martes, 6 de enero de 2026

La Epifanía del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (60,1-6):

¡Levántate y resplandece, Jerusalén,

porque llega tu luz;

la gloria del Señor amanece sobre ti!

Las tinieblas cubren la tierra,

la oscuridad los pueblos,

pero sobre ti amanecerá el Señor,

y su gloria se verá sobre ti.

Caminarán los pueblos a tu luz,

los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira:

todos ésos se han reunido, vienen hacia ti;

llegan tus hijos desde lejos,

a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, y estarás radiante;

tu corazón se asombrará, se ensanchará,

porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti,

y a ti llegan las riquezas de los pueblos.

Te cubrirá una multitud de camellos,

dromedarios de Madián y de Efá.

Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,

y proclaman las alabanzas del Señor.

Palabra de Dios


Salmo 71 R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6):

Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Palabra de Dios


Santo Evangelio según san Mateo (2,1-12):

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las poblaciones de Judá,

pues de ti saldrá un jefe

que pastoreará a mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor


Compartimos:

Hoy vemos en tres “misteriosos gentiles” lo que no vio la inquieta Jerusalén: la manifestación del amor misericordioso de Dios por toda la humanidad. Hoy, la cultura, la astronomía y los dones persas acaparan la mayor parte de nuestra atención; pero Benedicto XVI también señala un enigma: en la narración de la llegada real de los Magos en Mateo (cf. Mt 2,11), la mención de José está “sorprendentemente ausente”. El Papa admitía: «Todavía no he encontrado una explicación completamente convincente».


Sin embargo, ¿por qué la sorpresa? José necesitaba mantener a su familia en Belén, durante los meses previos a la llegada de los Magos. Lejos del taller de Nazaret, José viajó a donde se encontraban las obras: cercas y corrales dañados, o nuevas construcciones. No era extraño que José estuviera en otro lugar cuando llegaron los Magos; incluso es posible que nunca los conociera. El trabajo de san José es tan crucial para la narración de la infancia de Jesús como su presencia en casa con María y el Niño.


El Papa León XIV lo señaló, refiriéndose al herrero, los posaderos, las lavanderas, etc., en la escena del pesebre del Vaticano: «Parecen ajenos al acontecimiento central, pero no es así: en realidad, cada uno participa tal como es, permaneciendo en su lugar y haciendo lo que tiene que hacer, su trabajo (…). Esto también puede ser cierto para nosotros en nuestras jornadas laborables: cada uno lleva a cabo su tarea, y alabamos a Dios precisamente realizándola bien, con compromiso».


Decidámonos este año a ofrecerle al Niño Jesús el don de nuestro trabajo. Agradezcamos el sacrificio de quienes, por su trabajo, deben dejar a sus familias para servirnos en días festivos. Y, si José falta en un pesebre, sepamos dónde encontrarlo: entre los jornaleros modernos que se congregan en los lugares de siempre con la incierta misión de obtener el pan de cada día para sus familias. Esperan nuestro aprecio y compasión, no el miedo de Jerusalén ni la virulencia de Herodes.

lunes, 5 de enero de 2026

Lecturas del 5 de Enero

Primera Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (3,11-21):

Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.

Palabra de Dios


Salmo 99 R/. Aclama al Señor, tierra entera


Segunda Lectura

Santo Evangelio según san Juan (1,43-51):

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»

Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Felipe le contestó: «Ven y verás.»

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»

Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»

Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»

Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»

Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor


Compartimos:

 Es un texto de una de las cartas que se atribuyen al apóstol Juan. Nos dicen los estudiosos de la Palabra de Dios que es el mismo que escribió el Evangelio de Juan. Siempre nos ha parecido que era un hombre que andaba por las alturas, subido un poco por las nubes de la mística, con un lenguaje complicado no siempre fácil de entender. No hay más que recordar el prólogo de su Evangelio que hemos leído más de una vez en los días pasados.


Pero el texto de la primera lectura de hoy nos habla de que la mística cristiana siempre termina aterrizando en la realidad, en la vida de cada día. No se puede quedar en las alturas. No se queda en la contemplación ni en las horas de profunda oración. Al final el mensaje del Evangelio es, en síntesis, la buena nueva del amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo Jesús. Y eso se concreta en la relación diaria entre las personas. Y si no se concreta ahí, se queda en mera palabrería inútil.


Primero, el apóstol nos deja claro que el amor es lo opuesto a la muerte. Y, por tanto, al odio. El amor es vida. No tiene nada que ver con la muerte. Si amamos es signo de que hemos pasado de la muerte a la vida. Y el que no ama está muerto. Así de simple. El que no ama es como un “zombie”, uno de esos muertos vivientes de las películas, que andan por la calle siempre amenazando la vida de los demás. Lo que pasa es que para defendernos de ellos no usamos más arma que el amor. Es el único remedio que puede desactivar esa amenaza. Solo el amor regalado, entregado generosamente, gratuito, es capaz de transformar a esos muertos vivientes en personas libres, vivas, capaces a su vez de amar.


