miércoles, 24 de abril de 2019

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos con nuestra catequesis sobre la quinta petición del Padrenuestro que dice: «como nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Dios ama infinitamente a cada uno de nosotros. Dependemos totalmente de Él, de quien recibimos todo: la vida, el cuerpo y la gracia. Y porque sabemos que nos ama, tenemos también la seguridad de que nos perdona, pues somos pecadores y con necesidad de pedir perdón siempre.

De este perdón de Dios nace, necesariamente, el perdón que debemos a nuestro prójimo: Y Dios que es bueno, nos invita a ser buenos con los demás. Si «amor con amor se paga», también el perdón que recibimos del Señor nos compromete a perdonar a los demás, porque si no nos esforzamos en perdonar, no seremos perdonados; y si no nos esforzamos en amar, tampoco seremos amados.

En la vida no todo se resuelve con la justicia, es necesario el amor, por eso Jesús introduce en las relaciones humanas la fuerza del perdón, para que podamos amar «más allá de lo necesario» y no permitir a la venganza del mal propagarse hasta asfixiar al mundo entero. Jesús sustituye «la ley del talión» con la ley del amor: Lo que Dios ha hecho por nosotros, nosotros lo hacemos por nuestro prójimo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica, en modo particular saludo a los alumnos del Seminario Menor de Tui-Vigo, en su 60 aniversario de fundación, acompañados por su Obispo, Mons. Luis Quinteiro Fiuza. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de saber escribir una historia de bien en la vida de nuestros hermanos y de transmitirles con gestos de ternura la experiencia del perdón gratuito que Él nos ha dado. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Que Dios los bendiga.

martes, 23 de abril de 2019

SANTA CATALINA SE SIENA, MUJER INFLUYENTE

Santa Catalina de Siena nace en la calle de los Tintoreros, el año 1347 en Siena (Italia). Hija gemela con Giovanna, dato que no tiene nada de particular, salvo si se tiene en cuenta que antes que ellas le habían nacido a sus padres veintidós hermanos y aún después les vino el benjamín.
Hija de un tintorero, Giacomo Benincasa, casado con Lapa de Puccio del Pagianti. Desde su infancia siente la atracción de ternura y de amor hacia su Dulce Jesús. Aprender a querer y aceptar a todos por el amor de Jesucristo, su Señor.

La vida de los frailes dominicos le gusta, y se va educando a través de este Ministerio de sus hermanos que está compartiendo de cerca por servir a Dios y a todos los hombres. 

Cuando tenía dieciséis años, ingresó en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo que eran llamadas «mantellate» por su manto negro sobre un hábito blanco ceñido con una correa, y que se dedicaban a la atención de pobres y enfermos.
Centra toda su energía vital en la Palabra viva de Jesucristo para conocerlo más, en una rica intimidad con Dios, en un vida entregada, de fe y de belleza interior. En este espacio se desenvuelve con agilidad en una espiritualidad mística, profunda de silencio centrada en el misterio de Dios, de su misericordia con todos. 
 Hace callar sus tentaciones, sus egoísmos, a través de la oración y la penitencia logrando una libertad de espíritu claro y convincente que se refleja dándose en servicio a todos por igual.

Junto con Santa Brígida de Suecia, forman dos pilares en la Iglesia del siglo XIV. Santa Brígida nació alrededor de 1303 y se instala en Roma en 1350. Por orden de su confesor D. Alfonso  Pecha de Vadaterra, su amigo y confesor, publica la primera edición de sus Apariciones celestiales y compañero en sus peregrinaciones, fundador de los Jerónimos que recibe una espiritualidad dominicana, promotor de la causa de la canonización de Santa Brígida de Suecia.

D. Alfonso Fernández  Pecha, Nació en Guadalajara, era oriundo de Italia Hijo de Fernán Rodríguez Pecha, oriundo de Siena, camarero mayor del rey Alfonso XI. En 1.367 D. Alonso Fernández Pecha vino a Jaén a hacerse cargo del Obispado y en 1.368 celebró el primer Sínodo o Concilio Diocesano en Jaén. Rigió la diócesis de Jaén hasta 1368, en que renuncia al obispado en manos de Urbano V.

La amistad que le unió con Gregorio XI le favoreció en sus actividades pastorales. Es el Papa Gregorío XI quien le manda desde Aviñón dialogar con Santa Catalina para recibir apoyo en sus proyectos pontificios y preocupaciones de la Santa Iglesia, se interesa en conocerla y da lugar a un encuentro.
La juventud y la belleza profunda de Santa Catalina le cautiva y en ella puede ver el apoyo que puede beneficiar al Santo Padre a dar el paso definitivo para salir de Aviñón y llegar a la Sede de Pedro.

