lunes, 4 de octubre de 2021

Lunes de la 27ª semana de Tiempo Ordinario

Comienzo de la profecía de Jonás (1,1–2,1.11):

Jonás, hijo de Amitai, recibió la palabra del Señor: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella: "Su maldad ha llegado hasta mí."» Se levantó Jonás para huir a Tarsis, lejos del Señor; bajó a Jafa y encontró un barco que zarpaba para Tarsis; pagó el precio y embarcó para navegar con ellos a Tarsis, lejos del Señor. Pero el Señor envió un viento impetuoso sobre el mar, y se alzó una gran tormenta en el mar, y la nave estaba a punto de naufragar. Temieron los marineros, e invocaba cada cual a su dios. Arrojaron los pertrechos al mar, para aligerar la nave, mientras Jonás, que había bajado a lo hondo de la nave, dormía profundamente. El capitán se le acercó y le dijo: «¿Por qué duermes? Levántate e invoca a tu Dios; quizá se compadezca ese Dios de nosotros, para que no perezcamos.» Y decían unos a otros: «Echemos suertes para ver por culpa de quién nos viene esta calamidad.»

Echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Le interrogaron: «Dinos, ¿por qué nos sobreviene esta calamidad? ¿Cuál es tu oficio? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres?» Él les contestó: «Soy un hebreo; adoro al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme.» Temieron grandemente aquellos hombres y le dijeron: «¿Qué has hecho?» Pues comprendieron que huía del Señor, por lo que él había declarado. Entonces le preguntaron: «¿Qué haremos contigo para que se nos aplaque el mar?» Porque el mar seguía embraveciéndose. Él contestó: «Levantadme y arrojadme al mar, y el mar se aplacará; pues sé que por mi culpa os sobrevino esta terrible tormenta.»Pero ellos remaban para alcanzar tierra firme, y no podían, porque el mar seguía embraveciéndose. Entonces invocaron al Señor, diciendo: «¡Ah, Señor, que no perezcamos por culpa de este hombre, no nos hagas responsables de una sangre inocente! Tú eres el Señor que obras como quieres.» Levantaron, pues, a Jonás y lo arrojaron al mar; y el mar calmó su cólera. Y temieron mucho al Señor aquellos hombres. Ofrecieron un sacrificio al Señor y le hicieron votos. El Señor envió un gran pez a que se comiera a Jonás, y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches seguidas. El Señor dio orden al pez, y vomitó a Jonás en tierra firme.

Palabra de Dios

Salmo Jon 2,  R/. Sacaste mi vida de la fosa, Señor

 Evangelio según san Lucas (10,25-37):

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.» Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

Palabra del Señor

Compartimos:

Hay una regla de oro y exactísima para medir al que se comporta como prójimo: “El que practicó la misericordia con él”. En la secuencia de verbos con los que el Maestro describe la obra de misericordia está todo muy claro: “Lo vio, le dio lástima, se le acercó, le ungió con aceite y vino, le vendó la herida, lo montó en la cabalgadura y lo llevó a la posada, corriendo con todos los gastos”. Tristemente, los hombres del culto, el sacerdote y el levita, dan un rodeo. No quieren mancharse con la impureza de tocar al herido. Es la misma tentación que nos acecha a todos: “Pasar de largo, dar un rodeo”. Acaso un rodeo también ideológico. Decimos que no nos toca, que para eso están las instituciones sociales, que venga su familia o la cáritas parroquial; incluso, a veces, se no viene aquello de “lo tiene bien merecido” por sus pecados, por sus convicciones, por tantas cosas. No pensó así el extranjero, el pagano, el que no era observante de la ley. Hasta dirá alguno que Jesús se muestra aquí “demasiado mordaz”.

Al prójimo herido no lo escogemos nosotros. Se nos mete en nuestra vida, nos lo encontramos en el enfermo, en el explotado, en el que sufre, en el que no cuenta nada en la sociedad. Siempre corremos el riesgo de dar rodeos. Por ejemplo, buscamos al prójimo lejano, y olvidamos al que tenemos cerca. Pensamos en el tercer mundo, en los problemas del medio ambiente, hasta hablamos de la “civilización del amor”; esto está bien, pero, siempre, empezando por el que nos encontramos en el camino, por sorpresa y de inmediato, el que cambia nuestros planes. Hacernos trabajadores de una famosa ONG, y luego olvidar al herido con el que me encuentro a cada hora es una hipocresía. De la misma manera, es peligrosa la tentación de que se nos llene la boca con palabras grandilocuentes: paz, solidaridad, compromiso, compartir, profecía… mientras el abandonado en el camino lo que necesita es ser visto, cercanía y curación. Jesús nos repite: “Haz tú lo mismo”.

domingo, 3 de octubre de 2021

ORACIÓN A LA VIRGEN DEL ROSARIO

Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios,

vínculo de amor que nos une a los Ángeles,

torre de salvación contra los asaltos del infierno,

puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás.

Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía.

Para ti el último beso de la vida que se apaga.

Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre,

oh Reina del Rosario de Pompeya,

oh Madre nuestra querida,

oh Refugio de los pecadores,

oh Soberana consoladora de los tristes.

Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.

Amén.

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy vemos una reacción de Jesús más bien insólita: se indigna. Y lo que más sorprende es que su indignación no es causada por los fariseos que lo ponen a prueba con preguntas sobre la licitud del divorcio, sino por sus discípulos que, para protegerlo de la aglomeración de gente, riñen a algunos niños que habían sido llevados ante Jesús. En otras palabras, el Señor no se indigna con quienes discuten con Él, sino con quienes, para aliviarle el cansancio, alejan de Él a los niños. ¿Por qué? Es una buena pregunta: ¿por qué el Señor hace esto?

Recordemos —era el Evangelio de hace dos domingos— que Jesús, realizando el gesto de abrazar a un niño, se había identificado con los pequeños: había enseñado que precisamente los pequeños, es decir, los que dependen de los demás, los que tienen necesidad y no pueden restituir, han de ser servidos los primeros (cfr. Mc 9,35-37). Quien busca a Dios lo encuentra allí, en los pequeños, en los necesitados, necesitados no solo de bienes, sino también de cuidados y de consuelo, como los enfermos, los humillados, los prisioneros, los inmigrantes, los presos. Allí está Él, en los pequeños. He aquí por qué Jesús se indigna: cada afrenta hecha a un pequeño, a un pobre, a un niño, a un indefenso, se le hace a Él.

Hoy el Señor retoma esta enseñanza y la completa. De hecho, añade: «El que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Esta es la novedad: el discípulo no solo debe servir a los pequeños, sino que también ha de reconocerse pequeño él mismo. Y cada uno de nosotros, ¿se reconoce pequeño ante Dios? Pensémoslo, nos ayudará. Saberse pequeños, saberse necesitados de salvación, es indispensable para acoger al Señor. Es el primer paso para abrirnos a Él. Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esto. En la prosperidad, en el bienestar, vivimos la ilusión de ser autosuficientes, de bastarnos a nosotros mismos, de no tener necesidad de Dios. Hermanos y hermanas, esto es un engaño, porque cada uno de nosotros es un ser necesitado, pequeño. Debemos buscar nuestra propia pequeñez y reconocerla. Y allí encontraremos a Jesús.

En la vida, reconocerse pequeño es un punto de partida para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abrimos el corazón a Dios, a los demás, al sentido de la vida. Abrimos los ojos a los demás. Cuando somos pequeños abrimos los ojos al verdadero sentido de la vida. Cuando nos sintamos pequeños ante un problema, pequeños ante una cruz, una enfermedad, cuando experimentemos fatiga y soledad, no nos desanimemos. Está cayendo la máscara de la superficialidad y está resurgiendo nuestra radical fragilidad: es nuestra base común, nuestro tesoro, porque con Dios las fragilidades no son obstáculos, sino oportunidades. Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios.

De hecho, precisamente en la fragilidad descubrimos cuánto nos cuida Dios. El Evangelio de hoy dice que Jesús es muy tierno con los pequeños: «Los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos» (v. 16). Las contrariedades, las situaciones que revelan nuestra fragilidad son ocasiones privilegiadas para experimentar su amor. Lo sabe bien quien reza con perseverancia: en los momentos oscuros o de soledad, la ternura de Dios hacia nosotros se hace —por así decir— aún más presente. Cuando somos pequeños, sentimos más la ternura de Dios. Esta ternura nos da paz, esta ternura nos hace crecer, porque Dios se nos acerca a su manera, que es cercanía, compasión y ternura. Y cuando nos sentimos poca cosa —es decir, pequeños— por cualquier motivo, el Señor se nos acerca más, lo sentimos más cercano. Nos da paz, nos hace crecer. En la oración, el Señor nos abraza como un papá a su niño. Así nos hacemos grandes: no con la ilusoria pretensión de nuestra autosuficiencia —esto no hace grande a nadie—, sino con la fortaleza de depositar en el Padre toda esperanza. Justo como hacen los pequeños, hacen así.

