martes, 24 de febrero de 2026

Lecturas del Martes de la I Semana de Cuaresma

 Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (55,10-11):

Esto dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,

y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,

de fecundarla y hacerla germinar,

para que dé semilla al sembrador

y pan al que come,

así será mi palabra que sale de mi boca:

no volverá a mí vacía,

sino que cumplirá mi deseo

y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios


Salmo 33,R/. El Señor libra de sus angustias a los justos


Santo Evangelio según san Mateo (6,7-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:

“Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu nombre,

venga a nosotros tu reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,

danos hoy nuestro pan de cada día,

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal”.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra del Señor


Compartimos:

He preguntado a la inteligencia artificial el número de Padrenuestros que se recita diariamente en el mundo. Me dice que puede estimarse entre 1.500 y 2.500 millones. También me dice que donde más se reza es en África, especialmente en Nigeria y Uganda. Sigue la lista con Hispanoamérica y Estados Unidos. Europa va bastante por debajo… Y así, muchos datos más que indican que es la oración que bate todos los récords.


En lo alto del Monte de los Olivos, en Jerusalén, se alza la Iglesia del Paternoster y en el claustro y espacios anejos, la oración está grabada en azulejos en 140 idiomas… El lugar, dice la tradición, es precisamente dónde los discípulos pidieron al Maestro que les enseñara a orar.

Es seguro que, además de recitado, supera en comentarios a cualquier otro texto de cualquier género y de cualquier creencia. Así que ¿qué puedo escribir yo que no haya sido escrito mejor por cientos de autores (creyentes o no) y cientos de santos, desde Gregorio de Nisa hasta Carlo Acutis?…


Bueno, me limitaré a recomendar el comentario de San Agustín, que define la oración como “itinererio de la felicidad”, con un subrayado en el “nosotros”, desde la primera frase. Dios es nuestro Padre y esto nos hace hermanos por gracia. Al rezar, aunque lo hagamos solos y no en grupo, el Padre nuestro nos sitúa en la comunidad de fe, pero también en la comunidad humana, como hermanos, hijos del Padre Creador, hermanos de Jesús el Hijo y corazones que pueden ser habitados por el Espíritu Santo. Que pidamos la gracia de decirlo, no mecánicamente, sino “acariciando” amorosa y agradecidamente cada palabra.

domingo, 22 de febrero de 2026

Lunes de la I Semana de Cuaresma. San Policarpo, obispo y mártir

Primera Lectura

Lectura del libro del Levítico (19,1-2.11-18):

EL Señor habló así a Moisés:

«Di a la comunidad de los hijos de Israel:

“Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.

No robaréis ni defraudaréis ni os engañaréis unos a otros.

No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.

No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero.

No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.

No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo.

No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.

No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.

No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”».

Palabra de Dios


Salmo 18,R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida


Santo Evangelio según san Mateo (25,31-46):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.

Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha:

“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a yerme”.

Entonces los justos le contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.

Y el rey les dirá:

“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Entonces dirá a los de su izquierda:

“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.

Entonces también estos contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.

Él les replicará:

“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.

Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

Palabra del Señor


Compartimos:

Salta a la vista la relación estrechísima entre las lecturas de hoy del Levítico y del Evangelio de Mateo. Digamos que las dos se refieren al núcleo esencial de la existencia cristiana. Hablan del amor… O mejor del Amor que incide en toda nuestra vida y santifica, nos hace santos.

La primera lectura, después de describir las conductas que hay que erradicar, siempre precedidas de un “No” rotundo, concluye con una afirmación: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y la razón para hacerlo es que quien habla es el Señor. Y como nos dirá Juan en su Evangelio “Dios es amor” y nos ha creado a su imagen.


Casi tres milenios después el mandato sigue vigente, solo que hemos enredado tanto con las palabras que es posible que el término se haya distanciado o extraviado demasiado de su sentido primero. Hace unos años, creo, se estrenó una película cuyo título era Por qué lo llamamos amor si queremos decir sexo. Cambiando la última palabra hagamos el ejercicio de preguntarnos por las segundas intenciones que tenemos a veces cuando actuamos supuestamente por amor. Las respuestas pueden ser variadas: para reforzar nuestra autoestima, para ser admirados, para sentirnos buenas personas, para que nos aplaudan, para alardear discretamente de alguna superioridad moral, para sentirnos dentro del grupo de los “buenos”, para contarnos entre los elegidos…


La segunda lectura nos da la clave para amar al prójimo con un corazón limpio. Jesús anuncia su venida en su gloria cuando separará a los que hicieron el bien de los que no lo hicieron, con una fórmula luminosa: Él es la medida porque cada vez que hicimos algo bueno por el prójimo lo hicimos por Él.


