domingo, 8 de marzo de 2026

Lunes de la III Semana de Cuaresma. Santa Francisca Romana, religiosa

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,1-15a):

En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.

Pero, siendo un gran militar, era leproso.

Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora:

«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».

Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:

«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».

Y el rey de Siria contestó:

«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».

Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:

«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».

Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:

«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».

Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran:

«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».

Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:

«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».

Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:

«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».

Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle:

«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».

Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.

Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:

«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

Palabra de Dios


Salmo 41,R/. Mi alma tiene sed del Dios vivo:

 ¿cuándo veré el rostro de Dios?


Santo Evangelio según san Lucas (4,24-30):

Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:

«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor


Compartimos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta un hecho muy significativo que llegó a sorprender al mismo Jesús: las dificultades que tuvo para anunciar su Buena Noticia en su propio pueblo, en Nazaret. Es significativo porque revela hasta qué punto nuestros simples prejuicios humanos pueden llegar a bloquear la obra de Dios. También son una lección.


Jesús comenta un dicho popular: “nadie es profeta en su propia tierra”. Y este dicho encuentra su raíz en dos motivos determinantes. El primero es una pregunta que suscita la acción del profeta en sus conciudadanos; ¿cómo es posible que nosotros, que hemos vivido al lado de Jesús durante tantos años no nos hayamos dado cuenta de sus poderes y cualidades? Si lo conocemos de sobra, ¿de dónde ha sacado, entonces, esa sabiduría y esas facultades desconocidas para nosotros? El segundo, es casi una exigencia. Dado que este es su pueblo, en el que ha nacido y vivido ¿no tenemos nosotros acaso más derecho que nadie a que realice sus milagros y curaciones entre nosotros?


No parecen preguntas absurdas, ni aspiraciones sin fundamento. El mismo Jesús se hace eco del segundo motivo, en la versión del episodio en otro evangelista. ¿Dónde está, pues, el problema? En que tales actitudes minan la confianza en Jesús, que debe ser total. Jesús repite hasta la saciedad en las curaciones: “Tu fe te ha salvado” … “Que te suceda conforme has creído”. Y tales actitudes o expectativas generan una especie de reserva, algo que bloquea el acto de fe. De hecho, Jesús, en la otra versión evangélica del pasaje, no dice que no quiso hacer allí muchos milagros, sino que “no pudo” e indica la razón: “su falta de fe”.

En este contexto, la referencia a los casos de la viuda de Sarepta y de Naamán, el general sirio (por eso la inclusión de la Primera Lectura), no podían sino insistir en el argumento de fondo. No son ni la carne ni la sangre (ni si es de mi pueblo, de mis parientes o de mis conocidos) los que sirven de garantía para la intervención divina. Se exige esa fe plena.

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de quienes, en Pascua, recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas grandes páginas del Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se ofrecen a los catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por toda la comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo somos, a serlo con mayor autenticidad y alegría.


Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra sed. El encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa en lo profundo de cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna» ( Jn 4,14). ¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan todavía hoy esta fuente espiritual! «A veces me es accesible —escribía la joven Etty Hillesum en su diario—. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la Cuaresma es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el camino.


En el Evangelio también está escrito que «llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27). Les cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos: «Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35). El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las sorpresas de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi no se ve nada. Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está actuando y los frutos están listos para ser recogidos. La mies es mucha; quizá son pocos los obreros, porque están distraídos con otras actividades. Jesús, en cambio, está atento. Aquella mujer samaritana, según las costumbres, simplemente habría tenido que ser ignorada; sin embargo, Jesús le habla, la escucha, le da confianza sin segundas intenciones y sin desprecio.


¡Cuántas personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza, esa disponibilidad! Y qué hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para prestar atención a quien encontramos, tal como es. Jesús incluso olvidaba comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al corazón de todos (cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se convierte en la primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de despreciados y marginados, muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro de Jesús, y también en ellos la fe brota como agua pura.


Hermanas y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la Iglesia, poder servir, con Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de verdad y de justicia. No es tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre “nosotros” y “los otros”; los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres de paz, que lo adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).


Queridos hermanos y hermanas:


Desde Irán y desde todo el Medio Oriente continúan llegando noticias que suscitan profunda consternación. A los episodios de violencia y devastación, y al difundido clima de odio y miedo, se añade el temor de que el conflicto se amplíe y que otros países de la región, entre ellos el querido Líbano, puedan volver a caer en la inestabilidad.


Elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos. Confío esta intención a María, Reina de la paz, para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza.


Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer. Renovemos el compromiso —que para nosotros los cristianos se basa en el Evangelio— de reconocer la igual dignidad del hombre y de la mujer. Lamentablemente muchas mujeres, desde la infancia, siguen siendo discriminadas y sufren diversas formas de violencia. A ellas, de modo especial, van mi solidaridad y mi oración.


