martes, 29 de abril de 2025

Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1,5–2,2):

Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. Sí decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Palabra de Dios

Salmo 102 R/. Bendice, alma mía, al Señor

Santo Evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Debe de ser muy importante eso de que “hay que nacer de nuevo” porque el Evangelio de hoy insiste en ello. Veamos el asunto con tranquilidad. Cuando nacemos, somos criaturas nuevas. Algo así como un libro con todas las páginas en blanco. Pero es un libro que nace ya en una librería concreta. Sus primeras páginas se llenan a los pocos minutos de nacer si es que no se empiezan a llenar antes. Porque de hecho nacemos en un lugar y no en otro. No es lo mismo nacer en el norte que en el sur. No es lo mismo nacer en un país rico que en un país pobre. No es lo mismo nacer en el seno de una familia rica en un país rico que en una familia rica en un país rico. El idioma que empezamos a aprender al poco de nacer está también cargado de frases hechas, de ideas preconcebidas, de prejuicios. Y es y va a ser nuestra forma de expresarnos y, por ende, de entender el mundo y la sociedad para toda nuestra vida. Así se conforma todo eso que es la cultura.


En la práctica, la cultura es mucho más que una segunda piel. No es un adhesivo que se pone y se quita sin que nada suceda. Hace unos años, entre los misioneros que salían de su país para ir a llevar el Evangelio a otros países, otras lenguas y otras culturas, se puso de moda decir que se tenían que inculturar en su nuevo país. Era una comprensión un tanto ingenua de lo que es la cultura. Como si bastase con aprender el idioma y hacerse a unas formas diferentes de comer, de vestir o de relacionarse unos con otros. Por mucho que lo intentasen aquellos misioneros seguían siendo españoles o italianos o franceses o americanos o cualquier que fuese el país de origen.


Ahí se nos hace más clara la radicalidad de la propuesta de Jesús. Nacer de nuevo significa un poco borrar todas las páginas del libro que somos y comenzar a llenarlas de nuevo. Significa leer el Evangelio y acercarnos a Jesús con ojos nuevos y corazón abierto, limpio y libre de prejuicios, para dejarnos llevar por el Espíritu. Es una propuesta difícil pero no imposible. ¿Lo intentamos?

lunes, 28 de abril de 2025

Lunes de la II Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (4,23-31):

En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.

Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo:

«Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo:

“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.

Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».

Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 2,R/. Dichosos los que se refugian en ti, Señor


Santo Evangelio según san Juan (3,1-8):

Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:

«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo le pregunta:

«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».

Jesús le contestó:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor

Compartimos:

Vamos a empezar dándole un poco la razón a Nicodemo. Porque es que a veces Jesús se pone imposible. De repente, sale con eso de que hay que nacer de nuevo. Parece que no es consciente de lo mucho que nos asusta cualquier cambio, de que lo que aprendimos de pequeños se nos quedó tan grabado en nuestro cerebro que es muy difícil, dificilísimo, borrarlo y comenzar de nuevo. Lo que aprendimos de pequeños fueron las palabras de nuestros padres pero también lo que vivimos en la escuela –en las aulas y en el patio, que es también un lugar importante de aprendizaje–, lo que nos fue regalando la sociedad en que vivíamos por medio de los comentarios y opiniones oídos al azar, en la calle, en los medios de comunicación. Todo eso nos fue haciendo y conformando nuestra forma de ver el mundo, de entenderlo. La cabeza, como es normal se nos llenó de prejuicios. Muchos de ellos en sentido moral: esto es malo y aquello es bueno. Y con esa carga y bagaje hemos ido caminando muchos años. Es lo que nos ha permitido orientarnos en nuestro mundo, ir saliendo adelante. Pero también ha sido como unas gafas que han limitado lo que veíamos, la perspectiva. Tenía un poco bastante de razón Nicodemo. No es fácil nacer de nuevo, volver a comenzar cuando ya llevamos mucho camino hecho.


