domingo, 7 de diciembre de 2025

II Domingo de Adviento (Ciclo A)

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (11,1-10):

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Palabra de Dios

Salmo 71,R/. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (15,4-9):

Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.»

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Mateo (3,1-12):

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»

Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»»

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

Palabra del Señor

Compartimos:

 El Evangelio de san Mateo nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2).


A él acudían muchas personas buscando bautizarse y «confesando sus pecados» (Mt 3,6). Pero dentro de tanta gente, Juan pone la mirada en algunos en particular, los fariseos y saduceos, tan necesitados de conversión como obstinados en negar tal necesidad. A ellos se dirigen las palabras del Bautista: «Dad fruto digno de conversión» (Mt 3,8).


Habiendo ya comenzado el tiempo de Adviento, tiempo de gozosa espera, nos encontramos con la exhortación de Juan, que nos hace comprender que esta espera no se identifica con el “quietismo”, ni se arriesga a pensar que ya estamos salvados por ser cristianos. Esta espera es la búsqueda dinámica de la misericordia de Dios, es conversión de corazón, es búsqueda de la presencia del Señor que vino, viene y vendrá.


El tiempo de Adviento, en definitiva, es «conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano» (San Juan Pablo II).


Aprovechemos, hermanos, este tiempo oportuno que nos regala el Señor para renovar nuestra opción por Jesucristo, quitando de nuestro corazón y de nuestra vida todo lo que no nos permita recibirlo adecuadamente. La voz del Bautista sigue resonando en el desierto de nuestros días: «Preparad el camino al Señor, enderezad sus sendas» (Mt 3,3).


Así como Juan fue para su tiempo esa “voz que clama en el desierto”, así también los cristianos somos invitados por el Señor a ser voces que clamen a los hombres el anhelo de la vigilante espera: «Preparemos los caminos, ya se acerca el Salvador y salgamos, peregrinos, al encuentro del Señor. Ven, Señor, a libertarnos, ven tu pueblo a redimir; purifica nuestras vidas y no tardes en venir» (Himno de Adviento de la Liturgia de las Horas).

sábado, 6 de diciembre de 2025

Evangelio del Sábado de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (30,19-21.23-26):

Esto dice el Señor, el Santo de Israel:

«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén,

no tendrás que llorar,

se apiadará de ti al oír tu gemido:

apenas te oiga, te responderá.

Aunque el Señor te diera

el pan de la angustia y el agua de la opresión

ya no se esconderá tu Maestro,

tus ojos verán a tu Maestro.

Si te desvías a la derecha o a la izquierda,

tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.

Te dará lluvia para la semilla

que siembras en el campo,

y el grano cosechado en el campo

será abundante y suculento;

aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas;

los bueyes y asnos que trabajan en el campo

comerán forraje fermentado,

aventado con pala y con rastrillo.

En toda alta montaña,

en toda colina elevada

habrá canales y cauces de agua

el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.

La luz de la luna será como la luz del sol,

y la luz del sol será siete veces mayor,

como la luz de siete días,

cuando el Señor vende la herida de su pueblo

y cure las llagas de sus golpes».

Palabra de Dios


Salmo 146,R/. Dichosos los que esperan en el Señor


Santo Evangelio según san Mateo (9,35–10,1.6-8):

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».

Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor


Compartimos:

El pasaje evangélico de hoy es un pequeño discurso misionero, con una rica introducción y algunas consignas de utilidad práctica. El comienzo de la narración empalma plenamente con el texto de Isaías que hemos leído y que podría llamarse la autopresentación de Yahvé como buen pastor. Él es el Dios que te acompaña y no permite que te extravíes, el Dios compasivo que no soporta que sufras, el que se conmueve con tu gemido, el que te da el alimento necesario. ¡Cuánta ligereza en muchos cristianos, que llegan a afirmar que no soportan al Dios del Antiguo Testamento! ¿Habrán leído algo de Isaías, de Oseas…? Isaías ofrece ya condensado el marco evangélico de la misión o envío, en él que es Jesús quien ve a Israel como un rebaño descarriado, ovejas sin pastor, se compadece y procura suscitar buenos pastores, en este caso los apóstoles – misioneros.


