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jueves, 20 de agosto de 2020

Se necesitan alfareros de cántaros rotos


Suena raro, ¿verdad? ¿Quién quiere algo roto? Sobre todo en estos tiempos donde ya no se repara nada. Lo roto, directamente, se tira y se compra “otro” nuevo que lo sustituya. Lo que está roto, lo que no es eficaz, lo que no produce… se aparta y se reemplaza por algo nuevo, más reluciente e, incluso, en muchas ocasiones, más barato.

Lo malo es que esta filosofía está calando tanto en nuestra sociedad que este pensamiento que aplicamos a las “cosas” lo empezamos a aplicar también a las “personas”. ¿Qué pasa cuando una persona se rompe? ¿Qué pasa cuando una persona no es productiva?

Y el problema no es sólo nuestra actitud hacia estas personas, sino la propia actitud de la persona que se rompe hacia sí misma. ¿Cómo confesarte “roto” en una sociedad que no acepta imperfecciones? ¿Cómo pedir un empujón en una sociedad que sólo mira hacia delante? ¿Cómo acercarte al otro sin miedo a que te rechace y te cambie por algo que no dé problemas?

Tenemos tanto miedo a rompernos, a que nos aparten o nos cambien por algo nuevo, que no nos arriesgamos a cambiar nada en nuestras vidas, aunque estemos hastiados de la rutina diaria. Tenemos tanto miedo a no ser perfectos ante los demás, que pasamos dudas y depresiones en silencio con una sonrisa en la cara.

Necesitamos alfareros de cántaros rotos que abracen nuestras mil piezas partidas en mil intentos y las compongan en una vasija nueva lista para romperse otras mil veces más si fuera necesario. Que nos den confianza para arriesgar con la única seguridad de saber que están detrás esperándonos… esperándonos a nosotros, no a nuestros resultados. Necesitamos alfareros que al vernos partidos por nuestros intentos y cambios no vean algo roto, sino el potencial de una vasija nueva… y es que nunca nadie va a cambiar si la mirada que transmitimos envía el mensaje de que contigo nada se puede hacer. Sólo se cambia si desde el otro lado vemos que el otro puede hacer con su vida algo maravilloso.

Leí el otro día una cita de Frida Khalo que decía: “Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Solo entonces te darías cuenta de lo especial que eres para mí”.

Creo que debemos esforzarnos en esto mismo, en ser capaces de transmitir al otro, con nuestra mirada, con nuestros gestos, con nuestras palabras, lo importante que son para nosotros. Que sientan esa confianza de que sabemos que, estén como estén, pueden hacer con su vida algo maravilloso. Que si por un momento pudieran verse a través de nuestros ojos se sintieran tan seguros como un niño en el regazo de su madre.

Y reivindiquemos el valor de lo “roto”, que no es otra cosa que el valor de la experiencia. Cuando uno se rompe no vuelve al principio, no, vuelve al punto en el que se rompió para tomar otro camino distinto y seguir desarrollándose…y eso no es malo, es la forma de aprender, la forma de crecer.

Hay un cuento de Anthony de Mello que habla de una persona que iba por la vida y quería cambiar, pero cada vez que lo intentaba se la pegaba, se rompía. Ante esta situación, él mismo, ante su propio espejo se decía: “no soy nada, soy un inútil, no valgo para nada”. Hasta que un día, de repente, apareció alguien y le dijo: “Hagas lo que hagas, lo único que no va a cambiar es que te voy a querer”. Y dicen que a partir de ese momento cambió.

Ojalá seamos esa persona, ese alfarero de cántaros rotos, que sepa decir con todo el corazón al que tiene cerca: “Hagas lo que hagas, lo único que no va a cambiar es que te voy a querer… aunque te rompas una y mil veces”.

Yo quiero ser alfarero de cántaros rotos… ¿y tú?

domingo, 20 de enero de 2019

"Ayudar es demasiado fácil como para no hacerlo"

Guillermo ¿Qué te llevó a estudiar ingeniería?
Desde que era pequeño me gusta abrirlo todo, descubrir qué hay dentro, entender cómo funcionan las cosas.  Siempre he estado centrado en la construcción y el desarrollo de productos, inventando y creando. Estudiar ingeniería me ha ayudado a cuadrar mi cabeza, a darme cuenta de cómo son los procesos y los tiempos de desarrollo.