Y ahí se planta Jesús y le dice a Nicodemo que es necesario nacer de nuevo, dejar todo eso atrás y recomenzar, quitarnos las gafas y mirar al mundo con ojos nuevos. Con lo que nos cuesta y con lo cómodos que nos sentimos en esa forma de ser y comprender la realidad.


Pero es que Jesús rompe moldes. Hay que ver, lo reconoce Nicodemo, los signos que hace Jesús. El reino está presente. Dios ya no es el juez vengador sino el Padre que quiere reunir a sus hijos en la mesa de la fraternidad, más allá de todos los prejuicios que nos han acompañado durante toda la vida. Hay que nacer de nuevo porque a vino nuevo, odres nuevos (cf. Lc 5,37-39). Es difícil pero se puede. Sólo así podremos empezar comprender y vivir la novedad de Jesús.

domingo, 27 de abril de 2025

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,12-16)

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacia lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Palabra de Dios


Salmo 117,R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia


Segunda Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (1,9-11a.12-13.17-19):

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra, Dios, y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.» Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.»

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.


Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.


La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.

sábado, 26 de abril de 2025

De camino con Jesús

El profeta lo dijo así: “El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás”…


Tal vez hablaba de sí mismo; tal vez hablaba también del que había de venir, del Mesías Jesús, de aquel que, según el testimonio del apóstol, “se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo”…


La fe recuerda que es ese Hijo el que, entrando en el mundo, dice: “He aquí que vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad”…


El profeta, el apóstol y el evangelista describen todos el mismo camino.


El profeta dijo: “Cada mañana, (el Señor Dios) me espabila el oído, para que escuche como los discípulos… Ofrecí la espalda a los que me golpeaban”…


El apóstol dice: “Cristo Jesús… se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”…


Y el evangelista narra cómo “se cumplió en Jesús lo que estaba escrito”…


Ése fue el camino de Jesús: escuchar, creer… escuchar, confiar… escuchar, obedecer… escuchar, cumplir… Ése es el camino del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia… Ése es el camino del cuerpo de Cristo, que son los pobres… Jesús, la Iglesia, los pobres, un solo cuerpo, un mismo destino, el mismo camino: escuchar y creer… Y una misma oración: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Por ser un camino de fe, el nuestro no es una fatalidad sino una elección: escogemos seguir el camino que se llama Jesús; lo escogemos conscientes de que es un camino “que hemos de recorrer bajando”, al modo de Jesús; lo escogemos sabiendo que lleva a la vida… lo escogemos “sabiendo que no quedaremos defraudados”…


Por ser un camino de fe, el nuestro es un camino de libertad: todo lo podemos en aquel que nos conforta… Todo: también vivir el abandono de Dios, también conocer el silencio de Dios, también experimentar la ausencia de Dios, también morir de soledad… Todo: también convivir con el miedo en el bosque, con la angustia en la patera, también enfrentar el horror de la muerte que todo nos lo arrebata en un instante… Todo: también bajar con Jesús al infierno…


Sólo los que, con Jesús, recorren el camino de la fe, podrán contar a sus hermanos las obras de Dios: “Dios mío… contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré”…


La liturgia de este domingo nos invita a aclamar al “Hijo de David”, a bendecir al “que viene en nombre del Señor”, a acompañar con nuestros cantos a Cristo, que entra en la ciudad santa, a seguirlo hasta la cruz, hasta el Padre, que nos lo había enviado y a quien vuelve.


Hoy somos invitados recorrer el camino del Siervo de Dios, a entrar con él en la noche del rechazo de los hombres y del abandono de Dios.


Hoy, la palabra de Dios nos invita a comulgar con Cristo Jesús en su abajamiento, a renunciar con él a toda pretensión sobre Dios y a todo poder sobre el hombre, a abrazar con él la condición de esclavo que me es propia, la condición de criatura sometida a la debilidad, al sufrimiento y a la muerte.


