domingo, 11 de enero de 2026

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

 CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA Y BAUTISMO DE ALGUNOS NIÑOS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

Capilla Sixtina

Queridos hermanos y hermanas ,


Cuando el Señor entra en la historia, se encuentra con la vida de cada persona con un corazón abierto y humilde. Busca nuestra mirada con la suya, llena de amor, y dialoga con nosotros, revelándonos la Palabra de salvación. Al hacerse hombre, el Hijo de Dios crea una posibilidad sorprendente para todos, inaugurando una nueva era, inesperada incluso para los profetas.


Juan el Bautista se da cuenta de esto inmediatamente y pregunta a Jesús: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» ( Mt 3,14). Como luz en la oscuridad, el Señor se deja encontrar donde menos lo esperamos: es el Santo entre los pecadores, que quiere habitar entre nosotros sin distanciarse, sino asumiendo plenamente todo lo humano. «Que así sea», responde Jesús a Juan, «porque conviene que cumplamos toda justicia» (v. 15). ¿Qué justicia? La de Dios, quien en el bautismo de Jesús obra nuestra justificación: en su infinita misericordia, el Padre nos hace justos por medio de su Cristo, el único Salvador de todos. ¿Cómo sucede esto? Aquel que es bautizado por Juan en el Jordán convierte este gesto en un nuevo signo de muerte y resurrección, de perdón y comunión. Este es el Sacramento que celebramos hoy por estos hijos tuyos: porque Dios los ama, se convierten en cristianos, nuestros hermanos y hermanas.


Los niños que ahora sostienen en sus brazos se transforman en nuevas criaturas. Así como recibieron la vida de ustedes, sus padres, ahora reciben el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, lo buscamos de inmediato para quienes amamos. ¿Quién, de hecho, dejaría a recién nacidos sin ropa ni comida, esperando que de adultos decidan cómo vestirse y qué comer? Queridos, si el alimento y la ropa son necesarios para la vida, la fe es más que necesaria, porque con Dios, la vida encuentra la salvación.


Su amor providente se manifiesta en la tierra a través de ustedes, madres y padres que piden fe para sus hijos. Ciertamente, llegará el día en que les resultará pesado sostenerlos en sus brazos; y también llegará el día en que serán ellos quienes los sostenga. Que el Bautismo, que nos une en la única familia de la Iglesia, santifique a todas sus familias en todo momento, otorgando fuerza y ​​constancia al afecto que los une.


Los gestos que pronto realizaremos son hermosos testimonios de ello: el agua de la fuente es la purificación del Espíritu, que nos purifica de todo pecado; la túnica blanca es la nueva vestidura que Dios Padre nos da para la celebración eterna de su Reino; la vela encendida del cirio pascual es la luz de Cristo resucitado, que ilumina nuestro camino. Espero que sigan haciéndolo con alegría durante el año que comienza y a lo largo de sus vidas, confiados en que el Señor siempre acompañará sus pasos.

El Bautismo del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (42,1-4.6-7):

Esto dice el Señor:

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo;

mi elegido, en quien me complazco.

He puesto mi espíritu sobre él,

manifestará la justicia a las naciones.

No gritará, no clamará,

no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará,

la mecha vacilante no la apagará.

Manifestará la justicia con verdad.

No vacilará ni se quebrará,

hasta implantar la justicia en el país.

En su ley esperan las islas.

Yo, el Señor,

te he llamado en mi justicia,

te cogí de la mano, te formé

e hice de ti alianza de un pueblo

y luz de las naciones,

para que abras los ojos de los ciegos,

saques a los cautivos de la cárcel,

de la prisión a los que habitan en tinieblas».

Palabra de Dios


Salmo 28,R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz


Segunda Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (10,34-38):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (3,13-17):

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:

«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Y vino una voz de los cielos que decía:

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy recordamos que «quien ama Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,21). ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».


La vocación del hombre es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente.


«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18), dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico. Es el Espíritu del Amor que así como hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena nueva a los pobres» (cf. Lc 4,18), también “reposa” encima nuestro y nos conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).

sábado, 10 de enero de 2026

Lecturas del día 10 de Enero

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,19–5,4):

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él, En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no, son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

Palabra de Dios


Salmo 71,R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra


Santo Evangelio según San Lucas (4,14-22a):

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él.

Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.

