lunes, 24 de junio de 2019

Teresa Cardona, entusiasmo por los demás

Los que hemos tenido la suerte de conocer a Teresa Cardona sabemos que era muy feliz. Disfrutó la vida apasionadamente mientras se entregaba con generosidad a lo que tenía entre manos. Hace apenas dos días se fue a Costa de Marfil conduciendo un grupo de 30 jóvenes voluntarias, y ayer nos dejó repentinamente a causa de un desgraciado accidente de tráfico. Como en todo lo que hacía, había puesto mucha ilusión y su gran capacidad de trabajo para organizar este proyecto solidario –que este año llevaba a cabo por segunda vez– para renovar una escuela y realizar actividades educativas con niños de la zona de Yamoussoukro. Su toque personal era una sonrisa fresca y un entusiasmo desbordante y contagioso.

Tenía 42 años y era la pequeña de siete hermanos. Hace solo una semana se reunieron para celebrar la primera boda de un sobrino y estaba muy contenta de haber llevado a sus padres, ambos con un alzheimer avanzado y a los que los últimos años cuidaba con ternura. De pequeña, ellos la habían empujado a ser muy deportista –era muy buena jugando a tenis– y a aprender música –tocaba el piano y un acordeón que había sido de su padre–, si bien el ejemplo de vida cristiana de sus padres era la herencia que más agradecía y valoraba.

Profesionalmente, se dedicaba a la enseñanza secundaria y era subdirectora del colegio Canigó, donde ella había estudiado. Hace unos días había dejado este cargo para reducir la jornada laboral, porque quería dedicar más tiempo a las actividades culturales, de voluntariado y de formación del Colegio Mayor Bonaigua, residencia de universitarias de cuyo equipo directivo formaba parte. Precisamente el proyecto en Costa de Marfil nació de su interés por promover el compromiso social de las universitarias. Todo este trabajo lo asumía con su carácter apasionado, que la llevaba a vivir todo con mucha intensidad, a veces hasta agotarse, pero siempre con una sonrisa contagiosa que iluminaba.

Allí donde iba, era más que notorio su gran don para el trato con la gente, con una simpatía natural alimentada por su capacidad de amar y una vida cristiana al servicio de los demás como numeraria del Opus Dei. Todo el mundo la apreciaba porque a su lado te sentías querido, sabías que le importaba de verdad lo que te pasaba, que siempre podías contar con ella. Sentías el atractivo de una vida con sentido, porque Teresa se ha ido –y en su caso es cierto– con las manos bien llenas.

Sonia Sánchez

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