viernes, 19 de enero de 2024

Viernes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (24,3-21):

En aquellos días, Saúl, con tres mil soldados de todo Israel, marchó en busca de David y su gente hacia las Peñas de los Rebecos; llegó a unos apriscos de ovejas junto al camino, donde había una cueva, y entró a hacer sus necesidades.

David y los suyos estaban en lo más hondo de la cueva, y le dijeron a David sus hombres: «Este es el día del que te dijo el Señor: "Yo te entrego tu enemigo." Haz con él lo que quieras.»

Pero él les respondió: «¡Dios me libre de hacer eso a mi Señor, el ungido del Señor, extender la mano contra él!»

Y les prohibió enérgicamente echarse contra Saúl, pero él se levantó sin meter ruido y le cortó a Saúl el borde del manto, aunque más tarde le remordió la conciencia por haberle cortado a Saúl el borde del manto.

Cuando Saúl salió de la cueva y siguió su camino, David se levantó, salió de la cueva detrás de Saúl y le gritó: «¡Majestad!»

Saúl se volvió a ver, y David se postró rostro en tierra rindiéndole vasallaje.

Le dijo: «¿Por qué haces caso a lo que dice la gente, que David anda buscando tu ruina? Mira, lo estás viendo hoy con tus propios ojos: el Señor te había puesto en mi poder dentro de la cueva; me dijeron que te matara, pero te respeté y dije que no extendería la mano contra mi señor, porque eres el Ungido del Señor. Padre mío, mira en mi mano el borde de tu manto; si te corté el borde del manto y no te maté, ya ves que mis manos no están manchadas de maldad, ni de traición, ni de ofensa contra ti, mientras que tú me acechas para matarme. Que el Señor sea nuestro juez. Y que él me vengue de ti; que mi mano no se alzará contra ti. Como dice el viejo refrán: "La maldad sale de los malos...", mi mano no se alzará contra ti. ¿Tras de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién vas persiguiendo? ¡A un perro muerto, a una pulga! El Señor sea juez y sentencie nuestro pleito, vea y defienda mi causa, librándome de tu mano.»

Cuando David terminó de decir esto a Saúl, Saúl exclamó: «Pero, ¿es ésta tu voz, David, hijo mío?»

Luego levantó la voz, llorando, mientras decía a David: «¡Tú eres inocente, y no yo! Porque tú me has pagado con bienes, y yo te he pagado con males; y hoy me has hecho el favor más grande, pues el Señor me entregó a ti y tú no me mataste. Porque si uno encuentra a su enemigo, ¿lo deja marchar por las buenas? ¡El Señor te pague lo que hoy has hecho conmigo! Ahora, mira, sé que tú serás rey y que el reino de Israel se consolidará en tu mano.»

Palabra de Dios

Salmo 56,R/. Misericordia, Dios mío, misericordia

 Santo Evangelio según san Marcos (3,13-19):

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges –Los Truenos–, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.

Palabra del Señor

Compartimos:

No eran los mejores. Ni los más instruidos. Tampoco eran los más poderosos ni los más ricos. Entre ellos, no todos pensaban igual. Incluso podía preverse que discutirían… Pero ahí están: “los Doce”. En el comienzo de su vida pública, tras hacerse bautizar el en Jordán, retirarse un tiempo al desierto y hacer sus primeros signos y predicaciones, Jesús forma un grupo.


“Fue llamando a los que él quiso…”: frente a la costumbre de su tiempo, en la que los discípulos elegían al Maestro que más les interesaba, Jesús elige personalmente a sus discípulos. Los fue llamando, en un gesto que combina la libertad y el amor, signo del Dios que llama porque ama.


“Los hizo sus compañeros…”: sin dejar de ser el Maestro, hace compañeros a sus discípulos. No siervos, sino amigos. En el caminar, en el dialogar, en la acción, en el descanso. En su compañía y desde la cercanía, los Doce irán formándose, aprendiendo, dándose cuenta de algunas cosas -a veces, con torpeza-, descubriendo un modo de ser que inaugura el Reino de Dios.


“Para enviarlos a predicar…”: la misión de los Doce es la misma que la del Maestro, llegando hasta donde él no llega, uniéndose a otros muchos más (“los setenta y dos”), anunciando su Palabra y haciendo signos del tiempo nuevo que inaugura Jesús, como semilla llamada a crecer, a tiempo y a destiempo.


