jueves, 3 de septiembre de 2026

Jueves de la XXII Semana del Tiempo Ordinario, San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (3,18-23):

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia.» Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.» Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 23,R/. Del Señor es la tierra y cuanto la llena


 Santo Evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»

Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor


Compartimos:

El lago de Genesaret es el escenario de uno de los encuentros más hermosos entre Jesús y sus primeros discípulos. Todo comienza en una jornada aparentemente fracasada. Simón y sus compañeros han trabajado durante toda la noche y regresan con las redes vacías. Conocen bien su oficio y saben que, humanamente, ya no merece la pena volver a intentarlo. Sin embargo, Jesús sube a la barca de Simón y, después de enseñar a la multitud, le hace una petición que parece poco razonable: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar».


La respuesta de Pedro es una lección de confianza. No oculta su cansancio ni su decepción. Expresa con sinceridad lo que ha vivido: «Hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada». Pero añade unas palabras que cambian el rumbo de la historia: «Por tu palabra, echaré las redes». No actúa porque tenga garantías de éxito, sino porque confía en quien se lo pide.


También nosotros conocemos la experiencia de las redes vacías. Hay esfuerzos que parecen no dar fruto, proyectos que se detienen, relaciones que atraviesan dificultades, oraciones que parecen no encontrar respuesta. En esos momentos es fácil pensar que ya no vale la pena seguir intentándolo. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Dios puede abrir caminos precisamente allí donde nosotros solo vemos límites.


La pesca es tan abundante que las redes casi se rompen. Entonces Pedro comprende que está delante de alguien mucho más grande de lo que imaginaba. En lugar de sentirse orgulloso por el éxito, reconoce humildemente su pequeñez: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pero Jesús no se fija en sus límites, sino en todo lo bueno que puede llegar a hacer con él. No le reprocha su fragilidad ni busca personas perfectas. Lo llama a una misión nueva: «Desde ahora serás pescador de hombres».


Ese mismo modo de actuar continúa hoy. El Señor sigue subiendo a la barca de nuestra vida, incluso cuando está desordenada o llena de incertidumbres. Nos invita a confiar más en su palabra que en nuestros cálculos y nos recuerda que la vocación cristiana no nace de nuestros méritos, sino de su llamada. Quien se deja encontrar por Cristo descubre que sus manos, aunque sean frágiles, pueden convertirse en instrumento para llevar esperanza, consuelo y alegría a los demás. “. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.”


¿Cuáles son las «redes vacías» que hoy me cuesta volver a lanzar porque he perdido la esperanza? ¿Estoy dispuesto a confiar en la palabra de Jesús y dejar que Él transforme mis límites en una oportunidad para servir a los demás?

miércoles, 2 de septiembre de 2026

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 1-10) 1. La Iglesia en escucha y al servicio del mundo


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II se propuso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, quiso mostrar su desacuerdo con los «profetas de calamidades», que  «aun en su celo ardiente […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea que se encomendó a los Padres conciliares: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).


Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en ese discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él «tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y se cargó de las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tm 2,6). Ese hecho de compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).


Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).


En ese sentido, la proximidad hacia la humanidad abre la puerta a una lectura más profunda de los acontecimientos e de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes reclama el «deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso de conversión, para dar testimonio de que no se mueve por «ambición terrena alguna», sino que «sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).


No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).


La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner  «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.


En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, en todo nivel, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo […] hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,6-8).


Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María que interceda por toda la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con alegría y esperanza, cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y sepa guiar a todos hacia Cristo, «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:


Continuamos nuestro ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, cuyo tema central es la Iglesia en el mundo actual.


Este documento nos dice que los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo (cf. GS 1). Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.


Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar, acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.

Miércoles de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (3,1-9):

Hermanos, no pude hablaros como a hombres de espíritu, sino como a gente carnal, como a niños en Cristo. Por eso os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora, que seguís los instintos carnales. Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y que procedéis según lo humano. Cuando uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no estáis procediendo según lo humano? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Ministros que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; por tanto, el que planta no significa nada ni el que riega tampoco; cuenta el que hace crecer, o sea, Dios. El que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad


Santo Evangelio según san Lucas (4,38-44):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.

De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.

Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.»

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor


Compartimos:

El Evangelio de hoy nos permite acompañar a Jesús en una jornada intensa. Después de enseñar en la sinagoga, entra en la casa de Simón y se encuentra con una realidad muy cotidiana: una mujer enferma, incapaz de levantarse por la fiebre que la consume. Jesús no pasa de largo ni considera que aquel problema sea demasiado pequeño para ocupar su atención. Se acerca, se inclina sobre ella y la toma de la mano. La enfermedad desaparece y, enseguida, aquella mujer se pone a servir.


