martes, 26 de septiembre de 2017

SAN COSME Y SAN DAMIÁN

Cosme significa "adornado, bien presentado". Damián: domador.
Patronos de: Cirujanos, Farmacéuticos, Médicos, Peluqueros, Dentistas, trabajadores de los balnearios.

Una tradición muy antigua atestigua la existencia de su sepulcro en Ciro (Siria), donde se erigió asimismo una basílica en su honor. Desde allí, su culto pasó a Roma y, más tarde, se propagó por toda la Iglesia.

Según la tradición son hermanos gemelos, nacidos en Arabia; estudiaron las ciencias en Siria y llegaron a distinguirse como médicos. Como eran auténticos cristianos, practicaban su profesión con gran habilidad pero sin aceptar jamás pago alguno por sus servicios. Por eso se les conoció en el oriente entre los santos llamados colectivamente "los sin dinero".

Vivían en Aegeae, sobre la costa de la bahía de Alejandreta, en Cilicia, donde ambos eran distinguidos por el cariño y el respeto de todo el pueblo a causa de los muchos beneficios que prodigaba entre las gentes su caridad y por el celo con que practicaban la fe cristiana, ya que aprovechaban todas las oportunidades que les brindaba su profesión para difundirla y propagarla. En consecuencia, al comenzar la persecución, resultó imposible que aquellos hermanos de condición tan distinguida, pasasen desapercibidos. Fueron de los primeros en ser aprehendidos por orden de Lisias, el gobernador de Cilicia y, luego de haber sido sometidos a diversos tormentos, murieron decapitados por la fe. Conducidos sus restos a Siria, quedaron sepultados en Cirrhus, ciudad ésta que llegó a ser el centro principal de su culto y donde las referencias más antiguas sitúan el escenario de su martirio.

Se cuentan muchos prodigios milagrosos sobre sus vidas pero poco se sabe con seguridad. Se dice por ejemplo que, antes de ser decapitados, salieron con bien de varios tipos de ejecuciones, como ser arrojados al agua atados a pesadas piedras, ser quemados en hogueras y ser crucificados. Cuando se hallaban clavados en las cruces, la multitud los apedreó, pero los proyectiles, sin tocar el cuerpo de los santos, rebotaron para golpear a los mismos que los arrojaban. Lo mismo sucedió con las flechas disparadas por los arqueros que torcieron su trayectoria e hicieron huir a los tiradores (se cuenta que el mismo caso ocurrió con San Cristóbal y otros mártires). Asimismo dice la leyenda que los tres hermanos de Cosme y Damián, llamados Antimo, Leoncio y Euprepio, sufrieron el martirio al mismo tiempo que los gemelos y sus nombres se mencionan en el Martiriologio Romano. Se habla de innumerables milagros, sobre todo curaciones maravillosas, obrados por los mártires después de su muerte y, a veces, los propios santos se aparecieron, en sueños, a los que les imploraban en sus sufrimientos, a fin de curarles inmediatamente.

Entre las personas distinguidas que atribuyeron su curación de males gravísimos a los santos Cosme y Damián, figuró el emperador Justiniano I, quien visitó la ciudad de Cirrhus especialmente para venerar las reliquias de sus benefactores.

A principios del siglo V, se levantaron en Constantinopla dos grandes iglesias en honor de los mártires. La basílica que el Papa Félix  (526-530) erigió en honor de Cosme y Damián en el Foro Romano, con hermosísimos mosaicos, fue dedicada posiblemente el 27 de septiembre. Ese día se celebró la fiesta de Cosme y Damián hasta su traslado al 26 de septiembre en el nuevo calendario.

Los santos Cosme y Damián son nombrados en el canon de la misa y, junto con San Lucas, son los patronos de médicos y cirujanos.

Tres pares de santos llevan los mismos nombres
Por un error, los cristianos de Bizancio honraron a tres pares de santos con los nombres de Cosme y Damián. Los de Arabia, que fueron decapitados durante la persecución de Diocleciano (17 de octubre), los de Roma, que murieron apedreados en el curso del reinado de Carino y los hijos de Teódota, que no fueron mártires. Sin embargo, se trata de los mismos.

Pidamos al Señor por intercesión de los santos Cosme y Damián por los médicos, para que cumplan santamente con su profesión.