Doy la bienvenida a los estudiantes provenientes de College Station, Texas; de Kansas City, Misuri; de Fort Wayne, Indiana, en los Estados Unidos de América y de Jerez y Cádiz, en España; así como a los grupos de peregrinos del Perú, Panamá, Honduras, México y Chile.


Saludo a los fieles de Brescia, Castrolibero, Gravina de Apulia, Perugia y de las parroquias de San Clemente Papa y de San Pío de Pietrelcina, en Roma.


Saludo a la comunidad “Casa de María” de Roma, al grupo de confirmación de la diócesis de Orvieto-Todi, a los jóvenes de Mantua y al equipo de rugby de Rovigo.


Les deseo a todos un feliz domingo.

III Domingo de Cuaresma (ciclo A)

Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo (17,3-7):

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»

Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»

Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Palabra de Dios


Salmo 94, R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5,1-2.5-8):

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (4,5-42):

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.»

La mujer le contesta: «No tengo marido».

Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»

La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»

Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor


Compartimos:

 Celebramos el 3r domingo de Cuaresma: estamos a mitad del camino hacia la Pascua, el momento más importante del año. La liturgia cuaresmal nos ayuda a recorrer un camino, a “salir de Egipto”, que es el lugar donde vivimos esclavizados y del que Dios quiere que salgamos para ir a su encuentro.


Hace dos domingos se nos invitó a entrar con Jesús en el desierto y a confiar a Dios nuestra conversión. La semana pasada, el Evangelio nos mostraba a Jesús transfigurado: el que padecerá y morirá por ti es Dios Hijo. En el Evangelio de hoy, en cambio, Jesús nos dice que tiene sed de tu amor.


Desde el primer momento de su encuentro con la samaritana queda claro que Cristo es verdaderamente hombre: «Cansado del camino, se sentó junto al pozo» (Jn 4,6). Y enseguida pide de beber a la samaritana. Es importante que nos detengamos a considerar el hecho de que Dios mismo haya querido pasar necesidad, no solo física, sino también afectiva: ¡el corazón de Jesús anhela tu amor!


Desde aquí podemos hacer propia la conversación de Jesús con la samaritana. Tú y yo también estamos necesitados de conversión; también tenemos “maridos” donde ponemos nuestra seguridad. Pero Jesús no quiere de ti una perfección externa, sino que lo ames por encima de todas las cosas.


Este es el camino hacia la Pascua, la vida nueva que nos ofrece la Iglesia. El papa León XIV nos dice que «la Pascua es el eje de la vida del cristiano, en torno al cual giran todos los demás acontecimientos». La conversación de Jesús con la samaritana hoy puede hacernos pensar si la resurrección de Cristo es verdadero motivo de esperanza o si ponemos nuestras expectativas de felicidad en otras cosas. Y nos lleva a pedir la misma fe de los samaritanos del Evangelio: que digamos de corazón: «¡Este es realmente el Salvador del mundo!» (Jn 4,42).

sábado, 7 de marzo de 2026

Sábado de la II Semana de Cuaresma. Santas Perpetua y Felicidad, mártires

 Primera Lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que anda solo en la espesura,

en medio del bosque;

que se apaciente como antes

en Basán y Galaad.

Como cuando saliste de Egipto,

les haré ver prodigios.

¿Qué Dios hay como tú,

capaz de perdonar el pecado,

de pasar por alto la falta

del resto de tu heredad?

No conserva para siempre su cólera,

pues le gusta la misericordia.

Volverá a compadecerse de nosotros,

destrozará nuestras culpas,

arrojará nuestros pecados

a lo hondo del mar.

Concederás a Jacob tu fidelidad

y a Abrahán tu bondad,

como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios


Salmo 102,R/. El Señor es compasivo y misericordioso


Santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor


Compartimos:

En las lecturas de hoy, el evangelio parece confirmar y concretar las rotundas afirmaciones del profeta Miqueas sobre la misericordia y la compasión de Dios. Un Dios que perdona siempre, que absuelve de la culpa, pero cuyo amor hay que comprender bien. Conocemos de sobra la parábola del Hijo pródigo como para repetir la narración. Pero quizá sea bueno acentuar algunos aspectos. Cómo Dios respeta la libre elección del Hijo menor (aunque, a todas luces, se trate de una opción equivocada). Le deja hacer su camino. Esta actitud ilumina bien cuál debe ser nuestra actitud respecto de los hijos.


También importa subrayar que el arrepentimiento del hijo menor no procede tanto del reconocer su pecado, sino de la urgencia por superar la terrible situación en que se encuentra. Su arrepentimiento parece más bien interesado: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras yo, aquí, me muero de hambre”. Pero, en la acogida del hijo retornado, al Padre no parece importarle si su motivación ha sido verdadera o interesada. Lo que le interesa el hecho: ha recuperado a su hijo.


