sábado, 17 de agosto de 2024

XX Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de los Proverbios (9,1-6):

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: «Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.»»

Palabra de Dios

Salmo 33,R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,15-20):

Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan (6,51-58):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron;,el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Este domingo, el libro de los Proverbios nos recuerda una necesidad de nuestro tiempo: ne­cesitamos una cultura del sentido, rica en conocimiento y verdad, comuni­ca­ble. No importa cómo nos encontremos, ni la edad que tengamos, a todos nos hace falta conocer el sentido de la vida. Basta cobrar conciencia de nuestras pobrezas y desear ser iniciados en esa cultu­ra. La comunión con el Señor y nuestro discipulado nos ofrecen las racio­nes nece­sarias de verdad y palabra.


La segunda lectura nos remite a otra necesidad propia de los creyen­tes: la de estar preparados para los tiempos críticos de la fe que han ve­nido y siguen viniendo. “Aprovechad la ocasión”. La palabra griega usada, “Kairós”, tiene el sentido de oportunidad, de posibilidad. No es un tiempo genérico, sino un momento favorable, que podemos aprovechar para mejorar, para cambiar a mejor. El cristiano, como hijo de Dios, puede reconocer su presencia e intentar cumplir su voluntad, para poder ser feliz.


Por eso conviene no abusar del vino, que es mal consejero. Mejor, dedicarse a la oración, para dar gracias a Dios y, como María en el “Magnificat”, agradecer todo lo que Él ha hecho por nosotros. Que es de bien nacidos ser agradecidos. Porque en la vida de cada uno hay suficientes momentos para reconocer el paso de Dios por ella. Y cada día intentar cumplir lo que Dios quiera de nosotros.


Los evangelios de todos estos últimos domingos están llenos de olor a buen pan. El Señor nos viene diciendo que Él es el pan bajado del cielo, el pan vivo, que quien come de este pan tiene vida eterna. Y se pregunta uno por qué al Señor Jesús se le llama el Buen Pastor, y nunca ha cuajado el título del Buen Pan o del Buen Panadero. Todo el evangelio huele a pan recién hecho…


– Belén, donde el Señor nació, se traduce por la Casa del Pan

– Cuando Jesús siente pena por la multitud hambrienta lo que multiplica es pan.

– Cuando nos enseña a pedir lo que necesitamos, nos enseña a pedir el pan nuestro de cada día.

– A la pobre cananea le dice que no está bien echar el pan que comen los hijos a los perros y la cananea le rebate que los cachorrillos comen las migajas de ese pan debajo de la mesa

– Y al despedirse de nosotros con la promesa de que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos nos deja su Cuerpo en pan para ser alimento de nuestro camino.


Con el evangelista san Juan, paso a paso recorremos este capítulo sexto. Queda todavía un último tramo, la encrucijada ante la palabra de Jesús. Será el momento de que los discípulos tomen la palabra, y decidan qué hacer. Hoy, todavía es el Maestro el que tiene la palabra.


Vuelve a presentarse como el Pan de vida bajado del Cielo. Y repite las palabras que ya hemos escuchado, “«mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Para entender estas palabras, hay que tener en cuenta toda la vida de Jesús: su camino, su destino, su entrega. Esa entrega fue total, se vació de sí para que nosotros pudiéramos vivir. Comer su carne y beber su sangre es abrirse en la fe a Él, para participar en ese camino, en ese destino, en esa entrega.


«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Ahí se nos revela una misteriosa dimensión materna del Señor: lo mismo que la madre, en el seno, da de su propia sustancia al hijo, y lo hace viable; lo mismo que, una vez nacido, lo amamanta con su propia leche, y lo hace más viable; así Él da su propia carne y su propia sangre, y nos va haciendo viables. El hijo recibe de la plenitud de la madre; Nosotros recibi­mos de la ple­nitud del Señor. Lo mismo que el hijo ha estado literalmente entraña­do en la madre (y la lleva entraña­da), nosotros estamos entrañados en Él y hemos de entrañarlo en nosotros (comunión sacramental).


«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Jesús no es agua engañosa que no apaga la sed, ni vino que aturde y enton­tece, ni soledad sin caminos, ni senda perdida o vía cortada.


