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domingo, 25 de octubre de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


En el Evangelio de hoy (cf. Mt 22,34-40) el Señor nos conduce una vez más al corazón de nuestra fe. Un doctor de la Ley, para poner a prueba a Jesús, le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (v. 36). El Maestro responde citando un pasaje del Deuteronomio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (v. 37; cf. Dt 6,5). Cristo indica como elemento central de la relación con Dios la dimensión del amor. No es suficiente saber que Dios existe, que es único o que es omnipotente; el Señor nos pide una relación personal: el único y verdadero Dios quiere ser nuestro Dios.


En el encuentro con Él, el mandamiento del amor no es una obligación ni una imposición. No se puede amar “por mandato”. El amor a Dios es la exigencia propia del deseo del hombre, que halla su cumplimiento en la comunión con Él. Por eso, nuestro amor puede ser auténtico cuando es respuesta a su amor, que siempre nos precede. De allí la necesidad de una totalidad que involucre a toda la persona: corazón, alma y mente.


Al primer mandamiento, el Señor une un segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Esta regla de vida surge de una misma fuente; por eso, dice Jesús, es semejante a la primera. De la relación íntima con Dios somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y al prójimo con la misma mirada de Cristo, según su perspectiva. De este modo, se vence el egoísmo y también el amor por uno mismo se hace caridad; nuestra existencia se dirige hacia el otro y se hace don para quien está a nuestro lado.


Santa Teresa del Niño Jesús lo comprendió bien: “Solo el amor —escribía— puede hacer actuar a los miembros de la Iglesia; si este amor llegara a apagarse, ya no se anunciaría más el Evangelio” (cf. Obras completas, Manuscrito B, 3v°, Burgos 2006, 261). Sin él, en efecto, nuestra fe se vería privada de su contenido, nuestras buenas obras se reducirían a moralismo, nuestra esperanza sería vana.


Queridos amigos, no podemos amar verdaderamente a Dios sin que ese amor se desborde hacia los hermanos y las hermanas. Y no podemos amar realmente a nuestro prójimo sino como hijos de un mismo Padre que nos amó primero en su Hijo Jesús.


Pidamos al Señor la gracia de un corazón nuevo, capaz de acoger y de vivir el gran mandamiento. Que interceda por nosotros la Virgen María, en cuyo corazón inmaculado no hay más que amor.


Queridos hermanos y hermanas:


Sigo con preocupación la grave situación humanitaria en Yemen, particularmente en la ciudad de Taiz, donde la población sufre a causa de la falta de alimentos, de agua y de atención médica. Dirijo un llamamiento urgente para que cesen las hostilidades y se garantice al pueblo yemenita y a todos los pueblos de la región poder vivir en paz.


Aseguro mi oración por quienes han fallecido o han resultado heridos el pasado viernes en el atentado terrorista contra los fieles de la iglesia ortodoxa de St. George ad Hamoud, en Jordania. Expreso mi cercanía a esa comunidad y a todo el país, que se distingue por la convivencia pacífica y el respeto entre las diferentes religiones.


Seguimos rezando juntos por la paz. Pasado mañana, 27 de octubre, unámonos espiritualmente a los representantes de las Iglesias y a los líderes religiosos que se reunirán en Asís en el 40 aniversario del Encuentro convocado por san Juan Pablo II. Hoy más que nunca es evidente que las guerras, además de sembrar muerte y destrucción, empobrecen y dañan al mundo. ¡Que el Señor inspire decisiones de diálogo y de paz!


Les saludo a todos ustedes, queridos fieles de Roma y peregrinos de diferentes países.


Doy la bienvenida a los miembros del Centro Académico Romano Fundación, de España; al grupo del Colegio St. Ciaran’s de Ballygawley, en Irlanda, y al de las Escuelas “San Juan Pablo II”, de la Diócesis de Opole, Polonia.


Me alegra recibir a los dirigentes del Ceremonial de algunos ministerios y departamentos gubernamentales italianos.    


Saludo a los miembros de la asociación “Solidaridad en buenas manos”, de Castiglion Fiorentino, y al grupo de coetáneos de Concorezzo que han venido en peregrinación por sus 70 años.


Les deseo a todos un feliz domingo.

domingo, 18 de octubre de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que un rey prepara para su hijo (cf. Mt 22,1-14).


El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto, que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a incluir a los demás en la propia felicidad.


Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más, extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea un don para todos.   


Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf. Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre nosotros.


La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda, concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas, los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación del mundo.


Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida; con generosidad, con valentía y con fe.


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer, en Mantua, fue beatificada sor María Ignacia Isacchi, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la caridad la hizo entregarse con valor al servicio de los necesitados y desfavorecidos. Que su ejemplo reavive en todos nosotros el deseo de ser, en medio del mundo, testigos del amor evangélico hacia todos.


La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos incluso mucho más allá de sus fronteras, especialmente en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Hago un llamamiento apremiante a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de cereales por el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra.


Hoy se celebra en Italia la Jornada en memoria de las Víctimas de los Accidentes Laborales. Saludo a la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos del Trabajo y aliento los esfuerzos de prevención.


Dirijo mi más cordial bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos.


