lunes, 5 de agosto de 2024

Lunes de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario. La Dedicación de la Basílica de Santa María

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (28,1-17):

Al principio del reinado de Sedecías en Judá, el mes quinto, Ananías, hijo de Azur, profeta natural de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de toda la gente: «Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: «Rompo el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar todo el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, cogió y se llevó a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos desterrados en Babilonia yo los haré volver a este lugar –oráculo del Señor–, porque romperé el yugo del rey de Babilonia.»»

El profeta Jeremías respondió al profeta Ananías, en presencia de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo; el profeta Jeremías dijo: «Amén, así lo haga el Señor. Que el Señor cumpla tu profecía, trayendo de Babilonia a este lugar todo el ajuar del templo y a todos los desterrados. Pero escucha lo que yo te digo a ti y a todo el pueblo: «Los profetas que nos precedieron, a ti y a mi, desde tiempo inmemorial, profetizaron guerras, calamidades y epidemias a muchos países y a reinos dilatados. Cuando un profeta predecía prosperidad, sólo al cumplirse su profecía era reconocido como profeta enviado realmente por el Señor.»»

Entonces Ananías le quitó el yugo del cuello al profeta Jeremías y lo rompió, diciendo en presencia de todo el pueblo: «Así dice el Señor: «Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años.»»

El profeta Jeremías se marchó por su camino. Después que el profeta Ananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, vino la palabra del Señor a Jeremías: «Ve y dile a Ananías: «Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo haré un yugo de hierro. Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia; y se le someterán, y hasta las bestias del campo le entregaré.»»

El profeta Jeremías dijo a Ananías profeta: «Escúchame, Ananías; el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por eso, así dice el Señor: «Mira: yo te echaré de la superficie de la tierra; este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor.»»

Y el profeta Ananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios

Salmo 118R/. Instrúyeme, Señor, en tus leyes

Santo Evangelio según san Mateo (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.

Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»

Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»

Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»

Les dijo: «Traédmelos.»

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor

Compartimos:

Jesús podía pedir un salto triple mortal a sus seguidores con la misma naturalidad con que les pide hoy que den de comer a una multitud ingente con únicamente cinco panes y dos peces. Ellos avisan de que no tienen dinero, no pueden ir a comprar, no tienen con qué dar de comer. Es decir, lo imposible de lo imposible de lo más imposible. Más difícil todavía. Echad las redes al otro lado, ven a mi caminando por el agua, Talitha Kum, Lázaro, sal fuera… Todo de lo más natural, vaya. No deja de extrañar, pero los discípulos ya deberían estar acostumbrados a este tipo de pronunciamientos.  Porque, según lo dice Jesús, así ocurre.


Y Jesús no admite excusas. No las admite, porque él sabe que sí es posible. Ordena que se sienten. Para Dios nada hay imposible. Eso sí, requiere el asentimiento, la cooperación y la entrega de sus seguidores, con una fe casi ciega. Como en la historia de la viuda en el pasaje de Eliseo, que apenas tenía un poco de harina y un poco de aceite… Pero ella y su hijo vivieron todo el año… Él sabe que es posible. Lo sabe, porque sabe de dónde viene todo… lo poco y lo mucho. Y todo eso es gracia. Solo toca no aferrarse a lo poco que se tiene, porque ni eso es nuestro. Entregar todo, en la seguridad de que se multiplica…. ¡y hasta sobra! Dadle vosotros de comer es una invitación a unirse de tal manera a la Eucaristía, que toda acción es una entrega de Cristo. Para dar el pan, bendice, parte y reparte. Como bendice, parte y reparte el pan de la Última Cena.


“Somos lo que comemos”, se dice. Y una cita atribuida a san Agustín afirma esta verdad de una manera mucho más profunda y estremecedora. Al dar la Comunión, se decía: “He aquí lo que eres. Conviértete en lo que recibes”. Es decir que, después de todo, no se pide nada extraordinario. Recibe esto, el Cuerpo de Cristo, la gracia de Cristo, el alimento de Cristo. Conviértete en ello para “darles de comer”. Jesús bendice, parte y reparte lo que se le acaba de entregar, que es el pobre y escaso pan que tenemos y somos, para darlo al mundo en abundancia. Multiplica esa pequeña acción, en lo eterno de Cuerpo. ¡Y sobra!

sábado, 3 de agosto de 2024

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo (16,2-4.12-15):

En aquellos días, en el desierto, comenzaron todos a murmurar contra Moisés y Aarón, y les decían: «¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allí nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos hasta hartarnos; pero vosotros nos habéis traído al desierto para matarnos a todos de hambre.»