El evangelista escribe desde un contexto histórico avanzado, hacia la época final del Nuevo Testamento. La sinagoga y la Iglesia son ya entidades separadas; por eso dice que Jesús enseñaba en “sus” sinagogas, las de ellos, donde ya no hay espacio para los cristianos. Pero la Iglesia, nueva y definitiva sinagoga, lleva adelante los planes de Jesús, que son la puesta en acción de lo prometido por Isaías. Sus misioneros darán la buena noticia, aliviarán el sufrimiento humano, implantarán el reino siquiera de forma embrionaria… Ellos, la Iglesia, contemplarán y afrontarán, como Jesús, una tarea ímproba, pues “la mies es mucha”; según Lc 10,4, no podrán siquiera detenerse a saludar a quienes se les crucen en el camino, algo inconcebible en el mundo semita. Sin duda las Iglesias de Mateo y de Lucas se sienten acuciadas por una gran urgencia misionera; desaparecida ya de sus cálculos la parusía, se plantea la misión de dimensiones universales.


A los enviados se les encomienda un mensaje y un encargo que los supera inmensamente: anunciar y mostrar la presencia del Reino. Ellos no podrán resucitar muertos ni curar todas las dolencias; pero su talante será en todo momento el de portadores de vida e insufladores de ganas de vivir.


La mentalidad plenamente judía de este original evangelista se nota en la exclusividad de los enviados: de momento solo a Israel… Él conoce el orden trazado por Isaías en el establecimiento de la salvación: primero deberá “consolidarse” Israel, y seguidamente los paganos gozarán también de su luz y de su gloria: “estará firme el monte de la casa del Señor, hacia él confluirán las naciones… él nos instruirá y marcharemos por sus sendas” (Is 2,2; cf. Miq 4,1). Pero Mateo lo cuenta a su Iglesia: ella deberá vivir como verdadero pueblo mesiánico y ofrecer un resplandor contagioso, capaz de atraer a todos los pueblos y colmar sus aspiraciones, tal vez nunca formuladas, de participar también en los bienes divinos.


Y no olvidemos una última consigna de Jesús para sus mensajeros: la gratuidad. Con lo religioso no se trafica; S. Pablo contraponía su comportamiento al de quienes predicaban a sueldo: “no negociamos con la Palabra de Dios” (2Co 2,17). Solo la oferta desinteresada es creíble, también la de la fe, por supuesto.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Evangelio del Viernes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (29,17-24):

Esto dice el Señor:

«Pronto, muy pronto,

el Líbano se convertirá en vergel,

y el vergel parecerá un bosque.

Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;

sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.

Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,

y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;

porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;

y serán aniquilados los que traman para hacer el mal:

los que condenan a un hombre con su palabra,

ponen trampas al juez en el tribunal,

y por una nadería violan el derecho del inocente.

Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán,

dice a la casa de Jacob:

“Ya no se avergonzará Jacob,

ya no palidecerá su rostro,

pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos,

santificarán mi nombre,

santificarán al Santo de Jacob

y temerán al Dios de Israel”.

Los insensatos encontrarán la inteligencia

y los que murmuraban aprenderán la enseñanza».

Palabra de Dios


Salmo  26,R/. El Señor es mi luz y mi salvación.


Santo Evangelio según san Mateo (9,27-31):

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando:

«Ten compasión de nosotros, hijo de David».

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo:

«¿Creéis que puedo hacerlo?».

Contestaron:

«Sí, Señor».

Entonces les tocó los ojos, diciendo:

«Que os suceda conforme a vuestra fe».

Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente:

«¡Cuidado con que lo sepa alguien!».

Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

Palabra del Señor


Compartimos:

Era una de las esperanzas más repetidas en Israel (Is 29,19): en los días mesiánicos verían los ciegos. Jesús participaba de esa misma esperanza, y cuando unos discípulos del bautista le pregunten si han llegado ya los tiempos deseados, si es él realmente el mesías, remite inmediatamente a la curación de ceguera (Mt 11,5). La profecía de Isaías era así de clara: “sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”.


