viernes, 11 de abril de 2025

Viernes de la V Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

OÍA la acusación de la gente:

«“Pavor-en-torno”,

delatadlo, vamos a delatarlo».

Mis amigos acechaban mi traspié:

«A ver si, engañado, lo sometemos

y podemos vengarnos de él».

Pero el Señor es mi fuerte defensor:

me persiguen, pero tropiezan impotentes.

Acabarán avergonzados de su fracaso,

con sonrojo eterno que no se olvidará.

Señor del universo, que examinas al honrado

y sondeas las entrañas y el corazón,

¡que yo vea tu venganza sobre ellos,

pues te he encomendado mi causa!

Cantad al Señor, alabad al Señor,

que libera la vida del pobre

de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios


Salmo 17,R/. En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó


Santo Evangelio según san Juan (10,31-42):

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.

Elles replicó:

«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».

Los judíos le contestaron:

«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».

Jesús les replicó:

«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían:

«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».

Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor

Compartimos:

El cristianismo es una visión optimista del mundo y de la historia: todo ha sido creado por Dios y todo es, en principio, bueno. Pero este optimismo cristiano es, como decía el filósofo E. Mounier, un “optimismo trágico”. Es trágico porque no es ingenuo, ni cierra los ojos ante el mal ni lo minimiza. Y, sin embargo, sigue creyendo en el triunfo final del bien: que la bondad de la creación, fruto de la omnipotencia de Dios, no puede ser derrotada por el mal, consecuencia de la libertad limitada del ser humano.


El profeta Jeremías expresa con dramatismo este optimismo trágico: fuerzas oscuras se alzan contra el justo, el honrado, el pobre. Esas fuerzas malvadas se pueden presentar como amables, incluso como amigas, pero buscan la perdición del que se opone y denuncia sus crímenes. Pero la confianza en el Señor acaba triunfando y permite elevar un canto de alabanza al Dios que libera al pobre de la gente perversa.


En Cristo Jesús vemos con claridad meridiana cómo las fuerzas del mal no son solo la consecuencia de una búsqueda ilegítima (por medio de la mentira, el engaño o la violencia) de la propia ventaja, sino que, en ocasiones, los mismos representantes del bien, de la justicia y hasta de la religión pueden lanzarse contra los designios de Dios, contra Aquel que viene a traer el cielo a la tierra, a cumplir la voluntad del Padre, que es exclusivamente una voluntad de bien.


Lo que no vemos con esa claridad meridiana ahora es el triunfo final del bien, que profetiza Jeremías. Y es que ese triunfo, fundamento del optimismo cristiano, transciende los límites de este mundo, en el que tantas veces parece triunfar el mal. Ese triunfo es la resurrección de Cristo, que afirma que el bien, el perdón y la vida, que acaban triunfando, pero no con las evidencias propias de este mundo, sino sólo desde la fe, que recibimos por el bautismo. En una situación dramática de persecución y acoso, Jesús sostiene nuestro optimismo marchando al Jordán símbolo del bautismo, para que muchos crean en él, y eleven un canto de alabanza a Dios, que libera la vida del pobre.

jueves, 10 de abril de 2025

Jueves de la V Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (17,3-9):

En aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:

«Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.

Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.

Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».

El Señor añadió a Abrahán:

«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

Palabra de Dios


Salmo 104,4-5.6-7R/. El Señor se acuerda de su alianza eternamente


Santo Evangelio según san Juan (8,51-59):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».

Los judíos le dijeron:

«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».

Jesús contestó:

«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».

Los judíos le dijeron:

«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».

Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Palabra del Señor

Compartimos:

El diálogo de Jesús con los judíos es lo más parecido a un diálogo de sordos (al menos, por parte de los judíos). Atendiendo a las palabras parece que están hablando y discutiendo de lo mismo, pero esas palabras pronunciadas por los judíos y por Jesús tiene significados radicalmente distintos. La muerte a la que se refieren los judíos es la muerte biológica que todos padecemos. Jesús habla de otra muerte, la “muerte para siempre”, que significa el total extrañamiento de Dios y de la salvación. Esa salvación se ofrece por medio de la palabra de Jesús. Y aquí se produce una nueva incomprensión. Porque la palabra de Jesús no es una nueva filosofía, una moral o una doctrina, sino que es su propia persona, la Palabra encarnada, por la que Dios nos ofrece la salvación de la “muerte para siempre”.