Y se muestra con claridad por qué la misericordia supera la justicia, porque expresa el amor personal. La figura del hermano mayor – a quien la parábola va dirigida – muestra la actitud contraria: la exigencia de la justicia prevalece sobre la misericordia, porque falta el amor: así reprocha al Padre su amor hacia “ese hijo tuyo”, mientras que el Padre le habla de “ese hermano tuyo” que él no reconoce.


Y, paradójicamente, se revela que quien siempre había obedecido exteriormente siempre, en realidad no conocía el amor del Padre, se sentía no hijo, sino jornalero, no sabía que todo lo del Padre era suyo. Lo que incapacita para el perdón es desconocer el amor. Al que poco se le perdona, poco amor muestra. No sólo. Cabe sospechar que si se empeña en hacerle pagar al hijo por su pecado es porque, en el fondo, lo que envidiaba era la libertad con que su hermano actuó, libertad que él desconocía.

viernes, 6 de marzo de 2026

Viernes de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (37,3-4.12-13a.17b-28):

Israel amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.

Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José:

«Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».

José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros:

«Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».

Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo:

«No le quitemos la vida».

Y añadió:

«No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él».

Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.

Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.

Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos:

«¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra».

Los hermanos aceptaron.

Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.

Palabra de Dios


Salmo 104,R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor


Santo Evangelio según san Mateo (21,33-43.45-46):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchad otra parábola:

“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.

Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.

Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.

Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».

Le contestan:

«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».

Y Jesús les dice:

«¿No habéis leído nunca en la Escritura:

“La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente”?

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.

Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

Palabra del Señor


Compartimos:

El evangelio de hoy nos recoge una alegoría típica en la que todos y cada uno de sus elementos de la narración remiten a otra narración que es la que se pretende describir indirectamente mediante la alegoría. Esta narración de los viñadores homicidas nos cuenta de modo alegórico el mismo camino de Jesús. Mas los destinatarios de la narración sólo al final comprenderán que hablaba de ellos. Los paralelismos son claros. El propietario de la viña es Dios; su viña es Israel; los trabajos para organizar bien la viña, son los pasos sucesivos de la historia de Israel, desde la salida de Egipto. Los criados enviados para recoger los frutos de la viña son los profetas enviados por Dios. Los labradores representan las autoridades políticas y religiosas de Israel, el hijo del propietario es Jesús, que profetiza su propia muerte.


Aquí conviene referirse, para entender bien, al motivo del asesinato del Hijo. En Israel existía la tradición por la que, si al morir un propietario de un terreno, no había ningún heredero que recogiera su herencia, esta pasaba a ser heredada por los empleados que trabajaban en su propiedad. Toda la narración se orienta a la resolución condenatoria que pronuncian los mismos a quienes Jesús quiere acusar: “hará morir de mala muerte a estos malvados y arrendará su viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos”.


Sólo entonces Jesús les revela que está hablando de ellos, que quieren su muerte y la alegoría se resuelve en acusación directa.


¿Qué sentido tiene unir a esta narración la historia de José en la primera lectura? Creo que tiene un sentido global que sirve para iluminar la narración evangélica. Porque si la historia de la enorme injusticia cometida con José por obra de sus hermanos, años después se relevó como una gracia, cuando Israel bajo a Egipto bajo la protección de José, se nos quiere indicar que la injusticia y el crimen cometido contra Jesús se revelará, paradójicamente, como una gracia para todos, como una obra de salvación. Así se nos invita a tener una mirada profunda sobre los acontecimientos, para descubrir las señales de Dios, incluso donde parece que no puedan existir.

jueves, 5 de marzo de 2026

Jueves de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (17,5-10):

Esto dice el Señor:

«Maldito quien confía en el hombre,

y busca el apoyo de las criaturas,

apartando su corazón del Señor.

Será como cardo en la estepa,

que nunca recibe la lluvia;

habitará en un árido desierto,

tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor

y pone en el Señor su confianza.

Será un árbol plantado junto al agua,

que alarga a la corriente sus raíces;

no teme la llegada del estío,

su follaje siempre está verde;

en año de sequía no se inquieta,

ni dejará por eso de dar fruto.

Nada hay más falso y enfermo

que el corazón: ¿quién lo conoce?

Yo, el Señor, examino el corazón,

sondeo el corazón de los hombres

para pagar a cada cual su conducta

según el fruto de sus acciones».

Palabra de Dios


Salmo 1,1-R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor


 Santo Evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.

Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:

“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abrahán le dijo:

“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.

Él dijo:

“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.

Abrahán le dice:

“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.

Pero él le dijo:

“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.

