sábado, 7 de diciembre de 2024

Sábado de la I semana de Adviento, San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (30,19-21.23-26):

Esto dice el Señor, el Santo de Israel:

«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén,

no tendrás que llorar,

se apiadará de ti al oír tu gemido:

apenas te oiga, te responderá.

Aunque el Señor te diera

el pan de la angustia y el agua de la opresión

ya no se esconderá tu Maestro,

tus ojos verán a tu Maestro.

Si te desvías a la derecha o a la izquierda,

tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.

Te dará lluvia para la semilla

que siembras en el campo,

y el grano cosechado en el campo

será abundante y suculento;

aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas;

los bueyes y asnos que trabajan en el campo

comerán forraje fermentado,

aventado con pala y con rastrillo.

En toda alta montaña,

en toda colina elevada

habrá canales y cauces de agua

el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.

La luz de la luna será como la luz del sol,

y la luz del sol será siete veces mayor,

como la luz de siete días,

cuando el Señor vende la herida de su pueblo

y cure las llagas de sus golpes».

Palabra de Dios

Salmo 146,R/. Dichosos los que esperan en el Señor

Santo Evangelio según san Mateo (9,35–10,1.6-8):

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».

Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra de Dios

Compartimos:

Las lecturas de hoy nos presentan un mensaje cargado de esperanza y de misión, recordándonos que el Adviento es un tiempo de preparación para la restauración plena que Dios quiere traer a nuestras vidas y a toda la humanidad. En este contexto, la proclamación del Año Jubilar nos ofrece una clave adicional: estamos llamados a acoger la gracia de Dios como un don gratuito que restaura, sana y libera, para luego compartirla generosamente con los demás.


En la primera lectura, Isaías (30,19-21.23-26) nos habla de un Dios que escucha el clamor de su pueblo y que, como un Maestro cercano, guía y consuela. Aunque el pueblo haya experimentado momentos de angustia y opresión, se les promete un futuro lleno de luz, abundancia y sanación. Este pasaje nos invita a confiar en el Señor incluso en medio de nuestras dificultades, sabiendo que Él siempre está atento a nuestro sufrimiento y dispuesto a intervenir en nuestro favor. Es especialmente significativa la imagen del Maestro que camina con nosotros, indicándonos el camino: “Este es el camino, camina por él”. En este tiempo de Adviento Dios nos llama a sintonizar nuestros oídos con su voz y a seguirlo con confianza, dejando atrás los miedos y las incertidumbres.


El pasaje también describe un futuro en el que las heridas serán vendadas, las llagas curadas y la creación entera será renovada con abundancia y plenitud. Esto nos recuerda que el Jubileo no es solo un tiempo de renovación espiritual, sino también de justicia, reconciliación y cuidado por los demás y por la creación. ¿Estamos permitiendo que Dios sane nuestras heridas? ¿Estamos siendo instrumentos de su paz y de su abundancia para quienes nos rodean?


En el Evangelio (Mateo 9,35–10,1.6-8), Jesús recorre las ciudades y aldeas proclamando el Reino y curando a los enfermos, movido por la compasión hacia un pueblo extenuado y abandonado, “como ovejas sin pastor”. Su mirada compasiva no se queda en un sentimiento pasivo, sino que lo impulsa a actuar: llama a sus discípulos, les da autoridad y los envía con una misión concreta: proclamar que el Reino ha llegado y acompañar esa proclamación con gestos concretos de sanación y liberación.


Aquí se nos presenta un llamado directo a todos los discípulos de Jesús, especialmente en este tiempo de Jubileo: la misión no es opcional, es parte esencial de nuestra respuesta al don que hemos recibido. “Gratis habéis recibido, dad gratis”. El amor de Dios, su gracia y su misericordia no son algo que podamos guardar para nosotros mismos; son un regalo que debe compartirse con generosidad. Jesús nos invita a ser sus colaboradores en la gran mies, a ser instrumentos de su compasión para un mundo herido y necesitado.


El Adviento y el Año Jubilar se convierten así en un llamado doble: primero, a permitir que Dios sane, restaure y transforme nuestras vidas; y segundo, a salir al encuentro de los demás, anunciando con nuestras palabras y acciones que el Reino está cerca. En un mundo lleno de desigualdad, enfermedad y desesperanza, se nos pide que llevemos luz donde hay oscuridad, que proclamemos esperanza donde hay desolación y que demos gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido.