Esta fue la enseñanza profunda y autorizada que dispensó Jesús en Cafarnaún. Sus características esenciales giran, más que sobre el sacramento en sí, sobre el misterio de la persona y de la vida de Jesús, que se va revelando de manera gradual. Ese misterio abarca en unidad la Palabra y el sacramento. La Palabra y el sacramento ponen en marcha dos facultades humanas diferentes: la escucha y la visión, que sitúan al hombre en una vida de comunión y obediencia a Dios.


A mi carne, perecedera y destinada a la muerte, se le ofrece hoy la posibilidad de la vida eterna a través de la carne resucitada y, por consiguiente, incorruptible del Hijo. La vida eterna, la vida de Dios, la vida bienaventurada, la vida feliz, la vida sin sombra, sin duelo y sin lágrimas, llega a mí a través del Hijo, a través de su carne, que se hace pan para comer. La Eucaristía me pone en contacto con la vida eterna, me permite vencer la muerte y la infelicidad. ¿Qué don puede haber más deseable? ¿Puedo pedir algo que sea más que la vida eterna?


En la Eucaristía está presente todo el deseo de comunión de Dios conmigo, su deseo de que yo acepte su don como acto de amor, que comprenda la importancia única que tiene su Hijo para mi vida y para mi realización. La vida llega a mí desde el Padre, a través de la carne del Hijo, gracias a la mediación de la Iglesia apostólica, que celebra la eucaristía para que también yo, con mi carne purificada y entregada, me vuelva puente para hacer llegar al mundo la vida. ¡Este es el misterio de nuestra fe! La carne es verdaderamente «el fundamento de la salvación» (Tertuliano).

Sábado de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,1-10.13b.30-32):

Me vino esta palabra del Señor: «¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel: «Los padres comieron agraces, y los hijos tuvieron dentera?» Por mi vida os juro –oráculo del Señor– que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel. Sabedlo: todas las vidas son mías; lo mismo que la vida del padre, es mía la vida del hijo; el que peca es el que morirá. El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia, que no come en los montes, levantando los ojos a los ídolos de Israel, que no profana a la mujer de su prójimo, ni se llega a la mujer en su regla, que no explota, sino que devuelve la prenda empeñada, que no roba, sino que da su pan al hambriento y viste al desnudo, que no presta con usura ni acumula intereses, que aparta la mano de la iniquidad y juzga imparcialmente los delitos, que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos, cumpliéndolos fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá –oráculo del Señor–. Si éste engendra un hijo criminal y homicida, que quebranta alguna de estas prohibiciones ciertamente no vivirá; por haber cometido todas esas abominaciones, morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes. Pues bien, casa de Israel, os juzgaré a cada uno según su proceder –oráculo del Señor–. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no caeréis en pecado. Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo; y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie –oráculo del Señor–. ¡Arrepentíos y viviréis!»

Palabra de Dios

Salmo 50,R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

 Santo Evangelio según san Mateo (19,13-15):

En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban.

Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.»

Les impuso las manos y se marchó de allí.

Palabra del Señor

Compartimos:

Para la mayoría de los seres humanos medianamente sanos de mente y corazón, resulta natural la  sonrisa cuando vemos a un bebé o a un niño pequeño. Un sobrino mío, al que alguna vez me tocó pasear o llevar al parque, se mostraba desconcertado y perplejo si su sonrisa, que dirigía a cualquiera que encontrasemos al paso, no era correspondida. Cuando empezó a hablar, saludaba a todo el mundo y si no había respuesta, insistía, tal vez suponiendo que no lo habían oído…


La escena de Jesús rodeado de niños que nos relatan los evangelios, leída ahora, resulta simpática y familiar; nos presenta a un adulto reaccionando ante ellos como uno de esos seres humanos “medianamente sanos”. Bien sabemos que Jesucristo es bastant más: es el más perfecto hijo del hombre. Los padres le presentan a sus hijos intuyendo que en Él hay bendición y salud. Y los discípulos se equivocan. Creen que los socialmente irrelevantes como lo eran los menores en aquel tiempo y lugar, representan un estorbo y el Maestro no debe perder el tiempo con ellos.


