martes, 13 de mayo de 2025

Martes de la IV Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (11,19-26):

En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor.

Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.

Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.

Palabra de Dios


Salmo 86,R/. Alabad al Señor, todas las naciones


Santo Evangelio según san Juan (10,22-30):

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.

Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:

«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió:

«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor


Compartimos:

Del último Concilio celebrado en nuestra Iglesia Católica, entre otras muchas, esta idea quedó bien clara: el fin de la Iglesia no es ella misma, sino amar, servir y evangelizar. Esta es la tarea que desempeñamos todos los católicos desde diferentes y complementarias formas de vida. Desde los comienzos, muchos evangelizadores así lo han sentido y llevado a cabo, como el caso de los que se habían dispersado tras la muerte de Esteban, que nos narra hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Anuncian a Jesús Resucitado en Fenicia, Chipre y Antioquía sin complejos, con firmeza, pero sin soberbia.


En muchos areópagos o espacios culturales públicos de nuestros países quiere silenciarse todo lo relativo al mundo de la creencia y práctica religiosa, como si esto perteneciera únicamente al ámbito privado. No lo permitamos, porque no es cierto. La fe tiene su dimensión pública que tiene derecho a ser expresada, no ocultada; escuchada, no silenciada. La fe es un asunto personal y también público porque propone una serie de valores y denuncia una serie de injusticias, y lo que tiene que decir no debe ser marginado. En muchos lugares no es políticamente correcto que un famoso deportista, cantante, político o actor de cine hable de sus creencias religiosa, de su fe o de su falta de ella. Seamos entonces políticamente incorrectos y expresemos sin miedo, en actitud dialogante, nuestra fe en los areópagos de nuestra vida social: trabajo, amigos, tiempo libre…


El Evangelio de Juan nos vuelve a insistir en la idea de Jesús como Buen Pastor que llama a sus ovejas y cuida de ellas, hasta dar la vida, con un amor sin límites. ¿Qué nos puede pasar con un cuidador de tanta categoría? Actúa, trabaja y confía, porque el “pastor” cuida de ti como cuidó de los primeros discípulos, ha cuidado a tantos creyentes y nos seguirá cuidando a los que sigamos escuchando su voz.


Hoy recordamos a la Virgen María en su advocación de Ntra. Sra. de Fátima. Ella es una poderosa intercesora y sobre todo la gran mujer que supo esperar en el gran día de la esperanza: el Sábado Santo. Supo que la fuerza del amor siempre es más poderosa que la muerte, y que aquella muerte de su Hijo no podía terminar así. Esperar y ser pacientes ante las situaciones adversas es lo que presentamos también a la Madre, junto a los miles de peregrinos que hoy se congregan para rezar en la pequeña villa portuguesa.


Nuestra Sra. de Fátima, ruega por nosotros.

lunes, 12 de mayo de 2025

Lunes de la IV Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (11,1-18):

En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche:

«Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos».

Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo:

«Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí:

«De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo.

En aquel preciso momento llegaron a la casa donde estábamos tres hombres enviados desde Cesarea en busca mía. Entonces el Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin dudar. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro; él te dirá palabras que traerán la salvación a ti y a tu casa”.

En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».

Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo:

«Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».

Palabra de Dios


Salmo 41,R/. Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo


Santo Evangelio según san Juan (10,1-10):

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta dpartie las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor

Compartimos:

Hemos comenzado la cuarta semana de este tiempo de Pascua, un periodo más largo que el de Cuaresma pues necesitamos rumiar, tomar conciencia e interiorizar el acontecimiento central de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Me da la impresión de que la Pascua no la vivimos con la misma intensidad que la Cuaresma, porque quizá nos resulta más fácil sintonizar con el sufrimiento y el dolor y no tanto con el gozo y la alegría. Y a esto precisamente estamos invitados a vivir en este tiempo: la resurrección de Jesucristo es también la nuestra, su gozo y su alegría es su regalo para nosotros.


Los discípulos necesitaron su tiempo de escuela con Jesús para asimilar este misterio que al final transformó radicalmente sus vidas. En la primera lectura de hoy, Pedro convence a los hermanos de Judea de que los hermanos paganos, que se incorporan a las filas del cristianismo sin haber pasado por los ritos del judaísmo, también son destinatarios de la fuerza de la resurrección. Lo hace narrándoles la visión que tuvo en Jafa sobre la pureza de los alimentos. Tienen que asimilar que el mensaje y la entrega de Jesús es universal, para todos, por encima de razas, tradiciones y localismos.