El argumento de los judíos referido a la muerte biológica es incontestable: el hecho irrefutable de que hasta los grandes patriarcas y los profetas murieron. Jesús no niega este hecho, es más, él está dispuesto a asumirlo, puesto que la gloria de la que habla no es otra cosa que el misterio pascual de su muerte y resurrección (que es la “vida para siempre”). Y una vez más, los sordos interlocutores judíos no entienden de qué gloria está hablando.


Aferrados a sus venerables tradiciones, sintiéndose depositarios de la misma, hijos de Abraham son incapaces de comprender que las grandes promesas hechas al patriarca, se están cumpliendo ahora en Jesús, la alegría de Abraham, padre no sólo de Israel, sino de una muchedumbre de pueblos.


La incomprensión y la cerrazón de estos judíos, que se revuelven violentamente contra Jesús, le fuerzan a salir del templo, del judaísmo, primer depositario de la promesa, para que una muchedumbre de pueblos pueda librarse de la muerte para siempre, y participar en los frutos de la glorificación de Cristo, la vida para siempre.


Nosotros, creyentes en Cristo Jesús, convertidos en verdaderos hijos de Abraham, somos invitados a superar toda cerrazón, para, guardando la palabra de Jesús, seguir extendiendo esos frutos entre todos los pueblos del mundo.

miércoles, 9 de abril de 2025

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS PARTICIPANTES EN EL XXIX CAPÍTULO GENERAL

DE LA CONGREGACIÓN SALESIANA


Queridos hermanos,


al no poder, lamentablemente, reunirme con ustedes, les envío este mensaje con motivo del XXIX Capítulo General de la Congregación Salesiana, y también del 150.º aniversario de la primera expedición misionera de Don Bosco a Argentina. Saludo al nuevo rector mayor, don Fabio Attard, deseándole un buen trabajo, y agradezco al cardenal Ángel Fernández Artime el servicio que ha prestado en estos años al Instituto y que ahora ofrece a la Iglesia universal.


Aunque a distancia, deseo animarlos a vivir con confianza y compromiso este tiempo de escucha del Espíritu y de discernimiento sinodal.


Han elegido como lema para sus trabajos: «Salesianos apasionados por Jesucristo y entregados a los jóvenes». Es un buen programa: ser «apasionados» y «entregados», dejarse involucrar plenamente por el amor del Señor y servir a los demás sin guardarse nada para sí, tal como hizo en su momento su Fundador. Aunque hoy, en comparación con entonces, los desafíos a los que hay que hacer frente han cambiado en parte, la fe y el entusiasmo siguen siendo los mismos, enriquecidos con nuevos dones, como el de la interculturalidad.


Queridos hermanos, les agradezco el bien que hacen en todo el mundo y los animo a continuar con perseverancia. Bendigo de corazón a ustedes y a sus trabajos capitulares, así como a los hermanos esparcidos por los cinco continentes, y les pido que recen por mí. Que María Auxiliadora los acompañe siempre.


                                                        FRANCISCO

Miércoles de la V Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura de la profecÍa de Daniel (3,14-20.91-92.95):

En aquellos días, el rey Nabucodonosor dijo:

«¿Es cierto, Sidrac, Misac y Abdénago, que no teméis a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que he erigido? Mirad: si al oír tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, estáis dispuestos a postraros adorando la estatua que he hecho, hacedlo; pero, si no la adoráis, seréis arrojados inmediatamente al horno encendido, y ¿qué dios os librará de mis manos?».

Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor:

«A eso no tenemos por qué responderte. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido».

