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lunes, 22 de abril de 2019

EL TIEMPO PASCUAL

Ya en el siglo 111 tenemos testimonios claros de la celebración de la Pascua durante cincuenta días. Tertuliano expresa la alegría de los cristianos por ese «gozoso espacio», que recuerda a la vez la manifestación de la Resurrección del Señor, la revelación de la gracia del Espíritu Santo y la esperanza de la Parusía.  El tiempo pascual es como un «gran domingo», según la expresión de San Atanasia en sus cartas pascuales.

La celebración es común en Oriente y en Occidente a partir del siglo III y empieza a resaltar algunos elementos rituales característicos: no se ayuna, se ora en pie, se canta el aleluya que es el cántico nuevo de la pascua cristiana. Egeria confirma puntualmente estas costumbres que son comunes en la iglesia madre de Jerusalén.

Tiene personalidad propia en este tiempo la primera semana de Pascua con el tono gozoso de sus formularios bautismales, sobre todo en la liturgia romana. En Jerusalén, según el testimonio conjunto del Diario de Egeria y de las catequesis mistagógicas de San Cirilo, los neófitos reciben las catequesis, en las que se les explican los ritos vividos por ellos en la vigilia pascual cuando recibieron los sagrados misterios del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía; asisten sólo los neófitos y los fieles; son excluidos los catecúmenos; el obispo habla desde el cancel del santo sepulcro y se renuevan las expresiones de entusiasmo espontáneo entre los asistentes: «Mientras el obispo expone y narra cada cosa, son tales los gritos de los que aclaman, que sus voces se oyen aun fuera de la iglesia».

Los Padres del siglo IV ya celebran el misterio del día cuadragésimo de este tiempo que corresponde a la Ascensión del Señor. León Magno canta el misterio con profundas homilías teológicas. Más tarde corre el riesgo de convertirse en el punto final del tiempo pascual sin respetar su lógica continuación hasta Pentecostés.
El día de Pentecostés se celebra como la «metrópolis» o capital de la fiestas, según la expresión de San Juan Crisóstomo, plenitud de la Pascua en la efusión del Espíritu. Más tarde, tiende a convertirse en una fiesta autónoma del Espíritu Santo, con su propia vigilia y su prolongación en una octava que tiene, entre otras motivaciones, la de alargar durante siete días la fiesta en honor de los siete dones del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés se enriquecerá durante la Edad Media con notables aportaciones eucológicas que todavía hoy existen en nuestra liturgia. Y no faltará la tentación dramatizante del hecho de la venida del Espíritu Santo; desde lo alto de las bóvedas de las catedrales y monasterios medievales durante el canto del Gloria o de la Secuencia se harán caer pétalos de rosas rojas o algodones encendidos, o se soltarán palomas en un revuelo festivo que quiere imitar lo que sucedió en el Cenáculo, en la variedad de
símbolos del Espíritu.

Estas breves notas históricas pueden bastar para informar acerca de los elementos necesarios y para estimular el estudio sobre los mil detalles curiosos de la evolución de las celebraciones del triduo pascual y del tiempo de Pentecostés. 

sábado, 20 de abril de 2019

Este es el verdadero significado de la Vigilia Pascual

La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo, es la más importante de todas las celebraciones cristianas, porque conmemora la Resurrección de Jesucristo.  

La Vigilia, que significa pasar “una noche en vela”, cobra un sentido especial en la víspera pascual porque recuerda el pasaje bíblico (Mc 16:01) en el que un grupo de mujeres llegan al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús, pero no encuentran su cuerpo. Luego, un ángel se aparece y les dice: “¿Buscan a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado. Decidles a sus discípulos que vayan a Galilea y allí lo verán” (Mt 28, 6).

“Esta resurrección es la que nos enseña a nosotros, más claramente que nada, el cumplimiento de las palabras de Jesús en nuestra vida. Así como Jesucristo murió y al tercer día resucitó, así el cristiano que muere en Cristo también resucitará al fin de los tiempos.”, indicó el sacerdote.

Al inicio de la vigilia, luego de encenderse el cirio y proclamarse la Resurrección, se recita el “Pregón Pascual”.

En él se relata brevemente la historia de la salvación desde la creación, la prueba y caída de Adán, la espera y liberación del pueblo de Israel, hasta la entrega de Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y nos lleva a la salvación.

