domingo, 9 de febrero de 2025

V Domingo del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (6,1-2a.3-8):

EL año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.

Junto a él estaban los serafines, y se gritaban uno a otro diciendo:

«¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!».

Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije:

«Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo».

Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado de! altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:

«Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».

Entonces escuché la voz del Señor, que decía:

«A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?».

Contesté:

«Aquí estoy, mándame».

Palabra de Dios

Salmo 137 R/. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,1-11):

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados,

y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano.

Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.

Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».

Respondió Simón y dijo:

«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:

«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».

Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Y Jesús dijo a Simón:

«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra de Dios

Compartimos:

Hoy, el Evangelio nos ofrece el diálogo, sencillo y profundo a la vez, entre Jesús y Simón Pedro, diálogo que podríamos hacer nuestro: en medio de las aguas tempestuosas de este mundo, nos esforzamos por nadar contra corriente, buscando la buena pesca de un anuncio del Evangelio que obtenga una respuesta fructuosa...


Y es entonces cuando nos cae encima, indefectiblemente, la dura realidad; nuestras fuerzas no son suficientes. Necesitamos alguna cosa más: la confianza en la Palabra de aquel que nos ha prometido que nunca nos dejará solos. «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). Esta respuesta de Pedro la podemos entender en relación con las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Y es en el cumplimiento confiado de la voluntad del Señor cuando nuestro trabajo resulta provechoso.


Y todo, a pesar de nuestra limitación de pecadores: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). San Ireneo de Lyón descubre un aspecto pedagógico en el pecado: quien es consciente de su naturaleza pecadora es capaz de reconocer su condición de criatura, y este reconocimiento nos pone ante la evidencia de un Creador que nos supera.


Solamente quien, como Pedro, ha sabido aceptar su limitación, está en condiciones de aceptar que los frutos de su trabajo apostólico no son suyos, sino de Aquel de quien se ha servido como de un instrumento. El Señor llama a los Apóstoles a ser pescadores de hombres, pero el verdadero pescador es Él: el buen discípulo no es más que la red que recoge la pesca, y esta red solamente es efectiva si actúa como lo hicieron los Apóstoles: dejándolo todo y siguiendo al Señor (cf. Lc 5,11).

sábado, 8 de febrero de 2025

Sábado de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta Hebreos (13,15-17.20-21):

Hermanos:  Por medio de Jesús, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre.

No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.

Obedeced y someteos a vuestros guías, pues ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse, cosa que no os aprovecharía.

Que el Dios de la paz, que hizo retornar de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, Jesús Señor nuestro, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.

A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Palabra de Dios


Salmo 22 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta


Santo Evangelio según san Marcos (6,30-34):

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo:

«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».

Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra del Señor

Compartimos:

Vuelven los Apóstoles de la excursión misionera, de la práctica a la que habían sido enviados, y Jesús se los lleva de “retiro”, a un lugar tranquilo, para poder agradecer a Dios todo lo que habían conseguido. Es que, de vez en cuando, conviene pararse, desconectar del mundo y rebobinar para ver cómo vamos y cómo deberíamos ir. Y hacer los ajustes que sean necesarios, para ser mejores y estar más en las cosas del Padre. Un lujo, vamos, en los tiempos que corren, de prisas y estrés y “no me da tiempo a nada”.


Ese tiempo, seguro, hubieran querido pasarlo dando gracias a Dios Padre por todo lo que les había salido bien. Y, es posible, también por lo que no había resultado tan bien. Pero…


Pero Jesús estaba tan entregado a la causa que, como buen estratega, cambia el plan sobre la marcha. Al ver a la gente que había no corrido, sino volado para buscarlos, “abandona a los Discípulos” y se pone a predicarles, porque andaban como ovejas sin pastor. Compasión en primer lugar. El lema de la vida de Cristo. Vivir con los ojos abiertos, como María, su Madre, para detectar lo que era más urgente, oportuno y eficaz en cada momento. Ojalá nosotros pudiéramos detectar siquiera un mínimo porcentaje de esas necesidades, para poder poner remedio, en la medida de nuestras posibilidades.