Dos mil años después, tampoco nosotros somos los mejores, ni los más sabios, ni todos pensamos igual. Por puro amor y misericordia, Dios nos ha llamado a través de su Iglesia, a partir del bautismo, para formar parte del grupo de Jesús. Elegidos por pura gracia, más allá o más acá de nuestros méritos; por puro amor, en la libertad del Dios que llama porque ama.


También nosotros estamos llamados a crecer, en la cercanía del Maestro: a la escucha de su Palabra, en la comunión de la Iglesia y en la convivencia fraterna de nuestra pequeña comunidad, con la oración y la celebración de los sacramentos como alimentos para el camino, buscando cómo conocer, amar, servir y alabar a Dios cada vez mejor.


Y también a nosotros se nos envía a ser testigos del amor de Dios por cada persona y por toda la creación: confesando su nombre, anunciando su Palabra y actuando los signos del Reino que ya está presente entre nosotros, aunque aún no en su plenitud.


Gracias, Señor, por elegirme. Gracias por elegirnos.

Que tu Espíritu, en cada uno,

siga haciendo crecer

la obra de tus manos. Amén.

jueves, 18 de enero de 2024

Jueves de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (18,6-9;19,1-7):

Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas.

Y cantaban a coro esta copla: «Saúl mató a mil, David a diez mil.»

A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido: «iDiez mil a David, y a mí mil! iYa sólo le falta ser rey!»

Y, a partir de aquel dia, Saúl le tomó ojeriza a David. Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David.

Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David y le avisó: «Mi padre Saúl te busca para matarte. Estate atento mañana y escóndete en sitio seguro; yo saldré e iré al lado de mi padre, al campo donde tú estés; le hablaré de ti y, si saco algo en limpio, te lo comunicaré.»

Así, pues, Jonatán habló a su padre Saúl en favor de David: «¡Que el rey no ofenda a su siervo David! Él no te ha ofendido. y lo que él hace es en tu provecho: se jugó la vida cuando mató al filisteo, y el Señor dio a Israel una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¡No vayas a pecar derramando sangre inocente, matando a David sin motivo!»

Saúl hizo caso a Jonatán y juró: «¡Víve Dios, no morirá!»

Jonatán llamó a David y le contó la conversación; luego lo llevó adonde Saul, y David siguió en palacio como antes.

Palabra de Dios

Salmo 55,R/. En Dios confío y no temo

 Santo Evangelio según san Marcos (3,7-12):

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios.»

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor

Compartimos:

Una de las páginas más bonitas de la Biblia -el comienzo del capítulo 3 del libro del Eclesiastés- nos recuerda que en la vida hay tiempo para todo. En su amplitud, la existencia nos ofrece tiempo para una cosa y su contraria: llorar y reír; callar y hablar; buscar y perder; amar y aborrecer; destruir y edificar… nacer y morir. Es cierto que en un mundo ideal, a veces pensaríamos en desechar una parte de esas polaridades, quedándonos solo con su lado más amable: reír, amar, edificar… Pero la vida tiene también la parte contraria, que bien vivida, la complementa, le da su valor y nos ayuda a aprender lo que de verdad importa.


En los relatos evangélicos de estos días vemos a Jesús en plena actividad: pensando en quiénes serán sus discípulos, predicando, haciendo signos del Reino, respondiendo a los fariseos… La acción es una nota característica de la vida pública de Jesús, como lo será después en tantos hombres y mujeres de Dios que en el mundo han sido, en las más variadas facetas de la vida (predicación, educación de quien lo necesita, atención a los más vulnerables, investigación para entender y mejorar la existencia…). A la vez, junto a ese “darse” hay también un tiempo de “reservarse”. Es decir, tiempo de pararse, de cultivarse…  Cuidar la raíz de la vida, para que la acción tenga un sentido, un horizonte, y llegue a ser fructífera en el tiempo.


Por eso se nos cuenta que Jesús se apartaba de madrugada para orar o, como dice el relato de hoy, “se retiró con sus discípulos a la orilla del lago”. Necesitaba tiempo y espacio para el diálogo con el Padre y para la conversación con los discípulos. Aunque no siempre era fácil pues, como leemos hoy, la gente le buscaba y, literalmente, “se le echaban encima”.


En la vida hay tiempo para todo. La edad es la que marca en ocasiones cuál puede ser la prioridad: aprender cuando somos jóvenes; entregarnos en la edad madura; aportar serenidad y sabiduría cuando llegamos a ancianos. Aunque siempre hay una mezcla de cosas, a veces contrapuestas y que no siempre son fáciles de armonizar.