 Santa Catalina desde su infancia aprende a orar y sacrificarse por la Iglesia y por todos los problemas sociales  con la misión de reconciliación, un carisma vinculante que escucha a sus hermanos los Frailes y la hace suya en comunión a los que considera familia.
Ve  la fragilidad del Santo Padre, le reprende con humildad y con valentía, se involucró en los asuntos políticos y eclesiásticos de su tiempo.  el retorno del papado a Roma, la reforma de la Iglesia y el Gran Cisma en el que tanto Clemente VII y Urbano VI afirmaban ser Papa, al mismo tiempo. 

D. Alonso Fernández Pecha a pesar de esa anómala situación de tantos cambios  jugó un papel importante en el traslado de la Santa Sede a Roma. junto a Santa Catalina de Siena para hacer efectivo el cambio.
Para nosotras las monjas dominicas de Jaén, nos alegra compartir  este pequeño vínculo fraterno, pues pronto una imagen de la misma estará en nuestra Iglesia conventual.
Ella aconsejó a los prisioneros, defensora de la justicia, del abuso de las autoridades de la Iglesia y de la sociedad en que vivía, trabajó  para la reforma, la reconciliación y la curación.  

Para la Orden de Predicadores, es Madre, Maestra de nuestra espiritualidad dominicana.
Supo situarse en la Iglesia como mujer contemplativa en acción, como discípula y Predicadora de la Resurrección y la misericordia de Dios, obedecía a la Verdad de Dios y de los hombres más necesitados para recuperarlos a la causa del Señor, su Dios. No se sentía marginada, tenía el peso de la Iglesia encima de sus hombros, en su corazón, que con pasión servía a la pobreza y enfermedad de tantos paisanos que la situaba  caminando con Jesús en cada misión por el Reino de Dios. 

Mujer Apóstol, Mujer de Fuego, Orante, Profeta, Mística porque todo lo aprendía del Verdadero Amor que se une en Sponsa Christi. Guía de almas una eficaz promotora de Paz e identificada con Cristo que ardía noche y día para iluminar cada mañana.

Todas sus palabras, sus acciones y su profundo silencio inducían a los hombres a la virtud, de tal modo que todos se sentían cerca de su corazón de Predicadora silenciosa y Orante.
Mientras trabajaba afanosamente para extender la obediencia al verdadero Papa, la salud de Santa Catalina comenzó a deteriorarse. Ella falleció de un ataque súbito a los 33 años en Roma, un derrame cerebral la llevó a la eternidad un 29 de abril de 1380

Oración:
Señor Dios, tú has mostrado a Santa Catalina el amor infinito hacia todos los hombres, hechura de tus manos, que arde en tu corazón . Ella compartió generosamente esta revelación y la vivió en todas sus consecuencias hasta el heroísmo. Concédenos que podamos seguir su ejemplo, confiando en tus promesas y aumentando nuestra fe en tu presencia en cada sacramento, especialmente en el sacramento de tu perdón. Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Sor María Pilar Cano,O.P

lunes, 22 de abril de 2019

EL TIEMPO PASCUAL

Ya en el siglo 111 tenemos testimonios claros de la celebración de la Pascua durante cincuenta días. Tertuliano expresa la alegría de los cristianos por ese «gozoso espacio», que recuerda a la vez la manifestación de la Resurrección del Señor, la revelación de la gracia del Espíritu Santo y la esperanza de la Parusía.  El tiempo pascual es como un «gran domingo», según la expresión de San Atanasia en sus cartas pascuales.

La celebración es común en Oriente y en Occidente a partir del siglo III y empieza a resaltar algunos elementos rituales característicos: no se ayuna, se ora en pie, se canta el aleluya que es el cántico nuevo de la pascua cristiana. Egeria confirma puntualmente estas costumbres que son comunes en la iglesia madre de Jerusalén.

Tiene personalidad propia en este tiempo la primera semana de Pascua con el tono gozoso de sus formularios bautismales, sobre todo en la liturgia romana. En Jerusalén, según el testimonio conjunto del Diario de Egeria y de las catequesis mistagógicas de San Cirilo, los neófitos reciben las catequesis, en las que se les explican los ritos vividos por ellos en la vigilia pascual cuando recibieron los sagrados misterios del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía; asisten sólo los neófitos y los fieles; son excluidos los catecúmenos; el obispo habla desde el cancel del santo sepulcro y se renuevan las expresiones de entusiasmo espontáneo entre los asistentes: «Mientras el obispo expone y narra cada cosa, son tales los gritos de los que aclaman, que sus voces se oyen aun fuera de la iglesia».