Entonces el Señor dijo a Moisés: «Voy a hacer que os llueva comida del cielo. La gente saldrá a diario a recoger únicamente lo necesario para el día. Quiero ver quién obedece mis instrucciones y quién no.»

Y el Señor se dirigió a Moisés y le dijo: «He oído murmurar a los israelitas. Habla con ellos y diles: «Al atardecer comeréis carne, y por la mañana comeréis hasta quedar satisfechos. Así sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios.»»

Aquella misma tarde llegaron codornices, las cuales llenaron el campamento; y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Después que el rocío se hubo evaporado, algo muy fino, parecido a la escarcha, quedó sobre la superficie del desierto.

Los israelitas, no sabiendo qué era aquello, al verlo se decían unos a otros: «¿Y esto qué es?»

Moisés les dijo: «Éste es el pan que el Señor os da como alimento.»

Palabra de Dios

Salmo 77 R/. El Señor les dio un trigo celeste

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,17.20-24):

En el nombre del Señor os digo y encargo que no viváis más como los paganos, que viven de acuerdo con sus vanos pensamientos. Pero vosotros no conocisteis a Cristo para vivir de ese modo, si es que realmente oísteis acerca de él; esto es, si de Jesús aprendisteis en qué consiste la verdad. En cuanto a vuestra antigua manera de vivir, despojaos de vuestra vieja naturaleza, que está corrompida por los malos deseos engañosos. Debéis renovaros en vuestra mente y en vuestro espíritu, y revestiros de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se manifiesta en una vida recta y pura, fundada en la verdad.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan (6,24-35):

En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún.

Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les dijo: «Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.»

Le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?»

Jesús les contestó: «La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado.»

«¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: «Dios les dio a comer pan del cielo.»»

Jesús les contestó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»

Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan.»

Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Este regalo de Dios aparece después de que el pueblo comience a protestar. Suele pasar. Después de la alegría de la liberación, del abandono de la esclavitud, llega el tiempo de la meseta, del día a día. Y surge la nostalgia por la vida anterior. Es un proceso que se puede dar también en la vida espiritual. Los “convertidos” viven los primeros momentos de la fe con alegría y paz. Es el tiempo de la serenidad, de la novedad. Se dejan atrás los vicios, se abandona la esclavitud del pecado y todo se ve de color de rosa. Pero… Llega la rutina, y se empieza a pensar en lo bien que vivíamos antes, sin tener que ir a Misa, sin rezar, sin ser “bueno”… No era una vida, quizá, de la que estar orgullosos, pero tenía sus satisfacciones.


Nosotros también, a menudo, protestamos, porque las cosas no van como a nosotros nos gustaría. Nos olvidamos de que la Providencia de Dios sigue pendiente de todo. A Israel había que educarlo, porque eran un pueblo de dura cerviz. Sin embargo, para nosotros está claro el don de Dios (Jn 4, 10), la gracia que Cristo nos consiguió al morir por nosotros.


Con el envío del maná, Dios demostró que se (pre)ocupaba de su pueblo. Siempre. En los momentos de cansancio, de desierto, recordemos esos instantes en los que sentimos la ayuda, la presencia del Señor en nuestras vidas. Sin nostalgias del pasado, porque como esclavos se vive peor.


Lo recuerda Pablo al comienzo de la segunda lectura: “os digo que no andéis ya más como los paganos, que viven de acuerdo con sus vanos pensamientos”. Se ve que eso de ser “un hombre nuevo” costaba también en los tiempos del Apóstol de los gentiles. Para morir del todo al hombre viejo hay que haber encontrado la perla fina y el tesoro escondido (Mt 14, 44-46). Nosotros, que nos hemos encontrado con Cristo, nuestro tesoro, debemos recordar a menudo por qué hemos decidido vivir de otra manera, con Cristo, como seguidores de Cristo. Él es el Pan de Vida, el que nos colma y sacia nuestra hambre. Por Él merece la pena esforzarse en vivir como Dios quiere. La fe en Jesús nos hace optar por un estilo de vida y unos valores muy concretos y, al mismo tiempo, nos hace renunciar a maneras de vivir distintas a la que Jesús nos propone, a actitudes contrarias al evangelio. La fe en Jesús nos pide y nos exige un testimonio de vida, un testimonio que esté a la altura del mundo en el que vivimos y de las necesidades que hay en él.


