lunes, 6 de enero de 2025

la Epifanía del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (60,1-6):

¡LEVÁNTATE y resplandece, Jerusalén,

porque llega tu luz;

la gloria del Señor amanece sobre ti!

Las tinieblas cubren la tierra,

la oscuridad los pueblos,

pero sobre ti amanecerá el Señor,

y su gloria se verá sobre ti.

Caminarán los pueblos a tu luz,

los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira:

todos ésos se han reunido, vienen hacia ti;

llegan tus hijos desde lejos,

a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, y estarás radiante;

tu corazón se asombrará, se ensanchará,

porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti,

y a ti llegan las riquezas de los pueblos.

Te cubrirá una multitud de camellos,

dromedarios de Madián y de Efá.

Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,

y proclaman las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios

Salmo 71R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6):

Hermanos:

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Mateo (2,1-12):

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las poblaciones de Judá,

pues de ti saldrá un jefe

que pastoreará a mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

Compartimos:

Mateo explica, en la secuencia evangélica de la fiesta de la Epifanía, lo profetizado por Isaías: la salvación esperada por los judíos alcanza a todos los pueblos. Y Pablo lo afirma en la epístola a los Efesios: también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo. El Niño de Belén, al que acuden guiados por la estrella (magos, reyes o sabios) aquellos a los que la tradición conoce como Melchor, Gaspar y Baltasar, trae la salvación. Los magos representan a todo pueblo, lengua y nación que necesita ser salvado. Es la fiesta de la Epifanía, es decir, para católicos y ortodoxos la revelación de la presencia del Dios encarnado, es decir de Jesús, a toda la humanidad. Esto es lo que celebramos hoy con gran alegría.


Isaías habla de ofrendas de oro e incienso, Mateo añade mirra. Oro como a Rey, incienso como a Dios, mirra -la sustancia utilizada para ungir a los muertos-como a Hombre: el más hermoso de los hombres.


En el Credo que recitamos en la Misa, afirmamos que Jesus es Dios que tomo carne humana y se hizo uno de nosotros y que es verdaderamente Rey. ¿Lo creemos de verdad? Creer de verdad significa que esa fe que profesamos impregna y conforma nuestro pensar y nuestro modo de actuar. Una forma de ser que no anula nuestra condición humana sino que la transforma y la libera. Tener a Jesús por soberano es la fuente y el origen de la libertad más grande: ningún poder, por tiránico que sea, ningún mandato, ninguna circunstancia por adversa que sea tiene poder ante la soberanía de nuestro Rey.


Sucede que, a veces, en lugar de esa soberanía del Señor, ponemos nuestros caprichos, nuestro egoísmo, nuestras ridículas pretensiones por delante de Él. A Él la alabanza y la gloria. Ese Niño que se nos ha dado es nuestro Rey y Señor. Oro e incienso…


Y mirra, porque portentosamente Dios ha tomado carne y se ha hecho uno de nosotros. Y desde entonces y para siempre nuestra carne mortal está recreada y abierta a la esperanza de la salvación y la inmortalidad. Y desde entonces todo lo que hacemos “por uno de sus hermanos más pequeños” se lo hacemos a Él.

domingo, 5 de enero de 2025

ÁNGELUS PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Y felicitaciones, ¡sois valientes, con la lluvia! ¡Feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,1-18), hablándonos de Jesús, Verbo hecho carne, nos dice que «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). Es decir, nos recuerda lo poderoso que es el amor de Dios, que no se deja vencer por nada, y que, más allá de obstáculos y rechazos, continúa resplandeciendo e iluminando nuestro camino.

Lo vemos en la Navidad, cuando el Hijo de Dios, hecho hombre, supera tantos muros y tantas divisiones. Afronta la cerrazón de mente y de corazón de los “grandes” de su tiempo, más preocupados por defender el poder que por buscar al Señor (cf. Mt 2,3-18). Comparte la vida humilde de María y José, que lo acogen y crían con amor, pero con las posibilidades limitadas y las dificultades propias de quien no tiene medios: eran pobres. Se ofrece, frágil e indefenso, al encuentro con los pastores (cf. Lc 2,8-18), hombres con el corazón marcado por la crudeza de la vida y por el desprecio de la sociedad; y después con los Magos (cf. Mt 2,1), que movidos por el deseo de conocerlo afrontan un largo viaje y lo encuentran en una casa de gente común, en gran pobreza.

