viernes, 3 de junio de 2022

Hacia la Gloria por el martirio



Historia del martirio de los frailes del Convento de Almagro

A principios de julio de 1936, la mitad de los miembros de la comunidad de Almagro, se habían marchado para pasar vacaciones en otros conventos. En el convento quedaron varios estudiantes, hermanos cooperadores y padres.

El 21 de julio, tres días después del inicio de la guerra, varios miembros del Ateneo Libertarlo prenden fuego a la Iglesia de Madre de Dios, lo cual pueden observar desde el convento nuestros frailes. Varios de ellos acuden a tratar de apagarlo, pero los exaltados les echan de allí con desprecio. El alcalde, Daniel García Pozo, les visita para indicarles la conveniencia de que salgan del pueblo. Por la noche, varios hombres registran el convento en busca de armas.

Al día siguiente se reúnen para tomar café en honor a Santa Magdalena, patrona de la Orden. En el ánimo de todos se encontraba la idea de que se estaba desatando una persecución terrible contra sacerdotes y religiosos. Ese mismo día se presentan algunos extremistas para preguntarles cuántos eran y dónde se encontraban los que faltaban. Ante la actitud de los frailes, les amenazan con quemar el convento con ellos dentro esa misma noche. Por un lado los miembros del Ateneo Libertario tenían claro cuál debía ser el destino de los frailes, a quienes consideraban peligrosos. Por otro lado, el alcalde, Daniel García, aspiraba a que, al menos, la eliminación de los frailes no tuviese lugar en su radio jurisdiccional. Desde ese momento el Alcalde se presenta en el convento varias veces e insiste que desalojen el convento. Les dice que les puede ofrecer salvoconductos para salir del pueblo.

El 24 de julio el alcalde, con malas maneras, les ordena terminantemente que abandonen el convento. El padre Marina reúne a la exigua comunidad y distribuye las Sagradas Formas entre todos. Emoción y lágrimas.

Al día siguiente, los frailes comienzan a evacuar el convento. Buena parte de los religiosos se alojan en casas particulares, algo que no gusta al Ateneo Libertario que argumenta que la dispersión de los religiosos era una dificultad para tenerles controlados, dada su "peligrosidad". Por eso el alcalde cambia de opinión y ordena confinar a los frailes en una casa deshabitada frente a la quemada Iglesia de la Madre de Dios. El alcalde obligó al padre Camazón a entregarle los tomos del convento.

Una vez alojados en la casa, se organizaron para poder comer a diario. Dada la cercanía del convento fray Arsenio y fray Mateo, los cocineros, iban a diario a la despensa para poder cocinar y llevar la comida a todos los demás. Las noticias de fuera que van llegando, no son del todo buenas. Se sabe del avance de Franco a través de los periódicos que les daban los guardias al tiempo que les desasosegaban con palabras sacrílegas y llenas de insultos y odio.

El 30 de julio el alcalde comienza a expedirles salvoconductos para que, paulatina e inadvertidamente, fueran desalojando el pueblo. Pero los del Ateneo no se cruzaron de brazos. En el mismo tren que llevaba con destino a Ciudad Real a los tres primeros "liberados" subieron también unos jóvenes afiliados al Ateneo Libertario, que, en la estación de Miguelturra, llamaron la atención de los milicianos de guardia sobre la sospechosa expedición. Los bajan, los sitúan entre las vías a conveniente distancia para el tiro, y los matan despiadadamente.

Una escena parecida se repite, casi con pelos y señales, en la estación de Manzanares (Ciudad Real). Fueron detenidos por uno de los factores ferroviarios de Madrid, en Manzanares, en un tren procedente de Almagro, el 3 de agosto de 1936, siendo conducidos a la cárcel de Manzanares, permaneciendo en una de sus celdas privados de toda luz, en estado insalubre. Cinco días después fueron conducidos a las tapias del cementerio y fusilados. Familiares que recogieron tempranamente datos añadieron una nota de brutal ensañamiento para con ellos, al afirmar que «fueron castrados por una mujer».

