martes, 18 de noviembre de 2025

Miércoles de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1.20-31):

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Pero ninguno más admirable y digno de recuerdo que la madre. Viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor.

Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua: «Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, con su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley.»

Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando. Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo, no sólo con palabras, sino que le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por amigo y le daría algún cargo. Pero como el muchacho no hacía ningún caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.

Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma: «Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié tres años y te he alimentado hasta que te has hecho un joven. Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen y verás que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el hombre. No temas a ese verdugo, no desmerezcas de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos.»

Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo: «¿Qué esperáis? No me someto al decreto real. Yo obedezco los decretos de la ley dada a nuestros antepasados por medio de Moisés. Pero tú, que has tramado toda clase de crímenes contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios.»

Palabra de Dios


Salmo 16,R/. Al despertar, Señor, me saciaré de tu semblante


Santo Evangelio según san Lucas (19,11-28):

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.

Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: «Negociad mientras vuelvo.» Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras él una embajada para informar: «No queremos que él sea nuestro rey.» Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: «Señor, tu onza ha producido diez.» Él le contestó: «Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.» El segundo llegó y dijo: «Tu onza, señor, ha producido cinco.» A ése le dijo también: «Pues toma tú el mando de cinco ciudades.» El otro llegó y dijo: «Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo, porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras.» Él le contestó: «Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Conque sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.» Entonces dijo a los presentes: «Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez.» Le replicaron: «Señor, si ya tiene diez onzas.» «Os digo: ‘Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.’ Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.»»

Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra de Dios


Compartimos:

El Evangelio de hoy es una versión compleja de la parábola de los talentos. La comprensión de esta última es que a cada uno se le pedirá en proporción a lo que ha recibido. Y este sentido también se encuentra en la parábola de las minas, pero con otros matices, relacionados con la venida del Reino de Dios. Jesús nos avisa aquí de que la primera condición para que venga, es quererlo, desearlo. Porque hay quienes abiertamente se oponen a ello. De ahí la alusión a los ciudadanos que rechazan al candidato a rey. Parece que Jesús usa un acontecimiento histórico, el nombramiento de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, como rey de Judea por parte del emperador romano Augusto, en medio de la oposición de una gran parte del pueblo (con los fariseos a la cabeza). Los ciudadanos que no querían a ese rey representan aquí a los que se oponen activamente a la venida del Reino de Dios, los que viven de modo contrario a la justicia y el amor. A esa primera condición (necesaria, pero no suficiente) de la venida del Reino, se añade enseguida una segunda: aunque el Reino de Dios es un don, que no podemos instaurar por nuestras solas fuerzas, no basta con desearlo y pedirlo, sino que Dios, que no nos lo impone, requiere de nuestra activa cooperación.


Hay quienes dicen, para justificarse ante Dios y ante los demás, “yo no mato, no robo, y no hago mal a nadie”. Este mínimo moral se parece mucho al que escondió su mina y no quiso negociar con ella. El capital humano que se nos ha dado (nuestras cualidades, capacidades, conocimientos, etc.) es una realidad dinámica, llamada a producir más bienes. Y esto es algo inscrito en el sentido de la realidad desde el principio de la creación del hombre: “creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). El don de la venida del Reino es también una llamada a nuestra responsabilidad.


Nos puede sorprender y asustar el final de la parábola, ese “a esos enemigos míos traedlos y degolladlos en mi presencia”. De nuevo parece una alusión a ese episodio de Arquelao, que produjo una enorme matanza (se dice que mató a más de tres mil fariseos) entre sus opositores. Es lo que sucede con frecuencia con los reinos de este mundo. En el caso del Reino de Dios la cosa va en dirección contraria: “Jesús echó a andar…, subiendo a Jerusalén”. Se trata de una alusión muy clara a la entrega de la propia vida en la cruz para la instauración del Reino. Y esto es así: en nuestra actitud dinámica y activa por cooperar en la venida del Reino de Dios, hay que enfrentarse con aquellos que se oponen a ella, pero no matándolos, sino dando nosotros la vida, por medio de la disposición al martirio, como en el tremendo caso narrado en el libro de los Macabeos.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Martes de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del segundo libro de los Macabeos (6,18-31):

En aquellos días, a Eleazar, uno de los principales escribas, hombre de edad avanzada y semblante muy digno, le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida. Los que presidían aquel sacrificio ilegal, viejos amigos de Eleazar, lo llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida, preparada por él mismo, y que la comiera, haciendo como que comía la carne del sacrificio ordenado por el rey, para que así se librara de la muerte y, dada su antigua amistad, lo tratasen con consideración.