Que este tiempo de espera activa nos impulse a vivir con el oído atento a la voz del Maestro, los pies dispuestos a caminar por el sendero que nos marca y las manos abiertas para sanar, consolar y compartir. Así, nuestra vida se convertirá en un testimonio vivo de que el Señor está cerca, vendando heridas y proclamando un tiempo nuevo de gracia, justicia y plenitud. ¡Que nuestra existencia sea anuncio y testimonio del Reino de Dios, que ya está entre nosotros!

viernes, 6 de diciembre de 2024

Viernes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (29,17-24):

Esto dice el Señor:

«Pronto, muy pronto,

el Líbano se convertirá en vergel,

y el vergel parecerá un bosque.

Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;

sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.

Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,

y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;

porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;

y serán aniquilados los que traman para hacer el mal:

los que condenan a un hombre con su palabra,

ponen trampas al juez en el tribunal,

y por una nadería violan el derecho del inocente.

Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán,

dice a la casa de Jacob:

“Ya no se avergonzará Jacob,

ya no palidecerá su rostro,

pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos,

santificarán mi nombre,

santificarán al Santo de Jacob

y temerán al Dios de Israel”.

Los insensatos encontrarán la inteligencia

y los que murmuraban aprenderán la enseñanza».

Palabra de Dios

Salmo 26,R/. El Señor es mi luz y mi salvación.

 Santo Evangelio según san Mateo (9,27-31):

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando:

«Ten compasión de nosotros, hijo de David».

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo:

«¿Creéis que puedo hacerlo?».

Contestaron:

«Sí, Señor».

Entonces les tocó los ojos, diciendo:

«Que os suceda conforme a vuestra fe».

Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente:

«¡Cuidado con que lo sepa alguien!».

Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

Palabra del Señor

Compartimos:

La liturgia de la Palabra de este día nos anima a un despertar profundo, a abrir los ojos de nuestra existencia para reconocer la obra de Dios que transforma nuestra realidad. En este tiempo de Adviento, mientras aguardamos la venida del Señor, estas palabras nos llaman a vivir con esperanza activa, permitiendo que el encuentro con Cristo ilumine nuestras tinieblas interiores y renueve nuestro caminar.


En el libro de Isaías (29,17-24), el profeta describe un tiempo de cambio radical, un horizonte de restauración donde lo que parecía imposible se vuelve realidad: el Líbano se convierte en un vergel, los sordos escuchan, los ciegos ven, y los pobres se llenan de alegría. Este anuncio no es solo una promesa para el futuro; es una invitación a mirar nuestra vida desde la fe y descubrir que Dios ya está actuando en medio de nosotros. Su gracia transforma nuestra ceguera espiritual en visión clara, abre nuestros oídos para escuchar su palabra y nos llena de júbilo incluso en las dificultades.


Isaías también denuncia la injusticia y la opresión, señalando que los violentos y cínicos no tendrán la última palabra. Este mensaje, tan actual en nuestro tiempo, nos desafía a revisar nuestras propias actitudes y acciones. ¿Somos ciegos ante las necesidades de los demás? ¿Somos sordos a los gritos de los oprimidos? El Adviento nos invita a romper con la indiferencia y a dejarnos transformar por el Dios que hace nuevas todas las cosas.


En el Evangelio de Mateo (9,27-31), dos ciegos siguen a Jesús con una súplica cargada de fe: “Ten compasión de nosotros, Hijo de David”. Este grito no solo expresa su necesidad de curación física, sino también su deseo de encontrarse con el Salvador. Jesús responde tocando sus ojos y, más allá del milagro, les devuelve la capacidad de ver la vida con una perspectiva nueva. Sin embargo, antes de sanar, Jesús les pregunta: “¿Creéis que puedo hacerlo?”. Aquí, el Señor no solo quiere sanar sus cuerpos, sino también activar su fe, porque la verdadera luz nace de un corazón que confía plenamente en Él.