Los contemporáneos de Jesús siguen buscándole. “Por el interés te quiero, Andrés”, seguramente. Son las cosas de haber comido en abundancia. El comentario de Jesús es muy adecuado: “me buscáis porque habéis comido hasta hartaros”. Cristo sabe que no siempre nos atrae el aroma de Dios, sino que nos entusiasma el aroma del pan recién hecho, como les pasaba a los judíos. Si supiéramos lo que nos conviene, nuestra petición debería ser no “Señor, tenemos hambre”, sino “Señor, ayúdanos, porque tenemos hambre de ti”.


Quizá es que en nuestro corazón hay mucho ruido, mucha mundanidad, y no nos hace falta buscar a Dios. Y tendríamos que buscarlo permanentemente, como María y José lo buscaron en Jerusalén, como la mujer de la parábola buscó la moneda perdida, el pastor la oveja perdida o como la Magdalena busco al Señor en el sepulcro. La pregunta es, entonces, si busco a Dios. ¿Cómo le busco? ¿Con la curiosidad de Herodes? ¿O no le busco, porque no me responde como yo quiero? Lo dice muy bien santa Teresa de Jesús: debemos buscar, no los dones del Señor, sino buscar al Señor de los dones. Con determinada determinación.


Para buscar a Jesús, tenemos que alimentarnos del Pan de Vida eterna. Se puede hacer de diversas maneras, pero hay dos momentos especiales. El primero es el Pan de la Palabra de Dios. Que el contacto con el Evangelio sea algo habitual; dejar que nos impregne el corazón y la vida, para encarnarlo a lo largo del día.


El otro momento es alimentarnos del Pan de la Eucaristía, comulgando con Jesús. Eso significa entrar en comunión con Él, vivir un estilo de vida que nace de una relación profunda con Jesús, como seguidores suyos. Todo eso, para pensar, sentir amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús. Que sepamos aprovecharlo, que nos alimentemos de él. Que no busquemos a Dios por el interés, como aquella multitud, sino para que sacie, de una vez por todas, nuestra “hambre” y nuestra “sed”. “Señor, danos siempre de este Pan”.


Sería hoy, pues, un buen momento además para recordar que, cada día, es necesario dar gracias a Dios por el alimento, porque es un don de Dios, y bendecirlo, para que, hagamos lo que hagamos, comamos o bebamos, todo sea para mayor gloria de Él (1 Cor 10, 31).

Sábado de la XVII Semana del Tiempo Ordinario. Santa María en sábado

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,11-16.24):

En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo: «Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.»

Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo: «El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído. Pero, ahora, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros. Yo, por mi parte, estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca. Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes. Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras.»

Los príncipes del pueblo dijeron a los sacerdotes y profetas: «Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios.»

Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo.

Palabra de Dios

Salmo 68 R/. Escúchame, Señor, el día de tu favor

Santo evangelio según san Mateo (14,1-12):

En aquel tiempo oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús, y dijo a sus ayudantes: «Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los Poderes actúan en él.»

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado por motivo de Herodías, mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.»

El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús.

Palabra del Señor

Compartimos:

Jeremías es la prefiguración perfecta de Jesús: fue enviado al pueblo de Israel para reconducirlo a una vida según la alianza, pero los dirigente de este pueblo, especialmente los sacerdotes y los pseudoprofetas, no quisieron oír tal llamada; el pueblo mismo se sentía cómodo en su estado de infidelidad y, con algunas excepciones, estaba dispuesto a acabar con el profeta que lo incomodase. Reconocía la autoridad y la eficacia de su palabra, hasta el punto de que, en su mezcla de fe y superstición, pensaba que, si acallaba al profeta, no se cumplirían las desgracias que estaba prediciendo. Jeremías, por su parte, se sabe inocente, obediente a Yahvé, y dispuesto a morir a manos de estos opositores; porque tiene la plena convicción de que su vida está en las manos de quien le ha enviado (“a ti he encomendado mi causa”: Jr 20,12), el cual no le abandonará. Reviste casi todas las características de Jesús.


Por su parte, el Bautista tomó con el mismo empeño la fidelidad de su pueblo a los mandatos del Señor, y no se encogió ni siquiera ante el adulterio cuasiincestuoso del reyezuelo de Galilea, al que, al parecer, los romanos no habían privado del ius gladii. El Bautista fue coherente (“profeta y más que profeta”: Mt 11,9); arriesgó, fue apresado y, finalmente, decapitado. Seguramente había rezado más de una vez el salmo 63,4, “tu amor vale más que la vida”, confesión que acabó reafirmado con hechos. El Bautista se adelantó a los enviados de Jesús a quienes el maestro daría la consigna de “no temer a los que matan el cuerpo pero no pueden hacer más” (Lc 12,4 // Mt 10,28); y también a aquellos testigos de Apocalipsis 12,11, que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte”.