Saludo a los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros en Roma y a cuantos han participado en la procesión con la venerada imagen del Crucificado. Agradezco sus oraciones por la visita pastoral que realizaré a Perú.


Acojo con alegría a los fieles de la Eparquía Greco-Católica de Mukáchevo, en Ucrania, acompañados por su obispo; a la Asociación de Fieles Hakuna; a las Antiguas Alumnas de Jesús-María de España; al Coro y a la Escuela Coral de la Catedral de Haarlem, en los Países Bajos; y a los fieles procedentes de Viena.


Saludo a los jóvenes de la vicaría de Chiaravalle, en la diócesis de Senigallia; a los miembros de la sección provincial de la AIDO de Belluno; al grupo «Ars Enotria» de Cosenza; y al equipo femenino de fútbol del Hospital de Biella.


Queridos amigos: recientemente, durante una revisión, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón. Se ha detectado todavía en una fase muy temprana y está bien localizado. Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo. La operación ya está programada para los próximos días. Les agradezco su cercanía espiritual y me encomiendo a sus oraciones. Gracias y feliz domingo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy, el Señor, por boca del profeta Isaías, nos da un gran motivo de esperanza, diciéndonos que sus pensamientos no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8). Sí, los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos, más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí el llamado más actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al Señor, que es misericordia y perdón (cf. vv. 6-7).


En el Evangelio, las parábolas de Jesús describen la novedad de lo que Dios tiene reservado para nosotros, pero por lo general también revelan la resistencia que estamos inclinados a objetar a una justicia más generosa y a un amor más grande. Hoy, en particular, escuchamos la historia de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-16), unos trabajaron todo el día, otros sólo unas horas, y otros desde el atardecer. Pero el punto central de la parábola está en el momento de la retribución, cuando el propietario, cumpliendo con su palabra, les paga según lo acordado a los trabajadores de la primera hora, pero quiere que vean su generosidad y, ante sus ojos, trata a los últimos de la misma manera.


De hecho, hay un detalle que no debemos dejar que pase desapercibido. El propietario le da al administrador una orden precisa que debe seguir: hay que pagar a los trabajadores «empezando por los últimos y acabando por los primeros» (Mt 20,8). La reacción negativa de quienes habían trabajado todo el día se habría podido evitar fácilmente; sin embargo, es intencional, porque la revelación de la bondad de Dios es para todos, no sólo para unos cuantos. Dios tiene caminos diferentes y pensamientos nuevos incluso para aquellos que se consideran los primeros y creen haberse ganado lo que son, haber merecido los resultados que han alcanzado. Todos, por el contrario, ganamos alegría, inteligencia y futuro cuando la ley del amor interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia extiende la del mérito, el don de la paz detiene las rivalidades y nos hace cercanos en la gratitud.


Hermanos y hermanas, es una gracia ser colaboradores de Dios, trabajar en su viña, servir a su Reino de justicia y de paz. No hay lugar para la envidia y la división allí donde irrumpe la novedad de Dios. Busquemos, pues, al Señor mientras se deja encontrar; invoquémoslo mientras está cerca; abandonemos los caminos torcidos y los pensamientos inicuos (cf. Is 55,6-7).


Miremos a nuestra Santísima Madre: es una criatura como nosotros, pero está libre de toda mancha; por eso nos ayuda a tener esperanza en Dios y a confiar en su misericordia, para que sus caminos se conviertan en nuestros caminos y sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos.


Queridos hermanos y hermanas:


Con gran preocupación sigo las noticias sobre la crisis humanitaria que está sucediendo en algunas zonas de Somalia, donde algunos episodios de violencia y fenómenos climáticos extremos están haciendo que se agraven las de por sí precarias condiciones de vida de la población, en especial de mujeres y niños. Espero una generosa intervención por parte de la comunidad internacional, de manera que no falte la asistencia necesaria a estos hermanos y hermanas nuestros. 


Y ahora, les dirijo mi saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos.


Doy la bienvenida al obispo y a los fieles de la diócesis de Toruń en Polonia, que están visitando los lugares de los milagros eucarísticos en Italia; así como a las familias provenientes de la diócesis de Spiš en Eslovaquia.


Saludo a los padres jesuitas que inician su nuevo ciclo de estudios en Roma; y al grupo de la parroquia romana de la Sagrada Familia de Nazareth, con la Polisportiva Centocelle y el Oratorio “San José Manyanet”.


Envío mi bendición a la población de Pescantina, cercana a Verona, que hoy se reúne en torno al Monumento a los ex internati, para recordar a cuantos fueron deportados y estuvieron prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Lo hago para evidenciar que no debemos olvidar, sino aprender de la historia para no volver a caer en los errores del pasado.


Queridos hermanos, les agradezco que hayan venido. ¡Feliz domingo a todos!

domingo, 16 de agosto de 2026

ÁNGELUS PAPA LEÓN XIV

Castel Gandolfo

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Ayer contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo: ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que nos compromete.


Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero, misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma, sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).


El evangelista no oculta los obstáculos a los que se enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).


También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que Dios quiere decirnos.


De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.


Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra Madre, le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (Magnifica humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.