Esta escena evangélica nos desafía a preguntarnos: ¿Qué dimensiones de nuestra vida necesitan ser iluminadas por la presencia de Cristo? Tal vez hemos permitido que el cansancio, la rutina o el dolor nos conviertan en “ciegos”, incapaces de reconocer los signos de esperanza que nos rodean. Jesús también nos pregunta hoy: “¿Crees que puedo hacerlo?”. Nuestra respuesta, como la de los ciegos, debe ser un “Sí, Señor” lleno de confianza.


El Adviento es tiempo de abrir los ojos del corazón, de dejarnos tocar por la gracia de Dios y reconocer su acción en nuestra vida. Así como los ciegos del Evangelio no pudieron guardar silencio después de recibir la vista, también nosotros estamos llamados a proclamar con nuestra vida lo que hemos visto y experimentado.


En este Adviento, pidamos al Señor que abra nuestros ojos para ver su acción en nuestra historia, que encienda nuestra fe para caminar con esperanza y que transforme nuestro corazón para ser testigos de su amor. Confiemos en Él, porque su poder no solo cura, sino que nos conduce a una vida renovada y plena. ¡Que nuestra existencia proclame con alegría que el Salvador está en medio de nosotros!

jueves, 5 de diciembre de 2024

Jueves de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (26,1-6):

Aquel día, se cantará este canto en la tierra de Judá:

«Tenemos una ciudad fuerte,

ha puesto para salvarla murallas y baluartes.

Abrid las puertas para que entre un pueblo justo,

que observa la lealtad;

su ánimo está firme y mantiene la paz,

porque confía en ti.

Confiad siempre en el Señor,

porque el Señor es la Roca perpetua.

Doblegó a los habitantes de la altura,

a la ciudad elevada;

la abatirá, la abatirá

hasta el suelo, hasta tocar el polvo.

La pisarán los pies, los pies del oprimido,

los pasos de los pobres».

Palabra de Dios

Salmo 117,R/. Bendito el que viene en nombre del Señor

 Santo Evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

Compartimos:

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre el fundamento de nuestra vida cristiana, especialmente en este tiempo de Adviento, cuando somos llamados a preparar nuestros corazones para el encuentro con el Señor. Tanto Isaías como el Evangelio de Mateo nos hablan de la firmeza que se encuentra en Dios, la “Roca perpetua” sobre la cual podemos edificar nuestra vida con seguridad.


En el libro de Isaías (26,1-6), se canta un himno de confianza en el Señor, quien es presentado como la fortaleza y salvación de su pueblo. La ciudad fuerte con murallas y baluartes simboliza la protección divina que da seguridad a los que confían en Él. Es un canto que anticipa la llegada del reino de Dios, donde la justicia y la lealtad son la marca distintiva de su pueblo. Las puertas se abren para que entren los justos, los que confían plenamente en el Señor y mantienen la paz, porque su fe no está puesta en cosas pasajeras, sino en la Roca eterna.


Este texto de Isaías resuena con fuerza en Adviento, tiempo en el que renovamos nuestra confianza en Dios y nos preparamos para recibir al Emmanuel, “Dios con nosotros”. Nos recuerda que la paz verdadera, tan anhelada en nuestros tiempos, no proviene de nuestras propias fuerzas o seguridades humanas, sino de Dios, quien es nuestro refugio. En un mundo lleno de incertidumbre y divisiones, Isaías nos llama a abrir las puertas de nuestro corazón para acoger a Cristo, la paz encarnada, y a construir nuestra vida sobre la roca sólida de su fidelidad.


El Evangelio de Mateo (7,21.24-27) complementa este mensaje al enfatizar la importancia de poner en práctica la palabra de Dios. Jesús utiliza la imagen de dos hombres que edifican sus casas: uno sobre roca y otro sobre arena. La diferencia no está en el conocimiento, sino en la acción. Solo quien escucha y vive según la voluntad de Dios será como aquel que construyó sobre roca y pudo resistir las tormentas. Adviento nos recuerda que no basta con invocar el nombre del Señor de manera superficial; nuestra fe debe traducirse en obras concretas de amor, justicia y misericordia.


El Adviento, además, es un tiempo en el que las “tormentas” existenciales –nuestras inquietudes, ansiedades o desafíos– pueden ser una oportunidad para examinar sobre qué fundamento hemos construido nuestra vida. Jesús nos llama a edificar sobre la roca de su palabra, una base firme que nos sostiene incluso en las pruebas más difíciles. Su Evangelio reubica nuestra vida. Escuchar su voz y actuar en consecuencia es la manera de prepararnos para su venida, tanto en la Navidad como al final de los tiempos.