Pero el apóstol Juan añade algo más. Amar no es una palabra sino algo que se hace con obras. Como dice el refrán castellano: “obras son amores que no buenas razones.” Como dice el apóstol, si ves a tu hermano pasando necesidad y le cierras tus entrañas, ¿cómo puedes decir que amas de verdad?


Pues lo dicho. Si estamos vivos, amemos a los hermanos. Así venceremos el odio y la muerte. Pongámonos a la obra y concretemos ese amor en la vida diaria, en la relación con los que nos rodean. Ahí está la más alta cota de la mística cristiana.

domingo, 4 de enero de 2026

Domingo Segundo después de Navidad

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico: [Si 24,1-2.8-12]

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos.

El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

Palabra de Dios


Salmo 47 R/. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.


Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios: [Ef 1,3-6.15-18]

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.


Santo Evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: ?El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Palabra del Señor


Compartimos:

El Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).


El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret.


Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).


Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos.


He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño.

sábado, 3 de enero de 2026

II Semana de Navidad. El Santísimo Nombre de Jesús

Primera Lectura

Lectura de la primera carta de Juan (2,29;3,1-6):

Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.

Palabra de Dios


Salmo 97,R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios


Santo Evangelio según san Juan (1,29-34):

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor


Compartimos:

Siempre me llamó la atención en países anglosajones que, cada vez que en la Misa se dice Jesús, o Jesucristo, muchos inclinaban la cabeza. Era una cosa casi automática, pero muy real. Y también  el hecho de que nunca llamen a un niño Jesús… aunque sí Jesse, que se aproxima bastante. Claro, estos hechos tratan de un “doblar la rodilla”, es decir, de reconocer la divinidad del Nombre. Es una señal de respeto y reverencia, pero es algo más.


El ángel puso el nombre a Jesús en la Anunciación a María, es decir, en el mismo instante de la Encarnación (concebirás y darás a luz a un hijo a quien pondrás por nombre Jesús). Para la cultura semítica, el nombre es equivalente a la identidad entera. Y por eso no se podía pronunciar el nombre de Dios, porque significaría adueñarse de la identidad.  Jesús significa “Dios salva” y, por tanto, pronunciar ese nombre es reconocer, una y otra vez, que hemos sido salvados, liberados, por su sangre. Doblar la rodilla ante ese hecho (o inclinar la cabeza) es, entonces, obligado. Es agradecer, proclamar, declararnos dependientes de esa salvación concedida.


Los primeros cristianos sufrían y morían por el Nombre. Todo lo hacían en el Nombre de Jesús. Porque el nombre implica toda la persona. Por amor de su nombre es por amor de Él mismo, de su persona entera. Los cristianos siempre comenzamos toda acción (decía el catecismo antiguo: al levantarse, al empezar el día, antes de salir de casa, al empezar algún trabajo, al pasar por delante de una iglesia, antes de comer, al acostarse y en toda necesidad, tentación peligro). El decir “en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” es decir que todo está en relación con Él, que todo depende de Él, que nada podemos hacer ni realizar por nosotros mismos, que necesitamos esa fuerza en cada instante de la vida. Que el hacerlo así, salva en todo momento; que mantiene la conexión y la realidad de la salvación continuamente. Mantiene así también nuestra consciencia de criaturas dependientes del Salvador.

viernes, 2 de enero de 2026

Lecturas del Viernes de la II Semana de Navidad,Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo, obispos y doctores de la Iglesia

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,22-28):

¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él. Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.

Palabra de Dios


Salmo 97 R/. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios


Segunda Lectura

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,19-28):

Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo: «No lo soy.»

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió: «No.»

Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor


Compartimos:

San Basilio y san Gregorio Nacianceno, grandes amigos y compañeros de camino, presentan muy bien las dos llamadas que hacen las lecturas de hoy: Permaneced en Dios. Y, por otro lado, predicad humildemente al que llega y al que no son dignos de desatar la sandalia.


Basilio anhelaba la vida monástica, el “permanecer” en Dios en la oración y Gregorio era un gran predicador y filósofo. Ambos se enfrentaron a la realidad de confusión y herejía en el mundo del siglo IV. Y entraron en acción. Lo cual no quiere decir que, al caminar, dejaran de permanecer. A veces la mucha acción (que puede ser tan maravillosamente intencionada como la de luchar por la justicia) podría ir, insensiblemente, disminuyendo el tiempo de la oración. Entonces, se dejaría de permanecer. Pero, paradójicamente, también se dejaría de permanecer si se cae en un ensimismamiento que no mira a la realidad, a las hambres materiales y espirituales del mundo. Entonces se puede estar en un mismo lugar, pero no en el lugar de Dios. Porque entonces no se permanece en Dios y en su voluntad que es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; se permanece, simplemente, en la propia ensoñación. Pero se puede permanecer y obrar al mismo tiempo. La oración y acción de los grandes santos como Teresa de Jesús, Pedro Poveda, Antonio Claret, y hoy Basilio y Gregorio.