Ya hemos visto recientemente, en otro pasaje del relato de Mateo, que Jesús los amonesta y les explica que los ángeles de esos niños están viendo la gloria de Dios. Un pequeño de esos adquiere una dignidad impensable, es propietario del reino de los cielos. Es más, hay que hacerse como uno de ellos para entrar en el reino. Hacerse niño consiste en asombrarse ante la maravilla de la vida y confiar en los brazos amorosos de quien nos sostiene y cuida.


Estiman algunos escrituristas que todos los Salmos se refieren a Jesús. Él, que conocía perfectamente la Escritura, los recitaría con frecuencia. Este relato evangélico de la liturgia de hoy me lleva al Salmo 130: Señor, mi corazón no es ambicioso, / ni mis ojos altaneros; / no pretendo grandezas / que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, / como un niño en brazos de su madre; / como un niño saciado / así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.

viernes, 16 de agosto de 2024

Viernes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (16,1-15.60.63):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, denuncia a Jerusalén sus abominaciones, diciendo: «Así dice el Señor: ¡Jerusalén! Eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Fue así tu alumbramiento: El día en que naciste, no te cortaron el ombligo, no te bañaron ni frotaron con sal, ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti haciéndote uno de estos menesteres, por compasión, sino que te arrojaron a campo abierto, asqueados de ti, el día en que naciste. Pasando yo a tu lado, te vi chapoteando en tu propia sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre: ‘Sigue viviendo y crece como brote campestre.’ Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón; tus senos se afirmaron, y el vello te brotó, pero estabas desnuda y en cueros. Pasando de nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu desnudez; te comprometí con juramento, hice alianza contigo –oráculo del Señor– y fuiste mía. Te bañé, te limpié la sangre, y te ungí con aceite. Te vestí de bordado, te calcé de marsopa; te ceñí de lino, te revestí de seda. Te engalané con joyas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en las orejas y diadema de lujo en la cabeza. Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas guapísima y prosperaste más que una reina. Cundió entre los pueblos la fama de tu belleza, completa con las galas con que te atavié –oráculo del Señor–. Te sentiste segura de tu belleza y, amparada en tu fama, fornicaste y te prostituiste con el primero que pasaba. Pero yo me acordaré de la alianza que hice contigo cuando eras moza y haré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te sonrojes y no vuelvas a abrir la boca de vergüenza, cuando yo te perdone todo lo que hiciste.»» Oráculo del Señor.

Palabra de Dios

Salmo Is 12,R/. Ha cesado tu ira y me has consolado

Santo Evangelio según san Mateo (19,3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»

Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»

Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio.»

Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»

Pero él les dijo: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Los fariseos intentan, como en otras ocasiones, poner a prueba a Jesús con una pregunta sobre el divorcio. Tal vez se tratara de discutir teóricamente sobre un tema doctrinal o alguno, a lo mejor, intentaba encontrar una excusa perfecta para salir de un mal matrimonio. La respuesta de Jesús es tajante: se trata de conocer el plan original de Dios. Hombre y mujer, creados a su imagen y semejanza están destinados a ser una sola carne. Es lo que está escrito: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”.


El Evangelio de hoy no explica si hubo comentario de los que hicieron la pregunta, pero si de los discípulos que se asustan de un dictamen tan exigente y estiman que mejor sería no casarse. Participaban de las costumbres y la cultura ambiental, claramente más ventajosas para el varón. Jesucristo viene a afirmar la igualdad esencial entre hombre y mujer. Y también a anunciar un camino, el matrimonio es una llamada de Dios pero no la única porque hay llamados a “ser eunucos por el reino de los cielos”. No todos estamos hechos para el matrimonio. Cada uno debe elegir según el don recibido. Cada elección implica renuncias y sacrificios pero también su propia belleza y alegría.


Este ideal no siempre ha sido alcanzado en plenitud por los cristianos. La condición humana, pecadora, está expuesta a la tentación y a la caida. Sin embargo en la sociedad dominaba la conciencia de lo que es virtuoso y digno.


Esa conciencia casi ha desaparecido en nuestra sociedad occidental desarrollada. Parece que lo digno de aplauso y admiración es la “liberación sexual” del siglo XX. Y entre muchos de los que nos creemos seguidores de Jesucristo lo que predomina no es una afirmación firme y atrevida de su Palabra sino más bien un silencio cobarde o una aceptación resignada porque “las cosas han cambiado”… Y hay que mimetizarse con el paisaje.


