lunes, 19 de octubre de 2026

Martes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,12-22):

Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu. Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo. Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios


Salmo 84,R/. Dios anuncia la paz a su pueblo


 Santo Evangelio según san Lucas (12,35-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Cómo nos conoce el Señor. Sabe que nos despistamos con facilidad, y por eso nos “sacude” de vez en cuando con expresiones que nos viene bien. «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». Con estas palabras comienza el Evangelio de hoy. Es una imagen sencilla, pero llena de fuerza. Jesús habla a sus discípulos de una actitud fundamental para la vida cristiana: estar preparados, permanecer despiertos y esperar. No se trata de vivir con miedo, como si en cualquier momento pudiera ocurrir algo terrible. Tampoco significa estar permanentemente preocupados por saber cuándo llegará el Señor. La invitación de Jesús es mucho más profunda: vivir con el corazón despierto.


En la vida cotidiana podemos acostumbrarnos a muchas cosas. Nos levantamos, trabajamos, estudiamos, atendemos nuestras obligaciones, hacemos compras, resolvemos problemas, hablamos con unas personas y con otras. Los días pasan y, sin darnos cuenta, podemos entrar en una especie de rutina interior. Seguimos haciendo muchas cosas, pero quizá dejamos de preguntarnos hacia dónde estamos caminando. Por eso Jesús nos dice: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas».


La lámpara encendida es una imagen preciosa de la fe. Una lámpara sirve para iluminar, especialmente cuando llega la oscuridad. También nuestra fe está llamada a mantener una pequeña luz encendida en nuestra vida: una luz que nos permita reconocer a Dios, incluso cuando no entendemos todo; una luz que nos ayude a seguir esperando cuando atravesamos dificultades; una luz que nos permita descubrir el bien que podemos hacer cada día.


Pero hay otro detalle importante en las palabras de Jesús. Los discípulos deben estar preparados «como los que esperan a que su señor vuelva de la boda». La espera cristiana no es una espera vacía. Es la espera de alguien que amamos. Cuando esperamos a una persona querida, la espera tiene otro significado. No miramos continuamente el reloj con impaciencia. Pensamos en el encuentro. Preparamos la casa, nos disponemos, deseamos que llegue. Así debería ser nuestra espera de Dios.


El cristiano no espera a un Dios desconocido que viene a juzgar desde lejos. Espera al Señor que viene a encontrarse con nosotros. Y esta certeza puede transformar profundamente nuestra manera de vivir. Jesús continúa con una afirmación sorprendente: «Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela». Pero lo más inesperado viene después. El señor no se limita a felicitar a sus servidores. Jesús dice que será él quien se ciña, los siente a la mesa y se ponga a servirlos. Esta imagen resulta casi desconcertante. Estamos acostumbrados a pensar que quien tiene autoridad es quien recibe el servicio. Jesús, sin embargo, presenta al Señor como aquel que sirve. Es una de las grandes paradojas del Evangelio: Dios se acerca al ser humano no desde el poder, sino desde el amor que se entrega.


Podemos recordar aquí toda la vida de Jesús. El que es Señor se hace servidor. El que puede exigirlo todo se entrega por todos. El que está en el centro se pone a los pies de sus discípulos. La última Cena lo mostrará de manera especialmente clara: Jesús no solamente habla de servicio, sino que hace de su propia vida un servicio. Por eso estar vigilantes no significa estar tensos ni preocupados. Significa estar disponibles. Una persona vigilante es aquella que sabe mirar más allá de sí misma. Ve que alguien necesita ayuda y se acerca. Escucha a quien necesita ser escuchado. Sabe pedir perdón. Está atenta a una oportunidad para hacer el bien. No deja para mañana el amor que puede ofrecer hoy.


Tal vez esta sea una de las formas más concretas de entender la vigilancia cristiana: vivir de tal manera que, cuando el Señor pase por nuestra vida, nos encuentre amando. Porque Dios puede venir a nuestro encuentro de muchas maneras. Puede hacerlo en la oración y en los sacramentos, pero también a través de una persona que necesita nuestra atención, de alguien que nos pide ayuda, de una situación inesperada o de una oportunidad para servir. A veces esperamos grandes acontecimientos espirituales y no descubrimos que Dios ya está llamando a nuestra puerta en las pequeñas circunstancias de cada día.


«Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al llegar, los encuentra en vela». La bienaventuranza que Jesús promete no depende de que nuestra vida sea perfecta. No necesitamos tenerlo todo resuelto. La vigilancia cristiana consiste más bien en conservar un corazón abierto, capaz de volver a Dios una y otra vez. También podemos apagar nuestra lámpara interior. El cansancio, las decepciones, las heridas, la rutina o las preocupaciones pueden hacer que nuestra esperanza se debilite. Por eso necesitamos alimentar la luz: la oración, la Palabra de Dios, la Eucaristía, el encuentro con otros creyentes, el servicio y también esos momentos de silencio en los que volvemos a escuchar la voz del Señor.


Quizá el Evangelio de hoy sea una invitación a preguntarnos cómo estamos esperando. ¿Esperamos a Dios con confianza o vivimos como si Dios no tuviera nada que ver con nuestra vida cotidiana? ¿Nuestra lámpara está encendida? ¿Seguimos teniendo espacio interior para escuchar, sorprendernos y responder? Y quizá haya una pregunta todavía más sencilla: si Jesús entrara hoy por la puerta de nuestra vida, ¿qué encontraría? No se trata de tener una vida perfecta para recibirlo. Se trata de tener una vida abierta.


Porque el Evangelio nos ofrece una promesa maravillosa: cuando el Señor venga, no llegará para quitarnos la alegría, sino para compartir su mesa con nosotros. Y aquel a quien esperamos será precisamente quien se acerque a nosotros, se ciña y nos sirva. Por eso podemos caminar con esperanza. Mantener la lámpara encendida significa confiar en que el Señor viene, y vivir cada día preparados para reconocerlo cuando llegue. ¿Qué puedes hacer hoy para mantener encendida la lámpara de tu fe? ¿Hay alguna persona, situación o necesidad ante la que el Señor te está invitando a estar más atento y disponible?

Lunes de la XXIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,1-10):

Hubo un tiempo en que estabais muertos por vuestros delitos y pecados, cuando seguíais la corriente del mundo presente, bajo el jefe que manda en esta zona inferior, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Antes procedíamos nosotros también así; siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación; y, naturalmente, estábamos destinados a la reprobación, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Palabra de Dios


Salmo 99,R/. El Señor nos hizo y somos suyos


Santo Evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»

Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»

Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»

Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: «¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.» Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay momentos en los que una palabra de Jesús puede resultar especialmente incómoda porque toca algo muy concreto de nuestra vida. El Evangelio de hoy habla de dinero, de posesiones, de seguridad y de futuro. En definitiva, habla de una pregunta que todos llevamos dentro: ¿qué necesitamos para sentirnos seguros y felices? Todo comienza cuando alguien se acerca a Jesús y le pide que intervenga en un conflicto familiar: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Parece una petición razonable. Hay una cuestión de justicia que resolver. Sin embargo, Jesús no entra directamente en el reparto de bienes. Mira más profundamente y advierte: «Guardaos de toda clase de codicia, porque, aunque uno nade en la abundancia, su vida no depende de sus bienes».


Jesús no está diciendo que el dinero sea malo ni que poseer bienes sea necesariamente algo negativo. Lo que pone en cuestión es algo mucho más profundo: la tentación de convertir las riquezas en el fundamento de nuestra vida. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, sentirnos vacíos. Podemos disponer de una buena situación económica y seguir teniendo miedo al futuro. Podemos acumular bienes, éxitos, reconocimientos o seguridades y descubrir que ninguna de esas cosas puede responder por completo a las preguntas más importantes: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿a quién amo?, ¿qué sentido tiene mi vida?


Para explicarlo, Jesús cuenta la parábola de un hombre rico cuya tierra había producido una cosecha abundante. El hombre piensa solamente en sí mismo: tiene mucho y quiere almacenar todavía más. Derriba sus graneros y construye otros mayores. Después se dice: «Alma mía, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y banquetea». A primera vista, parece una historia de éxito. El hombre ha trabajado, ha producido y ha conseguido una gran cosecha. Pero hay algo que llama poderosamente la atención: en toda la historia no aparece nadie más. No piensa en su familia, en sus trabajadores, en los pobres, en sus vecinos ni en Dios. Todo gira alrededor de él mismo.


«Mis cosechas», «mis graneros», «mis bienes», «mi alma». Su mundo se ha ido haciendo cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a él mismo y a lo que posee. Y aquí está el verdadero problema. La riqueza puede convertirse fácilmente en una ilusión de autosuficiencia. Nos hace pensar: «Cuando tenga esto, estaré tranquilo. Cuando consiga aquello, podré descansar. Cuando tenga suficiente dinero, ya no necesitaré preocuparme». Pero la vida humana es mucho más frágil de lo que imaginamos.


