martes, 27 de diciembre de 2022

Yeison F. García López, político y poeta

 Yeison F. García López, político y poeta

«Nací en Cali, Colombia, hace 30 años. Vivo en Madrid. Soy licenciado en Ciencias Políticas y estoy dedicado a la investigación y a la gestión cultural a través de la poesía. Dirijo el Centro Cultural Espacio Afro y soy autor del poemario Derecho de admisión». 

Te mueves entre la política y la poética ¿Qué te llevó a interesarte por la primera?

Me interesaba estudiar Relaciones Internacionales, pero requería una nota muy alta, así que pensé en otras carreras que tuvieran las mismas ­asignaturas el primer curso para poder cambiarme después. Desconocía Ciencias Políticas, pero el primer mes me abrió la mente en muchos sentidos.

¿En cuáles?

Me di cuenta de que en el aula era la única persona negra, y que muchos de los interrogantes que se planteaban en la carrera sobre las luchas sociales se daban en torno a ejes como la clase y las desigualdades sociales, pero nunca se tocaba nada relacionado con lo racial o lo migrante. Percibí un desfase entre la mochila cultural de mis compañeros y la mía, y empecé a leer mucho, a ver documentales, películas, a asistir a charlas y a hacerme preguntas sobre mi parte migrante y mi parte negra. Pensé que las herramientas que me daba la ciencia política podrían servir para cambiar las situaciones en que nos hemos visto muchas veces, y nos seguimos viendo, las personas migrantes y racializadas.

¿Estos descubrimientos te llevaron al activismo?

En el segundo año de carrera me impliqué más socialmente. Empecé a investigar y a formar parte de organizaciones como SOS Racismo Madrid, que me interpelaba directamente. Hasta entonces no había hecho una gran reflexión sobre lo que suponía ser negro y cómo el racismo afectaba a mi experiencia, a la de mi familia y a la de otras personas que me rodeaban.

¿Hiciste este camino solo o acompañado?

Al principio solo. No conocía a nadie en el activismo. La mía no es una familia vinculada al mundo asociativo. Crecí en un hogar monoparental en el que mi madre luchaba para sacar adelante a sus dos hijos y no tenía tiempo para estar en asociaciones. Iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. Mis amigos me apoyaban, pero el camino lo hice solo.

Amigos blancos, imagino.

Blancos, blancos. Mi infancia y mi juventud están muy atravesadas por eso. Mi hermano y yo éramos las únicas personas negras del grupo de amigos, que eran maravillosos. Pero esta toma de conciencia también me alejó de algunos que no comprendieron que necesitaba estar con otras personas y situarme en otro lugar para poder entender todo lo que estaba empezando a conocer. 

Tu familia no estaba vinculada al mundo asociativo, pero vino de ella tu preocupación social.

Sí, porque nuestra casa siempre estuvo abierta a gente que lo estaba pasando mal. No teníamos nada, pero sí un techo o una comida que ofrecer. En las comunidades migrantes siempre se crean redes de solidaridad que no necesariamente pasan por el asociacionismo. «No tengo para el metro», pues toma para el metro. «No tengo para pagar el alquiler», pues toma y ya me lo devuelves cuando encuentres trabajo. En mi casa siempre se ayudaba. Eso alimentó nuestra solidaridad y a mí me llevó por la ciencias política y a mi hermano por la economía. 

¿Cómo ha sido la experiencia de tu paso por la política institucional?

Me acerqué a los partidos políticos con la intención de apoyar a Rita Bosaho como primera diputada negra en el Congreso y acercar los procesos que se estaban dando desde la base del movimiento antirracista a esta posición de poder que en ese momento tenía ella. También quería adquirir el mayor conocimiento posible para que supiéramos cómo interpelar a las instituciones y a los partidos políticos para introducir nuestras demandas. El partido Podemos se veía como una herramienta política que buscaba la transformación social y debía servir también para actuar como canal de transmisión de las demandas que se estaban dando en el movimiento antirracista y en la comunidad negra. Y me metí de lleno. La realidad es que hasta ahora ninguna fuerza política del espectro de la izquierda ha tenido de verdad como marco prioritario la lucha contra el racismo y por los derechos de las personas migrantes. Lo recuerdo con mucha alegría, aunque fue un trabajo duro de cinco años junto a otras compañeras y compañeros. Sigo pensando en la necesidad de ocupar espacios de poder para ser cadena de transmisión de las demandas que llevamos desde el movimiento antirracista. Varias de nuestras personas deben estar en esa pelea y otras construyendo desde la base, desde la cultura o la parte académica.