Entre tanto, la permanencia del resto de los detenidos resultaba por días más engorrosa para el alcalde, que consultó a Madrid para saber qué hacer con ellos. Desde la Dirección General de Seguridad le anunciaron que unos camiones de guardias de Asalto irían ex profeso a Almagro para hacerse cargo de los reclusos, ya destinados a otras cárceles de Madrid. Pero el plan iba a fallar de nuevo a cuenta de los afiliados al Ateneo.

La entrega final

Una reunión del Comité directivo en la noche del día 13, dio como resultado, la formal irrupción de un grupo de socios, sin más apelativos, en la casa prisión, tras un rato de golpes y amenazas a la puerta de la misma. El hermano cooperador fray Fernando García de Dios, que por tener un rostro aniñado fue puesto con los jóvenes, se pasó voluntariamente al bando de los mártires.

El padre Marina pidió misericordia para los más jóvenes. El padre Antonio Trancho da la absolución a los jovencitos y les habla con fervor sobre lo que significa morir por Dios y les animaba diciéndoles que al morir martirizados la esperanza de alcanzar el Cielo era casi un hecho. El padre Eduardo se echa a llorar por no haber podido salvar a los pequeños. El jefe dijo que no los iban a matar, les llevaban a tomarles declaración. Los jovencitos encerrados en la casa se pusieron a rezar el rosario y otros lloraban. Pocos momentos después de salir, uno de los escopeteros disparó al aire, que era la consigna, y se les unieron varios escopeteros más.

El cocinero, fray Arsenio, al ver la realidad, les reprocha sus mentiras. Pero el padre Camazón le pide tranquilidad y mansedumbre. Fray Arsenio sacó entonces un crucifijo que llevaba escondido y se dispuso a rezar. Entonces les ataron de dos en dos excepto al padre Marina. En un descampado a dos kilómetros de Almagro, detuvieron a las víctimas. Al ver algunos jóvenes el crimen que se iba a cometer, entraron en violenta discusión con los otros y finalmente decidieron abandonar el grupo, asustados por lo que iba a acontecer.

Historia del martirio de los dominicos en Almería

Los frailes sufrieron una despiadada persecución a partir de finales de julio de 1936, en que la comunidad se vio obligada a abandonar el convento de Almería. Los frailes se dispersaron y estuvieron refugiados en casas de familias que en ocasiones también sufrieron persecución. A lo largo de las siguientes semanas fueron detenidos, algunos llevados a comisaría donde fueron torturados, otros estuvieron presos en el barco «Astoy-Mendi» o el «Segarra». A lo largo del mes de septiembre, tres de ellos fueron fusilados en La Lagarta o Pozos de Tabernas (Almería) y dos de ellos fueron fusilados en las tapias del cementerio de Almería.

En esta causa merece una atención especial el laico dominico Fructuoso Pérez, reconocido periodista católico, que amaba a la Orden a la que pertenecía, junto el resto de su familia. Fue detenido en su domicilio el 26 de julio de 1936, lo llevaron a la comisaría y de allí a la prisión improvisada en el convento de las religiosas Adoratrices. El 3 de agosto lo trasladaron al barco «Segarra», hasta el 15. Lo ejecutaron en la madrugada de dicho día en la playa la Garrofa, cerca de Almería. Arrojaron el cadáver al mar, con los de otros fusilados. Devueltos tiempos después por el oleaje, los enterraron en la misma playa. Después de la guerra trasladaron los restos de todos, sin identificar, al cementerio de Almería.

Historia del martirio de Sor Asunción en Huéscar

A las pocas semanas de empezar en conflicto armado en España, las 14 monjas dominicas se vieron obligadas a abandonar su monasterio Madre de Dios y se escondieron en casas de familiares y personas caritativas. El convento fue saqueado. La nueva beata fue acogida en casa de una sobrina, llamada Ascensión Reche, esposa de Alfredo Motos. Su priora continuó atendiéndola. La persecución se recrudeció en Huéscar a principios de febrero de 1937. Fue apresada el 16 de febrero, porque los perseguidores juzgaron suficiente delito el que llevara un crucifijo al cuello. Estaba próxima a cumplir 76 años. En los calabozos del ayuntamiento sus perseguidores se empeñaron en «oírla blasfemar». No lo consiguieron, y ella respondía con oraciones breves. La apalearon y golpearon, dejándola magullada y tendida en el suelo sobre su sangre. Al día siguiente le ordenaron que se subiera a un camión, pero ella no tenía fuerzas para levantarse, así que cargaron con ella hasta el vehículo, donde había otros presos.