Hoy somos invitados a temer cuanto pueda apartarnos de los sentimientos propios de Cristo, a aborrecer cuanto pueda enaltecernos, a amar cuanto nos acerca a la cruz del Señor.


Llevemos a Cristo en el corazón, pues él nos lleva siempre en el suyo.

Santiago Agrelo 


Sábado de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,13-21):

En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo:

«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».

Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:

«¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».

Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.

Palabra de Dios

Salmo responsorial Sal 117 R/. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste

Santo Evangelio según san Marcos (16,9-15):

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.

También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

Y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Palabra del Señor

Compartimos:

Va terminando la octava de Pascua. Ocho días para celebrar y asimilar la resurrección de Jesús, para darnos cuenta de que la historia no termina en la cruz sino que, a través del silencio del Sábado Santo, la historia culmina de verdad en la resurrección, algo misterioso, algo que se nos escapa, algo que va más allá de nuestra comprensión. Pero algo que nos devuelve la esperanza y nos hace mirar al futuro con serenidad. Más allá de la muerte está la vida que es Dios. Más allá del mal está el Reino, porque Dios, el Padre de Jesús y padre nuestro, no puede dejar que todo termine en la muerte.


Pero ni entonces ni ahora parece que esto de la resurrección haya sido fácil de asimilar. El texto evangélico de hoy, tomado del Evangelio de Marcos, parece un resumen de lo que hemos leído a lo largo de la semana. Pero con un añadido importante: la incredulidad de los discípulos. En el texto se hace alusión a la aparición de Jesús a María Magdalena y cómo ésta fue a contárselo a los discípulos pero estos “al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron”. Luego, el texto retoma el relato de los de Emaús, que también vivieron un encuentro muy especial con Jesús resucitado. “También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron”. Y culmina con una aparición de Jesús resucitado a los Once, que estaban (¡qué casualidad!) comiendo. Y lo que hace Jesús es precisamente echarles en cara su incredulidad.


No debió ser fácil para los discípulos comprender y asimilar que Jesús había resucitado, que había vuelto a la vida. No es fácil tampoco para nosotros por más que lo repitamos y que, al celebrarlo año tras año, nos parezca un hecho sabido y conocido y asimilado. Quizá nos sabemos la historia, pero no estoy tan seguro de que lo hayamos asimilado con todo lo que significa para nuestras vidas, para nuestra fe: el Dios de Jesús, el Abbá, ha devuelto a la vida a Jesús. No es una vida como la nuestra. Es la vida plena. Es la Vida. Ahora todo lo anterior cobra sentido. Dios no es el vengador ni el justiciero ni el fiscal, es el Dios de la Vida, que se preocupa por sus hijos e hijas, que nos abre un camino de esperanza, allá donde nosotros no vemos más que muerte y destrucción. Con Jesús resucitado podemos creer y confiar. Creer y confiar.

viernes, 25 de abril de 2025

Viernes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (4,1-12):

En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.

Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Más, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes, Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:

«¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».

Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:

«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es “la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Palabra de Dios

Salmo 117,R/. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular

Santo Evangelio según san Juan (21,1-14):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:

«Me voy a pescar».

Ellos contestan:

«Vamos también nosotros contigo».

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

«Muchachos, ¿tenéis pescado?».

Ellos contestaron:

«No».

Él les dice:

«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».

La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:

«Es el Señor».

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque rio distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

Jesús les dice:

«Traed de los peces que acabáis de coger».

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice:

«Vamos, almorzad».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Compartimos:

El relato de hoy sitúa a un grupo de los apóstoles en Galilea. Han vuelto a la pesca porque la vida ha vuelto a sus inercias. Hay que pescar para sobrevivir. A veces la pesca es abundante y a veces no se encuentra nada. Trabajo inútil. Vuelta a empezar. Es la vida de los pobres.