Los Padres del siglo IV ya celebran el misterio del día cuadragésimo de este tiempo que corresponde a la Ascensión del Señor. León Magno canta el misterio con profundas homilías teológicas. Más tarde corre el riesgo de convertirse en el punto final del tiempo pascual sin respetar su lógica continuación hasta Pentecostés.
El día de Pentecostés se celebra como la «metrópolis» o capital de la fiestas, según la expresión de San Juan Crisóstomo, plenitud de la Pascua en la efusión del Espíritu. Más tarde, tiende a convertirse en una fiesta autónoma del Espíritu Santo, con su propia vigilia y su prolongación en una octava que tiene, entre otras motivaciones, la de alargar durante siete días la fiesta en honor de los siete dones del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés se enriquecerá durante la Edad Media con notables aportaciones eucológicas que todavía hoy existen en nuestra liturgia. Y no faltará la tentación dramatizante del hecho de la venida del Espíritu Santo; desde lo alto de las bóvedas de las catedrales y monasterios medievales durante el canto del Gloria o de la Secuencia se harán caer pétalos de rosas rojas o algodones encendidos, o se soltarán palomas en un revuelo festivo que quiere imitar lo que sucedió en el Cenáculo, en la variedad de
símbolos del Espíritu.

Estas breves notas históricas pueden bastar para informar acerca de los elementos necesarios y para estimular el estudio sobre los mil detalles curiosos de la evolución de las celebraciones del triduo pascual y del tiempo de Pentecostés. 

domingo, 21 de abril de 2019

MENSAJE URBI ET ORBI DEL SANTO PADRE FRANCISCO PASCUA 2019


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!

Hoy la Iglesia renueva el anuncio de los primeros discípulos: «Jesús ha resucitado». Y de boca en boca, de corazón a corazón resuena la llamada a la alabanza: «¡Aleluya!... ¡Aleluya!». En esta mañana de Pascua, juventud perenne de la Iglesia y de toda la humanidad, quisiera dirigirme a cada uno de vosotros con las palabras iniciales de la reciente Exhortación apostólica dedicada especialmente a los jóvenes:

«Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (Christus vivit, 1-2).

Queridos hermanos y hermanas, este mensaje se dirige al mismo tiempo a cada persona y al mundo. La resurrección de Cristo es el comienzo de una nueva vida para todos los hombres y mujeres, porque la verdadera renovación comienza siempre desde el corazón, desde la conciencia. Pero la Pascua es también el comienzo de un mundo nuevo, liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte: el mundo al fin se abrió al Reino de Dios, Reino de amor, de paz y de fraternidad.

Cristo vive y se queda con nosotros. Muestra la luz de su rostro de Resucitado y no abandona a los que se encuentran en el momento de la prueba, en el dolor y en el luto. Que Él, el Viviente, sea esperanza para el amado pueblo sirio, víctima de un conflicto que continúa y amenaza con hacernos caer en la resignación e incluso en la indiferencia. En cambio, es hora de renovar el compromiso a favor de una solución política que responda a las justas aspiraciones de libertad, de paz y de justicia, aborde la crisis humanitaria y favorezca el regreso seguro de las personas desplazadas, así como de los que se han refugiado en países vecinos, especialmente en el Líbano y en Jordania.

La Pascua nos lleva a dirigir la mirada a Oriente Medio, desgarrado por continuas divisiones y tensiones. Que los cristianos de la región no dejen de dar testimonio con paciente perseverancia del Señor resucitado y de la victoria de la vida sobre la muerte. Una mención especial reservo para la gente de Yemen, sobre todo para los niños, exhaustos por el hambre y la guerra. Que la luz de la Pascua ilumine a todos los gobernantes y a los pueblos de Oriente Medio, empezando por los israelíes y palestinos, y los aliente a aliviar tanto sufrimiento y a buscar un futuro de paz y estabilidad.

Que las armas dejen de ensangrentar a Libia, donde en las últimas semanas personas indefensas vuelven a morir y muchas familias se ven obligadas a abandonar sus hogares. Insto a las partes implicadas a que elijan el diálogo en lugar de la opresión, evitando que se abran de nuevo las heridas provocadas por una década de conflicto e inestabilidad política.

Que Cristo vivo dé su paz a todo el amado continente africano, lleno todavía de tensiones sociales, conflictos y, a veces, extremismos violentos que dejan inseguridad, destrucción y muerte, especialmente en Burkina Faso, Mali, Níger, Nigeria y Camerún. Pienso también en Sudán, que está atravesando un momento de incertidumbre política y en donde espero que todas las reclamaciones sean escuchadas y todos se esfuercen en hacer que el país consiga la libertad, el desarrollo y el bienestar al que aspira desde hace mucho tiempo.