Pero él, adoptando una actitud cortés, digna de sus años, de su noble ancianidad, de sus canas honradas e ilustres, de su conducta intachable desde niño y, sobre todo, digna de la Ley santa dada por Dios, respondió todo seguido: «iEnviadme al sepulcro! Que no es digno de mi edad ese engaño. Van a creer muchos jóvenes que Eleazar, a los noventa años, ha apostatado, y, si miento por un poco de vida que me queda, se van a extraviar con mi mal ejemplo. Eso seria manchar e infamar mi vejez. Y, aunque de momento me librase del castigo de los hombres, no escaparía de la mano del Omnipotente, ni vivo ni muerto. Si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo, para que aprendan a arrostrar voluntariamente una muerte noble por amor a nuestra santa y venerable Ley.»

Dicho esto, se dirigió en seguida al suplicio. Los que lo llevaban, poco antes deferentes con él, se endurecieron, considerando insensatas las palabras que acababa de pronunciar.

Él, a punto de morir a fuerza de golpes, dijo entre suspiros: «Bien sabe el Señor, que posee la santa sabiduría, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y los sufro con gusto en mi alma por respeto a él.»

Así terminó su vida, dejando, no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.

Palabra de Dios


Salmo 3,2-R/. El Señor me sostiene


Santo Evangelio según san Lucas (19,1-10):

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajó en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Zaqueo podía parecer grande, porque era jefe y rico, aunque esa grandeza era pura apariencia: no daba la talla para lo verdaderamente importante, para ver lo esencial, lo que de verdad salva al ser humano. Por eso no podía ver a Jesús. Pero, en medio de su pequeñez, fue capaz de tener un rasgo de humildad: reconocer su pequeña estatura (signo de su estatura moral) y buscar un remedio: subirse a una higuera (que es, a su vez, signo del pueblo elegido). Así se hizo encontradizo con Jesús, que se invitó a su casa, de modo que la salvación entró en ella. Fue la humildad de Zaqueo la que lo engrandeció, la que ensanchó su corazón para reconocer su pecado y empezar a actuar con justicia y generosidad. Así se hizo grande ante Dios, y pudo alcanzar su verdadera identidad. Zaqueo significa “puro”, y al entrar Jesús en su casa abandonó su vida de impureza para llegar a ser sí mismo.


La grandeza de una vida digna está al alcance de todos, pues depende de nuestra voluntad, y no de nuestra fortuna o de nuestra posición social. Pero es verdad que, en ocasiones, como en el caso de Eleazar, requiere superar terribles dificultades y tentaciones. La coherencia no es cosa fácil, y algunas veces exige el heroísmo. Tal vez sintamos que no estamos hechos de esa madera, que ante ciertas dificultades, somos pequeños como Zaqueo. Pero la gracia de Dios nos acompaña en la dificultad. La higuera que remedia nuestra pequeñez y debilidad es la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, que nos alimenta con la Palabra, que es Cristo, con su cuerpo y su sangre, con su perdón. También a nuestra casa se ha invitado Jesús, llevando a ella la salvación, que ensancha nuestro corazón para vivir con generosidad en las situaciones cotidianas de nuestra vida, y en la que nos entrenamos para, si se presenta la ocasión, podamos dar el supremo testimonio del martirio.

Lunes de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Macabeos (1,10-15.41-43.54-57.62-64):

En aquellos días, brotó un vástago perverso: Antíoco Epifanes, hijo del rey Antíoco. Había estado en Roma como rehén, y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida.

Por entonces hubo unos israelitas apóstatas que convencieron a muchos: «¡Vamos a hacer un pacto con las naciones vecinas, pues, desde que nos hemos aislado, nos han venido muchas desgracias!»