Queridos hermanos y hermanas:


Reitero mi llamamiento para que cesen los repetidos actos de violencia contra la población civil palestina en Cisjordania y pido con urgencia a la comunidad internacional que vele por el avance de la solución de dos Estados, en pro de una paz justa y duradera.


Esta semana darán comienzo los Juegos del Mediterráneo, que se celebrarán en Taranto. En ellos participarán diversos países de África, Asia y Europa que pertenecen a la cuenca mediterránea. Deseo que este evento deportivo sea un presagio de paz y fraternidad entre los pueblos de esta región y del mundo entero.


Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, que se han reunido aquí, en Castel Gandolfo, para el Ángelus dominical.


Saludo con cariño a los peregrinos procedentes de diversos países. Al saludar a los polacos, extiendo mi bendición a las numerosas participantes en la tradicional peregrinación al Santuario de Piekary Śląskie, en Alta Silesia.


Les deseo a todos un feliz domingo.

domingo, 9 de agosto de 2026

ÁNGELUS DEL SANTO PADRE LEON XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).


Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.


Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).


Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.


Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.


Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.


Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).


Queridos hermanos y hermanas:


Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todos los habitantes de la nación, renuevo mi llamado a las Autoridades para que garanticen corredores humanitarios a la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.  Oremos pidiendo al Señor que sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la paz tan anhelada.


Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, causando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Me solidarizo con las familias de las víctimas, con los heridos y con todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un vehemente llamamiento para que se respete el derecho humanitario y ambas partes pongan fin a los ataques contra objetivos civiles. La guerra sólo genera más guerra y provoca un enorme sufrimiento. Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz.


¡Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países!


Saludo en especial a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la Diócesis de Milán, que recorrieron la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que realizaron su campamento en las Colinas Albanas, en los alrededores de Roma, y a los jóvenes de Pernumia, de la Diócesis de Padua.  


La presencia de tantos grupos de jóvenes, que deciden dedicar unos días de sus vacaciones a actividades formativas y de compañerismo, es un signo de esperanza; así como lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, con quienes tuve la alegría de reunirme el jueves pasado en Asís.


A todos ustedes, chicos y chicas que me escuchan, quisiera recordarles que en estos días el calendario litúrgico nos presenta algunas figuras maravillosas de santos y santas que los invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, quien dejó una vida acomodada para seguir a Jesús, pobre y humilde, siguiendo el ejemplo de su conciudadano san Francisco. ¡Queridos jóvenes, déjense inspirar por estos testigos ejemplares del Evangelio!


¡Gracias a todos por su presencia y que tengan un feliz domingo!

domingo, 2 de agosto de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.


Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.


Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.


En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.


Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.


Queridos hermanos y hermanas,


sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta, pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia.


Continuemos rezando por la paz, para que cesen las guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos. Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y consuelo.


En estos días se celebra el “Perdón de Asís”. San Francisco obtuvo esta indulgencia del papa Honorio III en 1216, inspirado, mientras oraba en la Porciúncula, por una visión de Jesús y María, rodeados de ángeles. Demos gracias al Señor por este gran don y atesorémoslo, especialmente en el octavo centenario del “Tránsito” del Poverello de Asís, que falleció precisamente en la Porciúncula el 3 de octubre de 1226.


Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos procedentes de diversos países: en particular a los jóvenes de las parroquias de Saccolongo y Creola (Padua), y a los de la parroquia de San Juan Bosco en Altamura y a los chicos de la Colaboración Pastoral de Castelfranco Veneto, acompañados por sus sacerdotes y animadores.


¡Les deseo a todos un feliz domingo!

domingo, 19 de julio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

 Plaza de la 
Libertad(Castelgandolfo)   
               

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de la parábola del sembrador, Jesús sigue hablándole a las multitudes a través de algunas imágenes: el trigo bueno y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la harina (cf. Mt 13,24-43).


Se trata de tres pequeñas parábolas que tienen como objetivo evocar la entrada del Reino de Dios en la historia, su acción en la vida de los hombres, la forma en que crece, se expande y transforma el mundo desde dentro. Con estos relatos, Jesús quiere que no caigamos en la tentación de pensar en Dios como una figura poderosa, que se impone por la fuerza, que ocupa el espacio para dominar, que llega de forma triunfal. Por el contrario, Dios prefiere la pequeñez, signo de su amor discreto, que nos deja libres para acogerlo o rechazarlo, que busca abrirse camino incluso en medio de la cizaña, que actúa de forma escondida e invisible como la semilla más pequeña de todas, que fermenta y hace crecer la masa sin hacer ruido.


Hermanos y hermanas, con estas parábolas Jesús nos dice algo importante sobre la forma en que Dios actúa en nuestra vida y en la historia. A veces nos esperamos algo espectacular, deseamos un Dios que intervenga desde lo alto arrancando de inmediato la cizaña del mal. Nos imaginamos a un Dios fuerte y poderoso y, por desgracia, adaptamos también a esta imagen nuestra forma de ser cristianos y de ser Iglesia. En cambio, el Reino de Dios se extiende aún en medio de la cizaña y nos pide una mirada capaz de percibir el bien que brota incluso en la oscuridad del mal, sin juzgarlo todo de inmediato; viene como la más pequeña de las semillas y, por eso, exige la paciencia de saber acompañar los procesos, reconociéndolo en la pequeñez de lo cotidiano y en la sencillez de la vida ordinaria; crece de manera invisible, como la levadura en la harina, y así nos libera del desánimo y nos invita a tener confianza incluso cuando nos parece que Dios está ausente. Porque, en realidad, Él siempre nos acompaña y su amor siempre está actuando en nuestro favor.