Mateo concede en su evangelio un relieve especial a este signo del poder de Jesús; anticipándose a las curaciones marquinas del ciego de Betsaida y el de Jericó (cf. Mc 8,22ss; 10,46ss), nos ofrece esta curación de dos ciegos; la presenta como un cuadro sin marco: no tienen nombres, no se menciona el lugar… Más bien parece ser un relato de valor simbólico, quizá mera repetición-anticipación en abstracto de la curación de los dos ciegos que Jesús realizará al salir de Jericó hacia Jerusalén (Mt 20,29ss), texto en que Mateo magnifica el suceso: según Mc era un solo ciego, según Mt son dos.


Al evangelista le interesa mostrar cuanto antes que Jesús proporciona vista, para que los discípulos puedan percibir a quién siguen realmente. El milagro está narrado al lado de la cicatrización de la hemorroisa, la revivificación de la hija de Jairo, la curación de un sordomudo… Por eso el evangelista puede comentar, citando a Isaías 53,4, que el mesías “cargó con nuestras dolencias y llevó nuestras enfermedades” (Mt 8,17).


Un elemento llamativo de la narración, que no se encuentra en el lugar paralelo de los ciegos de Jericó, es la prohibición severa de dar publicidad a lo sucedido. Pero tal prohibición (que los estudiosos llaman “secreto mesiánico”) no es exclusiva de este milagro; también al leproso curado (Mt 8,4) se le prohíbe que cuente a nadie su curación. Al parecer, hablar del poder de Jesús cuando aún no está presente la perspectiva de su muerte en la máxima humillación podría desfigurar la auténtica imagen del mesías, que sería el mero triunfador, el admirado por sus éxitos, pero no el que entrega la vida. En cambio, cuando salen de Jericó hacia Jerusalén, ya está a la vista el lugar del rechazo, condena y patíbulo. Los ciegos curados ven ahora en profundidad y “le siguen”, se ponen en camino con Jesús y adoptan su estilo.


Nuestro pasaje evangélico termina diciendo que los ciegos curados, contra la prohibición de Jesús, se pusieron a divulgar por toda aquella región lo sucedido. Se anticipa lo que dirán los apóstoles ante sanedrín amenazante: “lo que hemos visto y oído no podemos menos de contarlo” (Hch 4,20); el evangelista enseña que quien ha sido tocado por el poder de Jesús siente la necesidad imperiosa de ser su testigo y mensajero.


Jesús exigirá a los curados el buen uso de la vista recuperada; deberán tener la mirada penetrante de fe y reflexión. En Mt 16,9s reprocha a los apóstoles: “¿todavía no entendéis, no caéis en la cuenta…?”; en Mc 8,18 se dice con más dureza: “¿Teniendo ojos no veis y teniendo orejas no oís?”. Sobre todo zaherirá la ceguera culpable de los endurecidos en su increencia: “Si fuerais ciegos no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste” (Jn 9,41). Preciosa confesión la del doctor de la Iglesia S. Henri Newman: “nunca he pecado contra la luz”.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Evangelio del Jueves de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (26,1-6):

Aquel día, se cantará este canto en la tierra de Judá:

«Tenemos una ciudad fuerte,

ha puesto para salvarla murallas y baluartes.

Abrid las puertas para que entre un pueblo justo,

que observa la lealtad;

su ánimo está firme y mantiene la paz,

porque confía en ti.

Confiad siempre en el Señor,

porque el Señor es la Roca perpetua.

Doblegó a los habitantes de la altura,

a la ciudad elevada;

la abatirá, la abatirá

hasta el suelo, hasta tocar el polvo.

La pisarán los pies, los pies del oprimido,

los pasos de los pobres».

Palabra de Dios


Salmo 117,R/. Bendito el que viene en nombre del Señor


Santo Evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor


Compartimos:

La vida humana podemos llevarla con consistencia y también a la ligera, de forma irresponsable; no nos viene mal la letra de la canción de los Panchos “se vive solamente una vez, hay que aprender a querer y a vivir”… antes de que “se aleje y nos deje llorando quimeras”. Por aquí podría orientarse nuestra meditación de hoy. La primera frase de Jesús hace eco inconfundible a un texto del profeta Jeremías; la mirada penetrante del profeta percibía en Israel la presencia de “creyentes poco comprometidos”, que daban por solucionados sus cometidos religiosos con solo la presencia del templo en medio de la ciudad santa: “Templo del Señor, Templo del Señor” (Jeremías 7,4). A estos, el profeta les advierte que lo que se requiere es la fe obediente a Yahvé: “Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones…” (Jr 7,5).