Llegaron a las puertas del cementerio, fueron bajando a los presos y los fusilaron ante la religiosa. Ella vio, por ejemplo, cómo fusilaban a su sobrino Florencio. Le volvieron a insistir que blasfemara, pero ella se negó. Finalmente colocaron su cabeza sobre una piedra y con otra piedra le machacaron el cráneo. Recibió la corona del martirio en las primeras horas del 17 de febrero de 1937.


Viernes de la 7ª semana de Pascua

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (25,13-21):

En aquellos días, el rey Agripa llegó a Cesarea con Berenice para cumplimentar a Festo, y se entretuvieron allí bastantes días. Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole: «Tengo aquí un preso, que ha dejado Félix; cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los ancianos judíos presentaron acusación contra él, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana ceder a un hombre por las buenas; primero el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse. Vinieron conmigo a Cesarea, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre. Pero, cuando los acusadores tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave de los que yo suponía; se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel, para que decida su majestad, he dado orden de tenerlo en prisión hasta que pueda remitirlo al César.»

Palabra de Dios

Salmo 10,R/. El Señor puso en el cielo su trono

 Santo Evangelio según san Juan (21,15-19):

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, dice a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Compartimos:

En el evangelio de hoy vemos a Jesús resucitado que se acerca a Pedro, a quien ya había encargado la misión de confirmar a sus hermanos en la fe, pero, esta vez, le hace una nueva llamada. Parecería que no era necesario que Jesús encargue nuevamente la misión a Pedro, pero Jesús sí lo ve conveniente. Jesús sabe que la dura y amarga experiencia de la negación ha herido el corazón de Pedro y que quizá la culpabilidad, el sentimiento de indignidad o el temor a no ser capaz de superar esta fragilidad, pueden dejar alicaído a su apóstol sin permitirle vivir la misión con la alegría y la generosidad propias del testigo. Por eso, le pregunta tres veces sobre su amor, es decir, le recuerda, terapéuticamente, que el amor es lo único que puede curar la infidelidad de las negaciones y que el amor es lo único que capacita para asumir una misión en su nombre.

Lo mismo nos puede pasar a cada uno de nosotros. Cuántas veces realizamos la misión encomendada con el lastre de la culpabilidad por nuestros errores, del escepticismo de nuestras capacidades y del temor de no poder superar nuestras fragilidades. Esta fuerza negativa nos puede hundir en el cumplimiento rutinario del funcionario, en la amargura del frustrado o en la superficialidad del insensato. Jesús no quiere que nos pase esto, por eso, nos busca, como a Pedro, y nos vuelve a llamar, nos pregunta las veces que sean necesarias sobre nuestro amor porque sabe que sólo cuando contactamos de verdad con esa fuerza misteriosa que nos habita podemos ser completamente sinceros para reconocer nuestros errores y para acoger su amor que nos convierte y nos lanza renovados a la misión.


jueves, 2 de junio de 2022

Oración al Espíritu de Amor

Sopla sobre mi, Espíritu Santo, para que mis pensamientos sean santos.

Muéveme, Espíritu santo para que mi trabajo también sea de tu agrado.

Atrae mi corazón, Espíritu santo, para que ame solo

 todo lo que es digno de ser amado.

Fortaléceme, Espíritu Santo, para que pueda defender todo

 lo que conduce a la paz y a la fraternidad.

Protégeme, Espiritu Santo, para que pueda ser santo.

Santa María de la  Esperanza nuestra asiento de sabiduría.

 Ruega por nosotros. San José ruega por las familias,que nunca se rompa el vínculo familiar. Ángel de  la  guarda ruega por todos.

Amen

Jueves de la 7ª semana de Pascua

 Lectura (Hch 22,30;23,6-11):

 En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno, bajó a Pablo y lo presentó ante ellos. Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos». Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto. Se armó un griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: «No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?».

El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel. La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma».