Tenemos que aprender a ver al Señor en el hambriento, el enfermo, el necesitado, el pobre. Y para aprender con verdad a verlo, necesitamos de su gracia. Resumiendo: actuemos por amor y con amor en defensa y para hacer el bien a quienes necesitan nuestra ayuda, teniendo impresa en el corazón la imagen de Jesucristo, el Señor.

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!


Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.


La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.


Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.


Por eso, san Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini, 17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros.


En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz” (cf. Sermón 206,3).


A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.   


Queridos hermanos y hermanas:


Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra contra Ucrania. Mi corazón sigue la dramática situación que todos tenemos ante nuestros ojos: ¡cuántas víctimas, cuántas vidas y familias destrozadas, cuánta destrucción, cuánto sufrimiento indecible! En verdad, toda guerra es una herida infligida a la familia humana: deja tras de sí muerte, devastación y un rastro de dolor que marca a generaciones.


La paz no puede posponerse, es una necesidad urgente, que debe encontrar espacio en los corazones y traducirse en decisiones responsables. Por eso renuevo con fuerza mi llamamiento: que callen las armas, que cesen los bombardeos, que se llegue sin demora a un alto el fuego y que se refuerce el diálogo para abrir el camino a la paz.


Invito a todos a unirse en la oración por el martirizado pueblo ucraniano y por todos los que sufren a causa de esta guerra y de todos los conflictos en el mundo, para que brille en nuestros días el tan esperado don de la paz.


Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma, peregrinos italianos y de diversos países.


Bendigo de corazón a las Hermanas Obreras de Jesús, en el centenario de la fundación de su Instituto. Saludo a la Escuela de San José Calasanz de Prievidza, en Eslovaquia, y renuevo mi apoyo a las asociaciones que se comprometen a afrontar juntas las enfermedades raras.


Saludo al grupo del Apostolado de la Oración de Biella, a los fieles de Nicosia, de Castelfranco Veneto y del Decanato de Melegnano; a los confirmandos de Boltiere, a los jóvenes de la Comunidad pastoral Santa María Magdalena de Milán y a los scouts de Tarquinia.


Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino cuaresmal.

sábado, 21 de febrero de 2026

Domingo 1 (Ciclo A) de Cuaresma

 1ª Lectura (Gén 2,7-9; 3,1-7):

 El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.


La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?». La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: ‘No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis’». La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».


Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 50 R/. Misericordia, Señor: hemos pecado.


2ª Lectura (Rom 5,12-19):

 Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron. Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.

Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia. Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.

Palabra de Dios


Versículo antes del Evangelio (Mt 4,4):

 No de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.


Santo Evangelio (Mt 4,1-11):

 En aquel tiempo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas Él respondió: «Está escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’».


Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le dijo: «También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».


Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto’». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Palabra de Dios

Compartimos:

 El Evangelio nos lleva al desierto: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). No es un paseo espiritual; es el lugar donde se desenmascaran nuestras dependencias. El tentador empieza por lo básico: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). La propuesta parece razonable: resolver la necesidad ya. Pero Jesús responde con una libertad que nace de la confianza: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).


La segunda tentación es más sutil: buscar a Dios como espectáculo, obligándolo a probarse. También a nosotros nos tienta una “fe de pruebas”: si me respondes, creo; si no, me cierro. Jesús no negocia con el Padre ni manipula lo sagrado.


Y, cuando llega la tercera tentación (poder, control, éxito…), el Señor corta de raíz: «Apártate, Satanás» (Mt 4,10), y fija el centro de la vida: «Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto». Esta frase es medicina para una cultura que nos empuja a vivir para el aplauso, el consumo y la autosuficiencia.


Esta Cuaresma no es para soportar cuarenta días, sino para aprender la libertad de Jesús. Ayuna para que tu corazón deje de obedecer a lo inmediato. Reza para escuchar la Palabra que te sostiene. Y, si te descubres intranquilo, recuerda a san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Como ha dicho el Papa León XIV: «Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá!».


El Evangelio termina con una promesa: «Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían» (Mt 4,11). Caminemos sin miedo: el desierto no es la última palabra; es el camino hacia una adoración más pura que nos hace libres.

Sábado después de Ceniza. San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (58,9b-14):

Esto dice el Señor:

«Cuando alejes de ti la opresión,

el dedo acusador y la calumnia,

cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo

y sacies al alma afligida,

brillará tu luz en las tinieblas,

tu oscuridad como el mediodía.

El Señor te guiará siempre,

hartará tu alma en tierra abrasada,

dará vigor a tus huesos.