Contrasta la valiente coherencia del Bautista con la cobardía de Herodes Antipas. Este sabía que Juan era “un hombre justo y santo” (Mc 6,20), pero, en lugar de respetar esa justicia, optó por que “continuase la fiesta”, complaciendo los deseos criminales de una madre y una hija sin escrúpulos.


También en esto se anticipa lo que sucederá con Jesús. El gobernador romano no encontrará en él culpa alguna, ni las autoridades judías son capaces de responder a la pregunta “¿qué mal ha hecho?” (Mt 27,23). Pero Pilatos no se atiene a lo que sería justo, sino a librarse a sí mismo de problemas con el sanedrín; y, cínicamente, se lava las manos.


El caso de Jeremías a manos de su pueblo, del Bautista a manos de Antipas, de Jesús a manos de Pilatos, son paradigmáticos, casi la narración de lo que sucede cada día: opción arriesgada de unos por la causa de Dios, resistencia cómoda de otros a reorientar la propia vida si la fe lo exige, opción por las soluciones más placenteras aunque sean injustas, generosidad de quienes, fieles hasta el final, se lo juegan todo. Sepamos admirar a quienes se lo merecen y examinemos la propia actitud vital. Está el mundo lleno de justos perseguidos, de cobardes que no se arriesgan a gritar, de comodones que prefieren no complicarse la vida, de maestros en heroísmo, libertad personal y entrega sin límites.

viernes, 2 de agosto de 2024

Viernes de la XVII Semana del Tiempo Ordinario. Beata Juana de aza, madre de Santo Domingo de Guzmán

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):

Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»

Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»

Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Palabra de Dios

Salmo 68 R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

 Santo Evangelio según san Mateo (13,54-58):

En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.

Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor

Compartimos:

“Hay palabras que hieren y no se deben decir”; la canción lo dice en sentido positivo, muy humano: es la herida causada por el amor a alguien cuya ausencia nos va a doler; no quisiéramos que tuviera que decirnos adiós. El caso de Jeremías y de Jesús es otro: hay palabras que reprenden, que causan escozor, que pretenden sacarnos de la “modorra espiritual” (M. de Unamuno); y a veces originan rechazo, incluso violento. El caso es muy antiguo; el adorable Sócrates, que no hizo sino llamar a la juventud ateniense a la virtud, la justicia y la honradez, fue acusado de corruptor, llevado a juicio, condenado y ejecutado (autoejecución serena, con una entereza que sigue causando asombro).


En realidad no sabemos qué predicó Jesús en su pueblo. El tercer evangelista (Lc 4,18s) intentó llenar tal vació con un texto de Isaías 61,1s sobre la llegada de los tiempos mesiánicos en los que se ofrece la inconmensurable bondad y misericordia de Yahvé; y también este evangelista presenta a los oyentes descalificando al mensajero, “extrañados de que solo pronunciase las palabras de gracia” (Lc 4,22). La palabra de Jesús, como antaño la de Jeremías, resultó hiriente y se intentó acallarla; no cuadraba con la mentalidad de la mayoría.


Curiosa religiosidad la del auditorio de Jeremías, que parece tener en máximo aprecio al templo pero no quieren atender a la Palabra del Dios venerado en ese mismo templo. Jeremías fue confinado en lo hondo de una cisterna, y Jesús fue sencillamente desautorizado por su origen familiar y su condición de aldeano de Galilea, y a punto estuvo de ser despeñado (Lc 4,29). Jeremías es un claro predecesor de Jesús en su crítica al templo. Uno y otro vituperaban el absurdo de entretenerse en unas acciones cultuales rutinarias sin buscar y amar la voluntad de Dios, la vida según la alianza. Jeremía criticaba a los que reducían su religiosidad a decir “templo de Yahvé, templo de Yahvé” (Jr 7,4) y Jesús a quienes se conformaban con decir “Señor, Señor” (Mt 7,21). Ambos se indignaban ante palabras religiosas huecas.