Palabra del Señor


Compartimos:

una encuesta entre los católicos preguntando a que vino el Hijo de Dios al mundo, la mayoría, la grandísima mayoría, respondería que a salvarnos del pecado. La respuesta se centraría sobre todo en la salvación individual, de cada persona. Jesús habría venido a perdonarnos los pecados y a abrirnos el camino del cielo.


Pero el texto del Evangelio de hoy nos plantea las cosas de una forma muy diferente. Jesús se presenta en su pueblo y va a la sinagoga. Como ya tiene fama de predicador por aquellos pueblos de Galilea, le invitan a que les dirija la palabra. Jesús escoge un texto del profeta Isaías que conviene que lo volvamos a leer ésta y muchas veces: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Y a continuación, Jesús hizo una de las más breves homilías de todos los tiempos cuando dijo ante la sorpresa de todos que “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.


Sorpresa: para nada se habla en ese texto de los pecados, ni de la salvación eterna, ni mucho menos de la salvación individual. Lo que se dice en el texto se dirige a la colectividad, al grupo, al pueblo entero. Está claro que se dirige sobre todo a los que sufren, a los que les ha tocado la peor parte en la sociedad: los pobres, los encarcelados, los ciegos, los oprimidos. Esos son los principales destinatarios de la misión de Jesús. Para eso entiende Jesús que ha recibido la unción del Espíritu. Y termina la cita proclamando el año de gracia del Señor, un tiempo de perdón de las deudas, de liberación de los esclavos. Era el tiempo en que se daba la oportunidad a todos de volver a empezar, dejando atrás todo lo negativo que había habido en sus vidas. ¿Entra aquí la liberación del pecado individual? Ciertamente pero enmarcado en un contexto mucho más amplio. La llegada de Jesús supone un verdadero tiempo nuevo para toda la sociedad, una oportunidad para comenzar de nuevo una relación basada en la fraternidad, en la justicia, en el sabernos todos hijos e hijas de Dios, hermanos de sangre y esperanza.

viernes, 9 de enero de 2026

Lecturas del día 9 de Enero

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,11-18):

Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

Palabra de Dios


Salmo 71,R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra


Santo Evangelio según San Marcos (6,45-52):

Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús en seguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar. Llegada la noche, la barca estaba en mitad del lago, y Jesús, solo, en tierra. Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado.

Pero él les dirige en seguida la palabra y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.»

Entró en la barca con ellos, y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender.

Palabra del Señor


Compartimos:

El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos en medio del lago. Embarcados. De noche. El viento decide salir de su refugio y empieza a montarse sobre las olas. Viene la tormenta. Y el miedo. Si alguno conoce el lago de Genesaret quizá le haya tocado verlo en un día apacible. Es un paisaje encantador, casi idílico. Pero suficientemente grande como para que las tormentas sean terribles. Y más con los medios de la época. Y más todavía si pensamos que la barquichuela de los discípulos no sería gran cosa. Pero por allí pasa Jesús y les invita a confiar: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”


El lago y la barca han sido desde hace mucho tiempo uno de los símbolos favoritos del mundo y la Iglesia. La barca de la Iglesia, la barca sencilla del pescador Pedro, tiene que navegar entre los peligros de un mar que a veces es tranquilo y apacible y otras veces es terrible y peligroso. En una barca no hay un lugar seguro al que agarrarse. Sobre todo, si las olas son más altas que la misma barca. La barca se mueve sin parar y la sensación es que no hay esperanza ni forma de llegar a buen puerto.


Es posible que hoy sintamos nuestra vida amenazada. O que sintamos amenazada la vida de la misma Iglesia debido a la falta de vocaciones o a los bancos medio vacíos que se ven en algunas o muchas iglesias. Algunos se ven a sí mismos como profetas y todo lo que ven son peligros, tan terribles que parece que estamos abocados a un final desastroso y sin salida.


Frente a los profetas agoreros, no tenemos más que la figura de Jesús que pasa cerca de nosotros y nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.” Él es el que nos hace seguir navegando seguros, seguir practicando la fraternidad, seguir abriendo la mano a los hermanos y hermanas de la humanidad sin excluir a nadie porque todos somos hijos e hijas de Dios. A veces nos encontramos con problemas, con conflictos. De la Iglesia con la sociedad. También dentro de la Iglesia, a veces en nuestra comunidad o en nuestra familia. Todo se arreglará desde el diálogo y el amor y la misericordia. Y recordando muchas veces las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”

jueves, 8 de enero de 2026

Lecturas del día 8 de Enero

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,7-10):

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados.

