miércoles, 31 de diciembre de 2025

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA LEÓN XIV

 Plaza de San Pedro                              Catequesis del Santo Padre León XIV en la Audiencia general (Lectura: Ef 3,20-21)


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!


Vivimos este encuentro de reflexión en el último día del año civil, cerca del final del Jubileo y en el corazón del tiempo de Navidad.


El año que ha pasado ha estado marcado por eventos importantes: algunos felices, como la peregrinación de tantos fieles con ocasión del Año Santo; otros dolorosas, como el fallecimiento del añorado Papa Francisco y los escenarios de guerra que siguen devastando el planeta. Al concluir el año, la Iglesia nos invita a poner todo frente al Señor, encomendándonos a Su Providencia y pidiéndole que se renueven, en nosotros y a nuestro alrededor, en los días venideros, los prodigios de su gracia y de su misericordia.


En esta dinámica se inscribe la tradición del solemne canto del Te Deum, con el que esta tarde agradeceremos al Señor por los beneficios recibidos. Cantaremos: «Te alabamos, Dios», «Tú eres nuestra esperanza», «Que tu misericordia esté siempre con nosotros». A este respecto, el Papa Francisco observaba que mientras «la gratitud mundana, la esperanza mundana son aparentes, […] aplastadas por el yo, por sus intereses, […] en esta Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro, del agradecimiento» (Homilía de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, 31 de diciembre de 2023).


Y es con estas actitudes que hoy estamos llamados a meditar sobre lo que el Señor ha hecho por nosotros el año pasado, así como también a hacer un honesto examen de conciencia, a valorar nuestra respuesta a sus dones y a pedir perdón por todos los momentos en los que no hemos sabido atesorar sus inspiraciones e invertir mejor los talentos que nos ha confiado (cfr Mt 25,14-30).


Esto nos lleva a reflexionar sobre otro gran signo que nos ha acompañado en los meses pasados: el del “camino” y de la “meta”. Tantos peregrinos han venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar sobre la Tumba de Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo. Esto nos recuerda que toda nuestra vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y el tiempo, para cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna comunión con Él (cfr Catequismo de la Iglesia Católica, 1024). Pediremos también esto en la oración del Te Deum, cuando digamos: «Acógenos en tu gloria en la asamblea de los santos». No en vano, San Pablo VI definía el Jubileo como un gran acto de fe en «la espera de nuestros futuros destinos […] que desde ahora anticipamos y […] preparamos» (Audiencia general, 17 de diciembre de 1975).


Y en esta perspectiva escatológica del encuentro entre lo finito y lo infinito se encuadra un tercer signo: el paso de la Puerta Santa, que hemos hecho muchos, rezando e implorando la indulgencia para nosotros y para nuestros seres queridos. Esto expresa nuestro “sí” a Dios, que con su perdón nos invita a cruzar el umbral de una vida nueva, animada por la gracia, modelada en el Evangelio, inflamada por el «amor al prójimo, en cuya definición  [está…] comprendido todo el hombre, […] necesitado de comprensión, de ayuda, de consuelo, de sacrificio, aunque sea un desconocido para nosotros, aunque sea molesto y hostil, pero dotado de la incomparable dignidad de hermano» (S. Pablo VI, homilía con ocasión del cierre del Año Santo, 25 de diciembre de 1975; cfr Catecismo de la Iglesia Católica,1826-1827). Es nuestro “sí” a una vida vivida con compromiso en el presente y orientada a la eternidad.


Queridos, nosotros meditamos sobre estos signos en la luz de la Navidad. San León Magno, al respecto, veía en la fiesta del Nacimiento de Jesús el anuncio de una alegría que es para todos. «Que exulte el santo – exclamaba –, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador, porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque está llamado a la vida» (Primer discurso para la Navidad del Señor, 1).