Frente a estos y a otros tantos desafíos, que parecen contradicciones, Dios no se detiene nunca – escuchemos bien esto: Dios no se detiene nunca – : encuentra miles de modos para llegar a todos y a cada uno de nosotros, allá donde nos encontremos, sin cálculos y sin condiciones, abriendo también en las noches más oscuras de la humanidad ventanas de luz que la oscuridad no puede cubrir (cf. Is 9,1-6). Es una realidad que nos consuela y que nos da valor, especialmente en un tiempo como el nuestro, un tiempo que no es fácil, donde hay tanta necesidad de luz, de esperanza y de paz, un mondo donde los hombres a veces crean situaciones tan complicadas que parece imposible salir de ellas. Parece imposible salir de tantas situaciones, ¡pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no es así! Es más, nos llama a imitar al Dios del amor, abriendo destellos de luz donde podamos, con cualquiera que nos encontremos, en todos los contextos: familiar, social, internacional. Nos invita a no tener miedo de dar el primer paso. Esta es la invitación del Señor hoy: no tengamos miedo de dar el primer paso: hace falta valor para hacerlo, pero no tengamos miedo. Abriendo ventanas luminosas de cercanía a quien sufre, de perdón, de compasión y de reconciliación: estos son los muchos primeros pasos que debemos dar para hacer el camino más claro, seguro y posible para todos. Y esta invitación resuena de modo particular en el Año Jubilar que acaba de comenzar, urgiéndonos a ser mensajeros de esperanza con simples pero concretos “sí” a la vida, con elecciones que aporten vida. Hagámoslo todos: ¡es este el camino de la salvación!

Y entonces, al inicio de un nuevo año, podemos preguntarnos: ¿En qué modo puedo abrir una ventana de luz en mi ambiente y en mis relaciones? ¿Dónde puedo ser un resquicio que deje pasar el amor de Dios? ¿Cuál es el primer paso que yo debería dar hoy?

Que María, estrella que guía a Jesús, nos ayude a ser para todos testigos luminosos del amor del Padre.


Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, fieles de Roma y peregrinos llegados de diferentes países.

Saludo en particular a los profesores de religión de la Archidiócesis de Zagabria. Queridos, deseo todo bien para vuestro trabajo, muy importante para la formación cultural, espiritual y moral de las nuevas generaciones.

Saludo a los fieles de Orzinuovi, a las familias de Massa Lombarda, a los monaguillos y a los agentes pastorales de Postioma y Porcellengo, a los jóvenes de la “Fraternità francescana di Betania” (Fraternidad franciscana de Betania), a los muchachos de Concesio, el pueblo natal de San Pablo VI, y a los muchachos de la Inmaculada. Saludo al grupo de adolescentes del decanato de Oggiono, en la provincia de Lecco, en peregrinación por el Jubileo.

Continuemos rezando por la paz en Ucrania, en Palestina, Israel, Líbano, Siria, Myanmar, Sudán. Que la Comunidad internacional actúe con firmeza para que en los conflictos se respete el derecho humanitario. Basta de golpear a los civiles, basta de golpear las escuelas, los hospitales, basta de golpear los lugares de trabajo. No olvidemos que la guerra es siempre una derrota, ¡siempre!

Os deseo a todos un feliz domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta mañana.

II Domingo de Natividad

Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiástico [24. 1-2. 8-12]

La sabiduría hace su propio elogio,

se gloría en medio de su pueblo.

Abre la boca en la asamblea del Altísimo

y se gloría delante de sus Potestades.

En medio de su pueblo será ensalzada

y admirada en la congregación plena de los santos;

recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos

y será bendita entre los benditos.