Este estilo de Dios debe convertirse también en la forma en que, ya sea como personas individuales o como Iglesia, vivamos la realidad que nos rodea. Estamos llamados a adoptar un estilo evangélico, sin oponernos precipitadamente con juicios arrogantes, sin querernos imponer con el poder y la fuerza, sin perder la confianza en la obra de Dios. Se trata —decía el entonces cardenal Ratzinger— de someternos a la lógica de la semilla, que no es la del éxito ni de la grandeza, sino que nos pide que nos hagamos pequeños y que sirvamos a la vida de las personas (cf. Discurso en el Jubileo de los catequistas y de los profesores de religión, 10 diciembre 2000). De este modo, nosotros mismos llegaremos a ser como una pequeña semilla del Evangelio que germina y como una levadura de amor que transforma la masa del mundo.


Invoquemos a María Santísima, que supo acoger la semilla de la Palabra en su humildad, para que nos sostenga en nuestro camino e interceda por nosotros.


Queridos hermanos y hermanas:


Mientras disfruto de unos días de descanso, renuevo mi saludo y mi agradecimiento a todos ustedes, habitantes de Castel Gandolfo, y doy la bienvenida con alegría a los peregrinos que llegan de todas partes del mundo.


Seguimos observando con inquietud lo que ocurre en diversos países devastados por la guerra y la violencia. No olvidemos a quienes sufren y mueren a causa de los conflictos y, al generoso compromiso por la paz, unamos también nuestra oración constante.


Saludo a la Comunidad Cenacolo de Madre Elvira, reunida en Saluzzo, con ocasión de la Fiesta de la Vida; al Movimiento Familias Nuevas de los Focolares reunidos por la Escuela Internacional; a los estudiantes mexicanos que participan en la APRA Summer School y al grupo de la Catholic Worldview Fellowship.


Así mismo, quiero saludar a los jóvenes adultos miembros del Regnum Christi que participan en el Curso Internacional de Formadores. Y saludo también a quienes forman parte del The Lion Pilgrimage, acompañados por el obispo Anthony Percy, Obispo auxiliar de Sidney, Australia.


Saludo también a las familias y a los niños de la obra de las Hermanas de la Caridad de la Asunción de Roma; a los jóvenes de la parroquia de San Salvador en Jerusalén; al Grupo juvenil de la parroquia de San Agustín de Bovolenta y a los peregrinos de la Academia Litúrgica de Rzeszów.


¡A todos ustedes les deseo un domingo tranquilo!

domingo, 5 de julio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


El Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 11,25-30) nos invita a compartir la alabanza que Jesús eleva al Padre, «Señor del cielo y de la tierra» (v. 25). El Hijo de Dios, hecho hombre, manifiesta su amor al incluir a todas las criaturas en esta acción de gracias.


La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde al estilo de Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece oculto “a los sabios y entendidos” (cf. v. 25). Estos, en efecto, están tan llenos de sus propias ideas que no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías que visita a su pueblo. La sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia y la doctrina degenera en soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela, en cambio, en la humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan más dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v. 28), dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mt 16,24). Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf. Mt 11,29), es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su sabiduría, ardiente de caridad hacia todos.


Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el peso de la cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva primero y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos abate. Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por el mal, para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un anuncio de salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a Cristo, nuestro camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una escuela de libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre ilumina su sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo en la cruz de Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio mortal encuentra consuelo y redención.


En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote de la guerra, Cristo es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón. Esta es la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer juntos, unidos en su nombre como discípulos. Jesús nos lo enseña como Hijo, haciéndose nuestro hermano: con la fuerza del Espíritu Santo, Él mismo revela a la Iglesia la verdad de Dios y del hombre, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (v. 27).


Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta muestra de confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de la paz, por el bien de la Iglesia y del mundo entero.


Queridos hermanos y hermanas:


El jueves pasado, 2 de julio, en el Santuario de Tac Say en Vietnam, fue beatificado el sacerdote Francesco Saverio Tru’o’ng Bǚu, asesinado en 1946 por odio a la fe. En un contexto de abuso de poder y de violencia, se hizo defensor de los derechos de la gente y no abandonó a sus feligreses. Que su intercesión y oración sostengan a los servidores del Evangelio que, incluso hoy, se encuentran en situaciones de persecución.


Les saludo con afecto a todos ustedes, que se encuentran presentes hoy en la Plaza de San Pedro.


Doy la bienvenida a los peregrinos de Brasil. Bienvenido el Coro de la Universidad de Mérida, en Venezuela. Recuerdo siempre en mis oraciones a las víctimas del terremoto y a todo el pueblo venezolano: que el Señor lo sostenga en este momento tan difícil.


Saludo a algunos grupos de polacos: a los neo sacerdotes de la orden de los Frailes Menores Capuchinos de la Provincia de Cracovia; al coro infantil de la Arquidiócesis de Łódź, acompañado por el Obispo auxiliar, y al grupo de la Diócesis de Legnica.


