miércoles, 14 de octubre de 2026

Miércoles de la XXVIII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (5,18-25):

Si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el reino de Dios. En cambio,

el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la ley.

Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

Palabra de Dios


Salmo 1,1-R/. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida


Santo Evangelio según san Lucas (11,42-46):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!»

Un maestro de la Ley intervino y le dijo: «Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.»

Jesús replicó: «¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!»

Palabra del Señor


Compartimos:

El cambio que nos propone Jesús en la relación con Dios es tan radical que nos cuesta terminar de entenderlo y más todavía asimilarlo en nuestras vidas, en la forma concreta de comportarnos. La tendencia humana ha sido siempre la de relacionarnos con Dios a través de diversas formas de culto. La religión tenía así una dirección vertical. Adorar era levantar la mirada hacia lo alto. Y hacer todo lo posible para que Dios estuviese contento con noso-tros. Entonces venían los sacerdotes y entendidos que nos hablaban de las normas y leyes que había que cumplir. Desde visitar una vez al año tal santuario pasando por no comer de-terminados alimentos o rezar todos los días una serie de oraciones. Hasta se llegó al extremo, en algunas culturas, de ofrecer sacrificios de animales, y hasta de personas, para lograr el favor de Dios o, al menos, aplacar su ira (parece como si Dios estuviese siempre enfada-do con nosotros).


Jesús plantea las cosas de otra manera. Para empezar, no hay que mirar arriba porque es Dios el que se abaja y se pone a nuestra altura. Relacionarse con Dios ya tiene poco que ver con cumplir una serie de normas, elaboradas por los sacerdotes y especialistas, que fuesen la voluntad de Dios. Dios ya no está preocupado por si vamos ocho veces a la iglesia o rezamos tantas oraciones o no. Ahora su presencia ya no está en un edificio. Todo eso puede estar bien si nos lleva a lo fundamental: Dios se hace presente en el hermano. Y, de una manera especial, en el hermano o hermana pobre, marginado, separado, enfermo, abandonado. Ahí, en la cercanía con este hermano es donde se realiza de verdad la adora-ción a Dios. Si pagamos el diezmo, si hacemos las reverencias mandadas, etc. es muy poco importante.


Conclusión: los sacerdotes y entendidos deberían tener mucho cuidado en no dedicar su vida a elaborar normas y más normas sino en animarnos y activarnos a vivir la misericordia y la compasión con el hermano. Lo demás es perder el tiempo. Puede estar bien pero no deja de ser accesorio.

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