El Evangelio de Juan nos recuerda que Jesús es el Buen Pastor, aquel que nos conoce, nos cuida, nos llama por el nombre y que sabe lo que necesitamos. Hay otros pastores que no entran por la puerta, sino que asaltan a las ovejas para robarlas y apartarlas del Buen Pastor. Esta profecía de Jesús sigue ocurriendo hoy; no faltan falsos pastores en forma de ideologías, corrientes de opinión y campañas muy orquestadas, que tratan de apartar de la fe y provocar el rechazo de todo lo que huela a cristianismo. En expresión de Jesús son “ladrones” y “bandidos”.


En este tiempo de Pascua nosotros queremos seguir escuchando la voz del Buen Pastor que con sus “silbos amorosos” en expresión del poeta Lope de Vega, no deja de llamarnos para atraernos hacia Él: “Pastor que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño” […] ”vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño, y la palabra de seguirte empeño, tus dulces silbos y tus pies hermosos.”


Oramos por el nuevo papa, sucesor de Pedro, para que sea el Buen Pastor que necesita nuestra Iglesia.


Él es la puerta, Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia; no dejemos de escuchar su voz.


domingo, 11 de mayo de 2025

IV Domingo de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (13,14.43-52):

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquia de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios. El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo.

Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: «Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra.»»

Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Palabra de Dios

Salmo 99,R/. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño

Segunda Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (7,9.14b-17):

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

Y uno de los ancianos me dijo: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugara las lágrimas de sus ojos.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Juan (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy, la mirada de Jesús sobre los hombres es la mirada del Buen Pastor, que toma bajo su responsabilidad a las ovejas que le son confiadas y se ocupa de cada una de ellas. Entre Él y ellas crea un vínculo, un instinto de conocimiento y de fidelidad: «Escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27). La voz del Buen Pastor es siempre una llamada a seguirlo, a entrar en su círculo magnético de influencia.


Cristo nos ha ganado no solamente con su ejemplo y con su doctrina, sino con el precio de su Sangre. Le hemos costado mucho, y por eso no quiere que nadie de los suyos se pierda. Y, con todo, la evidencia se impone: unos siguen la llamada del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a unos les produce rabia y a otros alegría. ¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tu no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.


La fe entra por el oído, por la audición de la Palabra del Señor, y el peligro más grande que tenemos es la sordera, no oír la voz del Buen Pastor, porque tenemos la cabeza llena de ruidos y de otras voces discordantes, o lo que todavía es más grave, aquello que los Ejercicios de san Ignacio dicen «hacerse el sordo», saber que Dios te llama y no darse por aludido. Aquel que se cierra a la llamada de Dios conscientemente, reiteradamente, pierde la sintonía con Jesús y perderá la alegría de ser cristiano para ir a pastar a otras pasturas que no sacian ni dan la vida eterna. Sin embargo, Él es el único que ha podido decir: «Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,28).

sábado, 10 de mayo de 2025

San Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,31-42):

EN aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.

Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla.

Pedro le dijo:

«Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho».

Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón, y se convirtieron al Señor.

Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacía infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba.

Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle:

«No tardes en venir a nosotros».

Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas. Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo:

«Tabita, levántate».

Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.

Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor.

Palabra del Señor


Salmo 115, R/. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?


Santo Evangelio según san Juan (6,60-69):

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron:

«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

«¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen».

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.

Y dijo:

«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce:

«¿También vosotros queréis marcharos?».

Simón Pedro le contestó:

«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Palabra del Señor

Compartimos:

Comulgar con Jesús era comulgar con su palabra. Y no resultaba para él nada fácil llevar a la práctica el compromiso asumido al participar en la Eucaristía.


Es que comulgar es una cosa muy seria. Y lo mismo se puede decir de ir a misa. O mejor dicho, de participar en la Eucaristía. No podemos ir a misa como el que va a hacer una devoción o a rezar un rato. A la misa, a la Eucaristía, vamos a participar, a escuchar la Palabra y a compartir el pan de vida que es el mismo Jesús. La misa nos compromete, nos desafía, nos llama a vivir de otra manera. Y no siempre es fácil.