Abrahán le dijo:

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor


Compartimos:

“Maldito el hombre que confía en el hombre y en la carne busca su fuerza” Aridez, cardo, estepa, desierto serán sus frutos.” Dice Jeremías. “Bendito quien confía en el Señor y pone en él su confianza. Será como un árbol plantado junto a la acequia, dará fruto aun en año de sequía”. Ojalá fuera así siempre. Por desgracia, la realidad se asemeja más a la parábola del Evangelio, del rico Epulón y el pobre Lázaro. Por eso el corazón humano es tan ambiguo en sus deseos, en sus prácticas. Sólo Dios es capaz de penetrar las intenciones, el secreto de las acciones. Se nos invita directamente a no juzgar.


La dificultad de esta parábola reside en que no es una alegoría. En ellas, todos los elementos de la narración tienen un significado simbólico y cuentan para el significado final. En las parábolas no es así. El mensaje es único y muchos de los elementos son meramente accesorios. Llama la atención, por ejemplo, que Epulón parece ignorar que su indiferencia ante la necesidad de Lázaro encerrase una culpa. El sólo parece preocuparse de querer evitar que sus hermanos vengan al lugar de suplicio. Llama también la atención la facilidad con que parece admitirse ese equilibrio entre Epulón y Lázaro respecto de los bienes recibidos. Compensación para uno en esta vida y para otro en la otra. Lo que constituye el centro de la parábola reside en la afirmación capital: “si no escuchan a Moisés ni a los Profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.  Y  es que, para la conversión, no basta ni el miedo al sufrimiento para cambiar de marcha. Constituye una buena lección también para la Iglesia que no pocas veces ha tratado de provocar la adhesión a la fe mediante el miedo al infierno y a su imagen llameante. En realidad, es mucho peor la incapacidad para tener vida y para vivir el amor que el infierno representa (cada encuentro no es sino un encontronazo) que cualquier tortura física. La incapacidad para amar cuando comprendes que lo único que habrías tenido que hacer en tu vida es entrar por el camino del amor, esa es la sed insoportable.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Miércoles de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,18-20):

Ellos dijeron: «Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».

Hazme caso, Señor,

escucha lo que dicen mis oponentes.

¿Se paga el bien con el mal?,

¡pues me han cavado una fosa!

Recuerda que estuve ante ti,

pidiendo clemencia por ellos,

para apartar tu cólera.

Palabra de Dios


Salmo 30,R/. Sálvame, Señor, por tu misericordia


Santo Evangelio según san Mateo (20,17-28):

En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.

Él le preguntó:

«¿Qué deseas?».

Ella contestó:

«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

Pero Jesús replicó:

«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».

Contestaron:

«Podemos».

Él les dijo:

«Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo:

«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.

Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor


Compartimos:

El contraste es chocante. Jesús, anuncia la paradoja de la pasión que le espera en Jerusalén, y, al tiempo, la madre de los Zebedeo (Santiago y Juan) se acerca para buscar un enchufe para sus hijos, para obtener una posición de privilegio. Y quizá pensamos: “¡Es comprensible! El amor de una madre lleva a intentar esas cosas”.


Pero, si nos fijamos con detalle, resulta que los dos apóstoles están de acuerdo con la petición materna, Incluso se engríen orgullosos ante la pregunta de Jesús: “¡Somos capaces de beber tu cáliz!”. Jesús les advierte que esa no es la vía. Que en el camino de Jesús no se trata de llegar el primero, o, si se trata de sufrir, sufrir más que nadie. Funcionan otros criterios. Primero, está el Padre, y su libertad, que Jesús no podría condicionar en modo alguno. Después, como ya veíamos ayer, el mandato hacerse servidor de todos. Sólo quien vive esta actitud, está preparado para igualar a Jesús en dar su vida en rescate. Pero, además, está el menosprecio que representa respecto de sus hermanos apóstoles. “No sea así entre vosotros”.


Pero, podemos preguntarnos, ¿por qué este camino necesario de la cruz, del cáliz que se ha de beber? ¿No había otro camino? Hemos de hacernos conscientes de que Jesús viene a salvar, y al pecado y a la muerte no se les puede derrotar con sus mismas armas: por esa vía ¡solo se logra multiplicarlo!


Jesús viene a redimirnos. Y el pecado sólo puede ser vencido desde el amor: asumiéndolo en paz, sufriéndolo sin resistirse. Esta es la clave de la no-violencia activa que supo vivir Gandhi.  Abrazando la cruz, sufriendo en paz la violencia, es como se logra disipar su poder. Porque la violencia necesita la oposición de una violencia contraria para crecer. Si no la encuentra y sólo golpea, pero en el vacío, sin resistencia, sin objetivo. Para redimir, hay que asumir. No hay otra vía.