martes, 2 de junio de 2026

Martes de la IX Semana del Tiempo Ordinario. Santos Marcelino y Pedro, mártires

 Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro (3,12-15a.17-18):

Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables. Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación. Así, pues, queridos hermanos, vosotros estáis prevenidos; estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie. Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.

Palabra de Dios


Salmo 89 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación


 Santo Evangelio según san Marcos (12,13-17):

En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?»

Jesús, viendo su hipocresía, les replicó: «¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.»

Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta cara y esta inscripción?»

Le contestaron: «Del César.»

Les replicó: «Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios.»

Se quedaron admirados.

Palabra de Dios


Compartimos:

La “escena de la moneda” que recoge el evangelio de hoy, cuenta un episodio conocidísimo y una frase igualmente recordada que, de muchas maneras, funciona como principio en legislaciones de gran número de países. La pregunta, aparentemente razonable, es tramposa: si Jesús responde con un si o un no, se pone en rebeldía bien contra el poder romano o bien contra la ley judía. Los fariseos buscaba una manera de presentarle como un rebelde o un impío. Parece que Jesucristo encontró un vía de escape que confunde a quienes intentaban comprometerle.


Pero este pasaje de Marcos no es una anécdota que muestra el ingenio de Jesús y su habilidad para zafarse de una pregunta incómoda. Para muchos siglos de historia esta respuesta ha sido y sigue siendo una referencia en el orden de derechos y libertades de los ciudadanos. Es un límite para el orden civil y una separación clara de ámbitos de poder: la conciencia personal y la obligación de acatar las leyes.


Para un ciudadano católico en la España actual, la desobediencia a la ley civil -lo que la doctrina de la Iglesia llama objeción de conciencia- no es una opción de conveniencia personal o política. Es una obligación grave que debe seguirse cuando la norma civil exige cometer un acto que destruye una vida humana o corrompe directamente el orden moral.


A diferencia de la “insumisión” o la “desobediencia civil” política (que busca cambiar leyes mediante el desorden público), el católico, para obedecer a Dios, tiene que desobedecer pacíficamente algunas leyes civiles, asumiendo las consecuencias legales o profesionales que el Estado le imponga.


El católico acepta que “dar a Dios lo que es de Dios” en un entorno secularizado puede costar el puesto de trabajo, una multa administrativa, la exclusión de una bolsa de empleo o el aislamiento social. Si nuestra misión es dar testimonio de la Verdad, es necesario que participemos activamente en la sociedad y en la política: con prudencia pero arriesgando hasta la vida si fuera preciso.

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