miércoles, 28 de enero de 2026

Miércoles de la tercera semana del Tiempo Ordinario, Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de Samuel (7,4-17):

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: «Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy, no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario. Y, en todo el tiempo que viajé de acá para allá con los israelitas, ¿encargué acaso a algún juez de Israel, a los que mandé pastorear a mi pueblo Israel, que me construyese una casa de cedro?» Pues bien, di esto a mi siervo David: «Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes como suelen los hombres, pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.»»

Natán comunicó a David toda la visión y todas estas palabras.

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Le mantendré eternamente mi favor


Santo Evangelio según san Marcos (4,1-20):

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla.

Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: «Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.

Él les dijo: «A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que, por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.»»

Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Menuda misión para un pobre mortal. Enmendar la plana al rey David, corregirle y no permitirle construir una casa para el Señor. Llevando la contraria no se hacen amigos en las cortes reales, y tampoco se prospera. Nos imaginamos la cara del rey, cuando el profeta Natán le dice que Dios no da el visto bueno a su idea. Aunque amortiguaría el golpe saber que el proyecto lo llevará a cabo su descendencia. Algo es algo. El sabio rey Salomón llevó a cabo el proyecto, pero eso ya es otra historia.


Es que los planes de Dios llevan su tiempo. El ritmo divino no es nuestro ritmo. Lo saben bien los hombres del campo. El evangelio de Marcos nos presenta hoy a Jesús como el sembrador que sale a sembrar sin medida. No calcula el terreno ni selecciona a los oyentes: la semilla —que es la Palabra de Dios— cae sobre todos. Este gesto revela algo fundamental: Dios no se cansa de hablarnos, incluso cuando sabe que muchos corazones no están preparados para acoger su mensaje.


La parábola del sembrador no pone el acento en la calidad de la semilla, que es siempre buena, sino en la disposición del terreno y en cómo el sembrador no escatima la semilla.


Jesús mismo explica que los distintos tipos del suelo representan las actitudes del corazón humano frente a la Palabra.


El camino duro simboliza a quienes escuchan, pero no dejan que la Palabra penetre. Es un corazón cerrado, distraído o indiferente, donde el mensaje del Evangelio no logra arraigar. Hay mucha gente que no tiene interés en este mensaje. El terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con entusiasmo momentáneo, pero sin profundidad; cuando llegan las dificultades o las exigencias del seguimiento, abandonan. Quizá sea consecuencia de la vida que llevamos, donde todo tiene que ser fácil y rápido. El terreno con espinos refleja a quienes escuchan, pero permiten que las preocupaciones, el afán por el dinero y los deseos del mundo ahoguen el mensaje.


Finalmente, Jesús habla de la tierra buena, aquella que escucha la Palabra, la acoge y da fruto. No se trata de personas perfectas, sino de corazones disponibles, abiertos a la conversión y perseverantes. El fruto es diverso —treinta, sesenta, cien— porque cada vida es distinta, pero lo importante es que la Palabra produce vida nueva.


Esta parábola nos invita a mirarnos por dentro y preguntarnos: ¿Qué tipo de terreno soy hoy? No se trata de juzgarnos, sino de reconocer que el corazón puede transformarse. El terreno duro puede ablandarse, las piedras pueden retirarse y los espinos pueden ser arrancados. La gracia de Dios trabaja en nosotros si se lo permitimos.


En un mundo lleno de ruido, prisas y superficialidad, este evangelio nos llama a escuchar con atención, a cuidar el silencio interior y a dejar que la Palabra eche raíces profundas. Solo así nuestra fe dejará de ser pasajera y se convertirá en una vida fecunda al servicio del Reino.


Que cada vez que escuchemos el Evangelio, podamos decir con humildad:

Señor, haz de mi corazón una tierra buena.

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