Al menos en nuestro camino de casados o célibes por el reino, que brille el esplendor de la vocación recibida y pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para elegir según el corazón de Cristo.

jueves, 15 de agosto de 2024

La Asunción de la Bienaventurada Virgen María

Lectura del libro del Apocalipsis (11,19a;12,1.3-6a.10ab):

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios.

Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.»

Palabra de Dios

Salmo 44,R/. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,20-27a):

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (1,39-56):

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre.

Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

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En la mitad de agosto, la Iglesia Católica celebra la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Oficialmente desde la proclamación de este misterio como dogma en 1950, aunque la tradición y la fe de los cristianos atestiguan que el hecho ya era celebrado en el s.IV. Las imágenes de la Asunción se han venerado en nuestras iglesias desde hace siglos.


Toda la Liturgia de este día rebosa de gozo. No solo nos alegramos por el enaltecimiento de  la Madre de Jesús, sino porque Ella, en su Asunción, nos reafirma en la fe que profesamos  en nuestra propia resurrección de la carne, como recitamos en el Credo.


María se nos muestra también como arquetipo de la Iglesia cuerpo de Cristo, vencedora del mal y de la muerte en la imagen prodigiosa del texto del Apocalipsis, repleta de símbolos: “Apareció en el cielo una señal grande…”.


En la Europa que en nuestros días sufre un proceso de descristianización acelerado, pocos conocen qué significan las doce estrellas de la bandera de la Unión Europea. Arsène Heitz, quien diseñó junto a otros la bandera europea en 1955, dijo que su inspiración había sido la referencia a la corona de doce estrellas, del Apocalipsis. Era un católico fervoroso que pertenecía a la Orden de la Medalla Milagrosa. La mayoría de los fundadores de la Unión Europea, Konrad Adenauer, Jacques Delors, Alcide de Gasperi y Robert Schuman, también eran católicos devotos. Puede que hoy sea un buen día para pedir el amparo de Nuestra Señora sobre esta Europa desquiciada.


El Evangelio de Lucas nos presenta el bellísimo cántico del Magníficat. Repetirlo una vez más pidiendo la gracia de comprenderlo es un asentimiento a los misteriosos caminos de Dios que ensalza a los humildes, rebaja a los poderosos y alienta nuestra fe. Es un quitamiedos eficaz cuando observamos el avance del mal en todas sus manifestaciones y nos asusta y desafía nuestra esperanza. Confiemos en Dios. La Iglesia, aunque tal vez retirada al desierto, sigue celebrando esta hermosa fiesta, especialmente en España que festeja a María como patrona en tantas poblaciones. Que la alegría del Señor sea nuestra fuerza.

miércoles, 14 de agosto de 2024

miércoles de la XIX Semana del Tiempo Ordinario, San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (9,1-7;10,18-22):

Oí al Señor llamar en voz alta: «Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal.»

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avios de escribano a la cintura. Al llegar, se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, yendo a ponerse en el umbral del templo.

Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor: «Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén y marca en la frente a los que se lamentan afligidos por las abominaciones que en ella se cometen.»

A los otros les dijo en mi presencia: «Recorred la ciudad detrás de él, hiriendo sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los marcados lo toquéis. Empezad por mi santuario.» Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo.

Luego les dijo: «Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad.»

Luego la gloria del Señor salió, levantándose del umbral del templo, y se colocó sobre los querubines. Vi a los querubines levantar las alas, remontarse del suelo, sin separarse de las ruedas, y salir. Y se detuvieron junto a la puerta oriental de la casa del Señor; mientras tanto, la gloria del Dios de Israel sobresalía por encima de ellos. Eran los seres vivientes que yo había visto debajo del Dios de Israel a orillas del río Quebar, y me di cuenta de que eran querubines. Tenían cuatro rostros y cuatro alas cada uno, y una especie de brazos humanos debajo de las alas, y su fisonomía era la de los rostros que yo había contemplado a orillas del río Quebar. Caminaban de frente.

Palabra de Dios

Salmo 112 R/. La gloria del Señor se eleva sobre el cielo

Santo Evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Es difícil la convivencia, incluso con los más cercanos como familia o con quienes comparten la misma vocación. A veces un malentendido, una peculiaridad de carácter, algo que desaprobamos en el otro, dan lugar a barreras y propician silencios que acaban en resentimiento y distancia. Cuanto más tiempo dejamos pasar antes de explicarnos o pedir que nos expliquen, más difícil es romper el muro. Y las cosas se enquistan y la situación nos hace daño.


