martes, 15 de septiembre de 2020

TU JUVENTUD

Tu juventud es otro nacimiento;

es compartir con nuevas amistades

tus altas ilusiones, tus verdades;

es confianza en fraterno entendimiento;


es adentrarte en el conocimiento

de la ciencia real, sin vaguedades;

es calmar pesadumbres y ansiedades

de tu cuerpo y tu mente en crecimiento.


Una etapa fugaz y memorable,

rebosante de plena lozanía,

que enclaustran con rutina insoportable.


Apagan tu entusiasmo y tu alegría

rindiéndote con tedio perdurable,

¡y pretenden juzgarte todavía...!


lunes, 14 de septiembre de 2020

El arzobispado de Madrid presenta su escuela de evangelizadores online

Ante la necesidad de testimoniar la alegría del Evangelio en una realidad que está en constante transformación, el arzobispado de Madrid ha puesto en marcha la Escuela Diocesana de Evangelizadores para formar a los fieles insertos en las parroquias, delegaciones o asociaciones de la diócesis. Así lo ha explicado el arzobispado que a en colaboración con el Instituto Internacional de Teología a Distancia desde este mes de octubre ofrecerán cursos en una plataforma online, que permite un acceso directo, en cualquier momento y en cualquier lugar, a los contenidos eminentemente prácticos.

Entre los cursos disponibles, elaborados de la mano de la delegaciones diocesanas, figuran troncales sobre Eclesiología, Lectio Divina, Biblia, Liturgia o Doctrina Social de la Iglesia y otros de acompañamiento de jóvenes, para catequistas de distintas etapas o una aproximación bioética para Pastoral de la Salud.

Tal y como han expresado, «esta propuesta se adapta a las circunstancias de cada alumno, permitiendo acceder a la necesaria formación a quienes debido a sus responsabilidades familiares y laborales no pueden acudir a los espacios de formación que hasta el momento se vienen desarrollando, y también permite continuar la formación grupal en un contexto de limitación de las reuniones como el actual».

No obstante, aunque se privilegia la formación online, «no se va a dejar de lado la riqueza del contacto humano. Los alumnos contarán con un equipo de tutores que garantizará un seguimiento y una atención personales y podrán resolver cualquier duda».

domingo, 13 de septiembre de 2020

Educado en el ateísmo, se bautizó después de rebelarse contra «una vida absurda y disoluta»

Francisco Paolo Yang, un joven chino de 27 años, es católico desde hace menos de dos semanas. Fue educado en el ateísmo, lo que le condujo a una vida «totalmente laicista y hedonista» y «sin grandes aspiraciones». Su camino de conversión comenzó un 5 de septiembre con el estudio de la filosofía. Este es su testimonio

Nací en 1993 en una simple familia de Anhui y crecí en un ambiente ateo. En los primeros años de universidad, era totalmente laicista y hedonista, sin grandes aspiraciones, y llevaba una vida absurda y disoluta. El 5 de septiembre, improvisadamente y sin ningún preaviso, de forma fulminante, decidí que no quería vivir sin un objetivo específico. Ahora, mirando para atrás, sin ninguna duda entiendo que era la gracia de Dios que me agarró.

Así que comencé a estudiar filosofía por mi cuenta, tratando de descubrir qué es la sabiduría. Las primeras cosas con las cuales entré en contacto fue la filosofía moderna occidental, pero que se reveló hecha de especulaciones pobres, un racionalismo abstracto, que nada tiene que ver con la vida real. No era aquello lo que deseaba mi corazón, entonces me dirigí hacia el conocido como «conocimiento de la vida», o sea la filosofía china, en particular la filosofía confuciana. Dios, a menudo, nos conduce a recorrer un camino tortuoso para que podamos realmente sentir su Divina Providencia omnipotente.

Lo que más me apasionó entre las filosofías confucianas fue el estudio de Zhu Zi. Es justo a través de él que conocí a santo Tomás de Aquino y, gracias a este último, la Verdad divina y la Santa Iglesia. Además, el respeto que el catolicismo muestra hacia la tradición y los santos, su profundo compromiso crítico hacia la modernidad, el ejemplo de misericordia dado por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI… todo esto estaba en perfecta sintonía con mis experiencias. Lo que había estudiado con anterioridad, me preparó para la gracia de la fe que Dios nos dona y para la llamada a la conversión a Él.

Confusión

Al inicio, no lograba entender esto y trataba de fundir la tradición del catolicismo con la tradición china a través de mis esfuerzos. Tales intentos me provocaron sufrimientos y, al final, se revelaron vanos. Pese a los puntos comunes entre las dos tradiciones, hay diferencias básicas insuperables que, una vez aplicadas a la vida cotidiana, nos podrían poner en contradicción, generando confusión.

