domingo, 28 de julio de 2019

Homilía del Maestro de la Orden en Misa en la Catedral de la Diócesis de Xuân Lộc


Cuando invitamos al Obispo Joseph y al Obispo John a hablar con los capitulares, nos dijeron: «os damos la bienvenida a Xuan Loc no como un favor, sino como un gesto profundo de nuestra comunión con vosotros». Pensé que la palabra comunión, que me ha estado rondando por la mente desde que la escuché en la relatio, debía ser, verdaderamente, un mensaje inspirador del Señor a nuestro capítulo general. Y ahora, el Obispo Joseph nos ha invitado a celebrar este sacramento de comunión y de acción de gracias, la Eucaristía.

Cuando escuchamos al profeta Zacarías, no es difícil imaginar que lo que él dijo de alguna manera está ocurriendo en esta catedral: Muchos pueblos y naciones fuertes vendrán a buscar al Señor para implorar el favor del Señor. Hemos venido de muchas naciones para buscar la gracia del Señor, como hermanos, para asemejarnos más a Cristo predicador, para que lo que soñó el profeta se haga realidad: «Déjanos ir contigo, porque hemos oído que Dios está contigo.»

¿Cómo puede ser esto? ¿Quiénes debemos ser y qué debemos hacer para que, cuando predicamos, la gente pueda decir: ¡»Dios está contigo»!? Conozco a un fraile común y corriente, pero alegre, al que muchos quieren. Cuando la gente lo ve venir, se puede oír que algunos dicen: ¡»Gracias a Dios»! Su presencia les recuerda a Dios, ¡él es una bendición! Pero también he visto a uno o dos frailes cascarrabias y gruñones (creo que son una excepción). Cuando la gente ve venir a estos hermanos, casi se les oye decir: «¡Dios mío, ven en mi auxilio!»

Si nos fijamos en la lectura del Evangelio, nos damos cuenta de que, entre las cosas difíciles que debe hacer un apóstol, Jesús repite sólo un consejo, y este incluye el acto de comer: “Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan. No vayáis de casa en casa”. Y luego otra vez: “Cuando os reciban, comed lo que os pongan”. Que Jesús repita este consejo nos invita a hacer una pausa y reflexionar. He aquí a los setenta y dos, enviados a predicar la Buena Nueva, llenos de un gran poder para sanar a todos los enfermos. ¿Por qué le preocupa a Jesús que aquellos a los que ha enviado puedan ser quisquillosos con la comida? ¿Por qué es tan importante aceptar la hospitalidad en la mesa, tanto que Jesús da la orden dos veces?

Como predicadores del Evangelio, sabemos que es casi imposible viajar solo con una ropa y sin dinero en los bolsillos. Pero también es muy difícil, a veces, comer lo que nos ponen las personas con las ejercemos nuestro ministerio. Hace muchos años, cuando éramos novicios, pasamos diez días en una leprosería, llamada Tala o Estrella. Una mañana, después de dar la comunión a los pacientes, volvimos a uno de los pabellones. Un leproso que parecía ansioso por recibir a los invitados nos saludó. Tomé sus manos para darle un apretón de manos, y me quedé conmocionado y estremecido ¡porque la mano que estaba sosteniendo no tenía dedos! Luego nos invitaron a sentarnos a tomar un refresco. Los vasos con refrescos y el pan que nos sirvieron estaban limpios, pero era difícil comer lo que nos ponían. ¿Y si nos contagiábamos de lepra? También fue difícil comer porque nos dimos cuenta –lo que nos llenó de humildad– de que probablemente nos estaban ofreciendo su ración de alimentos.

Comed lo que os pongan, nos dice Jesús. Antes de comenzar a predicar, sanar o hacer algo por el bien de otros, se nos dice, no una vez, sino dos veces, que nos dejemos servir por las personas a las que pretendemos servir. Jesús nos está diciendo que sólo podemos alimentar a la gente si estamos dispuestos a ser alimentados por ellos. Podemos ser más eficaces en nuestra predicación si escuchamos atentamente lo que nos dicen los que nos escuchan. Seguramente hay más bendición en dar que en recibir, pero ¿de qué sirve dar si nadie está dispuesto a recibir? ¿No es un regalo en sí misma la alegría que sentimos cuando damos?

La solidaridad es esencial para una predicación eficaz del Evangelio. Pero la solidaridad es un camino de doble sentido. Nadie es tan pobre que no pueda dar, nadie es tan rico que no pueda recibir. Todos debemos aprender a conocer nuestra pobreza, a comprender lo que nos falta, para aprender a mendigar, para poder descubrir nuestra insuficiencia: que necesitamos a Dios y a nuestros hermanos y a otras personas. Es más fácil amar porque decidimos cómo manifestar ese amor; es más difícil ser amado, recibir amor, porque no tenemos el control, no podemos saber de antemano qué o cómo el otro va a entregar su amor. De la misma manera, es más fácil dar porque decidimos lo que podemos dar; es más difícil mendigar, aprender a recibir con humildad. Aprender a ser evangelizados por las personas a las que servimos, por los pobres, por aquellos a los que ayudamos, por los enfermos, por los huérfanos…, tienen mucho que darnos. Nadie es tan pobre que no pueda dar, nadie es tan rico que no pueda recibir.

Cuando comemos lo que nos ponen, entramos en una comunión de mesa con nuestro anfitrión. En esta celebración eucarística, Jesús es el anfitrión que nos invita a comer lo que él nos pone. Nuestro ministerio y nuestro apostolado sólo serán eficaces si emanan de nuestra comunión de mesa con el Señor Eucarístico.

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