Saludo a los jóvenes de Bellagio y al coro “Jubilaeum” de Augusta, en Sicilia, junto con el alcalde y el párroco.


¡A todos les deseo un feliz domingo!

domingo, 28 de junio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV


Hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


También en el Evangelio de hoy (Mt 10,37-42), escuchamos algunas exhortaciones de Jesús para seguirlo y ser testigos de su Reino. No se trata de actos exteriores, sino de comprometer todo nuestro ser en una relación de amor con Él. Y para dar fruto, el amor requiere al menos tres cosas: el desprendimiento, la pérdida y la hospitalidad.


Ante todo, el desprendimiento. Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). En el momento en que comienza a enviar en misión a sus apóstoles, el Señor los quiere libres de cualquier atadura. Pero vale para todos el hecho de que también los afectos más importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da. Pensemos, por ejemplo, en la vida matrimonial: sólo se la puede vivir plenamente “dejando” la casa de los padres (cf. Mt 19,6) para comprometerse en la relación conyugal. Pensemos también en el crecimiento de los hijos: se les ayuda a realizarse y a ser felices educándolos para valerse por sí mismos y tomar sus decisiones. Dice san Agustín: «Es cosa triste perder lo que amas; pero a veces también el agricultor pierde lo que siembra» (Sermón 330, 2). Sólo “perdiendo” esa semilla, arrojada en la tierra, podrá verla florecer.


En este sentido, el amor es también pérdida. Nos cuesta comprenderlo, especialmente en un mundo en el que perder parece ser una debilidad y se vive obsesionado por tener y poseer. Sin embargo, el amor da fruto sólo en la entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar a un amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de dificultad. Quien retiene la vida sólo para sí mismo —dice el Evangelio— en realidad la pierde (cf. v. 39), porque esta no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: Él se ofreció, se perdió a sí mismo y, precisamente así, nosotros hemos podido recibir su vida en abundancia. Del mismo modo, si vivimos en la lógica del don, también nosotros seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.


Y finalmente, la hospitalidad. El amor, en efecto, se expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso hecho de pequeños gestos cotidianos, como el de ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (cf. v. 42). Jesús, al enviar a sus discípulos delante de Él, les pide que vayan sin provisiones, es decir, necesitados, porque de este modo podrán suscitar hospitalidad en aquellos que encuentren a su paso. Y así, recibiendo a quien viene en nombre de Jesús, lo recibe a Él y al Padre celestial que lo ha enviado. El amor al Señor pasa siempre por la manera fraterna en que acogemos a los demás.


Queridos amigos, recemos a la Virgen María, que amó a su Hijo sabiendo también perderlo; que ella nos ayude a ser testigos humildes y alegres del amor de Cristo.


Queridos hermanos y hermanas:


Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos venezolanos afectados por los recientes terremotos que provocaron numerosas víctimas y heridos, así como ingentes daños materiales. Mientras ruego al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, renuevo mi cercanía espiritual a sus familiares, a los lesionados y a quienes han sido golpeados por esta tragedia. Así mismo, manifiesto mi gratitud y aliento a cuantos trabajan con generosidad en las labores de búsqueda y de asistencia.


Doy ahora la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos, agradeciéndoles por haber venido incluso con este calor.


Saludo a los fieles de la diócesis de Kumba, en Camerún y a todos aquellos de otros países.


Saludo a los jóvenes religiosos Camilianos; a los grupos parroquiales de Priolo Gargallo, Avola, Regalbuto y Bari; a los scouts de Rovereto y a los chicos de Mestrino, de la diócesis de Padua, que recibieron la Primera Comunión y la Confirmación.


¡Les deseo a todos un feliz domingo! Y nos vemos de nuevo mañana con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.


domingo, 21 de junio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

 Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea» (v. 27).


Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien.


La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).


Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida, testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.


San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones, como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.


Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!


Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno conforme a su propia vocación.


Queridos hermanos y hermanas:


Ayer se celebró el Día Mundial de los Refugiados, promovido por las Naciones Unidas, conmemorando el 75 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que fue establecida con el fin de proteger a quienes son perseguidos y se ven obligados a abandonar su tierra, su hogar y su familia. Espero que el espíritu que inspiró la elaboración de este importante instrumento internacional siga iluminando hoy en día las conciencias de los responsables de las naciones. Nadie puede mirar hacia otro lado ante quienes buscan protección y seguridad. Exhorto a todos, además, a acoger a quienes son víctimas de persecución, para que puedan vivir en paz, con dignidad, y mirar al futuro con esperanza.


Quisiera saludar a los miembros del Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. “La Iglesia cree como ora”, y reflexionar juntos sobre el principio «lex orandi, lex credendi» resulta especialmente relevante en la actualidad.


Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos procedentes de distintos países.


Pensando en los peregrinos que han venido de Brasil, les aseguro mis oraciones por los jóvenes que fallecieron hace unos días en un accidente vial en el estado de Ceará.


Saludo a los jóvenes confirmandos de dos parroquias de Ozieri, en Cerdeña.