Probablemente el lenguaje encantador de Jesús encandiló momentáneamente a muchos contemporáneos suyos; los evangelios hablan con frecuencia del seguimiento multitudinario… “de Galilea, de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de Transjordania y de las zonas de Tiro y de Sidón” (Mc 3,7s). Pero también dejan constancia de que, en algún momento, la gente se marcha, considerando que el camino propuesto por Jesús no se corresponde plenamente con las aspiraciones de Israel en aquel momento: “Muchos de sus discípulos se echaron atrás, y ya no caminaban con él” (Jn 6, 66 [la verdadera causa no debe de ser la oferta del Pan de Vida; error de contexto]); Jesús tiene que preguntar incluso a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Esa será la triste realidad en el momento duro de Getsemaní: “abandonándole, huyeron todos” (Mc 14,50).


La crudeza de esa expresión suscita muchas preguntas. El seguimiento de Jesús hasta aquel momento, ¿estaba correctamente motivado? ¿debidamente arraigado? ¿Serían los apóstoles algo aventureros, dispuestos a estar con él mientras no surgiesen problemas mayores? ¿tendrían una fe apoyada solo en arena movediza?


La historia de la Iglesia es a la vez impresionante y decepcionante. Lo de los mártires supera el mero razonamiento humano; y son muchos miles… Hicieron suyo el Salmo 63,4: “tu amor vale más que la vida”. Pero la constatación opuesta es desoladora. ¿Cómo fue posible que la mayor parte del norte de África, en el siglo VII-VIII, se dejase arrastrar al fugaz paso de un vendaval islámico? ¿Qué sucedió en la Francia del siglo XVIII, que, partiendo de lo cristiano, produjo la antirreligiosidad de un Voltaire o un Diderot, y la Enciclopedia…? ¿Y en nuestro tiempo? Al parecer, más de la mitad de Alemania y de Inglaterra ya no es de bautizados; y los templos de España están vacíos, o en el mejor de los casos, frecuentados casi solo por inmigrantes latinoamericanos. Un vendaval de secularización ha producido lo que hace 70 años apenas podía imaginarse. ¿Íbamos a misa el domingo solo por salir de la monotonía cotidiana y mientras no llegase una “diversión” mejor? ¿Habrá sido la televisión, y hoy otros medios más tecnificados, quienes han quitado el sitio a la oración en familia, a la práctica religiosa de muchos…? ¿Qué profundidad tienen las raíces de sus convicciones de fe?


Para Jeremías “la Palabra de Dios era fuego en su carne, prendido en sus huesos, y él no podía apagarlo” (Jr 20,9). ¿Tenemos hoy una fe resistente a los últimos vientos?

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Evangelio del Miércoles de la I Semana de Adviento,San Francisco Javier, presbítero

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (25,6-10a):

En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos,

en este monte, un festín de manjares suculentos,

un festín de vinos de solera;

manjares exquisitos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte

el velo que cubre a todos los pueblos,

el lienzo extendido sobre a todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros,

y alejará del país el oprobio de su pueblo

—lo ha dicho el Señor—.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios.

Esperábamos en él y nos ha salvado.

Este es el Señor en quien esperamos.

Celebremos y gocemos con su salvación,

porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Palabra de Dios


Salmo 22,1R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término


Santo Evangelio según san Mateo (15,29-37):

En aquel tiempo, Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.

Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.

La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».

Los discípulos le dijeron:

«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».

Jesús les dijo:

«¿Cuántos panes tenéis?».

Ellos contestaron:

«Siete y algunos peces».

Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.

Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.

Palabra del Señor.