Existe una escucha vulnerable y una escucha blindada, la de quien, literalmente, se deja herir (lat. vulnus = herida), afectar, y la de quién de antemano se pone una dura coraza, un espiritual chaleco antibalas que no habrá invectiva que lo penetre. Es el de quien “ya se las sabe todas”, quien “tiene la respuesta” o el pretexto, quien “ya está de vuelta”. Tal vez las palabras de Jesús en la sinagoga eran irrefutables, estaban arraigadas en pasajes bien conocidos del AT, y supuestamente aceptados; pero resultaban incómodas, hirientes, en aquel momento y hubo que adoptar otro recurso: descalificar a quien las pronunciaba. Pudo hacerse recurriendo a su origen familiar, a su oficio,… Para protegerse del escozor que la Palabra pueda producir, todo medio suele parecer válido.


Una vez más Jeremías y Jesús frente a sus oyentes blindados se convierten en símbolo de lo que nos puede suceder en tantos momentos. La pregunta para nosotros es evidente; y no nos engañemos con respuestas a medias: “eso está bien, es una buena llamada, pero quizá para después…”; por ahora “no es posible”, “no es mi momento”. Ojalá la Palabra nos hiera habitualmente, y nos dejemos herir, vulnerar.

jueves, 1 de agosto de 2024

Beata Juana de Aza

La beata Juana de Aza fue la madre de santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Proveniente de una familia noble, ella y su familia se llegaron a caracterizar por la ejemplaridad de sus virtudes y profunda vida cristiana.

Síntesis biográfica

  Juana nació en la villa de Aza hacia el año 1140. Heredó de su familia el señorío de Caleruega tras contraer matrimonio con Félix de Guzmán. Fruto de ese matrimonio nacieron tres hijos: Antonio (venerable), Manés (beato) y Domingo (santo y fundador de la Orden de Predicadores). De ella se afirma en la obra Vida de santo Domingo de 1272 que era una mujer «honesta, casta, intachable, prudente y muy compasiva con los pobres y afligidos, brillando por su virtud y buena fama».

  Los hijos de Félix y Juana fueron educados en las virtudes de su madre. Todos los días las puertas del Torreón de los Guzmanes se abrían para repartir alivios y afectos a los pobres, transeúntes y peregrinos. Las vocaciones de sus hijos nacieron de la educación cristiana y vida ejemplar que les fue brindada en su hogar.

  La especial devoción de Juana de Aza por el monasterio benedictino de Silos y su santo fundador Domingo, es el origen del nombre de su hijo menor. Tras su muerte entre los años 1202 y 1205, se desarrolló una especial devoción hacia esta santa mujer en todas las localidades cercanas. El pueblo admira y recuerda sus virtudes de compasión, misericordia y generosidad con los más necesitados.

¿Qué nos dice hoy?

  Juana de Aza y su familia nos recuerdan el valor del amor, la educación y la convivencia familiar. La familia ocupa un lugar esencial e insustituible en la sociedad. El testimonio de vida de los Guzmanes nos ayuda discernir cuáles son aquellos valores esenciales que, a pesar de las transformaciones culturales, siempre desempeñarán un valor importante en la vida de las personas.

El grito de Venezuela, por su libertad

"La voluntad democrática del pueblo de Venezuela debe ser respetada con la presentación de las actas de todas las mesas electorales para garantizar resultados plenamente verificables", ha exigido Albares en un mensaje en la red social X (antes Twitter), en la que ha pedido además que "se mantenga la calma y el civismo con los que transcurrió la jornada electoral".

Los Venezolanos ya están cansados de vivir en tanta corrupción y cueste lo que cueste están decididos a llegar hasta el final, por ello pedimos oraciones para que todo pueda transcurrir sin muertes y lleguen a la libertad deseada.

En una entrevista en la Ser recogida por EFE el titular de Exteriores ha destacado que los venezolanos han votado de forma democrática y muy mayoritaria y ha subrayado que "la clave es esa publicación de los datos mesa por mesa para que puedan ser verificables".

Para Mons. Argüello se dan situaciones de hambre, de “quiebra de un estado, de una sociedad organizada” y situaciones de “lucha por la supervivencia”. Ha denunciado que no funciona el sistema educativo, con muchachos de todas las edades por las calles. Ha recordado que ya se ha perdido el curso pasado y el actual con lo que “puede perderse la formación de toda una generación”.

Pedimos unión de oraciones para que estos hermanos nuestros, encuentren la libertad de un pueblo oprimido y engañado por tantos intereses de naciones interesadas de los bienes de Venezuela.

MM. Dominicas de Torrredonjimeno

Oración de nuestros hermanos de Venezuela

Jesucristo, Señor Nuestro,

acudimos a ti en esta hora de tantas necesidades

en nuestra patria.