El Creador del Universo me ordenó,

el Creador estableció mi morada:

—Habita en Jacob,

sea Israel tu heredad.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó,

y no cesaré jamás.

En la santa morada, en su presencia ofrecí culto

y en Sión me establecí;

en la ciudad escogida me hizo descansar,

en Jerusalén reside mi poder.

Eché raíces en un pueblo glorioso,

en la porción del Señor, en su heredad,

y resido en la congregación plena de los santos.

Palabra de Dios

Salmo 147, R/. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros..

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios [1, 3-6. 15-18]:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo

con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,

antes de crear el mundo,

para que fuésemos santos

e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,

por pura iniciativa suya, a ser sus hijos,

para que la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en su querido Hijo,

redunde en alabanza suya.

Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Palabra de Dios

 Santo Evangelio según san Juan [1, 1-18]

En el principio ya existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo,

y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas,

y las tinieblas no la recibieron.

Surgió un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan:

éste venía como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que por él todos vinieran a la fe.

No era él la luz,

sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera,

que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba;

el mundo se hizo por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron,

les da poder para ser hijos de Dios,

si creen en su nombre.

Éstos no han nacido de sangre,

ni de amor carnal,

ni de amor humano,

sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y acampó entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria:

gloria propia del Hijo Único del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él

y grita diciendo:

«Éste es de quien dije:

«El que viene detrás de mí

pasa delante de mí,

porque existía antes que yo»».

Pues de su plenitud

todos hemos recibido,

gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés,

la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás:

Dios Hijo único, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor

Compartimos:

Estamos todavía en tiempo de Navidad, superada ya la Octava, y a la espera del Bautismo del Señor. Son días en los que la Liturgia nos va remarcando los aspectos fundamentales de este período, desarrollándolos. Todavía nos queda la Epifanía, la manifestación del Niño Dios a los Magos. Y las lecturas de estos días, incluida las de hoy, van preparándonos para ese encuentro.


Toda la tradición cristiana, al contemplar el misterio de la Navidad, ha contemplado ese maravilloso intercambio: «el Hijo de Dios se hizo hijo de María para que nosotros llegáramos a ser hijos de Dios». Él tomó nuestra con­dición humana, nuestra naturaleza humana, para que nosotros pudiéramos parti­cipar de su condición y naturaleza divina.


Las lecturas repiten algunos temas, para que entren bien en nuestras cabezas los principales motivos para la esperanza. Porque es la tercera vez que escuchamos el prólogo del Evangelio de san Juan en estos días. Y lo bueno es que cada vez podemos descubrir algo diferente, porque la Palabra de Dios es siempre viva y eficaz. Es que la primera y la segunda lectura nos colocan en contexto apropiado en este domingo.


El domingo es el día del Señor por excelencia, por encima de las fiestas entre semana. Y este domingo nos presenta una faceta muy hermosa del misterio de Cristo, una faceta que no tiene nada de abstracto ni de ideológico: el Dios Padre creador de todo, ha entrado en la historia concreta de los hombres por medio de la persona de su Hijo. Este Hijo ha sido anunciado en el Antiguo Testamento como la Palabra definitiva de Dios, una Palabra que se ha hecho carne y ha puesto su morada en medio de nosotros.


El libro del Eclesiástico nos habla de la sabiduría. Un momento importante en esta lectura es la referencia al pueblo. El pueblo, como elemento que corrobora la ley, es imprescindible en el Antiguo Testamento. En último término, es Israel quien está dentro de la ley. El pueblo es el que va a aceptar la nueva configuración de la sabiduría. Israel tiene conciencia de su elección colectiva, de su personalidad como pueblo. El pueblo, como tal, acepta o rechaza la ley; el pueblo, como tal, se aparta o se acerca a la ley. En Jesús, sin olvidar este aspecto comunitario, entrará a contar también el aspecto de lucha personal.


