miércoles, 22 de enero de 2025

Miércoles de la II Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (7,1-3.15-17):

MELQUISEDEC, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo y recibió de Abrahán el diezmo del botín.

Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y, después, Rey de Salén, es decir, Rey de Paz.

Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida.

En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente.

Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera; pues está atestiguado:

«Tú eres sacerdote para siempre

según el rito de Melquisedec».

Palabra de Dios

Salmo 109,R/. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

 Santo Evangelio según san Marcos (3,1-6):

En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:

«Levántate y ponte ahí en medio».

Y a ellos les pregunta:

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».

Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:

«Extiende la mano».

La extendió y su mano quedó restablecida.

En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor

Compartimos:

Otra vez tenemos la misma historia. Un hombre enfermo. La presencia de Jesús. Y los otros, los fariseos, los escribas, todos a los que les importaba mucho más la ley que cualquier otra cosa, vigilando cada paso, cada gesto, cada palabra, de Jesús para ver le pillaban en falta. A Jesús le seguía demasiada gente, su mensaje era revolucionario, simplemente porque en lugar de preocuparse por la ley se preocupaba por el bien de las personas. Y eso era peligroso porque podía subvertir el orden social.


Da la impresión de que Jesús está ya cansado de tanto vigilarle y seguirle. Hay una frase en el texto evangélico que llama verdaderamente la atención y que, incluso, nos muestra una imagen de Jesús diferente de la habitual: Dice el texto que Jesús echó “en torno una mirada de ira, dolido por la dureza de su corazón”. Jesús enfadado, Jesús airado, Jesús que ya no tiene recursos para tratar de convencer a fariseos y escribas, de que lo que él esta haciendo es lo único que puede hacer Dios: dejar de preocuparse por cumplir leyes y normas y atender solo al bienestar de sus hijos e hijas. Y, como no tiene más argumentos, hace lo único que le interesa: curar al hombre de la mano paralizada, devolverle a la vida. Porque un hombre con la mano paralizada no podía trabajar, no podía alimentar a los suyos ni a sí mismo. No le quedaba más remedio que situarse al margen y vivir de la mendicidad. Por eso Jesús hace mucho más que curarle la mano, le convierte de nuevo en persona.


Nosotros, los seguidores de Jesús, debemos tener muy presente que para Jesús es mucho más importante el bien de las personas que el cumplimiento de las normas. Frente a los que hacen un problema fundamental si hay que comulgar en la mano o en la boca, si hay que ponerse de rodillas en a consagración o no, si… nosotros debemos recordar que lo importante es salvar a las personas, crear fraternidad y justicia, abrir la mano para compartir lo que tenemos. Esto es lo fundamental. Aquello puede estar bien, podemos dialogar sobre ello, puede hablar diversidad de opiniones. Pero lo fundamenta no es discutible. Y debería ser la primera preocupación para todos nosotros.

martes, 21 de enero de 2025

Martes de la II Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (6,10-20):

HERMANOS:

Dios no es injusto como para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes.

Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza; y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.

Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo:

«Te llenaré de bendiciones

y te multiplicaré abundantemente»;

y así, perseverando, alcanzó lo prometido.

Los hombres juran por alguien mayor, y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión.

De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como anda del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.

Palabra de Dios

Salmo 110,R/. El Señor recuerda siempre su alianza.

Santo Evangelio según san Marcos (2,23-28):

Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.

Los fariseos le preguntan:

«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».

Él les responde:

«¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».

Y les decía:

«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Palabra del Señor

Compartimos:

Si tuviera que poner un título al texto evangélico de hoy sería algo así como “El eterno dedo acusador”. Ahí están los fariseos que parece que no tienen más que hacer que fijarse en lo que hacen Jesús o sus discípulos para encontrar el agujero, el fallo, el incumplimiento, la imperfección y señalarla.


