Plaza de San Pedro
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!
Al continuar nuestro camino por el tiempo pascual, el Evangelio de hoy nos presenta las palabras de Jesús, que se compara con un pastor y luego con la puerta del redil (cf. Jn 10,1-10).
Jesús contrasta al pastor con el ladrón. De hecho, afirma: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante» (v. 1). Y más adelante, de modo aún más claro: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (v. 10). La diferencia es clara: el pastor tiene un vínculo especial con sus ovejas y, por lo tanto, puede entrar por la puerta del redil; si alguien, en cambio, necesita saltar la cerca, entonces sin duda es un ladrón que quiere robar las ovejas.
Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos (cf. Ez 34,16). Jesús no viene como un ladrón para robarnos la vida y la libertad, sino para guiarnos por el camino correcto. No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera. Quienes confían en Él no tienen nada que temer; Él no menosprecia nuestra vida, sino que viene a dárnosla en abundancia (cf. v. 10).
Hermanos y hermanas, estamos invitados a reflexionar y, sobre todo, a vigilar nuestros corazones y nuestras vidas, porque quienes entran en ellos pueden multiplicar la alegría o, como un ladrón, pueden robárnosla. Los “ladrones” pueden adoptar muchos rostros: son aquellos que, a pesar de las apariencias, coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad; son creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida; son ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas; son estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos. Y no olvidemos tampoco a esos “ladrones” que, saqueando los recursos de la tierra, librando guerras sangrientas o alimentando el mal en cualquiera de sus formas, no hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad.
Podemos preguntarnos: ¿quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los “ladrones” que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?
Hoy el Evangelio nos invita a confiar en el Señor: Él no viene a robarnos nada; al contrario, es el Buen Pastor, que multiplica la vida y nos la ofrece en abundancia. Que la Virgen María nos acompañe siempre en nuestro camino e interceda por nosotros y por el mundo entero.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy se conmemora el 40º aniversario del trágico accidente de Chernóbil, que marcó la conciencia de la humanidad. Este hecho sigue siendo una advertencia sobre los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes. Encomendamos a la misericordia de Dios las víctimas y aquellos que aún sufren las consecuencias. Espero que, en la toma de decisiones a todos los niveles, prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad, para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y la paz.
Y ahora me dirijo a ustedes, romanos y peregrinos de diversos países: ¡bienvenidos!
Saludo a los Caballeros y Damas de la Orden de San Jorge, Orden Europea de la Casa de Habsburgo-Lorena. Saludo a los niños del grupo de danza “Malva”, de Brovary, Ucrania; al Coro Cantica Sacra de la Arquidiócesis de Trnava, Eslovaquia; a los fieles de Viena, Madrid y las Islas Canarias; y a los directores y profesores del Colegio “São Tomás” de Lisboa.
Saludo al numeroso grupo de jóvenes de Val Camonica (Diócesis de Brescia) y a los jóvenes monaguillos de Biadene y Caonada; así como a los fieles de Treviso, Vicenza, Crotone y Cariati, Oria y Lecce; y a los participantes en el congreso de la Asociación Apóstoles de la Divina Misericordia.
Un saludo especial a las familias y amigos de los nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma, a quienes ordené esta mañana en la Basílica de San Pedro: acompañen siempre con sus oraciones a estos jóvenes ministros del Evangelio.
Les deseo a todos un feliz domingo.