Su invitación hoy va dirigida a todos nosotros, santos por el Bautismo, porque Dios se hizo nuestro compañero en el camino hacia la Vida verdadera; a nosotros, pecadores, para que, perdonados, con su gracia podamos levantarnos y volvernos a poner en marcha; y, por último, a nosotros, pobres y frágiles, para que el Señor, haciendo suya nuestra debilidad, la ha redimido y nos ha mostrado la belleza y la fuerza en su humanidad perfecta (cfr Jn 1,14).


Por ello, quisiera concluir recordando las palabras con las que San Pablo VI, al finalizar el Jubileo de 1975, describía el mensaje fundamental: este, decía, se resume, en una palabra: “amor”. Y añadía: «¡Dios es amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su pedagogía, con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz, llena de lágrimas y de alegría, nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre la vida mañana: ¡Dios es amor! ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he encontrado! ¡Dios es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la vida!» (Audiencia general, 17 de diciembre de1975).


Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el viejo y el nuevo año y después siempre en nuestra vida.


Saludos 


Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los animo a poner el pasado en manos de Dios, para poder vivir el presente con la esperanza de un futuro lleno del gozo que podemos encontrar únicamente en su santa presencia.

Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:

En el corazón del tiempo de Navidad, vivimos el final del año civil, y estamos a las puertas de un nuevo comienzo. El año que termina ha estado marcado por acontecimientos significativos: la alegría del Jubileo vivido por tantos peregrinos y también el dolor por la muerte del Papa Francisco, junto a los conflictos que siguen afligiendo a nuestro mundo.


La Iglesia nos invita hoy a presentar todo al Señor, a darle gracias por los dones recibidos y a confiar en su misericordia. El canto del Te Deum expresa esta actitud de alabanza, esperanza y gratitud. Al mismo tiempo, estamos llamados a un examen sincero de nuestra vida, reconociendo nuestras faltas y renovando nuestro compromiso. Como peregrinos, caminamos hacia una meta que trasciende el tiempo, sostenidos por el amor de Dios, que en Cristo nos ofrece perdón, vida nueva y esperanza para el futuro.

Despedir el año en oración y silencio. MM.Dominicas Torredonjimeno

 

"Señor de la historia, gracias por el año que termina. Perdona nuestra indiferencia ante la injusticia y fortalece nuestra capacidad de amar de sentir, ofrecer amistad y fraternidad.

Que, al cruzar el umbral del 2026, nuestro corazón este limpio para aceptar a los demás como son y servir con nuestras manos abiertas para acoger a todos como hermanos de un mismo Padre. Amén."

¡Feliz Año Nuevo, nuestro cariño y oración para todos!

Evangelio del Día VII dentro de la Octava de la Natividad del Señor

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,18-21):

Hijos míos, es el momento final. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es el momento final. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

Palabra de Dios


Salmo Responsorial  95,R/. Alégrese el cielo, goce la tierra


Santo Evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»»

Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor


Compartimos:

Nochevieja. Ya el 2025 está añejo… ¡Y lo celebramos! Porque parece que todo lo viejo está caduco y obsoleto. Parece que el mundo se alegra de que se vaya otro año, como si el que viene trajera una nueva serie de oportunidades. La novedad por la novedad. Como si estuviéramos aburridos. Por otra parte, para los más cínicos en este momento parece que lo que va a traer es más basura, corrupción, una maraña que jamás se desentrañará… La primera carta de Juan que leemos hoy parece, en un principio, estar de acuerdo con esta visión: hay tantos anticristos, que sabemos que es la última hora… No ya del año que termina, sino de todo. Pero, al mismo tiempo, se nos dice que sabemos lo que es la verdad.