Hoy puedes pensar en qué momentos estás llamado a “darte” más, como Jesús: con generosidad, sin esperar nada a cambio, para bien de muchos… Y también, en qué ocasiones necesitas “reservarte” más: para descansar, para orar, para conversar, para dejarte acompañar… No en una reserva egoísta, de quien sólo busca su interés, sino un retiro buscado para cuidar las raíces y favorecer el crecimiento, que nos ayude a seguir dándonos.


Como dice la Palabra en otro momento, “para quienes aman a Dios, todo les sirve para bien” (Romanos 8, 28). Ojalá puedas vivir las polaridades y las tensiones de tu vida como ocasión de crecimiento, porque vivido desde el Señor, todo puede tener un sentido. Todo. Aunque para descubrirlo necesitemos dejar que pase el tiempo, y contemplarlo desde el final, con la mirada de Dios.

miércoles, 17 de enero de 2024

Miércoles de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Lectura del primer libro de Samuel (17,32-33.37.40-51):

En aquellos días, Saúl mandó llamar a David, y éste le dijo: «Majestad, no os desaniméis. Este servidor tuyo irá a luchar con ese filisteo.»

Pero Saúl le contestó: «No podrás acercarte a ese filisteo para luchar con él, porque eres un muchacho, y él es un guerrero desde mozo.»

David le replicó: «El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de las manos de ese filisteo.»

Entonces Saúl le dijo: «Anda con Dios.»

Agarró el cayado, escogió cinco cantos del arroyo, se los echó al zurrón, empuñó la honda y se acercó al filisteo. Éste, precedido de su escudero, iba avanzando, acercándose a David; lo miró de arriba abajo y lo despreció, porque era un muchacho de buen color y guapo, y le gritó: «¿Soy yo un perro, para que vengas a mi con un palo?»

Luego maldijo a David, invocando a sus dioses, y le dijo: «Ven acá, y echaré tu carne a las aves del cielo y a las fieras del campo.»

Pero David le contestó: «Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos, te venceré, te arrancaré la cabeza de los hombros y echaré tu cadáver y los del campamento filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra; y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel; y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas, porque ésta es una guerra del Señor, y él os entregará en nuestro poder.»

Cuando el filisteo se puso en marcha y se acercaba en dirección de David, éste salió de la formación y corrió velozmente en dirección del filisteo; echó mano al zurrón, sacó una piedra, disparó la honda y le pegó al filisteo en la frente: la piedra se le clavó en la frente, y cayó de bruces en tierra. Así venció David al filisteo, con la honda y una piedra; lo mató de un golpe, sin empuñar espada. David corrió y se paró junto al filisteo, le agarró la espada, la desenvainó y lo remató, cortándole la cabeza. Los filisteos, al ver que había muerto su campeón, huyeron.

Palabra de Dios

Salmo 143,R/. Bendito el Señor, mi Roca

Santo Evangelio según san Marcos (3,1-6):

En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.

Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio.»

Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?»

Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»

Lo extendió y quedó restablecido.

En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

Palabra del Señor

Compartimos:

Jesús tiene un corazón sensible, reflejo del corazón de Dios. Se duele de aquel hombre con parálisis en un brazo.  Y entabla relación con él, haciéndole parte activa de su curación: “Levántate… ponte ahí en medio… extiende el brazo”.


El corazón de Jesús también se duele de la dureza de los fariseos. Ante ellos, su respuesta es la de no dejarse amedrentar al saberse observado, sino seguir adelante con lo que entiende que es la voluntad del Padre. Incluso confrontándose de forma directa con los que están midiendo sus actos, para acusarle. Esa libertad suya le llevará a la cruz.


Dos mil años después, podemos vernos reflejados en el hombre con la parálisis. Ante el fluir de la vida, a veces nos paralizamos por miedo, por desconfianza, por pereza… Jesús nos sigue llamando a levantarnos, asumir nuestro lugar, y hacer lo que esté de nuestra mano, para salir de esa parálisis fiados en su Palabra y animados por su Espíritu.


También hoy podemos ser, por el contrario, como aquellos que observan, critican o valoran la vida desde unos criterios estrechos, que no buscan el bien del prójimo ni se alegran de su curación, aunque sea en sábado. Como el “hermano mayor” de la parábola del “hijo pródigo” que, por seguir la ley al pie de la letra, no es capaz de alegrarse por el hermano que ha vuelto.


