martes, 30 de abril de 2019

SAN PÍO V, PAPA

La notable familia de los Ghislieri había venido a menos económicamente en los comienzos del siglo XVI. A Pablo y Dominga Augeria les nació un hijo el 17 de enero de 1504, en Bosco Marengo, al norte de Italia; le pusieron el nombre del santo del día que era san Antonio Abad. Desde pequeño fue pastor por no poder ser clérigo y tener que arrimar el hombro a la economía familiar.

Sabedor de las inclinaciones del muchacho, el señor Bastone se ofreció a pagar los gastos para que pudiera entrar en la escuela de los dominicos, cuando también ingresó a su hijo Francesco.

Ingresa en los dominicos de Voghera; a fray Miguel –es ahora su nuevo nombre– lo destinaron a Vigevano; en Bolonia cursa los estudios filosóficos y teológicos y aprende santidad allí mismo junto al sepulcro del fundador santo Domingo de Guzmán. Se ordenó sacerdote en Génova en 1528.

Fray Miguel de Alessandría vive pobre, enseña y predica, atiende los oficios divinos y combate a los herejes en Pavía, Alba y Como, donde lo nombraron inquisidor. Camina a pie de un lado a otro poniendo orden entre los nobles y herejes, sin respeto humano, ni miedo a las amenazas del Conde de Alba –llegó a amenazarle con arrojarlo a un pozo–, o a los mercaderes que se irritan profundamente cuando les requisa los libros heréticos.

En 1550 está en Roma; hasta allí han llegado las quejas y protestas por la rectitud con la que lleva adelante su encargo inquisitorial; vista la cosa, nadie puede ponerle un pero a su trabajo, que supo llevar con una escrupulosidad ejemplar. El mismo cardenal Caraffa lo reconoció y hasta lo admiró.

Al bueno y recto fray Miguel lo nombraron obispo de Sutri y Nepi el 4 de septiembre de 1556 y Paulo IV lo hizo cardenal de la Iglesia el 15 de marzo de 1575, y luego, Inquisidor General.

Pío IV, Médici de pura cepa, lo despreció, olvidó e ignoró porque varias veces tuvieron un ten con ten en el que el último papa del Renacimiento solía recibir alguna que otra amonestación del cardenal Ghislieri, amante de la pobreza, despegado del mundo y de los honores, recio, y en algunos puntos inflexible.

Contra su voluntad lo eligieron papa el 7 de enero de 1566, por la decisión que tomaron en un agitadísimo cónclave los cardenales Borromeo y Farnesio. Lo pintan de mediana estatura, de ojos pequeños con mirada aguda, y nariz aguileña; lleva como atributos un crucifijo y un rosario.

En el Vaticano se nota que ha dado un giro la Iglesia con su presencia. Despidió a todos los bufones, se mostró enemigo de los abundantes aduladores y generosísimo con los pobres; decía Misa diaria –cosa nada frecuente en aquella época–, impuso austeridad y redobló la oración meditando de modo preferente la Pasión, acompañada por el Rosario; desconfiando de los cardenales, se propuso renovar el Colegio. Se iban corriendo las voces de que el antiguo inquisidor –ahora Papa– solo sabía reformar.

Y tenían bastante razón aquellos rumores. Pío V ha decidido poner en marcha los Decretos del Concilio Tridentino; reforma el Breviario y el Misal; publica el Catecismo de Trento, que también se conoce por su nombre; urge la obligación de residencia en sus diócesis para los obispos, les manda la celebración de sínodos anuales, y da ejemplo en Roma realizando las visitas pastorales. El viejo inquisidor frena todo lo que puede la herejía protestante, contando con el saber y la fidelidad de Pedro Canisio, ayudando a los católicos franceses a luchar contra los hugonotes, y adoptando medidas para favorecer la ortodoxia: fomentó las ciencias eclesiásticas, cuidó la universidad de Roma y nombró Doctor de la Iglesia a santo Tomás de Aquino.

Además hay un terrible problema planteado. El turco. A Pío V le preocupa la unidad de la Iglesia, defender y extender la fe. Intenta la unidad de los príncipes y reinos cristianos para dar respuesta al peligro turco; una y mil veces propone formar la Santa Liga y fracasa tanto por sus escasas dotes políticas como por los sobrados intereses políticos de los gobernantes. Por fin, consigue la Triple Alianza entre Venecia, los Estados Pontificios y España para montar una escuadra capaz de presentar batalla a los turcos; los venció en Lepanto y la mandaba Juan de Austria como almirante.

Murió el ilustre piamontés que tuvo un origen tan humilde, el 1 de mayo de 1572, como simple fraile dominico; deseó morir vestido con el hábito de la Orden. Su voluntad expresa fue que se le enterrara en Bosco, pero en este punto no le dieron gusto; el papa Sixto V trasladó sus restos a Santa María la Mayor, desde su entierro provisional en el Vaticano.

Al papa de la recuperación moral de la Iglesia –el que se mostró implacable contra el nepotismo, que excomulgó a Isabel de Inglaterra y eliminó en la práctica el protestantismo en Italia– lo canonizaron en 1712, aunque hubiera sido tratado de intransigente y duro. Y es que en la Iglesia pasa como en el cuerpo humano; arreglarlo, cuesta. Y a veces es preciso cortar para el bien de la totalidad.

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