La verdad es la luz: en el principio era el Verbo… con tantos anticristos, algunos (dice Juan que incluso los suyos) no lo conocieron. A quienes sí lo conocen se les da, nada más y nada menos, que ser hijos de Dios. El agradecimiento hoy no es tanto por el año que se aleja con todas sus desgracias (quizá para dar paso a otras nuevas, como resulta ser nuestra experiencia), sino el año que nos deja, si lo reconocemos, la inmensa gracia y dignidad de ser hijos en el Hijo, en el Verbo encarnado. De esa plenitud hemos recibido “gracia sobre gracia”. Es un buen momento para despedir el año no con la amargura de tanto malo, desgracias, catástrofes, muertes, guerras, separaciones, como hemos visto, sino con el recuento de gracia sobre gracia recibida: vida, paz interior, alegría, fortaleza para sobrellevar las dificultades, amistad, familia, trabajo si lo ha habido o tiempo para la reflexión si no lo ha habido, gestos de bondad y solidaridad, esfuerzos por la paz… cada uno tendrá (o sería bueno construirla) una lista de gracia sobre gracia recibida. Y es una lista interminable. No es Nochevieja, sino noche perenne de presencia de Dios en la vida; nuevas oportunidades de caminar después de nuestros errores, nuevos impulsos para hacer el bien y para reconocerlo en otros. ¡Bendito 2025! ¡Feliz 2026!

martes, 30 de diciembre de 2025

El Papa recibió el 18 de diciembre al maestro de la Orden, fray Gerard Francisco Timoner III, acompañado por la Curia General de Santa Sabina

 El 18 de diciembre, la Curia General de la Orden de Predicadores visitó el Vaticano y mantuvo una audiencia con el papa León XIV, un encuentro en el que los dominicos compartieron con el Santo Padre la actualidad de la Orden en el mundo, su misión evangelizadora y los principales desafíos que atraviesa hoy la predicación.


La audiencia aparece recogida en el Boletín diario de la Santa Sede, que indica que el Papa recibió esa mañana al maestro de la Orden, fray Gerard Francisco Timoner III, OP. Este encuentro se enmarca en la relación ordinaria de comunión y diálogo entre la Sede Apostólica y las órdenes religiosas al servicio de la vida y la misión de la Iglesia.


El Maestro estuvo acompañado por la Curia General, la comunidad que reside en el convento de Santa Sabina (Roma) y que colabora en el gobierno y la coordinación de la vida de la Orden a escala mundial, con especial atención a la animación de la misión, la formación, la vida fraterna y la administración.


Entre los miembros de la delegación se encontraba el síndico de la Orden, Fr. Juan Luis Mediavilla García, dominico español de la Provincia de Hispania, que presta un servicio de especial relevancia en el acompañamiento y la gestión económica al servicio de la misión común.

Durante la audiencia, fray Gerard Francisco Timoner III y la Curia General compartieron con León XIV un panorama de la vida de la Orden en el mundo: sus presencias apostólicas en contextos muy diversos, la misión de anunciar el Evangelio en medio de los desafíos actuales y el deseo de seguir afinando una predicación capaz de llegar a quienes no conocen a Jesús, a los fieles, a quienes se han alejado y, de manera especial, a los jóvenes.


El Papa, por su parte, animó a los dominicos a perseverar en ese servicio esencial a la Iglesia, subrayando la importancia de una predicación enraizada en la oración, el estudio y la vida fraterna, y alentando a que, con discernimiento y esperanza, la Orden continúe siendo una presencia de anuncio, acompañamiento y comunión allí donde más se necesita. León XIV, agustino, conoce bien esta realidad: también fue superior general de su propia orden.

Evangelio del Día VI dentro de la Octava de la Natividad del Señor

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,12-17):

Os escribo, hijos míos, que se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al Maligno. Os repito, hijos, que ya conocéis al Padre. Os repito, padres, que ya conocéis al que existía desde el principio. Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Palabra de Dios


Salmo 95,R/. Alégrese el cielo, goce la tierra


Santo Evangelio según san Lucas (2,36-40):

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor


Compartimos:

