jueves, 31 de enero de 2019

El Museo Real de África Central, en Tervuren (Bélgica), antes de su actual reforma. Centrado en Congo, fue un proyecto concebido inicialmente por el rey Leopoldo II.

La inauguración en diciembre del Museo de las Civilizaciones Negras en Dakar no ha podido suceder en un momento más oportuno. La empresa –cuya idea fue planteada por Léopold Sédar ­Senghor, poeta y presidente de Senegal, durante el primer Festival Mundial de las Artes Negras, en 1966– llega cuando el mundo del arte se ve agitado por un creciente discurso sobre la necesidad de devolver el patrimonio africano que fue expoliado por las antiguas colonias.

El tema se animó a finales de 2017 cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, dijo en Burkina Faso que era inaceptable que el patrimonio cultural de muchos países africanos estuviera en Francia. Aquella declaración podía parecer un brindis al sol, y aún podría serlo a la espera de consecuencias prácticas, pero pareció tornarse en algo más que un gesto cuando el galo encargó a dos académicos un informe sobre devolución de piezas artísticas. El documento, publicado finalmente el 23 de noviembre pasado, elaborado por Benedicte Savoy, historiadora de arte francesa, y Felwine Sarr, economista senegalés y autor del célebre Afrotopia, recomienda al Estado francés que devuelva cada una de las piezas sobre las que un país africano haga una demanda de restitución, siempre que no se demuestre que no ha sido robada o expoliada. Teniendo en cuenta que un cálculo difundido por los propios autores estima que un 90% del patrimonio artístico africano se encuentra en colecciones occidentales, las consecuencias de una restitución generalizada sería muy relevante para las colecciones de arte africano que hay en Europa. El informe, sin embargo, circunscribe el maximalismo de su recomendación al arte subsahariano, ya que considera que en otras latitudes –Egipto, Grecia o Latinoamérica– el robo no ha sido tan desproporcionado.

Un estudio preliminar revela que Chad es el país al que más afectaría una eventual restitución patrimonial; se calcula que más de 9.000 piezas serían solicitables por sus autoridades si siguen las recomendaciones del documento. A Chad le seguirían Camerún, Madagascar y Malí.

Las reacciones de los afectados no se han hecho esperar. En la presentación del museo de Dakar, el ministro de Cultura de Senegal, Abdou Latif Coulibaly, manifestó que cursarán tantas peticiones como objetos senegaleses se identifiquen en las colecciones francesas. Otros países, como Costa de Marfil, ya han expresado sus intenciones en términos semejantes. Y saliendo del área francófona, por efecto contagio, la ministra de Cultura de Angola, Carolina Cerqueira, habló recientemente de la necesidad de estudiar la explotación de obras angoleñas en el extranjero y dijo tener pensado pedir a Portugal que ­devuelva una serie de piezas que ahora exhiben sus museos etnográficos y arqueológicos.

Volviendo al terreno de las coincidencias –o no tanto–. La del Museo de las Civilizaciones Negras no ha sido la única apertura que se ha producido en el mismo periodo que el informe de los expertos en Francia. El Museo de África de Tervuren, en Bélgica, fue reinaugurado el mes pasado para incorporar una revisión crítica del papel colonial belga en una de las grandes colecciones de arte africano. Para acercarse a su objetivo, la organización contó con expertos y representantes africanos, de origen mayoritariamente congoleño. República Democrática de Congo, por su parte, planifica un museo en Kinshasa para el que solicitará parte de los objetos que le fueron arrebatados por el colonialismo.

Así las cosas, no cabe duda de que las declaraciones de Macron y el informe posterior han subido una marcha en un debate que ya se aceleraba ante la mayor conciencia africana y de sus diásporas, unida a un momento que se caracteriza por una revisión crítica a nivel mundial sobre aquellos hechos y relatos tradicionalmente aceptados como oficiales. Quizá el presidente galo, que por otra parte afronta importantes desafíos internos, no fuera consciente de la magnitud del debate que podrían desencadenar sus palabras en Burkina Faso. De hecho, su intención parecía entonces tener más que ver con la de compartir (con idas y vueltas) las obras artísticas, que con las restituciones permanentes de patrimonio que han solicitado los expertos a los que encargó el informe.

Las potenciales consecuencias para los museos europeos de la doctrina que emana del estudio, –¿qué decir, por ejemplo, del Museo Británico?– podrían ser devastadoras. La justificación predominante hasta ahora de no devolver piezas en base a una mejor conservación, dadas las supuestas deficiencias de las instituciones e instalaciones africanas, se ve ahora contestada con hechos, como la propia existencia del Museo de las Civilizaciones Negras en Dakar, y con palabras: «pura condescendencia», dice Felwine Sarr. «Países como Sudáfrica, Nigeria, Camerún, Kenia o Senegal no tienen problemas para acoger las obras. Otros no están listos, pero debemos darles tiempo», dijo el experto en declaraciones ofrecidas por El País.

Habrá que ver, sin embargo, la puesta en práctica de las devoluciones, que el documento Sarr-Savoy apunta a través de un plan que abarcaría casi un lustro. Su ejecución planteará a buen seguro problemas legales, políticos y económicos. Pero la apuesta es seria. «Mantener nuestras culturas es lo que ha salvado al pueblo africano de los intentos de convertirlo en un pueblo desalmado sin historia», dijo el presidente sengalés, Macky Sall, en la inauguración del museo en Dakar.

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