Hay que hablar. Se dice que el amor es ingenioso, Jesús nos enseña un camino de amor, antes de la reconciliación. Pidamos la gracia y el ingenio para afrontar los conflictos con valentía y humildad. Pidamos saber decir las cosas con amor auténtico, que es asunto bien difícil. Hablemos cara a cara con aquel que actua mal o de quien tenemos queja.


Lejos de buscar la confrontación, la propuesta del Maestro pretende sanar y restaurar relaciones, poniendo siempre en primer lugar el amor y la dignidad de la otra persona. Si nuestras palabras no encuentran eco, Jesús nos invita a involucrar a uno o dos testigos. Este acto no es para condenar, sino para buscar una solución justa y equitativa, reforzando la importancia del apoyo mutuo y la objetividad en nuestras acciones. La intervención de la comunidad entera es el siguiente paso, subrayando que la iglesia es una familia donde cada miembro tiene un papel vital en la reconciliación y la paz. Incluso cuando alguien persiste en su error, Jesús no nos llama a la condena definitiva sino a tratar a esa persona con la esperanza de una futura restauración.


La promesa de Jesús de estar presente cuando dos o tres se reúnen en su nombre nos llena de consuelo y esperanza. No estamos solos en nuestros esfuerzos por vivir en armonía y resolver nuestras diferencias; su presencia nos guía y fortalece. Jesús nos pide vivir en amor, buscando siempre la reconciliación y la unidad, sabiendo que en cada esfuerzo por restaurar la paz, Él está con nosotros, respaldando y bendiciendo nuestras acciones.

martes, 13 de agosto de 2024

Martes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (2,8–3,4):

Así dice el Señor: «Tú, hijo de Adán, oye lo que te digo: ¡No seas rebelde, como la casa rebelde! Abre la boca y come lo que te doy.»

Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.

Y me dijo: «Hijo de Adán, come lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel.»

Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de Adán, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy.» Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel.

Y me dijo: «Hijo de Adán, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras.»

Palabra de Dios

Salmo 118,R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Santo Evangelio según san Mateo (18,1-5.10.12-14):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Palabra del Señor

Compartimos:

El Leccionario propone para la lectura del Evangelio dos pasajes de Mateo (Mat, 18, 1-5 10. 12-14) que, a mi parecer, es difícil poner en relación. En el primero Jesús declara que no podemos entrar en el reino de los cielos si no nos hacemos como niños. Luego pasa al versículo diez. En el corte desaparece la terrible amenaza acerca de los que escandalizan a un pequeño: “más le valiera que le pusieran al cuello una rueda de molino y lo echaran al mar”. Si se lee sin cortes el capítulo 18 se entiende todo mejor.


Vivimos en una sociedad que proclama hasta el hartazgo los derechos de los niños en declaraciones, acuerdos, leyes de protección e instrumentos legales… Y parece que no reaccionamos cuando vemos que, en realidad, esta infancia superprotegida y mimada y otras infancias desvalidas e indefensas son atropelladas en su inocencia, y en los casos más dolorosos, abusadas y pervertidas. Por supuesto la primera responsabilidad de proteger y cuidar es de los padres. Pero es obligación de todos. Es una obligación moral inscrita en la misma condición humana, es un instinto social que lleva a los individuos adultos a alimentar y cuidar a sus crías.


Jesucristo nos invita a asemejarnos a los niños. En distintos escritos, Chesterton subraya dos características infantiles que deberíamos recuperar para hacernos como niños: el asombro y la confianza. Los niños pequeños se asombran delante de cualquier realidad, por el mero hecho de que “sea” y se sorprenden delante de cada una de las modalidades del “ser” o de las leyes naturales de nuestro mundo: una persona, un niño, una niña, una abuela, un señor que pasa en la calle, un bebe, una flor, un insecto, una piedra, la luna, una sombra, la gravedad, la luz, un sueño… Además un bebé es confiado: no tiene otra opción que depender de sus padres o de los adultos y crece en esa confianza básica, esperando que papá, mamá o cualquier mayor solucione los problemas y lo arregle todo.