El Pregón está dirigido a toda la humanidad pero especialmente para los cristianos. San Agustín nos invita a recordarlo constantemente porque es un mensaje de esperanza y nos transmite la victoria de la luz sobre la oscuridad.

Luego de las lecturas, continúa la Liturgia Bautismal o, por lo menos, la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales.

Finalmente, en la celebración eucarística se entonan los cantos del aleluya y se grita de júbilo. Se vive un ambiente festivo y de alabanza porque se cumplieron las promesas de Dios, especialmente, por haber restaurado su amistad con la humanidad y otorgar la salvación.

domingo, 25 de noviembre de 2018

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

LA FIESTA

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, hacia el Reino de Dios. "Si, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Así como el demonio tentó a Eva con engaños y mentiras para que fuera desterrada, ahora Dios mismo se hace hombre y devuelve a la humanidad la posibilidad de regresar al Reino, cuando cual cordero se sacrifica amorosamente en la cruz.

Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.

La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejo Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.

Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

"Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tu me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos si están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. ...No te pido que los retires del mundo, sino que los guarde del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad." (Jn 17, 9-11.15-17)

jueves, 22 de febrero de 2018

Etapas de la cuaresma

Antiguamente la cuaresma tenía dos etapas: la cuaresma propiamente dicha que abarcaba cuatro semanas, y el tiempo de Pasión que comprendía las dos últimas semanas. Actualmente se ha suprimido el Tiempo de Pasión, dejando solo la cuaresma que llega hasta la celebración del Triduo Pascual.
A pesar de todo, en la cuaresma actual podemos distinguir todavía tres etapas claras. Las dos primeras semanas están centradas en la penitencia, las tres siguientes en el bautismo y la última, o semana santa, en la Pasión y Muerte del Señor.
Aparte de eso, hay que dis.nguir entre el leccionario de los domingos que .ene una estructura clara y bien definida y el de los días de entre semana que acumula lecturas tradicionales sin orden reconocible,tocando diversos tema tienen siempre la misma temática, el primero las tentaciones del Señor y el
segundo su Transfiguración. Los tres siguientes pueden ser iguales todos los años leyéndose los evangelios de la Samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, pero también en los ciclos B y C pueden tener otras lecturas en las que se contempla la misericordia divina o algunos aspectos destacados del misterio de Cristo. Las lecturas de los días entre semana son las mismas todos los años.

¿POR QUÉ CAMBIA LA FECHA DE LA SEMANA SANTA Y DEL MIÉRCOLES DE CENIZA DE UN AÑO PARA OTRO?
Porque, por acuerdo tomado en el Concilio de Nicea, en el s. IV, el Domingo de Resurrección se celebra el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. Se considera que la primavera empieza el 21 de marzo. Este año 2018 es luna llena el SÁBADO 31 DE MARZO por eso el domingo de resurrección
será el 1 de ABRIL y el miércoles de ceniza, cuarenta y seis días antes el 14 de febrero Las Iglesias de Oriente siguen un calendario llamado
juliano con 13 días de diferencia con el nuestro para el mes y varios días más para la luna.
Teniendo en cuenta esas diferencias, ellos este año, celebrarán la Pascua el 8 de abril y la cuaresma la empezarán el lunes 19 de febrero.

lunes, 5 de febrero de 2018

“EL CUERPO DE CRISTO – Una reflexión de vuestro Obispo, sobre cómo recibir la comunión”

1. Desde hace tiempo me ronda la idea de escribir una carta sobre cómo recibir, al comulgar, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Es evidente que la Comunión hay que vivirla con la misma intensidad espiritual que la escucha de la Palabra de Dios o la Consagración. En cualquier momento de la celebración eucarística nuestra participación tiene que ser plena, consciente, activa y fructuosa.

Desde que estoy entre vosotros como vuestro Obispo tengo la impresión que, al menos en lo que yo percibo, en general es muy bueno el modo con que se participa en la Eucaristía en nuestras comunidades. Son muchos los gestos y las actitudes que tengo la oportunidad de observar, como la actitud de escucha, el silencio y, de un modo especial, el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración. Entonces, una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento.

Sin embargo, tengo que decir que me disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos, los que han recibido el Cuerpo del Señor. No sé que sucede, pero, llegado ese momento de la Comunión, hay una especie de desconcierto en el Templo, con lo que se da la impresión de que algunos de los presentes no son conscientes de lo que está sucediendo en ellos, para ellos y también para todos los que participan en la Misa. Parece que se olvidan de lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13)”. 

