martes, 3 de marzo de 2026

Martes de la II Semana de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (1,10.16-20):

Oid la palabra del Señor,

príncipes de Sodoma,

escucha la enseñanza de nuestro Dios,

pueblo de Gomorra.

«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista

vuestras malas acciones.

Dejad de hacer el mal,

aprended a hacer el bien.

Buscad la justicia,

socorred al oprimido,

proteged el derecho del huérfano,

defended a la viuda.

Venid entonces, y discutiremos

—dice el Señor—.

Aunque vuestros pecados sean como escarlata,

quedarán blancos como nieve;

aunque sean rojos como la púrpura,

quedarán como lana.

Si sabéis obedecer,

comeréis de los frutos de la tierra;

si rehusáis y os rebeláis,

os devorará la espada

—ha hablado la boca del Señor—».

Palabra de Dios


Salmo 49,R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios


 Santo Evangelio según san Mateo (23,1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:

«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.

Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.

Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.

No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.

El primero entre vosotros será vuestro servidor.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor


Compartimos:

El ideal cristiano no es la ausencia del pecado. No sólo porque es una pretensión inútil: antes o después, nuestros límites acaban apareciendo y hemos de lamentar algún error, fallo o pecado, por mucho que nos hayamos conjurado para evitarlo. Y Dios ya cuenta con ello. Es que puede ser una pretensión dañina. Porque puede estar motivada más por la búsqueda de sí mismo que por el afán de ayudar a los otros, o de servir a Dios.


El hombre siempre busca estar satisfecho de sí mismo. Y podemos hacer hasta de la religión un peldaño al que elevarnos para sentirnos superiores, o para fingirnos más perfectos, o para considerarnos mejores que los demás. Y acabar manipulando las cosas de Dios para auto-justificarnos, para ensalzarnos. Para engreírse. No sólo. También para criticar a los demás, mostrándoles la realidad de su imperfección, pero sin hacer nada por ellos. Y acabaremos en un doble error. Condenando y despreciando a quienes no están a la altura de nuestra exigencia y, como, por nuestros límites, tampoco nosotros llegamos a dicho ideal, acabar por fingir, dar valor a la apariencia y la exterioridad y buscar sólo el reconocimiento formal: pura vanidad.


Jesús nos previene contra ese virus de la vanidad, que, además de volver ridícula a la persona que se dejar infectar por él, le lleva a construir una vida ficticia, de pura fachada, artificial. Que sólo tú mismo te puedes llegar a creer. Lo hace por tres vías complementarias.


Por un lado, excluye la tentación de que nadie quiera ocupar un puesto que no le pertenece: «Ni maestro, ni Padre». Por otro, proclama la igualdad entre todos: «todos vosotros sois hermanos». En tercer lugar: el peculiar camino de Jesús para llegar a ser el primero: «hacerse servidor de todos». Dice Jesús: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) pero para que pueda cumplirse ese propósito hay una condición imprescindible: ser servidores, abajarse. No porque tal actitud comporte un premio especial, sino porque sólo quien se olvida de si mismo está preparado para la gratuidad cristiana.

lunes, 2 de marzo de 2026

Lunes de la II Semana de Cuaresma.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):

¡AY, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!

Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.

Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.

Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.

Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.

Palabra de Dios


Salmo 78,R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados

 santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Palabra del Señor


Compartimos:

No siempre percibimos hasta qué punto Jesús revoluciona el tipo de relación que existía entre el hombre y Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ello. Por una parte, la lectura de Daniel nos presenta de modo evidente la conciencia que había en Israel de la gran distancia existente entre el Dios santo y fiel y el pueblo infiel y pecador. Hasta el punto de que el profeta tiene que pedir que la justicia de Dios se convierta en piedad u perdón porque el pueblo ha reconocido su pecado y rebelión. Su mediación busa que Dios no nos trate como merecen nuestros pecados. En ella emerge esta reciprocidad asimétrica entre Dios y su pueblo. Al primero pertenece todo lo positivo; al segundo todo lo negativo. Por eso el salmo pide perdón a Dios, por el honor de su nombre.


