martes, 18 de marzo de 2025

Luz para caminar en esperanza, Arzobispo emérito de Tánger

Dicho así en nuestra oración: “el Señor es mi luz”, es una confesión de fe que fundamenta la paz del corazón, es una razón de esperanza cierta, es un manantial que adivinamos abundante de vida y bienaventuranza.


La confesión de fe nace en la experiencia que el creyente tiene de Dios.


Si las palabras de esa confesión: “el Señor es mi luz”, las decimos hoy en comunión con la fe del patriarca Abrán, para él son memoria de una promesa divina: “A tus descendientes les daré esta tierra”.


Si las pronunciamos en comunión con la fe del Salmista: “el Señor es mi luz”, las palabras son evidencia de confianza en el Señor, una confianza desbordante en aquel de quien se dice: él es “mi salvación”, “mi auxilio”, “mi baluarte”, “el Señor es la defensa de mi vida”, el que me acoge, el que me guía, el que me levanta, el que me protege en su tienda y me esconde en lo escondido de su morada.


Y si probamos a hacer en comunión con Cristo Jesús nuestra confesión de fe, tendremos que adentrarnos en el misterio de su “éxodo”, el que iba a consumar en Jerusalén; entonces, dichas desde el camino que Jesús va a recorrer, dichas desde la cruz donde el camino termina, las palabras del salmo se llenan de significado nuevo. Aún se dirá: “el Señor es mi luz”, pero se dirá desde “la noche”; aún se dirá: “el Señor es mi salvación”, pero se dirá desde el abandono; aún se dirá: “el Señor es mi auxilio”, pero se dirá desde un abismo de soledad.


Hoy, a aquellos tres discípulos que van a ser testigos de la noche de Jesús, se les concede que, por un instante, se asomen a la luz que siempre lo habita, a la gloria que lo transfigura, al misterio de lo que Jesús es, al misterio de lo que son cuantos con Jesús comparten noche, abandono y soledad.


“El Señor es mi luz”: lo decimos hoy, mirando a Cristo transfigurado.


“El Señor es mi luz”: lo diremos aún, cuando miremos a Cristo crucificado.


“El Señor es mi luz”: y lo diremos asombrados y deslumbrados, cuando los mensajeros de la vida anuncien que el Señor ha resucitado, y su luz envuelva la creación entera.


“El Señor es mi luz”: lo decimos hoy en la Iglesia, cuerpo de Cristo, comunidad de hombres y mujeres que, en la fe, hacen el camino hacia la vida, comunidad de testigos que peregrinan amando a quien los odia, bendiciendo a quienes los maldicen, perdonando a quienes los maltratan.


“El Señor es mi luz”: lo decimos aún, cuando miramos a Cristo que continúa subiendo a Jerusalén en los pobres, en los enfermos, en los abandonados al borde de la vida, en los arrojados a la noche en los caminos de la inmigración.


“El Señor es mi luz”: lo decimos hoy, en la eucaristía, mientras escuchamos su palabra y recibimos su cuerpo y compartimos con los pobres nuestra vida… Lo decimos contemplando a Jesús en el misterio de la transfiguración: El Señor es “mi salvación”, “mi auxilio”, “mi baluarte”, “él es la defensa de mi vida”… “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”…


En la noche de los pobres, hacemos memoria de la luz que es Dios, para que en nuestro éxodo se mantenga siempre viva la esperanza. Feliz encuentro con la luz de Dios en Cristo transfigurado.

Por Santiago Agrelo

Martes de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (1,10.16-20):

OÍD la palabra del Señor,

príncipes de Sodoma,

escucha la enseñanza de nuestro Dios,

pueblo de Gomorra.

«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista

vuestras malas acciones.

Dejad de hacer el mal,

aprended a hacer el bien.

Buscad la justicia,

socorred al oprimido,

proteged el derecho del huérfano,

defended a la viuda.

Venid entonces, y discutiremos

—dice el Señor—.

Aunque vuestros pecados sean como escarlata,

quedarán blancos como nieve;

aunque sean rojos como la púrpura,

quedarán como lana.

Si sabéis obedecer,

comeréis de los frutos de la tierra;

si rehusáis y os rebeláis,

os devorará la espada

—ha hablado la boca del Señor—».

Palabra de Dios


Salmo 49,R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:

«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.

Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.

No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.

