sábado, 17 de enero de 2026

Lecturas del Sábado de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (9,1-4.17-19; 10,1a):

Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Señor, hijo de Becorá, hijo de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.

A su padre Quis se le habían extraviado unas burras; y dijo a su hijo Saúl: «Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras.»

Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamin, y tampoco.

Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: «Ése es el hombre de quien te hablé; ése regirá a mi pueblo.»

Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: «Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente.»

Samuel le respondió: «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas.»

Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: «El Señor te unge como jefe de su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean.»

Palabra de Dios


Salmo 20,R/. Señor, el rey se alegra por tu fuerza


 Santo Evangelio según san Marcos (2,13-17):

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Compartimos:

El enfermo de ayer era, sobre todo, un enfermo físico; aunque también necesitara del perdón, era patente su postración corporal. Leví es, sin embargo, un enfermo moral. No es que recaudar impuestos sea algo de por sí inmoral. Pero, por un lado, aquel por cuyas manos pasan grandes cantidades de dinero ajeno, está fuertemente tentado de aprovecharse sin que se note mucho. La corrupción económica es una posibilidad más que real. Además, en tiempos de Jesús los publicanos eran colaboracionistas con el poder romano, para el que recaudaban los impuestos. Así que eran odiados por partida doble: impuros por su trato con los gentiles, e inmorales por aprovechados, extorsionadores y tramposos. La acción de Jesús de acercarse y llamar a gentes de la peor calaña indica que nadie es malo por definición, y que no hay mal o pecado del que no sea posible arrepentirse. Y esto significa que Dios no pierde la esperanza ni deja de creer en nosotros.


La elección por parte de Dios tiene algo de misterioso. Da la impresión de que elige a los mejores, como podría parecer en el caso de Saúl. Pero Jesús se acerca a los que eran considerados peores, como en el caso de Leví. En realidad, Dios llama a todos, dirigiéndose al fondo de bondad que hay en cada uno, con la esperanza de una respuesta positiva. Saúl fue elegido porque sobresalía en aspecto, valor y méritos: “Saúl era joven y buen mozo, no podría haberse encontrado un hombre más hermoso en Israel: era más alto que todos los demás por una cabeza” (1 Sam 9, 2), pero no respondió con fidelidad y acabó defraudando esa esperanza. Leví fue llamado, pese a su condición pecadora, y respondió con prontitud y fidelidad.


En este comienzo del tiempo ordinario, Jesús se acerca a cada uno de nosotros y nos llama, sin importar nuestros méritos o nuestros pecados, pero somos nosotros los que tenemos que responder, ayudados por su gracia, arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando de vida, siguiendo a Jesús y poniéndonos al servicio del Reino de Dios, de la causa del Evangelio. No se trata de una utopía deseable pero irrealizable en la práctica. Los santos nos ayudan a comprender que el ideal evangélico es posible encarnarlo en nuestra vida. Hoy la Iglesia nos propone el ejemplo de san Antonio Abad, uno de los padres del monacato cristiano.

viernes, 16 de enero de 2026

Lecturas del Viernes de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (8,4-7.10-22a):

En aquellos días, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá.

Le dijeron: «Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.»

A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor.

El Señor le respondió: «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.»

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey: «Éstos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. Y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.»

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió: «No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.»

Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor.

El Señor le respondió: «Hazles caso y nómbrales un rey.»

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Santo Evangelio según san Marcos (2,1-12):

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.

Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»

Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados» o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…»

Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»

Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Contra lo que muchos piensan, Dios no quiere someternos, sino liberarnos, no quiere súbditos arrodillados, sino hijos que aprenden a caminar por sí mismos. La llamada de Dios no es a la esclavitad, sino a la verdadera libertad.


La corriente antimonárquica presente en el Antiguo testamento, del que la primera lectura es un clarísimo ejemplo, es una protesta contra la búsqueda de seguridades a cambio de la pérdida de libertad. No es que Dios tenga celos de un posible rival, sino que ve en este movimiento en favor de la monarquía “como la de los otros pueblos”, un alejamiento de la soberanía de Dios que libera de la esclavitud de Egipto y desafía y llama a una libertad auténtica y, por eso, arriesgada. Si, finalmente, Dios cede a los deseos del pueblo, es porque usa nuestra debilidad para conducirnos pedagógicamente hacia esa libertad que el pueblo parece rechazar. No será Saúl, ni siquiera David, el verdadero rey de Israel, sino Jesús, que trae consigo el Reino de Dios, es decir, un reinado no político, basado en el poder, sino el reinado del amor, que se realiza en el servicio. Por eso, Jesús está siempre en medio del pueblo, y está siempre en actitud de servicio, enseñando, perdonando, curando. Jesús no funda un régimen político, sino una familia, la de los hijos de Dios.