En cambio, la lectura de Lucas nos presenta un panorama muy distinto. En ella Jesús nos pide que actuemos con nuestros hermanos tal como actúa con nosotros Dios nuestro Padre, es decir se establece una especie de comparación en la que se nos indica que debemos comportarnos para con nuestros hermanos del mismo modo que Dios se comporta con nosotros. Porque debemos continuar la misión de Jesús y tratar a los hermanos lo mismo que él nos trata. Y por eso decimos que continuamos Su misión.  “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. No sólo. Llega a condicionar que Dios tenga o no una actitud positiva hacia nosotros según sea nuestra conducta para con nuestros hermanos: “no juzguéis y no seréis juzgados… dad y se os dará”. Así se configura la reciprocidad cristiana: La reciprocidad con Dios hacia nosotros depende de nuestra reciprocidad para con los hermanos; Juan lo decía con otras palabras semejantes: “Nadie puede pretender amar al Dios que no ve, si no ama al hermano al que ve”. Pero ya no es cuestión de méritos. Aquí lo que está n juego es entrar en la dinámica que Jesús nos comunica, hacerla nuestra y difundirla entre nuestros hermanos y hermanas.

domingo, 1 de marzo de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarlo, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.

Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne.


La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?


El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor.


Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que custodie nuestros pasos en la fe.


Queridos hermanos y hermanas:


Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en Oriente Medio y en Irán en estas horas dramáticas. La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable.


Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia.


En estos días llegan además noticias preocupantes de enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos.


Estoy cerca de la población del estado brasileño de Minas Gerais, afectada por violentas inundaciones. Rezo por las víctimas, por las familias que han perdido sus hogares y por todos los que participan en las operaciones de socorro.


Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular al grupo de cameruneses que viven en Roma, acompañados por el presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, que, si Dios quiere, tendré la alegría de visitar en el mes de abril.


Doy la bienvenida a los fieles de la diócesis de Iaşi, en Rumanía; a los de Budimir cerca de Košice, en Eslovaquia; a los de Massachusetts, en Estados Unidos; y a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de Jaén, en España.


Saludo a los fieles de Nápoles, Torre del Greco y Afragola, de Caraglio y Valle Grana, de Comitini, Crotone, Silvi Marina y de la parroquia de San Luigi Gonzaga en Roma; así como a los jefes scouts del grupo “Val d'Illasi”, cerca de Verona, y a los jóvenes de Faenza que han recibido la Confirmación.


¡A todos les deseo un buen domingo!

II Domingo de Cuaresma

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (12,1-4a):

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Palabra de Dios


Salmo 32,R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,como lo esperamos de ti


Segunda Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,8b-10):

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Iniciada la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor: «Jesús (…) los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17,1-2), una experiencia que ellos no olvidarán (cf., por ejemplo, 2Pe 1,16-19). Que Cristo nos transforma la vida, es una experiencia de la que, poco o mucho, todos podemos dar testimonio. Tantas veces el Señor nos da vida haciendo que pequeños gestos de nuestra existencia ordinaria se transformen en hechos extraordinarios.


Tantas veces nuestras oraciones y peticiones se hacen realidad y nos sorprenden, como la presencia resplandeciente de Jesús, que hoy deja boquiabiertos a Pedro, Santiago y Juan. Porque Jesús es la revelación del amor del Padre en nosotros. Y, entonces, podemos hacer nuestras las palabras de Simón Pedro: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt 17,4).


Pero, acto seguido, el Padre nos invita a tomar una actitud que tanto nos cuesta poner en práctica: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). En varias ocasiones el Papa León XIV nos ha hecho la reflexión de que «Cristo transforma la vida y nos llama a escucharlo». Esta es la clave de la Transfiguración: escuchar al Hijo de Dios. Escuchar a la Palabra… significa también prestar atención a nuestros pastores, escuchar al hijo o la hija con inquietudes, o a aquella persona que vive en soledad o desesperación, o al enfermo… y, sobre todo, escuchar a nuestro corazón en oración, desde donde el Señor nos habla.


«Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17,7), les dice Jesucristo inmediatamente. La Transfiguración es también un anticipo de la Resurrección. Nos recuerda que, tras la cruz, está la Gloria. En los momentos de oscuridad, enfermedad o sufrimiento, esta escena nos da esperanza: la última palabra no la tiene el dolor, sino la luz. Ojalá que esta actitud de sorpresa, esperanza y escucha nos acompañe especialmente en esta segunda semana de Cuaresma.