Compartimos

A pesar de ser siempre sorprendente, el Dios de que nos habla Jesús es el Dios de la coherencia, el que no puede negarse a sí mismo. En el libro de los Números, no muy leído en la liturgia, vemos a Moisés pidiendo a Yahvé “que la comunidad no quede como rebaño sin pastor” (Nm 27,17); y el profeta Zacarías viene a dar la respuesta: “El Señor de los ejércitos cuidará de su rebaño” (Zac 10,3). Como en algún otro momento, Jesús pudo decir a la multitud: “hoy se cumple esta Escritura entre vosotros”.


El evangelio se nos ofrece hoy como en dos piezas yuxtapuestas: un resumen generalizante sobre actividad terapéutica de Jesús y una anécdota bien individuada, la multiplicación de los panes. Ambas piezas se complementan en cuanto a mensaje: el Dios de que habla Jesús es el Dios de la vida, del amor, de la compasión. Así le habían barruntado los profetas en general: él aniquilaría la muerte, enjugaría las lágrimas de todos los ojos… Dios no soporta el sufrimiento humano. Desde Is 65,19, está Dios comprometido a que “no se oigan en Jerusalén gemidos ni llantos”.


Jesús, con diversos signos, va haciendo palpable el cumplimiento de ese compromiso del Padre. Cuando los enviados del Bautista le pregunten si es él el que tenía que venir (Mt 11,4s), los invita a observar lo que sucede y escuchar los rumores de la gente: “id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos vuelven a ver,  y los cojos andan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben la buena noticia” (Mt 11,4s). Sin duda, el evangelista ha redondeado la historia de Jesús mediante el modelo isaiano, buscando la mejor correspondencia. Pero la actividad curativa de Jesús, sean cuales sean sus dimensiones, no puede ponerse en duda, pues sus mismos enemigos no fueron capaces de negarla; sencillamente buscaron una interpretación torcida: “la víspera de la pascua fue colgado Jesús por haber practicado la hechicería y haber seducido a Israel” (Talmud de Babilonia).


La alimentación milagrosa de una multitud no requiere mucho comentario, por sernos tan conocida. La Iglesia naciente la narró repetidas veces, quizá cada vez que celebraba la Cena del Señor; y por ello ambas narraciones llegaron a asemejarse: “Jesús pronunció la acción de gracias, tomó los panes, los partió y se los dio” (Mt 15,36 = 26,26).


En uno y otro caso, Jesús es la plena manifestación de Yahvé dando vida a su pueblo y curándole sus dolencias. Y la Iglesia hace constantemente su confesión de fe: donde está Jesús está la vida. Y lo completa con otros dichos de Jesús: “el que venga a mí no tendrá hambre ni sed” (Jn 6,35). ¡Qué pena que algunos pensadores hayan rechazado a Dios porque solo han visto en él al vigilante temible! Quizá los predicadores y teólogos no estemos exentos de culpa; no es atrayente el ritornelo del Gran Teatro del Mundo (Calderón de la Barca) “obrar bien, que Dios es Dios”. No va en la línea de vivir gozosamente la presencia y el apoyo del Dios amigo que acompaña siempre con ternura. Que no se nos escape; la multiplicación de los panes fue narrada siempre según el esquema del Éxodo: Dios guía a su pueblo por el desierto y socorre su hambre con el maná. Esa es nuestra Eucaristía, ese es nuestro vivir.

martes, 2 de diciembre de 2025

Martes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (11,1-10):

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé,

y de su raíz florecerá un vástago.

Sobre él se posará el espíritu del Señor:

espíritu de sabiduría y entendimiento,

espíritu de consejo y fortaleza,

espíritu de ciencia y temor del Señor.

Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias

ni sentenciará de oídas;

juzgará a los pobres con justicia,

sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra;

pero golpeará al violento con la vara de su boca,

y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.

La justicia será ceñidor de su cintura,

y la lealtad, cinturón de sus caderas.

Habitará el lobo con el cordero,

el leopardo se tumbará con el cabrito,

el ternero y el león pacerán juntos:

un muchacho será su pastor.

La vaca pastará con el oso,

sus crías se tumbarán juntas;

el león como el buey, comerá paja.

El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente,

y el recién destetado extiende la mano

hacia la madriguera del áspid.

