sábado, 7 de marzo de 2026

Sábado de la II Semana de Cuaresma. Santas Perpetua y Felicidad, mártires

 Primera Lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que anda solo en la espesura,

en medio del bosque;

que se apaciente como antes

en Basán y Galaad.

Como cuando saliste de Egipto,

les haré ver prodigios.

¿Qué Dios hay como tú,

capaz de perdonar el pecado,

de pasar por alto la falta

del resto de tu heredad?

No conserva para siempre su cólera,

pues le gusta la misericordia.

Volverá a compadecerse de nosotros,

destrozará nuestras culpas,

arrojará nuestros pecados

a lo hondo del mar.

Concederás a Jacob tu fidelidad

y a Abrahán tu bondad,

como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios


Salmo 102,R/. El Señor es compasivo y misericordioso


Santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor


Compartimos:

En las lecturas de hoy, el evangelio parece confirmar y concretar las rotundas afirmaciones del profeta Miqueas sobre la misericordia y la compasión de Dios. Un Dios que perdona siempre, que absuelve de la culpa, pero cuyo amor hay que comprender bien. Conocemos de sobra la parábola del Hijo pródigo como para repetir la narración. Pero quizá sea bueno acentuar algunos aspectos. Cómo Dios respeta la libre elección del Hijo menor (aunque, a todas luces, se trate de una opción equivocada). Le deja hacer su camino. Esta actitud ilumina bien cuál debe ser nuestra actitud respecto de los hijos.


También importa subrayar que el arrepentimiento del hijo menor no procede tanto del reconocer su pecado, sino de la urgencia por superar la terrible situación en que se encuentra. Su arrepentimiento parece más bien interesado: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras yo, aquí, me muero de hambre”. Pero, en la acogida del hijo retornado, al Padre no parece importarle si su motivación ha sido verdadera o interesada. Lo que le interesa el hecho: ha recuperado a su hijo.


Y se muestra con claridad por qué la misericordia supera la justicia, porque expresa el amor personal. La figura del hermano mayor – a quien la parábola va dirigida – muestra la actitud contraria: la exigencia de la justicia prevalece sobre la misericordia, porque falta el amor: así reprocha al Padre su amor hacia “ese hijo tuyo”, mientras que el Padre le habla de “ese hermano tuyo” que él no reconoce.


Y, paradójicamente, se revela que quien siempre había obedecido exteriormente siempre, en realidad no conocía el amor del Padre, se sentía no hijo, sino jornalero, no sabía que todo lo del Padre era suyo. Lo que incapacita para el perdón es desconocer el amor. Al que poco se le perdona, poco amor muestra. No sólo. Cabe sospechar que si se empeña en hacerle pagar al hijo por su pecado es porque, en el fondo, lo que envidiaba era la libertad con que su hermano actuó, libertad que él desconocía.

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