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viernes, 4 de septiembre de 2020

Pensaba ser pastor episcopaliano... pero le atraía al catolicismo el celibato sacerdotal


Brian Schumacher tiene 32 años y es seminarista novato, de los mayores de su clase en el seminario Mount Angel en Oregón. De hecho, hasta 2018 ni siquiera era católico.

Ya entonces quería ser sacerdote, pero su diócesis (Salt Lake City, la famosa ciudad de los mormones) pide que los conversos esperen dos años tras su entrada en la fe católica antes de ir al seminario.

Con un título en Literatura, Schumacher ha trabajado varios años como productor televisivo, especialmente en el canal FOX 13, con las noticias de las cinco de la tarde. Pero eso no le llenaba: siempre sintió que necesitaba servir a Dios de otra forma. Y hay una Buenísima Noticia que anunciar, que es el Evangelio.

Brian fue bautizado como episcopaliano (los anglicanos de EEUU), aunque gran parte de su formación y crianza fue como luterano. Después, volvió a tantear el episcopalianismo, pero no le acaba de llenar. Sentía que algo faltaba. Siendo protestante, dos veces se planteó la posibilidad de hacerse pastor o ministro, pero no llegaba a dar los pasos necesarios. "Me daba miedo y no hacía nada", explica en su testimonio en el Intermountain Catholic, la revista de la diócesis de Salt Lake City.

Sin embargo, cuando se hizo católico en 2018, sus miedos se disiparon y adquirió una voluntad firme. "Realmente, se volvió muy tangible y pensé: ‘Esta es la Iglesia en la que puedo ser sacerdote’’.

Atracción por el celibato: enfocarse en Cristo

Siendo episcopaliano, una cosa le atraía ya del catolicismo era el celibato sacerdotal. "Siendo célibes, los sacerdotes se pueden enfocar completamente a servir a Dios y a atender las necesidades de los fieles", comenta Schumacher. “Con una familia, uno tiene cada pie en un mundo. Si uno tiene una familia, necesita invertir mucha energía en ella, como ha de ser, pero es difícil si tienes a la vez tu familia y atiendes al rebaño en la Iglesia".

En septiembre del 2017, siendo aún protestante, Schumacher entró por primera vez en la hermosa catedral católica de la Magdalena, en Salt Lake City, y “me di cuenta de que Dios verdaderamente estaba presente,” señala. (Hay misa en español allí cada sábado a las 7 de la tarde y cada domingo a las 3).

Una primera confesión "sobrenatural"

En una entrevista en abril en el National Catholic Register, Brian Schumacher hablaba de cómo fue su primera confesión en 2018, que define como "el primer momento sobrenatural" en su vida.

"Un sentimiento increíble de gozo y euforia vino sobre mí. En un sentido académico, toda la vida que conocía quedó olvidada, pero esta vez, por primera vez, sentí ese perdón. Me sentí más ligero, más luminoso. No podía dejar de sonreír y todas mis preocupaciones y ansiedades se habían ido. No fue un momento fugaz de felicidad, se habían desvanecido y no volverían". Dice que esa sensación "se me ha quedado para siempre" y que "a través de la confesión, el gozo entró en mi vida. Es un gozo que puede sufrir tristeza, inseguridad y ansiedad, pero nunca será barrido por ellas".

En la Pascua de 2018 entró en la Iglesia Católica plenamente. Preguntó sobre la posibilidad de hacerse sacerdote, pero le explicaron que un converso debe esperar al menos 2 años. Lo hizo, acudió como feligrés a la parroquia de la Asunción, y ahora ya ha podido entrar al seminario.

Con el apoyo de su familia

Dice que su familia siempre ha apoyado sus decisiones aunque cuando se hizo católico y dijo que quería ser seminarista "nos tomó una conversación un poco más larga, especialmente con la parte del celibato. Ellos temían que yo me sentiría solo, pero al final me apoyaron, y ahora son quienes más me apoyan”.

Haber estado en el mundo, trabajando como productor y periodista, cree que le da una perspectiva valiosa. "Me permitió madurar en formas que necesitaba madurar antes de ingresar al seminario. Creo que realmente ahora estoy en el lugar y en el tiempo correcto y Dios me quería aquí y tal vez él tuvo que mantenerme pacientemente durante varios años para que así yo pudiese aprender paciencia y otras virtudes”, considera.