Palabra de Dios


Salmo 71,R/. Que todos los pueblos de la tierra se postren ante ti, Señor


Segunda Lectura

Santo Evangelio según san Marcos (6,34-44):

En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer.»

Él les replicó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.»

Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces.»

Él les mandó que hicieran recostarse a la gente sobre la hierba en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces. Los que comieron eran cinco mil hombres.

Palabra del Señor


Compartimos:

Decía ayer que en estos días se presentaba de una forma muy resumida lo más fundamental del Evangelio. Hoy se presentan dos aspectos fundamentales.


Lo primero nos habla de la motivación de Dios para salvarnos. ¿Cómo es posible que Dios se preocupe de unas criaturillas tan mínimas, tan insignificantes, como nosotros? Porque nos ama. Así de sencillo. Así de grande. Eso lo vemos en Jesús en el comienzo de este Evangelio. Jesús está ante la multitud y siente lástima por ellos. La compasión es algo que siente el que tiene relación con el que es objeto de su compasión. Jesús siente compasión porque los que tiene delante no son extraños, no los ve como amenazas para su seguridad o para su bienestar. Jesús mira a la multitud que ha ido a escucharle y ve a sus hermanos y hermanas. Son parte de su vida porque son su familia. En otras palabras, porque somos su familia. No somos súbditos ni siervos ni esclavos ni criaturas despreciables. Por mucho que hayamos pecado. Por mucho que hayamos hecho cosas indignas. Por mucho que hayamos desperdiciado nuestra vida. Él nos mira y ve en nosotros a sus hermanos y hermanas necesitados. Y la mirada de Jesús no es otra que la mirada de Dios. La compasión de Jesús es el signo mayor del amor de Dios. En esa compasión nos está revelando cómo es Dios.


Por eso no se conforma con enseñarles. Ve su necesidad. Se da cuenta de que tienen hambre. Y se apresura a hacer todo lo posible para darles de comer. Son sus hermanos y hermanas. Para él es un gozo ver cómo se sientan todos en torno a la misma mesa y comparten el pan y lo poco o mucho que acompaña ese pan. El verbo clave es “compartir”. Porque ese “compartir” es el signo mayor de la fraternidad. Al compartir la comida hacemos realidad el sueño de Dios, su reino, que todos somos una única familia sin distinción de colores ni razas ni ideas ni creencias ni… porque todos los hermanos son diferentes pero todos son amados por el Padre sin distinción.


La Eucaristía, la misa, es el gran signo cristiano, evangélico. Es el signo mayor de la fraternidad y del reino. Es el mejor regalo y celebración que tenemos en la Iglesia. Y nos recordará siempre el compromiso de hacer realidad en nuestra vida de cada día lo que celebramos en la Eucaristía.

miércoles, 7 de enero de 2026

Lecturas del día 7 de Enero.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,22–4,6):

Cuanto pedimos lo recibimos de Dios, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos: no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

Palabra de Dios


Salmo  2,7-R/. Te daré en herencia las naciones


Santo Evangelio según san Mateo (4,12-17.23-25):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Trasjordania.

Palabra del Señor


Compartimos:

Los Evangelios de estos días van a ser como un pequeño condensado o resumen de todo el Evangelio. Este niño que acaba de nacer tiene prisa por dejarnos claro que tiene algo importante que decirnos. La buena nueva del Evangelio está ahí y es la mejor noticia que podemos escuchar en este comienzo de año.


Su mensaje es en realidad muy sencillo. Tiene una invitación a cambiar de vida. No otra cosa significa “convertirse.” Podemos darle muchas vueltas a esa palabra pero en el fondo todos sabemos a qué se refiere. Todos somos conscientes de las asignaturas pendientes que hemos ido dejando a lo largo de nuestra vida. Envidias, egoísmos, violencias… tantas cosas que creemos que hemos dejado atrás pero que en el fondo se nos han quedado pegadas a la piel como cicatrices. Convertirse significa lavarnos, limpiarnos, purificarnos y empezar como nuevos. Convertirse significa pedir perdón al que ofendimos, reconstruir las relaciones rotas con el hermano, renunciar a la violencia y construir la paz. Cada uno tiene que mirar en su propia y personal historia y, si somos honestos, no tendremos mucha dificultad para descubrir eso en lo que tenemos que convertirnos.