2. En lo que se refiere al modo de comulgar, sin que me atreva a juzgar las actitudes interiores, en el modo de poner sus manos o su boca se refleja que aparentemente no valoran adecuadamente la presencia real y sacramental de Jesús en el Pan Eucarístico. No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que “la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey”, como dijo San Juan Crisóstomo. Entiendo que había que educar con cierta frecuencia, sobre cómo se ha de recibir el Cuerpo de Cristo. Es evidente que lo que importan son las actitudes espirituales que adoptamos; pero las formas son también importantes y hay que orientarlas; sobre todo cuando perciben hábitos muy poco correctos y además da la impresión de que muy arraigados. Para tratar al Señor hemos de poner lo mejor de nosotros mismos.

Quizá, para educar el modo de comulgar, bastaría con que participáramos adecuadamente en los ritos de preparación. Como se puede observar, el sacerdote se prepara interiormente con una oración íntima que ya es una invitación a toda la asamblea a ponerse en actitud de espera del Cuerpo y la Sangre del Señor que se va a recibir. La actitud que habría que cuidar en la preparación para comulgar debería de ser la gratitud por el don que el Señor nos regala; es Él quien viene a nosotros. Y con la gratitud el deseo profundo de recibirlo en nuestra vida.

3. Una vez que el sacerdote comulga, enseguida invita a los fieles a participar en el banquete eucarístico con una fórmula que es anuncio de una buena noticia: se nos invita a participar en las bodas del Cordero, a pregustar en la comunión la vida eterna. Por eso nos dice: “dichosos los invitados a la cena del Señor”. Al comer el Cordero Pascual, éste entra en nosotros en un acto de amor y nos hace uno con Él, al tiempo que nos une entre nosotros como Iglesia. De ahí que cuando el sacerdote al darnos la comunión nos dice “el Cuerpo de Cristo”, nosotros respondemos “amén”, le estamos diciendo: “Si quiero, acepto, deseo que unas tu vida a la mía”. Jesús transforma nuestra pequeña y débil vida en su misma vida divina. Es por eso que, ante la presentación del Pan Eucarístico como el Cordero de Dios, nosotros respondemos con una profunda humildad: “Señor, yo no soy digno de que entes en mi casa, pero una Palabra tuya bastará para sanarme”. Todo esto es evidentemente tan sublime que, o se toma en serio o corremos el peligro de banalizar lo que, por gracia de Dios, enriquece y renueve nuestra vida.

4. Después de comulgar hay que encontrarse con Jesús en intimidad, por eso, es imprescindible el silencio que nos permita un diálogo con él. Ese momento es la gran oportunidad para un encuentro que fortalezca nuestra fe, nos arraigue en la oración y nos oriente en nuestra misión, la que hemos de realizar tras alimentarnos de la Eucaristía. Sin embargo, por el tono revoltoso o distraído que se nota en el ambiente, es evidente que eso en algunos casos no está sucediendo. A veces, da la impresión de que en la comunión empieza a acabarse la Misa y de que ya no sucede nada para muchos. Yo propongo que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar; y para eso se pueden indicar algunos argumentos sobre los que hablar con el Señor y algunas oraciones que nos podrían ayudar en ese dialogo con Jesús Eucaristía.

Normalmente en la liturgia ese tiempo de después de la Comunión es de silencio meditativo, que además debería ser más prolongado de lo que lo hacemos. El silencio no es incompatible con el canto; sin embargo, no siempre los coros colaboran al clima de adoración y contemplación que se necesita. Se puede cantar durante la Comunión y en la acción de gracias, pero no hay que evitar algunos hábitos ya adquiridos: no hay que tener prisa en comenzar el canto, tampoco es necesarios estar cantando durante todo el tiempo de distribución de la comunión y, por supuesto, no siempre hay que cantar en la meditación de acción de gracias. Si se canta, los cantos tanto en el tono de la música y, sobre todo, en la letra han de invitar a la oración. Todas las canciones de la Comunión deberían de ser eucarísticas y orantes. El ritmo o la letra de algunas rompe con demasiada frecuencia el tono espiritual que ese momento debe de tener y alteran la necesidad de oración que tiene la asamblea.