Salmo responsorial: 15 R/. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

Palabra de Dios

Compartimos:

Hoy, encontramos en el Evangelio un sólido fundamento para la confianza: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí» (Jn 17,20). Es el Corazón de Jesús que, en la intimidad con los suyos, les abre los tesoros inagotables de su Amor. Quiere afianzar sus corazones apesadumbrados por el aire de despedida que tienen las palabras y gestos del Maestro durante la Última Cena. Es la oración indefectible de Jesús que sube al Padre pidiendo por ellos. ¡Cuánta seguridad y fortaleza encontrarán después en esta oración a lo largo de su misión apostólica! En medio de todas las dificultades y peligros que tuvieron que afrontar, esa oración les acompañará y será la fuente en la que encontrarán la fuerza y arrojo para dar testimonio de su fe con la entrega de la propia vida.

miércoles, 1 de junio de 2022

Oración al Espíritu Santo

 ¡Oh Espíritu Santo, divino Paráclito, Padre de los pobres, Consolador de los afligidos, santificador de las almas, heme aquí, postrado ante tu presencia. Te adoro con la más profunda sumisión, y repito mil veces con los serafines que están ante tu trono: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

Tú, que has llenado de inmensas gracias el alma de María e inflamado de santo celo los corazones de los apóstoles, dígnate también abrasar mi corazón con tu amor.

Tú eres un espíritu divino, fortifícame contra los malos espíritus; tú eres fuego, enciende en mí el fuego de tu amor, tú eres luz, ilumíname, hazme conocer las verdades eternas; tú eres una paloma, dame costumbres puras; eres un soplo lleno de dulzura, disipa las tempestades que levantan en mí las pasiones; eres una nube, cúbreme con la sombra de tu protección; en fin, a ti que eres el autor de todos los dones celestes: ¡ah, ven Espíritu Santo!

Te suplico, vivifícame con la gracia, santifícame con tu caridad, gobiérname con tu sabiduría, adóptame como tu hijo por tu bondad, y sálvame por tu infinita misericordia, para que no cese jamás de bendecirte, de alabarte y de amarte; primero en la tierra durante mi vida, y luego en el cielo durante toda la eternidad.

Amén.

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Catequesis sobre la vejez 12. «No me abandones cuando decae mi vigor» (Sal 71,9)  

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

La hermosa oración del anciano que encontramos en el Salmo 71 que hemos escuchado nos anima a meditar sobre la fuerte tensión que habita la condición de la vejez, cuando la memoria de las fatigas superadas y de las bendiciones recibidas es puesta a prueba de la fe y la esperanza.

La prueba se presenta ya de por sí con la debilidad que acompaña el paso a través de la fragilidad y la vulnerabilidad de la edad avanzada. Y el salmista —un anciano que se dirige al Señor— menciona explícitamente el hecho de que este proceso se convierte en una ocasión de abandono, de engaño y prevaricación y de prepotencia, que a veces se ensaña contra el anciano. Una forma de vileza en la que nos estamos especializando en nuestra sociedad. ¡Es verdad! En esta sociedad del descarte, esta cultura del descarte, los ancianos son dejados de lado y sufren estas cosas. De hecho, no faltan quienes se aprovechan de la edad del anciano, para engañarlo, para intimidarlo de mil maneras. A menudo leemos en los periódicos o escuchamos noticias de personas ancianas que son engañadas sin escrúpulos para apoderarse de sus ahorros; o que quedan desprotegidas o abandonadas sin cuidados; u ofendidas por formas de desprecio e intimidadas para que renuncien a sus derechos. También en las familias —y esto es grave, pero sucede también en las familias— suceden tales crueldades. Los ancianos descartados, abandonados en las residencias, sin que los hijos vayan a visitarles o si van, van pocas veces al año. El anciano puesto en el rincón de la existencia. Y esto sucede: sucede hoy, sucede en las familias, sucede siempre. Debemos reflexionar sobre esto.