Perfeccionar la relación con Cristo

"Quiero asegurarme que mi relación con Cristo es firme y fuerte para que así siempre sepa yo que Él está ahí, y que siempre está de mi lado, por decirlo de alguna manera, a través de los tiempos duros y no tan duros”, explica. "La idea total de ser un sacerdote es para mí la meta de perfeccionar mi relación con Cristo y a través del sacerdocio lo puedo hacer”.

Para los que están considerando una posible vocación sacerdotal tiene un mensaje: "No tengas miedo; puede que te rechacen o que veas que no es lo tuyo, pero si sientes la llamada, ¡síguela!"

miércoles, 26 de agosto de 2020

Liliana Almanza Álvarez Reiki, Rosacruz, esoterismo… pero el cáncer le obligó a decidirse por Dios o por el espiritismo

 Reiki, Rosacruz, esoteris“Empiezo con la meditación, luego a practicar reiki y un poco de magia; porque en la Nueva Era no importa que seas católico o protestante, todo se puede mezclar. Eso es la Nueva Era que trata de alejarnos de la fe y del amor a Dios, confundiéndonos”, explica la líder empresarial boliviana Liliana Almanza Álvarez. Decía G. K. Chesterton que “cuando una persona deja de creer en Dios, enseguida cree en cualquier cosa” y esto es precisamente a ella. Su alejamiento de la fe comenzó poco tiempo después de recibir la Primera Comunión. Ya nunca más -hasta su conversión de adulta- volvería a confesarse o sentir remordimiento por comulgar a pesar de su alejamiento de la fe las ocasiones en que regresó a misa. “Si bien era católica… a partir de la adolescencia empiezo a alejarme de la fe leyendo falsas doctrinas, buscando en el ocultismo”, cuenta Liliana a la periodista Ana Beatriz Becerra, para Portaluz.

Por sugerencia de una amiga, relata, comenzó su devoción -benéfica en apariencia- por los ángeles; pero en la versión conceptual de la New Age para estas entidades. La amiga tenía además por referente a su abuelita que era “Rosacruz”, la secta esotérica gnóstica.

Como refuerzo formativo, Liliana incorporó a sus creencias conceptos de metafísica que conoció leyendo libros de una conocida propulsora de la New Age: Conny Méndez. Son miles las personas que caen seducidas por el marketing de esta mujer y Liliana Almanza fue una de ellas.

Las garras del enemigo

En resumen: su devoción a esas entidades que llamaba ángeles, la abuela Rosacruz de su amiga como referente simbólico y el bombardeo conceptual de Méndez, Almanza creía estar viviendo un despertar de su existencia; se volcó entonces a consumir el inagotable mercado de ofertas de la New Age. “Empiezo con la meditación, luego a practicar reiki y un poco de magia; porque en la Nueva Era no importa que seas católico o protestante, todo se puede mezclar. Eso es la Nueva Era que trata de alejarnos de la fe y del amor a Dios, confundiéndonos”.

Diez años estuvo Liliana, con el acelerador a fondo, en estas andanzas. Eso hasta que nació su primer hijo, el cual comenzó a presentar diversas enfermedades que ponían riesgo su vida. Fue entonces que el orden de creencias New Age de esta madre primeriza muestra su debilidad para sostenerla o dar respuestas y ella colapsó presa de su fragilidad espiritual. Vino un período en el cual pareció declinar en su afán soberbio de controlarlo todo. Pero fue apenas circunstancial y pronto volvió a olvidarse de Dios retomando sus sesiones de maestría en Reiki. “Llegué hasta el tercer nivel de reiki y solo me faltaba un nivel más para ser maestra de reiki”.

Sin conciencia de ofender a Dios

Aún asistía de tiempo en tiempo a misa, pero nunca a una Eucaristía completa, sino que “llegaba siempre cuando ya estaban terminando de consagrar”, explica Liliana y agrega que esto sucedía -hoy lo sabe- por “las ataduras que el enemigo te pone”.

“Nunca me había confesado con un sacerdote, comulgaba en pecado mortal, porque yo no sabía, era muy ignorante, no tenía formación”, confidencia. Continuó años así, oscilando entre la New Age, una fe tibia sin ser consciente de estar ofendiendo a Dios y dedicando gran parte de las horas de cada día al trabajo empresarial. En estas circunstancias había llegado a tener “mucho cariño” a una mujer que le cuidaba a su hijo mayor y luego también a su hija.

