jueves, 12 de febrero de 2026

Lecturas del Jueves de la V Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (11,4-13):

Cuando el rey Salomón llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre. Salomónón siguió a Astarté, diosa de los fenicios, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor como su padre David. Entonces construyó una ermita a Camós, ídolo de Moab, en el monte que se alza frente a Jerusalén, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo otro tanto para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses. El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden.

Entonces el Señor le dijo: «Por haberle portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.»

Palabra de Dios


Salmo 105,R/. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo


Santo Evangelio según san Marcos (7,24-30):

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.

Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.»

Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.»

Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

Palabra del Señor


Compartimos:

Pero, en estos dos relatos de hoy, ¿quién sale ganando? Salomón tenía el favor de Dios. Había pedido sabiduría y se le había concedido. Tenía riquezas, cortesanos, y todo lo que pudiera desear. Y sin embargo, las riquezas lo estaban separando de Dios, que debería ser su único tesoro. Por contraste, a la mujer la empujan unas migajas caídas al suelo… empujan a su corazón a acercarse a Dios. Y, paradójicamente, ella no tenía el favor de Dios. O no se suponía que lo tuviera, por ser extranjera.


En una visión conjunta de estas dos lecturas, parece que la riqueza aparta, mientras que las migajas acercan. No se trata solamente de riquezas o migajas materiales. Se trata de toda una actitud de corazón. Es la autosuficiencia contrastada con la humildad y la valentía del reconocimiento de la propia realidad. Es la autosuficiencia que lleva a creer que uno lo puede todo frente a la fe en el único Dios. “Grande es tu fe”, le dice Jesús a la mujer después de una conversación irónica por la que Él quiere demostrar a sus discípulos que la salvación es para todos los pueblos. Jesús presenta un reto y ella le responde con la verdad. Lo dijo santa Teresa siglos más tarde: “la humildad es la verdad”. La mujer no se arredra porque intuye, muy agudamente, el juego de Jesús. Y tiene la fuerza y la audacia de la fe. Salomón hubiera aducido que él era el rey, que tenía derecho a todo. La mujer solo trae el “derecho de los perrillos a la mesa de su señor”. Es una preciosa declaración de reconocimiento del poder del Señor y de la propia dependencia.


Salomón deja que su corazón se aparte y se aferre a sus riquezas y posición y, como resultado, pierde su identidad. La mujer deja que su corazón se aferre a lo único importante, porque una migaja de eso es más grande que toda riqueza y recibe así una nueva identidad como parte del Pueblo de Dios. Es recibida y reconocida. En cambio, Salomón, a quien tanta sabiduría se le había concedido, ha entrado en el reino de los necios.

miércoles, 11 de febrero de 2026

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEON XIV

Aula Pablo VI

Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución dogmática Dei Verbum 5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


En la catequesis de hoy nos detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei Verbum, en el capítulo sexto. La Iglesia es el lugar proprio de la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad cristiana tiene, por así decir, su habitat: efectivamente, en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado y manifestar su fuerza.


El Vaticano II recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia». Además, «siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).


La Iglesia nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio, un momento muy importante a este respecto fue la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió sus frutos en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), en la que afirma: «Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. […] El lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia» (n. 29).


Por tanto, la Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios. «La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de Cristo» [1]. Esta célebre frase de san Jerónimo nos recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios; relación que puede ser entendida como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos presenta la Revelación precisamente como un diálogo en el que Dios habla a los hombres como a amigos (cfr. DV, 2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros.


La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología, que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de ocupar el puesto central.


Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas.


Queridos, viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la mente para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia.


[1] S. Jerónimo,  Comm. in Is., Prol.:  PL 24, 17 B.


Saludos 


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Me uno espiritualmente a cuantos hoy se reúnen en Chiclayo, Perú, para celebrar solemnemente la Jornada Mundial del Enfermo y confío a todos, especialmente a los enfermos y a sus familiares, a la protección maternal de la Santísima Virgen María. Bajo su amparo también encomiendo a las víctimas y a todos los afectados por las graves inundaciones en Colombia, mientras exhorto a toda la comunidad a sostener con la caridad y la oración a las familias damnificadas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:


La Constitución dogmática Dei Verbum reflexiona sobre el vínculo profundo que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia. La Biblia tiene su origen en el Pueblo de Dios, y a él va dirigida; esto significa que su fuerza y su significado se manifiestan plenamente en la vida y en la fe de la comunidad cristiana.


