lunes, 5 de octubre de 2026

Lunes de la XXVII Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (1,6-12):

Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó a la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio, lo que pasa es que algunos os turban para volver del revés el Evangelio de Cristo. Pues bien, si alguien os predica un evangelio distinto del que os hemos predicado –seamos nosotros mismos o un ángel del cielo–, ¡sea maldito! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea maldito! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Palabra de Dios


Salmo 110,R/. El Señor recuerda siempre su alianza


Santo Evangelio según san Lucas (10,25-37):

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»

Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»

Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»

Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

Palabra del Señor


Compartimos:

El pasaje del Evangelio de hoy es conocidísimo y ha sido ampliamente citado. Toda la encíclica Fratelli Tutti, del papa Francisco, está centrada en esto. Muchas reflexiones y homilías de padres de la Iglesia insisten en el tema. A menudo, las reflexiones más modernas tienden más a enfatizar la necesaria caridad y el auxilio a las necesidades que deben practicar quienes siguen a Cristo. Ponen, por así decir, la moraleja de la parábola sobre nosotros. Así debemos hacer también nosotros. Nosotros debemos ser el “samaritano”. Ponernos en el lugar del “bueno” que hace por los demás, que se sacrifica, que da lo mejor. Y eso, por supuesto, es necesario y laudable. Pero no es suficiente. Quien pregunta a Jesús quién es su prójimo se ha colocado en el lugar de quien tiene buenas intenciones y quiere cumplir la ley del amor. Quiere alcanzar la vida eterna. Pero no lo puede hacer como superhéroe.


La cosa es que no se puede ser samaritano y alcanzar esa vida eterna si antes no hemos tenido un samaritano personal. Se debe dar vuelta a la pregunta. En lugar de “¿Quién es mi prójimo?”, podemos preguntar “¿Quién ha sido y quién es mi samaritano?” Es decir, ¿cómo y cuándo (y casi todos los días) caigo en la cuneta, a veces por mi propia culpa y otras veces por los golpes y vapuleos de la vida? A veces ni siquiera son golpes enormes o faltas enormes, sino los pequeños golpes, fallos, pecados, insultos, persecuciones, o injusticias sufridas o infligidas en otros, los que nos echan a cunetas esperando a que pase el samaritano. ¿De qué cunetas me saca, cada día, el Samaritano?


Reconocer al Cristo que se disfraza de Samaritano es poder “alcanzar la vida eterna”. ¿Quién nos da lo mejor de la vida: el vino que purifica, el aceite que suaviza y que unge para la batalla? Es quien da su propia Sangre, el Ungido de Dios que viene a ungir y a dar a su Espíritu, el óleo de la salvación.


Y ante todo esto, solo se puede dar la respuesta eucarística que sugiere el salmo: Daré gracias a Dios de todo corazón. Es la participación en la Eucaristía: da gracias, conviértete en lo que recibes. Es decir, reconoce al samaritano que viene a curar tus heridas y a llevarte sobre sus hombros, para convertirte en el samaritano que lleva otros. Recibe el pan partido y repartido para ser pan partido y repartido. Y así se alcanza la vida eterna.

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