El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

Compartimos:

Lo del reino de Dios de que tanto habla Jesús es la caraba. Es una expresión que usaba mi madre y que según el diccionario de la Real Academia significa “ser fuera de serie, extraordinario, tanto para bien como para mal”. Digo que es la caraba lo del Reino porque es algo que no entra dentro de lo que es nuestra forma de entender ni actuar. El Reino supone una inversión total de la forma que tenemos las personas de entender la relación en nuestras sociedades. Es totalmente revolucionario en el mejor de los sentidos. Se pone lo de arriba abajo y viceversa.


Empecemos por el final del texto del Evangelio de hoy: “El primero entre vosotros sea vuestro servidor”. Lo que sucede entre nosotros es que el primero se suele servir de nosotros, que no es lo mismo. Y luego podemos ir subiendo por el texto para encontrar otras afirmaciones sorprendentes: no os dejéis llamar maestros porque uno solo… no llaméis padre a nadie en la tierra porque uno solo… no os dejéis llamar “rabbí” porque uno solo… Y termina ya con lo más difícil: todos vosotros sois hermanos (a esto le respondería un amigo que sí, que todos somos hermanos pero unos más y otros menos).


Es curioso que con unas afirmaciones como éstas de Jesús, tan claras y tan contundentes, hayamos terminado diciendo que nuestra iglesia es jerárquica por definición. Hemos terminado afirmando exactamente lo contrario de lo que decía Jesús. Y hemos organizado jerarquías y órdenes y protocolos e importancias. Da para pensar todo esto.


Pero como no vamos a cambiarlo todo de golpe, si que nos podemos quedar con algo: si queremos ser fieles a Jesús no tenemos otro camino que ponernos al servicio de todos. No solo de nuestros hermanos de fe, sino de todos, independientemente de credo, ideología, raza, lengua, o lo que sea que nos pueda diferenciar y marcar fronteras entre unos y otros. Porque, como dice Jesús, todos somos hermanos. Y no hay mejor forma de construir el reino de Dios que poniéndonos al servicio de nuestros hermanos y, sobre todo de los más necesitados y pobres.

lunes, 17 de marzo de 2025

Lunes de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):

¡AY, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!

Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.

Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.

Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.

Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.

Palabra de Dios

Salmo 78,R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados

Santo Evangelio según san Lucas (6,36-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Palabra del Señor

Compartimos:

Hay una cosa que los cristianos, los que creemos en Jesús, debemos tener siempre clara. Es que en todo lo referente a misericordia, juicio, perdón, paciencia, tolerancia, etc, debemos tener una manga muy ancha. Y en caso de duda, siempre equivocarnos por la manga ancha que por la estrecha. Las posturas intolerantes, radicales en los juicios, etc. no tienen mucho sentido. Además, suelen terminar en actitudes violentas de condena y exclusión. Y nada hay más opuesto y lejano al Evangelio que esas actitudes.


Jesús lo deja claro en estas sencillas frases del texto evangélico de hoy. Los cristianos no tenemos más que un modelo: nuestro Padre Dios, el Abbá de Jesús. Mucho antes que juez y tirano, es Padre de Amor. Es nuestro creador, el que nos ha traído a la vida. Somos sus criaturas. ¿Cómo nos va a mirar de otra forma sino con amor, cariño, paciencia? Él no está ahí para condenarnos. No es ese vigilante que controla y anota cada uno de nuestros pasos, pensamientos, palabras, para pillarnos en la más mínima falta y anotarlo en el debe de nuestro libro pensando en lo que vamos a tener que pagar a su debido tiempo (desgraciadamente hay muchos cristianos que viven así su relación con Dios).


Solamente conviene que tengamos en cuenta esa pequeña amenaza del final de las palabras de Jesús: “con la medida que usemos (con los demás y con nosotros mismos) será con la que se nos medirá”. Quizá ni siquiera sea una amenaza. Apenas una consecuencia natural. Quizá hasta nos cueste creer que el Misericordioso no vaya a ser misericordioso con nosotros pase lo que pase ni por mal que hagamos las cosas. Y es realmente difícil de creer. ¡Tendría que dejar de ser el Misericordioso!


Conclusión: convendría guardar como un tesoro estas palabras de Jesús. Anotadas en un papel y anotadas también en el corazón. Que no se nos olviden. Porque son más importantes que todas las oraciones, sacramentos y penitencias juntas. Ser misericordioso, no juzgar, no condenar, perdonar: ahí está la clave. Y siempre, de equivocarse, equivocarse por la manga ancha, no por la estrecha.

domingo, 16 de marzo de 2025

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

II Domingo de Cuaresma, 16 de marzo de 2025

Texto preparado por el Santo Padre


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!