Entonces Nabucodonosor, furioso contra Sidrac, Misac y Abdénago, y con el rostro desencajado por la rabia, mandó encender el horno siete veces más fuerte que de costumbre, y ordenó a sus soldados más robustos que atasen a Sidrac, Misac y Abdénago y los echasen en el horno encendido.

Entonces el rey Nabucodonosor se alarmó, se levantó y preguntó, estupefacto, a sus consejeros:

«¿No eran tres los hombres que atamos y echamos al horno?».

Le respondieron:

«Así es, majestad».

Preguntó:

«Entonces, ¿cómo es que veo cuatro hombres, sin atar, paseando por el fuego sin sufrir daño alguno? Y el cuarto parece un ser divino».

Nabucodonosor, entonces, dijo:

«Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos, que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos antes que venerar y adorar a otros dioses fuera del suyo».

Palabra de Dios


Salmo 3,52.R/. A ti gloria y alabanza por los siglos


Santo Evangelio según san Juan (8,31-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él:

«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».

Le replicaron:

«Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?».

Jesús les contestó:

«En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no cala en vosotros. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre».

Ellos replicaron:

«Nuestro padre es Abrahán».

Jesús les dijo:

«Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios; y eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre».

Le replicaron:

«Nosotros no somos hijos de prostitución; tenemos un solo padre: Dios».

Jesús les contestó:

«Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y he venido. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió».

Palabra del Señor

Compartimos:

¿Qué es la libertad verdadera? No lo es, ciertamente, ese sueño de vivir en la absoluta indeterminación, para hacer “lo que me dé la gana”. El que vive así es, en realidad, esclavo de sus instintos, de sus “ganas”, de sus pasiones, como se decía antes, es alguien incapaz de conducir su vida en una dirección determinada, de vivir, dicho con otras palabras, con sentido y en fidelidad.


Vivimos en un mundo que privilegia esa libertad deficiente, que nos incita continuamente a satisfacer nuestras “ganas”, y que las induce y las incita para, acto seguido, hacernos creer que tiene los medios para satisfacerlas. En un mundo así (que no es sólo este mundo actual del consumo, aunque en él se haya extremado esa tendencia, sino el “mundo” de todos los tiempos), es fácil sucumbir a la tentación de inclinarse ante los ídolos que nos ofrecen una falsa salvación.


Los tres jóvenes santos en el horno siete veces más ardiente del libro de Daniel son un símbolo de la verdadera libertad, que se niega a inclinarse ente los ídolos, y que resiste sin quemarse las llamas de la tentación que la rodea. ¿Cómo escapar realmente a esas tentaciones que nos agobian para alcanzar la auténtica libertad? Escuchando, acogiendo y permaneciendo en la palabra de Jesús, para ser así verdaderos discípulos suyos.


Es importante subrayar lo de verdaderos. Porque en el Evangelio de hoy vemos que los “judíos que habían creído en él” son los que se oponen a sus palabras hasta el punto de querer matarlo. Podemos ser discípulos de boquilla, “oficiales”, ocupando incluso cargos en la Iglesia, pero ser sólo discípulos en apariencia, porque nuestros verdaderos intereses y motivaciones se oponen a la palabra, no la tienen como criterio, de modo que, en el fondo, rechazamos a Cristo, lo matamos en nuestro corazón y con nuestros comportamientos. Podemos incluso matarlo en el corazón de otros creyentes a causa de nuestro mal ejemplo.


Amar a Cristo de verdad es poner en práctica su palabra, que nos tiene que llevar a amar a Dios Padre y a nuestros hermanos.

martes, 8 de abril de 2025

Evangelio del Martes Santo

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (49,1-6):

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:

El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:

– «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».

Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor,el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolvise a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza:

– «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios


Salmo 70,R/. Mi boca contará tu salvación, Señor


 Santo Evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:

– «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.

Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.

Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:

– «Señor, ¿quién es?».

Le contestó Jesús:

– «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».

Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.

Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:

– «Lo que vas hacer, hazlo pronto».

Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.

Cuando salió, dijo Jesús:

– «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:

«Donde yo voy, vosotros no podéis ir»»

Simón Pedro le dijo:

– «Señor, ¿a dónde vas?».