Pero esto, ¿no es caer, como muchos piensan de la actitud religiosa, en un infantilismo que nos impide alcanzar la verdadera autonomía y la madurez? Si dejamos a un lado los prejuicios y las simplezas en la comprensión de la fe cristiana y miramos al modo de actuar de Jesús, comprenderemos que no es así en absoluto. Lo que más no esclaviza está dentro de nosotros mismos y es el pecado. Y Jesús nos libera perdonándonos. Pero es que, además, si estamos postrados por cualquier motivo, no nos exhorta a la resignación y la pasividad, sino que, al contrario, nos llama a ponernos en pie y a caminar por nosotros mismos, es decir, a ser autónomos. Es curioso que hoy Jesús le diga al paralítico que se ponga en pie, que tome su camilla y se marcha a casa. ¿Para qué quería ya la camilla? Por un lado, la camilla es el signo de la verdadera libertad, que es responsabilidad, y no deja de tener un peso. Pero, como Dios nos llama a la libertad para el bien, es también pensable que, así como hombres compasivos y llenos de fe llevaron al enfermo hasta Jesús, este le estaba indicando que, con la camilla en la que había estado postrado, hiciera él otro tanto.

jueves, 15 de enero de 2026

Lecturas del Jueves de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (4,1-11):

En aquellos días, se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco. Los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres.

La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron: «¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el arca de la alianza del Señor, para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo.»

Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios. Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló.

Al oír los filisteos el estruendo del alarido, se preguntaron: «¿Qué significa ese alarido que retumba en el campamento hebreo?»

Entonces se enteraron de que el arca del Señor había llegado al campamento y, muertos de miedo, decían:

«¡Ha llegado su Dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos, como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!»

Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El arca de Dios fue capturada, y los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.

Palabra de Dios


Salmo 43,R/. Redímenos, Señor, por tu misericordia


Santo Evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor


Compartimos:

Los israelitas pensaban que la presencia del arca les garantizaría la victoria sobre los filisteos. Como fueron derrotados, debieron pensar que Dios los castigaba. En un caso y otro, le pasamos la responsabilidad a Dios: queremos que resuelva nuestros problemas (que gane nuestras batallas), y le atribuimos nuestras desgracias. Aunque sea verdad que, al final, todo depende de Dios, no debemos olvidar que ha sido voluntad suya darnos la libertad (por la que somos imágenes suyas), y nos ha dado el mundo como el espacio de su despliegue (es lo que los escolásticos expresaban sabiamente con el concepto de “causas segundas”). Es decir, este mundo y esta vida son el lugar y el espacio de nuestra responsabilidad. La voluntad de Dios es una voluntad de bien y de vida, y no podemos atribuirle los males que nos suceden. Eso hiere la imagen verdadera de Dios, la que nos transmite Jesús, que es la de un Padre que se preocupa por sus hijos. Y Jesús, el Hijo de Dios, es parecido a su Padre y pasa por nuestro mundo haciendo el bien. Lo vemos hoy en la acción curativa del leproso, inspirada en la lástima que sintió por él.


Pero al curar nuestras lepras y purificarnos de nuestros pecados, Jesús también nos enseña quién es Dios, y corrige la imagen deformada que tenemos de Él. Y no deja de sentirse ofendido cuando pensamos que Dios nos envía desgracias, en forma de lepras o de derrotas militares. De hecho, los manuscritos más antiguos de este texto no dicen que Jesús “sintió lástima”, sino que “se encolerizó”, porque en la petición del leproso latía la idea de que su lepra era un castigo de Dios por alguna impureza, de la que le pedía que lo limpiase. Jesús, que se enfadó por esa imagen del Dios castigador y, al mismo tiempo, sintió lástima del hombre enfermo de lepra y de esa falsa idea de Dios, lo tocó, para decirle que no era su lepra la que transmitía impureza, sino la mano que lo tocaba la que le contagiaba la gracia y la salvación. Y luego, con severidad, lo envía a hacer la ofrenda al sacerdote, “para que conste”, es decir, como testimonio contra él. Porque esa imagen de Dios es la que enseñan a veces los que se tienen por especialistas en las cosas de Dios.