   Cuando a esa persona de tanta confianza le diagnosticaron cáncer, Liliana se quebró emocionalmente. “Sin poder para de llorar”, dice, presa de sus miedos, acudió primero donde un sacerdote quien intentó tocar las fibras de su alma ante el Santísimo y entregándole un díptico de pauta, le propuso que orase una Novena al Divino Niño. Pero al día siguiente, tras recibir una llamada de su maestra de Reiki, Liliana se dejó arrastrar a un ritual que lideraban unos personajes desconocidos para ella –“terapeutas recién llegados de Brasil”, le dijeron- y que acabó descubriendo era una sesión de espiritismo. Huyó de aquel lugar y se fue a orar a una capilla de la Parroquia San Pedro, en Cochabamba. Sería el inicio de su verdadera conversión…

La oveja perdida es rescatada

Nada más entrar se situó ante el Santísimo, “me arrodillé y le dije: ‘Yo no sé, Señor, qué estoy haciendo mal o bien, no entiendo lo que está pasando, no sé dónde me puedo acercar a encontrar ayuda’”.

Derrumbadas todas sus defensas, en silencio, se abandonó, y en aquella quietud Dios trajo a su mente el recuerdo de un templo, la Parroquia San Miguel Arcángel y el sacerdote del lugar, el padre Walter Rocha, que había conocido años atrás. Liliana dice que después de estar en esa capilla, aunque las personas vinculadas al círculo de la New Age, el reiki, “insistían en que regresara a la terapia” (espiritismo), ella no fue más.

En su lugar buscó al padre Rocha, le expuso su historia de vida y este le contactó con otro sacerdote. “Me hicieron oración de liberación y después me confesé con el sacerdote que me regaló la novena y medallitas del Divino Niño, el padre Hugo Saravia, en la Parroquia del Divino Maestro, en Cochabamba”.

Desde entonces hasta hoy Liliana Almanza a sus 43 años, viuda, madre de dos hijos, gerente de marketing, da una buena batalla espiritual con las armas de la fe desde el seno de la Iglesia. Durante los últimos meses se ha mantenido activa en el Consejo de Laicos, vinculado a la Iglesia Católica de Bolivia, promoviendo la oración del rosario, como también la devoción al Santísimo Sacramento, para consolidar la paz y bienestar en su país.



jueves, 15 de noviembre de 2018

Mikel Azurmendi dejó la fe leyendo a Sartre, militó en ETA, luego fue pacifista y hoy explora la fe

El sociólogo Mikel Azurmendi es un personaje interesante que ha recorrido bastantes de las contradicciones políticas y sociales de la historia reciente de España, las ha vivido, y probablemente aún le quedan por vivir algunas, a medida que explora más y más la propuesta cristiana.

Se educó en una familia muy católica del País Vasco. Su padre, apresado en la Guerra Civil por el bando nacional, fue reclutado después por un tabor de tropas marroquíes. El joven Mikel fue seminarista. Explica que se sentía mal vasco porque un primo suyo hizo un sermón en euskera y no lo entendió. Leyendo a Sartre y haciéndose preguntas sobre temas sociales dejó la fe en su juventud.

En Francia, Azurmendi se integró en ETA cuando aún no habían matado a nadie. Escondía a militantes etarras, los llevaba en vehículos a acciones de robos e intimidación, huía entre disparos... Estuvo en París en mayo del 68. "Hubo una violencia de narices, desde luego que la hubo. ¿Qué quieres? Venían a darnos de leches. ¿O es que hacer una barricada y lanzar piedras no es violencia? Hubo una violencia del carajo", explicó en el reciente e ilustrativo libro «Mayo del 68, cuéntame como te ha ido».

ETA le torturó cuando propuso dejar la violencia

Después, en junio del 68, él y un compañero llegaron a la conclusión de que ETA no debía usar la violencia, que debía dejar de lado el tema nacionalista y centrarse en crear un partido político obrerista. Descubrió que ETA quería "violencia revolucionaria". Sus antiguos compañeros le citaron y le torturaron. Dejó la banda por completo en 1970, cuando ETA ya empezaba a sumar asesinatos.

Sería cofundador de iniciativas por la paz como Basta Ya y Foro Ermua. "Toda vida es un regalo", dice hoy. En los últimos 3 años declara tener "deseo de infinito". Está conociendo cristianos serios y reflexiona sobre la fe y Dios.

