viernes, 24 de noviembre de 2017

Ética y dinero

Francisco nos hace ver la corrupción no como un pecado que se pueda perdonar, sino como una enfermedad porque «el corrupto no percibe su corrupción». En el diagnóstico del Papa cada uno podemos reconocer hasta rasgos propios… No es casualidad si entre sus primeras prioridades está la reforma financiera en el Vaticano
Quien maneja dinero y reclama una motivación ética provoca escepticismo. Lo sabe el mundo financiero, que lucha por recuperar credibilidad a la vez que soporta un elevadísimo nivel de regulación. La norma en algo influye en los comportamientos: las multas son caras para quienes incumplen. Pero la ética no se contiene en normas y controles. Si toda la reforma consiste en cumplimentar un cuestionario, pronto se inventarán formas para eludirla.

Tampoco se trata de que los actores abracen un paquete de valores que se les presente desde una cátedra, la que sea. La ética es consecuencia de una orientación profunda de las personas. Si hay dilución de la responsabilidad ética, la respuesta hay que buscarla primero dentro de uno mismo. En esta intimidad, la ética no se reduce a la química del cerebro, no es programable en máquinas de inteligencia artificial. Nace del encuentro interpersonal, esa realidad intangible de donde brota el discernimiento entre el bien y el mal.

La corrupción, una enfermedad


El nudo del conflicto entre dinero y ética es la corrupción. Ante la epidemia actual, el Papa Francisco nos hace ver la corrupción no como un pecado que se pueda perdonar, sino como una enfermedad: «La corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo porque el corrupto se cree un vencedor. En ese ambiente se pavonea para disminuir a los otros. El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad. El corrupto no percibe su corrupción…». (Discurso ante la Asociación Internacional de Derecho Penal, 23/10/2014). En el diagnóstico del Papa cada uno podemos reconocer hasta rasgos propios… Y de esta autocrítica no se salva nadie. No es casualidad si entre sus primeras prioridades está la reforma financiera en el Vaticano.

Pero sería absurdo considerar corrupta la institución como tal. Y es igualmente erróneo considerar la corrupción como inevitable en cualquier actividad empresarial. Es todo lo contrario: la verdadera empresa es independiente de apoyos o privilegios públicos; no se hace para maximizar la ganancia a corto plazo, sino para construir un edificio, aplicar una tecnología, dar trabajo, desarrollar un instrumento, prestar un servicio…

Ética profesional

La necesaria disciplina ética en el manejo del dinero ha llevado muchas empresas a adoptar un código de conducta interno; su eficacia depende de una costumbre previa de transparencia y comportamiento independiente. Es importante mantener y desarrollar esta cultura cuando la empresa crece. Requiere formación, sin duda. Pero la cultura se transmite en la empresa igual que en la familia: por los hechos y a través de decisiones diarias en todos los campos, más que por sermones o por estudios de consultores.

Estos principios de ética profesional deben mucho a la Reforma iniciada por Lutero hace 500 años. ¿Son universales? Toda empresa grande ha tenido que renunciar a citar explícitamente las raíces de su cultura –religiosas, familiares, tradicionales…– para hacerse aceptable en el entorno multirreligioso y ha tenido que adherir, con mayor o menor sinceridad, al consenso occidental sobre normas de ética empresarial básica: cumplimiento legal, transparencia contable y fiscal, accountability… Pero la realidad no garantiza la universalidad de este consenso: el éxito económico de China contra la pobreza, por ejemplo, no responde ni a nuestras recetas liberales, ni tampoco a nuestra ética profesional de transparencia y distinción entre lo público y lo privado. No es deseable, pero no es imposible, que sus éxitos lleven a relativizar lo que por ahora consideramos como principios universales de ética profesional.

Finalidad de servicio

La reconciliación entre dinero y ética requiere que estos principios se apliquen de verdad, pero también exige ir más allá, hasta cuestionar la finalidad implícita. El interés de los accionistas es legítimo, pero no basta; tampoco el de los stakeholders de la empresa. Más que servicio a los partícipes, servicio a la sociedad: proporcionar un producto útil, en las mejores condiciones, en el respeto de las personas y del medio ambiente. Se puede añadir: con una atención especial hacia los sectores menos favorecidos de la sociedad, aunque solo sea porque pueden ser futuros clientes.

El interés de la empresa y el de la sociedad no son antagónicos. No hay ninguna fatalidad que lleve a ello, y hay muchísimas empresas que se rigen con esta brújula de servicio a la sociedad. La transformación en curso, la robotización y el mundo de big data abren nuevos desafíos. Más que nunca, reconciliar ética y dinero supone redescubrir en concreto la vocación de servicio propia de toda empresa económica.

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