Con la venida de Cristo al mundo, que es toda la Sabiduría de Dios en persona y hecha carne, la Sabiduría está plantada en medio de la Iglesia entendida como comunidad de creyentes y nuevo Israel. Y nosotros, como parte activa de ese Pueblo de Dios, también tenemos que aceptar esa sabiduría. «Antes de la creación» fuimos elegidos y pensados con amor. «Yo soy porque soy amado». Yo crezco porque no dejo de ser amado. Yo no moriré porque siempre seré amado. La riqueza de gloria que nos espera sólo podemos comprenderla desde el «espíritu de Sabiduría».


Para que no se nos olvide ser agradecidos, el apóstol Pablo nos recuerda que toda esta historia comienza con la elección de Dios. El himno de acción de gracias es básicamente una bendición del «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» porque Él fue el primero en bendecirnos. Es decir, se da gracias porque nos dio su Gracia. Y su gracia o bendición consiste en elegirnos para «ser hijos adoptivos suyos» por medio de Jesucristo. Y esto lo hizo el Padre de acuerdo con su plan salvador concebido «antes de la creación del mundo». Este himno ayuda al creyente a comprenderse a sí mismo como agraciado, bendito, amado por el Padre desde siempre, con un amor que se manifiesta sobre todo al rescatarnos al precio de la sangre de Cristo.


Pero ¿qué quiere decir «ser hijos de Dios»? ¿Qué quiere decir «parti­cipar de la naturaleza divina del Hijo de Dios»? Tantas cosas… Pero singularmente esto:


Lo primero, participar en el conocimien­to que Jesús, el Hijo de Dios, tiene de Dios y de las cosas; participar en el amor que Jesús tiene a Dios, afirmar a Dios en nosotros, y parti­cipar en su amor, en su poder afirmativo de las cosas. En cierto modo, ver con los ojos de Jesús y amar con el corazón de Jesús. Pensemos un instante en los santos. Han vivido su condición de hijos de una forma particularmente intensa y purifica­da. Así es como tenemos parte en la gracia y en la verdad del Hijo único.


En segundo lugar, no habitar el mundo como huérfanos, vernos libres de un sentimiento de orfandad. Cuando participamos en el conocimiento y el amor de Jesús –y celebrar la Eucaristía nos ayuda a participar en ese conocimiento y amor- cuando no habitamos el mundo como huérfanos, cobra una calidad nueva el traba­jo de nues­tras manos, el pensamiento de nuestra inteligencia, el querer de nuestra vo­luntad, el amor de nuestro corazón, nuestra sensibilidad, nuestra forma de afrontar la muerte. Conocer y amar a Dios da profundidad y anclaje a nuestra vida. Como hijos de Dios podemos decirle en nuestras desventuras: «recoge mis lágrimas en tu odre, no olvides mi vida errante».


Comenzamos el 2025, y tenemos por delante 360 días para vivir, para intentar ser felices, para ser testimonios de la Luz y para compartir con los demás nuestras alegrías.

sábado, 4 de enero de 2025

Sábado de la II Semana de Navidad

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,7-10):

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.

Palabra de Dios

Salmo 97 R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Santo Evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

Compartimos:

La curiosidad puede tener distintos matices. Puede ser malsana, buscando donde está el “chisme”, el accidente o mal de alguien. Puede también que sea una motivación a encontrar el bien. Para un oído de fiel judío, escuchar “Este es el Cordero de Dios” podía suscitar no sólo curiosidad, sino una esperanza viva de salvación. El cordero pascual, el cordero cuya sangre en el dintel salva, el símbolo y realidad de la esperanza de todos los pueblos se anuncia. Cuando Juan identifica a Jesús como el Cordero de Dios, los dos discípulos se ponen en marcha. Sienten la llamada irresistible a seguir a quien ha sido proclamado como la salvación.


Lo escuchamos repetidamente en todas las Eucaristías: “tú, que quitas el pecado del mundo”.. “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”… “Este es el Cordero de Dios, dichosos los llamados”. Quizá a veces se diga rutinariamente, si reconocer el impacto enorme de esas palabras.


