miércoles, 8 de abril de 2026

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.


Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).


La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).


La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.


En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.


Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.


Llamamiento


Tras estas últimas horas de gran tensión para Oriente Medio y para todo el mundo, acojo con satisfacción y como señal de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas. Solo mediante la vuelta a las negociaciones se puede llegar al final de la guerra.


Exhorto a acompañar este tiempo de delicado trabajo diplomático con la oración, auspiciando que la disponibilidad al diálogo pueda convertirse en el instrumento para resolver el resto de situaciones de conflicto en el mundo.


Renuevo para todos la invitación a unirse a mí en la Vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril.


Saludos


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María, Reina de todos los Santos, que interceda por nosotros, para que seamos perseverantes y alegres en el camino de la santidad, dando testimonio cada día de nuestra fe en Cristo resucitado. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:


Reflexionamos hoy sobre el capítulo quinto de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la universal vocación a la santidad en la Iglesia, y sobre el capítulo sexto, acerca de la vida consagrada. Según este documento conciliar, la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son el alimento para crecer en una vida santa, es decir, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo.


Las personas consagradas dan testimonio de esta vocación universal a la santidad de toda la Iglesia siguiendo a Cristo de modo radical, por medio de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. La pobreza expresa la confianza total en la Providencia, la obediencia tiene como modelo el don de sí que Cristo hizo al Padre y la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de su Iglesia.

Miércoles de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:

«Míranos».

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios


Salmo 104,R/. Que se alegren los que buscan al Señor


Santo Evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor


Compartimos:

Algunos textos proféticos se ajustan tanto, hasta el detalle, a lo que vivió Jesús, que hay que admitir en ellos algo extraordinario que con nadie mas se ha dado en la historia. En algunas civilizaciones o culturas existen anuncios proféticos, intuiciones o mitos acerca de dioses o reyes. El caso de la Biblia es único por la abundancia y la precisión con que en el Antiguo Testamento se describe lo referido a Jesús


En los Salmos es Cristo mismo quien habla. Cuando el salmista clama desde el dolor, se revela como la voz de Jesús en la cruz o en el Huerto de Getsemaní. En la alabaza, Jesús, aunque sin pecado, carga con las culpas de la humanidad y las presenta ante Dios…


El camino de los de Emaus con el Maestro Resucitado es un modelo de Catequesis. De alguna manera lo recorremos una y otra vez muchos bautizados. Es un camino de aprendizaje, de conocimiento y de reconocimiento gozoso al partir el pan.


Un relato muy hermoso que invita a entrar en el Misterio más sobrecogedor: la presencia de Dios en el pan y el vino, renovando en todo tiempo y en todo lugar el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Quédate con nosotros, la tarde está cayendo…  Limpia en lo más hondo del corazón del hombre tu imagen empañada por la culpa.

martes, 7 de abril de 2026

LA MISIÓN DE SER LIBRES

Por Luis Alberto Gonzalo Díez

Me ocurre con frecuencia. Tengo que reconocer que recibo continuamente el regalo de gente con encanto. Me salen al encuentro. No es, por supuesto, mérito mío, es que, por fin, gradué la vista.


He aprendido a mirar y esa sí es tarea propia. He descubierto que la gracia no está en proyectar lo que llevas, sino en descubrir lo que te viene. Y ahí sí que todo es «gracia tras gracia».


Nos lo decimos muchas veces, pero no es fácil su práctica. Cuando dejas de pensarte, aprendes a pensar; cuando dejas de mirarte, aprendes a ver.


Me estoy encontrando con consagrados y consagradas que tienen encanto. Saben ver y enseñan a mirar. Es verdad que no sucede en el primer golpe de vista… y también es cierto que para descubrirlo hay que saber esperar, conceder tiempo, escuchar y saber contemplar.


Estaba recientemente hablando a una congregación que prepara su capítulo general. Entre las preocupaciones sensatas apareció –siempre aparece– qué hacer y cómo hacer para que toda persona tenga experiencia de misión, también en su etapa de ancianidad. No son pocos los consagrados ancianos, todavía con palabra, que se están quedando sin palabras, en recorridos cada vez más pequeños de sus espacios domésticos de vida. Son muchos los que solo pueden, de vez en cuando, y cuando alguien los escucha, jalear sus recuerdos… cada vez más distantes y distintos del hoy de la vida.