Por último, el canto de Isaías concluye con una imagen de justicia: los pies de los pobres y oprimidos pisan la ciudad elevada, símbolo de los poderes arrogantes que serán abatidos. Esto nos recuerda que el Adviento es también un tiempo de esperanza para los más vulnerables, pues en Cristo se hace presente el Dios que levanta a los humildes y abate a los soberbios. Nuestra preparación para la Navidad debe incluir un compromiso con la justicia y la solidaridad hacia quienes más lo necesitan.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Miércoles de la I Semana de Adviento. San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (25,6-10a):

En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos,

en este monte, un festín de manjares suculentos,

un festín de vinos de solera;

manjares exquisitos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte

el velo que cubre a todos los pueblos,

el lienzo extendido sobre a todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros,

y alejará del país el oprobio de su pueblo

—lo ha dicho el Señor—.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios.

Esperábamos en él y nos ha salvado.

Este es el Señor en quien esperamos.

Celebremos y gocemos con su salvación,

porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Palabra de Dios

Salmo 22,R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

Santo Evangelio según san Mateo (15,29-37):

En aquel tiempo, Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.

Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.

La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».

Los discípulos le dijeron:

«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».

Jesús les dijo:

«¿Cuántos panes tenéis?».

Ellos contestaron:

«Siete y algunos peces».

Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.

Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.

Palabra del Señor.

Compartimos:

Hoy contemplamos en el Evangelio la multiplicación de los panes y peces. Mucha gente —comenta el evangelista Mateo— «se le acercó» (Mt 15,30) al Señor. Hombres y mujeres que necesitan de Cristo, ciegos, cojos y enfermos de todo tipo, así como otros que los acompañan. Todos nosotros también tenemos necesidad de Cristo, de su ternura, de su perdón, de su luz, de su misericordia... En Él se encuentra la plenitud de lo humano.


El Evangelio de hoy nos hace caer en la cuenta, a la vez, de la necesidad de hombres que conduzcan a otros hacia Jesucristo. Los que llevan a los enfermos a Jesús para que los cure son imagen de todos aquellos que saben que el acto más grande de caridad para con el prójimo es acercarlo a Cristo, fuente de toda Vida. La vida de fe exige, pues, la santidad y el apostolado.


San Pablo exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fl 2,5). Nuestro relato muestra cómo es el corazón: «Siento compasión de la gente» (Mt 15,32). No puede dejarlos porque están hambrientos y fatigados. Cristo busca al hombre en toda necesidad y se hace el encontradizo. ¡Cuán bueno es el Señor con nosotros!; y ¡cuán importantes somos las personas a sus ojos! Sólo con pensarlo se dilata el corazón humano lleno de agradecimiento, admiración y deseo sincero de conversión.


Este Dios hecho hombre, que todo lo puede y que nos ama apasionadamente, y a quien necesitamos en todo y para todo —«sin mi no podéis nada» (Jn 15,5)— necesita, paradójicamente, también de nosotros: éste es el significado de los siete panes y los pocos peces que usará para alimentar a una multitud del pueblo. Si nos diéramos cuenta de cómo Jesús se apoya en nosotros, y del valor que tiene todo lo que hacemos para Él, por pequeño que sea, nos esforzaríamos más y más en corresponderle con todo nuestro ser.

martes, 3 de diciembre de 2024

Martes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (11,1-10):

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé,

y de su raíz florecerá un vástago.

Sobre él se posará el espíritu del Señor:

espíritu de sabiduría y entendimiento,

espíritu de consejo y fortaleza,

espíritu de ciencia y temor del Señor.

Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias

ni sentenciará de oídas;

juzgará a los pobres con justicia,

sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra;

pero golpeará al violento con la vara de su boca,

y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.

La justicia será ceñidor de su cintura,

y la lealtad, cinturón de sus caderas.

Habitará el lobo con el cordero,

el leopardo se tumbará con el cabrito,

el ternero y el león pacerán juntos:

un muchacho será su pastor.

La vaca pastará con el oso,

sus crías se tumbarán juntas;

el león como el buey, comerá paja.

El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente,

y el recién destetado extiende la mano

hacia la madriguera del áspid.