Juan dice que no lo conocía. Naturalmente que lo conocía, porque era primo suyo. Lo que no había reconocido era al Cordero de Dios.  El reconocimiento de esa salvación cambia la vida, llama al discipulado, marca para siempre. Por eso quienes escucharon esa llamada sabían exactamente el momento (las 4 de la tarde) en que había ocurrido. Por eso se pusieron en camino. No era simplemente curiosidad por ver de qué personaje estrafalario estaba hablando el estrafalario Juan. Era una esperanza que moviliza. ¿Qué buscáis?, les pregunta Jesús. ¿Tienen una mera curiosidad por saber dónde vive Jesús o están expresando el deseo intenso de estar siempre con Él? ¿Dónde vives? Puede querer decir quién eres, qué haces, cómo es tu mundo, cómo es tu Reino. Inmediatamente desean permanecer en ese Reino, porque han encontrado al Mesías. Venid y veréis, no es solo una invitación a curiosear; es más bien un desafío a vivir así, en el reino de justicia y verdad de Cristo. Es una llamada a cambiar la vida. Entrar en la casa de Jesús obliga y marca. Eran las cuatro de la tarde… ¿qué hora es para nosotros? ¿Dónde y cómo hemos encontrado dónde vive Cristo?

viernes, 3 de enero de 2025

Viernes de la II Semana de Navidad.

Primera Lectura

Lectura de la primera carta de Juan (2,29;3,1-6):

Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Palabra de Dios

Salmo 97,R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Santo Evangelio según san Juan (1,29-34):

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor

Compartimos:

El nombre de la persona, sobre todo en las culturas semíticas, tiene una gran importancia. Concede identidad y es el medio por el que se puede ser reconocido. Cuando éramos pequeños, a veces nuestras madres nos corregían si decíamos “ese” o “esa”… ¡Tiene un nombre! nos decían. Decir el nombre es concederle el respeto debido por ser criatura de Dios, hijo de Dios. En la Escritura, a quienes Dios llama muchas veces reciben un nombre nuevo: Abrán-Abraham; Simón-Pedro; Saulo-Pablo…  Al Hijo de Dios, al Dios con nosotros, se le da el “nombre que está sobre todo nombre”. Es decir, el más alto, el más excelso, el más digno de respeto y honor.


Lo curioso es que, según la primera lectura, ese nombre se le da precisamente a la persona que se vacía, que no se aferra a su condición ni a su honor, que se hace carne humana, que acepta los gozos y los dolores de los hombres, que se hace obediente hasta la muerte. Y ante ese nombre todo, absolutamente todo, en el cielo y en la tierra, ha de doblar la rodilla. Jesucristo, el ungido, el de naturaleza divina, es el que se abaja y se vacía.


Hay personas que se blasonan de sus apellidos ilustres. Y probablemente harán bien en estar orgullosos de su identidad familiar. Pero el verdadero blasón, la verdadera causa de orgullo es el ser hijos… y. a ejemplo de quien lleva el nombre sobre todo nombre, lo mejor que se puede hacer es no aferrarse a nada; caminar con otros en sus dolores y sus alegrías; obedecer (es decir, escuchar a Dios, ponerse debajo de Dios) por muy alto que sea el precio a pagar. Entonces recibiremos el nombre de hijos amados. Hijos en el Hijo cuyo nombre está sobre todo nombre. Una gloriosa identidad.

jueves, 2 de enero de 2025

Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo, obispos y doctores de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,22-28):

¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Palabra de Dios

Salmo 97 R/. Los confines de la tierra han contempladola victoria de nuestro Dios

Santo Evangelio según san Juan (1,19-28):

Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo: «No lo soy.»

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió: «No.»

Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

Compartimos:

Puede resultar curioso que, después de escuchar repetidamente que somos hijos, con la enorme dignidad que eso conlleva, ahora nos unamos de corazón a Juan para decir, como decimos antes de todas las comuniones: “No soy digno”. Pero ambas cosas son verdad: por ser hijos de Dios, tenemos una enorme dignidad. Pero como el mérito no es nuestro, sino que todo es concedido, no somos dignos, o más bien no somo merecedores de nada.