Reflexiona sobre estas cosas en su libro El abrazo. Hacia una cultura del encuentro (Grupo Almuzara), que se presenta en Madrid este jueves 15 de noviembre (a las 19.30h en el auditorio de la Fundación Pablo VI, Paseo Juan XXIII, 3, Madrid).

Descubrir un cristianismo encarnado

Azurmendi explica que este libro es una especie de "investigación" que puso en marcha al conocer a varias personas del movimiento eclesial Comunión y Liberación . En ellos, dice, vio un cristianismo "encarnado", distinto a lo que había conocido antes.

«Adentrarme entre ellos y, según los iba entendiendo, encontrarlos envidiables: ese ha sido el viaje que este libro adopta como hilo narrativo. O sea, hay un yo que cuenta lo que va viendo de sorpresivo en tan mirífica gente, pero es el ellos el argumento narrativo. Ellos, los miembros de la fraternidad cristiana Comunión y Liberación. Ellos, gente de hoy muy anclada en las costumbres de los de aquí, pero con valores de hace dos mil años», afirma el autor en sus “Advertencias” del prólogo.

El libro es fruto de dos años de investigación visitando lugares, situaciones y obras ligadas a Comunión y Liberación y su carisma. Ha estado en sus jornadas culturales de EncuentroMadrid, en sus campamentos con bachilleres en Picos de Europa, en sus vacaciones para familias en Masella, en colegios y casas de acogida en Madrid y Barcelona y los ha acompañado cuando acuden a los mercados de la droga a las afueras de Madrid.

De los interrogantes que todo esto le ha suscitado habla con Julián Carrón, el sacerdote español que preside el movimiento Comunión y Liberación a mivel internacional. En el encuentro también participará Joseba Arregi, sociólogo vasco y analista político.

¿Tocado? ¿O tocado y hundido? Dios juega a los barquitos

A modo de pequeña degustación, dejamos aquí un párrafo sobre la cercanía de Dios con los que se han sentido lejos durante tiempo: ¿tocado? ¿Cuándo será "tocado y hundido"? ¿Hay que temer a ese amor?

"Le dije que me parecía que estaba “tocado”. Como él no lo entendía, le requerí si conocía el juego de barcos sobre un papel cuadriculado. Que claro que lo conocía. “Pues a eso me refiero, te veo como un barco tocado”. Me respondió que sí, que “tocado estaba, acaso hundido”, y ambos supusimos que por el deseo de Dios, pero enseguida se sobrepuso y añadió que él también me veía a mí “tocado”. Me quedé perplejo, confundido, y sentí mi mente con holguras, como si tras un terremoto las ventanas estuviesen mal aplomadas y reventada la falleba de la puerta (…). Me quedé rayado, muy alerta, como pillado robando manzanas en un campo ajeno. Ahora que lo refiero me entra como miedo porque, cuando en ese juego de barcos uno queda tocado, enseguida te lo hunden. ¡Joder, qué miedo me dio verme hundido! Así es como me entró este hormigueo de miedo de Dios que centellea en mi alma con una luz rojiza y un pitido parpadeante que siempre lo llevo puesto».

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Alejado de Dios, durante década

La historia de Anthony Cipolle, sacerdote desde el 18 de noviembre, y de su madre Louise, evoca la de San Agustín y Santa Mónica. Y, como aquélla, ha tenido un final feliz. Lo cuenta Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana:

Ha rezado cada día, ha ido a misa diariamente y todos los martes iba al santuario de Boston dedicado a San Antonio pidiendo el milagro de la conversión para su hijo. Todo esto sin parar durante veinticinco años, a pesar de los momentos de probable desánimo. Al final el resultado ha superado cualquier expectativa o pensamiento, incluso milagroso: Dios ha abrazado por completo a su hijo a la edad de 52 años. Hace unos días, Anthony Cipolle fue ordenado sacerdote de la Iglesia católica en la diócesis de Portland. Su madre Louise, de 91 años, estaba presente. 