Pidamos hoy a la Virgen María una gracia grande, la de la pequeñez: ser niños que se fían del Padre, seguros de que Él nunca deja de cuidarnos.

Queridos hermanos y hermanas:

Me ha entristecido mucho lo que ha sucedido en los pasados días en la cárcel de Guayaquil, en Ecuador. Una terrible explosión de violencia entre detenidos pertenecientes a bandas rivales ha provocado más de cien muertos y numerosos heridos. Rezo por ellos y por sus familias. Dios nos ayude a sanar las llagas del crimen que esclaviza a los más pobres. Y ayude a cuentos trabajan cada día para hacer más humana la vida en las cárceles.

Deseo implorar nuevamente a Dios el don de la paz para la amada tierra de Myanmar: para que las manos de cuantos la habitan no deban enjugar más lágrimas de dolor y de muerte, sino que puedan estrecharse a fin de superar las dificultades y trabajar juntas para traer la paz.

Hoy, en Catanzaro, serán beatificadas María Antonia Samà y Gaetana Tolomeo, dos mujeres que padecieron inmovilidad física durante toda su vida. Sostenidas por la gracia divina, abrazaron la cruz de su enfermedad, transformando el dolor en una alabanza al Señor. Su lecho se convirtió en punto de referencia espiritual y lugar de oración y de crecimiento cristiano para mucha gente que encontraba junto a él consuelo y esperanza. ¡Un aplauso para las nuevas Beatas!

En este primer domingo de octubre, mi pensamiento va a los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para recitar la Súplica a la Virgen María. Durante este mes, renovemos juntos el compromiso de rezar el santo Rosario.

Dirijo mi saludo a vosotros, queridos romanos y peregrinos. En especial, a los fieles de Wépion, en la diócesis de Namur, en Bélgica; a los jóvenes de Uzzano, en la diócesis de Pescia; y a los chicos con discapacidades venidos desde Módena, acompañados por las Pequeñas Hermanas de Jesús Trabajador y por voluntarios. A propósito, hoy en Italia se celebra el Día para la eliminación de las barreras arquitectónicas. Todos podemos echar una mano para construir una sociedad en la que nadie se sienta excluido. Gracias por vuestro trabajo.

Os deseo a todos un feliz domingo. ¡También a los chicos de la Inmaculada! Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

sábado, 2 de octubre de 2021

Domingo 27º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (2,18-24):

El Señor Dios se dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.» Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. El hombre dijo: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»

Palabra de Dios

Salmo 127,R/. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,9-11):

Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al gula de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avengüenza de llamarlos hermanos.

Palabra de Dios

 Evangelio según san Marcos (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor

Compartimos:

 Hay quienes sufren la soledad de ir perdiendo -por el inevitable paso del tiempo, o por tenerse que trasladar fuera de donde siempre vivieron, o por otros motivos-, a casi todas sus amistades, y a su propia pareja. Y eso «no es bueno». Otros viven aislados por problemas de salud, por pérdida de poder adquisitivo, por haber tenido que dejar su patria, porque se rompió su familia... Y esto tampoco «es bueno». Y otros se encuentran «solos» porque no se ven capaces, o no se dan permiso para compartir su mundo interior, sus deseos, sus sueños, sus preocupaciones, sus miedos... ni con sus «amigos» (entre comillas), ni con su familia, ni con su pareja... Es por no preocuparles, es porque no me van a entender, es porque van a pensar mal de mí, es porque... «ya saldré yo solo adelante como sea»... La pandemia del coronavirus no ha hecho sino ampliar y multiplicar la soledad de muchos.

            Ninguna de estas cosas son buenas. La Biblia nos lo ha dicho: «Adán no encontraba ninguno como él que le ayudase». Ni animales ni cosas: Sólo otro u otra como yo, es decir, otra persona con la que interaccionar, compartir, crear proyectos, compartir, crecer, madurar juntos... me puede ayudar. A veces nos hemos creído que ser independientes, ser autosuficientes, estar solos... nos hacía más libres, o más fuertes. Pero es un gran engaño. Hemos sido creados para el otro, para el encuentro, para la entrega mutua, para la comunión. Incluso el mismo Jesús, antes de empezar con su tarea misionera quiso buscarse un «grupo» de compañeros. Y por su parte, San Pablo entendió que la primera consecuencia del mensaje pascual y del amor de Jesucristo... era vivir la fe en comunidad, con otros.