Nadie causará daño ni estrago

por todo mi monte santo:

porque está lleno el país del conocimiento del Señor,

como las aguas colman el mar.

Aquel día, la raíz de Jesé

será elevada como enseña de los pueblos:

se volverán hacia ella las naciones

y será gloriosa su morada.

Palabra de Dios


Salmo  71,R/. Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.


Santo Evangelio según san Lucas (10,21-24):

En aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor


Compartimos:

Es un puro tópico recordar que evangelio significa exactamente “buena noticia”; pero llega el adviento y hay que repetirlo. Así comenzó Jesús su ministerio: “creed en la buena noticia, llega el reino de Dios” (Mc 1,15), y así continuó al visitar Nazaret: “el Señor me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18). ¿Habremos traicionado alguna vez el evangelio, convirtiéndonos en aguafiestas para nuestros hermanos? Demasiadas veces oí decir, de pequeño, quizá como chantaje para que renunciase a mis normales travesuras infantiles, aquello de “mira que te mira Dios, mira que te está mirando…”. Con los mejores deseos, podemos desnaturalizar lo de Jesús. Los entendidos en la interioridad cristiana han valorado la mirada divina de otra manera: “ya bien puedes mirarme, después que me miraste, que gracia y hermosura en mí dejaste” (S. Juan de la Cruz).


Los que bucean en los evangelios perciben una primera etapa de la actividad del Maestro que llaman “primavera galileana”; aparece como el profeta de los nuevos tiempos, que crea dicha y ganas de vivir donde había desesperanza. Es el mensajero previsto por Isaías 52,7: “qué hermosos sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que dice a Sion: tu Dios establece su reino”.


Al inicio de la actividad de Jesús todo sonríe: él predica bienaventuranzas, alegrías para los pobres, hambrientos y afligidos, y él mismo los alegra llevando consuelo a los corazones desgarrados, anunciando el perdón y el amor del Padre; con ello lleva paz a los desconsolados. A veces el mismo Jesús parece admirarse de lo que sucede por medio de él: “levantad los ojos y mirad los campos, que ya amarillean para la siega” (Jn 4,35); “cuando la higuera se pone tierna y echa yemas… está llegando el verano” (Lc 21,30).


Alguna vez nuestros políticos han hablado de “brotes verdes”, como signo de recuperación económica, mejor situación social, etc. No fueron originales; ya los seguidores de Jesús habían percibido esos brotes con mucha más claridad: Jesús estaba transformando el mundo. Naturalmente, Jesús se alegra y los llama a la alegría; los felicita por lo que ven, oyen, experimentan… Los que están cercanos a Jesús adquieren una mirada más penetrante, ven las cosas y ven a través de las cosas; él se lo dirá con claridad: “a vosotros se os ha dado a conocer el misterio del Reino de Dios”, mientras que a los que, desde lejos, miran con escepticismo, por encima del hombro, “todo les resulta un enigma” (Mc 4,11). Jesús exige poco: un corazón sencillo y unos ojos limpios bastan para la admiración.


¿Podemos nosotros felicitarnos por lo que vemos y oímos? Quizá somos demasiado propensos a hacer listas de lo que falta sin saber agradecer lo que ya hay, que en muchos casos es fruto de la fe en Jesús. Los milagros que acontecen en torno a nosotros son innumerables; Jesús puso en marcha una correa de transmisión del bien que no cesa. Son tantos los que dedican su tiempo y energías a hacer el bien a otros, los que se han olvidado de sí mismos para llevar a otros la buena noticia (¿cuántos misioneros y misioneras españolas trabajan en África, Asia u Oceanía, gratuitamente?). ¡Cuánta bondad en nuestro mundo! ¡Dichosos nuestros ojos…!

lunes, 1 de diciembre de 2025

Lecturas del Lunes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (2,1-5):

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén.

En los días futuros estará firme

el monte de la casa del Señor,

en la cumbre de las montañas,

más elevado que las colinas.

Hacia él confluirán todas las naciones,

caminarán pueblos numerosos y dirán:

«Venid, subamos al monte del Señor,

a la casa del Dios de Jacob.