Solamente al final, logré entender que lo que me pide hacer el Señor no es integrar o fundir estos dos sistemas, sino más bien, obedecerle a Él; no obligarme, según mi voluntad personal, a una transformación total, sino aprender a ser humilde dejando que sea Dios quien me conduzca por este bosque que es la vida.

A pesar de ello, las dificultades espirituales tienen igualmente su lado positivo. Pueden ser entendidas como una prueba para el hombre moderno, nacido en otra tradición, que se quiere acercar a Dios.

Revelación cotidiana

Posteriormente, sucedieron algunos acontecimientos en el campo de la amistad y de la familia a través de los cuales el Señor se me reveló aún más. Es el conocimiento de este Dios que se anonadó por amor como el hombre profundiza en el propio conocimiento del prójimo, amándolo. Dios se revela en los contactos y en las relaciones entre las personas, haciendo así que el hombre construya relaciones en las que está presente Él.

Luego, siguió nuevamente una larga espera: no me sentía dispuesto y estaba siempre indeciso, así que dejé de lado la cuestión. Sin embargo, el Señor de nuevo puso en movimiento mi vida a través de una persona concreta. Conocí a un hermano con el que iniciamos un grupo de lectura compartida, donde leímos juntos el libro Catolicismo de Henri De Lubac. Gracias a esta experiencia, adquirí un conocimiento más profundo acerca de la comunión en Dios y finalmente recibí el bautismo en la solemnidad de la Asunción de María. Después de una larga reflexión y haber discutido con mi padre espiritual y los amigos, decidí tener como nombre de bautismo el de Francisco Paolo.

¿Por qué Francisco Paolo?

Francisco es el nombre de la Orden franciscana y de san Francisco de Asís, hacia los que tengo un sentimiento particular. Cuando leía la Biografía de San Francisco, escrita por G.K. Chesterton, su carisma me conmovió profundamente. Si bien fue santo Tomás de Aquino quien me hizo entrar en contacto con la verdad del catolicismo, mi teólogo preferido en cambio es san Buenaventura. Además, la pobreza espiritual de la orden franciscana es a su vez el carisma que persigo en mi vida cotidiana –es necesario que el hombre se vacíe, para que el Espíritu Santo pueda entrar en nosotros–.

Por otro lado, en cuanto hombre moderno, a través del Medioevo, quisiera llegar directamente a la época de los apóstoles, viviendo en esta tradición viva. Por esto elegí Paolo como segundo nombre. Desde el punto de vista de mi temperamento, quizás en verdad estoy más cerca de Juan, pero los modos apasionados de Paolo desarrollan una función complementaria. De todos modos, ruego para que la pasión misionera de Paolo pueda encenderme, ayudándome a proclamar el Evangelio de Cristo en tierra china, según mis posibilidades.

¡A perenne gloria del Señor!

Francisco Paolo Yang

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO


Plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la parábola que leemos en el Evangelio de hoy, la del rey misericordioso (cf. Mt 18,21-35), encontramos dos veces esta súplica: «Ten paciencia conmigo que todo te lo pagaré» (vv. 26.29). La primera vez la pronuncia el siervo que le debe a su amo diez mil talentos, una suma enorme, hoy serían millones y millones de euros. La segunda vez la repite otro criado del mismo amo. Él también tiene deudas, no con su amo, sino con el siervo que tiene esa enorme deuda. Y su deuda es muy pequeña, quizá como el sueldo de una semana.

El centro de la parábola es la indulgencia que el amo muestra hacia el siervo más endeudado. El evangelista subraya que «el señor tuvo compasión —no olvidéis nunca esta palabra que es propia de Jesús: “Tuvo compasión”, Jesús siempre tuvo compasión—, tuvo compasión de aquel siervo, le dejó marchar y le perdonó la deuda» (v. 27). ¡Una deuda enorme, por tanto, una condonación enorme! Pero ese criado, inmediatamente después, se muestra despiadado con su compañero, que le debe una modesta suma. No lo escucha, le insulta y lo hace encarcelar, hasta que haya pagado la deuda (cf. v. 30), esa pequeña deuda. El amo se entera de esto y, enojado, llama al siervo malvado y lo condena (cf. vv. 32-34). “¿Yo te he perdonado tanto y tú eres incapaz de perdonar este poco?”.