Que el Señor resucitado sostenga los esfuerzos realizados por las autoridades civiles y religiosas de Sudán del Sur, apoyados por los frutos del retiro espiritual realizado hace unos días aquí, en el Vaticano. Que se abra una nueva página en la historia del país, en la que todos los actores políticos, sociales y religiosos se comprometan activamente por el bien común y la reconciliación de la nación.

Que los habitantes de las regiones orientales de Ucrania, que siguen sufriendo el conflicto todavía en curso, encuentren consuelo en esta Pascua. Que el Señor aliente las iniciativas humanitarias y las que buscan conseguir una paz duradera.

Que la alegría de la Resurrección llene los corazones de todos los que en el continente americano sufren las consecuencias de situaciones políticas y económicas difíciles. Pienso en particular en el pueblo venezolano: en tantas personas carentes de las condiciones mínimas para llevar una vida digna y segura, debido a una crisis que continúa y se agrava. Que el Señor conceda a quienes tienen responsabilidades políticas trabajar para poner fin a las injusticias sociales, a los abusos y a la violencia, y para tomar medidas concretas que permitan sanar las divisiones y dar a la población la ayuda que necesita.

Que el Señor resucitado ilumine los esfuerzos que se están realizando en Nicaragua para encontrar lo antes posible una solución pacífica y negociada en beneficio de todos los nicaragüenses.

Que, ante los numerosos sufrimientos de nuestro tiempo, el Señor de la vida no nos encuentre fríos e indiferentes. Que haga de nosotros constructores de puentes, no de muros. Que Él, que nos da su paz, haga cesar el fragor de las armas, tanto en las zonas de guerra como en nuestras ciudades, e impulse a los líderes de las naciones a que trabajen para poner fin a la carrera de armamentos y a la propagación preocupante de las armas, especialmente en los países más avanzados económicamente. Que el Resucitado, que ha abierto de par en par las puertas del sepulcro, abra nuestros corazones a las necesidades de los menesterosos, los indefensos, los pobres, los desempleados, los marginados, los que llaman a nuestra puerta en busca de pan, de un refugio o del reconocimiento de su dignidad.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo vive! Él es la esperanza y la juventud para cada uno de nosotros y para el mundo entero. Dejémonos renovar por Él. ¡Feliz Pascua!

VIGILIA DE PASCUA EN LA SANTA NOCHE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

1. Las mujeres traen los aromas a la tumba, pero temen que el viaje sea inútil, porque una gran piedra bloquea la entrada a la tumba. El camino de esas mujeres es también nuestro camino; se parece al camino de la salvación, que hemos rastreado esta noche. En ella parece que todo se rompe contra una piedra: la belleza de la creación contra el drama del pecado; la liberación de la esclavitud contra la infidelidad a la Alianza; Las promesas de los profetas contra la triste indiferencia del pueblo. Del mismo modo, en la historia de la Iglesia y en la historia de cada uno de nosotros: parece que los pasos dados nunca alcanzan la meta. De este modo, se puede insinuar que la frustración de la esperanza es la ley oscura de la vida.

Hoy, sin embargo, descubrimos que nuestro camino no es en vano, que no se cierra en frente de una lápida. Una frase sacude a las mujeres y cambia la historia: "¿Por qué buscas entre los muertos quién está vivo?" ( Lc 24, 5 ); ¿Por qué crees que todo es inútil, que nadie puede quitar tus piedras? ¿Por qué rendirse ante la renuncia o el fracaso? Pascua, hermanos y hermanas, es la fiesta de la remoción de piedras. Dios quita las piedras más duras, contra las cuales las esperanzas y expectativas van a chocar: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanalidad. La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la "piedra viva" (ver 1 Pt.2,4): el Jesús resucitado. Nosotros, como la Iglesia, estamos fundados en Él y, incluso cuando perdemos el corazón, cuando nos sentimos tentados a juzgar todo en base a nuestros fracasos, Él viene para hacer las cosas nuevas, para derribar nuestras decepciones. Cada noche se llama a encontrar en el Viviente que saca las piedras más pesadas del corazón. Primero preguntémonos: ¿cuál es mi piedra que se quitará, cómo se llama esta piedra?

A menudo, bloquear la esperanza es la piedra de la desconfianza . Cuando se le da espacio a la idea de que todo va mal y que, en el peor de los casos, nunca hay un final, llegamos a creer que la muerte es más fuerte que la vida y nos convertimos en cínicos y burlones, portadores de desaliento insano. Piedra sobre piedra construimos dentro de nosotros un monumento a la insatisfacción, el sepulcro de la esperanza . Quejándonos de la vida, hacemos que la vida dependa de las quejas y de los enfermos espirituales. Así, una especie de psicología del sepulcro se arrastra : todo termina allí, sin esperanza de salir con vida. Aquí, sin embargo, está la pregunta mordaz de la Pascua: ¿Por qué buscas entre los muertos a alguien que esté vivo?El Señor no vive en resignación. Él ha resucitado, no está allí; no lo busques donde nunca lo encontrarás: no es Dios de los muertos, sino de los vivos (ver Mateo 22:32). ¡No entierres la esperanza!