El corazón de Jesús es sensible a las necesidades concretas. A la vez, es muy libre para actuar contra la presión social. Como Él y con Él, estamos llamados a sentir el dolor y la carencia a nuestro alrededor, comenzando por nosotros mismos, para que la fuerza del Espíritu pueda hacer su obra. Y como Él y con Él, estamos llamados a vivir una libertad que no se detenga ante la presión social, sino que sea capaz de mostrar la fe, la esperanza y la caridad sin miedo ni complejos.


Dame, Señor, tu corazón sensible,para mirar con tu mirada y hacer lo que pueda.

Dame, Señor, tu corazón libre,

para no dejarme vencer por lo que se opone a tu Reino.

martes, 16 de enero de 2024

Martes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1-13):

En aquellos dias, el Señor dijo a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»

Samuel contestó: «¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata.»

El Señor le dijo: «Llevas una novilla y dices que vas a hacer un sacrificio al Señor. Convidas a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga.»

Samuel hizo lo que le mandó el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos del pueblo fueron ansiosos a su encuentro: «¿Vienes en son de paz?»

Respondió: «Sí, vengo a hacer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio.»

Purificó a Jesé y a sus hijos y los convidó al sacrificio. Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»

Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»

Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.»

Jesé hizo pasar a Samá; y Samuel le dijo: «Tampoco a éste lo ha elegido el Señor.»

Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»

Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»

Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»

Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»

Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.

Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»

Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Samuel emprendió la vuelta a Ramá.

Palabra de Dios

Salmo 88,R/. Encontré a David, mi siervo

Santo Evangelio según san Marcos (2,23-28):

Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.

Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»

Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.»

Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Las cosas importantes de la vida son don y tarea. Regalo y conquista. Entre esos bienes importantes está la libertad.


Por nuestra fe, creemos que Dios, en su soberana libertad, nos ha hecho libres. Podría haber sido de otra manera. Podíamos ser dependientes, vivir sometidos… Frente a ello, el Señor nos ha querido libres, con una libertad que, incluso, pude volverse hacia Él. Pero es el riesgo de la libertad: en su búsqueda, puede lograrse, en amor y responsabilidad, o puede cerrarse en deformaciones más o menos alejadas del bien y de la verdad. Porque un amor sin libertad no sería amor, sino sometimiento.


El pueblo de Israel tuvo que ir aprendiendo a ejercer su libertad. Y, como todos, no siempre acertó. En el evangelio de hoy, Jesús se encuentra en una circunstancia que se repetirá en diversos momentos de su vida: los fariseos se aferran a leyes y costumbres, dejando de lado cosas más importantes; e incluso impidiendo, a veces, el bien de las personas.


Jesús, en este trance, como en otros, se manifiesta como un hombre libre. Sin menospreciar lo que de positivo puedan tener las costumbres de un pueblo, éstas han de servir al bien de las personas, sin rigideces que se vuelvan contra el bien. Por eso les recuerda que “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.


En nuestro contexto, la libertad sigue siendo un don y una tarea. Son muchos los riesgos que la acechan: la indiferencia o la arbitrariedad de quien no vive con responsabilidad; la búsqueda de provecho propio como objetivo principal, que no tiene inconveniente en pisar a los demás para lograrlo; o los extremos de vivir la vida en clave de “dependencia” o de “independencia”, cuando en realidad, estamos llamados a vivir en “inter-dependencia” unos de otros, sirviendo al prójimo sin ser esclavos de nada.


Gracias, Señor, por el don de la libertad.

Que pueda crecer en responsabilidad,

dando gratis lo que yo he recibido gratis.

Que pueda orientar mi vida desde la verdad y el bien,

pues vivir desde el egoísmo sería malgastar mi libertad.

Dame tu Espíritu, para vivir

a auténtica libertad de los hijos de Dios. Amén.

lunes, 15 de enero de 2024

Lunes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (15,16-23):

En aquellos días, Samuel dijo a Saúl: «Déjame que te cuente lo que el Señor me ha dicho esta noche.»

Contestó Saúl: «Dímelo.»

Samuel dijo: «Aunque te creas pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?»

Saúl replicó: «¡Pero si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traido a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Si la tropa tomó del botin ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.»

Samuel contestó: «¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos, o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que la grasa de carneros. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza como rey.»

Palabra de Dios

Salmo 49,R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

 Santo Evangelio según san Marcos (2,18-22):

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?»

Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.»