Los grandes santos, como lo fueron Basilio y Gregorio aprendieron también muy bien lo de la “correa de la sandalia” de la que habla Juan Bautista. Saben que no se anuncian a sí mismos. Son la voz que grita en el desierto, es decir, en un mundo hostil, confuso y a menudo hereje. Saben también que el que viene “detrás”, viene, en realidad, delante, por encima, a los lados. Es el mismo en quien “nos movemos y somos”. Porque es en Él en quien se permanece. En él en quien estamos “entusiasmados”, es decir, “en theus, endiosados”. Y ese entusiasmo, ese permanecer es el que nos hace caminar, anunciar, actuar.

jueves, 1 de enero de 2026

ÁNGELUS DEL PAPA LEÓN XIV

 SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

LVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz año nuevo!

Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas.


El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas. De hecho, es con este estilo que Dios mismo habita la historia y la rescata del olvido, dando al mundo al Redentor: Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano e ilumina las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace.


En este sentido, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En el silencio de su seno virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia.


Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz.


El Salvador viene al mundo naciendo de una mujer; detengámonos a adorar este acontecimiento, que resplandece en María Santísima y se refleja en cada recién nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro cuerpo.


En esta Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor. Con la certeza de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca declina, supliquemos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.


Queridos hermanos y hermanas:

Saludo con afecto a todos ustedes, reunidos en la Plaza de San Pedro en este primer día del año. ¡Mis mejores deseos de paz y de todo bien! Correspondo con viva gratitud los buenos deseos del Presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella.


Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: «¡La paz esté con todos ustedes!». Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.


Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos desde hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia.


Expreso mi aprecio por las innumerables iniciativas promovidas con ocasión de esta Jornada en todo el mundo. En particular, recuerdo la Marcha nacional que se tuvo lugar anoche en Catania y saludo a los participantes en la que organiza hoy la Comunidad de Sant’Egidio.


Saludo también al grupo de estudiantes y docentes de Richland, Nueva Jersey, y a todos los romanos y peregrinos presentes.


Al comienzo de este año, en el que se conmemora el octavo centenario de la muerte de san Francisco, quisiera hacer llegar a cada persona su bendición, tomada de la Sagrada Escritura: «El Señor te bendiga y te guarde; haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti; vuelva hacia ti su mirada y te conceda la paz».


Que la santa Madre de Dios nos guíe en el camino del nuevo año. Muchas felicidades a todos.

Santa María, Madre de Dios

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números (6,22-27):

EL Señor habló a Moisés:

«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:

“El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor te muestre tu rostro

y te conceda la paz”.

Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios


Salmo  66 R/. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (4,4-7):

Hermanos:

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios


Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21):

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor


Compartir:

El Señor hace brillar su rostro, da la paz y hace entrar en su familia y, como dice Gálatas, si hijos, herederos con Cristo. Es decir, herederos de esa bendición del brillo del rostro de Dios. La bendición de la gloria de Dios es la paz. Pero no es una paz de simple ausencia de conflicto externo, sino algo mucho más profundo.


Hoy celebramos varias cosas además del Año Nuevo: María, Madre de Dios, y la Jornada Mundial de la Paz. Todo va unido. La paz es cuestión, en primer lugar, personal y luego de familia. La paz interior de cada uno de los miembros de una familia (bendecido, cada uno, por el rostro de Dios) lleva a la paz familiar. Y eso mismo se puede extender a vecindarios, pueblos, naciones, el mundo entero. Hablar de paz hoy en un mundo en guerras abiertas, híbridas, silenciadas, o frías parece algo complicado. Se podría decir que la paz que se ofrece es más bien una confiada seguridad en la protección del rostro de Dios sobre nosotros. Es también la seguridad de quien se sabe hijo. Hijo de Dios y, por tanto, hijo también de la Madre de Dios, María.


Quizá la clave de esa extraña paz (materialmente hablando), sea lo que nos dice el evangelio de hoy sobre María que, “guardaba todas esas cosas en su corazón”. No se trata de un silencio perplejo ante el misterio y resignado ante la realidad. Se trata, más bien, del recuerdo (re-cordar es devolver al corazón) de las promesas de Dios y del cumplimiento de tales promesas; se trata de rumiar todos esos actos de presencia de Dios en la propia vida en el pasado y en el presente y la seguridad de la futura presencia y brazo poderoso. Se trata del abandono de los hijos en brazos de sus padres. En brazos de la santísima Madre de Dios.