Toda la sociedad debe apresurarse a atender a sus ancianos —¡son el tesoro!— cada vez más numerosos, y a menudo también más abandonados. Cuando oímos hablar de ancianos que son despojados de su autonomía, de su seguridad, incluso de su hogar, entendemos que la ambivalencia de la sociedad actual en relación con la edad anciana no es un problema de emergencias puntuales, sino un rasgo de esa cultura del descarte que envenena el mundo en el que vivimos. El anciano del salmo confía a Dios su desánimo: «Porque de mí —dice— mis enemigos hablan, los que espían mi alma se conviertan: “¡Dios le ha desamparado, perseguidle, apresadle, pues no hay quien le libere!» (vv.10-11). Las consecuencias son fatales. La vejez no solo pierde su dignidad, sino que se pone en duda incluso que merezca continuar. Así, todos estamos tentados de esconder nuestra propia vulnerabilidad, esconder nuestra enfermedad, nuestra edad y nuestra vejez, porque tememos que sean la antesala de nuestra pérdida de dignidad. Preguntémonos: ¿es humano inducir este sentimiento? ¿Por qué la civilización moderna, tan avanzada y eficiente, se siente tan incómoda con la enfermedad y la vejez, esconde la enfermedad, esconde la vejez? ¿Y por qué la política, que se muestra tan comprometida con definir los límites de una supervivencia digna, al mismo tiempo es insensible a la dignidad de una convivencia afectuosa con los ancianos y los enfermos?

El anciano del salmo que hemos escuchado, este anciano que ve su vejez como una derrota, descubre la confianza en el Señor. Siente la necesidad de ser ayudado. Y se dirige a Dios. San Agustín, comentando este salmo, exhorta al anciano: «No temas ser abandonado en la debilidad, en la vejez. […] ¿Por qué has de temer que [el Señor] te abandone, que te rechace en la vejez, cuando te falten las fuerzas? Al contrario, en ti residirá su fortaleza, cuando se vaya menguando la tuya» (PL 36, 881-882). Y el salmista anciano invoca: «¡Por tu justicia sálvame, libérame! ¡Tiende hacia mí tu oído y sálvame! ¡Sé para mí una roca de refugio, alcázar fuerte que me salve, pues mi roca eres tú y mi fortaleza!» (vv. 2-3). La invocación testimonia la fidelidad de Dios y apela a su capacidad de sacudir las conciencias desviadas por la insensibilidad a la parábola de la vida mortal, que debe ser custodiada en su integridad. Reza así: «¡Oh Dios, no te estés lejos de mí, Dios mío, ven pronto en mi socorro! ¡Confusión y vergüenza sobre aquellos que acusan a mi alma; cúbranse de ignominia y de vergüenza los que buscan mi mal!» (vv. 12-13).

De hecho, la vergüenza debería caer sobre aquellos que se aprovechan de la debilidad de la enfermedad y la vejez. La oración renueva en el corazón del anciano la promesa de la fidelidad y de la bendición de Dios. El anciano redescubre la oración y da testimonio de su fuerza. Jesús, en los Evangelios, nunca rechaza la oración de quien necesita ayuda. Los ancianos, por su debilidad, pueden enseñar a los que viven otras edades de la vida que todos necesitamos abandonarnos en el Señor, invocar su ayuda. En este sentido, todos debemos aprender de la vejez: sí, hay un don en ser anciano entendido como abandonarse al cuidado de los demás, empezando por Dios mismo.

Existe entonces un “magisterio de la fragilidad”, no esconder las fragilidades, no. Son verdaderas, hay una realidad y hay un magisterio de la fragilidad, que la vejez es capaz de recordar de manera creíble para todo el arco de la vida humana. No esconder la vejez, no esconder las fragilidades de la vejez. Esta es una enseñanza para todos nosotros. Este magisterio abre un horizonte decisivo para la reforma de nuestra propia civilización. Una reforma indispensable en beneficio de la convivencia de todos. La marginación de los ancianos tanto conceptual como práctica corrompe todas las etapas de la vida, no sólo la de la ancianidad. Cada uno de nosotros puede pensar hoy en los ancianos de la familia: ¿cómo me relaciono con ellos, los recuerdo, voy a verlos? ¿Trato que no les falte de nada? ¿Los respeto? ¿He cancelado de mi vida a los ancianos que están en mi familia, mamá, papá, abuelo, abuela, tíos, amigos? ¿O voy donde ellos para tomar sabiduría, la sabiduría de la vida? Recuerda que también tú serás anciano o anciana. La vejez viene para todos. Y como tu querrías ser tratado o tratada en el momento de la vejez, trata tú a los ancianos hoy. Son la memoria de la familia, la memoria de la humanidad, la memoria del país. Custodiar los ancianos que son sabiduría. Que el Señor conceda a los ancianos que forman parte de la Iglesia la generosidad de esta invocación y de esta provocación. Que esta confianza en el Señor nos contagie. Y esto, por el bien de todos, de ellos y de nosotros y de nuestros hijos.