Vemos en esta parábola dos actitudes diferentes: la de Dios, representado por el rey —que perdona tanto, porque Dios perdona siempre—, y la del hombre. En la actitud divina, la justicia está impregnada de misericordia, mientras que la actitud humana se limita a la justicia. Jesús nos exhorta a abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia, lo sabemos. Es necesario ese amor misericordioso, que también es la base de la respuesta del Señor a la pregunta de Pedro que precede a la parábola, la pregunta de Pedro suena así: «Señor, dime, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (v. 21). Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). En el lenguaje simbólico de la Biblia, esto significa que estamos llamados a perdonar siempre.

¡Cuánto sufrimiento, cuántas divisiones, cuántas guerras podrían evitarse, si el perdón y la misericordia fueran el estilo de nuestra vida! También en familia, también en familia. Cuántas familias desunidas que no saben perdonarse, cuántos hermanos y hermanas que tienen ese rencor en su interior. Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas: entre los esposos, entre padres e hijos, dentro de nuestras comunidades, en la Iglesia y también en la sociedad y la política.

Hoy por la mañana mientras celebraba la misa me detuve, me llamó la atención una frase de la primera lectura del libro de Sirácida, la frase dice: «Acuérdate de las postrimería, y deja ya de odiar» (Si 28,6). ¡Bonita frase! ¡Pero piensa en el final! Piensa que estarás en un ataúd... ¿y te llevarás el odio allí? Piensa en el final, ¡deja de odiar! Deja el rencor. Pensemos en esta conmovedora frase: «Acuérdate de las postrimería, y deja ya de odiar». Y no es fácil perdonar porque en los momentos tranquilos uno dice: “Sí, pero éste o ésta me han hecho todo tipo de cosas, pero yo también he hecho muchas. Mejor perdonar para ser perdonado”. Pero luego el rencor vuelve, como una molesta mosca en el verano que vuelve y vuelve y vuelve... Perdonar no es sólo algo momentáneo, es algo continuo contra este rencor, este odio que vuelve. Pensemos en el final, dejemos de odiar.

La parábola de hoy nos ayuda a comprender plenamente el significado de esa frase que recitamos en la oración del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6, 12). Estas palabras contienen una verdad decisiva. No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios, y deja ya de odiar; echa el rencor, esa molesta mosca que vuelve y regresa. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados.

Encomendémonos a la maternal intercesión de la Madre de Dios: que Ella nos ayude a darnos cuenta de cuánto estamos en deuda con Dios, y a recordarlo siempre, para tener el corazón abierto a la misericordia y a la bondad.

Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

En los últimos días, una serie de incendios han devastado el campamento de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos, dejando a miles de personas sin refugio, aunque precario. Todavía recuerdo la visita que hicimos allí y el llamamiento lanzado junto con el Patriarca Ecuménico Bartolomé y el Arzobispo Ieronymos de Atenas, para garantizar «que los emigrantes, los refugiados y los demandantes de asilo se vean acogidos con dignidad en Europa» (16 de abril de 2016). Expreso mi solidaridad y cercanía a todas las víctimas de estos dramáticos acontecimientos.

Además, en estas semanas estamos siendo testigos de numerosas manifestaciones populares en todo el mundo —en muchas partes— que expresan el creciente malestar de la sociedad civil ante situaciones políticas y sociales particularmente críticas. Al tiempo que exhorto a los manifestantes a que presenten sus demandas de forma pacífica, sin ceder a la tentación de la agresión y la violencia, hago un llamamiento a todos aquellos que tienen responsabilidades públicas y gubernamentales para que escuchen la voz de sus conciudadanos y satisfagan sus justas aspiraciones, garantizando el pleno respeto de los derechos humanos y las libertades civiles. Por último, invito a las comunidades eclesiásticas que viven en esos contextos, bajo la guía de sus pastores, a trabajar por el diálogo, siempre a favor del diálogo, y a favor de la reconciliación —hemos hablado de perdón, de reconciliación.

Debido a la situación de pandemia, este año la tradicional Colecta para Tierra Santa se ha trasladado del Viernes Santo a hoy, víspera de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. En el contexto actual, esta Colecta es aún más un signo de esperanza y solidaridad con los cristianos que viven en la Tierra donde Dios se hizo carne y murió y resucitó por nosotros. Hoy hacemos una peregrinación espiritual, en espíritu, con la imaginación, con el corazón, a Jerusalén, donde, como dice el Salmo, están nuestras fuentes (cf. Sal 87,7), y hacemos un gesto de generosidad para esas comunidades.

Os saludo a todos, a los fieles romanos y a los peregrinos de varios países. En particular, saludo a los ciclistas que sufren de Parkinson y que han recorrido la Vía Francígena desde Pavía hasta Roma. ¡Qué valientes! Gracias por vuestro testimonio. Saludo a la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores de Monte Castello di Vibio. Veo que también hay una Comunidad Laudato si’: gracias por lo que hacéis; y gracias por la reunión de ayer aquí, con Carlìn Petrini y todos los directivos que siguen adelante en esta lucha por la custodia de la creación.