"LO QUE HABEIS RECIBIDO GRATIS, DADLO TAMBIEN GRATUITAMENTE" (Jesucristo Mt. 10, 8)

Vassil Barka dio a conocer al mundo el genocidio ucraniano a través de una gran novela cristiana

Fue un poeta, ensayista, novelista y pensador religioso ucraniano. Con su obra principal, El príncipe amarillo, Vassil Barka construyó un memorial por el genocidio que sufrió Ucrania, negado durante demasiado tiempo. Así lo cuenta Didier Rance en L'homme nouveau:El 22 de noviembre de 2003 se conmemoró en Notre-Dame de París, como en otros países, el setenta aniversario del Holodomor, del genocidio ucraniano ordenado por Stalin en 1932. En un mensaje enviado con ocasión de este aniversario a los cardenales de Lviv, Lubomyr Husar y Marian Jaworski, Juan Pablo II recordó: «Millones de personas sufrieron una muerte atroz por la nefasta eficacia de una ideología que, a lo largo de todo el siglo XX, causó sufrimientos y lutos en muchas partes del mundo» y continuaba: «Quiero hacerme presente espiritualmente... [con] las innumerables víctimas», añadiendo que «la debida memoria del pasado adquiere un valor que supera las fronteras de una nación, alcanzando a los demás pueblos que fueron víctimas de acontecimientos igualmente funestos y pueden encontrar consuelo al compartirla».

Un genocidio ocultado
Las manifestaciones, coloquios y conmemoraciones en todo el mundo fueron más numerosos en 2003 que en 1993 (en 1983 aún dominaba el negacionismo) e hicieron conocer al gran público el genocidio sin duda más mortal del siglo XX por su alcance (de siete a diez millones de víctimas) y su sadismo: la muerte por hambre de una población campesina consciente de las reservas de grano guardadas por los milicianos, un suplicio que duró meses y meses. Este genocidio presenta otras particularidades: nos referimos a su memoria.
Ha sido, sin duda, el genocidio ocultado durante más tiempo (el gobierno turco sigue negando el genocidio armenio, que en cambio es reconocido desde hace decenios en todo el mundo), aunque fue perpetrado en plena paz y no durante una guerra. Los historiadores, por cierto, observan que Hitler, en su locura antisemita, lo estudió y que, como en el caso del genocidio armenio, sacó las atroces conclusiones que todos conocemos.

La memoria del genocidio ucraniano presenta otra originalidad, menos conocida. De los otros genocidios se supo, sobre todo, a través de los relatos de los periodistas, a veces en tiempo real (Ruanda), a veces por los procesos y confesiones de sus responsables, otras por el trabajo de los historiadores. De éste, a pesar de la conspiración del silencio entre 1933 y 1990, llegó a saberse gracias sobre todo a una obra literaria. Se trata de El príncipe amarillo, de Vassil Barka, publicada a principios de los años 60 en Estados Unidos.
Veinte años más tarde se publicó en Francia [Le prince jaune]. Ciertamente, está el trabajo de algunos historiadores (Robert Conquest [El gran terror], Miron Dolot [Les affamés. L'holocauste masqué. Ukraine, 1929-1933]) y algunas páginas de la novela de Vasili Grossman (1905-1964) Todo fluye, pero los historiadores concuerdan en reconocer que fue la obra de Barka la que tuvo un papel primordial en el reconocimiento del genocidio ucraniano, papel comparable al de Solzhenitsyn en relación al Gulag... ¡aunque en un grado menor! Por desgracia, es necesario reconocerlo.
  
Un testimonio para la Historia
¡Qué destino el de Vassil Barka, muerto casi centenario en la primavera de 2003! Este joven ortodoxo ucraniano tenía veinticinco años en el momento del genocidio (1932-1933), del que fue testigo. Unos años más tarde consiguió pasar en Moscú una tesis doctoral en Literatura sobre la Divina Comedia de Dante, en la que reflejaba lo que había vivido: encontramos, por ejemplo, a Ugolino en el Infierno devorando a sus hijos. O la antropofagia, también en las familias, que fue una de las cimas del horror desencadenadas por Stalin. Soldado en la Armada Roja durante la Segunda Guerra Mundial, Vassil Barka fue herido y hecho prisionero por los alemanes.