Hay muchas mujeres y hombres consagrados ancianos que, sin embargo, mantienen una frescura intelectual y misionera admirable. Son capaces de agradecer los tiempos nuevos y ver en ellos muchos signos de evangelio. Son los que han entendido que las cosas no son como eran, ni se hacen como se hacían. Son hombres y mujeres de síntesis y han sabido llegar a la esencialidad. Allí donde el pueblo vive el amor, allí vive la fe. No son caminos distintos ni distantes. Son los que saben ver que en cada corazón y su esfuerzo diario está Dios. Los que están al tanto de lo difícil que es llegar a fin de mes; los que agradecen cómo las familias multiplican el tiempo para poder atender, educar y disfrutar juntas. Los que saben alegrarse y llorar con lo que alegra y entristece al pueblo. Son personas que han hecho un buen itinerario personal y han aprendido a lo largo de su vida a querer y desprenderse; a llorar y agradecer; a esperar y salir al encuentro. Los que tienen los sentimientos en su sitio y los han convertido en un potencial de felicidad sorprendente…


Pues en esta estábamos en la reflexión. Y reconozco que me quedaba sin palabras de cómo poder articular esto y proponerlo para que fuese una línea de acción que abra conventos y horizontes. Llegó del descanso. Y al salir a dar un paseo por la ciudad veo, de lejos, a una de las «oyentes». La delató su atuendo y caminar lento. La seguí y vi que entraba a una Iglesia donde había jaleo, mucha gente, ruido, familias enteras, jóvenes… Entró despacito y la recibió un grito espontáneo, «podemos empezar… ya llegó». Ella fue repartiendo besos, preguntando por algún familiar enfermo, escuchando a otra tan anciana como ella lo mucho que le dolía la cadera, felicitando a dos jóvenes que parece habían hecho bien unos exámenes de la facultad. Un poquito más adelante se encontró con dos personas que estaban esperando a la puerta del despacho cerrado de Cáritas… No pude oír lo que le decían, pero si entendí perfectamente su gesto que les indicaba que esperasen. Después de no pocos saludos y encuentros, palabras directas y reconocimientos de rostros e historias, la anciana religiosa consiguió llegar la sala donde estaba una auténtica jauría de monitoras, monitores y adolescentes preuniversitarios que fundamentalmente gritaban y querían que la «abuela religiosa» escuchase cómo había sido su semana. Ahora sí, vi como ella levantaba una mano, les pedía que escuchasen y les dijo: «hoy, en cada grupo, solo vais a comentar, qué os ha pasado bueno esta semana, qué habéis visto y aprendido, y, sobre todo, qué os proponéis para la próxima». Dicho esto, salió saludando a cada uno, con nombre y caricia, y a paso lento y decidido, entró en el despacho de Cáritas, con las dos personas que la esperaban y que también conoce por su nombre. En la puerta seguía poniendo ‘cerrado’. Al verlos entrar, vi que les arrancó una sonrisa… y es que el mejor gesto de caridad y amor es la alegría.


Así, contemplando desde un anónimo banco, entendí que la vida consagrada anciana, por supuesto, es misión, está en misión, y es imprescindible para la misión. Sobre todo, porque es libre.

lunes, 6 de abril de 2026

Martes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,36-41):

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios


Salmo  32,R/. La misericordia del Señor llena la tierra


 Santo Evangelio según san Juan (20,11-18):

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:

«¡María!».

Ella se vuelve y le dice.

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor


Compartimos:

María Magdalena llora ante el sepulcro vacío. Confunde a Jesús con el hortelano hasta que Él la llama por su nombre. Es el evangelio de la intimidad. Una intimidad que no necesita de grandes discursos. Una palabra, un gesto… -María, -Rabbuni. Y basta.


Según algunos especialistas, la forma Rabbuni indica algo más de respeto, admiración, intimidad o afecto que Rabbi. Rabbuni indica una  especie de sufijo como super. Este diálogo escueto con el Resucitado está cargado de contenido. Es una relación personal de Magdalena con el Señor Jesús: el Verbo Encarnado. Alguien que es más que un maestro.


Decía Santa Teresa que orar es tratar de amistad con Quien sabemos nos ama y entre las jaculatorias dirigidas al Corazón de Jesús se cuenta esta: Señor haz que mi corazón se asemeje al tuyo. Se me ocurre que tanto ama Dios a los hombres que inventó la forma de tener un corazón humano… para asemejarse a esas criaturas hechas a su semejanza o mejor, para restablecer aquella primera semejanza.  La fe cristiana tiene estas cosas tan asombrosas que hacen reir. Pedirle a Dios que nos de un corazón semejante al suyo es pedirle que realice lo prometido en el profeta Ezequiel: que arranque el corazón de piedra y nos de un corazón de carne.


La intimidad de Jesús con los suyos lejos de cerrarse en sí, los impulsa a anunciarla. Es más: nos obliga a difundirla. Y así, Magdalena obedece y lleva el mensaje a los discípulos para que se reúnan en Galilea. Y así, para la historia de la Iglesia, María Magdalena se gana el título de “Apostola”, la primera en anunciar el triunfo de la Cruz. Y así los que hemos creído tenemos que comunicar la buena noticia a todos.

Lunes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:

“Veía siempre al Señor delante de mí,

pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón,

exultó mi lengua,

y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,

ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida,

me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios


Salmo 15,R/. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti


 Santo Evangelio según san Mateo (28,8-15):

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:

«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor


Compartimos:

Iniciamos la Octava de Pascua con el sentimiento de gozo y esperanza de la Vigilia Pascual. Durante toda la semana las lecturas remiten al Acontecimiento que sostiene la fe de millones de personas en la tierra. Una fe común, Jesucristo ha resucitado, y muchos matices y sensibilidades para la alegría y la respuesta.


