viernes, 15 de mayo de 2026

Viernes de la VI Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (18,9-18):

CUANDO estaba Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión:

«No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».

Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.

Pero, siendo Gallón procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo:

«Este induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley».

Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Gallón dijo a los judíos:

«Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharos con paciencia; pero, si discutís de palabras, de nombres y de vuestra ley, vedlo vosotros. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».

Y les ordenó despejar el tribunal.

Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.

Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarco para Siria con Priscila y Aquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.

Palabra de Dios


Salmo 46,R/. Dios es el rey del mundo


Santo Evangelio según san Juan (16,20-23a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Palabra del Señor


Compartimos:

Para un mundo volcado en el trepar, dominar, sobresalir, tener prestigio, la figura de san Isidro no parecería ser muy gloriosa. Y sin embargo, el pasaje del evangelio de hoy lo dice claramente: la gloria del Padre es el fruto abundante que demos. “La gloria de Dios,” decía san Ireneo, “es el ser humano plenamente vivo.” Es una gloria extraña y aparentemente sin ningún mérito personal: se trata de confiar, esperar las lluvias, permanecer en la vid verdadera. Y eso es lo que reflejó san Isidro en toda su vida. Desde ahí, se puede pedir lo que se quiera. Solo desde ahí obtenía Isidro algún fruto de sus esfuerzos y labores.


Hay otro aspecto de la vida de san Isidro que también puede ser denuncia en este mundo donde parece importar más lo que se tiene que lo que se es. Isidro, un hombre de familia, sencillo y pobre, hacía tres partes de su escaso salario: una para los pobres, otra para la Iglesia, y otra para su familia (su esposa, santa María de la Cabeza, y su hijo). No comenzaba nunca su día sin dedicar tiempo a la oración y a la Eucaristía, por lo que parece ser que era criticado y perseguido. Pero sus patrones nunca encontraron a faltar el producto del trabajo asignado, sino que parece que producía incluso más que quienes lo acusaban.


Isidro nunca relumbró según los estándares de este mundo. Pero brilla con la gloria del Padre por el fruto que, a lo largo de los siglos, ha dado su vida. A veces nos podemos sentir tentados a alcanzar fama (o incluso santidad) por grandes y deslumbrantes obras. Y lo único necesario es el brillo de nuestros buenos frutos en nuestra vida diaria.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Miércoles de la VI Semana de Pascua. Nuestra Señora de Fátima

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (17,15.22–18,1):

En aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuánto antes.

Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:

«Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”.

Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo. “El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene”, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.

De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya”.

Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos».

Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron:

«De esto te oiremos hablar en otra ocasión».

Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.

Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.

Palabra de Dios


Salmo 148,R/. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria


Santo Evangelio según san Juan (16,12-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

Palabra del Señor


Compartimos:

Aquí lo que se nos da es la esperanza de que Cristo volverá. Y esa espera-esperanza es el poder que impele a movilizarse, a anunciar lo que se ha visto y oído. Decía san Antonio María Claret: “la caridad de Cristo nos urge.” Es decir, nos pone fuego y alas para la acción.


Lo que siempre se ha llamado la “gran comisión”, es decir, evangelizar, es no solo consecuencia lógica, sino obligación implicada en el bautismo. El cristiano sí se queda mirando al cielo, ciertamente, pero, una vez asegurado de la esperanza y recibido el poder, sale a todos los confines de la tierra a proclamar.


“Todos los confines de la tierra”, que parecen estar tan lejanos e inaccesibles para muchos de nosotros, pueden estar tan cerca como la propia cocina; el propio trabajo, la propia familia. Proclamar a Cristo en esos confines supone hacer que la fuerza, el amor, la verdad de Cristo dominen en cada momento. Que la fuerza motor de todas y cada una de nuestras acciones sea el bien, la verdad y la belleza de la salvación de Cristo; es decir, la búsqueda del bien. Y así el propio rostro de Cristo podrá brillar por medio de nosotros. La antigua noción de misión, de ir a tierras lejanas donde no se conoce a Dios, parece que hoy está algo trastocada, con la globalización, los movimientos demográficos y sociales. ¿Dónde no se conoce a Dios hoy día? Es más, ¿dónde se le persigue y desprecia incluso en medio de nosotros? Ahí está la misión. Esos son los confines de la tierra. Quizá rozándonos los codos.

martes, 12 de mayo de 2026

ORACIÓN A MARIA, NUESTRA MADRE

 Señor, así como obraste en el seno de la Virgen Madre, en sus puras entrañas, obrando en el seno de la Virgen el misterio más grande y bello de todas tus acciones creadoras. Obra en nuestro corazón ese ardor y pureza que iba configurando a María en puras transparencias de tu amado Hijo Jesús.

Moldéanos Señor,  con esa ternura llena de paz enamorada, de luz, del encanto de la humildad callada orante, en servicio constante, cimentados en un amor profundo llena de la plenitud de Dios.

Madre, ayuda a  la Iglesia de tu Hijo que se presenta ante el mundo como pueblo de Dios enviado para anunciar a Jesucristo, salvador de la humanidad. Que todos participemos en comunión y misión.

