miércoles, 23 de abril de 2025

Miércoles de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:

«Míranos».

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios


Salmo 104,R/. Que se alegren los que buscan al Señor


Santo Evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».

Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy el Evangelio nos asegura que Jesús está vivo y continúa siendo el centro sobre el cual se construye la comunidad de los discípulos. Es precisamente en este contexto eclesial —en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio— que los discípulos pueden realizar la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.


Los discípulos cargados de tristes pensamientos, no imaginaban que aquel desconocido fuese precisamente su Maestro, ya resucitado. Pero sentían «arder» su corazón (cf. Lc 24,32), cuando Él les hablaba, «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron» (cf. Lc 24, 31).


El icono de los discípulos de Emaús nos sirve para guiar el largo camino de nuestras dudas, inquietudes y a veces amargas desilusiones. El divino Viajante sigue siendo nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro se vuelve pleno, la luz de la Palabra sigue a la luz que brota del «Pan de vida», por el cual Cristo cumple de modo supremo su promesa de «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


El Papa Emérito Benedicto XVI explicó que «el anuncio de la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en el que vivimos».

lunes, 21 de abril de 2025

Martes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,36-41):

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.


Palabra de Dios


Salmo 32,R/. La misericordia delSeñor llena la tierra 


Santo Evangelio según san Juan (20,11-18):


EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:

«¡María!».

Ella se vuelve y le dice.

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».


Palabra del Señor


A veces me he preguntado si Dios ha hecho estudios no de marketing sino de anti-marketing. Porque realmente no se vende nada bien. Vamos por el segundo día de la octava de Pascua. Los evangelios de estos días nos ofrecen los relatos de las apariciones, es decir, de cómo Jesús se fue haciendo el encontradizo con su gente para devolverles la esperanza después de aquella semana terrible que había culminado con su muerte en la cruz. Pero no parece que este gran acontecimiento de la resurrección fuese bien planificado por Dios en el sentido de darlo a conocer, de que llegase a la mayor cantidad de gente posible. Más bien, lo contrario.


En el texto de hoy la protagonista es María Magdalena. Otra vez una mujer. Recordemos que el testimonio de una mujer no era válido en los tribunales de aquellos tiempos. En la práctica eso significaba que las opiniones de las mujeres no eran tenidas en cuenta. Así de sencillo. Ni en los tribunales ni fuera de los tribunales. Las mujeres eran consideradas como gente inferior. Pues Jesús se empeña en aparecerse a una mujer y precisamente a María Magdalena, que la tradición nos ha pintado siempre como una prostituta. ¿Qué valor podían tener sus palabras?


Además, parece que Jesús no es plenamente reconocible. María le confunde con el hortelano. Y María conocía bien a Jesús. Y le quería mucho como demuestran sus lágrimas. Menos mal que hay un momento de encuentro. Aquel “María” de Jesús hace que sus ojos se abran y le reconozca. Con los ojos y, más importante, con el corazón. No sólo eso. Le encarga que vaya a comunicar a sus otros discípulos que ha resucitado, que está vivo y que la relación con Dios, su Padre, su Abbá, no solo no se ha perdido con su condena y muerte en cruz sino que se ha reforzado.


¡Una mujer para comunicar mensaje tan importante! Realmente el marketing no es la especialidad de Dios. Pero también es verdad que nos habríamos perdido estos encuentros tú a tú con Jesús, capaces de transformar la vida de las personas. ¿Por qué no hacemos la prueba y dejamos que Jesús nos llame por nuestro nombre y que su voz nos llegue al corazón?

Martes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,36-41):

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios

Salmo 32,R/. La misericordia del Señor llena la tierra

Santo Evangelio según san Juan (20,11-18):

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:

«¡María!».

Ella se vuelve y le dice.

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor


A veces me he preguntado si Dios ha hecho estudios no de marketing sino de anti-marketing. Porque realmente no se vende nada bien. Vamos por el segundo día de la octava de Pascua. Los evangelios de estos días nos ofrecen los relatos de las apariciones, es decir, de cómo Jesús se fue haciendo el encontradizo con su gente para devolverles la esperanza después de aquella semana terrible que había culminado con su muerte en la cruz. Pero no parece que este gran acontecimiento de la resurrección fuese bien planificado por Dios en el sentido de darlo a conocer, de que llegase a la mayor cantidad de gente posible. Más bien, lo contrario.