¡Feliz domingo para todos!

domingo, 14 de junio de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEON XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de hoy (Mt 9,36-10,8) nos ofrece un gran regalo, porque incluye a todos los que lo escuchan con la mirada de Jesús. Es un relato que testimonia la atención de su vista, además de decirnos qué es lo que observa. Leemos, en efecto, que Cristo «al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas» (v. 36). Haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente, mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo. Ve rostros reducidos a máscaras, familias rotas por el mal y jóvenes ilusionados por falsos ideales. Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de redención.


Él, en efecto, conoce nuestro corazón y lo cuida; frente a tantas personas semejantes a «ovejas que no tienen pastor» (v. 36), Cristo se dedica a todas como buen pastor y, como señor de la mies, envía obreros al campo del mundo (cf. v. 38). ¿Cuál es el trabajo que deben realizar? Llevar el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria, esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza.


El Evangelio menciona los nombres de los doce primeros “obreros”; son discípulos convertidos en apóstoles, es decir, misioneros y predicadores. Entre ellos está Simón llamado Pedro, el primero, y también Judas Iscariote, el último, para recordarnos que se puede seguir a Jesús y traicionarlo, pero el Evangelio continúa siendo palabra viva y verdadera para todos. La Buena Noticia que atraviesa los siglos es idéntica, siempre joven, fresca y liberadora: ¡«Ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7)! Sí, está cerca porque en Jesucristo Dios se hace prójimo de todo hombre y mujer, de todo pueblo y nación. Cuando este Evangelio es anunciado y practicado, el mal se derrumba como una enfermedad que termina (cf. v. 8), como una noche que deja paso a la aurora, como la muerte vencida por el Resucitado.


De ese modo, la mirada de Jesús transforma la realidad: llena de amor, su iniciativa da vida a un pueblo nuevo, la Iglesia, llamado a continuar la misión de los apóstoles: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (v. 8). Sí, el don de Jesús es totalmente gratis, porque su valor excede toda medida: es imposible merecerla o “comprarla”. Esta gracia es el bellísimo nombre de la misericordia de Dios, que nos alcanza allí donde estemos, para guiarnos hacia Él. «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,38).


Queridos hermanos, la tarea de evangelizar nace del don de Dios que en Cristo se vuelve perdón para el mundo, servicio a los más pequeños y más pobres, compromiso por la justicia. Pidamos el auxilio de la Virgen María, llena de gracia, para que respondamos con gozo y valentía a la misión a la que Jesús nos llama.

Queridos hermanos y hermanas:


En primer lugar, expreso mi gratitud al Señor por el Viaje Apostólico que me ha permitido realizar en España. Agradezco al pueblo español, que me ha acogido con gran entusiasmo y devoción; y, de manera especial, a Su Majestad el Rey. Mi agradecimiento afectuoso va igualmente a los obispos, a las comunidades que he visitado y a toda la Iglesia que está en España. ¡Que Dios bendiga siempre a España!


También deseo recordar a algunos nuevos beatos: los sacerdotes diocesanos Venceslao Drbola y Juan Bula, de Moravia; y Juan Šwierc y ocho compañeros, sacerdotes salesianos polacos. Todos han sido beatificados como mártires, porque fueron víctimas de las persecuciones de regímenes totalitarios a causa de su fidelidad a Cristo. Además, ayer en Mato Grosso, Brasil, fue beatificado Nazareno Lanciotti, sacerdote romano misionero, también él mártir, porque en nombre del Evangelio defendía a los más pobres. Que el ejemplo y la intercesión de estos valientes testigos sostengan la misión de los presbíteros y de toda la Iglesia.


Aseguro mi cercanía a la población de Filipinas, afectada hace algunos días por un fuerte terremoto. Rezo por los difuntos y sus familiares, por los heridos y por todos aquellos que sufren a causa de esta calamidad.


¡Y ahora dirijo mi saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de diversos países!


Saludo a los miembros de la Comisión Internacional para el Diálogo entre los Discípulos de Cristo y la Iglesia Católica. Que vuestras reflexiones nos ayuden a crecer en comunión.


Saludo a los peregrinos de los Estados Unidos de América, en particular a los fieles de Nueva Jersey y a la Escuela Carrollton del Sagrado Corazón de Miami, Florida. Saludo a los confirmandos de Bolgare, diócesis de Bérgamo, a la comunidad “Casa de María” —a la que el papa Francisco llamaba “los jóvenes de la Inmaculada”— y a los grupos parroquiales de Santa María de las Gracias y de Santa Francisca Cabrini en Roma.


¡A todos les deseo un feliz domingo!

domingo, 17 de mayo de 2026

ANGELUS DEL PAPA LEON XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Hoy, en muchos países del mundo, se celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor.


La imagen de Jesús que —como narra el texto bíblico (cf. Hch 1,1)—, elevándose desde la tierra sube al cielo, puede hacernos percibir este Misterio como un acontecimiento lejano. En realidad, no es así. Nosotros, de hecho, estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre. San Agustín decía a este propósito: «El que la cabeza vaya delante es garantía para los miembros» (Sermón 265, 1.2).


Toda la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz, perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para llegar a la victoria definitiva de la Pascua, en la que el Hijo de Dios «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio de Pascua I).


La Ascensión, entonces, no nos muestra una promesa lejana, sino un vínculo vivo, que nos atrae también a nosotros hacia la gloria celestial, ampliando y elevando —ya desde esta vida— nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios.


