martes, 4 de enero de 2022

4 de Enero. Feria de Navidad

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,7-10):

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.

Palabra de Dios

Salmo 97R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Santo Evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

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¿Fue para Juan el Bautista perder a sus discípulos a favor de Jesús? En realidad, no lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es esto: que Juan sabía perfectamente que él era sólo un precursor, y que Cristo era el protagonista; que su papel era preparar el camino para el Señor, dirigir a la gente hacia Cristo, y retirarse él mismo a los márgenes. Desempeñó su papel a la perfección; y por la falta de pruebas que demuestren lo contrario, parece que también lo disfrutó.

Una vez me encontré con un joven maravilloso en el que percibí semillas de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. Le pedí a su madre, una católica practicante, que animara al joven a considerar esas vocaciones. Pero ella dijo: "Oh, no, Padre. Quiero tener nietos". Si eres padre o madre, ¿estás dispuesto a entregar tus hijos a Cristo? Si eres sacerdote o religioso, ¿en qué medida te resulta agradable o doloroso trabajar al margen dejando que Cristo ocupe el centro del escenario? Si eres un joven, ¿hasta qué punto estás dispuesto a dejar que Cristo reclame tu vida?

lunes, 3 de enero de 2022

Oración para un año nuevo

 Señor,que seamos felices, en este universo nuestro:

 él nos da vida, sustenta y rige.


Que seamos felices, Señor, con el perdón y la caridad.


Tú el más poderoso para desterrar los odios y amarguras,

Tú el más perfecto para enseñarnos a  vivir en amor y en armonía

Tú el más bondadoso para establecer entre nosotros la paz.


Que seamos felices, Señor, con tu palabra:

sin ella no hay humanidad, ni solidaridad, ni igualdad.


Que seamos felices, Señor, con el amor:

es la única luz necesaria para alumbrar días y noches,

para llenar nuestros hogares de afecto y dicha,

para llenar lo que nos rodea de alegría y entendimiento.


Que seamos felices, Señor,

en este nuevo año.


Tú que estás presente entre nosotros

porque eres el Amor bendito,

rodéanos con tu Espíritu,

danos tus bendiciones Padre amado,

y concédenos que se hagan realidad nuestros sueños,

proporciónanos con tu infinita caridad y misericordia

lo que tanto anhelamos y ansiamos:


Danos, Padre Justo y Bueno,

lo que necesitamos para mejorar nuestras vidas,

para que las desdichas y pobrezas nos abandonen

y podamos conseguir la felicidad.

3 de Enero. Feria de Navidad

Lectura de la primera carta de Juan (2,29;3,1-6):

Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Palabra de Dios

Salmo 97 R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

Santo Evangelio según san Juan (1,29-34):

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor

Compartimos:

El nombre es importante. En las tradiciones bíblicas, encontramos a los padres eligiendo cuidadosamente los nombres para sus hijos. María recibió instrucciones de llamar Jesús a su hijo. Zacarías llamó a su hijo Juan, siguiendo instrucciones. Jesús rebautizó a Simón. Cada nombre conlleva un significado y una importancia. Tal vez podamos crecer en el significado completo de nuestros nombres.

Hoy celebramos el 'Santo Nombre de Jesús'. Su nombre proviene del nombre hebreo Yeshua, que significa 'liberar', 'rescatar'. Eso es lo que era: El Evangelio de hoy nos dice que declaró abierto el Reino de Dios y que iba por ahí liberando a la gente de sus enfermedades físicas y espirituales. Juan nos dice que Dios quiere "que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo". Entonces, ¿qué hay en un nombre? ¡Más de lo que podemos imaginar! ¡Bienaventurados son aquellos cuyos nombres han sido elegidos con sentido y oración! Y ¡bienaventurado el que cree en el nombre del Hijo!

domingo, 2 de enero de 2022

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de hoy nos ofrece una hermosa frase, que siempre rezamos a la hora del Ángelus y que por sí sola nos revela el sentido de la Navidad: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Estas palabras, si lo pensamos, contienen una paradoja. Ponen juntas dos realidades opuestas: el Verbo y la carne. “Verbo” indica que Jesús es la Palabra eterna del Padre, Padre infinita, que existe desde siempre, antes de todas las cosas creadas; “carne”, en cambio, indica precisamente nuestra realidad, realidad creada, frágil, limitada, mortal. Antes de Jesús eran dos mundos separados: el Cielo opuesto a la tierra, lo infinito opuesto a lo finito, el espíritu opuesto a la materia. Y hay otra oposición en el Prólogo del Evangelio de Juan, otro binomio: luz y tinieblas (cf. v. 5). Jesús es la luz de Dios que ha entrado en las tinieblas del mundo. Luz y tinieblas. Dios es luz: en Él no hay opacidad; en nosotros, en cambio, hay muchas oscuridades. Ahora, con Jesús, se encuentran la Luz y las tinieblas: la santidad y la culpa, la gracia y el pecado. Jesús, la encarnación de Jesús es precisamente el lugar del encuentro, del encuentro entre Dios y los hombres, el encuentro entre la gracia y el pecado.