Gustó la propuesta, y algunos del pueblo se decidieron a ir al rey. El rey los autorizó a adoptar las costumbres paganas, y entonces, acomodándose a los usos paganos, construyeron un gimnasio en Jerusalén; disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, emparentaron con los paganos y se vendieron para hacer el mal. El rey Antíoco decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. Todas las naciones acataron la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial: ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el Sábado. El día quince del mes de Casleu del año ciento cuarenta y cinco, el rey mandó poner sobre el altar un ara sacrílega, y fueron poniendo aras por todas las poblaciones judías del contorno; quemaban incienso ante las puertas de las casas y en las plazas; los libros de la Ley que encontraban, los rasgaban y echaban al fuego, al que le encontraban en casa un libro de la alianza y al que vivía de acuerdo con la Ley, lo ajusticiaban, según el decreto real. Pero hubo muchos israelitas que resistieron, haciendo el firme propósito de no comer alimentos impuros; prefirieron la muerte antes que contaminarse con aquellos alimentos y profanar la alianza santa. Y murieron. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.


Palabra de Dios


Salmo 118,R/. Dame vida, Señor, para que observe tus decretos

santo evangelio según san Lucas (18, 35-43):


En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.

Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.»

Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»

Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.

Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

Él dijo: «Señor, que vea otra vez.»

Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.»

En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.


Palabra del Señor


Compartimos:

Dice el refrán: “adaptarse o morir”. Solemos entenderlo como la necesidad inevitable de atender al contexto en el que vivimos, a los cambios que se producen continuamente, y tomar las decisiones necesarias para no condenarse a la irrelevancia y la marginación social. No podemos vivir de espaldas a las vigencias sociales, a los avances técnicos, a los cambios de mentalidad. Si lo hacemos así, podemos estar hablando un lenguaje que ya nadie entiende, respondiendo a preguntas que nadie se hace o proponiendo soluciones a problemas que no existen. Esto es esencial, por ejemplo, en la misión de la Iglesia de anunciar el evangelio: es preciso realizar un esfuerzo constante de “aggiornamento”, de puesta al día, que requiere apertura, capacidad de escucha y discernimiento para captar los signos de los tiempos y, adaptándose a ellos, comunicar de manera eficaz el perenne mensaje del Evangelio de Cristo.


Pero, a la luz de la primera lectura, descubrimos que hay formas indeseables de adaptación, que implican ceder ante presiones indebidas y amoldarse a valores y formas de vida que suponen la traición de las convicciones más profundas, y el abandono de la propia fe. Aquí la expresión “adaptarse o morir” adquiere un significado literal y trágico, porque significa la elección entre la apostasía o la fidelidad a la fe, que puede llevar al martirio. Lo que nos describe el libro de los Macabeos está de triste actualidad, cuando se multiplican en el mundo las persecuciones contra la fe cristiana, en muchos lugares de manera cruenta (pensemos en Nigeria o Paquistán), pero también con formas “soft”, que descalifican o ridiculizan de diversas formas esa misma fe. La Palabra de Dios, que nos sitúa en estas semanas en el contexto de los “últimos tiempos” (de esas dimensiones de ultimidad que dan un sentido definitivo a la vida humana), nos llama a la fidelidad, recordándonos que no toda forma de adaptación es aceptable, y que la fidelidad puede llevar en ocasiones al extremo del martirio.


Para los cristianos el modelo perfecto de adaptación es Jesucristo, que, en su encarnación, se ha adaptado a nuestras condiciones del espacio y el tiempo, pero para traer a este mundo cambiante los valores perennes del amor de Dios, que se traduce en acciones que siempre están de actualidad: acercarse a los marginados (y todos los somos por el pecado), escuchar los gritos de los que claman por la salvación, dar testimonio dando la luz del Evangelio, de manera que, como el ciego sentado al borde del camino, nos pongamos en pie y caminemos siguiendo a Jesús.

domingo, 16 de noviembre de 2025

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Mientras el año litúrgico llega a término, el Evangelio de hoy (Lc 21,5-19) nos hace reflexionar sobre los avatares de la historia y el fin de las cosas. Como Jesús conoce nuestro corazón, al contemplar estos acontecimientos nos invita ante todo a no dejarnos vencer por el miedo: «Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones —dice— no se alarmen» (v. 9).


Su llamamiento es muy actual. Lamentablemente, cada día recibimos noticias de conflictos, calamidades y persecuciones que atormentan a millones de hombres y mujeres. Sin embargo, tanto ante estas aflicciones como ante la indiferencia que quiere ignorarlas, las palabras de Jesús anuncian que la agresión del mal no puede destruir la esperanza de quienes confían en Él. Cuanto más oscura es la noche, más brilla la fe como el sol.