El evangelio de hoy es una dura advertencia para los responsables religiosos, que pueden (podemos) estar enseñando una imagen de Dios que no es la que nos transmite Jesús. El Dios Padre de Jesucristo no es ni el talismán mágico de nuestros problemas, ni el juez castigador de nuestros pecados, sino el Padre que nos llama a responder con libertad y responsabilidad, por medio de las obras del amor, al amor incondicional que Él nos ha dado en plenitud en su Hijo.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lecturas del Miércoles de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (3,1-10.19-20):

En aquellos días, el niño Samuel oficiaba ante el Señor con Elí. La palabra del Señor era rara en aquel tiempo, y no abundaban las visiones. Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse, y no podía ver. Aún ardía la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios.

El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llarnado.»

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.»

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aqui estoy; vengo porque me has llamado.»

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.»»

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!»

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor.

Palabra de Dios


Salmo 39,R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad


Santo Evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»

Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor


Compartimos:

El Señor habla, y lo hace “de muchas maneras” (Hb 1, 1), y lo sigue haciendo de forma clara y definitiva en Jesucristo. También Jesús habla de muchas maneras, pero a nosotros nos puede parecer que, como en tiempo de Samuel, la palabra del Señor se ha vuelto rara. Esto no tiene que ver con que el Señor se haya vuelto mudo, sino con que nosotros nos hemos vuelto sordos. Creemos a veces que el Señor tiene que hablar de modo abrumador, escandaloso o extraordinario y, si no lo hace, es que está en silencio. Pero no es así. Dios habla en esa Palabra encarnada y, por tanto, humana y cotidiana que es Jesús. Hoy lo vemos con claridad. Es una palabra dirigida de manera personal, que atiende a las necesidades concretas, como en el caso de la suegra de Pedro. No es una palabra taumatúrgica, que se limita a curar el cuerpo, aunque también (como hacen tantos cristianos, que atienden las necesidades materiales de sus hermanos), sino que además cura el espíritu e insufla en él el espíritu de servicio (como vemos de nuevo en la suegra de Pedro). En esta mujer descubrimos la síntesis de los que atienden a las necesidades de los demás, y de lo que son atendidos por ellos. Pero la palabra de Jesús no se limita a las distancias cortas, al pequeño círculo, sino que se abre a las necesidades de todos, sin filtros nacionales, confesionales o ideológicos. Y Jesús nos enseña que su palabra también se dirige al Padre, por medio de la oración, de la que nos da ejemplo en sí mismo. Finalmente, la Palabra, que es el mismo Jesús, está en camino, es una Palabra dinámica, que no espera a que vengan a él, sino que va a la búsqueda y sale al encuentro.


Dios sigue hablando: en su Palabra proclamada, en los sacramentos que nos alimentan y nos sanan, en las inspiraciones personales, en las necesidades de nuestros hermanos que son también una llamada de Dios, en definitiva, de múltiples formas. No es una palabra rara: ni es escasa, ni es extraña. Es una palabra que podemos entender, asimilar y poner en práctica. Basta, tal vez, que aprendamos a orar con el corazón, con las palabras que hoy nos enseña Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

martes, 13 de enero de 2026

Martes de la I Semana del Tiempo Ordinario. San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (1,9-20):

En aquellos dias, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto a la puerta del templo, Ana se levantó y, con el alma llena de amargura, se puso a rezar al Señor, llorando a todo llorar.

Y añadió esta promesa: «Señor de los ejércitos, si te fijas en la humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu sierva y le das a tu sierva un hijo varón, se lo entrego al Señor de por vida, y no pasará la navaja por su cabeza.»

Mientras ella rezaba y rezaba al Señor, Elí observaba sus labios. Y, como Ana hablaba para sí, y no se oía su voz aunque movía los labios, Elí la creyó borracha y le dijo: «¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? A ver si se te pasa el efecto del vino.»