¿Qué quiere anunciar el Evangelio con estas polaridades? Una cosa espléndida: el modo de actuar de Dios. Ante nuestra fragilidad, el Señor no retrocede. No permanece en su beata eternidad y en su luz infinita, sino que se hace cercano, se hace carne, desciende a las tinieblas, habita tierras extrañas a Él. ¿Y por qué Dios hace esto? ¿Por qué desciende entre nosotros? Lo hace porque no se resigna a que podamos extraviarnos yendo lejos de Él, lejos de la eternidad, lejos de la luz. He aquí la obra de Dios: venir entre nosotros. Si nosotros nos consideramos indignos, esto no lo detiene. Él viene. Si lo rechazamos, no se cansa de buscarnos. Si no estamos preparados y bien dispuestos para recibirlo, prefiere venir de todos modos. Y si nosotros le cerramos la puerta en la cara, Él espera. Es precisamente el Buen Pastor. ¿Y la imagen más bella del Buen Pastor? El Verbo que se hace carne para compartir nuestra vida. Jesús es el Buen Pastor que viene a buscarnos allí donde nosotros estamos: en nuestros problemas, en nuestra miseria… Ahí viene Él.

Queridos hermanos y hermanas, a menudo nos mantenemos a distancia de Dios porque pensamos que no somos dignos de Él por otros motivos. Y es verdad. Pero la Navidad nos invita a ver las cosas desde su punto de vista. Dios desea encarnarse. Si tu corazón te parece demasiado contaminado por el mal, te parece desordenado, por favor no te cierres, no tengas miedo. Él viene. Piensa en el establo de Belén. Jesús nació allí, en esa pobreza, para decirte que ciertamente no teme visitar tu corazón, habitar en una vida desaliñada. Ésta es la palabra: habitar. Habitar es el verbo que utiliza hoy el Evangelio para significar esta realidad: expresa un compartir total, una gran intimidad. Y esto es lo que Dios quiere: quiere habitar con nosotros, quiere habitar en nosotros, no permanecer lejos.

Y me pregunto, a mí, a ustedes y a todos: nosotros, ¿queremos hacerle espacio? Con palabras, sí; nadie dirá: “¡Yo no!”; sí. ¿Pero concretamente? Tal vez haya aspectos de la vida que guardamos para nosotros, exclusivos, o lugares interiores en los cuales tenemos miedo que entre el Evangelio, donde no queremos poner a Dios en medio. Hoy los invito a la concreción. ¿Cuáles son las cosas interiores que yo creo que a Dios no le gustan? ¿Cuál es el espacio que considero sólo para mí y al que no quiero que Dios venga?  Cada uno de nosotros sea concreto, y respondamos a esto. “Sí, sí, yo querría que Jesús viniera, pero esto, que esto no lo toque; y esto, no, y esto…”. Cada uno tiene su propio pecado, llamémoslo por su nombre. Y Él no se asusta de nuestros pecados: ha venido para curarnos. Al menos, hagámoselo ver, que Él vea el pecado. Seamos valientes, digamos: “Señor, yo estoy en esta situación, no quiero cambiar. Pero tú, por favor, no te alejes demasiado”. Bella oración, esta. Seamos sinceros hoy.

En estos días navideños nos hará bien acoger al Señor precisamente allí. ¿Cómo? Por ejemplo, deteniéndose ante el pesebre, porque muestra a Jesús que viene a habitar toda nuestra vida concreta, ordinaria, donde no va todo bien, donde hay muchos problemas ― algunos son culpa nuestra, otros, culpa de los demás―, y Jesús viene. Vemos a los pastores que trabajan duramente, a Herodes que amenaza a los inocentes, una gran pobreza... Pero en medio de todo esto, en medio de tantos problemas ―y también en medio de nuestros problemas― está Dios, está Dios que quiere habitar con nosotros. Y espera que le presentemos nuestras situaciones, lo que vivimos. Entonces, ante el pesebre, hablemos con Jesús de nuestras vicisitudes concretas. Invitémoslo oficialmente a nuestra vida, sobre todo a las zonas oscuras: “Mira, Señor, que allí no hay luz, allí la electricidad no llega, pero por favor no toques, porque no quiero dejar esta situación”. Hablar con claridad, concretamente. Las zonas oscuras, nuestros “establos interiores”: cada uno los tiene. Y también contémosle sin miedo los problemas sociales, los problemas eclesiales de nuestro tiempo, los problemas personales, también los peores: Dios ama habitar en nuestro establo.