Hoy, segundo domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesús (Lc 9,28-36). Después de subir a la cima de un monte con Pedro, Santiago y Juan, Jesús se sumerge en la oración y se vuelve radiante de luz. Así muestra a los discípulos lo que se oculta tras los gestos que Él hace en medio de ellos: la luz de su amor infinito.


Comparto con vosotros estos pensamientos mientras estoy atravesando un momento de prueba, y me uno a los tantos hermanos y hermanas enfermos: frágiles, en este momento, como yo. Nuestro físico está débil, pero, incluso así, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, estar los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza. ¡Cuánta luz brilla, en este sentido, en los hospitales y en los centros de asistencia! ¡Cuánta atención amorosa ilumina las habitaciones, los pasillos, los ambulatorios, los lugares donde se prestan los servicios más humildes! Por eso, quisiera invitaros hoy a uniros a mí en las alabanzas al Señor, que nunca nos abandona y que en los momentos de dolor nos pone al lado a personas que reflejan un rayo de su amor.


Os agradezco a todos por vuestras oraciones y agradezco a quienes me asisten con tanta dedicación. Sé que rezan por mí muchos niños; algunos de ellos han venido hoy aquí al “Gemelli” en señal de cercanía. ¡Gracias, queridos niños! El Papa os quiere y espera siempre encontraros.


Sigamos rezando por la paz, especialmente en los países heridos por la guerra: en la martirizada Ucrania, en Palestina, Israel, Líbano, Myanmar, Sudán, República Democrática del Congo.


Y recemos por la Iglesia, llamada a traducir en decisiones concretas el discernimiento que se ha hecho en la reciente Asamblea Sinodal. Agradezco a la Secretaría General del Sínodo, que en los próximos tres años acompañará a las Iglesias locales en este compromiso.


Que la Virgen María nos guarde y nos ayude a ser, como Ella, portadores de la luz y de la paz de Cristo.

II Domingo de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (15,5-12.17-18):

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.»

Y añadió: «Así será tu descendencia.» Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber.

El Señor le dijo: «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.»

Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»

Respondió el Señor: «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.»

Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor hizo alianza con Abran en estos términos: «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.»

Palabra de Dios

Salmo 26,R/. El Señor es mi luz y mi salvación

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (3,17–4,1):

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (9,28b-36):

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la palabra nos trae invariablemente el episodio evangélico de la Transfiguración del Señor. Este año con los matices propios de san Lucas.


El tercer evangelista es quien subraya más intensamente a Jesús orante, el Hijo que está permanentemente unido al Padre a través de la oración personal, a veces íntima, escondida, a veces en presencia de sus discípulos, llena de la alegría del Espíritu Santo.


Fijémonos, pues, que Lucas es el único de los sinópticos que comienza la narración de este relato así: «Jesús (...) subió al monte a orar» (Lc 9,28), y, por tanto, también es el que especifica que la transfiguración del Maestro se produjo «mientras oraba» (Lc 9,29). No es éste un hecho secundario.


La oración es presentada como el contexto idóneo, natural, para la visión de la gloria de Cristo: cuando Pedro, Juan y Santiago se despertaron, «vieron su gloria» (Lc 9,32). Pero no solamente la de Él, sino también la gloria que ya Dios manifestó en la Ley y los Profetas; éstos —dice el evangelista— «aparecían en gloria» (Lc 9,31). Efectivamente, también ellos encuentran el propio esplendor cuando el Hijo habla al Padre en el amor del Espíritu. Así, en el corazón de la Trinidad, la Pascua de Jesús, «su partida, que iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,31) es el signo que manifiesta el designio de Dios desde siempre, llevado a término en el seno de la historia de Israel, hasta el cumplimiento definitivo, en la plenitud de los tiempos, en la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo encarnado.


Nos viene bien recordar, en esta Cuaresma y siempre, que solamente si dejamos aflorar el Espíritu de piedad en nuestra vida, estableciendo con el Señor una relación familiar, inseparable, podremos gozar de la contemplación de su gloria. Es urgente dejarnos impresionar por la visión del rostro del Transfigurado. A nuestra vivencia cristiana quizá le sobran palabras y le falta estupor, aquel que hizo de Pedro y de sus compañeros testigos auténticos de Cristo viviente.

sábado, 15 de marzo de 2025

Fr. Sixto Castro, investido como miembro de la Academia Europea de Ciencias y Artes

El dominico y catedrático de Estética y Teoría de las Artes participó en la solemne ceremonia en Salzburgo


  Sixto Castro Rodríguez, fraile dominico y catedrático de Estética y Teoría de las Artes, fue investido como miembro ordinario de la Clase VII - Religiones del Mundo de la Academia Europea de Ciencias y Artes durante la ceremonia oficial celebrada el pasado 8 de marzo en Salzburgo (Austria).