           Este «signo de los tiempos» me hace sentir una llamada urgente a que todos los creyentes (aunque no sólo, claro) salgamos de nuestras «soledades» y busquemos caminos para tender puentes, para interesarnos mucho más por los otros, para acercarnos, para propiciar encuentros, para reducir soledades, para profundizar y cuidar nuestras relaciones... 

viernes, 1 de octubre de 2021

Los Santos Ángeles Custodios: Protectores y abogados del hombre

Para socorrernos en los peligros y en las luchas de la vida

Ángeles en la fachada de la Catedral de Notre-Dame de Paris, Francia.Mientras el optimismo moderno, debido a la mentalidad obsesiva del happy end (“final feliz”), es muy propenso a creer que la lucha, las dificultades y los peligros no existen, la Iglesia por el contrario nos enseña que esta vida es un combate sembrado de riesgos materiales y espirituales.

Por esa razón, la Providencia Divina dispuso un ángel para velar sobre cada uno de nosotros. Y lo hizo con tanta munificencia, que también hay un ángel para cada ciudad y nación, además del que tutela a la propia Santa Iglesia Católica, el Arcángel San Miguel. No está fuera de propósito pensar que probablemente existen igualmente ángeles de la guarda para grupos, familias de almas, sociedades, etc., de tal forma que todos los seres son amparados por un espíritu angélico.

De estas consideraciones se desprende una primera lección de carácter sobrenatural, que nos lleva a comprender cómo es errada la posición condenada por Dom Chautard1, de aquellos que dicen: “Yo soy muy capaz, inteligente, habilidoso y astuto; por esa razón, desde que no me sobrevengan obstáculos muy grandes, no necesito del auxilio de Dios ni en mi vida espiritual, ni tampoco en la material. Yo hago por mí mismo lo que necesito hacer.”

Ahora bien, si el Altísimo delegó a cada uno de nosotros un ente celeste para acompañarnos y protegernos, es porque a todo momento y para todo lo que hacemos necesitamos de su auxilio.

Distorsiones causadas por una falsa piedad

Por otro lado, como consecuencia de las concepciones de una piedad equivocada, en muchas pinturas que representan al ángel de la guarda en acción hay siempre un niñito, insinuando vagamente que tal amparo se destina apenas a los niños. Por lo tanto, apenas éstos últimos creen en el ángel, y un espíritu “emancipado”, más “avanzado”, no cree en él ni necesita de ayuda.

Me acuerdo de haber visto una estampa donde aparecía un riachuelo bonito, con planticas graciosas a la orilla y un niño gordezuelo, de tez rosada, con aire de quien salió de la cama recientemente y fue bañado, rizado y arreglado. Él pasa sobre un puente donde existe una tabla rota en la cual pondría el pie, pero el ángel de la guarda, detrás de él, lo protege.

Da la impresión de que ese es el mundo de las imaginaciones de un niñito, e indica el estado de espíritu con el cual él atraviesa el puente. Se podría pensar con mucho provecho que el ángel de la guarda hace lo mismo con los adultos. Entonces, para evitar un accidente de carro, enfermedades, pequeños accidentes, etc., es bueno recurrir al ángel de la guarda.

En suma, éste sirve para las necesidades materiales; en cuanto a las espirituales, no se habla de protección angélica. Razón por la cual muchos piden la cura de alguna enfermedad, otros, que favorezca una reconciliación y cosas de ese género. Pocos tienen la noción de que los ángeles de la guarda nos fueron dados sobre todo para lo más importante que existe: velar por nuestra alma, luchar y actuar con nosotros para que venzamos nuestras dificultades espirituales.

Nunca estamos solos

Ángeles en la fachada de la Catedral de Notre-Dame de Paris, Francia¡Y sin embargo, cuánto alivio nos daría en las horas de las tribulaciones y tentaciones, en que nos sentimos solos, tener la certeza de que el ángel de la guarda está junto a nosotros! Aunque no lo sintamos ni lo percibamos, él no nos abandona ni siquiera un minuto y está a la espera de nuestras oraciones para actuar por nosotros. Muchas veces él actúa sin que lo pidamos, pero lo hace más aún si imploramos su asistencia.

Mientras tejemos estas consideraciones, el recinto en el cual nos encontramos está repleto de ángeles de la guarda que velan por nosotros, además del ángel destinado a amparar el conjunto de nuestro Movimiento, si es verdad lo que arriba pensamos con respecto a las familias de almas, sociedades, etc.

Así pues, ¡comprendemos de cuánta alegría disfrutaríamos si tuviésemos esa idea siempre presente en nuestro espíritu! Al hacer apostolado, al pasar por problemas interiores, por aborrecimientos y contrariedades de toda especie, nos sentimos solos.