Hasta ahí llega Jesús, el resucitado. Es otro encuentro más. No es un fantasma. No es una aparición terrible. Es alguien que habla sencillamente con ellos. No le reconocen al primer momento. Necesitan un tiempo para asimilar que es Jesús, el mismo al que seguían y que había despertado en sus corazones la promesa del reino, que les había hablado de Dios como un padre de amor y misericordia que cuida de sus hijos. El mismo con el que habían compartido la mesa tantas veces.


Y Jesús les invita a compartir lo que tienen: el pan y el pescado. Comen juntos. Se van dando cuenta poco a poco. “Es el Señor”. No tienen palabra. El asombro los deja mudos. ¿Cómo es posible? Murió en la cruz. Perdió la apuesta. Su confianza en el Padre no valió para nada. Ganaron los judíos que querían su eliminación. Y Dios no hizo nada. Todo el mundo lo sabe. Pero ahora está vivo. ¿Cómo? ¿De qué manera? La sorpresa, la extrañeza, la admiración… No hay palabras. No se atreven a hablar pero comen de lo que Jesús les da. Y se dan cuenta de que ahora todo lo vivido con Jesús recobra sentido, su muerte en la cruz también. Se abre ante ellos un nuevo mundo, un nuevo futuro, que va mucho más allá de su vida rutinaria de pescadores. El mundo les espera. Tienen una misión, una esperanza que anunciar a todos.

jueves, 24 de abril de 2025

Jueves de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,11-26):

En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos.

Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:

«Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.

Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios Jo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.

Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros.

Ahora bien, hermanos, sé que Jo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Moisés dijo: “El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.

Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».

Palabra de Dios

Salmo 8,R/. Señor, dueño nuestro¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Santo Evangelio según san Lucas (24,35-48):

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:

«Paz a vosotros».

Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.

Y él les dijo:

«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

«¿Tenéis ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.

Y les dijo:

«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Y les dijo:

«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

Palabra del Señor

Compartimos:

Lo primero es la paz. La presencia de Jesús resucitado no es como la de esos aparecidos de las películas de terror, muertos que amenazan a los vivos. Es una presencia de paz. Dios no es una amenaza para nosotros. En la vida hay muchas cosas que nos pueden inquietar, hay situaciones de conflicto, hay decisiones difíciles que debemos tomar. Todo eso nos inquieta y nos quita la paz. Pero Dios nos trae la paz. Nos anima a levantarnos, asumir nuestras responsabilidades y tomar las decisiones que haya que tomar. Pero él no es la causa de ningún conflicto. Él es siempre fuente de paz y vida.


Otra vez, tenemos una comida compartida. Porque en la mesa es donde se fraguan las amistades, los corazones se abren y la vida se hace más plena. La vida se hace en la fraternidad, no en la soledad egoísta. Por eso, la Eucaristía, aunque a veces tan ritualizada y estereotipada, sigue siendo el centro de la vida cristiana, el mejor símbolo del reino.


En la mesa no solo se come. Se habla, se dialoga, se explica. También vemos en el texto como Jesús explica el sentido de su vida y de su muerte a los discípulos. En la mesa, en el diálogo se abre el entendimiento y el corazón.


Pero los cristianos no estamos llamados a mirarnos el ombligo en una adoración perpetua. La Eucaristía, la vida cristiana, nos lanza al testimonio de vida y al anuncio del reino. El mensaje de Jesús no es para mí solo, es para todos. El amor –Dios es amor– es naturalmente expansivo y abierto a todos. El discípulo que siente la paz en su corazón, la paz de Jesús, que ha compartido la mesa de la fraternidad, que ha escuchado y dejado que la Palabra le llegue al corazón, se convierte en testigo de Jesús. Las paredes de nuestras Iglesias se quiebran y se hacen puertas abiertas por las que salimos al mundo y a la vida para anunciar la esperanza a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.