Algunos parece que han entendido así la vida cristiana. Recuerdo a uno de mis formadores en el seminario. Decía a menudo que en un tejido lo normal es que todo estuviese bien confeccionado. Y lo que había que hacer era señalar el fallo, lo que estaba mal. Lo otro, todo el resto que estaba bien, pues no había nada que decir sobre ello. Era lo normal que estuviese bien. Y esto lo aplicaba a la vida espiritual. Si cometíamos un fallo, una imperfección, eso había que señalarlo para que se corrigiese. Lo demás, todo el resto que se hacía durante el día y que estaba bien hecho (el trabajo, la oración, el estudio…) no había nada que decir porque lo normal era que estuviese bien. Pero no había ninguna razón para alabar todo eso que estaba bien hecho. Y sí la había para criticar, censurar, señalar, corregir, lo que se había hecho mal por mínimo que fuese. ¡Toda una forma de entender el seguimiento de Jesús! Era el reino de la misericordia transformando en el reino de la intolerancia, la condena y la culpabilidad. Porque ¿quién es totalmente perfecto? Y por supuesto no había que alabar nada en el otro no fuera a ser que se enorgulleciese y cayese en un mayor pecado.


Los fariseos podían haber ocupado mejor su tiempo en mirar a todas las cosas buenas que hacía y decía Jesús. Pero, agarrados a la ley, preferían señalar lo que ellos creían que era un fallo, que en el texto evangélico de hoy ni siquiera lo era. Sólo era un signo de libertad porque no somos ni podemos ser esclavos de la ley sino seguidores de Jesús. Como tal, vivimos en el reino de la misericordia, la comprensión, la paciencia, el perdón, la reconciliación.


Propuesta para hoy: que tal si, en lugar de buscar los fallos de nuestros hermanos y hermanas, nos dedicamos a alabar a Dios por las cosas buenas que hacen y, sin miedo, alabarles también a ellos por esas cosas.

lunes, 20 de enero de 2025

Lunes de la II Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (5,1-10):

Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.

A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.

Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy»; o, como dice en otro pasaje: «Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec».

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.

Palabra de Dios

Salmo 109,R/. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

Santo Evangelio según san Marcos (2,18-22):

En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:

«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».

Jesús les contesta:

«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.

Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.

Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Palabra del Señor

Compartimos:

Hay personas, incluso creyentes cristianos, que se empeñan en hacer de la fe en Jesús algo triste, difícil, sacrificado. Incluso hay creyentes que se sienten y viven como amenazados por Dios. Es como si la condenación eterna estuviese ahí siempre amenazando. Es como si Dios, el Padre-Abbá de Jesús estuviese jugando con nosotros, siempre vigilante para pillarnos en el más mínimo error para castigarnos y condenarnos.


Las personas que viven así su relación con Dios, necesitan hacer continuamente sacrificios, ayunos, penitencias. Porque a saber las meteduras de pata que habrán cometido sin darse cuenta, que habrán podido ser una ofensa para Dios… Y ya sabemos que éste, Dios, no perdona fácilmente si no se le ofrecen sacrificios y penitencias continuas y montones de avemarías, padrenuestros, rosarios y trisagios.


Se me hace que los fariseos y los discípulos de Juan que aparecen en el Evangelio de hoy son de ese estilo. Pero Jesús no va por ahí. Sus caminos son diferentes. Jesús está anunciando el reino y el reino es reino de vida. El Abbá de Jesús, el padre de todos, no es un juez ni un policía. No es ese ojo que siempre está vigilando lo que hacemos (como tantas veces se le ha representado en nuestras iglesias y como a veces le pensamos en nuestras mentes). El Abbá de Jesús es padre que quiere reunir a sus hijos en torno a la mesa de la fraternidad. Es padre siempre dispuesto a perdonar, a acoger, a abrirnos las puertas de la esperanza, a darnos la oportunidad de un nuevo comienzo.


Por eso, entre los cristianos no tienen mucho sentido los ayunos ni las penitencias. El mejor ayuno y la mejor penitencia es abrir la mano al hermano, ejercer la reconciliación, el perdón y la misericordia. Eso tiene mucho más sentido que darnos golpes en la espalda con la disciplina o privarnos de esta o de la otra comida. Jesús está con nosotros y eso hay que celebrarlo. Y no hay otra forma de celebrarlo que haciendo fiesta con los hermanos y hermanas sin dejar que nadie se quede fuera. Porque en el reino entramos todos.

domingo, 19 de enero de 2025

Fr. Vicente Niño OP reflexiona sobre la influencia de la Escuela de Salamanca en la teología moral

En la quinta conferencia del ciclo ‘500 años de la Escuela de Salamanca’ en Cuba


  Fr. Vicente Niño Orti, O.P., pronunció la quinta conferencia del ciclo 500 años de la escuela de Salamanca el día 15 de enero de 2025. El tema: La influencia de la Escuela de Salamanca en la Teologia Moral.