Ana respondió: «No es así, Señor. Soy una mujer que sufre. No he bebido vino ni licor, estaba desahogándome ante el Señor. No creas que esta sierva tuya es una descarada; si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción.»

Entonces Elí le dijo: «Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.»

Ana respondió: «Que puedas favorecer siempre a esta sierva tuya.»

Luego se fue por su camino, comió, y no parecía la de antes. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a su casa de Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella.

Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: «Al Señor se lo pedí.»

Palabra de Dios


Salmo 1S R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador


Santo Evangelio según san Marcos (1,21-28):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»

Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra de Dios

Compartimos:

El nuevo comienzo del que hablábamos ayer se pone bien de manifiesto en el milagroso nacimiento de Samuel de una mujer estéril. Se expresa así el poder creador de Dios, que hizo todo de la nada, y que se apresta a salvar al mundo y al hombre de esa menos que nada que es el pecado y la muerte. Pero si la primera creación fue un acto dependiente en exclusiva de la soberana voluntad de Dios, esta nueva creación requiere para consumarse de la cooperación humana. Por eso necesita de una larga preparación. La historia de la salvación, que es también una historia humana, llega a la plenitud de los tiempos en cierto sentido exhausta. Esto explica lo que se dice en el Evangelio de hoy y en tantos otros pasajes: los especialistas de la ley y los profetas (escribas y fariseos) han perdido la autoridad, porque su enseñanza no atrae, no ayuda a crecer, y se ha convertido en un formalismo vacío y estéril. Pero esto no agota el poder creador de Dios, que se manifiesta ahora y de manera definitiva en Jesucristo. La autoridad con la que enseña Jesús no se basa en un poder que se impone y aplasta, sino en una fuerza de vida que restablece y sana lo que está enfermo o afectado por cualquier clase de mal. Hoy vemos cómo actúa contra una forma espiritual del mismo. Es notable que el hombre poseído por un espíritu inmundo se encuentre en la sinagoga. Y es que, realmente, esos espíritus malignos no conocen ni respetan fronteras, no afectan sólo “a los otros”, “a los de fuera”, a los que no son como nosotros. Cualquiera puede ser poseído por espíritus malignos: de rencor, resentimiento, ausencia de perdón, rechazo de los otros, prejuicios, soberbia, pereza, lujuria… Estos malos espíritus se sienten incómodos ante Jesús, lo increpan y tratan de zafarse de él. Cualquiera de nosotros ha podido experimentarlo, cuando alguna forma de mal espiritual nos acosa (como tentación) o ha anidado en nosotros (como actitud o comportamiento indebido), y tratamos de evitar el encuentro con Cristo a veces directamente (evitando la oración personal, el examen de conciencia), a veces de modo indirecto (rechazando la corrección fraterna o poniendo en solfa la doctrina de la Iglesia para autojustificarnos). Pero Jesús ha venido justamente a acabar con esos espíritus malignos y los exorciza si nos dejamos interpelar por él, si nos sometemos a su autoridad benéfica y liberadora.


Y, si lo hacemos así, si dejamos que su gracia actúe en nosotros y la nueva creación se haga patente en nuestra vida, nos convertimos en sus testigos, porque contribuimos activamente a que su fama se extienda por todas partes.


lunes, 12 de enero de 2026

“El Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos”, reclama León XIV en el bautismo de unos niños

 El papa León XIV ha vuelto a la Capilla Sixtina para celebrar la Fiesta del Bautismo del Señor presidiendo la eucaristía y bautizar algunos niños de empleados del Vaticano. En la celebración que cierra el tiempo litúrgico de Navidad, han recibido el bautismo Matilde Maria Agata, Federico, Caterina Inti, Cristopher Francesco, Chiara, Damiano, Marcello, Flavio, Viola, Giuseppe Mattia, Simona, Beatrice, Davide Maria Beatrice, Niccolò, Mattia, Leonardo, Matteo, Vittoria y Mattia –fundamentalmente italianos–. Durante el rito propiamente dicho, al Papa se le escapó decir “¡Qué concierto!” –una expresión empleada siempre por Francisco en estas ocasiones– ante los lloros de los pequeños en la capilla.