 Juan hoy habla a todas las edades, cuyo tiempo va pasando y cuyos afanes, dolores, penas y alegrías, pasan. El mundo y sus placeres pasan. Pero el mensaje que da Juan es de alegría, liberación y fuerza: os hablo porque se os han perdonado los pecados; porque habéis vencido al Maligno, porque conocéis al Padre, porque sois fuertes y la Palabra permanece… Por tanto, no améis las cosas del mundo. “No améis” se podría traducir como “no os aferréis como si fueran Dios”. Porque todo pasa, pero quien está en Dios permanece para siempre. Sabemos bien, y lo aprendimos de memoria en clases de biología (nacen, crecen, se reproducen y mueren…) que todo lo que tiene fin se acaba, y aferrarse a ello podría ser una locura y al larga, una frustración y desesperación.


El tiempo del matrimonio de la profetisa Ana pasó rápidamente, unos meros siete años, pero ella permaneció en las cosas de Dios. Ese permanecer le permitió reconocer la salvación de Dios. Supo crecer y permanecer. Aprendió la sabiduría que supone no aferrarse a lo que pasa.


Es la misma sabiduría de Jesús, según nos dice el Evangelio hoy, que pasó por algunas de las edades de la vida humana a las que se refiere la carta de Juan, creciendo en sabiduría y fuerza… Parte de permanecer para nosotros será quizá ir creciendo en esa sabiduría, ese ir saboreando las cosas de Dios que no pasan, mientras tocamos las cosas del mundo, como Cristo en su Encarnación, con cariño pero sin idolatría. Esa sabiduría de Dios abre a la paz de quien sabe que nada es para siempre. Inclina a la generosidad. Impulsa a la humildad de quien sabe que solo depende de Dios. Es mucho más saludable que la “perturbación” de la que pedimos liberación en el Padrenuestro. El poema de Machado, como la canción de Serrat, tienen una sabiduría muy limitada. Lo nuestro no es pasar sin más; es pasar para permanecer.

lunes, 29 de diciembre de 2025

ÁNGELUS, FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET

PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro


Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!


Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el relato de la “huida en Egipto” (cf. Mt 2,13-15.19-23).


Es un momento de prueba para Jesús, María y José. Sobre el resplandeciente cuadro de la Navidad se proyecta, casi de improviso, la inquietante sombra de una amenaza mortal, que tiene su origen en la atormentada vida de Herodes, un hombre cruel y sanguinario, temido por su crueldad, pero precisamente por eso profundamente solo y obsesionado por el miedo a ser destronado. Cuando se entera por los magos de que ha nacido el «rey de los judíos» (cf. Mt 2,2), sintiéndose amenazado en su poder, decreta la muerte de todos los niños de la edad de Jesús. En su reino, Dios está realizando el milagro más grande de la historia, en el que se cumplen todas las antiguas promesas de salvación, pero él no es capaz de verlo, cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios. En Belén hay luz, hay alegría; algunos pastores han recibido el anuncio celestial y ante el pesebre han glorificado a Dios (cf. Lc 2,8-20), pero nada de esto logra penetrar las defensas blindadas del palacio real, salvo como un eco distorsionado de una amenaza que hay que sofocar con violencia ciega.


Sin embargo, precisamente esta dureza de corazón resalta aún más el valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia que, en el mundo despótico y codicioso que representa el tirano, es el nido y la cuna de la única respuesta posible de salvación: la de Dios que, con total gratuidad, se entrega a los hombres sin reservas y sin pretensiones. Y el gesto de José que obediente a la voz del Señor, lleva a salvo a la esposa y al niño, se manifiesta aquí en todo su significado redentor. De hecho, en Egipto crece la llama del amor doméstico a la que el Señor ha confiado su presencia en el mundo  y cobra vigor para llevar la luz al mundo entero.


Mientras contemplamos con asombro y gratitud este misterio, pensemos en nuestras familias y en la luz que ellas también pueden aportar a la sociedad en la que vivimos. Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus «Herodes», sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos. No dejemos que estos espejismos sofoquen la llama del amor en las familias cristianas. Al contrario, protejamos en ellas los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos —especialmente la confesión y la comunión—, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día. Esto las convertirá en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios (cf. Francisco, Homilía en la Misa por el X Encuentro Mundial de las Familias, 25 junio 2022).