Nosotros conocemos el camino de este itinerario ascendente (cf. Jn 14,1-6). Lo encontramos en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas, como también vemos sus huellas en la Virgen María y en los santos: aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal y aquellos —como le gustaba decir al Papa Francisco— «de la puerta de al lado» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), con los que vivimos cada día —papás, mamás, abuelos, personas de todas las edades y condiciones—, que con alegría y compromiso se esfuerzan sinceramente por vivir según el Evangelio.


Con ellos, con su apoyo y gracias a su oración, podemos aprender también nosotros a subir día a día hacia el cielo, haciendo objeto de nuestros pensamientos, como dice san Pablo, “todo lo que es verdadero, justo, amable” (cf. Flp 4,8) y poniendo en práctica, con la ayuda de Dios, lo que hemos «oído y visto» (v. 9), haciendo crecer, en nosotros y en nuestro entorno, la vida divina que recibimos en el bautismo y que nos impulsa constantemente hacia lo alto, hacia el Padre, y difundiendo en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz.


Que nos ayude la Virgen María, Reina del Cielo, que en todo momento ilumina y guía nuestro caminar.


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se celebra en muchos países la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año he querido dedicar al tema “Custodiar voces y rostros humanos”. En esta época de la inteligencia artificial animo a todos a comprometerse en la promoción de formas de comunicación que sean siempre respetuosas de la verdad del hombre, a la cual se debe orientar toda innovación tecnológica.


De hoy al próximo domingo se llevará a cabo la Semana Laudato si’, dedicada al cuidado de la creación e inspirada en la encíclica del Papa Francisco. En este año jubilar de san Francisco de Asís, recordamos su mensaje de paz con Dios, con los hermanos y con todas las creaturas. Lamentablemente, a causa de las guerras, en estos últimos años se han retrasado mucho los progresos en este ámbito. Por eso, animo a los miembros del movimiento Laudato si’, y a todos los que trabajan por una ecología integral, a renovar este compromiso. Cuidar la paz es cuidar la vida.


Los saludo a todos ustedes, queridos fieles de Roma y peregrinos de distintos países. En particular, doy la bienvenida a algunas bandas musicales provenientes de Alemania, a la confraternidad Sant’Antonu di u Monti de Ajaccio y al grupo de estudiantes de Montana de los Estados Unidos de América.


Saludo a los jóvenes de Oppido Mamertina, a los animadores de Lorenzaga de la diócesis de Concordia-Pordenone y a los jóvenes confirmandos de la diócesis de Génova.


¡Les deseo a todos un feliz domingo!

domingo, 26 de abril de 2026

REGINA CAELI PAPA LEÓN XIV,

Plaza de San Pedro

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!


Al continuar nuestro camino por el tiempo pascual, el Evangelio de hoy nos presenta las palabras de Jesús, que se compara con un pastor y luego con la puerta del redil (cf. Jn 10,1-10).


Jesús contrasta al pastor con el ladrón. De hecho, afirma: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante» (v. 1). Y más adelante, de modo aún más claro: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (v. 10). La diferencia es clara: el pastor tiene un vínculo especial con sus ovejas y, por lo tanto, puede entrar por la puerta del redil; si alguien, en cambio, necesita saltar la cerca, entonces sin duda es un ladrón que quiere robar las ovejas.


Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos (cf. Ez 34,16). Jesús no viene como un ladrón para robarnos la vida y la libertad, sino para guiarnos por el camino correcto. No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera. Quienes confían en Él no tienen nada que temer; Él no menosprecia nuestra vida, sino que viene a dárnosla en abundancia (cf. v. 10).


Hermanos y hermanas, estamos invitados a reflexionar y, sobre todo, a vigilar nuestros corazones y nuestras vidas, porque quienes entran en ellos pueden multiplicar la alegría o, como un ladrón, pueden robárnosla. Los “ladrones” pueden adoptar muchos rostros: son aquellos que, a pesar de las apariencias, coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad; son creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida; son ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas; son estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos. Y no olvidemos tampoco a esos “ladrones” que, saqueando los recursos de la tierra, librando guerras sangrientas o alimentando el mal en cualquiera de sus formas, no hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad.


Podemos preguntarnos: ¿quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los “ladrones” que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?


Hoy el Evangelio nos invita a confiar en el Señor: Él no viene a robarnos nada; al contrario, es el Buen Pastor, que multiplica la vida y nos la ofrece en abundancia. Que la Virgen María nos acompañe siempre en nuestro camino e interceda por nosotros y por el mundo entero.


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy se conmemora el 40º aniversario del trágico accidente de Chernóbil, que marcó la conciencia de la humanidad. Este hecho sigue siendo una advertencia sobre los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes. Encomendamos a la misericordia de Dios las víctimas y aquellos que aún sufren las consecuencias. Espero que, en la toma de decisiones a todos los niveles, prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad, para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y la paz.


Y ahora me dirijo a ustedes, romanos y peregrinos de diversos países: ¡bienvenidos!