Agradecemos tu constante presencia en nuestras vidas, en la fidelidad y en el  amor  a tu Hijo Jesús.

Amén

Martes de la VI Semana de Pascua. San Pancracio, mártir. Santos Nereo y Aquileo, mártires

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (16,22-34):

En aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados ordenaron que les arrancaran y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.

A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo:

«No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».

El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó:

«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?»

Le contestaron:

«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».

Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.

A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.

Palabra de Dios


Salmo 137,R/. Señor, tu derecha me salva


Santo Evangelio según san Juan (16,5-11):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hay opciones que pueden ser difíciles, complicadas e incluso dolorosas. El bien parece que siempre debe estar por encima de los intereses personales. En la lectura de Hechos de hoy, el terremoto que abrió puertas y rompió cerrojos iba en beneficio de los cristianos encarcelados. Y, sin embargo, la huida hubiera supuesto un daño para los carceleros. Los apóstoles eligen el bien del carcelero por encima del propio.


Esto lo pueden entender muy bien los padres que trabajan y luchan—a costa propia—por el bien de la familia; las madres que pasan noches en vela cuidando a un hijo enfermo. O el hijo o la hija que pasa semanas, meses, años, cuidando de un padre anciano, senil y enfermo. El amor es así; siempre pone al otro por delante de uno mismo. Es ese mismo amor el que se refrena de controlar a otro, de dominar o de sobreproteger, para dar paso al crecimiento de aquel a quien se ama. Sería más fácil (e incluso absolutamente justificable), por ejemplo, quedarse en un lugar, porque los demás “me necesitan”, aun a sabiendas que lo que de verdad necesitan es tener el espacio para crecer. El bien del otro, el que pueda crecer, independizarse y funcionar como persona autónoma, puede en ocasiones requerir que quien ama se retire. Eso es lo que les dice Jesús a los discípulos hoy: “Os conviene que yo me vaya”. Porque en la nueva etapa, será el Espíritu quien guíe. Puede parecer raro y difícil, pero es lo mejor.


Parecería que, quien se conduce poniendo siempre por delante a los demás, sale perdiendo. La psicología moderna aconsejaría una opción algo más egoísta de darse el tiempo y las opciones a uno mismo… Mi madre decía que quien más pone más pierde… Pero no: quien más pone, más gana. Es la lógica de Dios: precisamente quien más busca el bien de otros es quien más gracia recibe. La diestra del Señor nos salva.

lunes, 11 de mayo de 2026

Lunes de la VI Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (16,11-15):

Nos hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.

El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.

Se bautizó con toda su familia y nos invitó:

«Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa».

Y nos obligó a aceptar.

Palabra de Dios


Salmo 149,R/. El Señor ama a su pueblo


Santo Evangelio según san Juan (15,26–16,4a):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».

Palabra del Señor


Compartimos:

El salmo, como puente, asegura que el Señor se complace, se deleita en su pueblo. Su pueblo, que le pertenece, debe abrirse a su Señor para deleitarle. El Señor viene a su pueblo, y también recibe a su pueblo como cosa suya.


Por otro lado, en el evangelio vemos cómo Jesús advierte que quienes no creen, convencidos de que hacen el bien, expulsarán a quienes creen en Cristo. Quienes cierran su corazón a la fe en Cristo, también cierran sus puertas a los discípulos.


Hoy día podríamos aplicar esto a mil asuntos que nos preocupan: la inmigración, la persecución a los cristianos… pero quizá tendríamos que empezar por el principio de todo, que es la propia persona, es decir, nuestra hospitalidad, primero a Dios, que nos ha recibido en su familia, y luego en apertura a los demás, extender la mano a quienes la necesitan, el empezar por escuchar las historias y los sentimientos de otros, creyentes también. Tendríamos que empezar por “rogar” al otro que nos permita recibirlo; y a nuestra vez, estar dispuesto a que se nos reciba. No es tanto un sentido físico, de alojamiento, cama y comida, sino más bien de una actitud que reconoce al otro desde la fe y sabe que es recibido desde una fe común. Se trata, en realidad, de una actitud eucarística: el Señor viene a habitar entre nosotros, y al mismo tiempo, nos integra en su Cuerpo.

domingo, 10 de mayo de 2026

VI Domingo de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,5-8.14-17):

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Palabra de Dios


Salmo 65,R/. Aclamad al Señor, tierra entera


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (3,1.15-18):

Queridos hermanos:

Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Juan (14,15-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor


Compartimos:

En Pentecostés se produjo el milagro, gracias al don recibido por los Apóstoles. A partir de ese momento, comenzó la expansión por todo el mundo. Hoy hemos escuchado cómo Felipe predica en Samaría. Sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban en absoluto. Podría sorprender, pues, pero gracias al Paráclito los Discípulos entendieron que la salvación era universal, así que se lanzaron a la tarea. Y lo hizo bien el apóstol, porque bautizó a tantos, que Pedro y Juan se acercaron desde Jerusalén, para confirmar con su bendición la obra iniciada por Felipe.