Pedro, cincuenta días después, en Pentecostés, fortalecido por el Espíritu Santo y rodeado de los once, afirma rotundamente que la resurrección es el cumplimiento final del pacto davídico.  La vinculación de Jesús con la estirpe, que establece Pedro, utiliza una lógica jurídica y profética. David no es un simple dato genealógico, sino la piedra angular que sostiene la legitimidad de Jesús como el Mesías prometido. Parece, según el libro de los Hechos, que muchos creyeron al oirle. Y muchos, a través de los siglos,  también creímos.


Pedro fue testigo del sepulcro vacío pero las mujeres, al amanecer del tercer día, vieron y escucharon al mismo Jesús y recibieron su encargo: decid a mis hermanos que vayan a Galilea. ¡Jesús vive, ha vencido a la muerte!


Mateo relata que el hecho portentoso fue negado y combatido desde aquel momento. Y así sigue ocurriéndo. El primer intento de ocultarlo, de evitar que la noticia se difundiera, fue el de los mismos que habían procurado la condena. Sería un escándalo y una verguenza para aquellos principales de la sociedad judía y un riesgo  de muerte para los soldados romanos que custodiaron el sepulcro. ¿Y si alguno de los que nos decimos cristianos estuviéramos ocultando la verdad por miedo?


Porque la fe es un riesgo y proclamar la verdad resulta, en el mejor de los casos, bastante incómodo.


Deberíamos, a lo mejor, conocer y denunciar los ataques a la fe cristiana en y, según nuestras posibilidades, ayudar a las víctimas de la persecución religiosa que se da en nuestro tiempo con más intensidad que nunca.

domingo, 5 de abril de 2026

MENSAJE URBI ET ORBI DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Balcón central de la Basílica Vaticana


Hermanos y hermanas,


¡Cristo ha resucitado! ¡Felices pascuas!


Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es el origen y el fundamento de su fe: «Muerto el que es la vida,  triunfante se levanta. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Rey vencedor, apiádate de la miseria humana» (Secuencia de Pascua).


La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria que ha tenido un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16), tuvo que morir, y morir en una cruz, tras sufrir una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29; 1 P 1,18-19) y así nos liberó a todos, y con nosotros también a toda la creación, del dominio del mal.


Pero, ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, sin volver a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?


Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime.  


Cristo, nuestro «Rey vencedor», combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación (cf. Mt 26,42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no sólo con las palabras, sino con los hechos: para encontrarnos a nosotros, los perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, los esclavos, se hizo esclavo; para darnos vida a nosotros, los mortales, se dejó morir a manos de sus verdugos en la cruz.


La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, reza por quien le ha ofendido.


Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás.


Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.


Hermanos y hermanas, el Señor,con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).


A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.


Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo» (Mensaje Urbi et Orbi, 20 abril 2025).


La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si el morir te causa espanto, ama la resurrección» (Sermón 124,4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.


Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.


En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).


¡Felices pascuas!

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Palabra de Dios


Salmo 117,R/. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4):

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Palabra de Dios


Secuencia


Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.


Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.


Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.


«¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?»

«A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,


los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!


Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua.»


Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.


Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa.


Santo Evangelio según san Juan (20,1-9):

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor


Compartimos:

En las lecturas de hoy podemos ver los esfuerzos de los primeros cristianos por compartir con todos su experiencia de la Resurrección de Cristo, de una manera simple y atractiva. El texto que hoy escuchamos es una especie de “credo”, un anuncio de lo esencial del mensaje del Reino. Se cuentan los inicios de la misión de Jesús y el sentido de su tarea para los pobres. Además, se subraya la tarea de la comunidad y su desarrollo posterior como prueba de su resurrección. Toda la vida apostólica de Jesús se ha juntado en esta charla que está hecha para enseñarle a los nuevos alumnos cómo la tarea del Maestro de Galilea sigue en la obra del grupo.


No se trata de una filosofía, ni de una ideología, ni de un código moral detallado. Se trata del anuncio de los acontecimientos que acabamos de celebrar en la Semana Santa: la vida de Jesús de Nazaret, desde Galilea, al norte del país de los judíos, hasta Jerusalén, la capital. Su predicación y sus milagros como signos de la misericordia de Dios. Su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos, de la cual los apóstoles han sido constituidos testigos fidedignos. A sus oyentes, y a nosotros hoy, Pedro exhorta a creer en Jesucristo para obtener la salvación. Este es el contenido fundamental de nuestra fe, que todos debemos testimoniar gozosamente con nuestra vida y con nuestras palabras. Porque son hechos salvadores, liberadores, por los cuales Dios se nos entrega como Padre, perdonando nuestros pecados y dándole sentido a nuestra vida, a veces tan extraviada y tan sufrida.