  Después de una breve presentación del conferencista, éste inició su disertación haciendo un breve recorrido histórico por los orígenes de la escuela recordando su principio en Salamanca y Coímbra y la renovación que el nacimiento de la escuela supuso para los estudios de Teología, Filosofía, Economía y Derecho. Recordó a su fundador, Francisco de Vitoria y a los principales representantes, Melchor Cano, Domingo de Soto, Francisco Suárez…


  Después, compartió una sucinta descripción de los aportes de la escuela de Salamanca al Derecho, a la Economía, a la comprensión del Derecho Internacional y los Derechos Humanos, al Derecho de Propiedad, la Teoría de la Guerra Justa.


  Finalmente se enfocó en dos ámbitos importantes donde la escuela dejó una profunda huella en la historia de la Teología moral: 


La transformación metodológica de la Teología Moral abriendo este campo a la interdisciplinariedad desde la idea de los Lugares Teológicos de Melchor Cano.

La incorporación a la reflexión de nuevos temas que hasta ese momento no habían sido centrales en el pensamiento teológico, abriendo campo a lo que con el tiempo serían considerados como temas relativos a la Moral Social: economía, política, ciudadanía, participación, etc.

vicente nino cuba


  Terminó recordando que:


La Escuela supo unir fuentes de pensamiento diferentes como sustrato permanente para la reflexión y la Teología.

La Escuela uso metodología de distintos espacios recuperando las diferentes fuentes (lugares teológicos/Teología dialógica).

La Escuela supo responder a las cuestiones que su tiempo les planteo. ¿Cuáles serían las nuestras hoy?

  La sesión concluyó con una serie de tres preguntas hechas a Fr. Vicente y el recuerdo de que la próxima sesión se celebrará el próximo 20 de febrero con la temática: La Escuela de Salamanca y la evolución del pensamiento jurídico, a cargo de Fr. Luis García Matamoro, O.P.


Fray José Hernando, O.P.

II Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (62,1-5):

Por amor a Sión no callaré,

por amor de Jerusalén no descansaré,

hasta que rompa la aurora de su justicia,

y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia,

y los reyes tu gloria;

te pondrán un nombre nuevo,

pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor

y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra «Devastada»;

a ti te llamarán «Mi predilecta»,

y a tu tierra «Desposada»,

porque el Señor te prefiere a ti,

y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se desposa con una doncella,

así te desposan tus constructores.

Como se regocija el marido con su esposa,

se regocija tu Dios contigo.

Palabra de Dios

Salmo 95,R/. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,4-11):

Hermanos: Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le ha concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.

El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan (2,1-11):

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:

«No tienen vino».

Jesús le dice:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dice a los sirvientes:

«Haced lo que él os diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dice:

«Llenad las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les dice:

«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:

«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Palabra de Dios

Compartimos:

«Haced lo que Él os diga»

Después del tiempo de Adviento y de las fiestas de Navidad, retomamos el camino del tiempo ordinario. Sabiendo que “ordinario” no significa “aburrido”, sino más bien “acostumbrado”, “habitual”. Las lecturas, para que entremos en este tiempo con fuerza, hablan de los carismas en la comunidad y nos presentan el milagro de las bodas de Caná. Porque con Jesús, cualquier situación se convierte en fiesta.


Ya la primera lectura nos coloca en situación. “Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.” El profeta Isaías presenta la relación de Israel con su pueblo como la de un matrimonio. Una relación de amor, en definitiva. Una promesa de ese Amor que hemos celebrado en la pasada Navidad, el Amor de Dios para con la humanidad.


Ese amor que se manifiesta en los diversos dones que el Señor reparte entre todos. Los carismas, de los que habla la segunda lectura. Carisma significa “don gratuito de Dios” y es, por tanto, un regalo, una gracia de gran valor; sin embargo, en la comunidad de Corinto reinaba una gran confusión justamente a causa de los carismas, cuyos agraciados se servían de ellos para darse importancia y buscar los primeros puestos en la comunidad, con el resultado de divisiones, envidias y celos.