La acción del Espíritu es la que permite todo esto. Se rompen barreras, se superan odios ancestrales, se va formando la unida de los creyentes. Así se logra un nuevo Pentecostés, al venir el Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.


La primera carta de san Pedro sigue recordándonos algo muy importante en nuestros días, sobre todo cuando tanta gente está a la búsqueda de una luz en si vida: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. Tenemos que poder explicar por qué creo, por qué espero, por qué confío en la bondad de Dios, a pesar o en medio de los sufrimientos, personales y del mundo, que nos rodean. Saber explicar lo que significa haber experimentado el amor del Padre, comprender los padecimientos de Cristo por mí y por todos para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios.


Por eso san Pedro nos anima a ser pacientes en los sufrimientos, contemplando a Jesucristo, nuestro modelo, el justo, el inocente, que oraba por sus asesinos en medio del suplicio y los perdonaba, para conducirnos a Dios. Ese Jesús que fue vivificado por el Espíritu.


El Espíritu es un personaje sin rostro. A diferencia del Padre Todopoderoso (de quien se habla en el Antiguo Testamento) y del Hijo, tiene un carácter inobjetivable. Se nos escapa de las manos. Por eso su acción expresa en la Sagrada Escritura en términos como viento, fuerza, inspiración, luz, impulso… Es la Persona más frágil – si se puede hablar así – e impalpable de la Santísima Trinidad.


Se le reconoce por sus acciones, por su trabajo. Por ello se le reconoce como a la Persona – Obrera de la Trinidad. Es el poder de Dios, el amor de Dios en acción, el garante de que se cumplan las promesas. De todo el trabajo que el Espíritu realiza, el Señor subrayará varias acciones concretas en la página del Evangelio de este domingo.


– Es el espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser sensible y a gustar cuanto de bueno, de bello, de noble, de justo se da en la realidad, a no ser derrotista’ o fatalista, como nos pedía san Pedro; a poseer el sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su llamada y a poseer el coraje para secundarla.


– Es también el Defensor. El proceso de vida cristiana está sujeto a crisis, a luchas, a obstáculos. Atraviesa por momentos de aridez, de sensación de timo, de cansancio, a tentaciones… y, además, debe de justificarse frente a una cultura que no acaba de entenderla o que la rechaza abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte en un íntimo conocedor de nuestras desolaciones, («Consolador buenísimo» le canta la liturgia) y mantenedor de la tensión del seguimiento.


– Es el que nos une a Dios. Nos da el espíritu de hijos. Saberse hijo, incondicionalmente querido, indefectiblemente perdonado y acogido es el punto del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino incluso el equilibrio psíquico. Desde ahí comienzan la entrega y el amor. No resulta extraño que cuando la experiencia de la filiación del amor de Dios languidece, los compromisos cristianos se vuelven cargas insoportables.


Acojamos esa presencia que nos sobreviene prometida del Señor como Espíritu del amor, de la verdad y del bien. Vivir la Pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que, aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Señor: «Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles». «Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida». Que cada día podamos decir: he aquí la Pascua. Que cada mañana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva. Con la ayuda del Espíritu.

sábado, 9 de mayo de 2026

Sábado 5 de Pascua

1ª Lectura (Hch 16,1-10):

 En aquellos días, Pablo llegó a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.


Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día. Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade.


Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos». Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 99 R/. Aclama al Señor, tierra entera.


Versículo antes del Evangelio (Col 3,1): Aleluya. Si resucitasteis con Cristo, buscad las cosas que son de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aleluya.


Santo Evangelio (Jn 15,18-21): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado».

Palabra del Señor


Compartimos:

Una de las características del seguidor de Jesús es, pues, la lucha contra el mal y el pecado que se encuentra en el interior de cada hombre y en el mundo. Por esto, Jesús resucitado es luz, luz que ilumina las tinieblas del mundo. Karol Wojtyla nos exhortaba a «que esta luz nos haga fuertes y capaces de aceptar y amar la entera Verdad de Cristo, de amarla más cuanto más la contradice el mundo».


Ni el cristiano, ni la Iglesia pueden seguir las modas o los criterios del mundo. El criterio único, definitivo e ineludible es Cristo. No es Jesús quien se ha de adaptar al mundo en el que vivimos; somos nosotros quienes hemos de transformar nuestras vidas en Jesús. «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Esto nos ha de hacer pensar. Cuando nuestra sociedad secularizada pide ciertos cambios o licencias a los cristianos y a la Iglesia, simplemente nos está pidiendo que nos alejemos de Dios. El cristiano tiene que mantenerse fiel a Cristo y a su mensaje. Dice san Ireneo: «Dios no tiene necesidad de nada; pero el hombre tiene necesidad de estar en comunión con Dios. Y la gloria del hombre está en perseverar y mantenerse en el servicio de Dios».


Esta fidelidad puede traer muchas veces la persecución: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). No hemos de tener miedo de la persecución; más bien hemos de temer no buscar con suficiente deseo cumplir la voluntad del Señor. ¡Seamos valientes y proclamemos sin miedo a Cristo resucitado, luz y alegría de los cristianos! ¡Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme para ser capaces de comunicar esto al mundo!