Pidamos entonces al Padre del Cielo, por intercesión de María y san José, que bendiga a nuestras familias y a todas las familias del mundo, para que, siguiendo el modelo de la familia de su Hijo hecho hombre, sean para todos un signo eficaz de su presencia y de su amor sin fin.


Queridos hermanos y hermanas:


Saludo cordialmente a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países.


En particular, saludo a los jóvenes de Clusone, Gerenzano y San Bartolomeo in Bosco, a los confirmandos de Adrara San Martino, a los jóvenes y monaguillos de Brescia, a los participantes en la peregrinación de preadolescentes de la Unidad Pastoral de Sarezzo y a los scouts de Treviso.


Saludo también a los educadores de la Acción Católica de Limena y los de Morciano di Romagna, a los animadores del Oratorio San Pío X de Portogruaro, al grupo de voluntarios de Borgomanero, a los fieles de San Cataldo y Serradifalco y a los miembros de la Pro Loco de Sant’Egidio del Monte Albino.


A la luz de la Navidad del Señor, sigamos rezando por la paz. Hoy, en particular, recemos por las familias que sufren a causa de la guerra, por los niños, los ancianos y las personas más frágiles. Confiémonos juntos a la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret.


Les deseo a todos: ¡buen domingo!

Evangelio del Día V dentro de la Octava de la Natividad del Señor

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,3-11):

En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo –lo cual es verdadero en él y en vosotros–, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Palabra de Dios


Salmo 95,R/. Alégrese el cielo, goce la tierra


Santo Evangelio según san Lucas (2,22-35):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Palabra del Señor


Compartimos:

En plenas celebraciones de Navidad, comidas y fiestas, las lecturas de hoy son como una sacudida. ¿Por qué sacar a la gente del calorcito de la Navidad, los turrones, los cantos y la familia feliz con duras advertencias y anuncios de dolor? Quizá para recordarnos que lo que se acaba de celebrar hace apenas cuatro días, y de hecho, lo que se celebra en toda la semana de la Octava, no es solo, ni siquiera principalmente, ternura y brillo. Un bebé siempre llena de alegría, pero al mirar la escena bien nos damos cuenta de la paradoja: un bebé que nace en circunstancias bastante complicadas y pobres; un poco más adentro: un Dios que deja su trono y su gloria para que le canten unos seres, en aquel tiempo despreciables, que son los humildes pastores. ¡Pero también los ángeles! El Dios que conoce todo el arco de alegría y gozo humano y se sumerge en él.


Y en este contexto, los mensajes de hoy son de advertencia y anuncio: reconocer al Dios de la Noche de Paz significa seguirlo. Un seguimiento que significa a veces adherirse a unas maneras de obrar que están en contra de lo que indicaría el mundo; sacrificio frente a comodidad, generosidad frente a egoísmo; servicio frente a dominio; verdad frente a corrupción; desprendimiento frente a la tentación de trepar; justicia frente a injusticia… Si no va a ser así, la vida, aunque se diga cristiana, va a ser mentira. Seguirlo significa, como expresa Simeón, reconocer la salvación y también la contradicción. Vivir en una constante fiesta de gloria y alabanza y en una dura aceptación de la espada de dolor que implica el reconocer todo el misterio de vida en el mundo, cruz y resurrección. Es reconocer que no hay vida sin dolor de parto. Que no hay vida eterna sin Pasión y Cruz. Abrazar la espada de dolor, como María, implica la aceptación de una vida humana que sabe que es necesario ser traspasado por el asta de la cruz; por el dolor, el temor y la angustia, con la profunda convicción de que la Vida y la salvación son mucho más fuertes. Del otro lado siempre está la vida.