Jesús le respondió:

– «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».

Pedro replicó:

– «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».

Jesús le contestó:

– «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Palabra del Señor

Compartimos:

En la escena de hoy nos quedamos con la pregunta, ¿a dónde va Judas? Lo sabemos por el resto de la historia, pero en este momento va a hacer pronto lo que tiene que hacer, según el encargo de Jesús.


El otro misterio es a dónde va Jesús. Y resulta que los dos misterios están total e íntimamente relacionados. La traición de Judas llevará a Jesús a su Pasión, muerte y resurrección, y por tanto, a la salvación del mundo. El misterio no está tanto en a dónde van uno y otro, cuanto en el cómo una traición puede llevar a la salvación. Resulta difícil de comprender.


Otra pregunta que queda en el aire es “¿soy yo, Señor?”, el que va a traicionar. Esa es la verdadera pregunta que nos queda. ¿Seré yo quien traicione? ¿Seré yo quien me venda por unas monedas de plata? En el fondo, no hay misterio ni pregunta en eso para nosotros. La espada de doble filo de Cristo ya nos ha acusado aunque no lo hayamos reconocido. Preguntamos con la casi seguridad de la respuesta, con el temor de haber ya perpetrado la traición. ¿Cuáles son nuestras treinta monedas de plata? ¿Será el tratar de quedar bien con otros y no confesar la verdad?; ¿Será hacer un juicio injusto y quedarnos satisfechos de ser “los buenos”?; ¿Será el buscar la propia comodidad y no sacrificar tiempo o recursos por otros? ¿Será mentir para ocultar una falta? ¿Será aprovecharse del trabajo de otros y asumir el mérito? Nuestra “plata” puede resultar cómoda y ventajosa en cierto momento. Pero se hace en la oscuridad de la noche… Y quien paga el verdadero precio es el Cristo y su Cruz.


Sabemos, en el fondo, que no hay misterio, por más que tratemos de convencernos a nosotros mismos. No hay misterio, pero sí mucha oscuridad. La traición ocurre con nocturnidad y alevosía, confesada o no. Los discípulos pensaron que quizá Judas iba a dar una limosna a los pobres. Nosotros conocemos la verdad, aunque tratemos de justificarnos. Jesús se lo revela a Pedro, quien no quiere creerlo. Y a nosotros también.

Martes de la V Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números (21,4-9):

En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón.

El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:

«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».

El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.

Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:

«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».

Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:

«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».

Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Palabra de Dios


Salmo 101,R/. Señor, escucha mi oración,que mi grito llegue hasta ti


Santo Evangelio según san Juan (8,21-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».

Y los judíos comentaban:

«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».

Y él les dijo:

«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».

Ellos le decían:

«¿Quién eres tú?».

Jesús les contestó:

«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.

Y entonces dijo Jesús:

«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Palabra del Señor

Compartimos:

¿Es Dios, como piensan muchos, el que nos castiga por nuestros pecados, con la muerte o con otros males físicos? Esta imagen primitiva de Dios, que está presente ciertamente en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, como vemos hoy en el episodio de la serpiente de bronce, Jesús la corrige y la purifica con la revelación del rostro paterno de Dios: Dios es su Padre, el Padre de Jesús, pero en su encarnación él ha venido no solo a transmitirnos la “imagen” (la idea o la concepción) de ese Dios Padre, sino a incluirnos ya en esta vida en la relación filial entre el Padre y el Hijo (el don del Espíritu Santo), porque es en esto en lo que consiste realmente la salvación.


Pero toda corrección y toda purificación encuentra resistencia, como se ve en el tenso diálogo de Jesús con los fariseos que, por considerarse justos, se creen justificados por su propia justicia y a salvo del castigo divino que preconizan (y, tal vez, desean) para los demás.