Por eso la respuesta de Dios resulta tan fuerte: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma; ¿de quién será lo que has preparado?» Jesús no pretende asustarnos. Quiere despertarnos. La parábola nos recuerda que no somos dueños absolutos de nuestra vida. Recibimos el tiempo, nuestras capacidades, las personas que amamos, las oportunidades y también los bienes materiales. Podemos administrarlos, disfrutarlos y utilizarlos responsablemente, pero no podemos convertirlos en nuestro dios. La pregunta que Jesús nos plantea no es cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa lo que tenemos en nuestro corazón.


Podemos preguntarnos sinceramente: ¿vivo para tener o tengo para vivir? ¿Mis bienes están al servicio de mi vida y de los demás, o mi vida está al servicio de conservar y aumentar mis bienes? ¿Qué ocurre cuando alguien toca aquello que considero «mío»? ¿Soy capaz de compartir? ¿Sé reconocer que también los demás tienen derecho a vivir con dignidad?


El Evangelio nos invita a recuperar una palabra que nuestra sociedad necesita mucho: la gratuidad. No todo tiene que convertirse en beneficio. No todo se mide por su precio. Hay cosas que verdaderamente hacen rica nuestra existencia y que no se pueden comprar: una amistad sincera, el amor de una familia, el perdón recibido, una conversación, una comunidad, el servicio a una persona necesitada, la oración, la capacidad de agradecer. Y, sobre todo, está nuestra relación con Dios.


Al final, Jesús resume la enseñanza con una expresión preciosa: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios». Ser «rico ante Dios» significa vivir de otra manera. Significa reconocer que la vida es un don y que nuestros bienes tienen también una dimensión social. Significa saber recibir, agradecer, compartir y servir. Significa que nuestro corazón no queda encerrado en lo que poseemos, sino que permanece abierto a Dios y a los demás.


Quizá el Evangelio de hoy nos invita sencillamente a revisar nuestras prioridades. No se trata de abandonar nuestras responsabilidades ni de despreciar el trabajo, el ahorro o una vida económicamente responsable. Se trata de no permitir que las cosas ocupen el lugar que corresponde a Dios y a las personas. Porque podemos pasar muchos años construyendo graneros y descubrir demasiado tarde que nos olvidamos de construir una vida. Hoy Jesús nos invita a detenernos y mirar nuestro corazón. Tal vez no necesitemos más cosas, sino aprender a vivir con mayor libertad. Tal vez necesitemos menos acumulación y más gratitud; menos preocupación por tener y más disponibilidad para compartir; menos miedo al futuro y más confianza en Dios.

domingo, 18 de octubre de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que un rey prepara para su hijo (cf. Mt 22,1-14).


El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto, que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a incluir a los demás en la propia felicidad.


Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más, extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea un don para todos.   


Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf. Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre nosotros.


La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda, concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas, los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación del mundo.


Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida; con generosidad, con valentía y con fe.


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer, en Mantua, fue beatificada sor María Ignacia Isacchi, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la caridad la hizo entregarse con valor al servicio de los necesitados y desfavorecidos. Que su ejemplo reavive en todos nosotros el deseo de ser, en medio del mundo, testigos del amor evangélico hacia todos.


La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos incluso mucho más allá de sus fronteras, especialmente en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Hago un llamamiento apremiante a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de cereales por el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra.


Hoy se celebra en Italia la Jornada en memoria de las Víctimas de los Accidentes Laborales. Saludo a la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos del Trabajo y aliento los esfuerzos de prevención.


Dirijo mi más cordial bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos.


Saludo a los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros en Roma y a cuantos han participado en la procesión con la venerada imagen del Crucificado. Agradezco sus oraciones por la visita pastoral que realizaré a Perú.


Acojo con alegría a los fieles de la Eparquía Greco-Católica de Mukáchevo, en Ucrania, acompañados por su obispo; a la Asociación de Fieles Hakuna; a las Antiguas Alumnas de Jesús-María de España; al Coro y a la Escuela Coral de la Catedral de Haarlem, en los Países Bajos; y a los fieles procedentes de Viena.


Saludo a los jóvenes de la vicaría de Chiaravalle, en la diócesis de Senigallia; a los miembros de la sección provincial de la AIDO de Belluno; al grupo «Ars Enotria» de Cosenza; y al equipo femenino de fútbol del Hospital de Biella.


Queridos amigos: recientemente, durante una revisión, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón. Se ha detectado todavía en una fase muy temprana y está bien localizado. Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo. La operación ya está programada para los próximos días. Les agradezco su cercanía espiritual y me encomiendo a sus oraciones. Gracias y feliz domingo.

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (45,1.4-6):

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.»