  La investidura tuvo lugar en el marco de los Festive Plenary Days 2025, una cita académica destacada que reunió a cerca de 250 miembros de la Academia, provenientes de Austria y otros países. La jornada incluyó una sesión solemne en la que los nuevos miembros fueron recibidos oficialmente, acompañada de interpretaciones musicales a cargo de destacados miembros de la Academia, como Ioan Bogdan Stefanescu (flauta), Jeremias Schwarzer (flauta de pico) y Livia Teodorescu-Ciocanea (piano).


  Durante el acto, la académica Claudi Bockting (Universidad de Ámsterdam) ofreció una conferencia magistral centrada en los retos de salud mental en sociedades tecnológicamente avanzadas, abordando también las consecuencias de la pandemia de Covid-19. Su intervención reafirmó el compromiso de la Academia en impulsar iniciativas para la creación de un centro europeo dedicado a la salud mental.

  Fr. Sixto Castro fue elegido miembro de la Academia el 5 de junio de 2024, tras la nominación de Mariano Delgado. Con esta investidura, se reconoce su destacada trayectoria académica y su contribución en el ámbito de la estética y la teología. Castro, natural de Cangas del Narcea (Asturias), es profesor en la Universidad de Valladolid y autor de numerosas publicaciones en revistas y editoriales internacionales. Su labor investigadora se centra en la relación entre arte, belleza y pensamiento religioso.


  La Academia Europea de Ciencias y Artes, que cuenta con más de 2.000 miembros, incluidos 28 Premios Nobel, promueve la colaboración interdisciplinar para afrontar los grandes retos de la sociedad europea. La incorporación de Fr. Sixto Castro refuerza la presencia española en este foro internacional de excelencia académica.

Sábado de la I Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:

«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.

Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.

Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».

Palabra de Dios


Salmo 118,R/. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor


Santo Evangelio según san Mateo (5,43-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor


Compartimos:

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye a los ignorantes, dice el salmo de la Antífona de entrada en la Liturgia de hoy. La ley del Señor se nos propone como perfecta. Parece razonable confrontar nuestros criterios, nuestros juicios y nuestros actos con lo perfecto. Después en la lectura de la Palabra, con el Salmo 118 decimos “Quiero guardar tus decretos exactamente” para teminar -una vez hecho el propósito- implorando: “tú no me abandones”. Porque ciertamente no basta con la voluntad o el deseo y necesitamos la gracia para ser fieles.


Jesús, como todo judío piadoso, conocía la Ley y los profetas. Los había leido y escuchado en la Sinagoga desde la ceremonia de Bar Mitzvá  por la que los varones judíos, al cumplir los 13 años de edad, asumen su responsabilidad para cumplir los preceptos. Nosotros creemos que Jesús es el mejor ser humano y también el Hijo consustancial a Padre. Y por tanto lo que dice Jesús es cosa de Dios, Trinidad Santa. En los libros atribuidos a Moisés no está escrito “aborrecerás a tu enemigo” pero sí en otros libros de las escrituras. Por eso el “pero yo os digo amad a vuestros enemigos” debió sonar como escándalo a sus discípulos.


Aborrecer al enemigo responde a una lógica humana. Amarlo es lógica divina. Y Jesucristo nos pide entrar en esa lógica que es de un orden diferente. Amar según Dios es sobeponerse al  sentimiento, la simpatía, el agrado o el desagrado que nos producen los demás.


Ayer el Señor nos pedía reconciliación que significa volver a conciliar. Recuperar la armonia. Hoy nos pide extender el amor a quienes nos odian, nos han ofendido, son una amenaza, nos molestan o en definitiva, preferiríamos que desaparecieran.


El amor a los enemigos incluye algo más: rezar por los que nos persiguen. No podemos seguir odiándolos si rezamos por ellos. Al rezar los ponemos delante de Dios. ¿Podemos odiar en su presencia? Como Jesucristo oró por sus enemigos en la Cruz estamos llamados a orar nosotros. Hoy los cristianos sufren persecución en muchos lugares. A veces el ataque no deja lugar para el testimonio de la palabra, otras veces sí y mueren perdonando. Aprendamos de ellos y de la innumerable Iglesia triunfante de los Santos que se tomaron muy en serio lo de seguir a Cristo.