En el texto de hoy la protagonista es María Magdalena. Otra vez una mujer. Recordemos que el testimonio de una mujer no era válido en los tribunales de aquellos tiempos. En la práctica eso significaba que las opiniones de las mujeres no eran tenidas en cuenta. Así de sencillo. Ni en los tribunales ni fuera de los tribunales. Las mujeres eran consideradas como gente inferior. Pues Jesús se empeña en aparecerse a una mujer y precisamente a María Magdalena, que la tradición nos ha pintado siempre como una prostituta. ¿Qué valor podían tener sus palabras?


Además, parece que Jesús no es plenamente reconocible. María le confunde con el hortelano. Y María conocía bien a Jesús. Y le quería mucho como demuestran sus lágrimas. Menos mal que hay un momento de encuentro. Aquel “María” de Jesús hace que sus ojos se abran y le reconozca. Con los ojos y, más importante, con el corazón. No sólo eso. Le encarga que vaya a comunicar a sus otros discípulos que ha resucitado, que está vivo y que la relación con Dios, su Padre, su Abbá, no solo no se ha perdido con su condena y muerte en cruz sino que se ha reforzado.


¡Una mujer para comunicar mensaje tan importante! Realmente el marketing no es la especialidad de Dios. Pero también es verdad que nos habríamos perdido estos encuentros tú a tú con Jesús, capaces de transformar la vida de las personas. ¿Por qué no hacemos la prueba y dejamos que Jesús nos llame por nuestro nombre y que su voz nos llegue al corazón?

Lunes de la Octava de Pascua

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:

“Veía siempre al Señor delante de mí,

pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón,

exultó mi lengua,

y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,

ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida,

me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios


Salmo 15,R/. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti


Santo Evangelio según san Mateo (28,8-15):

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:

«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor

Compartimos:

Realmente esta historia de Jesús no empezó nada bien. A nosotros nos gustan las grandes celebraciones: mucha gente, muchos celebrantes, muchos cantos, mucho incienso… Todo muy solemne. Casi como si fuese una liturgia celestial. Pero la verdad es que la historia no empezó así.


Empezó, lo recordamos hace unos meses, en un pesebre, cueva o cuadra. Ese fue el palacio donde nació nuestro señor. A lo largo de su vida la historia no fue a mejor. Jesús se movió sobre todo por los caminos de Galilea, hablando y viviendo con la gente más sencilla, con los pecadores, con los enfermos. Era gente marginal. Nada que ver con el centro de poder o del mundo religioso de la época.


Y el final fue ya estruendosamente malo: crucificado y, todo un signo, fuera de los muros de Jerusalén, la ciudad santa. Ahora dicen, decimos, que resucitó. Pero ni con esas mejoramos. Para empezar, los primeros testigos de la resurrección no fueron ellos, los apóstoles, ni siquiera Pedro que era su líder, nombrado por el mismo Jesús. Los primeros testigos de la resurrección fueron “ellas”. Alguno ya pensará que este comentarista ya le está dando al feminismo tan en vigor hoy. Nada de eso. Es que, nos guste o no, en la época de Jesús el testimonio de las mujeres no tenía valor. Así de sencillo y de directo. Por eso resulta más chocante, y revolucionario si cabe, que Dios escoja a las mujeres para ser las primeras en dar testimonio de la resurrección de Jesús, que es y será siempre el fundamento, la piedra clave, el centro de nuestra fe.


Y para poner peor las cosas, los sacerdotes y los ancianos se encargan de manipular sin miedo ni vergüenza a la opinión pública divulgando una mentira: que los discípulos habían robado el cuerpo. Y muchos lo siguen pensando.