Al final de la guerra pasó diversos años en los campos de desplazados antes de poder emigrar a los Estados Unidos, donde pronto se instaló como ermitaño en las montañas al oeste del estado de Nueva York. Poeta, ensayista, novelista y pensador religioso, creó a lo largo de los años una obra poderosa. Otra de sus obras más penetrantes es una epopeya en verso sobre la guerra y el genocidio de los judíos en Ucrania. 
El príncipe amarillo se presenta como una novela, pero el lector comprende enseguida que este término es inapropiado. A través del destino de los Katranik –Myron, Daria y sus tres hijos– y de su aldea, Khenototcha, en la que casi no sobrevive nadie, Barka concentra lo que vivieron millones de campesinos ucranianos a manos del Leviatán decidido a exterminarlos. Cuando treinta años después de la publicación del libro se abrieron los archivos soviéticos y los últimos supervivientes pudieron dar su testimonio, se constató que todo lo que Barka había descrito había sucedido, incluso lo más inimaginable: la confiscación del grano, de todos los productos agrícolas y de todos los alimentos de las casas, la ejecución de todos los que se oponían, las masacres, las revueltas con las manos desnudas contra las metralletas, la agonía durante meses de millones de personas condenadas a muerte por hambre, la locura, la antropofagia, los barrancos incendiados donde lanzaban, juntos, a miles de muertos y vivos.
Un gran libro cristiano
Pero Vassil Barka relata también la solidaridad entre los moribundos hasta el ultimo instante, como en los campos de muerte nazis y soviéticos. Pero El príncipe amarillo es, ante todo, un testimonio para la Historia y, a la vez, un gran libro religioso. La profundidad del testimonio cristiano que dieron estos millones de campesinos ortodoxos antes su exterminio programado surge claramente en muchas páginas. Arriesgaron su vida para salvar los vasos sagrados de las iglesias profanadas, rezaron y confiaron a Dios su sufrimiento ante lo incomprensible, siguieron creyendo en Su amor cuando los «sin-Dios» querían hacerlo desaparecer de todos los corazones, perdonaron y siguieron amando a quienes los exterminaban. Las últimas palabras del pope de Khenototcha : «Recordemos que Dios nos ama» o las de Myron Katranik al jefe de los exterminadores: «¿Has venido de tu lejana Moscú y deseas mi muerte? ¿Por qué? ¡Yo no deseo la tuya!» son testimonio de esto.

La expresión «mártires desconocidos de la gran causa de Dios» (Juan Pablo II) es muy apropiada en este caso (como para sus hermanos católicos de Ucrania occidental, donde la Iglesia fue exterminada trece años después del genocidio de 1933, también por voluntad de Stalin), sobre todo si pensamos en esta frase de la Bula de convocación del Gran Jubileo, en la que el Papa nos dice que los mártires «nos muestran la belleza del rostro del hombre».

El príncipe amarillo identifica esta belleza espiritual en el centro del horror y del Mal en los humildes gestos de caridad de sus víctimas. Y en el rostro de los campesinos nosotros vemos el del Crucificado.

B, DALMACIO MONER, O.P

El beato Dalmacio Moner (san Dalmau Moner para los catalanes) nace el año 1289 en Santa Coloma de Farners, a unos 20 kms. de la ciudad de Girona. Sus padres eran de condición económica acomodada, como consta por su comparecencia en diversos juicios sobre conflictos de bienes, relatados en documentos de la época.

Cursó estudios elementales con los padres benedictinos, En Gerona, donde radicó en su adolescencia y juventud, aprendió las artes liberales; en esa época conoció a los padres dominicos, a quienes admiró por sus conocimientos.

Estudió lógica en Montpellier, profesó en 1314 en la Orden de los Predicadores, concluyó filosofía en Valencia y se doctoró en teología.

Fue docente en Castelló, Tarragona y Cervera. Se distinguió por la extrema obediencia a la Regla Dominica, su entrega a la oración, estudio y predicación; promovió vocaciones entre los jóvenes, además de ser consejero de prelados, reyes y catedráticos.

Contribuyó en la organización de nuevos conventos y formó centros de espiritualidad y apostolado. En vida, los frailes y el pueblo lo reconocían como santo; le llamaban “el fraile que habla con el ángel“, debido a su piedad y silencio; además, se le atestiguaron levitaciones y favores considerados milagrosos.