Es un detalle lleno de significado. El encuentro con Jesús no solo devuelve la salud, sino también la capacidad de amar y de ponerse al servicio de los demás. La verdadera curación siempre nos impulsa a salir de nosotros mismos. Cuando experimentamos el amor de Dios, nace en el corazón el deseo de compartirlo.


Al caer la tarde, la casa se llena de personas que buscan a Jesús. Llegan enfermos, afligidos, personas heridas por el dolor y la incertidumbre. Nadie queda excluido de su mirada. El Señor dedica tiempo a cada uno, escucha, toca, cura y devuelve la esperanza. No actúa con prisas ni establece diferencias entre unos y otros. Para Él, cada persona tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece ser acogida.


Sin embargo, después de una jornada tan intensa, Jesús busca un lugar apartado para orar. Este detalle es especialmente importante. Su fuerza no nace del éxito ni del reconocimiento de la gente, sino de la profunda comunión con el Padre. Antes de seguir anunciando el Reino, necesita el silencio, la escucha y la oración. Nos enseña así que la misión pierde su sentido cuando deja de alimentarse del encuentro con Dios


Cuando la gente intenta retenerlo, Jesús responde que debe continuar su camino porque ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia también en otros lugares. El amor de Dios no puede encerrarse entre cuatro paredes ni reservarse para unos pocos. Siempre está en salida, buscando nuevos corazones que necesiten esperanza. Eso nos afecta a nosotros, porque también “nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.”


También nosotros corremos el riesgo de querer un Jesús que permanezca donde nos sentimos cómodos, mientras Él nos invita constantemente a mirar más allá de nuestro pequeño mundo. Nos llama a acercarnos a quien sufre, a cuidar con ternura a quienes la vida ha debilitado y, al mismo tiempo, a encontrar espacios de silencio donde renovar nuestra relación con Él. Solo desde esa experiencia de encuentro podremos ser auténticos testigos de su amor en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en cada rincón de nuestra vida cotidiana.


¿Qué personas necesitan hoy que me acerque a ellas con la misma compasión con la que Jesús se acercó a los enfermos? ¿Estoy cuidando mi tiempo de oración para que mi servicio a los demás brote verdaderamente del encuentro con el Señor?

martes, 1 de septiembre de 2026

Juan Jesús Vivas: "Esta ciudad está triste porque ha perdido lo que era, su forma de vida"

El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha afirmado que "esta ciudad está indignada por el comportamiento que ha tenido el Gobierno de la nación y está preocupada porque no sabe si se volverá a repetir, y porque viven en una situación de muchísimo riesgo". En declaraciones al Telediario 2, en TVE, Vivas ha reconocido que "esta ciudad está triste porque ha perdido lo que era, su forma de vida". También ha trasladado el descontento de la población con el Gobierno de la nación:
"Estamos viviendo una situación excepcional; la ley española no tiene respuesta para que haya una respuesta inmediata. Incluso aplicando la legislación ordinaria, se pueden acelerar los procesos de devolución si se emplean los medios necesarios".

Las monjas Dominicas
Nos unimos a todos los de Ceuta y Melilla, para que puedan restablecer sus vidas cotidianas en paz y que colaboren para superar esta situación tan violenta para todos. Que el gobierne actúe en bien de la ciudad y pueda restablecer el orden.

Martes de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2,10b-16):

El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?» Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

Palabra de Dios


Salmo 144, R/. El Señor es justo en todos sus caminos


Santo Evangelio según san Lucas (4,31-37):

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!»

El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.»

Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor


Compartimos:

Jesús llega a Cafarnaún y continúa haciendo aquello para lo que ha sido enviado: anunciar la Buena Noticia y devolver la esperanza a quienes la habían perdido. Nada detiene su misión. Sin límites geográficos o nacionales, con ambiciones católicas, o sea universales. En la sinagoga, su enseñanza llama la atención porque no se parece a la de los maestros de la época. Sus palabras no son teorías ni discursos vacíos; nacen de una vida totalmente unida al Padre y tienen la fuerza de tocar el corazón de las personas.


Esa misma autoridad se manifiesta cuando libera a un hombre dominado por un espíritu inmundo. Mientras el mal intenta imponerse con gritos y confusión, Jesús actúa con serenidad. No necesita levantar la voz ni recurrir a gestos espectaculares. Basta una palabra suya para que el hombre recupere la libertad. Allí donde Jesús está presente, el mal pierde terreno y la vida vuelve a abrirse camino.