Saludo a los Caballeros y Damas de la Orden de San Jorge, Orden Europea de la Casa de Habsburgo-Lorena. Saludo a los niños del grupo de danza “Malva”, de Brovary, Ucrania; al Coro Cantica Sacra de la Arquidiócesis de Trnava, Eslovaquia; a los fieles de Viena, Madrid y las Islas Canarias; y a los directores y profesores del Colegio “São Tomás” de Lisboa.


Saludo al numeroso grupo de jóvenes de Val Camonica (Diócesis de Brescia) y a los jóvenes monaguillos de Biadene y Caonada; así como a los fieles de Treviso, Vicenza, Crotone y Cariati, Oria y Lecce; y a los participantes en el congreso de la Asociación Apóstoles de la Divina Misericordia.


Un saludo especial a las familias y amigos de los nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma, a quienes ordené esta mañana en la Basílica de San Pedro: acompañen siempre con sus oraciones a estos jóvenes ministros del Evangelio.


Les deseo a todos un feliz domingo.

domingo, 12 de abril de 2026

Ángelus del PAPA LEÓN XIV

REINA DEL CIELO

Plaza de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y feliz Pascua!


Hoy, segundo domingo de Pascua, dedicado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia, en el Evangelio leemos la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás (véase Jn 20,19-31). Este acontecimiento tiene lugar ocho días después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar las marcas de los clavos, a poner su mano en la herida de su costado y a creer (véase v. 27). Es una escena que nos invita a reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo podemos creer? San Juan, quien narra el acontecimiento, nos da instrucciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús al octavo día , en la comunidad reunida , y lo reconoce en los signos de su sacrificio . De esta experiencia surge su profesión de fe, la más elevada de todo el Cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 29).


Por supuesto, no siempre es fácil creer. No lo fue para Tomás, ni lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y fortalecida. Por esta razón, en el octavo día, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer como los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía. En ella, escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestras vidas en unión con el Sacrificio de Cristo, nos nutrimos de su Cuerpo y Sangre, y luego, a su vez, nos convertimos en testigos de su Resurrección, como indica el término «Misa», que significa «envío», «misión» (véase Catecismo de la Iglesia Católica , 1332).


La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana partiré para mi viaje apostólico a África , y algunos de los mártires de la Iglesia africana primitiva, los Mártires de Abitene, nos han dejado un hermoso testimonio sobre este tema. Cuando se les ofreció la oportunidad de salvar sus vidas si renunciaban a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el Día del Señor. Es allí donde nuestra fe se nutre y crece. Es allí donde nuestros esfuerzos, por limitados que sean, por la gracia de Dios se unen como acciones de miembros de un solo cuerpo —el Cuerpo de Cristo— en la realización de un único y gran plan de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que nuestras manos también se convierten en «manos del Resucitado», testigos de su presencia, su misericordia, su paz, en los signos del trabajo, el sacrificio, la enfermedad y el paso de los años, que a menudo quedan grabados allí, como en la ternura de una caricia, un abrazo o un gesto de caridad.


Queridos hermanos y hermanas, en un mundo tan necesitado de paz, esto nos obliga más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, a partir de él como testigos de la caridad y portadores de la reconciliación. Que la Virgen María, bendita por haber sido la primera en creer sin ver (cf. Jn 20,29), nos ayude a hacerlo.


Queridos hermanos y hermanas,


Hoy, muchas Iglesias Orientales celebran la Pascua según el calendario juliano. A todas esas comunidades, les extiendo mis más sinceros deseos de paz, en comunión de fe en el Señor Resucitado. Las acompaño con oraciones más intensas por quienes sufren a causa de la guerra, especialmente por el amado pueblo ucraniano. Que la luz de Cristo consuele los corazones afligidos y fortalezca la esperanza de paz. ¡Que la comunidad internacional jamás olvide la tragedia de esta guerra!


En estos días de dolor, temor e inquebrantable esperanza en Dios, me siento más cercano que nunca al querido pueblo libanés. El principio de humanidad, arraigado en la conciencia de toda persona y reconocido en el derecho internacional, implica la obligación moral de proteger a la población civil de los atroces efectos de la guerra. Hago un llamamiento a las partes en conflicto para que cesen el fuego y busquen urgentemente una solución pacífica.


El próximo miércoles se cumplen tres años del inicio del sangriento conflicto en Sudán. ¡Cuánto sufre el pueblo sudanés, víctimas inocentes de esta tragedia inhumana! Reitero mi sincero llamamiento a las partes en conflicto para que depongan las armas y comiencen, sin condiciones previas, un diálogo honesto que ponga fin a esta guerra fratricida cuanto antes.


Y ahora os doy la bienvenida a todos, romanos y peregrinos, especialmente a los fieles que celebraron el Domingo de la Divina Misericordia en el Santuario de Santo Spirito en Sassia.


Saludo al Musikverein Kleinraming de la Diócesis de Linz, en Austria, y a los fieles de Polonia; así como a los jóvenes del Collège Saint Jean de Passy de París y a los de diversas nacionalidades del Movimiento de los Focolares. Saludo a la peregrinación de la comunidad de San Benedetto Po y a los confirmandos de Santarcangelo di Romagna y San Vito.


Mañana partiré para un viaje apostólico de diez días a cuatro países africanos : Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Les pido que me acompañen con sus oraciones. ¡Gracias!


¡Feliz domingo a todos!