La fe de una mujer ha reparado, también, las derivas de la Iglesia postconciliar, demostrando que la avaricia o gravedad de los tiempos no son más fuertes que la Omnipotencia de Dios cuando una madre le invoca o reza en su corazón. Don Anthony creció, junto a sus tres hermanos, en Massachusetts, en un hogar muy religioso. La madre les educó en el amor a Jesús y la Virgen, en la oración. El padre, David, que trabajaba lejos de casa y volvía al hogar tarde, por la noche, les leía la Biblia hasta que los pequeños, que se habían quedado levantados esperando su regreso, se dormían. "Recuerdo cuando me hizo aprender el Padre Nuestro, la oración del Señor", ha explicado el sacerdote. Toda la familia iba a misa el domingo. Pero al poco tiempo de haber recibido los sacramentos Anthony empezó a perder interés por la fe, como si fuera algo que no tuviera que ver con su vida, sufriendo, como explicó antes de ser ordenado diácono, la influencia "de una formación religiosa alterada por los cambios que trajo el Concilio Vaticano II”. 

La deriva y el rescate 
Se centró en el éxito y a la edad de 17 años, a pesar de tener unas notas excelentes en el colegio, dejó de estudiar para empezar a trabajar en el sector del automóvil. Tras dejar embarazada a su novia, con la que se casó, se mudó a vivir a Chicago con ella y su hijo Mark, donde abrió un negocio relacionado con la hidráulica que le hizo ganar bastante dinero. La relación con su esposa empezó a resquebrajarse y al poco tiempo Anthony se divorció. La mujer volvió a Massachusetts con su hijo, el único punto débil del hombre que, al final, con tal de que Mark creciera cerca del padre, cerró su empresa para ir a vivir cerca de él. El matrimonio fue seguidamente reconocido como nulo, porque los dos adolescentes se habían casado en el ayuntamiento sin la presencia de un sacerdote católico.

Durante tres años Anthony vivió derrochando el dinero que había ganado: "Vivía como una estrella de rock: despilfarré todo el dinero que tenía". No sentía ningún interés por la fe, pero su madre, impertérrita, seguía rezando. Cuando se le acabó el dinero, tuvo que volver a trabajar. Volvió al sector del automóvil. Uno de sus clientes era un hombre, John Kilmartin, con el que entabló una gran amistad y que resultó ser un sacerdote católico.

Su amistad con John le fascinaba, por lo que le veía cada vez más. La amistad creció tanto que Anthony empezó a ayudarle en la parroquia. A menudo veían juntos, en la televisión, a Billy Graham (un famoso predicador evangélico, firme en la lucha pública por la defensa de la fe y los "principios no negociables"). Le "veía llevar el sacramento a los enfermos y moribundos. Veía la alegría durante los bautismos y los matrimonios". 

Todo esto actuaba en el corazón del hombre que, un día "en que llegué al punto más bajo de mi vida, quise empezar de nuevo. Deseaba el perdón de Dios. Pero pensaba: ni siquiera me acuerdo de todos los pecados que he cometido. No puedo obtener este perdón". Pero en ese momento emergió la educación que había recibido en su casa: Anthony comenzó a recitar el Padre Nuestro que le había enseñado su padre y al pronunciar las palabras "perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", empezó a sentir una paz que no había experimentado nunca: "Todo cambió cuando esa paz descendió sobre mí: mi modo de hablar, de caminar, lo que decía, las personas con las que me relacionaba".

La vocación
El segundo punto de inflexión fue cuando murió su amigo sacerdote. Durante el funeral, una mujer desconocida se acercó a él y le dijo: "Sé que tienes que ser sacerdote". No fue la única, porque otra persona desconocida le dijo lo mismo. Era una idea que ya había aflorado dentro de Anthony cuando miraba al padre John. Al cabo de poco tiempo entró en el seminario, donde se formó durante diez años debido a su extraordinario recorrido. 

Durante su ordenación estaba presente su hijo Mark, que ahora tiene 33 años, con su mujer y sus hijos, y que leyó la lectura de la Misa. Después de la ordenación Anthony saludó a los presentes, en fila para que el nuevo sacerdote les impartiera la bendición. Entre ellos estaba Louise, que se arrodilló y se puso a llorar reclinada en el pecho de su hijo, que se inclinó para bendecirla apoyando su cabeza sobre la de su madre, a la que no sólo le debe la vida y la vocación, sino también la salvación. Ella, cumpliendo la verdadera vocación de un padre cristiano, dar hijos al Cielo, ha podido disfrutar, a los 91 años, del premio a su larga fidelidad, pudiendo recitar, con Simeón, el Cántico: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel" (Lc 2, 29-32).