Este Evangelio también habla de nosotros. Aunque no experimentemos situaciones como la que describe el relato, todos conocemos esas esclavitudes interiores que nos impiden vivir con paz: el miedo, el rencor, la desesperanza, la falta de perdón, el egoísmo o la sensación de que nada puede cambiar. Son cargas que, poco a poco, nos roban la alegría y la confianza.


La buena noticia es que Cristo sigue pronunciando hoy una palabra capaz de liberarnos. Lo hace cuando escuchamos el Evangelio con el corazón abierto, cuando celebramos los sacramentos, cuando alguien nos ofrece una mano en un momento difícil o cuando descubrimos que Dios no se cansa de buscarnos una y otra vez. Su autoridad no nace del poder, sino del amor que devuelve la dignidad a cada persona. El Espíritu viene en nuestra ayuda, “el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.”


Quizá el mayor milagro que Jesús quiere realizar en nuestra vida sea liberarnos de todo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos. Si le dejamos entrar, también nosotros podremos convertirnos en instrumentos de esperanza y de paz para quienes nos rodean. Aunque nos parezca que no sabemos o no podemos, o que “eso no es para nosotros”.


¿De qué ataduras necesito pedir hoy a Jesús que me libere para vivir con más paz y confianza? ¿Qué palabra o gesto puedo ofrecer esta semana para ayudar a otra persona a experimentar el amor liberador de Dios?

lunes, 31 de agosto de 2026

Un sacerdote de Ceuta recuerda el orden que exige la caridad:

 «Uno atiende antes a su prójimo, el ceutí, que al que no lo es»

El sacerdote Jesús Francisco Molina, vicario parroquial del Santuario de Santa María de África de Ceuta, ha recordado que la Iglesia «no es una ONG» y ha defendido que, ante unos recursos limitados, la caridad exige también una jerarquía en su distribución. «Uno atiende antes a su prójimo, que es el próximo, el que tiene al lado, el ceutí, antes que al que no lo es», afirmó al ser preguntado por la asistencia a los inmigrantes que permanecen en Ceuta.


Las declaraciones llegan después de varios días de tensión en la ciudad autónoma por la permanencia de miles de inmigrantes que entraron desde Marruecos a finales de julio. Este jueves, centenares de vecinos bloquearon durante más de dos horas un camión de Cruz Roja para impedir que llevara alimentos a los inmigrantes instalados en la playa del Trampolín, al considerar que mantener la asistencia favorece que permanezcan en la ciudad. La Policía intervino finalmente para permitir el reparto y, horas después, se produjeron nuevos incidentes cuando grupos de manifestantes acudieron a varios asentamientos.


«Hay que decir primero que la Iglesia no es una ONG», respondió el sacerdote, antes de precisar que la atención al necesitado es una de sus principales tareas, pero no constituye su misión primordial.


«La función principal [de la Iglesia] no es la de atender al necesitado; es una de las principales, desde luego, pero la Iglesia está para atender a su pueblo en las necesidades sobrenaturales que tiene que administrar: los sacramentos, la predicación, la sustentación del pueblo de Dios», explicó.


«No tiene recursos suficientes para ayudar a los que han entrado»

Molina dejó claro que esta prioridad no supone desentenderse de quienes necesitan asistencia. «Desde luego que si está en nuestra mano ayudar al necesitado lo vamos a hacer», afirmó, antes de señalar los límites de los recursos disponibles ante la actual situación.


«En la situación en la que estamos, naturalmente que no son suficientes los recursos que tenemos, no ya la Iglesia, sino Ceuta; y la Iglesia, como parte de Ceuta, no tiene recursos suficientes para ayudar a los que han entrado».


El sacerdote recordó además que las necesidades asistenciales de la ciudad son anteriores a la crisis migratoria: «Nosotros también teníamos pobres aquí antes a los que atender y ya nuestros recursos [eran] limitados para eso».


Lea también: «La invasión de Ceuta es un test»: Argüello lleva la «biopolítica» al debate eclesial sobre la inmigración ilegal


«Es la caridad la que exige esa jerarquía»

Al abordar cómo distribuir la ayuda disponible, Molina apeló expresamente al orden de la caridad y rechazó que la atención a los recién llegados deba hacerse a costa de retirar recursos a las personas necesitadas de Ceuta.