Fray Dalmacio practicó la austeridad también en el alimento, vestido y aposento. Durante su vida religiosa, no sólo fue solícito en el cumplimiento de los ayunos y abstinencias, prescritos por las Constituciones dominicanas, sino que renunció del todo a comer carne (salvo en caso de enfermedad) y procuraba alimentarse de verduras endurecidas -a veces de raíces- y de legumbres, cocidas y preferentemente frías. Cuando había de compartir la misma comida que los otros religiosos en el refectorio, evitaba los platos sabrosos o les echaba agua para quitarles el sabor. En cuanto a la vestimenta, usaba hábitos viejos y apedazados, aunque procuraba ir limpio.

Cuando le regalaban un hábito o una capa, pedía a otro religioso que la usase primero él hasta envejecerla por el uso. Su celda era pequeña y angosta, una de las destinadas a los novicios o jóvenes estudiantes. Oraba hasta altas horas de la noche y, cuando le vencía el sueño, se acostaba sobre un saco de sarmientos, a modo de colchón, y reposaba su cabeza sobre un saco rellenado de paja sin cortar, a modo de almohada.
En los cuatro últimos años de su vida vivió una vida de extrema austeridad. Empeñado en dedicar los últimos años de su vida a la contemplación y a la mortificación de su cuerpo, obtuvo del P. Maestro General de los dominicos en 1336 un permiso especial para ir a vivir y morir en la Cueva de Santa Magdalena, conocida aún hoy día como La Sainte Baume, situada cerca de Marsella y custodiada por los frailes dominicos franceses. Vivió allí unos meses, pero tuvo que volver a Girona por asuntos urgentes.

Entonces fue cuando empezó el cuatrienio más severo de su vida en Girona. Volvió a conseguir del P. Maestro General un permiso especial para vivir como anacoreta en una cueva angosta y húmeda excavada en una de las laderas de la amplia huerta del Convento de Santo Domingo. Allí pasó los cuatro últimos años de su vida dedicado a la oración, contemplación y penitencia, con la única obligación comunitaria de acudir al convento a las horas de las comidas y de los rezos en el coro.

El P. Diago resume su muerte con estas palabras: “Recibidos los Santos Sacramentos de la Iglesia, estando presentes los frailes más importantes de la Provincia que habían acudido a aquel convento para celebrar el capítulo y, rogando por él, murió dichosamente de edad de cincuenta años en aquella áspera cueva a 24 de septiembre del año de 1341.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Beato Marcos de Módena, O.P

Marco da Modena, nacido en Moncogno en la primera mitad del siglo XV por la familia noble de la Scalabrini debe ser considerado como uno de los grandes predicadores que surgieron entre los dominicanos en ese siglo. Él tomó el vestido sagrado en su ciudad natal. Era un alma de gran oración y austera penitencia que lo dedicaba milagrosamente a adquirir la ciencia sagrada.

 Tenía el don de la elocuencia persuasiva, que no sólo decía cosas hermosas, sino que era directo a los corazones y los inclinaba a los buenos. El fuego del Espíritu Santo predicó con inmenso fruto en las diferentes ciudades de Italia, sin jamás frenar en este sagrado ministerio todo el Orden. Fue prior del monasterio de Pesaro, que gobernó como un santo, que combina la firmeza en la mayor delicadeza, convirtiéndose, como se dice en la Regla de San Agustín, "más amor que el miedo." Y fue amado no sólo por sus hermanos, sino también por la gente que recurrió a él con gran confianza. Una vez una mujer se arrojó a sus pies, rogándole que llamara a su bebé recién muerto.

 El padre Marco reunidos en oración y luego respondió la mujer no quiere que su hijo venga a la vida, debido a que no viviría mucho y se encontró con una muerte dolorosa con la incertidumbre de ir a menos que, si seguía vivo. Insistiendo en la madre, con muchas lágrimas, por la intercesión del Padre, Dios tiene lo que se pidió, pero como se había predicho por Marco, el muchacho llegó a la edad de catorce años murió de la plaga con un gran dolor de los padres. Marco murió en Pesaro el 21 de septiembre de 1498. Su tumba, incluso durante las diversas traducciones, siempre ha sido ilustrada por Dios con grandes maravillas.

Actualmente sus restos se encuentran en la iglesia de San Domenico en Modena. El beato Papa Pío IX el 10 de septiembre de 1857 confirmó el culto.

domingo, 24 de septiembre de 2017

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, Buenos días!