Hacernos como niños significa mantener el asombro y la admiración por lo que existe… reconociendo al Creador de todo. Siguiendo a Chesterton: “Los sabios más profundos no han alcanzado nunca la gravedad que habita en los ojos de un bebé de tres meses. Es la gravedad de su asombro ante el Universo”. Significa también caer en la cuenta de que nada podemos sino confiar en Dios que nos ha traído a la vida. En todo dependemos de Él.

lunes, 12 de agosto de 2024

Lunes de la XIX Semana del Tiempo Ordinario. Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequíel (1,2-5.24–2,1a):

El año quinto de la deportación del rey Joaquín, el día cinco del mes cuarto, vino la palabra del Señor a Ezequíel, hijo de Buzi, sacerdote, en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar.

Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor, y vi que venia del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. Nube nimbada de resplandor, y, entre el relampagueo, como el brillo del electro. En medio de éstos aparecida la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana. Y oí el rumor de sus alas, como estruendo de aguas caudalosas, como la voz del Todopoderoso, cuando caminaban; griterío de multitudes, como estruendo de tropas; cuando se detenían, abatían las alas. También se oyó un estruendo sobre la plataforma que estaba encima de sus cabezas; cuando se detenían, abatían las alas. Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre. Y vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego. Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve. Era la apariencia visible de la gloria del Señor. Al contemplarla, caí rostro en tierra.

Palabra de Dios

Salmo 148,R/. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Santo Evangelio según san Mateo (17,22-27):

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día.» Ellos se pusieron muy tristes.

Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?»

Contestó: «Sí.»

Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?»

Contestó: «A los extraños.»

Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.»

Palabra del Señor

Compartimos:

El capítulo 17 de Mateo comienza con la transfiguración. El evangelista relata que junto al Señor transfigurado estaban Pedro, Santiago y Juan. No sabemos cuánto de duradera fue la impresión de haber visto a Jesús no sólo como maestro y hacedor de milagros sino como Dios. Es de suponer que aquella experiencia quedó en su memoria para siempre, pero, al parecer, después de aquello continuaron viéndole como humano, alguien extraordinario pero humano. “Se pusieron tristes”, dice Mateo cuando anunció su próxima pasión.


El fragmento siguiente que hoy se nos propone en la Liturgia de la Palabra cuenta un episodio sorprendente: Jesús obtiene, de un modo muy curioso, la moneda para pagar el impuesto del Templo, prescrito en la ley judía desde Moisés.


Pedro se había anticipado asegurando a las autoridades religiosas de Cafarnaúm que el maestro y él mismo cumplirían con la ley. Y se produce un diálogo entre Jesús y Pedro que, además de reafirmar la condición divina de Jesús ofrece una preciosa enseñanza acerca de renunciar a nuestro derecho, para no escandalizar a los pequeños.


El contexto social de este breve relato está claro. Digamos que Cafarnaum es el puesto central desde el que Jesús y sus discípulos recorren la zona predicando y curando. Es una población importante a orillas del Tiberiades en la que Pedro tiene su casa, muy próxima la Sinagoga. Son las autoridades religiosas las que interrogan sobre el sagrado deber de contribuir al sostenimiento del Templo. Es una contribución cuyo sentido último significa “pagar por los pecados”. Es evidente que el Hijo de Dios (que no había pecado y aún más había asumido la condición humana para redimir nuestras culpas) no tenía obligación ninguna de cumplir con el precepto. Sin embargo decide prudentemente no escandalizar a los que ignoraban aún la salvación pero eran destinatarios del mensaje.


Sucede a veces que desdeñamos a la gente que no ha recibido una formación cristiana sólida y su religiosidad se traduce en devociones y prácticas que consideramos infantiles, floklóricas y hasta supersticiosas. Sin embargo, expresan y viven su fe apoyados en esas prácticas. Los cristianos hemos recibido del Señor la misión de predicar… Y se nos pide valentía. Pero también discernimiento para ser, como en otro lugar nos dirá: “sencillos como palomas y astutos como serpientes”, no sea que, en lugar de conquistar corazones para Cristo, escandalicemos con nuestros comentarios “superiores” a aquellos a quienes deseamos atraer al conocimiento y el amor de Cristo.