Nos sentimos inquietos y esperanzados,

y pedimos la fortaleza como don precioso de tu Espíritu.

Anhelamos ser un pueblo identificado con el respeto a la dignidad humana,

la libertad, la justicia y el compromiso por el bien común.

Como hijos de Dios,

danos la capacidad de construir la convivencia fraterna,

amando a todos sin excluir a nadie,

solidarizándonos con los pobres

y trabajando por la reconciliación y la paz.

Concédenos la sabiduría del diálogo y el encuentro,

para que juntos construyamos la civilización del amor

a través de una real participación y la solidaridad fraterna.

Tú nos convocas como nación y te decimos:

Aquí estamos Señor, junto a nuestra Madre,

María de Coromoto, para seguir

el camino emprendido y testimoniar la fe de un pueblo

que se une a una nueva esperanza.

Por eso todos juntos decimos: ¡Venezuela!

¡Vive y camina con Jesucristo, Señor de la historia!

Amén

Jueves de la XVII Semana del Tiempo Ordinario. San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,1-6):

Palabra del Señor que recibió Jeremías: «Levántate y baja al taller del alfarero, y allí te comunicaré mi palabra.»

Bajé al taller del alfarero, que estaba trabajando en el torno. A veces, le salía mal una vasija de barro que estaba haciendo, y volvía a hacer otra vasija, según le parecía al alfarero.

Entonces me vino la palabra del Señor: «¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero? –oráculo del Señor–. Mirad: como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel.»

Palabra de Dios

Salmo 145 R/. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob

 Santo Evangelio según san Mateo (13,47-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos les contestaron: «Sí.»

Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor

Compartimos:

Con términos parecidos a los de hace un par de días, el primer evangelista nos presenta hoy el juicio final, que describe como la separación definitiva entre lo bueno y lo malo. No conocemos todos los pormenores del pensamiento de este autor; pero, si consideramos que ya no cuenta con una vuelta del Señor y un fin del mundo inminentes, quizá debamos aceptar que entiende el juicio final con características distintas a las de la apocalíptica judía, como enseñarán muchos siglos después los maestros de la desmitologización. Cuando la palabra de Dios llegue al hombre con fuerza y este se deje afectar y juzgar por ella, se dará en él una separación de lo bueno y lo malo, de lo valioso y lo rechazable. Si opta responsablemente por lo primero, distanciándose de lo segundo, se dará en él un “fin del mundo”, el paso del antes al después, dejando atrás lo inauténtico y deleznable, lo deshumanizador y destructivo, e introduciéndose en “el cesto” de la salvación. Lenguaje mítico el del juicio final, tal como lo entendía la apocalíptica judía de la época, pero lenguaje de una gran profundidad antropológica y religiosa, y de fuerza interpelante: llamada a que nazca el hombre nuevo, según el proyecto de Dios, arrojando al mar lo no válido.


La visión profética de Jeremías puede ser leída en la misma clave. A veces tenemos la impresión de que al divino alfarero la vasija se le escapa de las manos; “mira que es desdecirte dejar tanta hermosura en tanta guerra”, cantamos en un himno litúrgico. Lo destinado a ser obra hermosa y noble puede deformarse y necesitar nuevamente el poder y destreza de las manos del creador, recuperar el proyecto originario: que Dios vuelva a amasar nuestro barro y reparar las grietas, bultos y raspones: “toma mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo”, hemos cantado también.


Naturalmente, aquí surge la pregunta por nuestra disponibilidad, por nuestra gana o desgana, nuestros deseos de crecimiento y progreso o nuestros posibles conformismos enfermizos. Corre por ahí una curiosa letanía para instalados, que aparentemente es una llamada a la sensatez y la mesura: “tan mal no estamos”, “tampoco hay que exagerar”, “ni calvo ni tres pelucas”, “los hay peores”… Es la expresión de quien no quiere dar pasos, de quien teme cualquier movimiento en los palos de su sombrajo, aunque sea para enderezarlo; se cantaba también hace pocas décadas, con un escepticismo y desenfado rayanos en el cinismo: “déjame en paz, que no me quiero salvar” (Víctor Manuel).


Lo de Jesús es consuelo y alivio, gozo de quien ha encontrado la piedra preciosa. Pero justamente por tener ese gran valor no puede tomarse a broma, no es para jugar con ello. Cuantas veces lo cristiano se manche o tuerza en nosotros, requiere una intervención recreadora que le devuelva su originaria belleza.