En el Evangelio de hoy (cf. Mt 20,1-16) nos encontramos con la parábola de los trabajadores llamados a día, que Jesús le dice a comunicar dos aspectos del Reino de Dios: la primera, que Dios quiere llamar a todos a trabajar por su Reino; el segundo, que al final quiere dar a todos la misma recompensa , es decir, la salvación, la vida eterna.

El propietario de una finca, que es Dios, sale al amanecer y contrata a un grupo de trabajadores, de acuerdo con ellos el salario de un denario al día: era un salario justo. Entonces también viene en cuestión de horas - cinco veces ese día, fuera - hasta el final de la tarde, para contratar a otros trabajadores que ve en paro. Al final del día, las órdenes jefe lo que se les da un dinero para todos, incluso a aquellos que habían trabajado unas horas. Por supuesto, los primeros trabajadores contratados se quejan porque son pagados de la misma manera que aquellos que han trabajado menos. El maestro, sin embargo, les recuerda que han recibido lo acordado; si quiere ser generoso con los demás, no debe ser envidioso.

De hecho, esta "injusticia" del maestro sirve para provocar en los que escuchan la parábola un salto de nivel, porque aquí Jesús no quiere hablar del problema del trabajo o del salario correcto, sino del Reino de Dios. Y el mensaje es éste: en el Reino de Dios no hay parados , todos están llamados a hacer su parte; y para todos en el final habrá la recompensa que viene de la justicia divina - no humana, para nuestra buena fortuna! es decir, la salvación que Jesucristo ha adquirido con Su muerte y resurrección. Una salvación que no se merece sino que se da - la salvación es libre - así "la última será la primera y la última, la última" ( Mt 20:16).

Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre , que es libre y generoso . Es para ser sorprendido y encantado por "pensamientos" y las "formas" de Dios, que, como se ha señalado por el profeta Isaías, no son nuestros pensamientos no son nuestros caminos (véase Isaías 55,8). Los pensamientos humanos son a menudo marcados por el interés y la ganancia personal, y nuestros caminos estrechas y sinuosas no son comparables con los caminos anchos y rectos del Señor. Él tiene misericordia - no se olvide de esto: Él tiene misericordia - Perdona amplia, está lleno de generosidad y bondad que fluye en cada uno de nosotros, abierto a todos los territorios sin límites de su amor y su gracia, la única que puede dar el corazón plenitud humana de gozo.

Jesús quiere que contemplemos la mirada de ese maestro: la mirada ve a cada uno de los obreros esperando el trabajo, y los llama a ir a su viña. Es una mirada llena de atención, de benevolencia; es una mirada que llama, invita a levantarse, a caminar, porque quiere vida para cada uno de nosotros, quiere una vida plena, comprometida, salva de vacío e inercia. Dios que no excluye a nadie y quiere que cada uno alcance su plenitud . Este es el amor de nuestro Dios, de nuestro Dios que es Padre.

Nuestro más Hermoso Bendito nos ayuda a aceptar en nuestras vidas la lógica del amor, que nos libera de la presunción de merecer la recompensa de Dios y el juicio negativo de los demás.

Queridos hermanos y hermanas,

Ayer, en Oklahoma City (EE.UU.), fue beatificada Stanley Francis Rother, sacerdote misionero, asesinados por odio a la fe en su obra de evangelización y promoción humana en favor de los más pobres en Guatemala. Su heroico ejemplo nos ayuda a ser valientes testigos del Evangelio, comprometidos con la dignidad del hombre.

Saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos de todo el mundo. En particular, saludo al coro de la Misión Católica Católica de Berna, a la comunidad romana de Comunión y Liberación, a los fieles de Villadossola, Offanengo y Nola.

Les deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no te olvides de orar por mí. Buen almuerzo y adiós!

El cardenal Omella vuelve a pedir «cordura para nosotros y nuestros dirigentes»

Ante los «momentos complejos» que atraviesa Cataluña, el arzobispo de Cataluña pide «poner ternura» y «evitar la confrontación»
«Sé que estamos viviendo momentos complejos en nuestro país. No podemos ni debemos ser agoreros de calamidades. Debemos trabajar todos para poner ternura y misericordia a nuestro alrededor. Debemos evitar la confrontación, la violencia, el desprecio a los demás».

Son palabras de la carta semanal del arzobispo de Barcelona con motivo de la Virgen de la Merced, Patrona de Barcelona, a la que Juan José Omella pide «cordura para nosotros y nuestros dirigentes, para las familias y los pastores de la Iglesia».