«Si además tenemos que arrancar de nuestros propios pobres, de nuestra propia gente necesitada, los recursos que ya poseemos, nos encontramos en una situación mucho más complicada», explicó.


El sacerdote concluyó su razonamiento con la afirmación que resume su posición: «Es la caridad la que exige esa jerarquía. Uno atiende antes a su prójimo, que es el próximo, el que tiene al lado, el ceutí, antes que al que no lo es».


Las instituciones de la Iglesia local participan desde el inicio de la crisis en la asistencia a los inmigrantes. Parroquias, Cáritas y otras entidades eclesiales han colaborado en la atención de las necesidades surgidas tras las entradas desde Marruecos.


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De la Física y el Piano al sacerdocio

Jesús Francisco Molina nació en San Fernando (Andalucía) en 1998 y fue ordenado sacerdote de la diócesis de Cádiz y Ceuta el 30 de septiembre de 2023, cuando tenía 25 años, convirtiéndose entonces en el presbítero más joven de la diócesis.


Antes de ingresar en el Seminario tenía previsto estudiar Física en la Universidad de Sevilla. Alumno de altas capacidades, comenzó a estudiar Piano a los cuatro años. Su interés por el órgano de la Catedral de Cádiz terminó poniéndolo en contacto con los seminaristas y con el sacerdote Andrés Muñoz, que se convirtió en su confesor.


En una entrevista concedida a Diario de Cádiz con motivo de su ordenación, Molina situó el momento decisivo de su vocación el 25 de febrero de 2016, cuando todavía era adolescente y se encontraba ya en proceso de discernimiento. Durante una Misa, relató, «percibí clarísimamente que decir sí al sacerdocio era en realidad el acto absoluto de libertad que podía hacer en mi vida».


Finalmente ingresó en el Seminario Diocesano y durante sus ocho años de formación continuó tocando el órgano de la Catedral. «Parece raro adquirir un compromiso tan grande con tan corta edad», reconocía antes de su ordenación, pero añadía: «Ahora es cuando uno tiene tanto que ofrecer, tiene toda una vida por delante para entregarse. Hay que ser generoso, en este caso con el amor de Dios».

informa infovaticana

 Lunes de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-5):


Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 118,R/. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!


Santo Evangelio según san Lucas (4,16-30):

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»

Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay escenas del Evangelio que sorprenden porque muestran que seguir a Jesús no siempre resulta cómodo. Porque no todo es como creemos. A veces, las cosas no son como parecen. Jesús regresa a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Todos lo conocen desde pequeño y esperan escuchar palabras que les llenen de orgullo. En la sinagoga lee un texto del profeta Isaías que anuncia la llegada del tiempo de la salvación y, después, pronuncia una frase que cambia por completo el ambiente: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».


Al principio, quienes lo escuchan quedan admirados. Sin embargo, esa admiración dura poco. Cuando Jesús les recuerda que Dios no actúa según nuestros esquemas y que su amor alcanza también a quienes son considerados extraños o enemigos, el entusiasmo se convierte en rechazo. Aquellos vecinos que lo habían recibido con agrado terminan expulsándolo del pueblo.


Este relato nos recuerda una verdad muy humana. Nos encanta un Dios que confirme nuestras ideas y bendiga nuestros planes, pero nos cuesta aceptar que su mirada es mucho más amplia que la nuestra. Jesús rompe fronteras, derriba prejuicios y nos invita a descubrir que nadie queda fuera de la misericordia de Dios. Incluso aquellos a los que nos cuesta trabajo mirarlos.


También nosotros podemos caer en la tentación de pensar que conocemos perfectamente a Jesús, simplemente porque hemos convivido con el Evangelio desde hace años. Nos suenan las lecturas, conocemos los ritos y algo podemos decir de la vida de Jesús. Pero conocer datos sobre Él no es lo mismo que dejarse transformar por su palabra. Cada vez que escuchamos el Evangelio tenemos la oportunidad de permitir que Dios ensanche nuestro corazón y nos ayude a mirar a los demás con más compasión, menos etiquetas y una esperanza renovada.


La reacción de los habitantes de Nazaret nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger un mensaje que cuestione nuestras seguridades. La fe madura precisamente cuando dejamos que el Señor nos sorprenda y nos conduzca por caminos nuevos, incluso cuando no coinciden con nuestras expectativas. Recordando las palabras de Pablo, “con la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”


¿Estoy dispuesto a dejar que la Palabra de Dios cambie mis prejuicios y mis formas de pensar? ¿A qué personas o situaciones me invita hoy Jesús a mirar con la misma misericordia con la que Dios las contempla?