Cristo, de hecho, afirma dos veces que «a causa de mi Nombre» muchos sufrirán violencia y traición (v. 12.17), pero precisamente entonces tendrán la oportunidad de dar testimonio (cf. v. 13). Siguiendo el ejemplo del Maestro, que en la cruz reveló la inmensidad de su amor, tal invitación nos concierne a todos. La persecución de los cristianos, de hecho, no sólo se produce con armas y maltratos, sino también con palabras, es decir, a través de la mentira y la manipulación ideológica. Sobre todo, cuando estamos oprimidos por estos males, físicos y morales, estamos llamados a dar testimonio de la verdad que salva al mundo, de la justicia que redime a los pueblos de la opresión, de la esperanza que indica a todos el camino de la paz.


En su estilo profético, las palabras de Jesús atestiguan que los desastres y los dolores de la historia tienen un final, mientras que la alegría de quienes reconocen en Él al Salvador está destinada a durar para siempre. «Gracias a la constancia salvarán sus vidas» (v. 19), esta promesa del Señor nos infunde la fuerza para resistir los acontecimientos amenazantes de la historia y toda ofensa; no permanezcamos impotentes ante el dolor, porque Él mismo nos da «elocuencia y sabiduría» (v. 15) para obrar siempre el bien con corazón ardiente.


Queridos hermanos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, son sobre todo los mártires quienes nos recuerdan que la gracia de Dios es capaz de transfigurar incluso la violencia en signo de redención. Por eso, uniéndonos a nuestros hermanos y hermanas que sufren por el nombre de Jesús, busquemos con confianza la intercesión de María, auxilio de los cristianos. Que la Santa Virgen nos consuele y nos sostenga en cada prueba y dificultad.


Queridos hermanos y hermanas:


Como les decía antes comentando el Evangelio, también hoy, en distintas partes del mundo, los cristianos sufren discriminaciones y persecuciones. Pienso, en particular, a Bangladés, Nigeria, Mozambique, Sudán y otros países, de los cuales llegan muchas veces noticias de ataques a comunidades y lugares de culto. Dios es Padre misericordioso y quiere la paz entre sus hijos. Acompaño con mi oración a las familias de Kivu, en la República Democrática del Congo, donde en estos días ha habido una masacre de civiles, con al menos veinte víctimas a causa de un ataque terrorista. Recemos para que cese cualquier violencia y que los creyentes colaboren por el bien común.


Sigo con dolor las noticias de los ataques que continúan a golpear numerosas ciudades de Ucrania, incluida Kiev. Tales ataques causan víctimas y heridos, entre ellos también niños, e ingentes daños a las infraestructuras civiles, dejando las familias sin casa mientras el frio avanza. Aseguro mi cercanía a la población en esta dura prueba. No podemos habituarnos a la guerra y a la destrucción. Oremos juntos por una paz justa y estable en la torturada Ucrania.


Deseo asegurar mi oración también por las víctimas del grave accidente de carretera acaecido el pasado miércoles en el sur del Perú. El Señor acoja a los difuntos, sostenga a los heridos y de consuelo a las familias en luto.


Ayer, en Bari, ha sido beatificado Carmelo De Palma, sacerdote diocesano, muerto en 1961 después de una vida gastada con generosidad en el ministerio de la confesión y del acompañamiento espiritual. Su testimonio impulse a los sacerdotes a donarse sin reservas al servicio del pueblo santo de Dios.


Hoy celebramos la Jornada Mundial de los Pobres. Agradezco a cuantos en las diócesis y en las parroquias han promovido iniciativas de solidaridad con los más desfavorecidos. Idealmente, en esta jornada, vuelvo a entregar la Exhortación apostólica Dilexi te, “Te he amado”, sobre el amor a los pobres, documento que el Papa Francisco estaba preparando en los últimos meses de su vida y que con gran alegría he completado.


En este día recordamos también a todos aquellos que han muerto en los accidentes de tráfico, causados muchas veces por comportamientos irresponsables. Cada uno haga sobre esto un examen de conciencia.


Me uno también a la Iglesia de Italia que hoy propone la Jornada de oración por las víctimas y los sobrevivientes a los abusos, para que crezca la cultura del respeto como garantía de la tutela de la dignidad de cada persona, especialmente de los menores y de los más vulnerables.