Hay una segunda piedra que a menudo sella el corazón: la piedra del pecado . El pecado seduce, promete cosas fáciles y listas, bienestar y éxito, pero luego deja la soledad y la muerte en el interior. El pecado está buscando la vida entre los muertos, el significado de la vida en las cosas que pasan. ¿Por qué buscas entre los muertos a alguien vivo? ¿Por qué no decides dejar ese pecado que, como una piedra en la boca del corazón, impide que la luz divina entre? ¿Por qué no podar a Jesús, la verdadera luz (cf. Jn 1, 9), a los destellos brillantes de dinero, carrera, orgullo y placer ? ¿Por qué no le dices a las vanidades mundanas que no es para ellos que vives, sino para el Señor de la vida?

2. Volvamos a las mujeres que van a la tumba de Jesús. Frente a la piedra removida, se quedan asombrados; Ver a los ángeles permanecer, dice el Evangelio, "asustado" y con el "rostro inclinado al suelo" ( Lc 24, 5 ). No tienen el coraje de mirar hacia arriba. Y cuántas veces también nos sucede a nosotros: preferimos permanecer agachados en nuestros límites, a escondernos en nuestros temores. Es extraño: pero ¿por qué lo hacemos? A menudo, porque en el cierre y en la tristeza somos los protagonistas, porque es más fácil permanecer solo en las habitaciones oscuras del corazón que abrirnos al Señor. Y sin embargo él solo se levanta. Una poetisa escribió: "Nunca sabemos nuestra altura, hasta que somos llamados a pararnos" (E. Dickinson, Nunca sabemos qué tan alto estamos). El Señor nos llama a levantarnos, a levantarnos de nuevo en su Palabra, a mirar hacia arriba ya creer que estamos hechos para el Cielo, no para la Tierra; para las alturas de la vida, no para la sencillez de la muerte: ¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?

Dios nos pide que miremos la vida como Él la ve, que siempre nos ve en cada uno de nosotros un núcleo de belleza incontenible. En el pecado, él ve hijos para ser criados; en la muerte, los hermanos resucitarán; En desolación, corazones para consolar. No tengas miedo, por lo tanto: el Señor ama tu vida, incluso cuando tienes miedo de mirarla y tomarla en tu mano. En Semana Santa, te muestra cuánto la ama: hasta el punto de cruzarlo todo, experimentar angustia, abandono, la muerte y el inframundo para salir victorioso y decirte: "¡No estás solo, confía en mí!". Jesús es un especialista en transformar nuestras muertes en vidas, nuestras quejas en bailes (ver Sal.30.12): con él también podemos hacer la Pascua, que es el pasaje: paso del cierre a la comunión, de la desolación al consuelo, del miedo a la confianza. No nos quedamos mirando el suelo con miedo, miramos al Jesús resucitado: su mirada nos da esperanza, porque nos dice que siempre somos amados y que, a pesar de todo, podemos combinar su amor, no cambia. Esta es la certeza no negociable de la vida: su amor no cambia. Preguntémonos: ¿ dónde miro en la vida? ¿Contemplo los ambientes sepulcrales o estoy buscando al Viviente?

3. ¿Por qué buscas entre los muertos a alguien vivo? Las mujeres escuchan el llamado de los ángeles, quienes agregan: "Recuerda cómo te habló cuando aún estaba en Galilea" ( Lc 24, 6 ). Esas mujeres habían olvidado la esperanza porque no recordaban las palabras de Jesús, su llamado que tuvo lugar en Galilea. Habiendo perdido la memoria viva de Jesús, permanecen mirando la tumba. La fe necesita regresar a Galilea, para reavivar el primer amor con Jesús, su llamado: reconciliarlo , es decir, literalmente, regresar con su corazón a Él.. Regresar a un amor vivo con el Señor es esencial, de lo contrario tienes una fe de museo, no la fe de Pascua. Pero Jesús no es un personaje del pasado, es una persona viva hoy; No se conoce en los libros de historia, se reúne en la vida. Hoy recordamos cuando Jesús nos llamó, cuando venció nuestra oscuridad, resistencia, pecados, cómo tocó nuestros corazones con su Palabra.

Hermanos y hermanas, volvamos a Galilea.