Hay muchos carismas. Esta diversidad refleja la riqueza y la creatividad del Espíritu Santo. Cada creyente es único e irrepetible y tiene un papel específico que desempeñar en la comunidad, pero todos están unidos por el mismo Espíritu que los capacita y guía. Los dones espirituales son capacidades sobrenaturales dadas por Dios para el servicio y la construcción de la comunidad de fe. Porque los carismas son concedidos para favorecer el amor mutuo, no la competencia. Que no se nos olvide, para que contribuyamos a la unidad, y no a la división, porque todos tenemos algún carisma.


Y el Evangelio nos habla de una boda que, por la falta de vino, podía haber acabado mal para los novios. La vergüenza de no haber calculado bien sus necesidades, quedando en ridículo ante sus invitados. No sabemos mucho de ellos, porque aparece sólo el marido, y al final, pero seguro que ese día quedó grabado en su memoria.


Una boda es siempre una fiesta. Es que Jesús estaba a las duras y a las maduras. Sabe hacerse presente en las alegrías y en las penas. ­En todas las situaciones y en todos los lugares humanos. Está en Caná y está en Betania. También, por tanto, en los momentos festivos de la vida; también en medio de nuestras alegrías terres­tres. No es un Dios cascarrabias. No quiere que estemos siempre renunciando a lo bueno de la vida. Él, como Creador, nos ha dado los alimentos para nutrirnos, con sabores variados, para que los podamos gustar.


También sabe hacerse presente en los momentos de dolor: el mismo evangelio de san Juan nos refiere la presencia de Jesús en Betania, donde acababa de morir Lázaro, el hermano de Marta y María. El Señor es Aquel que puede dar un vuelco a las situaciones desesperadas por que atravesamos. Cambia el agua el vino; la tristeza en alegría; el sufrimiento en gozo; el destierro en vuelta a la patria. La muerte, en vida. Ese será el último signo de Jesús narrado por el cuarto evangelio, que va haciendo una revelación progresiva. Y el de hoy es el primer signo: va a ser en Caná, en este banquete de bodas, donde va a empezar, según el evangelista Juan, a dar señales de quién es Él.


En Caná se reveló el poder transformador, salvador de Jesús, así como la necesidad de la fe y la obediencia en la relación con Él. Nos invita a confiar en su providencia y a seguir sus indicaciones, sabiendo que puede convertir los escenarios más difíciles en momentos de bendición y de gracia.


Este milagro sobre el que reflexionamos tuvo lugar por la mediación de la Virgen María. Ella estaba atenta a lo que sucedía, e intercedió ante su Hijo. Gracias a ella, llega la hora de Jesús, su misión se empieza a realizar. “Haced lo que Él os diga”. Con ese gesto, nos marca cómo debe vivir también la Iglesia: con los ojos abiertos, atentos a lo que pasa alrededor, suplicando por los demás, orando a Dios por los que pasan apuros, por los que sufren. Y con fe, sabiendo que Él siempre escucha, aunque a veces parezca que no.


Es un buen día hoy para pedirle al Señor que nos haga fieles administradores de los carismas que nos ha dado, siempre atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, siempre disponibles, confiando, y todo para mayor gloria de Dios y salvación de los hermanos. Amén.

sábado, 18 de enero de 2025

Sábado de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (4,12-16):

HERMANOS:

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.

Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Así pues, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.

Palabra de Dios

Salmo 18.R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida

 Santo Evangelio según san Marcos (2,13-17):

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.

Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:

«Sígueme».

Se levantó y lo siguió.

Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían.

Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:

«¿Por qué come con publicanos y pecadores?»

Jesús lo oyó y les dijo:

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he ven do a llamar a justos, sino a pecadores».

Palabra de Dios

Compartimos:

Es sorprendente el texto evangélico de hoy: Jesús se dedica a frecuentar las malas compañías. Hay muchas personas que acuden a él. Y Jesús recibe a todos, con todos habla, a todos enseña. Pero a la hora de elegir a uno para que forme parte de sus discípulos, los que le seguían más de cerca, los que realmente estaban con él, elige precisamente a Leví, el que estaba sentado en el mostrador de los impuestos, uno de los odiados colaboracionistas del poder romano, uno de esos con los que los buenos judíos no se habrían sentado nunca y que, si se hubiesen cruzado con uno de ellos por la calle, se habrían pasado a la otra acera con tal de ni siquiera saludarlo o rozarlo.


Y cuando Jesús se va a comer con algunos de los que le escuchan, va precisamente a la casa de Leví, con éste y con sus amigos, todos publicanos y pecadores, todo gente de mal vivir. Todo gente que era excluida de la buena sociedad judía.