Somos familia de Jesús

“Cuando el Señor entra en la historia, sale al encuentro de la vida de cada uno con el corazón abierto y humilde. Él busca nuestra mirada con la suya, llena de amor, y dialoga con nosotros revelándonos al Verbo de la salvación”, comenzó señalando el Papa en su homilía. Comentando la escena del Bautismo de Jesús, León XIV destacó que “como luz en las tinieblas, el Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos: es el Santo entre los pecadores, que quiere habitar en medio de nosotros sin mantener distancias, sino asumiendo plenamente todo lo que es humano”.


Para el Papa, “en su infinita misericordia, el Padre nos hace justos por medio de su Cristo, el único Salvador de todos”. El bautismo es “un signo nuevo de muerte y resurrección, de perdón y de comunión. Este es el sacramento que celebramos hoy para estos niños; que Dios los ama, y se convierten en cristianos, en nuestros hermanos y hermanas”. Los niños, destacó, “ahora reciben también el sentido para vivir la vida: la fe” y es que “cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos”, añadió. “Si el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación”, reivindicó.


Además, añadió, “el Bautismo, que nos une en la única familia de la Iglesia, santifique en todo momento a todas sus familias, otorgando fuerza y constancia al afecto que los une”. Así lo expresan los elementos del ritual del bautismo: “el agua de la fuente es el baño en el Espíritu, que purifica de todo pecado; la vestidura blanca es el traje nuevo que Dios Padre nos concede para la fiesta eterna de su Reino; la vela encendida del cirio pascual es la luz de Cristo resucitado, que ilumina nuestro camino”.



Lunes de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Comienzo del primer libro de Samuel (1,1-8):

Había un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Fenina; Fenina tenía hijos, y Ana no los tenía. Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo, para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés. Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Fenina para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ración; y eso que la quería, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba, ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la había hecho estéril. Así hacía año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así.

Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?»

Palabra de Dios


Salmo 115,R/. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza


Santo Evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.

Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Palabra del Señor


Compartimos:

Comenzamos este tiempo ordinario leyendo el libro de Samuel, el más grande de los jueces de Israel, que va a preparar (no sin oposición) el camino a la monarquía davídica. Es la preparación remota del advenimiento del nuevo David, el verdadero Rey que trae consigo el reinado de Dios y cuyo nacimiento acabamos de celebrar.


La liturgia nos invita regularmente a dejar a un lado las preocupaciones cotidianas, y pararnos a contemplar los grandes misterios de nuestra fe, como hemos hecho en este tiempo de Navidad y haremos después en la Cuaresma y la Pascua. Pero no se trata de alienarnos de nuestra vida cotidiana, sino de que, iluminados por estos misterios, podamos volver a lo habitual de nuestra existencia con la conciencia clara de que es ahí a donde ha venido a visitarnos Dios, que nos acompaña y nos llama a hacer de las ocupaciones diarias nuestro lugar de seguimiento. La fe no nos saca de nuestro mundo, en el que habitamos junto con todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, creyentes de otras religiones, o con otras convicciones morales y vitales, pero con los que compartimos las mismas preocupaciones, los mismos problemas, y las mismas o muy parecidas alegrías y penas. La fe nos dice que es a este mundo compartido al que ha venido Jesús en su encarnación.


Por eso, la Palabra de Dios nos invita al comenzar este tiempo ordinario a dejar que Jesús nos aborde y nos llame al seguimiento. Es Él el que se acerca a nuestra orilla, a nuestras barcas, a nuestras redes. Su venida no nos aparta de nuestra realidad: si somos pescadores, pescadores seguimos siendo. Pero, igual que Jesús no niega la ley y los profetas, sino que los lleva a su plenitud (cf. Mt 5, 17), así hace con nosotros: eleva nuestra condición natural (nuestros dones, capacidades, preferencias…) a una nueva dimensión: “os haré pescadores de hombres”. Lo que somos queda transformado por la presencia de Jesús. Tenemos las mismas preocupaciones, necesidades, dolores y alegrías que todo el mundo, pero todo ello atravesado por el amor de Dios, por la cercanía del Reino, de los que quedamos, además, convertidos en testigos, heraldos y apóstoles, si, respondiendo a la llamada, nos desenredamos, y lo seguimos.