La Iglesia anhela que todos sus miembros conozcan la Palabra de Dios y se alimenten de ella, para que se encuentren con Cristo y puedan dialogar con Él. Pero, además, la Palabra de Dios impulsa a la comunidad eclesial a salir más allá de sí misma y a ser misioneros de la Buena Noticia hasta los confines de la tierra.


En la Iglesia se aprende que Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne, nuestro Salvador. Por eso, todos los fieles están llamados a acercarse con amor y familiaridad a las Sagradas Escrituras, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Miércoles de la V Semana del Tiempo Ordinario. Nuestra Señora de Lourdes

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (10,1-10):

En aquellos días, la reina de Sabá oyó la fama de Salomón y fue a desafiarle con enigmas. Llegó a Jerusalén con una gran caravana de camellos cargados de perfumes y oro en gran cantidad y piedras preciosas. Entró en el palacio de Salomón y le propuso todo lo que pensaba. Salomón resolvió todas sus consultas; no hubo una cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada y dijo al rey: «¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, resulta que no me habían dicho ni la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído. ¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos que están siempre en tu presencia, aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!»

La reina regaló al rey cuatro mil quilos de oro, gran cantidad de perfumes y piedras preciosas; nunca llegaron tantos perfumes como los que la reina de Saba regaló al rey Salomón.

Palabra de Dios


Salmo 36,R/. La boca del justo expone la sabiduría


Santo Evangelio según san Marcos (7,14-23):

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina.»

Con esto declaraba puros todos los alimentos. Y siguió: «Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Las historias de la reina de Saba, llegando con todo su lujo y esplendor a la corte de Salmón, están llenas de color… Pero, al leer hoy el relato en Reyes, nos damos cuenta de que la reina tenía su pizca de humildad… reconoce el bien y la sabiduría en Salomón, y por eso le hace regalos para honrarle, no para ayudarle ni halagarle.


A veces no hay puente aparente entre la primera lectura y el evangelio, pero hoy se puede encontrar. El evangelio nos dice que no es lo que entra (lo externo) en la persona lo que la hace pura o impura, sino lo que sale de ella. La reina de Saba se da cuenta de que lo que honra a Salomón no es su esplendor ni su riqueza, sino un corazón sabio y entregado a Dios. Y el evangelio, en términos más negativos, asegura que lo que mancha a la persona no es lo que entra en ella, sino más bien lo que sale. Es decir, si lo que hay en el corazón es resentimiento, odio, envidia… siempre saldrá todo eso. Y cosas peores. Pero si en el corazón hay bondad, entrega, agradecimiento, serenidad… pues eso saldrá. Y eso se percibe, como lo percibió la reina de Saba. De la abundancia del corazón habla la boca, dice la sabiduría de la Escritura. Y Jesús, en otro lugar, amplía eso: donde está tu tesoro, allá está tu corazón. Es pues, muy conveniente discernir, en primer lugar, cuál es el tesoro. ¿A qué me aferro? ¿Qué es lo más importante para mí? Y quizás una buena pregunta sea también el porqué… ¿Por qué es ese el tesoro mayor que tengo? ¿De qué tipo es tal tesoro—material, afectivo, espiritual…? ¿Durará? ¿Merece la pena? ¿Qué me ocurriría si no lo tengo? Y luego, si el tesoro parece no merecer tanto la pena, quizá sea cosa de buscar un verdadero tesoro. Si el tesoro, como la perla que encuentra el mercader, es tan valioso como para dar la vida por ello… habrá que tomar una decisión.


Se nos propone hoy una profunda reflexión sobre lo que hay dentro. Seguramente no será todo bueno, y habrá muchas cosas que rectificar. Pero seguramente también encontraremos algún tesoro que quizá hayamos estado tratando de ignorar, porque adquirirlo plenamente supondría desechar otras cosas… Algo así como una generosidad que podría pedir heroicidad y sacrificio; o un talento que preferimos no utilizar por comodidad; o una capacidad de servicio que se opone a la tendencia al egoísmo. En el corazón a veces conviven basurillas y tesoros… ¿Qué va a salir de nosotros?

martes, 10 de febrero de 2026

Evangelio y Lecturas de Santa Escolástica, virgen

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (8,22-23.27-30):

En aquellos días, Salomón, en pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo: «¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza con tus vasallos, si caminan de todo corazón en tu presencia. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que he construido! Vuelve tu rostro a la oración y súplica de tu siervo Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te dirige hoy tu siervo. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu nombre. ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio! Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo, Israel, cuando recen en este sitio; escucha tú, desde tu morada del cielo, y perdona.»