Algo así es lo que les pasó a los discípulos de Jesús después de oír a Jesús en los evangelios que hemos leído estos días pasados. El Evangelio de hoy tiene como tres tiempos. Lo primero es la afirmación de los discípulos de que el modo de hablar de Jesús es duro y exigente. Lo segundo es la constatación de que muchos discípulos se echaron atrás y abandonaron a Jesús. Lo tercero es la afirmación de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.” No todos se fueron. Algunos, aun conscientes de sus debilidades y limitaciones, decidieron quedarse. Gracias a ellos, hoy estamos aquí. Con sus dudas, con sus pobrezas, siguieron a Jesús y se hicieron mensajeros del Reino.


Hoy nos toca a nosotros pensar en qué grupo nos situamos. Es, como toda decisión de fe, una decisión personal que tiene su riesgo. Pero, en adelante, cada vez que vayamos a participar en la Eucaristía tenemos que saber a lo que nos comprometemos y poner toda la carne en el asador para tratar de ser consecuentes con nuestra fe. Ahora ya sabemos lo que significa comulgar con Jesús.

viernes, 9 de mayo de 2025

Viernes de la III Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,1-20):

En aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.

Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».

Dijo él:

«¿Quién eres, Señor?».

Respondió:

«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».

Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:

«Ananías».

Respondió él:

«Aquí estoy, Señor».

El Señor le dijo:

«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».

Ananías contestó:

«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».

El Señor le dijo:

«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».

Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:

«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».

Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.

Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios


Salmo 116 R/. Ir al mundo entero y proclamad el Evangelio


Santo Evangelio según san Juan (6,52-59):

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor

Compartimos:

 Comulgar es entrar en comunión. Comulgar con Jesús puede ser ciertamente un momento para poner en su presencia lo que somos pero, quizá más importante aún, es aceptar que es el momento en que nosotros comulgamos con él, que sus intereses, sus ideales, son los nuestros. Su vida misma se hace nuestra y la queremos hacer nuestra al comulgar con él. Por eso, podemos decir que él habita en nosotros. De la comunión se deriva una plena comunión de vida.


Ahí es donde, inevitablemente, la comunión nos abre a la comunión con los hermanos. No puede ser de otra manera. No hay lugar para esa intimidad cerrada entre Jesús y yo. Es un momento de comunión con Jesús y con los hermanos. Con los que celebran la Eucaristía conmigo y con los que no han venido o están fuera o están lejos. Porque la Eucaristía se convierte en signo viviente del Reino. Comulgar con Jesús nos convierte en hermanos y hermanas. Nadie queda fuera. Somos la familia de Dios, una familia abierta a toda la humanidad, una familia donde los que más sufren, los marginados, los excluidos, tienen prioridad. Para que nadie quede fuera.


Al comulgar con Jesús no pongo, no puedo poner, en primer lugar mis necesidades, mis problemas. Al comulgar con Jesús entro en comunión también con el nosotros de la humanidad, de los hijos e hijas de Dios. Al comulgar, el anuncio del Reino se convierte en la urgencia de mi vida. En mis palabras y en mis acciones. Al salir de la Eucaristía y haber comulgado, estoy comprometido con el Reino, con la justicia, con la fraternidad. Como lo estuvo Jesús.

jueves, 8 de mayo de 2025

Jueves de la III Semana de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,26-40):

En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:

«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.

El Espíritu dijo a Felipe:

«Acércate y pégate a la carroza».

Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:

«¿Entiendes lo que estás leyendo?».

Contestó:

«Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».

E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:

«Como cordero fue llevado al matadero,

como oveja muda ante el esquilador,

así no abre su boca.

En su humillación no se le hizo justicia.

¿Quién podrá contar su descendencia?

Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».

El eunuco preguntó a Felipe:

«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».

Felipe se puso a hablarle y, tomando píe de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:

«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».

Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.

Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Palabra de Dios


Salmo 65,R/. Aclamad al Señor, tierra entera


Santo Evangelio según san Juan (6,44-51):

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:

«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor

Compartimos:

No hay cosa más necesaria y urgente para la persona que el alimento. Sin él no hay vida. Sin él no hay futuro. El pan de que se habla en el Evangelio en el mundo de Jesús y en muchas otras culturas y tiempos ha sido y es el alimento básico. El pan se convierte así en el símbolo no solo del alimento sino de la misma vida. Sin pan no hay vida –en otras culturas tendríamos que hablar del arroz, por ejemplo–.


Cuando Jesús dice “Yo soy el pan de la vida” y repite que “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre” está poniendo en relación el pan, el alimento, con la vida. Pero es un pan diferente porque así como el pan normal hay que comerlo todos los días, el pan de que habla Jesús da la vida para siempre.


Sin duda que lo que dice Jesús de sí mismo y del pan tiene que ver con la Eucaristía que celebramos tantas veces. Pero va mucho más allá. Encontrarse con Jesús supone encontrarse con el que nos da la verdadera vida. Alimentarnos de él, de su palabra, de su vida, nos lleva a vivir de tal manera que nuestra vida cobra un sentido y se abre también a un futuro nuevo.


Pero no podemos separar estas palabras de Jesús de su mensaje sobre el Reino. En la celebración de la Eucaristía se hace visible esta dimensión del Reino, de la fraternidad a que estamos llamados como hijos e hijas de Dios. Comulgar con Jesús nos lleva a una relación íntima y personal con él. Pero no es una relación cerrada sino abierta a la fraternidad. Porque en Jesús la vida se encuentra en el Reino y éste es fraternidad y justicia. Una fraternidad abierta a toda la humanidad. Una fraternidad que se tiene necesariamente que concretar en acciones de vida concretas. Y sin esa fraternidad, sin esa comunión con los hermanos, no hay comunión posible con Jesús. La relación con Jesús pasa necesariamente por la relación con los hermanos. Sólo así el pan de la Eucaristía se convierte en pan de vida y esperanza para nosotros y para el mundo.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Miércoles de la III Semana de Pascua

 Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,1b-8):

Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres. Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio. Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios


Salmo 65,R/. Aclamad al Señor, tierra entera


Santo Evangelio según san Juan (6,35-40):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Palabra del Señor.

Compartimos:

Jesús ha bajado del cielo para hacer no su voluntad sino la voluntad del Padre. Y ¿cuál es esa voluntad? Sencillo: el Padre quiere que no se pierda ni uno de sus hijos, quiere que todos se salven, que todos reconozcan que en Jesús encuentran la vida, la Vida, la verdadera Vida, la vida eterna, la vida para siempre. Y que vivan como tienen que vivir los que creen de esa manera.


A veces, nos encontramos uno con personas que hablan de la voluntad de Dios, de que quieren cumplir la voluntad de Dios en sus vidas. Lo desean sinceramente. Y se queda uno con la impresión de que es como si Dios tuviese un plan detallado de lo que cada uno de nosotros debe hacer en su vida. No se trataría solo de que Dios tiene ya pensada nuestra vocación concreta: ser religioso o religiosa, sacerdote y laico, obispo o diácono, educador o misionero, padre o madre de familia o médico o ingeniero o… Da la impresión de que el plan de Dios va incluso más allá, que detalla lo que tenemos que hacer minuto a minuto en nuestra vida, lo que tendríamos que hacer hoy y mañana y pasado para ser fieles a su voluntad. Lo nuestro no sería más que ir cumpliendo con ese plan detallado. Para eso hay que discernir y preguntarse continuamente qué es lo que Dios quiere que haga. Acertar es todo un desafío.


No es así. No puede ser así. Porque si así fuese, ¿dónde quedaría nuestra libertad? La verdad es que Dios nos ha hecho libres, el mayor donde que hemos recibido, para que vayamos tomando nuestras decisiones, para que asumamos también el riesgo de equivocarnos. Entonces, ¿en qué consiste hacer la voluntad de Dios? También sencillo: vamos a creer en su voluntad de salvarnos, en su deseo de que vivamos en fraternidad en el Reino, como hijos e hijas suyos. Concretar eso en nuestras vidas y en nuestra situación concreta es ya nuestra responsabilidad. Y en ese camino, con nosotros, acompañándonos, está Jesús, el pan de vida.