jueves, 1 de enero de 2026

Santa María, Madre de Dios

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números (6,22-27):

EL Señor habló a Moisés:

«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:

“El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor te muestre tu rostro

y te conceda la paz”.

Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios


Salmo  66 R/. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (4,4-7):

Hermanos:

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios


Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21):

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor


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El Señor hace brillar su rostro, da la paz y hace entrar en su familia y, como dice Gálatas, si hijos, herederos con Cristo. Es decir, herederos de esa bendición del brillo del rostro de Dios. La bendición de la gloria de Dios es la paz. Pero no es una paz de simple ausencia de conflicto externo, sino algo mucho más profundo.


Hoy celebramos varias cosas además del Año Nuevo: María, Madre de Dios, y la Jornada Mundial de la Paz. Todo va unido. La paz es cuestión, en primer lugar, personal y luego de familia. La paz interior de cada uno de los miembros de una familia (bendecido, cada uno, por el rostro de Dios) lleva a la paz familiar. Y eso mismo se puede extender a vecindarios, pueblos, naciones, el mundo entero. Hablar de paz hoy en un mundo en guerras abiertas, híbridas, silenciadas, o frías parece algo complicado. Se podría decir que la paz que se ofrece es más bien una confiada seguridad en la protección del rostro de Dios sobre nosotros. Es también la seguridad de quien se sabe hijo. Hijo de Dios y, por tanto, hijo también de la Madre de Dios, María.


Quizá la clave de esa extraña paz (materialmente hablando), sea lo que nos dice el evangelio de hoy sobre María que, “guardaba todas esas cosas en su corazón”. No se trata de un silencio perplejo ante el misterio y resignado ante la realidad. Se trata, más bien, del recuerdo (re-cordar es devolver al corazón) de las promesas de Dios y del cumplimiento de tales promesas; se trata de rumiar todos esos actos de presencia de Dios en la propia vida en el pasado y en el presente y la seguridad de la futura presencia y brazo poderoso. Se trata del abandono de los hijos en brazos de sus padres. En brazos de la santísima Madre de Dios.

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