Conclusión: Dios está más allá de nuestras posibilidades. La resurrección no es cuestión de testigos. No se toca ni se ve. Es cuestión de fe. Creemos que Jesús ha resucitado y que así nos ha abierto a todos la puerta de la vida. Por eso, vale la pena seguir luchando por el reino. A pesar de los pesares.

domingo, 20 de abril de 2025

Domingo de RESURRECCIÓN, Plaza de San Pedro

SANTA MISA DEL DÍA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCOLEÍDA POR EL CARDENAL ANGELO COMASTRI


María Magdalena, al ver que la piedra del sepulcro había sido retirada, salió corriendo para avisárselo a Pedro y a Juan. También los dos discípulos, al recibir la desconcertante noticia, salieron y —dice el Evangelio— «corrían los dos juntos» (Jn 20,4). ¡Todos los protagonistas de los relatos pascuales corren! Y este “correr” expresa, por un lado, la preocupación de que se hubieran llevado el cuerpo del Señor; pero, por otro lado, la carrera de la Magdalena, de Pedro y de Juan manifiesta el deseo, el impulso del corazón, la actitud interior de quien se pone en búsqueda de Jesús. Él, de hecho, ha resucitado de entre los muertos y, por eso, ya no está en el sepulcro. Hay que buscarlo en otra parte.


Este es el anuncio de la Pascua: hay que buscarlo en otra parte. ¡Cristo ha resucitado, está vivo! La muerte no lo ha podido retener, ya no está envuelto en el sudario, y por tanto no se le puede encerrar en una bonita historia que contar, no se le puede reducir a un héroe del pasado ni pensar en Él como una estatua colocada en la sala de un museo. Al contrario, hay que buscarlo, y por eso no podemos quedarnos inmóviles. Debemos ponernos en movimiento, salir a buscarlo: buscarlo en la vida, buscarlo en el rostro de los hermanos, buscarlo en lo cotidiano, buscarlo en todas partes menos en aquel sepulcro.


Buscarlo siempre. Porque si ha resucitado de entre los muertos, entonces Él está presente en todas partes, habita entre nosotros, se esconde y se revela también hoy en las hermanas y los hermanos que encontramos en el camino, en las situaciones más anónimas e imprevisibles de nuestra vida. Él está vivo y permanece siempre con nosotros, llorando las lágrimas de quien sufre y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor de cada uno de nosotros.


Por eso la fe pascual, que nos abre al encuentro con el Señor Resucitado y nos dispone a acogerlo en nuestra vida, está lejos de ser una solución estática o un instalarse tranquilamente en alguna seguridad religiosa. Por el contrario, la Pascua nos impulsa al movimiento, nos empuja a correr como María Magdalena y como los discípulos; nos invita a tener ojos capaces de “ver más allá”, para descubrir a Jesús, el Viviente, como el Dios que se revela y que también hoy se hace presente, nos habla, nos precede y nos sorprende. Como María Magdalena, cada día podemos sentir que hemos perdido al Señor, pero cada día podemos correr a buscarlo de nuevo, sabiendo con seguridad que Él se deja encontrar y nos ilumina con la luz de su resurrección.


Hermanos y hermanas, esta es la esperanza más grande de nuestra vida: podemos vivir esta existencia pobre, frágil y herida, aferrados a Cristo, porque Él ha vencido a la muerte, vence nuestras oscuridades y vencerá las tinieblas del mundo, para hacernos vivir con Él en la alegría, para siempre. Hacia esa meta, como dice el apóstol Pablo, también nosotros corremos, olvidando lo que se queda a nuestras espaldas y proyectándonos hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,12-14). Apresurémonos, pues, a salir al encuentro de Cristo, con el paso ágil de la Magdalena, de Pedro y de Juan.


El Jubileo nos llama a renovar en nosotros el don de esta esperanza, a sumergir en ella nuestros sufrimientos e inquietudes, a contagiar con ella a quienes encontramos en el camino, a confiarle a esta esperanza el futuro de nuestra vida y el destino de la humanidad. Y por eso no podemos aparcar el corazón en las ilusiones de este mundo ni encerrarlo en la tristeza; debemos correr, llenos de alegría. Corramos al encuentro de Jesús, redescubramos la gracia inestimable de ser sus amigos. Dejemos que su Palabra de vida y de verdad ilumine nuestro camino. Como dijo el gran teólogo Henri de Lubac, «debe bastarnos con comprender esto: el cristianismo es Cristo. No es, en verdad, otra cosa. En Jesucristo lo tenemos todo» (Las responsabilidades doctrinales de los católicos en el mundo de hoy, Madrid 2022, 254).