Diriges el Centro Cultural Espacio Afro. ¿Qué importancia tiene un lugar así en Madrid?

Este proyecto, creado desde la Asociación Conciencia Afro, tiene la misión de transformar el tejido cultural madrileño. Tenemos una escena y un tejido cultural profundamente blanco que no tiene en cuenta a los artistas locales migrantes y racializados que ya están haciendo un trabajo increíble. La gente que programa son blancos que programan a otras personas blancas y de vez en cuando incluyen a artistas internacionales que no tienen nada que ver con lo local, con las personas migrantes o racializadas que están creando aquí. A través de Espacio Afro queremos transformar la forma en la que nos entendemos como sociedad a través de la cultura. 

¿Qué hacéis en el centro?

Tenemos un espacio de librería, otro de coworking para garantizar la sostenibilidad económica del ­proyecto y para que se conecten ­diferentes actores culturales, y un espacio de formación. Estamos armando un plan para ofrecer formación a instituciones culturales, colegios, institutos o empresas para que tengan nociones mucho más claras de lo que es la diversidad ­étnico-racial. Estamos programando diversas actividades como un laboratorio de danza afrocubana y del Caribe o un ciclo de pensamiento antirracista que dará herramientas a la hora de analizar nuestra realidad cotidiana. Hay una parte de consultoría jurídica, habrá talleres de psicología… Todos los proyectos vienen a alimentar esa idea de que la creación artística también forma parte del proceso político de reconocimiento de la diversidad ­étnico-racial y la lucha por la justicia racial.

¿Qué respuesta tenéis?

La gente está muy emocionada. Ha habido personas que han entrado en el local y se han puesto a llorar porque en su cabeza no entraba que fuera posible tener un espacio como este. Es un proyecto que siempre ha estado presente en la comunidad africana y afrodescendiente. Pero también queremos interpelar a otras comunidades y establecer un diálogo con la sociedad en general. Al final, el trabajo que hacemos enriquece a todas las personas. Queremos que sea un lugar que las personas africanas y afrodescendientes, y cualquier persona que tenga cierta sensibilidad y se plantee que la diversidad enriquece, sientan como su casa. 

Hablemos de tu relación con la poesía.

Comenzó cuando yo tenía 15 años. Tuve una ruptura amorosa y empecé a escribir poesía. Me funcionó muy bien para sanar y entender muchas cosas. Después comencé a compartir con mi círculo más cercano lo que escribía. Leer a Miguel Hernández me cambió la cabeza. Para mí la poesía era una forma de desahogo, una vía para conectar con la gente de otra manera. Gracias a Antumi Toasije publiqué el poemario Voces del impulso y empecé a relacionarme con poetas y a leer mucho más. Encontré al poeta peruano Leo Zelada, que para mí ha sido fundamental en este proceso, y de esta colaboración salió Derecho de admisión, un trabajo que me ha cambiado la vida. Es mi granito de arena a lo que las personas migrantes y racializadas están aportando a la cultura desde el ensayo, el cuento, la novela, la poesía o el teatro. 

¿Qué repercusión ha tenido el libro?

Está conectando con muchísima gente, principalmente con hijos e hijas de familias migrantes que han crecido aquí y ven que, de alguna manera, sus mundos se configuran en dos realidades que muchas veces entran en tensión. ¿Qué es sentirse afroespañol o afrocolombiano? En mi caso, he estado 22 años sin ir a Colombia. Me he criado en esta sociedad, en este Madrid que en muchas ocasiones me dice que no soy de aquí, en una España cuyas narrativas me dicen constantemente que no estoy aquí. Gran parte de las personas que conectan con el poemario pertenecen a esa generación, y me emociona ver llorar a mujeres y hombres que llevan aquí ya 15 años y se ven reconocidos en el poema que le dedico a mi madre, o en el que narro nuestro proceso migratorio. También está sirviendo como una herramienta en colegios e institutos para reflexionar sobre la experiencia migrante y la experiencia negra. Ese era otro de los objetivos.  

CON ÉL

«Este collar que llevo está relacionado con la espiritualidad, la sanación y la protección. En los últimos años estoy muy pendiente de intentar cuidar mi parte espiritual. Es una de mis principales preocupaciones: encontrar la forma de estar en este mundo desde lo espiritual. He escogido este camino» 

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