Palabra de Dios


Salmo 95,R/. Aclamad la gloria y el poder del Señor


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1,1-5b):

Pablo, Silvano y Tirnoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (22,15-21):

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.

Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»

Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»

Le respondieron: «Del César.»

Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Se nos presenta para nuestra consideración una "famosa" afirmación de Jesucristo: «Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios» (Mt 22,21).


No entenderíamos bien esta frase sin tener en cuenta el contexto en el que Jesús la pronuncia: «los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra» (Mt 22,15), y Jesús advirtió su malicia (cf. v. 18). Así, pues, la respuesta de Jesús está calculada. Al escucharla, los fariseos quedaron sorprendidos, no se la esperaban. Si claramente hubiese ido en contra del César, le habrían podido denunciar; si hubiese ido claramente a favor de pagar el tributo al César, habrían marchado satisfechos de su astucia. Pero Jesucristo, sin hablar en contra del César, lo ha relativizado: hay que dar a Dios lo que es de Dios, y Dios es Señor incluso de los poderes de este mundo.


El César, como todo gobernante, no puede ejercer un poder arbitrario, porque su poder le es dado en "prenda" o garantía; como los siervos de la parábola de los talentos, que han de responder ante el Señor por el uso de los talentos. En el Evangelio de san Juan, Jesús dice a Pilatos: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,10). Jesús no quiere presentarse como un agitador político. Sencillamente, pone las cosas en su lugar.


La interpretación que se ha hecho a veces de Mt 22,21 es que la Iglesia no debería "inmiscuirse en política", sino solamente ocuparse del culto. Pero esta interpretación es totalmente falsa, porque ocuparse de Dios no es sólo ocuparse del culto, sino preocuparse por la justicia, y por los hombres, que son los hijos de Dios. Pretender que la Iglesia permanezca en las sacristías, que se haga la sorda, la ciega y la muda ante los problemas morales y humanos de nuestro tiempo, es quitar a Dios lo que es de Dios. «La tolerancia que sólo admite a Dios como opinión privada, pero que le niega el dominio público (…) no es tolerancia, sino hipocresía» (Benedicto XVI).

sábado, 17 de octubre de 2026

Sábado de la XXVIII Semana del Tiempo Ordinario, San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,15-23):

Yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios


Salmo 8,2-R/. Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos


 Santo Evangelio según san Lucas (12,8-12):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir.»

Palabra del Señor


Compartimos:

El texto evangélico de hoy casa perfectamente con el santo del que la iglesia hace memoria en este día. San Ignacio de Antioquía fue un obispo del siglo II, que fue juzgado y condenado a ser devorado por las fieras en tiempo del emperador Trajano. Fue un mártir de la fe. No sabemos mucho de su vida ni de su ministerio. Pero sí conocemos las cartas que escribió a lo largo del camino (era obispo de Antioquía de Siria y las autoridades romanas que le condenaron le llevaron a Roma para ser ejecutado allí. Durante ese largo camino tuvo tiempo para escribir esas cartas que hoy son un testimonio precioso de alguien que entregó su vida al Evangelio y al Reino en aquellos primeros tiempos del cristianismo.


Hay algunos textos de esas cartas que, aunque hayan sido repetidos muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, sigue valiendo la pena tener presentes. En una de esas cartas escrita a la iglesia de Roma, plenamente consciente de lo que le esperaba al llegar a su destino, dice que se dirige allí “para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en puro pan de Cristo”.


Solamente esta frase da para meditar y pensar que no hay razón para tener miedo cuando nos ponemos de parte de Jesús y de su Reino. Nos ayuda a descubrir que la Eucaristía es mucho más que un momento de relación íntima con Jesús que viene a nosotros en el pan consagrado. La Eucaristía se convierte en el centro de la vida cristiana. Mucho más allá de su celebración ritual, la vida del cristiano se tiene que hacer Eucaristía, trigo de Dios, molido por los avatares de la vida que se entrega totalmente y que así llega a ser pan de Cristo para los hermanos.


Ignacio iba tranquilo en su camino hacia Roma (en aquel tiempo un viaje largo de varios meses como mínimo). Por el camino salían a recibirlo y verlo las comunidades cristianas de los lugares por donde pasaba. Era para ellos un testigo de la fe. Porque todo el que entrega su vida, de la forma que sea, al servicio del Evangelio, de los hermanos, es testigo de Evangelio en nuestro mundo. Si abrimos los ojos y los oídos seguro que veremos a otros testigos que hace de su vida Eucaristía, entrega total al servicio del Reino.

viernes, 16 de octubre de 2026

Viernes de la XXVIII Semana del Tiempo Ordinario. Santa Eduviges, religiosa. Santa Margarita María de Alacoque, virgen

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,11-14):

Por medio de Cristo hemos heredado también nosotros, los israelitas. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad


Santo Evangelio según san Lucas (12,1-7):

En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos:

«Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.»

