

Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:

«¿Entiendes lo que estás leyendo?».

Contestó:

«Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».

E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:

«Como cordero fue llevado al matadero,

como oveja muda ante el esquilador,

así no abre su boca.

En su humillación no se le hizo justicia.

¿Quién podrá contar su descendencia?

Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».

El eunuco preguntó a Felipe:

«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».

Felipe se puso a hablarle y, tomando píe de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:

«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».

Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.

Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.


Palabra de Dios


Salmo 65,R/. Aclamad al Señor, tierra entera


Santo Evangelio según san Juan (6,44-51):

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:

«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor


Compartimos:

El pasaje de Juan nos mete de lleno en el discurso del Pan de Vida. Ese discurso que, en verano, a los sacerdotes nos da muchos problemas, porque hay que predicar sobre ellos casi durante un mes. Allí Jesús destapa una verdad que es profunda sobre cómo se conectan Dios, la fe y la vida para siempre. En estos versículos, el Señor lo dice sin andarse con rodeos, nadie va a Él si el Padre no los atrae. Porque creer es principalmente un regalo de Dios. El Padre es quien da el primer paso, el que toca el corazón del creyente y lo guía hacia el Hijo.


Esta enseñanza nos impulsa a ver cómo Dios actúa sin parar en nuestras vidas. A menudo, pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios, pero este fragmento nos hace ver que, de hecho, Él es quien nos busca primero, nos llama y nos atrae con cariño. Esa atracción es una invitación llena de amor que respeta nuestra libertad, pero que a la vez hace que queramos algo más verdadero y profundo.


Jesús sigue, usando lo que los profetas dijeron: “Todos serán enseñados por Dios”. El verdadero entendimiento de Dios va más allá del intelecto, es una experiencia que se siente muy adentro. Oír al Padre, y aprender a través de Él requiere abrir el corazón, y así dejarse transformar aceptando su querer. La fe, en resumen, no es solo asimilar ideas; implica una relación viviente con Dios, que cambia por completo la vida.


El núcleo del pasaje gira en torno a la declaración de Jesús como el «pan de vida». Al contrario del maná que los israelitas comieron en el desierto, sin evitar la muerte, el pan que Jesús promete nos da la vida eterna. Jesús es el que responde al anhelo más profundo del ser humano, la vida plena y eterna.


Cuando Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo», revela su identidad divina y su tarea salvífica. Él no es meramente un maestro o profeta, sino el alimento que da vida al mundo. Ese pan se asemeja a su propia carne, anticipando el misterio de la Eucaristía, donde Cristo se ofrece enteramente para salvar a la humanidad. Podemos pensar hoy: ¿qué nos nutre en el día a día? Jesús nos solicita a que vayamos hacia Él, alimentándonos con su palabra y presencia, para hallar la verdadera vida.


En suma, este pasaje es un llamamiento a confiar. Si el Padre nos atrae hacia el Hijo, podemos estar seguros de que nuestra fe está sostenida por el mismo Dios. No andamos solos: somos conducidos, enseñados y nutridos por Él. Aceptar este regalo y vivir en unión con Cristo es la senda hacia la vida eterna, porque Él la ofrece.

miércoles, 22 de abril de 2026

Miércoles de la III Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,1b-8):

Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres. Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio. Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios


Salmo 65,R/. Aclamad al Señor, tierra entera


 Santo Evangelio según san Juan (6,35-40):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Palabra del Señor.

Compartimos:

En el Evangelio, sigue el discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta con una afirmación que es al mismo tiempo simple y profunda: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Con estas palabras, Jesús nos invita a una relación de confianza y entrega total, ofreciendo algo que trasciende lo material: el alimento del alma que satisface para siempre.


El pan es un alimento básico, símbolo de sustento y vida. Pero Jesús, al llamarse a sí mismo “el pan de vida”, nos recuerda que la verdadera satisfacción no proviene solo de lo que comemos o de lo que poseemos, sino de una relación profunda con Él. En un mundo donde la búsqueda de éxito, reconocimiento y placer parece no tener fin, Jesús nos ofrece una alternativa: la paz y la plenitud que nacen de la fe en Él. No es un alimento que se consume y se agota, sino un don eterno, capaz de sostenernos en todos los momentos de nuestra vida.


El pasaje también nos enseña sobre la misión de Jesús: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me envió”. Aquí descubrimos la clave de su mensaje y de nuestra vocación: seguir la voluntad del Padre. Para Jesús, esta voluntad se traduce en ofrecer la salvación a todos los que creen en Él, asegurando que nadie se pierda, sino que todos tengan vida eterna. Estamos llamados a confiar, incluso cuando no comprendemos todos los caminos de Dios. La fe no es un acto de cálculo, sino de entrega plena, confiando en que Dios sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros.


Además, este Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestra hambre y sed interior. Muchas veces intentamos llenarnos de cosas pasajeras: dinero, poder, relaciones superficiales. Pero ninguna de éstas puede colmar el vacío del corazón. Solo Jesús puede saciar nuestra hambre más profunda: la de ser amados, comprendidos y redimidos. Al acercarnos a Él, al recibir su palabra y su presencia en la Eucaristía, encontramos esa satisfacción que el mundo no puede ofrecer.


Hoy la Palabra nos llama a hacer de Jesús nuestro sustento diario. Alimentarnos de su amor, de su ejemplo y de su mensaje nos transforma, nos fortalece y nos conduce a la vida eterna. No se trata solo de recibir pasivamente, sino de vivir y compartir ese alimento con los demás, siendo pan que se parte para nutrir al hermano que sufre, al que tiene hambre de justicia y de paz.


Que esta Palabra nos recuerde que Cristo es nuestro verdadero pan, y que al acercarnos a Él con fe, encontramos la plenitud que el mundo no puede dar. Que nuestra vida se convierta en un reflejo de este pan que se entrega, y que, al igual que Jesús, podamos ser instrumentos de amor y vida para todos los que nos rodean. Amén.