Las mujeres, recordando a Jesús, salen de la tumba. La Pascua nos enseña que el creyente no llega al cementerio, porque está llamado a caminar hacia el Ser Viviente. Preguntémonos: en mi vida, ¿por dónde camino?A veces siempre y solo vamos hacia nuestros problemas, que nunca fallan, y vamos al Señor solo para ayudarnos. Pero entonces es nuestra necesidad, no Jesús, orientarnos. Y siempre es una búsqueda de los vivos entre los muertos. Cuántas veces, luego de encontrarnos con el Señor, regresamos entre los muertos, vagando dentro de nosotros mismos para desenterrar arrepentimientos, remordimientos, heridas e insatisfacciones, sin dejar que el Señor Resucitado nos transforme. Queridos hermanos y hermanas, démosle a los Vivientes el lugar central en la vida. Pedimos la gracia de no dejarnos llevar por la corriente, por el mar de los problemas; No romper sobre las piedras del pecado y sobre las rocas de la desconfianza y el miedo. Busquémoslo, busquémoslo, buscémoslo en todo y ante todo. Y con él resucitaremos.

sábado, 20 de abril de 2019

Este es el verdadero significado de la Vigilia Pascual

La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo, es la más importante de todas las celebraciones cristianas, porque conmemora la Resurrección de Jesucristo.  

La Vigilia, que significa pasar “una noche en vela”, cobra un sentido especial en la víspera pascual porque recuerda el pasaje bíblico (Mc 16:01) en el que un grupo de mujeres llegan al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús, pero no encuentran su cuerpo. Luego, un ángel se aparece y les dice: “¿Buscan a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado. Decidles a sus discípulos que vayan a Galilea y allí lo verán” (Mt 28, 6).

“Esta resurrección es la que nos enseña a nosotros, más claramente que nada, el cumplimiento de las palabras de Jesús en nuestra vida. Así como Jesucristo murió y al tercer día resucitó, así el cristiano que muere en Cristo también resucitará al fin de los tiempos.”, indicó el sacerdote.

Al inicio de la vigilia, luego de encenderse el cirio y proclamarse la Resurrección, se recita el “Pregón Pascual”.

En él se relata brevemente la historia de la salvación desde la creación, la prueba y caída de Adán, la espera y liberación del pueblo de Israel, hasta la entrega de Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y nos lleva a la salvación.

El Pregón está dirigido a toda la humanidad pero especialmente para los cristianos. San Agustín nos invita a recordarlo constantemente porque es un mensaje de esperanza y nos transmite la victoria de la luz sobre la oscuridad.

Luego de las lecturas, continúa la Liturgia Bautismal o, por lo menos, la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales.

Finalmente, en la celebración eucarística se entonan los cantos del aleluya y se grita de júbilo. Se vive un ambiente festivo y de alabanza porque se cumplieron las promesas de Dios, especialmente, por haber restaurado su amistad con la humanidad y otorgar la salvación.

viernes, 19 de abril de 2019

La neuropsicología de la Pasión: cómo era la memoria de los testigos que vieron sufrir a Cristo

Casi 2.000 millones de cristianos en este año 2019 meditan sobre la Pasión de Cristo, o se emocionan con sus sufrimientos al ser apresado, insultado, torturado y ejecutado en la Cruz.

Los Evangelios dan muchos detalles. Al principio de su Evangelio, Lucas asegura que él recoge "los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares".

El médico y diplomado en Ciencias Religiosas Antonio Macaya reflexiona sobre la fuerza del recuerdo de esos "testigos oculares". ¿Cómo funcionó su memoria? ¿Qué recordaban y qué podían haber olvidado? ¿Cómo funciona la mente de alguien que podía haber sido testigo del camino de Jesús cargando la Cruz hacia el Gólgota o de la misma crucifixión?
Los testimonios oculares y la memoria

El uso de testimonios oculares o de primera mano se mantuvo tras la primera generación de cristianos. Papías e Ireneo, pero también Policarpo y Cuadrato, entre otros, citan el uso de testigos oculares o bien el testimonio que algunos habían recogido de testigos oculares.

Aquí empieza otro problema. Uno de los puntos más discutidos hoy en día es la posibilidad de que se distorsionen los recuerdos al transmitir las historias.

Según algunos autores, en tiempos de Jesús entre el 95 y el 97% de la población era analfabeta. La gente se explicaba las cosas verbalmente... y memorizaba contenidos equivalentes a libros enteros.

Sin embargo, no existía tanto una «tradición oral» (recuerdos transmitidos al menos una generación), como una «historia oral» (recuerdos de lo que testigos vivos habían visto y oído).