Habla, una vez más, el arzobispo de Barcelona por elevación, sin descender a la situación concreta que atraviesa Cataluña, pero con claridad meridiana sobre cómo debe posicionarse la Iglesia en un momento en que «nuestro mundo está muy necesitado de misericordia, de comprensión y de ternura».

En términos similares se expresaba el cardenal Omella en vísperas del 11 de septiembre, en que se celebra la Diada de Cataluña. El purpurado animó a «todos» a «avanzar por el camino del diálogo y del entendimiento, del respeto y de la no confrontación, ayudando a que nuestra sociedad sea un espacio de fraternidad, de justicia, de libertad y de paz». Y, como plegaria para este año, pidió «que la sensatez y el deseo de ser justos y fraternos nos guíe a todos».

Términos, en muchos casos, idénticos a los que utiliza la nota de la Conferencia Episcopal Tarraconense del pasado 20 de septiembre. Los obispos de Cataluña, ante el «momento delicado» actual, animan «a todos, especialmente a los laicos cristianos, a ser responsables y comprometidos en la vida pública, para avanzar en el camino del diálogo y del entendimiento, del respeto a los derechos y las instituciones y de la no confrontación, ayudando a que nuestra sociedad sea un espacio de fraternidad, de libertad y de paz».

sábado, 23 de septiembre de 2017

Monjas, religiosos y curas, ¿trabajan?

Hay oficios en los que nunca falta el trabajo. Y no precisamente por lo difícil que es “la carrera”, sino por la falta de candidatas y candidatos. Las monjas, los frailes y los curas tienen trabajo de sobra. Cierto, en estos “oficios” también hay quienes no cumplen. Pero eso no quita que, para quienes cumplen, haya trabajo.

La falta de candidatos para religiosos y para sacerdotes no se debe a que “la paga” suela ser pequeña, en términos monetarios, sino a otros factores de tipo social y cultural que no es el momento de analizar ahora. La paga no es muy elevada, pero hay que decir algo más: nadie entra en un noviciado o en un seminario pensando en el dinero. Y si, por una de esas cosas que también pasan a veces, alguien entra pensando en el dinero o en la promoción social, se ha equivocado de lugar. Y lo más probable es que no sea feliz y, lo que es peor, haga infelices a los demás.

Todos sabemos, por ejemplo, que muchos enfermos, en los hospitales, prefieren ser atendidos por enfermeras monjas, porque ellas tienen fama de no medir el tiempo y de saber consolar y escuchar. Que quede claro: conozco a enfermeras y enfermeros laicos que hacen una labor humana que va más allá de lo profesional. Pero lo que quiero decir es que las religiosas y los religiosos, si son fieles a su vocación, no tienen un tiempo contado, porque el tiempo está en función de la persona a la que atienden y no en función de un horario. Si eso también ocurre en el caso de algunos laicos, mejor que mejor, porque la sorpresa del enfermo y de su familia es mayor. Por eso, si son creyentes, su testimonio es más creíble y, si no son creyentes, su dedicación es más admirable.

También los curas, los buenos curas, que de todo hay, como en todas las profesiones y oficios, no tienen horarios fijos. Si son fieles a su vocación, todo su tiempo está en función de los fieles que les han confiado. Este es uno de los sentidos del celibato: una donación completa de la propia vida a Dios y, en consecuencia, una vocación asumida totalmente, sin reservas. Porque en estos oficios clericales (monjas, religiosos, curas) se trata de vocaciones libres, pero rigurosas.

También las monjas y monjes contemplativos, así como las y los eremitas, se ganan el pan con su trabajo, aunque dedican muchas más horas a la oración, a la meditación, o sencillamente a “no hacer nada”, que al trabajo material. Ellas y ellos son un signo de contraste para este mundo obsesionado por el dinero e incluso por el esfuerzo. Las personas de hoy tienen horror al “tiempo vacío” y, por eso, siempre están ocupadas, bien trabajando, bien escuchando música, viendo la televisión o chateando por el móvil o el ordenador. No hacer nada les causa pavor. Las monjas y monjes, que dedican más tiempo a “no hacer nada” que a trabajar, son un signo de contraste, que plantea una pregunta: ¿a qué se dedican, qué hacen no haciendo nada? El ser humano no está hecho para hacer, sino para ser.

Martín Gelabert Ballester, OP