5. Ni que decir tiene que hasta ahora me he dirigido sobre todo a los que comulgan; pero hay muchos que participan en la Eucaristía y no pueden comulgar, o bien porque no están bien dispuestos, es decir, porque necesitándolo no se han confesado; o bien porque sus circunstancias personales, aunque lo deseen, no les permite acercarse a recibir la Comunión. Para estos el tono espiritual ha de ser el mismo que para los que comulgan; también ese momento de la celebración de Eucaristía es tiempo de oración y de intimidad con Jesús Sacramentado, si bien su comunión es “spiritual”. Por eso es tan necesario que los que comulgan den ejemplo de lo maravilloso e importante que es recibir a Jesús sacramentalmente. ¿Cómo van a desear recibirle los que no pueden, si los que comulgan le tratan con tanto descuido? ¿Cómo van a tener pudor de recibirle los que no pueden, si los que los lo hacen se acercan a comulgar tan a la ligera? Comulgar espiritualmente significa unirse a Jesucristo presente en la Eucaristía, aunque no recibiéndolo sacramentalmente, sino con un deseo que proviene de una fe animada por la caridad.

6. Como veis, he utilizado un tono sencillo y espero que claro para intentar orientar mejor lo que deberíamos hacer y cómo hacerlo. Me gustaría que todos os quedéis con esto: cuidemos con mucho esmero la comunión, nos va mucho en cada oportunidad que tengamos de recibir a Jesús: nos va la fortaleza, la autenticidad, la radicalidad de todos los demás aspectos de nuestra vida cristiana. Los santos siempre entendieron que todos hemos de recorrer un camino: de la Eucaristía a los pobres y de los pobres a la Eucaristía (Beata Matilde del Sagrado Corazón).

Con mi afecto y bendición.


+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

martes, 19 de diciembre de 2017

Adviento: la gozosa esperanza y la vigilancia

Durante el tiempo ordinario que ya ha concluido, la Iglesia ha ido dejándose instruir por las enseñanzas de su Maestro y ha celebrado el misterio de Cristo en su totalidad. Cuando llegaba a su fin, la liturgia fue tiñéndose progresivamente de una perspectiva escatológica para concluir con la gran doxología final del año litúrgico que es el domingo de Cristo, Rey del Universo, aclamándolo como Señor de todo lo creado y del tiempo.

El comienzo del nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, en contra de lo que pudiera parecer, no significa una ruptura; el Adviento sitúa de nuevo al pueblo cristiano en una tensión espiritual que viene propiciada por dos venidas del Hijo de Dios: la espera del retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos –Parusía– y la preparación de la próxima fiesta de la Navidad. Estos dos acontecimientos se presentan en exquisita armonía con sus momentos propios a lo largo de las cuatro semanas del Adviento: hasta el día 16 de diciembre, la Iglesia centra la mirada principalmente en la espera dichosa de los últimos tiempos «cuando venga de nuevo –el Señor– en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra» (prefacio I);  por su parte, la octava previa al 25 de diciembre se fija más intensamente en la realidad de la Encarnación y la necesaria preparación para la Navidad: «quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención… y nos abrió el camino de la salvación eterna» (prefacio I). De esta manera, el Adviento pone ante nuestros ojos de manera sintética la Historia de la Salvación que comenzó con la promesa del Mesías hecha al pueblo de la primera Alianza y que culminará con su regreso como «Señor y Juez de la Historia» cuando termine este mundo y nazcan «los cielos nuevos y la tierra nueva» (prefacio III).

La espiritualidad

Estas «dos venidas» de Cristo junto con la que sucede continuamente, «en cada hombre y en cada acontecimiento» (prefacio III), provocan necesariamente una vivencia espiritual intensa en la vida cristiana; las cuatro semanas del Adviento son el tempo propicio para avivar la virtud de la esperanza, tomando conciencia que sólo Dios es el Salvador del mundo y que en Él reside el sentido a toda la existencia. Ante tantos sinsentidos que ahogan continuamente nuestro mundo, el creyente alza un grito cargado de esperanza: «¡Marana tha!», «¡Ven, Señor Jesús!»; y sabe que esa súplica no va a caer en el vacío porque el fundamento de la esperanza cristiana no se asienta en otro sino en Jesucristo que ha venido, que viene y que vendrá a librar a su pueblo: «sí, yo vengo pronto. ¡Amén!» (himno de Vísperas). Así, la esperanza cristiana es una llamada constante a confiar en Dios: «En Adviento la liturgia con frecuencia nos repite y nos asegura, como para vencer nuestra natural desconfianza, que Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz» (Benedicto XVI, Ángelus, 3/12/06).