Palabra del Señor

Compartimos:

la novedad, de estar en algún sitio, no está en el número. Cambiar de hoja del calendario o de número de año no aportan nada en sí mismos. Habrá que buscar en otro lugar la fuente y el motor de esa novedad.


Para los cristianos, “lo nuevo” viene siempre de la mano de Dios. Él es el que “hace nuevas todas las cosas”. Desde abajo, desde dentro y desde cerca. Por su encarnación, Jesucristo se ha unido, en cierto modo, a toda persona, y aquél que le abre su vida, puede verse renovado, ensanchado, esperanzado. Su vida es referencia que abre horizontes a nuestras estrechas miras. Su Palabra es orientación en medio de las encrucijadas de cada día. Sus preferencias hacen saltar por los aires nuestros egoísmos e individualismos. Su Reino, que ya ha comenzado, pero aún no se ha manifestado en su plenitud, nos hace caminar más allá, sin acomodarnos. La única condición es dejar actuar a su Espíritu en nosotros, diciendo “hágase en mí”, como hizo María.


El inicio de un nuevo año puede ser una oportunidad para preguntarme, ante el Señor, cuánto hay en mí de “hombre viejo” -que vive desde sí y para sí, con la angustia que eso conlleva- y para pedirle que siga alumbrando en mí el “hombre nuevo”, es decir, su misma Vida en mí. Porque, como nos dice hoy el Evangelio, “Nadie echa vino nuevo en odres viejos (…); a vino nuevo, odres nuevos”.


Renueva, Señor, mi vida;

que te deje entrar, para que puedas

quitar lo superfluo,

arreglar lo mejorable,

y añadir lo necesario.

Que mi vida sea reflejo de tu Vida,

viviendo desde el Padre, para los demás,

contigo, como Tú y por Ti.

Que así sea, hoy y siempre. Amén.

domingo, 14 de enero de 2024

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio hoy nos presenta el encuentro de Jesús con los primeros discípulos (cf. Jn 1,35-42). Esta escena nos invita a hacer memoria de nuestro primer encuentro con Jesús. Cada uno de nosotros ha tenido un primer encuentro con Jesús; de niño, de adolescente, de joven, de adulto, adulta… ¿Cuándo encontré a Jesús por primera vez? Podemos hacer un poco de memoria y después de este pensamiento, este recuerdo, renovar la alegría de seguirlo y preguntarnos: ¿Qué significa ser discípulos de Jesús? Según el Evangelio de hoy podemos tomar tres palabras: buscar a Jesús, vivir con Jesús, anunciar a Jesús.


En primer lugar, buscar. Dos discípulos, gracias al testimonio del Bautista, comenzaron a seguir a Jesús y Él, «al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”» (v. 38). Son las primeras palabras que Jesús les dirige: ante todo les invita a mirar en su interior, a interrogarse sobre los deseos que llevan en el corazón. “¿Qué estás buscando?”. El Señor no quiere prosélitos, no quiere “seguidores” superficiales, el Señor quiere personas que se interroguen y se dejen interpelar por su Palabra. Por lo tanto, para ser discípulos de Jesús es necesario ante todo buscarlo, tener un corazón abierto, en búsqueda, no un corazón saciado o conforme.


¿Qué buscaban los primeros discípulos? Lo vemos a través del segundo verbo: vivir. Ellos no buscaban noticias o informaciones sobre Dios, o señales o milagros, sino que deseaban encontrar al Mesías, hablar con Él, estar con Él, escucharlo. La primera pregunta que hacen, ¿cuál es?: «¿Dónde vives?» (v. 38). Y Cristo les invita a estar con Él: «Venid y veréis» (v. 39).  Estar con Él, quedarse con Él, esto es lo más importante para el discípulo del Señor. La fe, en suma, no es una teoría, no, es un encuentro, es ir a ver dónde vive el Señor y habitar con Él. Encontrar al Señor y habitar con Él.


Buscar, vivir y, finalmente, anunciar. Los discípulos buscaban a Jesús, después fueron con Él y estuvieron toda la tarde con Él. Y ahora, anunciar. Vuelven y anuncian. Buscar, vivir, anunciar. ¿Yo busco a Jesús? ¿Vivo en Jesús? ¿Tengo el valor de anunciar a Jesús? Ese primer encuentro con Jesús fue una experiencia tan fuerte que los discípulos recordaron para siempre la hora: «era como la hora décima» (v. 39). Esto muestra la fuerza de ese encuentro. Y sus corazones estaban tan llenos de alegría que sintieron inmediatamente la necesidad de comunicar el don recibido. De hecho, uno de los dos, Andrés, se apresura a compartirlo con su hermano, Pedro y lo lleva al Señor. Buscar al Señor, estar con Él.