Y este “todo”, que es Cristo resucitado, abre nuestra vida a la esperanza. Él está vivo, Él quiere renovar también hoy nuestra vida. A Él, vencedor del pecado y de la muerte, le queremos decir:


“Señor, en la fiesta que hoy celebramos te pedimos este don: que también nosotros seamos nuevos para vivir esta perenne novedad. Límpianos, oh Dios, del polvo triste de la costumbre, del cansancio y del desencanto; danos la alegría de despertarnos, cada mañana, con ojos asombrados al ver los colores inéditos de ese amanecer, único y distinto a todos los demás. […] Todo es nuevo, Señor, y nada se repite, nada es viejo.” (cf. A. Zarri, Quasi una preghiera).


Hermanas, hermanos, en el asombro de la fe pascual, llevando en el corazón toda esperanza de paz y de liberación, podemos decir: contigo, Señor, todo es nuevo. Contigo, todo comienza de nuevo.

Domingo de Resurrección

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37-43):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Palabra de Dios

Salmo 117,R/. Éste es el día en que actuó el Señor:sea nuestra alegría y nuestro gozo

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-4):

HERMANOS: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Palabra de Dios

Secuencia

Hoy es obligatorio decir la Secuencia. Los días dentro de la Octava es potestativo.

Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.


Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.


Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.


«¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?»

«A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,


los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!


Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua.»


Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.


Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa.


Santo Evangelio según san Juan (20,1-9):

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Compartimos:

 ¡Ha resucitado el Señor! Ese niño que nació en Belén, que se crio bajo los cuidados de María y José, que a los 30 años inició su vida pública bautizándose en el Jordán y que paso por el mundo haciendo el bien, hablando de Dios que es amor y acercándolo a la vida de los más pobres, que fue juzgado y condenado a morir en una cruz, que fue crucificado, muerto y sepultado. Ese mismo Jesús hoy ha resucitado. La muerte no ha podido derrotarle. La injusticia no ha triunfado sobre una víctima inocente. Desde ahora, todos los crucificados de este mundo pueden llevar sus cruces con esperanza, porque el mismo Dios que ha resucitado a Jesús, también nos resucitará a nosotros.


La primera lectura nos recuerda todo lo que ha sucedido, desde que Jesús empezó su predicación. Podría servir para un primer anuncio del mensaje a esos que nunca han oído hablar de Cristo. Cómo Jesús vivió, sirviendo, curando y haciendo el bien a todos. Todo ello en un tiempo y un lugar muy concretos, porque la Encarnación tiene que notarse en todo.


De lo que hizo Jesús, san Pedro pasa a recordar la reacción de los hombres ante esa vida pública de Jesús. Al Maestro lo mataron, porque no aceptaron su mensaje y decidieron que era mejor terminar – de una vez por todas y para siempre, creían – con Él. Ya sabemos, los mismos que el Domingo de Ramos aclamaban al Hijo de David, el Viernes Santo pedían su muerte en cruz.


Pero Dios no podía abandonar a su Hijo, por eso lo resucitó y dio comienzo a una nueva era, donde la muerte ya no tiene la última palabra. De todo esto da testimonio Pedro, y de todo esto también nosotros debemos dar testimonio. Los apóstoles son sus testigos porque han estado con Él, han compartido la última Cena con Él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por ser los mejores de la clase, sino por haber hecho una experiencia única y estar en condiciones de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón. Como nosotros, que tampoco somos los más capaces, los más santos, pero compartimos a menudo la Eucaristía, escuchamos la Palabra de Dios y tenemos todas las herramientas para poder dar un testimonio creíble con nuestras vidas.

sábado, 19 de abril de 2025

PASIÓN POR EL REINO, PASIÓN DEL PUEBLO

La crucifixión de Jesús es un hecho histórico. Por tratarse del Mesías y del Resucitado por el Padre ese acontecimiento es contemporáneo nuestro. Continúa en la pasión de las personas y pueblos. Hoy seguimos haciendo el proceso a Jesús.


Los holocaustos humanos no han desaparecido, Sigue habiendo campos de concentración. Sigue habiendo infiernos como Rwanda o Irak. Sigue habiendo guerras, Sigue habiendo millones de refugiados. Y millones de muertes prematuras a causa del hambre y sus secuelas. La pasión y la muerte del hombre siguen llenando la historia como un aullido interminable. La historia humana sigue teniendo su reverso. Hay vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, crucificadores y crucificados.