Palabra del Señor


Compartimos:

La comparación nos habla en primer lugar de la confianza infinita que tenía Jesús en su Padre del Cielo. Si éste no se olvida de los gorriones, que valen tan poco, cómo se va a olvi-dar de nosotros. ¡Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados! Y, por supuesto, no hay comparación entre los gorriones y nosotros.


Dos veces se repite en el texto evangélico de hoy la frase “no tengáis miedo”. No tener miedo tiene una relación inmediata con la confianza. El que se siente seguro, el que no tiene miedo, es que confía. Algunos confían en sus propias fuerzas. Pero está demostrado que está confianza no puede ser nunca total. Nuestras fuerzas son limitadas y, a menudo, nos toca enfrentarnos con situaciones y conflictos que nos superan. Aquí hablamos de una con-fianza mayor, de una confianza que está depositada en el que esto todopoderoso y a la vez es padre de misericordia. Cuando nos ponemos en sus manos, entonces sí que nos senti-mos seguros. Porque es Dios mismo el que está con nosotros.


Jesús supo llevar esa confianza hasta el final. Hasta el momento en que parecía que to-do, absolutamente todo, se ponía en su contra. Hasta gritar en la cruz primero “Dios mío, por qué me has abandonado” y luego, en el trance de la muerte, en la ceguera total, terminar su vida gritando: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.(Lc 23,46).


Pidamos al Señor que nos ayude a confiar hasta el final, a pesar de los pesares, a pesar de las apariencias. Y que así seamos capaces de superar el miedo que, a veces, nos ate-naza y nos impide seguir caminando y trabajando al servicio del Reino.

jueves, 15 de octubre de 2026

Jueves de la XXVIII Semana del Tiempo Ordinario,Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia.

 Primera Lectura

Comienzo de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,1-10):

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús, que residen en Éfeso. Os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Palabra de Dios


Salmo 97,R/. El Señor da a conocer su victoria


Santo Evangelio según san Lucas (11,47-54):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán»; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!»

Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy es la fiesta de santa Teresa de Jesús y el Evangelio, allá donde se lean las lecturas de la memoria, nos trae aquellas palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla…” Santa Teresa fue una mujer sencilla. Sencilla pe-ro con arranque y redaños. Paso un tiempo de su vida pensando cómo quería servir a Dios. Pero cuando llegó a una decisión, se lanzó, dejó atrás todo lo demás de la vida y puso rumbo a su norte. Con Jesús y por Jesús.


Siguió siendo una mujer sencilla. No tenía muchos estudios. Su conocimiento de Jesús era el de la experiencia diaria, el de la oración, el del encuentro con la Palabra. Y también el del encuentro con sus hermanas en la vida cotidiana. Quizá por eso terminó pensando aquello de que “entre los pucheros anda el Señor”, insinuando que no es lo más importante en la vida del cristiano el dedicarse muchas horas a la oración y el sacrificio. Que preparar la comida y limpiar y trabajar es también una forma de construir el reino y la fraternidad.


Teresa dedicó muchas horas a la oración, pero no se metió en una cueva. La aventura de fundar monasterios la llevó de aquí para allá. No dudó en lanzarse a los caminos. Era lo que entendía que tenía que hacer. Y lo hizo. Sin miedo. Sencilla pero valiente.


Sencilla pero valiente para enfrentarse a doctores y jerarquías de todo tipo. Llevaba en su corazón su fidelidad, su rectitud, su honestidad en seguimiento y escucha de Jesús.


Sencilla para darse cuenta de que el Evangelio es algo realmente sencillo. Sería bueno que hoy siguiésemos teniendo presente una de sus frases: “De devociones absurdas y san-tos amargados, líbranos, Señor.” Para recordarnos que sólo lo que contribuye a la fraternidad, al reino, a la justicia, es bueno. Y que Dios no quiere sacrificios absurdos para compensarse nadie sabe qué imaginarias ofensas. Como si rezar muchos rosarios de rodillas, por ejemplo, le compensase a Dios de algo. Lo que alegra a Dios, lo que es su voluntad, es que hermanos y hermanas vivan como tales.


Todo eso lo entendió y lo hizo vida Teresa de Ávila. Tanto que terminó llamándose Teresa de Jesús. Hoy todavía tenemos que seguir aprendiendo mucho de ella.