Él nos instruirá en sus caminos

y marcharemos por sus sendas;

porque de Sión saldrá la ley,

la palabra del Señor de Jerusalén».

Juzgará entre las naciones,

será árbitro de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, venid;

caminemos a la luz del Señor.

Palabra de Dios


Lectura del libro de Isaías.

Aquel día, el vástago del Señor será el esplendor y la gloria, y el fruto del país será orgullo y ornamento para los redimidos de Israel.

A los que queden en Sion y al resto de Jerusalén

los llamarán santos: todos los que en Jerusalén están inscritos para la vida.

Cuando el Señor haya lavado la impureza de las hijas de Sion

y purificado la sangre derramada en Jerusalén,

con viento justiciero, con un soplo ardiente,

creará el Señor sobre toda la extensión del monte Sion y sobre su asamblea

una nube de día, un humo y un resplandor de fuego llameante de noche.

Y por encimo, la glora será un baldaquino

y una tienda, sombra en la canícula,

refugio y abrigo de la tempestad y de la lluvia.

Palabra de Dios.


Salmo 121,R/. Vamos alegres a la casa del Señor.


Santo Evangelio según san Mateo (8,5-11):

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:

«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».

Le contestó:

«Voy yo a curarlo».

Pero el centurión le replicó:

«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace».

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:

«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».

Palabra del Señor


Compartimos:

Varias veces los evangelios nos presentan a Jesús negándose a intervenir en la vida de paganos; las cosas por su orden, según Is 2,2: primero reafirmar la fe de Israel (“estará firme el monte del Señor”), luego ya se acercarán las naciones paganas a participar de sus bienes. Jesús lo dirá explícitamente: “solo he sido enviado a las ovejas perdidas de Israel” (Mt 15,24).


En los antiguos manuscritos bíblicos faltan muchos signos de puntuación, de interrogación, etc.; en nuestro texto de hoy, la respuesta de Jesús al romano debió de ser una pregunta retórica (pongamos el signo de interrogación), que es una negativa: “¿tengo yo que ir a curar a tu criado?”. Y el centurión reconoce que Jesús tiene razón: ¡no va a entrar a casa de un pagano! Este centurión confiesa con humildad que él no pertenece al pueblo elegido, que la salvación le llegará, todo lo más, en un segundo momento; entiende la reticencia de Jesús a hacerle el favor: “yo no soy quien para que tú…”.


Y a la confesión de la propia humildad sigue la impresionante confesión de fe cristológica, que quizá las sucesivas traducciones, ya desde la antigüedad, nos la han oscurecido. El centurión establece una contraposición entre su autoridad y la de Jesús; la suya es limitada, subordinada; él no es el césar… pero tiene algún poder sobre soldados y criados, un poder eficaz. Frente a ese poder limitado, reconoce que Jesús posee un señorío absoluto; ¿cómo no vas a poder dar una orden, incluso a distancia, en favor de mi siervo? Jesús mismo queda sorprendido de la certera fe del pagano; el texto griego dice “etháumasen”, se admiró. Al parecer, sus correligionarios judíos, con toda su preparación veterotestamentaria, no habían llegado a percibir esa su ilimitada autoridad mesiánica.


Esto abre a Jesús, y a la Iglesia de Mateo, grandes perspectivas y esperanzas misioneras: “vendrán muchos del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa con los patriarcas…”. Y lo que a Mateo le duele especialmente: muchos “hijos del reino”, es decir, llamados de primera hora, judíos, quedarán fuera.


El evangelista hace una gran advertencia a su Iglesia: no se duerman sobre los laureles, no lo den todo por hecho; la conversión primera no garantiza la perseverancia. San Pablo habla de los judíos que formaban parte del olivo legítimo y sin embargo fueron ramas desgajadas, mientras que ramas de olivos silvestres fueron injertadas en su lugar.


La lección es para dentro de la Iglesia y también para fuera: no debe considerarse a nadie como caso perdido. El pagano, el inmoral, el político corrupto o explotador… no han perdido la capacidad de reconocer en Jesús a su Salvador. Más aún, una actitud de humildad y de fe sincera puede “alterar” el orden de la salvación preestablecido: en este caso, el pagano por delante del judío.