Señor, nos creemos autónomos y autosuficientes.
Transfórmanos en seres humanos
de encuentro y de donación.
Señor, nos creemos que somos más y mejor
por los objetos o experiencias que consumimos.
Transfórmanos en personas sobrias
que saben descubrir que mucho de lo más esencial de la vida
son dones compartidos.
Señor, nos creemos que somos excelentes
porque producimos y rendimos con mucha eficacia económica.
Transfórmanos en seres humanos
capaces de descubrir la dignidad y la cualidad de las personas
en su mero ser seres humanos.
Señor, muchas veces vemos a los demás
como rivales en la lucha por la vida.
Transfórmanos en personas
que buscan la cooperación, la ayuda, la solidaridad
sea cual sea el proceso o el contexto donde se viva.
Señor, muchas veces vivimos deprisa, ansiosos, ávidos.
Transfórmanos en seres humanos
que viven los procesos con paciencia, con confianza, con sabiduría.
Señor, muchas veces nos centramos
en la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento.
Transfórmanos en personas
que viven su capacidad de afrontar
las dificultades de la entrega,
del compromiso de los vínculos,
de la ayuda desinteresada a los demás.
Señor, muchas veces vivimos pendientes
del reconocimiento y de la admiración desde instancias externas.
Transfórmanos en seres humanos
que se alimentan de la experiencia espiritual
y viven con humildad la vida de creyentes que les toca vivir.
Señor,
que pasemos
del tener compulsivo al ser humilde,
del producir a cuidar la vida de los necesitados,
del competir como lobos para dominar a cooperar como hermanos,
del consumir a la sobriedad consciente
del vivir aceleradamente ávidos a profundizar buscando las fuentes de la alegría y de la paz,
del ir por la vida asustados y encerrados en nosotros mismos
a vivir abiertos a los demás, a la creación y a la vida santa que nos espera.
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