Palabra de Dios


Salmo 83,R/. ¡Qué deseables son tus moradas,Señor de los ejércitos!


 Santo Evangelio según san Marcos (7,1-13):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos (los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.» Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»

Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre» y «el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte»; en cambio, vosotros decís: Si uno le dice a su padre o a su madre: «Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco al templo», ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os trasmitís; y como éstas hacéis muchas.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Santa Escolástica era hermana melliza de san Benito de Nursia. Hijos de una familia noble, fueron enviados a Roma a estudiar, pero la vida de la urbe les pareció muy disipada. El corazón de la ciudad estaba lejos de Dios. Por eso comenzaron sus vidas monásticas en distintos lugares. Ni el lujo de su casa, ni el prestigio de sus estudios, ni la vida alocada de la ciudad les parecía suficiente…. No hay nada de interés fuera de Dios. Escolástica y Benito se visitaban en sus monasterios de vez en cuando y pasaban largas horas hablando de Dios. En la última visita, una tormenta impidió a Benito regresar a su monasterio y pasaron la noche hablando de cosas espirituales. Al día siguiente, Escolástica murió, y a los cuarenta días Benito también.


No hay Dios como tú, parecían decir. Como para los santos hermanos, el ”no hay Dios como tú” que escuchamos en la primera lectura de hoy es todo un programa de vida. Ningún ídolo actual, ya sea dinero, trabajo, posición, prestigio, comodidad, conocimiento o poder se compara con el verdadero Dios. Todas estas cosas pueden preocuparnos y ocuparnos, y a veces es nuestro deber hacerlo. Pero nunca deberían tomar el lugar de Dios porque, además, no llegan a satisfacer plenamente; siempre dejan un hueco que hay que llenar.  Nada satisface como Dios. Todos esos ídolos acaban aburriendo y empujan a buscar otros; y luego otros y otros. Escolástica y Benito encontraron al verdadero Dios.


En el Evangelio se hace una advertencia más exigente: me honran con sus labios, pero su corazón está lejos. El corazón anda con los idolillos mientras que los labios confiesan a Dios. Pero eso no vale. El Señor escucha desde su morada. Y escucha al corazón, no a los labios. El corazón no puede negar lo que está haciendo, por mucho que las palabras digan otra cosa. Ningún ídolo al que pueda estar apegado el corazón puede tomar el lugar del único Dios.

lunes, 9 de febrero de 2026

Lunes de la V Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (8,1-7.9-13):

En aquellos días, Salomón convocó a palacio, en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a los jefes de tribu y a los cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el Arca de la Alianza del Señor desde la Ciudad de David (o sea Sión). Todos los israelitas se congregaron en torno al rey Salomón en el mes de Etanín (el mes séptimo), en la fiesta de los Tabernáculos. Cuando llegaron los ancianos de Israel, los sacerdotes cargaron con el Arca del Señor, y los sacerdotes levitas llevaron la Tienda del Encuentro, más los utensilios del culto que había en la Tienda. El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel reunida con él ante el Arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes. Los sacerdotes llevaron el Arca de la Alianza del Señor a su sitio, el camarín del templo, al Santísimo, bajo las alas de los querubines, pues los querubines extendían las alas sobre el sitio del Arca y cubrían el Arca y los varales por encima. En el Arca sólo había las dos Tablas de piedra que colocó allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas al salir del país de Egipto, y allí se conservan actualmente. Cuando los sacerdotes salieron del Santo, la nube llenó el templo, de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo. Entonces Salomón dijo: «El Señor quiere habitar en las tinieblas; y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre».

Palabra de Dios


Salmo 131, R/. Levántate, Señor, ven a tu mansión


Santo Evangelio según san Marcos (6,53-56):

En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos terminaron la travesía, tocaron tierra en Genesaret, y atracaron. Apenas desembarcados, algunos lo reconocieron, y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.

Palabra del Señor.