Nadie causará daño ni estrago

por todo mi monte santo:

porque está lleno el país del conocimiento del Señor,

como las aguas colman el mar.

Aquel día, la raíz de Jesé

será elevada como enseña de los pueblos:

se volverán hacia ella las naciones

y será gloriosa su morada.

Palabra de Dios

Salmo 71,R/. Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.

Santo Evangelio según san Lucas (10,21-24):

En aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor

Compartimos:

En el inicio del Adviento, las lecturas de Isaías y el Evangelio de Lucas nos invitan a contemplar con asombro y esperanza la obra de Dios que se despliega en la historia, preparando nuestros corazones para recibir a Cristo como el renuevo que transforma la humanidad y la creación entera.


En la primera lectura, Isaías (11, 1-10) describe un cuadro lleno de esperanza: un renuevo brota del tronco de Jesé, símbolo de una nueva vida que surge en medio de una aparente esterilidad. Este renuevo, que es Cristo, viene lleno del Espíritu del Señor, con dones que renuevan y transforman: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia y temor del Señor. Este mensaje resuena con fuerza al inicio del Año jubilar, tiempo de gracia especial en el que somos llamados a redescubrir la presencia del Espíritu en nuestras vidas y a renovar nuestra fe en Aquel que viene a hacer nuevas todas las cosas.


El texto de Isaías nos presenta también un mundo reconciliado, donde los opuestos conviven en paz: el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito. Es una visión de la plenitud del Reino de Dios, donde la justicia y la paz se abrazan. Esta imagen nos desafía a trabajar en nuestro presente como constructores de esa paz, permitiendo que la justicia sea el “ceñidor de nuestra cintura” y la lealtad el “cinturón de nuestras caderas”. Este tiempo de Adviento y jubileo nos invita a transformar nuestras relaciones, comunidades y estructuras en espacios donde la paz de Cristo pueda reinar.


Por su parte, el Evangelio de Lucas (10, 21-24) nos sitúa ante la gratitud y la alegría de Jesús, quien alaba al Padre por revelar los misterios del Reino a los pequeños. En esta escena, encontramos el corazón del Adviento: la invitación a ser pequeños, a reconocer nuestra dependencia de Dios y a abrirnos con humildad a la revelación de su amor. El Año jubilar que estamos por comenzar nos llama a una espiritualidad de la gratitud, a redescubrir las maravillas de Dios en nuestra vida cotidiana y en los signos de los tiempos para convertirnos en signos de esperanza.


Jesús exclama: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” Este privilegio de los discípulos se extiende hoy a nosotros. En Adviento, contemplamos el misterio de la encarnación y nos preparamos para experimentar la cercanía de Dios, que no se queda lejos, sino que entra en nuestra historia para redimirnos y llenarnos de alegría.


Desde la clave del Adviento y del Año jubilar, estas lecturas nos interpelan: ¿estamos dejando que el Espíritu transforme nuestra vida? ¿Reconocemos a Cristo como el renuevo que da esperanza en medio de nuestras realidades más secas y estériles? ¿Nos acercamos al misterio con la humildad de los pequeños, agradeciendo la obra de Dios en nosotros?

lunes, 2 de diciembre de 2024

Lunes de la I Semana de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (2,1-5):

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén.

En los días futuros estará firme

el monte de la casa del Señor,

en la cumbre de las montañas,

más elevado que las colinas.

Hacia él confluirán todas las naciones,

caminarán pueblos numerosos y dirán:

«Venid, subamos al monte del Señor,

a la casa del Dios de Jacob.

Él nos instruirá en sus caminos

y marcharemos por sus sendas;

porque de Sión saldrá la ley,

la palabra del Señor de Jerusalén».

Juzgará entre las naciones,

será árbitro de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, venid;

caminemos a la luz del Señor.

Palabra de Dios

Lectura del libro de Isaías.

Aquel día, el vástago del Señor será el esplendor y la gloria, y el fruto del país será orgullo y ornamento para los redimidos de Israel.

A los que queden en Sion y al resto de Jerusalén

los llamarán santos: todos los que en Jerusalén están inscritos para la vida.