Y ahora saludo con afecto a todos ustedes, romanos y pelegrinos de Italia y de otras partes del mundo, en particular a los fieles de Bar en Montengro, Valencia en España, Siros en Grecia, Puerto Rico, Sofía en Bulgaria, Bismarck en Estados Unidos de América, a los estudiantes de la Catholic Theological Union de Chicago y al Coro “Eintracht Nentershausen” de Alemania.


Saludo a los peregrinos polacos, recordando el aniversario del Mensaje de reconciliación dirigido por los obispos polacos a los obispos alemanes después de la segunda guerra mundial. Saludo finalmente a la Familia Vicenciana y a los grupos de Lurago d’Erba, Coiano, Cusano, Paderno Dugnano y Borno.


Feliz domingo.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Domingo 33 (C) del tiempo ordinario

1ª Lectura (Mal 3,19-20a): He aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja; los consumirá el día que está llegando, dice el Señor del universo, y no les dejará ni copa ni raíz. Pero a vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra.

Palabra de Dios


Salmo responsorial: 97 R/. El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.


2ª Lectura (2Tes 3,7-12): Hermanos: Ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre vosotros sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de vosotros. No porque no tuviéramos derecho, sino para daros en nosotros un modelo que imitar. Además, cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven desordenadamente, sin trabajar, antes bien metiéndose en todo. A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan.

Versículo antes del Evangelio (Lc 21,28): Aleluya. Estad alerta y levantad la cabeza, porque se acerca la hora de vuestra liberación. Aleluya.

Texto del Evangelio (Lc 21,5-19): En aquel tiempo, como dijeran algunos, acerca del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Él dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».


Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato».


Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Palabra de Dios


Compartimos:

El Evangelio nos habla de la última venida del Hijo del hombre. Se acerca el final del año litúrgico y la Iglesia nos presenta la parusía, y al mismo tiempo quiere que pensemos en nuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno o cielo. El fin de un viaje condiciona su realización. Si quieres ir al infierno, te podrás comportar de una manera determinada de acuerdo con el término de tu viaje. Si escoges el cielo, habrás de ser coherente con la Gloria que quieres conquistar. Siempre, libremente. Al infierno no va nadie por la fuerza; ni al cielo, tampoco. Dios es justo y da a cada uno lo que se ha ganado, ni más ni menos. No castiga ni premia arbitrariamente, movido por simpatías o antipatías. Respeta nuestra libertad. Sin embargo, hay que tener presente que al salir de este mundo la libertad ya no podrá escoger. El árbol permanecerá tendido por el lado en que haya caído.


«Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección» (Catecismo de la Iglesia n. 1033).


¿Te imaginas la grandiosidad del espectáculo? Los hombres y las mujeres de todas las razas y de todos los tiempos, con nuestro cuerpo resucitado y nuestra alma compareceremos delante de Jesucristo, que presidirá el acto con gran poder y majestad. Vendrá a juzgarnos en presencia de todo el mundo. Si la entrada no fuera gratuita, valdría la pena... Entonces se sabrá la verdad de todos nuestros actos interiores y exteriores. Entonces veremos de quién son los dineros, los hijos, los libros, los proyectos y las demás cosas: «No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (Lc 21,6). Día de alegría y de gloria para unos; día de tristeza y de vergüenza para otros. Lo que no quieras que aparezca públicamente, ahora te es posible eliminarlo con una confesión bien hecha. No puedes improvisar un acto tan solemne y comprometedor. Jesús nos lo advierte: «Mirad, no os dejéis engañar» (Lc 21,8). ¿Estás preparado ahora?

Sábado de la XXXII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (18,14-16;19,6-9):

Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo. Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos. Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos. Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.

Palabra de Dios


Salmo 104,R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor


Santo Evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.» Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor


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Este texto evangélico de hoy nos adentra en los terrenos de la fe, una realidad íntima y vital, hecha al mismo tiempo de luz y de oscuridad. La comparación que hoy plantea Jesús entre el juez inicuo, injusto, y Dios, padre de todos, justo por excelencia está muy bien para meditar y orar. Si aquel duerme tranquilamente y solo termina haciendo justicia a la viuda para no ser molestado y mantener así su imagen pública, Dios, que es padre y madre, que está hecho de amor y piedad y misericordia, lo lógico es que atienda sin tardanza a los que le piden justicia. No puede ser de otra manera. No debería ser de otra manera.


