miércoles, 26 de junio de 2019

Comienza a conocerse todo tipo de torturas del gobierno sandinista nicaragüense contra los católicos

Aunque aprehensiva, y decidida a continuar la lucha por sus derechos, Nicaragua está contenta: con ocasión de la reciente y muy criticada ley de Amnistía, esta semana fueron liberados cerca de 50 presos políticos tras el levantamiento popular ocurrido contra el régimen en abril del año pasado. Aún permanecen encarcelados por el gobierno unos 100 presos políticos más, señala la agencia de noticias Gudium Press.

A la par de los relatos de torturas físicas, psicológicas y morales -unas que el mundo ya conocía y otras que contempla horrorizado- en las narraciones de los liberados, las historias traen también la confirmación fehaciente de que el régimen orteguista tiene a la Iglesia como uno de sus principales objetivos, sino el principal, con el que deben emplear todas las formas de lucha, incluyendo la calumnia.

En declaraciones a Nicaragua investiga, el periodista Edwin Carcache relata sus jornadas de golpes, a veces sin alimentos, sin agua, y de largos interrogatorios:

"En El Chipote, estuve ocho días, durante esos ocho días me sacaron 26 ocasiones a hacer entrevistas de tres horas y media, cuatro horas y media, entrevistas de dos horas y en el camino me golpeaban, me iban torturando en todo momento, me exigían que hablara, que acusara a los obispos, que dijera que Monseñor Silvio Báez por ejemplo, me pagaba a mí por andar en la calle".

El campesino al que amenazaron con torturar su niña de tres años

Según relata La Prensa, Medardo Mairena -líder campesino y otro de los liberados- afirma algo muy parecido. Mientras estuvo en las celdas de tortura de la antigua Dirección de Auxilio Judicial "[me ofrecían] prebendas: un trabajo, que había dinero, que yo podía salir de la pobreza". Le hacían "propuestas de que si me pasaba a trabajar con ellos me daban mi libertad", cosa a la que él se negó.

Acusado de "delitos que nunca cometimos", fue condenado a una pena de dos vidas, 216 años, por solo una de las acusaciones. Cuenta Mairena que cuando se negó a incriminar a la Conferencia Episcopal de Nicaragua como gestora de un supuesto golpe de Estado, las torturas se incrementaron. Artículo 66 completa la denuncia, diciendo que a Mairena lo querían obligar a decir que los obispos le habían dado sotanas para que se hiciera pasar como sacerdote y fuera así vestido a las barricadas que se habían establecido contra el régimen.

Incluso relata El Nuevo Diario que amenazaron torturar a su niña de tres años, cortándole cada uno de sus deditos y luego matarla a ella y toda su familia, si no culpaba a los obispos. Realmente el líder demostró una valentía incomún negándose a su utilización contra la Iglesia.

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