«No escribí en papeles sino en mi corazón», dice Ireneo (130-202 d.C., aprox.) sobre lo que Policarpo (70 a 155 d.C., aprox.)  le había enseñado sobre Jesús y sus discípulos, quizás pensando en las palabras de Dios al profeta «escucha estas palabras y escribe en la memoria de tu corazón todo lo que aprenderás» (2 Baruc 50, 1).

Por lo tanto, parece que se seleccionaban testimonios oculares y al menos al principio predominaba la transmisión oral. ¿Había algún control? Parece que sí.

Podemos hacer una pequeña aportación aquí desde la neuropsicología.

No es lo mismo conservar el recuerdo de una tarde aburrida en casa que conservar el recuerdo de un intento de tortura y asesinato.

La amígdala es una estructura ubicada en lo más profundo del encéfalo, que se asocia al almacenamiento de eventos con fuerte carga emocional. Recordamos mejor los acontecimientos con carga emocional. Se observa una sincronización eléctrica entre el hipocampo y amígdala al recordar, por ejemplo, episodios en que uno ha pasado miedo. Si estas partes del cerebro están dañadas, se puede presentar el llamado Síndrome de Klüver-Bucy, en que se padece amnesia relacionada con una lesión que afecta a la amígdala.

¿Es posible olvidar a tus amigos y familiares quemándose como antorchas humanas por orden de Nerón? ¿Puede que centenares de testimonios posteriores se inventasen tal cosa como resultado de un recuerdo distorsionado?
Debe ser imposible olvidarse de la crucifixión de un hijo. La Virgen María, la madre de Jesús, no debió olvidar ni un detalle. El modo en que el cerebro procesa esa información es muy distinto al modo ordinario. La carga emocional es fortísima. El amor por el hijo, el horror que se debe sentir al ver el cuerpo torturado, la cara desencajada, las manos agarrotadas, la sangre manando... No se debe poder olvidar ni un solo detalle.

Y aunque no fuera así, el modo en que se almacena la información y posteriormente se comunica es diferente a casos en que no hay dolor psíquico, ansiedad, miedo... La primera generación de cristianos tuvo mucho miedo. Y eso hizo que recordaran mejor lo que pasó el domingo de Pascua.

Aquí también Bart Ehrmann, famoso por impugnar la historicidad de la resurrección, nos ofrece una ayuda inestimable. Cita algunos estudios de neuropsicología de la memoria, como uno de Neisser y Harsch. Después del accidente del transbordador espacial Challenger se entrevistó a 106 estudiantes de Psicología. Un año después, el 75% ni siquiera recordaban haber completado una encuesta. Ehrmann toma este dato para apoyar su hipótesis de que el recuerdo de lo que sucedió con Jesús se fue modificando.

Sin embargo, con la resurrección sucede todo lo contrario. La cuestión no es que los encuestados por Neisser y Harsch se olvidaran de algo. La cuestión es que un montón de cristianos recuerdan lo mismo. De modo que, si la memoria es tan frágil como gusta de destacar Ehrman, si al cabo de unos años explican la misma historia, las posibilidades de que sean un invento son nulas.

Los experimentos de este tipo nos permiten pensar que los cristianos se olvidaron de varias cosas. Por ejemplo, las que daban menos miedo.
Pero si todos coinciden en que vieron a Jesús, es porque le habían visto. Si hubiera sido una creación de sus mentes, no hubieran coincidido en la historia narrada. Tendríamos versiones muy distintas sobre el día de la semana en que ocurrió, sobre el orden de las apariciones y sobre muchas otras cosas.

¿Qué hicieron los hijos de los primeros testigos?

Si estudiamos a los hijos de los testigos de la resurrección nos pasa lo mismo que nos pasa con las fechas de las cartas, con el credo que se enseñan y con los nombres de los testigos oculares: vemos que se hablaba de la resurrección desde el principio.

Entre la familia carnal de Jesús destaca Simeón. Su padre era Cleofás, que posiblemente era el hermano de San José. Simeón pudo ser, por lo tanto, primo de Jesús de Nazaret.

Simeón fue, sin duda, la figura más importante del cristianismo entre los judíos durante 40 años. Sucedió a Santiago el menor y así fue el segundo obispo de Jerusalén. Murió martirizado mientras gobernaba Ático, siendo Trajano el emperador. Recordemos que el padre de Simeón, Cleofás, vio a Jesús resucitado en el camino de Emaús (Lc 24, 18). La madre de Simeón, «María de Cleofás», presenció la crucifixión (Jn 19, 25).