Juan reconoce este hecho bien. El mayor de los profetas, el Precursor del Mesías solo se confiesa como “voz que grita en el desierto”. La voz del desierto que acabamos de escuchar en muchas de las primeras lecturas de las Eucaristías de Adviento. Esa es una voz valiosa y digna: anuncia la venida; proclama los cambios que hay que hacer para que la venida se realice según el plan de Dios (preparad los caminos; enderezad lo torcido…), denuncia el mal; consuela y desafía. El que no es digno de desatar la sandalia, recibe el enorme encargo de ser voz. Es decir, todos nosotros, que hemos sido adoptados por Dios, no somos merecedores siquiera de estar cerca, ni siquiera a la altura de su sandalia. Y sin embargo estamos llamados, estamos obligados a ser voz.


“Clamar en el desierto”, por razones de puntuación, se ha entendido algunas veces como predicar en vacío. Algo que pareciera inútil.  Pero quizá mejor transcrito se trate de:” Voz que clama: ´en el desierto, preparad el camino´”. Así, pasa de ser una ocupación inútil y desesperanzada a ser una tarea desafiante, pero esperanzadora: en el desierto de sentido y de valores en que vivimos; en el desierto de la ausencia de Dios de nuestra secularizada sociedad, preparad el camino. Preparar el camino significará entonces vivir de una manera que puede ser un poco “a contrapelo”; dar un testimonio de otra manera de vivir; mantener una verdad y unos valores contra las corrientes absurdas e injustas de nuestro mundo. No somos dignos; pero esta es nuestra gran dignidad. Los hijos de Dios vivimos (o debemos vivir) de otro modo. Incluso en el desierto.

miércoles, 1 de enero de 2025

Santa María, Madre de Dios

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números (6,22-27):

EL Señor habló a Moisés:

«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:

“El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor te muestre tu rostro

y te conceda la paz”.

Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios

Salmo 66 R/. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (4,4-7):

Hermanos:

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (2,16-21):

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

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En el mundo hispano, como lo era antes en la mayoría del mundo católico español y europeo, existe la costumbre de que los padres den la bendición a sus hijos antes de salir de casa, antes de emprender algún trabajo, o al final del día. Algunos esposos también se la dan mutuamente al empezar el día. Bendición es hablar bien, dar una buena palabra, invocar la protección de Dios sobre el día. Es pedir que el rostro de Dios, es decir, la gloria de Dios, brille sobre nosotros en toda la vida. Esa bendición acarrea la paz.


Es la misma bendición que envía el Espíritu de Dios sobre nosotros, de manera que somos hijos de Dios. Y si hijos, herederos de la gloria, de toda esa bendición de la luz del rostro de Dios. Los pastores marcharon anunciando el mensaje de gloria que habían oído.


Una consecuencia lógica es que, si somos hijos de Dios, somos también hijos de María, la que guarda todas estas cosas en su corazón, la que es puerta de la salvación, de la paz, y de la adopción como hijos. En tiempos antiguos, la adopción significaba un vínculo legal importantísimo, que podía suponer incluso la primacía en derechos del hijo adoptado. El ser hijos adoptivos nos da, pues, no solo derechos sino una vocación ineludible a anunciar al Padre y a comportarnos como hijos en el Hijo. El ser hijos obliga a ser hermanos, lo cual equivale a un compromiso de paz. Los hermanos andan en paz y buscan la paz.


Hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz y, si miramos alrededor, quizá veamos mucha más guerra que paz. Vemos violencia armada, violencia familiar, violencias incluso dentro de nosotros mismos. A nivel cotidiano, quizá veamos los muchos momentos en que las pequeñas irritaciones equivalen a tentaciones de violencia de pensamiento y de palabras. Pueden llevar a breves o largos enojos. Podrían, eventualmente, conducir a la ruptura. Ser hijos de Dios, hijos de María, la Madre de Dios, significa pedir su suave protección, su palabra, para hacer la paz tanto en momentos pequeños como grandes. Significa ser bendición unos para otros: pasar la buena palabra, la buena dicción de la gloria de Dios, que reconoce y alaba. Significa implorar la protección de Dios sobre todos.