Que la Madre de Dios, en quien el Verbo se hizo carne, nos ayude a cultivar una mayor intimidad con el Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

Dirijo de corazón mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de Italia y de otros países: veo banderas polacas, brasileñas, uruguayas, argentinas, paraguayas, colombianas y venezolanas: ¡bienvenidos a todos!

Saludo a las familias, a las asociaciones, a los grupos parroquiales, especialmente a los de Postioma y Porcellengo, en la diócesis de Treviso, así como a los adolescentes de la Federación Regnum Christi y a los chicos de la Inmaculada.

En este primer domingo del año renuevo a todos mis deseos de paz y de bien en el Señor. En los momentos felices y en los tristes, encomendémonos a Él, que es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Y no lo olviden: invitemos al Señor a entrar en nosotros, a venir a nuestra realidad, por fea que sea, como un establo: “Señor, yo no querría que tú entraras, pero míralo, quédate cerca”. Hagamos esto.

Les deseo un buen domingo y buen almuerzo. Y no se olviden de rezar por mí. ¡Hasta la ponto!

Segundo Domingo después de Navidad

Lectura del libro del Eclesiástico [24, 1-2. 8-12]

La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo. En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso. «El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob,

y fija tu heredad en Israel”. Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca más dejaré de existir. Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sión. En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad».

Palabra de Dios

Salmo 147,  R/. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios [1, 3-6. 15-18]

Bendito sea el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan [1, 1-18]

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor

Compartimos:

Me parece un reto estupendo y oportuno para los que somos discípulos de Jesús, precisamente en estos tiempos en que bastantes de nuestros políticos se enfrentan, se atacan, se desprecian, insultan... haciendo «gala» a menudo de muy malas formas y educación. Y como nosotros mismos, que nos enrocamos en nuestras posturas, criterios y valoraciones... favoreciendo un clima de desencuentro, de agresividad, de exclusión...´Pues que a lo largo de este nuevo año seamos PERSONAS DE PALABRA (el Unigénito de Dios vino lleno de gracia y de verdad) y de DIÁLOGO, de encuentro, de colaboración. Especialmente con los «distintos».  Y también con el Dios-Palabra (oración), para que nos enseñe a acercarnos a los otros -como él mismo hizo- aunque nos rechacen, pero que no nos arrastren ni nos contagien: «y el mundo no la conoció»,

sábado, 1 de enero de 2022

Oración Madre de Dios

 Oh Virgen, Madre de Dios, Reina del cielo y de la tierra, tú eres la alegría de todos los hombres, la esperanza de los pecadores, la consolación de los afligidos, la salud del universo.

Oh Reina del cielo, bajo tu protección nos amparamos, y después de Dios no tenemos más esperanza que en ti. Llevamos el nombre de hijos y siervos: no permitas que la pandemia nos haga sufrir.

Te saludamos, oh Mediadora de paz entre los hombres. Te saludamos, oh Madre de Jesús y nuestra, dulce amor de todas las criaturas.

A Ti, oh María, te entregamos nuestro corazón; a ti nos consagramos.

Madre de amor, de dolor y de misericordia, ruega por nosotros, aboga por nosotros en cada instante de nuestras vidas y sálvanos a la hora de nuestra muerte. Amén.

Ángelus, solemnidad de Santa María, Madre de Dios

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS LV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Feliz Año Nuevo!

Comenzamos el año nuevo encomendándolo a María Madre de Dios. El Evangelio de la liturgia de hoy habla de ella, remitiéndonos nuevamente al encanto del pesebre. Los pastores van sin demora hacia la gruta y ¿qué encuentran? Encuentran – dice el texto – "a María, a José y al niño acostado en el pesebre" (Lc 2, 16). Detengámonos en esta escena e imaginemos a María que, como mamá tierna y cuidadosa, acaba de depositar a Jesús en el pesebre. En ese colocar suavemente podemos ver un don hecho a nosotros: la Virgen no tiene al Hijo para sí misma, sino que nos lo presenta; no lo estrecha sólo en sus brazos, sino que lo deposita para invitarnos a mirarlo, a acogerlo y a adorarlo. He aquí la maternidad de María: el Hijo que ha nacido nos lo ofrece a todos nosotros. Siempre dando al Hijo, señalando al Hijo, jamás permaneciendo el Hijo como algo propio, no. Es así durante toda la vida de Jesús.