Compartimos:

Durante el tiempo del Covid nos acostumbramos (o semi-acostumbramos) a las reuniones, conversaciones, e incluso liturgias “online”. Pero el cuerpo humano está hecho para la presencia, para los sentidos. Necesitamos ver y tocar, abrazar. Hoy las lecturas nos hablan de sentidos, incluso cuando se perciben levemente. Ver la gloria es ver luz, seguramente. A Dios nadie lo ha visto nunca. En la lectura de Reyes, la gloria de Dios llena todo el templo. En el evangelio, quienes tocan la orla de la túnica de Jesús quedan curados. Parece algo físico, pero muy breve y, sin embargo, va mucho más allá del tiempo que dura. Es como el misterio de la Encarnación: humano-divino. La gloria no es tangible y contemplarla podría deslumbrar. El tocar levemente siquiera el borde de la túnica tiene poder sanador. En griego, la palabra σώζω, sózo significa sanar, auxiliar, salvar.


Tanto la gloria de Dios en el templo como el leve toque de la túnica no solo sanan físicamente, sino que salvan. Con su luz, la gloria descubre la verdad y, por lo tanto, llama a vivir en la luz, a vivir según Dios. El estar en presencia de la gloria y no morir, es salvación. Al descubrir la verdad se ponen  al descubierto los límites, el pecado, las propias oscuridades, la enfermedad; y podemos salir de todo eso porque, si con una simple llamita se rompe la oscuridad, cuánto más con la gloria entera de Dios. Del mismo modo, el simple toque no es solo poner los dedos en algo, sino toda el alma llena de una fe que parece ir contra toda evidencia. Es fe en la salvación que viene de Cristo, por encima de la simple curación de una dolencia física. Es una fe que, por pequeña que sea, rompe la oscuridad.  Al curar el alma, se puede curar el cuerpo, pero lo que se sana la persona entera. Antes de la comunión decimos: no soy digno de que entres en mi casa (de que tu gloria llene mi templo), pero una palabra tuya (el borde de tu vestido) y mi alma quedará sana, es decir, salvada. Que el alma quede sana es igual a dejar entrar la luz de la gloria que descubre la oscuridad y llama a la conversión. Que el alma quede sana es decir que el Cuerpo de Cristo, su presencia física, rompe la oscuridad, salva y lleva a vivir en verdad. La Eucaristía es presencia real; es la gloria de Dios que llena el templo y es ese toque mínimo de un pedacito de pan que salva.

domingo, 8 de febrero de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. […] Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.


El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo, sin despreocuparse de los vecinos y familiares (cf. Is 58,7). «Entonces —continúa el profeta— despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v. 8). Por una parte, la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.


Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente» (Mt 5,13). Cuántas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas, fracasadas; como si su luz se hubiera escondido. Pero Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio.


Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.


Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A María, Puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer, en Huércal-Overa, España, fue beatificado don Salvador Valera Parra, párroco plenamente entregado a su pueblo, humilde y solícito en la caridad pastoral. Que su ejemplo de sacerdote centrado en lo esencial sea un estímulo para los sacerdotes de hoy, para que sean fieles en la vida cotidiana vivida con sencillez y austeridad.


Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la vida de cada ciudadano.


Hoy, memoria de santa Josefina Bakhita, se celebra la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Agradezco a las religiosas y a todos aquellos que se comprometen a combatir y eliminar las actuales formas de esclavitud. Junto con ellos digo: ¡la paz comienza con la dignidad!


Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia —especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes. Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna protección de la Virgen María.


Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos italianos y de diversos países. Saludo a los fieles de Melilla, Murcia y Málaga, en España; a los procedentes de Bielorrusia, Lituania y Letonia; a los estudiantes de Olivenza, España, y a los confirmandos de Malta. Saludo también a los jóvenes conectados con nosotros desde tres oratorios de la diócesis de Brescia.


Sigamos rezando por la paz. Las estrategias del poder económico y militar —como nos enseña la historia— no generan futuro para la humanidad. El futuro está en el respeto y en la fraternidad entre los pueblos.


Les deseo a todos un feliz domingo.

V Domingo del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (58,7-10):

Esto dice el Señor:

«Parte tu pan con el hambriento,

hospeda a los pobres sin techo,

cubre a quien ves desnudo

y no te desentiendas de los tuyos.

Entonces surgirá tu luz como la aurora,

enseguida se curarán tus heridas,

ante ti marchará la justicia,

detrás de ti la gloria del Señor.

Entonces clamarás al Señor y te responderá;

pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.

Cuando alejes de ti la opresión,

el dedo acusador y la calumnia,

cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo

y sacies al alma afligida,

brillará tu luz en las tinieblas,

tu oscuridad como el mediodía».

Palabra de Dios


Salmo 111,R/. El justo brilla en las tinieblas como una luz


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-5):

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor


Compartimos:

el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.


La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.


La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).


Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.


A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.


Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).