Cuando el Señor haya lavado la impureza de las hijas de Sion

y purificado la sangre derramada en Jerusalén,

con viento justiciero, con un soplo ardiente,

creará el Señor sobre toda la extensión del monte Sion y sobre su asamblea

una nube de día, un humo y un resplandor de fuego llameante de noche.

Y por encimo, la glora será un baldaquino

y una tienda, sombra en la canícula,

refugio y abrigo de la tempestad y de la lluvia.

Palabra de Dios.

Salmo 121,R/. Vamos alegres a la casa del Señor.

Santo Evangelio según san Mateo (8,5-11):

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:

«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».

Le contestó:

«Voy yo a curarlo».

Pero el centurión le replicó:

«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace».

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:

«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».

Palabra del Señor

Compartimos:

El Adviento abre un tiempo de gracia en el que somos invitados a contemplar las promesas de Dios con esperanza renovada y a preparar el corazón para recibir a Cristo, luz del mundo. Las lecturas de hoy, tomadas de Isaías y del Evangelio de Mateo, nos conducen a reflexionar sobre la esperanza escatológica y la fe como respuesta a la venida del Señor.


En Isaías (2, 1-5), se presenta una visión profética cargada de esperanza: el monte del Señor será el centro de atracción para todas las naciones. Este monte simboliza la soberanía de Dios y su promesa de instaurar un reino de justicia y paz. La imagen de las “espadas forjadas en arados” y las “lanzas convertidas en podaderas” nos invita a soñar con un mundo transformado por la paz, donde las relaciones humanas no estarán marcadas por el conflicto, sino por la cooperación y la armonía. Es un llamado a caminar a la luz del Señor, dejando atrás la oscuridad del egoísmo y la violencia, para abrazar el camino de la conversión personal y comunitaria.


Por su parte, el Evangelio de Mateo (8, 5-11) nos muestra un ejemplo concreto de fe y esperanza en la figura del centurión romano. Este hombre, un pagano y representante del poder opresor, reconoce en Jesús la autoridad divina y deposita en Él una fe sincera y humilde: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero una palabra tuya bastará para sanar”. Su confianza en el poder de la palabra de Jesús nos enseña que la fe trasciende las barreras culturales, sociales y religiosas, abriendo las puertas del Reino de los Cielos a todos los que, como él, se acercan con corazón sincero.


Estas lecturas se entrelazan en el mensaje central del Adviento: Dios cumple sus promesas y nos invita a ser parte activa de su plan de salvación. El monte del Señor y el banquete escatológico prometido en el Evangelio son imágenes de la plenitud del Reino, donde se reunirán hombres y mujeres de todos los rincones del mundo. Este Reino, sin embargo, no es solo una realidad futura, sino que comienza a manifestarse aquí y ahora, cada vez que nos abrimos al poder transformador de la fe y la esperanza.


El Adviento nos desafía a vivir con una espiritualidad de esperanza activa. Como el centurión, estamos llamados a confiar plenamente en el Señor, incluso en medio de nuestras incertidumbres y dificultades. Como Casa de Jacob, debemos caminar hacia la luz, comprometidos con la construcción de un mundo donde la justicia, la paz y la reconciliación sean una realidad visible. Este tiempo litúrgico nos invita a preparar nuestro corazón para la venida de Cristo, permitiendo que su presencia transforme nuestras vidas y las del mundo entero.


“Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 5). Con esta exhortación, Isaías nos anima a dar pasos concretos hacia la conversión, a vivir el Adviento como un tiempo de renovación personal y comunitaria. Que la fe humilde del centurión y la visión profética de Isaías sean para nosotros una guía en este camino de espera activa y esperanza profunda.

domingo, 1 de diciembre de 2024

I Domingo de Adviento

Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (33,14-16):

Ya llegan días

—oráculo del Señor—

en que cumpliré la promesa

que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.

En aquellos días y en aquella hora,

suscitaré a David un vástago legítimo

que hará justicia y derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá,

y en Jerusalén vivirán tranquilos,

y la llamarán así:

“Es Señor es nuestra justicia”.

Palabra de Dios

Salmo 24 R/. A ti, Señor, levanto mi alma

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (3,12–4,2)

Hermanos:

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.

Por lo demás, hermanos os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguir adelante. Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

Palabra de Dios

Santo Evangelio según san Lucas (21,25-28.34-36):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

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“Levantaos, alzad la cabeza.”

Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).


Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.


En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).