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hagamos nuestra la súplica del anciano enfermo del salmo, la cual nos recuerda que en la oración y confianza en el Señor encontramos nuestra fuerza y nuestro refugio en los momentos difíciles de la vida. Dios los bendiga. Muchas gracias.

LLAMAMIENTO

Preocupa mucho el bloqueo de la exportación de grano de Ucrania, del que depende la vida de millones de personas, especialmente en los países más pobres. Hago un sentido llamamiento para que se haga todo lo posible para resolver esta cuestión y garantizar el derecho humano universal a la alimentación. ¡Por favor, que no se utilice el grano, un alimento básico, como arma de guerra!

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis consideramos, con el salmista la fragilidad y la vulnerabilidad presentes en la vida de los ancianos. Esta realidad, que ya es dura en sí misma, da origen en nuestra civilización a situaciones de abandono, de engaños y de abusos contra las personas mayores. Es paradójico que nuestra sociedad, tan avanzada en su presunta eficacia, propicie al mismo tiempo estas injusticias, cada vez más numerosas, que lejos de ser una excepción, muestran palpablemente la cultura del descarte que se ha apoderado de todos nosotros y de la sociedad.

Ante esto, el salmista reafirma su confianza en el Señor, que es para él “la roca de refugio” (Sal 71, 3). Pues, de hecho, cuando nuestras fuerzas se terminan, el Señor nos colma de seguridad y fortaleza. Toda la sociedad debe sentirse interpelada por su incapacidad de convivir con la vejez, incapacidad que en ocasiones llega a hacer que los ancianos sean despojados de su dignidad y no se acepte la vulnerabilidad y fragilidad propias de esa etapa de la vida.

Estamos llamados a acoger el magisterio de la fragilidad, que la vejez pone antes nuestros ojos de manea creíble en todo el arco de la vida humana, pues todos tenemos necesidad de confiar en Dios e invocar su ayuda. El magisterio de la fragilidad es necesario para realizar una reforma indispensable en nuestra civilización, pues la marginación de los ancianos afecta todas las etapas de la vida.

Miércoles de la 7ª semana de Pascua

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (20,28-38):

En aquellos días, decía Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso: «Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre. Ya sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta: acordaos que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos. A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. Siempre os he enseñado que es nuestro deber trabajar para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.”» Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de rodillas, y rezó. Se echaron a llorar y, abrazando a Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba era lo que había dicho, que no volverían a verlo. Y lo acompañaron hasta el barco.

Palabra de Dios

Salmo 67,R/. Reyes de la tierra, cantad a Dios

Santo Evangelio según san Juan (17,11b-19):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»

Palabra del Señor

Compartimos:

En esta sección intermedia de la oración sacerdotal, Jesús le pide al Padre tres cosas: primero, que sus discípulos sean uno como ellos son uno, segundo, que, sin sacarlos del mundo, los defienda del Maligno y, tercero, que los santifique en la verdad. Detrás de estas tres peticiones podemos descubrir un único deseo de Jesús: poner a sus discípulos en las manos del Padre, como él mismo lo hará con su propia vida antes de expirar en la cruz. El Padre que no abandonó a Jesús en la muerte, sino que lo resucitó. El mismo Padre es el que nos une en el amor, nos protege del mal y nos santifica en la verdad. Volver a contemplar esta verdad debería llenar nuestras vidas de confianza, pues, por más que haya momentos en los que parece que la desunión nos separa sin remedio, que la fuerza del maligno nos atrapa o que el poder de la mentira nos destruye por dentro y por fuera, sabemos que no estamos solos, que estamos bajo el cuidado del Padre y que es posible vivir en nuestro mundo, sin ser de él.

Sólo una confianza básica de este tipo puede fundamentar una existencia que se atreve a superar los peligros, miedos y complejos que menoscaban nuestra capacidad de riesgo para amar y construir un mundo mejor.