Pero la realidad es tozuda y se planta delante de nuestros ojos día tras día. La realidad es que los pobres siguen esperando justicia, año tras año, generación tras generación. Los que les ha tocado la peor parte en este mundo siguen ahí, hundidos en la miseria, mientras que otros… viven en un mundo diferente de riqueza, de lujo. Y demasiadas veces, la justicia de los hombres termina dando la razón a los ricos frente a los pobres y marginados, que por no tener no tienen ni para abogados. Esa es la realidad.


Por eso digo, que este texto de hoy nos pone frente a la fe, frente a nuestra fe, a la de cada uno de nosotros, para ser más exactos. Nos invita a preguntarnos si realmente creemos en esa presencia de un Dios que es Padre de amor, que es piedad y misericordia, y que no deja que ninguno de sus hijos e hijas se pierda y muera, que es fuente de esperanza y de vida. O si nos dejamos llevar por el desánimo porque esa justicia de Dios tarda en llegar, al menos para nuestros ojos. Y vivimos en la fe pero al mismo tiempo en la desesperanza.


Creer es mantener firme el estandarte de la fe en nuestros corazones. Creer es seguir poniendo nuestra confianza en Él. Creer es mantener la esperanza alta. Creer es no dejarnos llevar por el pesimismo de quien ya lo da todo por perdido. Creer es seguir trabajando por el Reino y por la fraternidad y por la justicia. Creer es seguir de lado de los más pobres, porque ellos son los preferidos de Dios. A pesar de todos los pesares.

viernes, 14 de noviembre de 2025

Viernes de la XXXII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (13,1-9):

Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es, partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al Artífice, fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo; pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser. Con todo, a éstos poco se les puede echar en cara, pues tal vez andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar; en efecto, dan vueltas a sus obras, las exploran, y su apariencia los subyuga, porque es bello lo que ven. Pero ni siquiera éstos son perdonables, porque, si lograron saber tanto que fueron capaces de averiguar el principio del cosmos, ¿cómo no encontraron antes a su Dueño?

Palabra de Dios


Salmo 18,R/. El cielo proclama la gloria de Dios


 Santo Evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»

Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»

Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Sucedió en los días de Noé y sigue sucediendo hoy mismo. Y lo más probable es que sucederá mañana. Porque a las personas, da lo mismo raza, nación o lo que sea, nos encanta pensar que siempre hacemos lo mismo, que vivimos en un mundo estable y seguro. Y, por eso, cualquier cambio nos asusta, nos atemoriza. Recuerdo los años en que estuve en una residencia universitaria. Cada vez que se proponía un cambio a aquellos jóvenes universitarios, su respuesta era la misma con dos variantes: “Esto siempre se ha hecho así” y “Esto nunca se ha hecho”. Es decir, una reacción negativa ante cualquier posible cambio. Lo gracioso era que aquellos jóvenes llevaban no más de dos o tres años en la residencia. Eso no da idea del significado del “siempre” y del “nunca”.


La realidad es que vivimos en un mundo en constante cambio aunque no lo queramos ver. Hay un momento en que comemos y bebemos y nos casamos y luego, de golpe, viene una visita, un cambio de gobierno, una enfermedad, un accidente, una guerra… y todo cambia de golpe.


El comentario de Jesús no es una amenaza de que va a venir el fin del mundo (sería interesante pensar en qué es eso del fin del mundo; en general, se suele identificar con el fin de “nuestro” pequeño mundo). Simplemente nos recuerda que nuestra vida está siempre en camino y en cambio, que nuestros cuerpos van envejeciendo como van cambiando nuestras ideas, nuestras formas de pensar, nuestros amores. Agarrarse al pasado, a intentar seguir haciendo lo de siempre, es imposible. Materialmente imposible. Lo mejor es tener una mente abierta para ir viviendo el regalo de la vida que Dios nos ha hecho.


Decía un profesor mío que Dios, el Dios de Jesús, nos espera en el futuro. El decía que nos espera a la vuelta de cualquier esquina. Pero para verle hace falta tener los ojos bien abiertos ante lo que nos toca vivir. No vaya a ser que queriendo hacer lo de siempre, no le miremos a la cara al Dios que nos encontramos a la vuelta de la esquina.