Simeón, que seguramente también fue testigo de la crucifixión, nos traslada a los años 50... Cuando le llegó la ocasión de morir, tenía ante sí dos posibilidades: renunciar a toda una historia que era mentira y seguir vivo, o morir por seguir pensando que lo que su padre Cleofás y su madre María le habían dicho era verdad: «Jesús estaba vivo, hijo mío». Simeón sabía que su mamá había estado al lado de la cruz, viendo en directo cómo Jesús moría. Simeón sabía que papá le vio vivo camino de Emaús, e incluso se pusieron a cenar juntos. «¡Qué bonito, mamá! ¡Qué bonito, papá!», debió decir cuando se lo explicaban.

«¿Qué hago?», debió pensar luego, cuando le iban a matar. «O vivir porque todo ha sido una mera historia romántica, o morir porque la persona a la que vio morir mamá y después vio vivo papá es Dios». Simeón escogió morir... Quizás pensó también en la Virgen María, su tía.

Esto es importante. Cuando sucedían estas cosas, no podía haber otras personas «fabricando los Evangelios», decidiendo cuántos ángeles había en el sepulcro de Jesús, o cambiando de versión sobre las parábolas o los milagros. Yo, al menos, no me dejaría cortar el cuello con una espada por algo así.

Otro familiar directo de Jesús se llamaba Judas. Sus nietos fueron perseguidos por ser cristianos. Murieron bajo Domiciano (año 90 dC aproximadamente). En este caso era el abuelito Judas la fuente de información. El abuelito les había explicado a sus nietos que Jesús había resucitado, y había que creer en eso para tener la vida eterna. Si no lo hacían, si negaban la verdad que los abuelitos le explicaban, no podía acceder al Cielo, lugar de la Luz y la Verdad.

Esta es la fantástica cuestión de la segunda generación que conoció a la primera: tuvieron que decidir por lo que otros les decían que habían visto.

Por ejemplo, Policarpo e Ignacio de Antioquía (y quizás Ireneo de Lyon) conocieron personalmente al apóstol Juan. Éste les explicó una historia que, como hemos dicho, era innecesaria, inimaginable, a veces mortal y siempre perjudicial. Puede ser que, en las primeras centésimas de segundo, lo primero que pensó Policarpo no fue que Jesús estaba vivo. Quizás, lo primero que pensó fue que Juan no podía inventar tal cosa.

Policarpo fue quemado vivo en el año 160 dC, a los 86 años, por negarse a renunciar a la fe en la resurrección. Es un dato de gran valor, porque elige morir por algo que ha recibido directamente de los testigos oculares.

Del mismo modo, Clemente de Roma conoció a Pedro. Papías a Felipe (uno de los 7 primeros diáconos), Ireneo a Policarpo, Tito y Timoteo conocieron a Pablo... El obispo Cuadrado de Atenas utiliza este conocimiento de testigos vivos al dirigirse por carta al emperador.

Toda esta gente necesariamente pensaba: «al fin y al cabo, si los que me explicaron la vida, muerte y resurrección de Jesús han sufrido tanto y han renunciado a tantas cosas, es porque realmente habían visto a Jesús resucitado. Es porque realmente se sintieron muy amados por Él antes de que Él muriera, y después. Es porque necesitaban comunicar que sólo por Él se consigue la salvación. Por todo eso, me explicaron quién era Jesús. Y yo, por la fe, sé que es todo verdad».

Del mismo modo, se dispone de las listas de primeros obispos de muchísimas iglesias nacientes. Realmente, un fraude que engañe a tanta gente es ridículo. Pensar que todos se han dejado engañar por la primera generación es absurdo.

El que no haya transcurrido una generación sin contacto con los hechos no nos deja fabricar un buen fraude. Si hubiera transcurrido más tiempo, los cristianos se hubieran inventado historias creíbles como las que exige Celso: «si este Jesús estuviera intentando convencer a alguien de sus poderes, habría debido aparecerse primero a los judíos que tan mal lo trataron... O mejor, podría haberse ahorrado la molestia de ser sepultado y simplemente haber desaparecido de la cruz. ¿Dónde se ha visto un planificador tan incompetente? Cuando estaba en el cuerpo, no le creían, pero predicaba en todo el mundo. Tras su resurrección, decide mostrarse únicamente a una mujer y a unos pocos compañeros. Cuando fue castigado, todo el mundo le vio; pero resucitado de la tumba, casi nadie».

Celso tiene toda la razón: parece que hubiera sido más convincente desaparecer de la cruz y hablar sosegadamente con las autoridades judías y romanas. Incluso hubiera sido más convincente hablar con el emperador rodeado de todos los profetas, de Adán y Eva, y con la serpiente asintiendo a todo. Celso tiene un problema. Tiene que explicar, tiene que demostrar por qué la gente que se juega la vida no explica las cosas que a él le parecen tan lógicas.

Tiene que darse cuenta de que toda la gente le cuenta la historia como la vivió, como fue.