Es que en el evangelio, Jesús nos muestra que, si queremos ser sus seguidores, el juego más importante al que podemos jugar en la vida es el juego de incluir, de no dejar a nadie fuera por malo que sea. El Reino es para todos. El amor del Padre es para todos. No hay excepción. No hay pecado tan grave que pueda excluir de ese amor de Dios.


Desgraciadamente, hay muchos en nuestro mundo, cristianos y no cristianos, que juegan al juego de excluir. Estos son los que van pasando lista y van borrando a gente de su lista. A unos por su color, a otros por sus ideas políticas, a otros por su sexo, a otros por su comportamiento, a otros porque me parece que son una amenaza para su estilo de vida. El problema es que al final se quedan solos. Y su soledad no se parece en nada al Reino. Jugar a excluir nos aleja del Reino y nos aleja de Dios.


Hoy, como siempre, si queremos ser fieles a Jesús, tenemos que jugar al juego de incluir, de acercarnos a todos para atraerlos, para hacer comunidad y familia con ellos. Hoy, como siempre, tenemos que trabajar para que nadie se quede fuera de la esperanza y del amor de Dios. Porque Jesús no vino a excluir sino a incluir y acoger, también a los pecadores, a los malos…

viernes, 17 de enero de 2025

Viernes de la I Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (4,1-5.11):

HERMANOS:

Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber perdido la oportunidad.

También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por La fe a los que lo habían escuchado.

Así pues, los creyentes entremos en el descanso, de acuerdo con lo dicho:

«He jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»,

y eso que sus obras estaban terminadas desde la creación del mundo.

Acerca del día séptimo se dijo:

«Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho».

En nuestro pasaje añade:

«No entrarán en mi descanso».

Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia.

Palabra de Dios

Salmo 77,R/. No olvidéis las acciones de Dios

Santo Evangelio según san Marcos (2,1-12):

Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.

Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.

Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:

«Hijo, tus pecados te son perdonados».

Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:

«¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?».

Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:

«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados” o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?

Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-:

“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».

Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:

«Nunca hemos visto una cosa igual».

Palabra del Señor

Compartimos:

Lo que se juega en este relato evangélico no es tanto si Jesús puede curar o no. Lo importante es si puede perdonar los pecados. Ahí es donde los que le escuchan encuentran una blasfemia, una ofensa radical a Dios. ¡Sólo Dios puede perdonar los pecados! ¡Sólo Dios tiene la lleva que permite a la persona liberarse de la carga del error cometido y poder comenzar de nuevo! Y el que se arroga ese poder blasfema contra Dios. Todo esto tiene una contrapartida: yo no estoy obligado a perdonar a mi hermano porque eso solo lo puede hacer Dios.


Nosotros podemos usar esta historia para contrargumentar: está claro que Jesús podía perdonar los pecados porque Jesús era Dios. Lo que pasa es que sus oyentes no habían dado el salto de fe hasta reconocer la divinidad de Jesús. Nosotros creemos en esa divinidad y por eso podemos encontrar en Jesús el perdón de nuestros pecados y el camino de la salvación, una vez que hemos dejado atrás esas culpas. Todo eso se materializa en la celebración del sacramento de la reconciliación, de la penitencia, en la confesión, que parece que es el momento en el que Dios perdona nuestros pecados.


Creo que debemos ir más allá. Nuestro Dios es un Dios Padre que ama y perdona y reconcilia, que siempre nos ofrece nuevos caminos y nuevas esperanzas. Lo que hacemos en el sacramento de la reconciliación no es tanto obtener el perdón de unos pecados concretos –los que hemos cometido desde la última confesión– sino celebrar el perdón de Dios que está siempre con nosotros. Siempre. Siempre.


Más allá todavía. En Jesús se nos ha entregado a todos el ministerio de la reconciliación. Todos somos portadores de ese perdón de Dios para nosotros y para nuestros hermanos y hermanas. Lo dice Pablo en la segunda carta a los Corintios: “Todo procede de Dios que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación” (5,18). Jesús puede perdonar los pecados y nosotros, sus discípulos, también. Precisamente ese es el ministerio que se nos ha encargado: liberar, perdonar, reconciliar, abrir caminos a la esperanza. Nunca condenar ni excluir ni rechazar sino acoger y salvar.