Y supiste rápido hacia dónde enfocarlo.
Sí, a los juguetes. He tenido mucha suerte por encontrar tan pronto el trabajo que me gusta. Cuando era pequeño el cincuenta por ciento del tiempo jugaba con las instrucciones y el otro cincuenta  con el juguete. Si llegaba mi cumple y sabía qué me iban a regalar, suplicaba que me dejaran la caja y las instrucciones para leérmelas, releérmelas, estudiarlas y aprender. Entrar en este campo fue cumplir un sueño y una base para empezar a desarrollar otras cosas.

¿Cómo pasas de diseñar juguetes a fabricar brazos?
Fue la curiosidad y la casualidad. Me compré una impresora 3D baratísima porque quería diseñar en casa pequeños productos. Los primeros meses hice cosas muy estáticas como jarrones o figuras. Después intenté buscar algo más articulado, algo que se imprima por piezas para luego juntarlas. Pero en vez de encontrar un diseño de un robot móvil encontré una prótesis de mano. Imprimí una, para ver cómo funcionaban las articulaciones articulaciones. Después otra, luego otra más. De repente me encontré con varias prótesis en mi habitación y pensé que tenía que llevarlas a algún sitio. Paralelamente tenía preparado un viaje a un orfanato en Kenia. Contacté con ellos y les dije lo que tenía en casa. Ellos buscaron gente que pudiera necesitar este tipo de ayuda y todo se unió. Me fui para allá con las manos y los brazos y se las entregué. Así nació el proyecto Ayúdame 3D.

¿Por qué ibas a Kenia?
Me encantó ingeniería, pero las carreras matan. Cansan mucho. Animan, pero también desaniman. Y yo lo que quería era irme fuera, a cualquier sitio. Mi hermana y una amiga habían ido a un orfanato en Kenia y decidí ir allí a pintar, a construir, a enseñar inglés o a lo que hiciera falta. Pero después quise llevar este valor añadido.

¿Fue tu primer viaje a un país africano?
Sí, y fue espectacular. El orfanato está en el valle del Rift, en Kabarnet, un pequeño pueblo del sureste. Zona totalmente rural a siete u ocho horas de Nairobi, con el aeropuerto más cercano a cuatro horas. Yo siempre intento ver el lado positivo de todo y es lo que me encontré allí. Una cultura totalmente diferente, muy interesante, la gente abierta y muy amable.

¿Cómo fue el proceso de preparar las prótesis que llevaste?
En este primer viaje llevé cinco. Los coordinadores del orfanato me mandaron fotos por wasap y por correo electrónico, pequeños vídeos y alguna medida. Pero poco. He ido aprendiendo sobre la marcha qué pedir. En aquel momento tenía muy poca información y la verdad es que acompañó la suerte porque fue todo muy bien. Llevé las piezas de las tresdesis desmontadas en la maleta, mezcladas con juguetes para los niños. El viaje fue un poco estresando por miedo a que me dijeran algo. Llegué allí y las monté. Lo que aporta este proyecto es que son las primeras tresdesis para personas sin codo. Allí me pidieron dos y fueron las primeras personas que recibieron esta ayuda. Fue genial.

¿Qué las diferencia de una prótesis normal?
Esto es en realidad una ayuda para personas que jamás podrían permitirse algo así. Sirve para mejorar el día a día de estas personas. Con una tresdesis no vas a tocar el piano, pero vas a poder comer, sujetar un libro o coger una pala. A los siete meses recibí unos vídeos de estas primeras personas arando y cogiendo ropa con la tresdesis. Me daban las gracias y me decían que le ha servido muchísimo. Un profesor me contaba que en el colegio los niños flipaban con la tresdesis y que a él le servía para agarrar un libro y escribir con tiza con la otra mano. Darte cuenta de que sí les estás ayudando es una pasada.

¿Tresdesis?
Sí, se me ocurrió un día. Había que llamarlo de alguna forma, porque no son prótesis habituales, son otra cosa. Y la palabra ha tenido buena acogida.

Por:Javier Sánchez Salcedo