Esa conversión que tanto nos hace falta a veces no podemos conseguirla con nuestras solas fuerzas. Y ahí viene Jesús en nuestra ayuda. En el Evangelio se dice de él que iba por los caminos de Galilea enseñando, proclamando el Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo. En el fondo, Jesús es un sanador, uno que cura nuestras heridas y nuestras dolencias. Uno que va sanando las cicatrices y dolores que arrastramos de años de mala vida.


Ahí está el centro del Evangelio: Jesús nos invita a convertirnos a la fraternidad, al reino. Jesús nos llama a darnos cuenta de que somos hermanos, hijos e hijas del mismo Padre. Y nos dice que ni la violencia ni el odio ni la envidia ni… tienen sentido en el reino de su Padre. Y él mismo se nos ofrece para curarnos nuestras heridas. Todo eso que nos impide levantarnos y comenzar a trabajar por el reino. Porque él es gracia y amor y perdón y esperanza.

martes, 6 de enero de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV , SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Balcón central de la Basílica de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


En este período hemos vivido varios días festivos y la solemnidad de la Epifanía que, ya en su nombre, nos sugiere lo que hace posible la alegría incluso en tiempos difíciles. Como saben, en efecto, la palabra “epifanía” significa “manifestación”, y nuestra alegría nace de un Misterio que ya no se encuentra oculto. La vida de Dios se ha revelado: muchas veces y de diferentes maneras, pero con definitiva claridad en Jesús, de modo que ahora sabemos, a pesar de muchas tribulaciones, que podemos tener esperanza. “Dios salva”: no tiene otras intenciones, no tiene otro nombre. Sólo lo que libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios.


Arrodillarnos como los magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios. En Jesús ha aparecido la verdadera vida, el hombre viviente, es decir, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión, lo que nos hace decir: «en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). Sí, la vida divina ahora está a nuestro alcance, se ha manifestado para involucrarnos en su dinamismo liberador que disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una invitación: la comunión no puede ser impuesta, pero, ¿qué más se podría desear?


En el relato evangélico y en nuestros nacimientos, los magos presentan al Niño Jesús unos regalos preciosos: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11). No parecen cosas útiles para un niño, pero expresan una intención que nos hace reflexionar mucho al llegar al final del Año jubilar. Da mucho quien lo da todo. Recordemos a aquella pobre viuda, observada por Jesús, que había echado en el tesoro del Templo sus últimas monedas, todo lo que tenía (cf. Lc 21,1-4). No sabemos qué poseían los magos, venidos de Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que todo, realmente todo lo que somos y poseemos, reclama ser ofrecido a Jesús, tesoro inestimable. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad; tiene en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos, a devolver “lo que se tiene” y “lo que se es” a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros.


Queridos hermanos, la esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra: viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva. En los regalos de los magos vemos, pues, lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que ya no se puede guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca entre nosotros. Que crezca su Reino, que se cumplan en nosotros sus palabras, que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos y hermanas, que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. Artesanos de esperanza, caminemos hacia el futuro por otro camino (cf. Mt 2,12).


Después del Ángelus


Queridos hermanos y hermanas:


En la fiesta de la Epifanía, que es la Jornada Misionera de los Niños, quiero saludar y dar las gracias a todos los niños y jóvenes que, en muchas partes del mundo, rezan por los misioneros y se comprometen a ayudar a sus coetáneos más desvalidos. ¡Gracias, queridos amigos!


Mi pensamiento se dirige también a las comunidades eclesiales de Oriente, que mañana celebrarán la Santa Navidad, según el calendario juliano. Queridos hermanos y hermanas, ¡que el Señor Jesús les conceda a ustedes y a sus familias serenidad y paz!


Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de diversos países, en particular a los miembros del Consejo de Presidencia de la International Rural Catholic Association, con mis mejores deseos por su compromiso.


Saludo a los fieles de Lampedusa con su párroco, a los jóvenes del Movimiento «Tra Noi» y a los participantes en el tradicional desfile histórico-folclórico sobre los valores de la Epifanía, que este año tiene como protagonista a Sicilia.


Saludo a los peregrinos polacos y también a los numerosos participantes en el «Desfile de los Reyes Magos» que hoy se celebra en Varsovia y en muchas ciudades de Polonia, ¡e incluso en Roma!


A todos les deseo lo mejor para el nuevo año a la luz de Cristo Resucitado.


Muchas felicidades a todos, ¡feliz fiesta!