Me parece que para los Apóstoles este momento debió de ser una gran lección. En ese proceso de catequesis, comprendieron cuál debía ser su estilo de vida. Como diría en otro lugar de la Escritura el apóstol san Pablo, “predicar a tiempo y a destiempo”. Ellos habían entendido lo que significa la frase que repetimos en el salmo, “el Señor es mi Pastor, nada me falta”. Los Discípulos podían pasar sin comer, sin dormir, sin descansar, para que el Reino de Dios no dejara de extenderse.


Hoy en día nos cuesta dar testimonio de nuestra fe. Casos como el de mi amigo Pablo, que sale los fines de semana para anunciar a Cristo por las calles de toda España (y no sólo) son muy raros. Pero el mandato de Jesús es claro, “id por todo el mundo, anunciando la Buena Nueva.” A algunos se nos ha dado hacerlo en rincones lejanos de la tierra. Pero todos podemos allá donde nos encontremos. Con nuestras palabras, y con nuestras obras. Aunque no siempre nos venga bien. Aunque altere nuestros planes. Porque lo importante es, como Jesús, ser compasivo, y estar siempre disponible, para hacer la voluntad del Padre.

viernes, 7 de febrero de 2025

Viernes de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la Carta a los Hebreos (13,1-8):

Hermanos:Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, “hospedaron” a ángeles.

Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne.

Que todos respeten el matrimonio; el lecho nupcial, que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará.

Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo:

«Nunca te dejaré ni te abandonaré»; así tendremos valor para decir:

«El Señor es mi auxilio: nada temo;

¿qué podrá hacerme el hombre?».

Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.

Palabra de Dios

Salmo 26 R/. El Señor es mi luz y mi salvación

 Santo Evangelio según san Marcos (6,14-29):

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían:

«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».

Otros decían:

«Es Elías».

Otros:

«Es un profeta como los antiguos».

Herodes, al oírlo, decía:

«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.

El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.

La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:

«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».

Y le juró:

«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».

Ella salió a preguntarle a su madre:

«¿Qué le pido?».

La madre le contestó:

«La cabeza de Juan el Bautista».

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:

«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».

El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor

Compartirlo:

Consejos de vida eterna encontramos en la primera lectura. Útiles en el siglo I, y también hoy. Porque “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre”. Amor fraterno y hospitalidad, en los tiempos que corren, no sobran. Desconfiamos de los desconocidos, posiblemente con motivo, pero no todo el mundo es malo, hay ocasión de acoger a algún “ángel”, como les sucedió a varios personajes del Antiguo Testamento. Quizá no podamos visitar a muchos presos, o no conozcamos a nadie que esté siendo maltratado, pero siempre podemos rezar por ellos, o interesarnos por alguna organización no gubernamental que ayuda a esas personas, incluso colaborar económicamente.

La llamada a la fidelidad matrimonial es también muy oportuna. En estos tiempos de “usar y tirar”, cuando nada parece estable, recordar que el matrimonio es “para toda la vida” no sobra. Que cada uno revise cómo vive su compromiso matrimonial. Que vale más ser humilde y, sobre todo, prudente, evitando toda ocasión de pecado.

Confiar en la Providencia es también un buen recordatorio. Aunque no es nada fácil, cuando a cada paso tenemos que hacer frente a muchos gastos, y los ingresos no crecen. Deberíamos aprender a tener valor para decir: «El Señor es mi auxilio: nada temo”. Y, por qué no, revisar también cómo empleamos nuestro dinero. Que los pobres también estén presentes en nuestro presupuesto.

Y no dejéis de rezar por los pastores de la Iglesia, que buena falta nos hace. Sobre todo, imitad lo bueno, y ayudadnos a corregir los errores. Como podéis ver, una primera lectura que da mucho juego.

El Evangelio también nos recuerda lo malo que es el orgullo. Cuántas veces, por orgullosos, no hacemos lo que debemos hacer, o hacemos algo que no deberíamos hacer. Por guardar la cara o por “el qué dirán». Es lo que le pasó a Herodes. A pesar de que respetaba a Juan y le agradaba oírle, quizá porque nadie le decía las verdades como el Bautista. A pesar, digo, de todo esto, mandó decapitarlo, porque era más importante cumplir la promesa que quedar mal.

Sólo un par de apuntes para terminar esta reflexión. Seguramente nosotros no mandamos decapitar a nadie, pero puede que, en ocasiones, por culpa del orgullo, también tomamos decisiones equivocadas. Pidamos al Señor que nos ayude a ser humildes, a hacer lo correcto, a pesar de que nos cueste.

Y al Bautista lo decapitaron por decir la verdad. Por denunciar una situación irregular. Por ser profeta, en definitiva. No quiso mirar hacia otro lado, cuando podía haber vivido más tranquilo, y todo porque Dios le estaba pidiendo que hablara en su nombre. Nosotros no vamos a ir por la calle vestidos con piel de camello y comiendo saltamontes, pero quizá haya, a lo largo de la jornada, ocasiones para decir lo que está bien y lo que está mal. Aunque no sea fácil. Mirando siempre a Cristo, que es el mismo, ayer, hoy y siempre.

jueves, 6 de febrero de 2025

Jueves de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (12,18-19.21-24):

Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: «Estoy temblando de miedo.» Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

Palabra de Dios

Salmo 47 R/. Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo

 Santo Evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor

 Santo Evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor

Compartimos:

Después de haber compartido la vida con Jesús, el Maestro envía a sus Discípulos para que predicaran por diversos lugares. Este texto nos ofrece una reflexión profunda sobre la misión, el llamado y la fidelidad a Dios en el servicio a los demás.


El pasaje comienza con la instrucción de Jesús a los apóstoles: «Id y predicad el Evangelio», pero les da ciertas instrucciones específicas. Les dice que vayan de dos en dos, como signo de apoyo mutuo y solidaridad, y que no lleven más que lo necesario, mostrando así una confianza radical en Dios y en la providencia divina. Este aspecto de la pobreza es central, ya que demuestra que la misión no se basa en recursos materiales, sino en la obediencia y en el poder de Dios que actúa en medio de la debilidad humana.


Jesús también les enseña a los apóstoles a ser flexibles y a adaptarse a las circunstancias. Les indica que, si no son recibidos en una ciudad o casa, deben sacudir el polvo de sus pies como señal de testimonio. Esta acción tiene un fuerte simbolismo: al sacudir el polvo, los apóstoles indican que han cumplido con su tarea y dejan en manos de Dios la respuesta de los que han rechazado el mensaje. No se trata de frustrarse ante el rechazo, sino de reconocer que el éxito de la misión está en las manos de Dios, no en nuestras fuerzas o logros personales.


En este sentido, el texto también nos invita a reflexionar sobre nuestra propia vida misionera. Todos somos llamados a compartir el Evangelio en diferentes ámbitos: en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad. Pero, como los apóstoles, debemos tener en cuenta que no siempre seremos bien recibidos. Habrá momentos de rechazo y de incomprensión. Sin embargo, la fidelidad a nuestro llamado no depende de los resultados inmediatos, sino de nuestra disposición a seguir a Cristo y confiar en su gracia.


Además, este envío de los apóstoles no solo implica un mensaje verbal, sino también un testimonio de vida. Al predicar, también deben sanar a los enfermos y liberar a los poseídos por demonios. Este aspecto nos recuerda que el Evangelio debe ir acompañado de acción concreta. No basta con hablar de Cristo; debemos ser sus testigos mediante obras de misericordia, compasión y servicio. La autenticidad del mensaje cristiano se refleja en la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.


Finalmente, el pasaje subraya la importancia de la comunidad en la misión. Jesús envía a los apóstoles de dos en dos, lo que resalta la dimensión comunitaria del trabajo misionero. No estamos llamados a evangelizar solos, sino en comunión con otros, compartiendo y fortaleciendo la fe mutuamente.


Hoy, como ayer, somos llamados a ser discípulos misioneros. La misión no es solo para unos pocos, sino para todos los seguidores de Cristo. Siguiendo el ejemplo de los apóstoles, debemos estar dispuestos a salir, predicar el Evangelio, vivir con simplicidad y, sobre todo, confiar en que el Señor nos acompaña en cada paso que damos.

miércoles, 5 de febrero de 2025

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

 Aula Pablo VI


Ciclo de catequesis - Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. I. La infancia de Jesús. 4. «Feliz de ti por haber creído» (Lc 1,45). la Visitación y el Magnificat


¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!


Hoy contemplamos la belleza de Jesucristo, nuestra esperanza, en el misterio de la Visitación. La Virgen María visita a santa Isabel; pero es sobre todo Jesús, en el vientre de la madre, quien visita a su pueblo (cfr Lc 1,68), como dice Zacarías en su himno de alabanza.


Después de su asombro y admiración ante lo que le anuncia el Ángel, María se levanta y se pone en camino, como todos los que han sido llamados en la Biblia, porque «el único acto con el que el ser humano puede corresponder al Dios que se revela es el de la disponibilidad ilimitada» (H.U. von Balthasar, Vocazione, Roma 2002, 29). Esta joven hija de Israel no elige protegerse del mundo, no teme los peligros y los juicios de los otros, sino que sale al encuentro de los demás.


Cuando una persona se siente amada, experimenta una fuerza que pone en movimiento el amor; como dice el apóstol Pablo, «el amor de Cristo nos posee» (2Cor 5,14), nos impulsa, nos mueve. María siente el impulso del amor y acude a ayudar a una mujer que es pariente suya, pero que es también una anciana que, tras una larga espera, acoge un embarazo inesperado, difícil de afrontar a su edad.  La Virgen va a casa de Isabel también para compartir su fe en el Dios de lo imposible, y la esperanza en el cumplimiento de sus promesas.


El encuentro entre las dos mujeres produce un impacto sorprendente: la voz de la “llena de gracia” que saluda a Isabel provoca la profecía en el niño que la anciana lleva en su vientre, y suscita en ella una doble bendición: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42). Y también una bienaventuranza: «¡Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá!» (v. 45).


Ante el reconocimiento de la identidad mesiánica de su Hijo y de su misión como madre, María no habla de sí misma, sino de Dios, y eleva una alabanza llena de fe, esperanza y alegría, un canto que resuena cada día en la Iglesia durante la oración de las Vísperas: el Magnificat (Lc 1,46-55).


Esta alabanza al Dios Salvador, que brota del corazón de su humilde sierva, es un solemne memorial que sintetiza y cumple la oración de Israel. Está entretejida de resonancias bíblicas, signo de que María no quiere cantar “fuera del coro”, sino sintonizar con los padres, exaltando su compasión por los humildes, esos pequeños a los que Jesús en su predicación declarará «bienaventurados» (cfr Mt 5,1-12).


La presencia masiva del motivo pascual hace también del Magnificat un canto de redención, que tiene como trasfondo la memoria de la liberación de Israel de Egipto. Los verbos están todos en pasado, impregnados de una memoria de amor que enciende de fe el presente e ilumina de esperanza el futuro: María canta la gracia del pasado, pero es la mujer del presente que lleva en su vientre el futuro.


La primera parte de este cantico alaba la acción de Dios en María, microcosmos del pueblo de Dios que se adhiere plenamente a la alianza (vv. 46-50); la segunda recorre la obra del Padre en el macrocosmos de la historia de sus hijos (vv. 51-55), a través de tres palabras clave: memoria – misericordia – promesa.


Dios, que se inclinó sobre la pequeña María para hacer en ella «grandes cosas» y convertirla en la madre del Señor, comenzó a salvar a su pueblo a partir del éxodo, acordándose de la bendición universal que prometió a Abraham (cf. Gn 12,1-3). El Señor, Dios fiel para siempre, ha derramado un torrente ininterrumpido de amor misericordioso «de generación en generación» (v. 50) sobre el pueblo fiel a la alianza, y ahora manifiesta la plenitud de la salvación en su Hijo, enviado para salvar al pueblo de sus pecados. Desde Abraham hasta Jesucristo, y hasta la comunidad de los creyentes, la Pascua aparece, así, como la categoría hermenéutica para comprender toda liberación posterior, hasta llegar a la realizada por el Mesías en la plenitud de los tiempos.


Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al Señor la gracia de saber esperar el cumplimiento de todas sus promesas; y que nos ayude a acoger en nuestras vidas la presencia de María. Poniéndonos en su escuela, que todos descubramos que toda alma que cree y espera «concibe y engendra al Verbo de Dios» (San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas 2, 26).

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En este Año jubilar, los invito a elevar a Dios el canto del Magníficat, como María, recordando con gratitud las grandes cosas que Él ha hecho en nuestra vida. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los proteja. Muchas gracias.


Queridos hermanos y hermanas:

En nuestra catequesis de hoy contemplamos el misterio de la Visitación. En la visita de María a Isabel, como dice el canto de Zacarías, se cumplen las antiguas profecías: Dios —es decir, Jesús, en el vientre de su madre— visita y redime a su pueblo. Del encuentro entre esas dos mujeres que comparten la fe, la alegría y la esperanza, brota un himno que todos conocemos bien: el Magníficat.


Este cántico pronunciado por María es un solemne memorial que sintetiza la oración del pueblo de Israel. Sus versos están entretejidos de resonancias bíblicas, que exaltan la compasión de Dios hacia los pequeños y los humildes. Se trata de un recuerdo agradecido del pasado que enciende de fe el presente e ilumina de esperanza el futuro.


También nosotros estamos llamados a esperar el cumplimiento de las promesas de Dios. Pidamos para ello la intercesión de María, conjugando en nuestra vida cotidiana la memoria, la misericordia y la esperanza.

100 años de vida y 52 de clausura en Angola: «Soy una africana que evangeliza España con su oración»

Sor Belén es una monja dominica vallisoletana que este 3 de febrero ha cumplido 100 años de vida. Pero, lo más interesante es que lo hace en Angola, donde vive su vocación desde hace más de medio siglo. El portal El Español acaba de contar su historia. 


Nacida en Olmedo (Valladolid) y bautizada con el nombre de María Purificación Lorenzo García, es, probablemente, una de las misioneras españolas "por el mundo" de mayor edad.


El cumpleaños de Belén ha sido este lunes, pero ya el domingo empezaron las celebraciones, en la Fiesta de la Presentación del Señor, y, precisamente, en el día de la Vida Consagrada. Las misas en su tierra natal, y en su tierra de misión, fueron ofrecidas por la larga vida de esta monja tan querida por todos.


Sor Belén se hizo presente en estas celebraciones con la grabación de su testimonio, que sorprendió por "la vitalidad de su voz" y la "claridad de sus expresiones a la edad de 100 años". En su mensaje, recordó cómo fue su camino vocacional en su familia y en la Acción Católica de Olmedo.


Su deseo de dar la vida por Cristo, desde la clausura de Olmedo, se tradujo, después, en un afán misionero, que la llevó, en 1964, a fundar un monasterio en Puerto Rico. Y, más tarde, en 1972, en ir a Angola, donde fue fundadora del monasterio Madre de Dios de Benguela, en donde lleva 52 de sus 100 años de vida. 


Poco después de su llegada estalló la guerra civil de Angola, que se prolongó desde 1975 a 2002. Las dominicas decidieron entonces permanecer en el país, a pesar de vivir en medio de los combates.


Sor María Custodia, madre federal de los monasterios Madre Dios, fundados desde Olmedo en todo el mundo, ha comentado sobre su hermana que le "impresiona ver vivir a esta hermana de una manera tan plena, sin traumas. Su vida de oración la ha sostenido siempre, junto a una fidelidad a Dios muy destacada". 


El monasterio de sor Belén ha dado muchos frutos y numerosas vocaciones todos estos años, hasta el punto que del monasterio de Benguela ya se han fundado otros como Cuito Bie (Angola) o Lamego (Portugal). 


Sor Belén ha vivido más de media vida en África y "se siente una africana llamada a evangelizar las tierras de Castilla, y de España, con su oración constante por todos". Desde Angola pide a la Virgen de la Soterraña que todos los vecinos de Olmedo conozcan cada vez más a su hijo Jesús.

Miércoles de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (12,4-7.11-15):

Hermanos: Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron:

«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión;

porque el Señor reprende a los que ama

y castiga a sus hijos preferidos».

Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?

Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella.

Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura.

Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.

Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios, y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos.

Palabra de Dios

Salmo 102,R/. La misericordia del Señor dura siempre,para los que cumplen sus mandatos

 Santo Evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».

Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy, el Evangelio de Marcos nos presenta un momento crucial en el ministerio de Jesús, donde, al regresar a su ciudad natal, enfrenta la incredulidad de aquellos que lo conocían desde niño. Este pasaje nos invita a pensar sobre la relación entre la fe, la familiaridad y la capacidad de ver más allá de las apariencias.


Jesús, después de haber predicado y realizado milagros en otras regiones, regresa a Nazaret. Sin embargo, en lugar de ser recibido con fe y entusiasmo, es rechazado por los que lo conocieron cuando era niño. La reacción de sus paisanos es sorprendente: «¿De dónde le vienen a él estas cosas? ¿Qué sabiduría es esta que le ha sido dada?» Se asombran, pero al mismo tiempo, cuestionan su origen. ¿No es este el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No están aquí con nosotros sus hermanas?


Este rechazo no es solo un rechazo a Jesús como persona, sino también un rechazo a la novedad de su mensaje y a su autoridad divina. Los habitantes de Nazaret estaban demasiado acostumbrados a él, y eso les impidió ver en él al Mesías. La familiaridad, en lugar de abrirles el corazón a su mensaje, los cerró. Se quedaron atrapados en la imagen del Jesús que conocían, el niño crecido en su aldea, el hijo de María, sin atreverse a reconocerlo como el enviado de Dios.


Este episodio es un recordatorio para nosotros de cómo a veces la fe puede ser limitada por nuestras propias percepciones y prejuicios. Cuántas veces, por estar demasiado familiarizados con algo o con alguien, no somos capaces de ver más allá de la superficie, de percibir la obra de Dios en nuestras vidas. Es posible que hayamos escuchado la palabra de Dios muchas veces, o que estemos tan acostumbrados a los rituales de la fe, que ya no somos capaces de maravillarnos ante el misterio que se nos ofrece.


El rechazo de Nazaret no es solo un caso aislado de incredulidad. Jesús mismo lo comenta: «Ningún profeta es bien recibido en su tierra». Estas palabras nos muestran que la fe auténtica no siempre depende de los logros o la fama, sino de la disposición del corazón. La incredulidad no tiene que ver con el lugar, sino con el corazón cerrado a la novedad de Dios, con la incapacidad de reconocer su acción en medio de lo cotidiano.


Al final del pasaje, Marcos nos dice que «no pudo hacer allí ningún milagro, salvo imponer las manos a unos pocos enfermos y sanarlos». Esto no significa que Jesús fuera incapaz de hacer milagros, sino que la falta de fe en su pueblo limitó la acción de Dios. La fe, por tanto, es clave para permitir que la gracia de Dios actúe en nuestras vidas. Si no nos abrimos a ella, corremos el riesgo de quedarnos en lo superficial y perder la oportunidad de experimentar la profundidad del amor divino.


Hoy, invitamos a meditar sobre nuestra propia fe. ¿Estamos dispuestos a dejar que el Señor nos hable de maneras nuevas, a reconocer su presencia en lo cotidiano, incluso cuando eso desafíe nuestras ideas preconcebidas? Que, al igual que los discípulos, sepamos abrir el corazón a su palabra y a sus acciones, sin dejar que nuestra familiaridad con Él nos impida ver su poder transformador.