Y al colocarlo ante nuestros ojos, sin decir ninguna palabra, nos da un mensaje estupendo: Dios está cerca, a nuestro alcance. No viene con el poder de quien quiere ser temido, sino con la fragilidad de quien pide ser amado; no nos juzga desde lo alto de un trono, sino que nos mira desde abajo como a un hermano, más aún, como un hijo. Nace pequeño y necesitado para que nadie deba avergonzarse jamás de sí mismo: precisamente cuando experimentamos nuestra debilidad y nuestra fragilidad, podemos sentir a Dios aún más cerca, porque se nos ha presentado así, débil y frágil. Es el Dios-niño que nace para no excluir a nadie. Para hacer que nos convirtamos todos en hermanos y hermanas.

Así pues: el nuevo año comienza con Dios que, en los brazos de su Madre y acostado en un pesebre, nos anima con ternura. Tenemos necesidad de este aliciente. Vivimos aún tiempos inciertos y difíciles a causa de la pandemia. Son muchos los que están atemorizados por el futuro y agobiados por las situaciones sociales, los problemas personales, los peligros que provienen de la crisis ecológica, de las injusticias y de los desequilibrios económicos planetarios. Mirando a María con su Hijo en brazos, pienso en las jóvenes madres y en sus hijos que huyen de las guerras y de las carestías o que esperan en los campos de refugiados. Son muchos. Y contemplando a María que coloca a Jesús en el pesebre, poniéndolo a disposición de todos, recordamos que el mundo cambia y la vida de todos mejora sólo si nos ponemos a disposición de los demás, sin esperar que sean ellos los que comiencen a hacerlo. Si nos convertimos en artesanos de la fraternidad, podremos tejer los hilos de un mundo lacerado por guerras y violencias.

Hoy se celebra el Día Mundial de la Paz. La paz "es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido" (Mensaje para la LV Jornada Mundial de la Paz, 1). Don de lo alto: debe ser implorada por Jesús, porque solos no somos capaces de custodiarla. Sólo podemos construir verdaderamente la paz si la tenemos en nuestro corazón, sólo si la recibimos del Príncipe de la paz. Pero la paz es también nuestro compromiso: nos pide dar el primer paso, nos pide gestos concretos. Se construye con la atención a los últimos, con la promoción de la justicia, con el valor del perdón, que apaga el fuego del odio. Y también necesita una mirada positiva: que siempre se mire – en la Iglesia como en la sociedad – no el mal que nos divide, sino ¡el bien que puede unirnos! No sirve abatirse y quejarse, sino arremangarse para construir la paz. Que la Madre de Dios, Reina de la paz, al comienzo de este año obtenga la concordia para nuestros corazones y para el mundo entero.

Queridos hermanos y hermanas:

Al comienzo del año nuevo deseo a todos la paz, que es el compendio de todo bien: la paz. Saludo cordialmente y con gratitud al señor presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, y aseguro mi oración por él y por el pueblo italiano. Hoy se celebra el Día Mundial de la Paz, iniciado por San Pablo VI en 1968. En el Mensaje de este año subrayé que la paz se construye con el diálogo entre las generaciones, con la educación y con el trabajo. Sin estos tres elementos, faltan los cimientos. Agradezco todas las iniciativas promovidas en el mundo con ocasión de esta Jornada, compatiblemente con la situación de la pandemia; en particular, la Vigilia celebrada ayer por la noche en la catedral de Savona como expresión de la Iglesia en Italia.

Saludo a los participantes en la manifestación "Paz en todas las tierras", organizada por la Comunidad de San Egidio aquí en Roma y en muchas partes del mundo – ¡son buenos estos de San Egidio, son buenos! – en colaboración con las diócesis y las parroquias. ¡Gracias por su presencia y por su compromiso!

¡Y saludo a todos ustedes, queridos romanos y peregrinos! Saludo a los jóvenes de Curtatone, a las familias de Forlimpopoli, a los fieles de Padua y a los de Comun Nuovo, cerca de Sotto il Monte – patria de San Juan XXIII, el Papa de la Encíclica Pacem in terris, ¡más actual que nunca! Pero vayamos a casa pensando: ¡paz, paz, paz! Se necesita la paz. Hoy estaba viendo la imagen en el programa de televisión "A Tu (Su) imagen", sobre la guerra, sobre los desplazados, sobre las miserias... Pero esto ocurre hoy en el mundo. ¡Queremos paz!

¡Mis mejores deseos para todos! Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Feliz año! Que tengan un buen almuerzo y hasta mañana. ¡Bravos!