¿Cómo entender la relación de Dios hacia el pecado y hacia los pecadores, si excluimos el castigo, sin que por eso podamos pensar que Dios permanece indiferente ante el mal? Es Cristo Jesús, elevado en la Cruz, el que nos da la clave de comprensión del episodio de las serpientes, de todo este misterio del mal y de la relación de Dios con el mismo. No es Dios el que provoca la muerte de los pecadores, en una suerte de justicia vindicativa, poco compatible con el Dios Amor. Son nuestros propios pecados los que nos llevan a la destrucción, porque el pecado, en el fondo, no es otra cosa que negar y apartarse de la fuente de la vida. Lo que sí hace Dios es darnos el remedio en la misma enfermedad: si las serpientes muerden y matan, la serpiente de bronce cura con tal de que se la mire. Esa serpiente de bronce es símbolo del Cristo elevado sobre la cruz: “mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37), y que, al mirarlo (aceptarlo, confesarlo con fe), nos procura la salvación. Con su muerte, nos salva de la muerte, mostrando que el Amor que Dios nos tiene y nos revela en Jesús es más fuerte que nuestro pecado y que la muerte que provoca.


Es notable que el texto evangélico concluya ese eléctrico diálogo diciendo que “cuando les exponía esto, muchos creyeron en él”. Para anunciar a Cristo e invitar a creer en él no tenemos que suavizar el mensaje y esconder el misterio de la Cruz, al contrario, como Pablo, no tenemos que saber (y predicar) sino a Cristo, “y este crucificado” (1 Cor 2, 2)

lunes, 7 de abril de 2025

Lunes de la V Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.

Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.

Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:

«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».

Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.

A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.

Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.

Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.

Susana dijo a las criadas:

«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».

Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:

«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».

Susana lanzó un gemido y dijo:

«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».

Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.

Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.

Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:

«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».

Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.

Toda su familia y cuantos la veían lloraban.

Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.

Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.

Los ancianos declararon:

«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.

Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.

En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».

Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.

Susana dijo gritando:

«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».

Y el Señor escuchó su voz.

Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:

«Yo soy inocente de la sangre de esta».

Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:

«Qué es lo que estás diciendo?».

Él, plantado en medio de ellos, les contestó:

«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».

La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:

«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».

Daniel les dijo:

«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».

Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:

«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».

Él contestó:

«Debajo de una acacia».

Respondió Daniel:

«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».

Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:

«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».

Él contestó:

«Debajo de una encina».

Replicó Daniel:

«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».

Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.

Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios


Salmo 22,R/. Aunque camine por cañadas oscuras,nada temo, porque tú vas conmigo


 Santo Evangelio según san Juan (8,1-11):

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó:

«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

Ella contestó:

«Ninguno, Señor».Jesús dijo:«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy, Jesús nos da una definición de Él mismo, que llena de sentido la vida de quienes, a pesar de nuestras deficiencias, le queremos seguir: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). La persona de Jesús, sus enseñanzas, sus ejemplos de vida son luz que ilumina toda nuestra existencia, tanto en las horas buenas, como en las de sufrimiento o contradicción.


¿Qué quiere decir esto? Pues que en cualquier circunstancia en que nos encontremos, ya sea de trabajo, de relación con los otros, en nuestra relación ante Dios, ante las alegrías o las penas... podemos pensar: —¿Qué hizo Jesús en una situación semejante?; siempre podemos buscar en el Evangelio y responder: —¡Pues esto mismo haré yo! Precisamente, San Juan Pablo II ha incorporado en el Santo Rosario —el “compendio del Evangelio”, como él mismo recuerda— los misterios de la vida pública de Jesús, y los ha denominado “misterios de la luz”. Así, dice el Papa: «Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo del Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias».


Jesús es luz; quien le siga «no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Como discípulos suyos, el Señor nos invita también a ser luz para el mundo; a llevar la luz de la esperanza en medio de las violencias, desconfianzas y miedos de nuestros hermanos; a llevar la luz de la fe en medio de las oscuridades, dudas e interrogantes; a llevar la luz del amor en medio de tanta mentira, rencor y apasionamiento como vemos a nuestro alrededor.


El Papa señala como telón de fondo de todos los misterios de luz, las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5): éste es el camino para que Jesús sea luz del mundo y para que nosotros iluminemos con esta misma luz.