Hermanos y hermanas, también nosotros hoy hagamos memoria de nuestro primer encuentro con el Señor. Cada uno de nosotros ha tenido un primer encuentro, tanto en familia como fuera… ¿Cuándo encontré al Señor? ¿Cuándo el Señor tocó mi corazón? Y preguntémonos: ¿Somos todavía discípulos enamorados del Señor, buscamos al Señor o nos hemos acomodado en una fe hecha de costumbres? ¿Vivimos con Él en la oración, sabemos estar en silencio con Él? ¿Yo sé vivir en oración con el Señor, estar en silencio con Él? Y después, ¿sentimos el deseo de compartir, de anunciar esta belleza del encuentro con el Señor?


Que María Santísima, la primera discípula de Jesús, nos conceda el deseo de buscarlo, de estar con Él y de anunciarlo.

Dirijo mi saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos procedentes de Italia y de tantas partes del mundo. En particular, saludo a los miembros de la Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de los Remedios, de Villarrasa (España).


No nos olvidemos de rezar por las víctimas del derrumbe que se ha producido en Colombia, que ha provocado numerosas víctimas.


Y no olvidemos a quienes sufren la crueldad de la guerra en tantas partes del mundo, especialmente en Ucrania, en Palestina y en Israel. Al inicio del año intercambiamos los deseos de paz, pero las armas han continuado matando y destruyendo. Recemos para que quienes tienen poder en estos conflictos reflexionen sobre el hecho de que la guerra no es la vía para resolverlos, porque siembra muerte entre los civiles y destruye ciudades e infraestructuras. En otras palabras, hoy la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. No olvidemos esto: la guerra es en sí misma un crimen contra la humanidad. ¡Los pueblos necesitan paz! ¡El mundo necesita paz! He escuchado, hace unos minutos, en el programa “A Sua Immagine”, al padre Faltas, Vicario de la Custodia de Tierra Santa en Jerusalén: él hablaba de educar para la paz. Debemos educar para la paz. Se ve que todavía no estamos – toda la humanidad – educados para detener todas las guerras. Recemos siempre por esta gracia: educar para la paz.


Os deseo a todos vosotros un feliz domingo. por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

sábado, 13 de enero de 2024

Domingo 2º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (3,3b-10. 19):

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.»

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel.

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."»

Samuel fue y se acostó en su sitio.

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!»

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

Palabra de Dios

Salmo 39,R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,13c-15a.17-20):

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Palabra de Dios

 Santo Evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

Compartimos:

oy, en la escena que relata san Marcos, vemos cómo Jesús enseñaba y cómo todos venían a escucharle. Es manifiesto el hambre de doctrina, entonces y también ahora, porque el peor enemigo es la ignorancia. Tanto es así, que se ha hecho clásica la expresión: «Dejarán de odiar cuando dejen de ignorar».


Pasando por allí, Jesús vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado donde cobraban impuestos y, al decirle «sígueme», dejándolo todo, se fue con Él. Con esta prontitud y generosidad hizo el gran “negocio”. No solamente el “negocio del siglo”, sino también el de la eternidad.

Hay que pensar cuánto tiempo hace que el negocio de recoger impuestos para los romanos se ha acabado y, en cambio, Mateo —hoy más conocido por su nuevo nombre que por el de Leví— no deja de acumular beneficios con sus escritos, al ser una de las doce columnas de la Iglesia. Así pasa cuando se sigue con prontitud al Señor. Él lo dijo: «Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campo por mi nombre, recibirá el ciento por uno y gozará de la vida eterna» (Mt 19,29).

Jesús aceptó el banquete que Mateo le ofreció en su casa, juntamente con los otros cobradores de impuestos y pecadores, y con sus apóstoles. Los fariseos —como espectadores de los trabajos de los otros— hacen presente a los discípulos que su Maestro come con gente que ellos tienen catalogados como pecadores. El Señor les oye, y sale en defensa de su habitual manera de actuar con las almas: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2,17). Toda la Humanidad necesita al Médico divino. Todos somos pecadores y, como dirá san Pablo, «todos han pecado y se han privado de la gloria de Dios» (Rm 3,23).

Respondamos con la misma prontitud con que María respondió siempre a su vocación de corredentora.