Esta experiencia de la historia no se da sólo a nivel individual, Se da al nivel colectivo de los pueblos. Hay pueblos crucificadores y pueblos crucificados. Pero ésto no es un destino inexorable. No es una ley fatal. Es consecuencia de la libertad y de las decisiones humanas. Leído teológicamente es «el pecado estructural» que se va desfigurando y configurando en los procesos humanos. En su raíz está la esclavitud de la necrofilia o del narcisismo del corazón humano.


La historia del sufrimiento humano] es una memoria peligrosa. Nos desestabiliza de nuestras seguridades, Pone de manifiesto nuestros mecanismos de disculpa. Es una memoria acusadora.


LA CRUZ COMO SÍMBOLO


La señal de la cruz junto con la vocación de Dios como Padre, Hijo Espíritu constituye el primer paso de la iniciación cristiana. Lo aprendemos desde niños de labios de nuestros padres. Es también una síntesis formidable de la fe cristiana. La cruz está asociada al Dios revelado. Y la revelación de Dios está vinculada al acontecimiento de la cruz.


Pero hay un proceso de lectura e interpretación de la cruz que la ha ido convirtiendo en un nuevo símbolo de I nuestra redención. La ha sacado de la trama histórica. Su necesidad parece impuesta desde fuera. Es el precio de un rescate, de una deuda.


NO HAY CRUZ SIN CRISTO


A medida que la pasión se ha ido leyendo sólo como el gran acontecimiento de la gracia de Dios, la cruz ha ido perdiendo su suelo histórico. Se ha visto reducida a la dimensión de símbolo de la redención, de su carácter violento y doloroso. A medida que se ha ido teologizando, de hecho, ha perdido la trama intrahistórica de la violencia. Todo va pasando al plano intrateológico. El Crucificado muere víctima de la justicia de Dios. Es la víctima ¡nocente de un sacrificio por los demás.


Progresivamente la cruz se vacía de Cristo. Se reduce a significar el carácter paradójico de la reconciliación del hombre con Dios y de Dios con el hombre, Supone que hay una distancia y una rivalidad de Dios y el hombre. El hombre es enemigo de Dios. Lo busca por caminos torcidos. Está encorvado y tiene que enderezarse con dolor. La cruz simboliza esa dimensión costosa de la redención por parte de Cristo.


Lo que acontece cuando la cruz se vacía de Cristo y pierde la perspectiva personal e histórica es que se transforma en una exaltación del dolor. La redención pierde el sentido de la relación personal. Desaparece su dimensión de acusación y denuncia. Se va reduciendo a una mística del dolor y del amor. Van quedando esos Cristos dolientes y trágicos. Esos héroes caídos. Invitan a la admiración y a la compasión. Conmueven, pero no convierten. En cambio, la cruz de Jesús está enraizada en la tierra y en la historia. No puede ser absorbida en la resurrección, ni en el símbolo. Constituye un recuerdo peligroso y salvador. Sigue siendo la acusadora muerte de un inocente. No nos invita a escapar de la historia. Nos sumerge en el reverso de la misma.


UNA HISTORIA QUE CONDUCE A LA CRUZ

La pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret es el centro de los acontecimientos bíblicos. Es el tema central del Nuevo Testamento. Pero no se le puede aislar como si fuera un acontecimiento desligado de los anteriores y los siguientes.


Es cierto que, por una parte, no se le puede descrucificar y transmitir la imagen de un Jesús blando o de un Jesús dulcísimo. Pero también es verdad que la cruz no es lo único de su vida. Constituye el final de una historia. No se entiende la pasión y la muerte de Jesús sin la vida y el camino que conduce hacia ella. Toda la trayectoria histórica del Mesías es una explicación de su muerte.


La pasión y la crucifixión de Jesús es la abreviatura de toda su vida. Resume y condensa su actitud y su mensaje. Es la consecuencia de una apasionada esperanza y de su praxis mesiánica. Jesús es el hombre de la gran esperanza del reino. Vive un amor apasionado por la causa de los pobres, de los excluidos, de los oprimidos y de los enfermos. Crea vida donde hay enfermedad y muerte. Confiere esperanza a las personas que no tienen nada que esperar. Es un hombre libre que contagia libertad y liberación. Por los caminos empieza a reunir la nueva familia del reino.


Desde su misma raíz va rompiendo los círculos diabólicos de la opresión religiosa, social, cultural, política… Hace caer las fronteras convertidas en trincheras.


Jesús relativiza la ley como camino de salvación. Anuncia, en cambio, la llegada del reino de Dios como un nuevo comienzo desde la pura gratuidad de Dios, Revela un nuevo rostro de Dios como perdón y misericordia, un Dios buscador de lo perdido. Un Dios abbá.


Su anuncio y su denuncia no deja a nadie como estaba. Suscita el rechazo de los poderosos. Los partidarios de la piedad de la ley lo consideran demasiado libre y liberador. Los celotes se distancian de él porque lo consideran demasiado blando y pacifista. El pueblo de los pobres no está dispuesto a sacudir sus miedos y sus inercias. Tampoco a ellos les saca las castañas del fuego, Jesús se va quedando sólo entre todos los frentes. Defrauda las esperanzas de todos. Por distintas razones. Su pretensión mesiánica no puede menos de suscitar conflictos. Esa pretensión tienes sus costes. No se entiende del todo al margen de la adversidad, de la tentación, de la persecución y la tortura. La vida de Jesús no es vaselina en las heridas de la sociedad; es sal que escuece y cura. Jesús es un hombre conflictivo, No es el hombre beatífico y lejano.


LA MUERTE VIOLENTA DE JESÚS


La muerte de Jesús de Nazaret, como la de cualquier ser humano, está ya inscrita en la encarnación. Asumir nuestra condición humana implica asumir nuestra mortalidad. Jesús muere porque nosotros morimos.


La muerte de Jesús no es indolora. No es una muerte natural por la que se van sucediendo las generaciones de la vida. No es un error, un malentendido. No es una mera casualidad histórica. Tampoco se puede atribuir sólo a la maldad o a la torpeza personal de Caifás y de Poncio Pilato.


Jesús muere una muerte específica. Muere la muerte de un condenado a muerte. No es la suya una muerte bella. Es una muerte infame. Le acontece en plena juventud como ejecución de una sentencia de pena de muerte.


El Mesías muere la pasión y la muerte de un condenado. Su pretensión y su misión no cabía en los estrechos límites de la ley. A su Dios le quedan muy pequeños los límites del judaísmo. La praxis y la palabra de Jesús desbordan las esperas, Jesús se presenta como el Mesías antimesías. Termina siendo el Mesías rechazado.


El rechazo es tanto más hiriente cuanto que se hace en nombre del mismo Dios al que Jesús había apostado su vida. Las autoridades judías lo condenan en nombre de la ley. La crucifixión será la desautorización autorizada de Jesús.

El que muere en el madero es un maldito de Dios. Era evidente que Dios no estaba de su parte.


También la autoridad política puso] sus manos en él. Era demasiado revoltoso. Constituía un peligro para el orden público. Desestabilizaba el orden vigente, Ponía en cuestión la legitimación religiosa de la paz romana. Estaba contra el Cesar. Negaba sus dioses.


EL CRUCIFICADO ES EL HOMBRE


Vista con los ojos de Jesús la crucifixión es el culmen de su identificación con los crucificados. Radicaliza y verifica su solidaridad con las víctimas. En la cruz Jesús se identifica con todos los que sufren. Es una identificación misteriosa pero real. Gustando hasta el fondo la amargura de nuestra pasión y muerte, el Mesías las trasforma. Las vive desde la absoluta confianza en el Padre. Las sufre como realización de su amor que es más fuerte que la muerte, Del esta suerte el Mesías crea vida en medio de la muerte, libera del dolor en medio del dolor, libera de las cruces como crucificado.


La cruz que era signo de la maldición humana, de su esclavización, se convierte por obra del Mesías en. signo de amor y de fidelidad a toda prueba, en signo de comunión con todos los que sufren.


Además la cruz de Jesús se convierte en el lugar donde se realiza la liberación definitiva de los hombres, En la muerte de cruz Jesús hace surgir la vida; en el fracaso y la desesperanza hacer surgir el nuevo comienzo y la esperanza. De esta manera jesús crucificado recupera totalmente la existencia humana.