Tal soledad es una ilusión: junto a cada uno está su ángel de la guarda. Aunque imaginemos que entre nosotros y él hay una distancia como entre el cielo y la tierra, de hecho él está cerca, rezando, vigilando, protegiendo al hombre cuya guarda le fue confiada por Dios.

Lecturas del Santos Ángeles Custodios

 Lectura del libro del Éxodo (23,20-23):

He aquí que yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz; no le seas rebelde, que no perdonará vuestras transgresiones, pues en él está mi Nombre. Si escuchas atentamente su voz y haces todo lo que yo diga, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios mis adversarios. Mi ángel caminará delante de ti y te introducirá en el país de los amorreos, de los hititas, de los perizitas, de los cananeos, de los jivitas y de los jebuseos; y yo los exterminaré.

Palabra de Dios

Salmo 90 R/. Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en sus caminos

Evangelio según san Mateo (18,1-5.10):

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: «Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.

Palabra del Señor

Compartimos:

Hoy celebramos la fiesta de los Santos Ángeles Custodios.

En este día la liturgia nos propone tres textos vinculados entre sí con el motivo de los ángeles. Puede verse al respecto la reflexión que hacíamos el miércoles día 29.

La primera lectura está tomada del libro del Éxodo. Son unas palabras que el Señor dirige a su pueblo como promesa de que no sucumbirá ante sus enemigos. Estas palabras se encuentran en el libro junto con gran cantidad de prescripciones, y su función es la de unir el cumplimiento de los mandamientos a la certeza de la conquista de la tierra prometida.

Los creyentes del siglo XXI deberíamos tener ya superada esta lógica a partir de nuestra experiencia de la misericordia divina. Tal vez, la clave para la interpretación de las lecturas de este día, se encuentre siguiendo el orden inverso. Veamos:

Evangelio y Salmo Responsorial: El más importante en el Reino de los cielos es, para San Mateo, el que se haga como un niño (recordemos que los niños son un grupo de personas despreciado en tiempos antiguos en Israel). Muy parecida es la convicción del salmista que se sabe al amparo del Altísmo.

Primera lectura: la obediencia al ángel (y a los mandamientos que se encuentran en torno a estos versículos en el libro del Éxodo) hará posible el triunfo sobre los enemigos.

Nuestras vidas están en manos de Dios. La tarea será reconocerlo como nuestro Señor y guía.

Viernes de la 26ª semana del Tiempo Ordinario

Lectura del libro de Baruc (1,15-22):

Confesamos que el Señor, nuestro Dios, es justo, y a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los judíos y vecinos de Jerusalén, a nuestros reyes y gobernantes, a nuestros sacerdotes y profetas y a nuestros padres; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor, nuestro Dios, no siguiendo los mandatos que el Señor nos había dado. Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy, no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios, hemos rehusado obedecerle. Por eso, nos persiguen ahora las desgracias y la maldición con que el Señor conminó a Moisés, su siervo, cuando sacó a nuestros padres de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados, los profetas; todos seguimos nuestros malos deseos, sirviendo a dioses ajenos y haciendo lo que el Señor, nuestro Dios, reprueba.

Palabra de Dios

Salmo 78 R/. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre

 Evangelio según san Lucas (10,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafárnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Quien a vosotros os escucha a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.»

Palabra del Señor

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Todos hemos recibido por el bautismo el carisma misionero. Jesús nos dice: id y anunciad por todo el mundo que he resucitado y estoy con vosotros. Comencemos este mes de octubre pidiendo a Dios que nos aumente la fe para creer de verdad que el camino que a cada uno se nos muestra y que hemos elegido, grande o pequeño, es el que estamos llamados a caminar… Eso sí: como un niño. Los niños pelean por juguetes, por tener el cariño de quienes los rodean, por captar nuestra atención… pero en ellos no hay malicia, no tienen que disimular retorcidamente –quizá porque aún no saben-, se avergüenzan y vuelven una y otra vez a jugar con los demás. Los adultos peleamos por “nuestros juguetes”, nuestras cotas de poder o protagonismo pero las revestimos de virtudes como tener “sana ambición”, capacidad competitiva, espíritu emprendedor… Incluso con Dios, actuamos así a veces, y queremos ser una especie de “campeones en santidad”... Dejemos que en estos días sea Él quien nos dé ojos y corazón de niño. Misteriosamente, viviendo así, ya estamos colaborando con la única misión de la Iglesia: el Reino