La virtud de la esperanza, provocada por las venidas de Cristo, encuentra en el tiempo del Adviento un complemento necesario: la vigilancia. Junto con la esperanza se ha de esperar. El mismo Cristo exhorta frecuentemente a estar preparados adecuadamente a su llegada pues ésta sucederá como regresa el amo de la boda (Mt 12,35; Lc 24,45), como llega el ladrón en la noche (Lc 24,42) o como se alza el grito a deshora anunciando la presencia del esposo (Lc 25,1). Sin esta exigencia moral, la espiritualidad del Adviento quedaría incompleta; la acción de Dios ha de ser acogida sin que la entorpezcan los afanes de este mundo (cf. colecta, segundo domingo).

Por esta razón, la conversión adquiere un protagonismo esencial en el Adviento, que no es primariamente un tiempo penitencial: «consolados con la presencia de tu Hijo que viene, no caigamos en la antigua servidumbre del pecado» (colecta, martes de la primera semana).

La vigilancia corrige la comodidad y el conformismo; es antídoto contra el pecado, y se alimenta con la oración: «El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza, en el que se invita a los creyentes en Cristo a permanecer en una espera vigilante y activa, alimentada por la oración y el compromiso concreto del amor» (Benedicto XVI, Ángelus, 3/12/2006).

La palabra de Dios

La palabra de Dios sugiere todos estos elementos; al mismo tiempo, ofrece ejemplos bíblicos que ha sido modélicos porque encarnaron de manera excelente la expectación del Hijo de Dios: «a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres» (prefacio II).

La riqueza de la palabra de Dios en este tiempo exige comprender su dinámica interna: es necesario asimilar la esperanza del primer Israel (personificada los profetas) hasta el momento inminente de la encarnación de Cristo (Juan el Bautista y la Virgen María) para proyectar estas actitudes ante su definitiva venida, implementar una actitudes morales acordes con esa esperanza y preparar adecuadamente las próximas celebraciones de la Natividad del Señor.

En las ferias de las cuatro semanas hasta el 16 de diciembre se proclaman los textos del profeta Isaías y los Evangelios se relacionan con la primera lectura. A partir del jueves de la segunda semana comienzan las lecturas sobre Juan el Bautista y las primeras lecturas se vinculan con ellas. En las ferias de la última semana antes de Navidad (a partir del día 17) se recogen los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Señor y la primera lectura describen los vaticinios mesiánicos más importantes.

No hay que olvidar el magnífico complemento que supone la Liturgia de las Horas en este rico sistema de la Palabra de Dios; ella, además de posibilitar la meditación más extensa y pausada de los textos bíblicos más importantes para este tiempo litúrgico, ofrece un nutrido leccionario patrístico. Hasta el día 16 las lecciones de los Santos Padres versan sobre la última venida de Cristo y sobre las actitudes que deben guiar a la Iglesia en esta etapa de expectación; a partir el día 17, las lecturas son comentarios al Evangelio que se proclama cada día en la Misa o tratan sobre el plan divino de la salvación que se ha manifestado en Cristo.

La Piedad Popular

La piedad popular ha desarrollado unas formas que oscilan entre la expectación por la venida del Salvador y el estupor por el acontecimiento extraordinario de la Encarnación. Las expresiones más destacadas son: la corona de adviento como memoria de las distintas etapas de la historia de la salvación hasta la luz de la Navidad; la novena de Navidad en la que se recomienda la participación de los fieles en la celebración de las Vísperas con sus «antífonas mayores» o «antífonas de la ¡oh!»; el nacimiento como contacto «visual» con el misterio de Belén; la novena de la Inmaculada, cuyo contenido de fe es una preparación al nacimiento de Jesús.

La piedad popular, por lo tanto, es un excelente remedio contra la visión comercial, tan extendida en el tiempo previo a la Navidad. Realiza también una exposición de la vida cristiana desde la sobriedad, la sencillez alegre, la actitud de solidaridad para con los pobres, y la sensibilidad por el valor de la vida y el deber de respetarla y protegerla desde su concepción.

Luis García Gutiérrez
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia