martes, 4 de febrero de 2025

Santa Catalina de Ricci (1522-1590)

Memoria obligatoria para la Familia Dominicana

Nace de noble familia en 1522 y recibe el nombre de Alejandrina (Sandrina). Ya de muy niña, huérfana de madre, tenía una gran pasión por Cristo crucificado. A los doce años entra en el monasterio de San Vicente de las Hermanas de la tercera regla del santo Padre Domingo en la ciuda de Prato (Florencia) y, recibiendo el hábito de manos de su tío Timoteo Ricci, tomó el nombre de Catalina. Allí pudo finalmente perderse en la contemplación de Jesús crucificado. Durante doce años (1542-1554) revivió en su cuerpo, martizado por las llagas del Crucificado,la pasión del Salvador.


Llena del fuego del Espíritu Santo, buscando incansablemente la gloria del Señor, promovió la reforma de la vida regular, inspirada especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien veneraba con agradecido afecto. Su amor la pasión del Señor la llevó a componer con versículos la sagrada Escritura una meditación reposada sobre los sufrimientos de Cristo, que los libros corales dominican han transmitido y que se canta cada viernes de cuaresma. La extraordinaria abundancia de carismas celestiales, junto con una exquisita prudencia y especial sentido práctico, hicieron de ella la superiora ideal y fue dos veces priora, repetidamente maestra de novicias. Al monasterio de San Vicente llegaron buscando consejo príncipes y prelados. Tuvo gran amistad con san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María Magdalena de' Pazzi. De ella se conserva un abundante epistolario. Murió en Prato el 2 febrero de 1590. Fue beatificada por Clemente XII el 23 noviembre de 1732 y canonizada por Benedicto XIV el 29 junio de 1746. El cuerpo de la santa se venera en la basílica dedicada a san Vicente Ferrer en Prato.

Al servicio de la Comunidad

Su único afán fue amar a Dios y servirlo, muy especialmente, en la ayuda incondicional al prójimo, comenzando por sus hermanas de comunidad; a ellas procuró todo tipo de bien espiritual y temporal. Cuando alguna enfermaba, la visitaba de día y de noche, consolándola y haciendo el buen oficio de madre.


Fue subpriora y priora del monasterio de San Vicente, a partir de 1548; aceptó y ejerció siempre el cargo con profunda humildad y por obediencia, aconsejándose de otros en los momentos difíciles. No aceptaba alabanzas, en especial las que se referían a su santidad. Pedía y hacía pedir en sus oraciones a otras personas que el Señor le quitara aquellos raptos y éxtasis, porque aborrecía toda ostentación y toda alabanza humana. Mereció ser oída después de doce años, pues tanto tiempo y no más duraron aquellos raptos públicos, es decir, del año 1540 al 1552. Por entonces la Iglesia estaba empeñada en la celebración del Concilio de Trento.


Tenía un gran dominio de sí misma, y así era afable en el trato con las hermanas; escuchaba pacientemente, corregía con gran bondad y compasión, amando a las personas y odiando los vicios. Defendía valientemente los intereses y derechos de su monasterio, y promovió cuanto pudo su progreso; durante su mandato se construyó una nueva iglesia.


Celo Apostólico

Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo, y hasta se ofreció como víctima expiatoria para conseguir un remedio, en particular, para alcanzar la unidad de fe gravemente desgarrada. Su gran recurso era la oración y la penitencia.


Apoyó a las jóvenes para que pudieran contraer honesto matrimonio o ingresar en la vida religiosa; socorrió, sólo en el territorio de Prato, en torno a cien; nobles florentinos se encargaron de proporcionarle medios para este fin.


Ejercitó también su celo apostólico por medio de numerosas cartas que escribió a diferentes personas, al Maestro de la orden Serafino Cavalli, a San Felipe Neri (" 26 de mayo), a Francesco de Médicis, gran duque de Toscana, a Blanca Capello, gran duquesa de Toscana, al cardenal Julio de la Róvere, a Pierfrancesco de Gagliano, al obispo de Pistoya, Filippo Salviati, a Bonaccorso Bonaccorsi... A San Felipe Neri le decía que se sentía confundida porque un hombre tan ocupado en tan grandes tareas por la gloria de Dios se dignara escribirle; aplicaba sus sufrimientos por él, ya que la santa Iglesia le necesitaba muy de veras. A un novicio del convento de Santo Domingo de Fiésole le animaba a entregarse verdaderamente a Dios. A Blanca Capello le escribe con frecuencia asegurándole su oración y la de las hermanas; el 24 de agosto de 1587 le pedía que se dignara obtener del nuncio y del obispo de Pistoya la gracia de que tuvieran misa y sermón en el interior del monasterio, para poder seguirlo mejor, cosa que en las actuales circunstancias no conseguían por la amplitud de la iglesia. A Filippo Salviati le hablaba de su hija Cassandra; la veían inclinada a la vida religiosa, pero no querían en modo alguno presionarla. Estaba segura de que Cristo la quería para él y animaba a su padre a que no se opusiera.

Fr. Vito T. Gómez O.P.

Oración colecta

Oh Dios, que hiciste brillar

a la virgen santa Catalina

por la contemplación de la pasión de tu Hijo;

concédenos, por su intercesión,

que, meditando con devoción estos misterios,

merezcamos alcanzar el fruto de la santidad.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo

y es Dios por los siglos de los siglos.


Oración sobre las ofrendas

Tú, Señor, que hiciste admirable

a tu virgen santa Catalina

por la contemplación

del sagrado misterio de la pasión,

haz que participemos ahora eficazmente al sacrificio

que tu Hijo te ofreció en el ara de la cruz.

Por Jesucristo nuestro Señor.


Oración después de la comunión

Alimentados en la participación a tu divino banquete,

te pedimos, Señor, Dios nuestro,

que, siguiendo el ejemplo de santa Catalina,

llevemos continuamente en el cuerpo

la muerte de Jesús

y nos esforcemos en estar siempre junto a ti.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Martes de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (12,1-4):

Hermanos: Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo.

Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Palabra de Dios

Salmo 21,R/. Te alabarán, Señor, los que te buscan

Santo Evangelio según san Marcos (5,21-43):

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.

Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:

«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».

Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:

«Con solo tocarle el manto curaré».

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:

«Quién me ha tocado el manto?».

Los discípulos le contestaban:

«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “Quién me ha tocado?”».

Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los píes y le confesó toda la verdad.

Él le dice:

«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

«No temas; basta que tengas fe».

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:

«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:

«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.

Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor

Compartimos:

Dos milagros, uno “gordo”, en comparación con el otro. Una curación, aunque sea muy importante, y una vuelta a la vida. En ambos casos, se resalta la importancia de la fe, de la mujer con flujo de sangre, por un lado, y del padre de la niña, por otro. Por la fe se pusieron en camino, se acercaron al Señor, lucharon entre la multitud para llegar al Maestro, una para sólo tocar su manto, el otro para hablar y pedirle que se fuera con él.


En esto dos milagros se nos invita a pensar sobre la fe, la esperanza y la misericordia de Dios. En estos versículos, Jesús realiza dos actos de compasión profunda: la curación de la hija de Jairo, un líder de la sinagoga, y la sanación de una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años. Ambas historias se entrelazan en un mensaje claro sobre la confianza en el poder divino.


Jairo, un hombre de una posición destacada, se acerca a Jesús, totalmente desesperado. Su hija, que está al borde de la muerte, lo ha llevado a buscar la ayuda de aquel Maestro que ha hecho tanto bien en Galilea. La actitud de Jairo, que deja a un lado su orgullo y su estatus para rogar por la vida de su hija, nos muestra un corazón humilde y abierto a la intervención de Dios. Su fe en Jesús es el motor de la sanación, pues cree que Él puede salvar a su hija. Este acto de fe es respondido por Jesús, quien le dice: «No temas, basta que tengas fe». La invitación de Jesús a Jairo nos llama a confiar en Él incluso cuando las circunstancias parecen ser las más adversas. Casi mortales.


Mientras Jesús se dirige hacia la casa de Jairo, se entrelaza otro episodio: una mujer que lleva doce años sufriendo de hemorragias crónicas se acerca a Jesús con la firme intención de tocar su manto. Esta mujer, al igual que Jairo, está desesperada, pero su fe es tal que cree que con solo tocar el manto de Jesús será sanada. A pesar de la multitud que rodea a Jesús, ella logra acercarse y, al instante, siente que su cuerpo ha sido curado. Jesús, al darse cuenta de lo que ha sucedido, se detiene y pregunta: «¿Quién me ha tocado?» Esta pregunta, aunque parece dirigida a una multitud, tiene una intención clara: sacar a la mujer de la oscuridad de su sufrimiento y hacerle comprender que ha sido su fe la que la ha sanado. «Tu fe te ha salvado», le dice Jesús, restaurando no solo su salud física sino también su dignidad social y espiritual.


Este pasaje nos muestra dos aspectos clave de la fe: la persistencia y la confianza. Jairo no permite que la muerte de su hija o las noticias negativas lo alejen de la esperanza en Jesús. La mujer, por su parte, no se deja vencer por la multitud ni por su enfermedad, sino que persiste en su deseo de ser sanada por Jesús, creyendo que su poder es suficiente. Ambos ejemplos nos enseñan que la fe en Jesucristo no es simplemente algo pasivo, sino una fe activa que nos lleva a buscarle con insistencia y a confiar plenamente en su poder de sanación y restauración.


Finalmente, este texto también nos recuerda la compasión infinita de Dios. Jesús no hace distinciones entre las personas, sino que atiende a todos aquellos que, con fe, se acercan a Él. La respuesta de Jesús ante la fe de Jairo y de la mujer demuestra que no importa el estatus social, la enfermedad o el sufrimiento; Dios siempre está dispuesto a sanar, restaurar y dar vida.


Que este pasaje nos impulse a renovar nuestra fe, a acercarnos a Jesús con confianza y a creer que, en Él, encontramos la verdadera curación, tanto en cuerpo como en alma.

Compartimos la Razón y la fe

Las relaciones entre  la razón y la fe han de quedar bien fijadas. Ambas son dos caminos para el acceso a la única verdad, que siempre será que el intelecto humano se adecúe  con la realidad de las cosas, sea la realidad mundana o la superior realidad divina. El camino de la razón es un camino ascendente, mediantes las fuerzas y facultades naturales del hombre.

El camino de la fe, en cambio, es un camino descendente, porque proviene de la revelación divina, que Santo Tomás entiende como irradiación de la ciencia divina hasta el ser humano por medio, generalmente, de mediadores (ángeles, los apóstoles, la jerarquía de la Iglesia, etc).

Santo Tomas representa, la síntesis más perfecta de las relaciones entre razón y fe, tal como las ha ido modelando la tradición de la Iglesia. Así lo reconocería más adelante el magisterio en numerosas ocasiones, destacando la eficacia de la teología tomista en el combate contra todo tipo de errores. Sin embargo, y aunque en momentos determinante de la historia de la Iglesia esta síntesis ha sido dominante en el panorama eclesial, la verdad es que el pensamiento del doctor Aquinate acabaría perdiendo la batalla.

 Contemporáneamente a Santo Tomas, la escuela franciscana estaba desarrollando una orientación, que terminaría triunfando, donde no se veía tan clara esta síntesis entre razón y fe. El asunto vendría por la defensa de estos de la primacía de la voluntad sobre el intelecto en Dios, entre otras cosas, lo que poco a poco conduciría hacia el nominalismo de Ockham, el luteranismo, el relativismo, la filosofía crítica, el idealismo.

La fe se ha visto sumida en una crisis sin parangón en la historia. Esta crisis se ha hecho notar en la teología de las últimas décadas, que ha dejado de ser, en la mayoría de los casos, una verdadera doctrina sagrada, para pasar a ser una colección de novedades y originalidades al servicio de las tendencias del momento. Las intervenciones del magisterio han intentado salir al paso, pero lo han hecho lento y con escasa eficacia.

La razón aportaría a la fe la dimensión universal, sustituida muchas veces por ideología globalista, pudiendo así retomarse el anuncio del Evangelio a todas la naciones. Permitiría respetar mejor eso que el Vaticano II llamaba "la justa autonomía de la realidad terrena", reconociendo, que las ciencias particulares tiene una competencia propia a la hora de investigar la realidad creada, descubriendo en ella las leyes puestas por el Creador.

La Iglesia tiene una competencia específica, como aquellas relacionadas con la moral pública: economía, política, defensa de la vida.

En su famoso discurso en Ratisbona, el papa Benedicto XVI, que no menciona explícitamente la figura de Santo Tomás, ponía como punto de partida de su reflexión sobre la razón y la fe la frase: "No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios" es una expresión muy concreta de lo que deseo expresar entre razón y fe, fundamentada por los Padres, edificada sólidamente por Santo Tomas  y que todavía permanece, aunque gravemente dañada por la modernidad.  Es la síntesis armónica y ordenada que desde los últimos dos siglos de la Iglesia nos invita a reconstruir para bien suyo y del mundo.

MM. Dominicas

Sor María Pilar. O.P

lunes, 3 de febrero de 2025

Lunes de la IV Semana del Tiempo Ordinario

Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (11,32-40):

Hermanos: ¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos.

Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra.

Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección.

Palabra de Dios

Salmo 30,R/. Sed fuertes y valientes de corazón,los que esperáis en en Señor

Santo Evangelio según san Marcos (5,1-20):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente:

«¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo?

Por Dios te lo pido, no me atormentes».

Porque Jesús le estaba diciendo:

«Espíritu inmundo, sal de este hombre».

Y le preguntó:

«Cómo te llamas?».

Él respondió:

«Me llamo Legión, porque somos muchos».

Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.

Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:

«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».

El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.

Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.

Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.

Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.

Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:

«Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».

El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.

Palabra del Señor

Compartimos:

Todos se admiraban. Es normal, porque las cosas que hacía Jesús eran admirables. Como admirables son los ejemplos de vida de las personas que nos encontramos en la primera lectura. Y, a pesar de ser admirables, no consiguieron lo prometido, “porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro”, porque no había llegado la hora de Jesús.


Pero con la presencia de Jesús, la cosa cambia. Comienza a cambiar el signo de la batalla entre el bien y el mal. Lo que hasta entonces parecía imposible, derrotar al demonio, porque incluso con cadenas no podían sujetar al individuo, cambia absolutamente con la mera cercanía de Cristo. Los demonios se alteran, intuyen lo que les espera, pero les da igual. Esta vez, la victoria es del Bien, con mayúscula. El mal se retira, acaba sumergido y ahogado.


Los lugareños se asustaron, nos dice el texto evangélico. También es normal, porque muchas veces, cuando no entendemos algo, nos asustamos. Para entender lo que hace Jesús, es preciso haber compartido el camino, y estar en la onda en la que emitía Cristo. Si escuchas y no entiendes, la cosa puede dar miedo, porque sin fe hay muchas cosas incomprensibles. E imposibles.


El endemoniado desea unirse al grupo de los seguidores de Jesús, quiere ir con Él y ser parte del grupo. Compartir su nueva vida con Aquél que le ha devuelto a la vida. Pero Jesús tiene otros planes para él. No todos están destinados a vivir con Jesús, compartiendo el camino y la vida. Eso queda reservado para un pequeño grupo de elegidos. A este hombre, por el contrario, le manda a ser “misionero en su casa”.


Y, por lo que parece, este hombre lo hizo bien, a conciencia. Se encargó de que todos supieran lo que el Señor había hecho por él, cómo le había devuelto la paz, liberándole de todos los demonios que no le dejaban vivir en paz. Quién sabe, puede que otras muchas personas alcanzaran también la paz, gracias a la predicación de esta persona.


Nosotros, seguramente, no hemos sido liberados de una legión de demonios, pero, con toda seguridad, hemos sentido la liberación que supone recibir el perdón por nuestros pecados. Esa reconciliación con Dios, con la Iglesia y con los hermanos, que nos libra del peso de las cadenas que supone saberse en deuda.

domingo, 2 de febrero de 2025

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz domingo!

Hoy el Evangelio de la liturgia (Lc 2,22-40) nos narra cómo María y José llevan al niño Jesús al Templo de Jerusalén. Según la Ley, lo presentan en la morada de Dios, como recuerdo de que la vida viene del Señor. Y mientras la Sagrada Familia hace lo que siempre se había hecho en el pueblo de Israel, de generación en generación, sucede algo que nunca antes había ocurrido.


Dos ancianos, Simeón y Ana, profetizan sobre Jesús: ambos alaban a Dios y hablan del niño «a los que esperaban la redención de Jerusalén» (v. 38). Sus voces conmovidas resuenan entre las viejas piedras del Templo, anunciando el cumplimiento de las expectativas de Israel. Verdaderamente Dios está presente en medio de su pueblo: no porque habite entre cuatro paredes, sino porque vive como hombre entre los hombres. Esta es la novedad de Jesús. En la vejez de Simeón y Ana se produce la novedad que cambia la historia del mundo.


Por su parte, María y José se asombran de lo que escuchan (cf. v. 33). En efecto, cuando Simeón toma al niño en sus brazos, lo llama de tres hermosas maneras, que merecen reflexión. Tres maneras, tres nombres le da. Jesús es salvación; Jesús es luz; Jesús es signo de contradicción.


En primer lugar, Jesús es la salvación. Así dice Simeón, orando a Dios: «Mis ojos han visto tu salvación, preparada por ti ante todos los pueblos» (vv. 30-31). Esto siempre nos deja asombrados: ¡la salvación universal concentrada en uno! Sí, porque en Jesús habita toda la plenitud de Dios, de su Amor (cf. Col 2,9).


Segundo aspecto: Jesús es «luz para iluminar a las naciones» (v. 32). Como el sol que nace sobre el mundo, este niño lo redimirá de las tinieblas del mal, del dolor y de la muerte. ¡Cuánta necesidad tenemos, también hoy, de esta luz!


Por último, el niño abrazado por Simeón es signo de contradicción «para que se revelen los pensamientos de muchos corazones» (v. 35). Jesús revela el criterio para juzgar toda la historia y su drama, y también la vida de cada uno de nosotros. ¿Y cuál es ese criterio? Es el amor: el que ama vive, el que odia muere.


Jesús es la salvación, Jesús es la luz y Jesús es el signo de la contradicción.


Iluminados por este encuentro con Jesús, podemos entonces preguntarnos: ¿qué espero de mi vida? ¿Cuál es mi gran esperanza? ¿Anhela mi corazón ver el rostro del Señor? ¿Espero la manifestación de su plan de salvación para la humanidad?


Oremos juntos a María, Madre purísima, para que nos acompañe en las luces y sombras de la historia, acompañándonos siempre al encuentro con el Señor.


¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy celebramos en Italia la Jornada por la vida, sobre el tema «Transmitir la vida, esperanza para el mundo». Me uno a los Obispos italianos para expresar mi gratitud a las numerosas familias que acogen de buen grado el don de la vida y para animar a las parejas jóvenes a no tener miedo de traer hijos al mundo. Y saludo al Movimiento provida italiano, que celebra su 50 aniversario. Mis mejores deseos.


Mañana se realizará en el Vaticano la Cumbre Internacional sobre los Derechos del Niño, titulada «Amémoslos y Protejámoslos», que he tenido la alegría de promover y en la que participaré. Es una oportunidad única para llamar la atención del mundo sobre los problemas más acuciantes que afectan a la vida de los más pequeños. Les invito a unirse a mí en la oración por su éxito.


Y sobre el tema del valor primordial de la vida humana, reitero el «no» a la guerra, que destruye, lo destruye todo, destruye la vida e induce a despreciarla. Y no olvidemos que la guerra es siempre una derrota. En este Año Jubilar, renuevo mi llamamiento, especialmente a los gobernantes cristianos, para que pongan el máximo empeño en las negociaciones que pongan fin a todos los conflictos en curso. Recemos por la paz en la martirizada Ucrania, Palestina, Israel, Líbano, Myanmar, Sudán, Kiwu del Norte.


Los saludo a todos, de Italia y de otras partes del mundo. Saludo en particular a los fieles de Valencia, Barcelona, Sevilla; a los alumnos del Instituto «Rodríguez Moñino» de Badajoz, España, y a los de la «École de Provence» de Marsella; al grupo parroquial de Nanterre y a los de Polonia, Croacia, Bulgaria e India. Saludo a los jóvenes de la Inmaculada.


Saludo a los fieles de Cantù, Vighizzolo, Seregno y Cologno Monzese; a los Unitalsi de la diócesis de Camerino-San Severino Marche; a los Scouts de Nola y a los miembros del Serra Club International. Saludo a los ministros de la comunidad pastoral Regina degli Apostoli, diócesis de Milán.


Les deseo a todos un buen domingo. No olviden rezar por mí. Buen provecho y hasta luego.

La Presentación del Señor

Primera Lectura

Lectura del libro de Malaquías (3,1-4):

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

Palabra de Dios

Salmo 23 R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,14-18):

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor

Compartimos:

oy, aguantando el frío del invierno, Simeón aguarda la llegada del Mesías. Hace quinientos años, cuando se comenzaba a levantar el Templo, hubo una penuria tan grande que los constructores se desanimaron. Fue entonces cuando Ageo profetizó: «La gloria de este templo será más grande que la del anterior, dice el Señor del universo, y en este lugar yo daré la paz» (Ag 2,9); y añadió que «los tesoros más preciados de todas las naciones vendrán aquí» (Ag 2,7). Frase que admite diversos significados: «el más preciado», dirán algunos, «el deseado de todas las naciones», afirmará san Jerónimo.


A Simeón «le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2,26), y hoy, «movido por el Espíritu», ha subido al Templo. Él no es levita, ni escriba, ni doctor de la Ley, tan sólo es un hombre «justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel» (Lc 2,25). Pero el Espíritu sopla allí donde quiere (cf. Jn 3,8).


Ahora comprueba con extrañeza que no se ha hecho ningún preparativo, no se ven banderas, ni guirnaldas, ni escudos en ningún sitio. José y María cruzan la explanada llevando el Niño en brazos. «¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!» (Sal 24,7), clama el salmista.


Simeón se avanza a saludar a la Madre con los brazos extendidos, recibe al Niño y bendice a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).


Después dice a María: «¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35). ¡Madre!, —le digo— cuando llegue el momento de ir a la casa del Padre, llévame en brazos como a Jesús, que también yo soy hijo tuyo y niño.

sábado, 1 de febrero de 2025

Sábado de la III Semana del Tiempo Ordinario

 Primera Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (11,1-2.8-19):

Hermanos: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.

Por ella son recordados los antiguos.

Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.

Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.

Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.

Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.

Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver.

Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.

Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.

Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia».

Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.

Palabra de Dios

Salmo Lc 1,69 R/. Bendito sea el Señor, Dios de Israel,porque ha visitado a su pueblo

Santo Evangelio según san Marcos (4,35-41):

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

«Vamos a la otra orilla».

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole:

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:

«¡Silencio, enmudece!».

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:

«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Palabra del Señor

Compartimos:

Una de las frases más repetidas en la Biblia es :“No tengáis miedo” Aquellos discípulos, expertos marineros se vieron amenazados por vientos tempestuosos y huracanados. Cuando ya se ven superados, llenos de temor, impotentes, perdidos, reprochan a Jesús su despreocupación. Él entonces, con gesto regio, impera a las fuerzas del mal y éstas se callan y vuelve la calma. No hay mal que a Jesús se le resista. Jesús, con su sola palabra, se manifiesta como dominador de las fuerzas misteriosas, aparece como dueño de la situación. Jesús les pregunta “¿Por qué tanto miedo? ¿Todavía no tenéis fe?”


Cuántas veces nos parece que Jesús duerme cuando la vida se nos complica, cuando tenemos miedo, cuando el dolor estremece nuestra barca. Son muchas las fuerzas de los vientos que azotan el mar de este mundo: el poder de los poderosos, la riqueza de los ricos, las guerras entre los países.  Podemos preguntarnos ¿por qué vivimos tan paralizados por el miedo? ¿Por qué tantas dudas y cobardías entre los cristianos? ¿Nos falta confianza en el Padre? Aunque parezca que duermen, Jesús no abandona a los suyos.