viernes, 16 de enero de 2026

Lecturas del Viernes de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel (8,4-7.10-22a):

En aquellos días, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá.

Le dijeron: «Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.»

A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor.

El Señor le respondió: «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.»

Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey: «Éstos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. Y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.»

El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió: «No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.»

Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor.

El Señor le respondió: «Hazles caso y nómbrales un rey.»

Palabra de Dios


Salmo 88,R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Santo Evangelio según san Marcos (2,1-12):

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.

Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»

Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados» o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…»

Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»

Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Contra lo que muchos piensan, Dios no quiere someternos, sino liberarnos, no quiere súbditos arrodillados, sino hijos que aprenden a caminar por sí mismos. La llamada de Dios no es a la esclavitad, sino a la verdadera libertad.


La corriente antimonárquica presente en el Antiguo testamento, del que la primera lectura es un clarísimo ejemplo, es una protesta contra la búsqueda de seguridades a cambio de la pérdida de libertad. No es que Dios tenga celos de un posible rival, sino que ve en este movimiento en favor de la monarquía “como la de los otros pueblos”, un alejamiento de la soberanía de Dios que libera de la esclavitud de Egipto y desafía y llama a una libertad auténtica y, por eso, arriesgada. Si, finalmente, Dios cede a los deseos del pueblo, es porque usa nuestra debilidad para conducirnos pedagógicamente hacia esa libertad que el pueblo parece rechazar. No será Saúl, ni siquiera David, el verdadero rey de Israel, sino Jesús, que trae consigo el Reino de Dios, es decir, un reinado no político, basado en el poder, sino el reinado del amor, que se realiza en el servicio. Por eso, Jesús está siempre en medio del pueblo, y está siempre en actitud de servicio, enseñando, perdonando, curando. Jesús no funda un régimen político, sino una familia, la de los hijos de Dios.


Pero esto, ¿no es caer, como muchos piensan de la actitud religiosa, en un infantilismo que nos impide alcanzar la verdadera autonomía y la madurez? Si dejamos a un lado los prejuicios y las simplezas en la comprensión de la fe cristiana y miramos al modo de actuar de Jesús, comprenderemos que no es así en absoluto. Lo que más no esclaviza está dentro de nosotros mismos y es el pecado. Y Jesús nos libera perdonándonos. Pero es que, además, si estamos postrados por cualquier motivo, no nos exhorta a la resignación y la pasividad, sino que, al contrario, nos llama a ponernos en pie y a caminar por nosotros mismos, es decir, a ser autónomos. Es curioso que hoy Jesús le diga al paralítico que se ponga en pie, que tome su camilla y se marcha a casa. ¿Para qué quería ya la camilla? Por un lado, la camilla es el signo de la verdadera libertad, que es responsabilidad, y no deja de tener un peso. Pero, como Dios nos llama a la libertad para el bien, es también pensable que, así como hombres compasivos y llenos de fe llevaron al enfermo hasta Jesús, este le estaba indicando que, con la camilla en la que había estado postrado, hiciera él otro tanto.

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