Serás un huerto bien regado,

un manantial de aguas que no engañan.

Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas,

volverás a levantar los cimientos de otros tiempos;

te llamarán “reparador de brechas”,

“restaurador de senderos”,

para hacer habitable el país.

Si detienes tus pasos el sábado,

para no hacer negocios en mi día santo,

y llamas al sábado “mi delicia”

y lo consagras a la gloria del Señor;

si lo honras, evitando viajes,

dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos,

entonces encontrarás tu delicia en el Señor.

Te conduciré sobre las alturas del país

y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.

Ha hablado la boca del Señor».

Palabra de Dios


Salmo 85,R/. Enséñame, Señor, tu camino,para que siga tu verdad


Santo Evangelio según san Lucas (5,27-32):

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:

«Sígueme».

Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús:

«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»

Jesús les respondió:

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».

Palabra del Señor


Compartimos:

¿Cuál es la actitud de Jesús ante el pecado? A veces, a causa de la confrontación con los fariseos y los escribas, que se consideraban justos, podemos tener la impresión que Jesús acogía a los pecadores sin más, en su condición de pecadores, y sin más exigencias. Pero esto no es así. Dios odia el pecado, pero ama al pecador. Porque el pecado nos mengua, nos limita y puede llegar a destruirnos. El amor al pecador significa llamar a la conversión. Y la conversión no es sólo la voluntad de renunciar al mal, como suena la fuerte llamada de Isaías, sino ponerse en el camino del bien. De ahí que Jesús no se acerque a Leví y le suelte un discurso moralizante, haciéndole ver el mal que está haciendo, para que deje ese estilo de vida, sino que lo llama directamente al seguimiento, a convertirse en un apóstol, en un enviado de la buena noticia del Evangelio. Jesús no sólo venda las heridas, sino que, como buen médico, restablece la salud; no se limita a denunciar el mal, sino que llama a un ideal de Bien absoluto. En la respuesta de Jesús a los fariseos y escribas suena también esa misma llamada. El mal de estos pretendidos justos es más grave, porque está escondido bajo una capa de aparente virtud. Pero también a ellos se dirige la llamada a la conversión y la oferta de curación.


Nosotros somos en ocasiones como Leví, sentados en nuestra mesa de impuestos, en nuestro pequeño mundo de intereses pequeños, a veces mezquinos, con sus inquinas y sus malas costumbres, pero que se han convertido en nuestra cotidianidad. Y a esa mesa se acerca Jesús para que demos un paso, para que iniciemos un camino. Y no debemos buscar la excusa de que, en realidad, nosotros ya estamos convertidos y ya hemos respondido a la llamada, pues llevamos un vida pasablemente cristiana. Si es así, podemos vernos en los escribas y fariseos, y escuchar la incómoda crítica de Jesús: no nos creamos justos, porque también los que se consideran así están necesitados de conversión, tal vez más que los que cometen pecados patentes, también a esos (a nosotros) les dice Jesús “sígueme”.


Y no olvidemos que la respuesta a la llamada es el preludio de una gran fiesta.

viernes, 20 de febrero de 2026

Lecturas del Viernes después de Ceniza

Primera Lectura

Lectura del libro de lsaías (58,1-9a):

Esto dice el Señor Dios:

«Grita a pleno pulmón, no te contengas;

alza la voz como una trompeta,

denuncia a mi pueblo sus delitos,

a la casa de Jacob sus pecados.

Consultan mi oráculo a diario,

desean conocer mi voluntad.

Como si fuera un pueblo que practica la justicia

y no descuida el mandato de su Dios,

me piden sentencias justas,

quieren acercarse a Dios.

“¿Para qué ayunar, si no haces caso;

mortificarnos, si no te enteras?”

En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios

y apremiáis a vuestros servidores;

ayunáis para querellas y litigios,

y herís con furibundos puñetazos.

No ayunéis de este modo,

si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.

¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:

inclinar la cabeza como un junco,

acostarse sobre saco y ceniza?

¿A eso llamáis ayuno,

día agradable al Señor?

Este es el ayuno que yo quiero:

soltar las cadenas injustas,

desatar las correas del yugo,

liberar a los oprimidos,

quebrar todos los yugos,

partir tu pan con el hambriento,

hospedar a los pobres sin techo,

cubrir a quien ves desnudo

y no desentenderte de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora,

enseguida se curarán tus heridas,

ante ti marchará la justicia,

detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor y te responderá;

pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Palabra de Dios


Salmo 50,R/. Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias


Santo Evangelio según san Mateo (9,14-15):

EN aquel tiempo, os discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:

«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».

Jesús les dijo:

«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor

Compartimos:

Muchos identifican el tiempo de Cuaresma con el ayuno, hasta el punto de que en la tradición oriental este tiempo se llama también “el gran ayuno”. Pero el ayuno como tal es algo relativo y secundario, aunque también sea una práctica religiosa venerable. No es extraño que, al comienzo de la Cuaresma, ya el miércoles, Jesús no nos diga que debamos ayunar (y orar y dar limosna), sino cómo debemos hacerlo para que esas prácticas realicen su verdadero sentido, y cómo no, para que no se conviertan en un ejercicio de hipocresía. Isaías fustiga con dureza esa hipocresía, que se cree con derecho de exigir a Dios, en virtud de prácticas acompañadas de actitudes inmorales. Como vemos en el Evangelio de hoy, Jesús relativiza el ayuno, que tanto practicaban los fariseos y los discípulos de Juan, haciéndoles ver algo esencial que se escapaba a sus interlocutores. El ayuno es una privación voluntaria como preparación de algo que se espera. Y Jesús afirma que si sus discípulos no ayunan es porque aquello, o mejor, Aquel al que esperaban ya ha llegado. Se han inaugurado los tiempos mesiánicos, y, por tanto, no es tiempo de renuncias, sino de escucha. Más que renunciar al alimento, es necesario aceptar a Jesús, escuchar su palabra, hacer de ella la norma de nuestra vida. Jesús, el esposo, está entre nosotros, y no debemos distraernos en otras prácticas, por muy sagradas que sean. Es necesario primero prestar atención a lo fundamental, como nos lo recuerda también Isaías: practicar la justicia, oponerse a la injusticia, estar atentos a las necesidades de los que sufren. Y es entonces, cuando nos dedicamos a practicar las obras de la justicia y la misericordia, cuando el ayuno vuelve a aparecer con todo su sentido. Vivir de acuerdo con la Palabra de Jesús significa, con frecuencia, renunciar a algo (alimento, tiempo, dinero, medios…) a lo que tengo derecho, para hacer el bien. Y esa identificación con el Jesús que sufre significa aceptar su cruz, que es a lo que alude Jesús cuando alude al esposo que será arrebatado.


jueves, 19 de febrero de 2026

Lecturas del Jueves después de Ceniza

Primera Lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (30,15-20):

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.

Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.

Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios


Salmo 1 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor


Santo Evangelio según san Lucas (9,22-25):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Entonces decía a todos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor


Compartimos:

La alternativa que propone Moisés es un lúcido resumen de la vida misma. Los dos caminos que presenta al pueblo de Israel, recomendándole elegir el de la vida, el bien y la bendición, y rechazar con decisión el de la muerte, que es el del mal y la maldición, representan la encrucijada en la que nos encontramos siempre. En principio, la elección parece clara. ¿Quién quiere la muerte o la maldición? Todos estamos habitados por un deseo casi instintivo de vida y de bendición. Y como es el bien lo que conduce a ellas, la cosa es evidente.


Pero sabemos que, en la práctica, la elección no es tan sencilla. En primer lugar, porque ese camino que lleva a la vida y la bendición no es un camino directo. Con frecuencia la consecución de bienes que satisfacen nuestras necesidades reales nos inclina a tomar decisiones o realizar acciones que nosotros mismos reconocemos como incorrectas. Son situaciones de conflicto moral (y religioso) que nos ponen a prueba. Pero es que, además, el mal se disfraza muchas veces de bien, bajo los ropajes de lo “permitido”, del “derecho” que creo tener, y de muchas otras formas, de modo que nos parece que actuar así no sólo es un mal menor para la consecución de un cierto bien, sino que es precisamente lo que debemos hacer. Pero las malas consecuencias de esas decisiones equivocadas siempre acaban llegando, a veces ya en esta vida, o, si no es así, en ese tribunal de Dios ante el que todos deberemos comparecer.


Jesús, que es el camino y la verdad que llevan a la vida, no nos engaña. Nos recuerda que no hay atajos, y que el camino del bien es empinado, y la puerta que lleva a la vida es estrecha. Es el camino de la cruz. Pero, cuidado, este camino no es el del sufrimiento por el sufrimiento, ni es la negación de las alegrías de la vida. Es, sencillamente, el camino del amor. El amor verdadero es esforzado, conoce renuncias, está dispuesto a sufrir por la persona amada. Dar la vida por amor es el mejor modo de ganarla. Porque dándola, damos vida a otros, y perdiéndola (en las grandes y pequeñas renuncias que el amor nos exige) abrimos espacio en nosotros para recibir el gran don del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús, que no solo nos exhorta, sino que él mismo ha recorrido ese camino, para que nosotros podamos seguirlo.