Os saludo a todos, a todos, de manera especial a las familias italianas que en agosto se dedicaron a la hospitalidad de los peregrinos. ¡Son muchas! A todos os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto! 

sábado, 12 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18,21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: "Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?" Jesús le contesta: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano."

PALABRA DE DIOS.

COMPARTIMOS:

Pedro pregunta a Jesús cuántas veces ha de perdonar. Simbólicamente usa el número siete, para indicar una cantidad colmada de perdón. En Génesis 4 se usa el mismo significado del número, aunque para la acción contraria al perdón: Dios avisa que Caín será vengado siete veces si alguien le hace daño.

Jesús responde con una multiplicación simbólica para indicar que siempre se ha de perdonar. En Génesis 4 Laméc indica que se vengará setenta veces de quien le haga daño.

Jesús lo ilustra con una semejanza en la que la enseñanza viene al final de la historia, con una advertencia muy dura: Dios Padre retirará su perdón a aquel que no perdone de corazón (es decir, de verdad) a su hermano.

En la historia que cuenta no podemos hacer semejanzas en cada cosas: Dios no se comporta como el rey, excepto en lo que indica la enseñanza final.

La narración habla de una deuda de diez mil talentos y otra de cien denarios. En Mateo se dice que un denario era el jornal de un trabajador del campo; así que la deuda era bastante importante, unos cuatro meses de jornal. Pero el talento era la moneda de plata, la de más valor, por lo que tal deuda es una cantidad completamente desorbitada. Eso nos enseña lo mucho que Dios nos perdona y lo relativamente poco que cada uno ha de perdonar a su hermano.

Hoy el Señor nos habla del perdón, y no solo de perdonar sino de hacerlo “siempre” No me resulta fácil hablar del perdón porque durante tiempo me ha creado sensación de culpabilidad, Cuantas veces he oído que el perdón verdadero es “perdonar y olvidar”... No poder perdonar de esa manera me generaba sentimientos negativos y me producía desasosiego. Porque a veces es complicado perdonar, porque no todas las ofensas tienen la misma gravedad, ni la misma repercusión. A veces la ofensa produce heridas que el perdón no las puede borrar del todo, quedan pequeñas cicatrices, pero con eso se puede vivir. Pero sin perdón no hay posibilidad de continuar, ni  posibilidad de reconciliación, por eso la necesidad de perdonar.  Además no puedo olvidar que yo también cometo errores, me han perdonado y me han aceptado con mis defectos, por eso también siento la necesidad de perdonar.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO


Patio de San Dámaso

Catequesis - “Curar el mundo”: 6. Amor y bien común

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La crisis que estamos viviendo a causa de la pandemia golpea a todos; podemos salir mejores si buscamos todos juntos el bien común; al contrario, saldremos peores. Lamentablemente, asistimos al surgimiento de intereses partidistas. Por ejemplo, hay quien quisiera apropiarse de posibles soluciones, como en el caso de las vacunas y después venderlas a los otros. Algunos aprovechan la situación para fomentar divisiones: para buscar ventajas económicas o políticas, generando o aumentando conflictos. Otros simplemente no se interesan por el sufrimiento de los demás, pasan por encima y van por su camino (cfr. Lc 10, 30-32). Son los devotos de Poncio Pilato, se lavan las manos.

La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor, ante todo el amor de Dios que siempre nos precede (cfr. 1 Jn 4, 19). Él nos ama primero, Él siempre nos precede en el amor y en las soluciones. Él nos ama incondicionalmente, y cuando acogemos este amor divino, entonces podemos responder de forma parecida. Amo no solo a quien me ama: mi familia, mis amigos, mi grupo, sino también a los que no me aman, amo también a los que no me conocen, amo también a lo que son extranjeros, y también a los que me hacen sufrir o que considero enemigos (cfr. Mt 5, 44). Esta es la sabiduría cristiana, esta es la actitud de Jesús. Y el punto más alto de la santidad, digamos así, es amar a los enemigos, y no es fácil. Cierto, amar a todos, incluidos los enemigos, es difícil —¡diría que es un arte!—. Pero es un arte que se puede aprender y mejorar. El amor verdadero, que nos hace fecundos y libres, es siempre expansivo e inclusivo. Este amor cura, sana y hace bien. Muchas veces hace más bien una caricia que muchos argumentos, una caricia de perdón y no tantos argumentos para defenderse. Es el amor inclusivo que sana.

Por tanto, el amor no se limita a las relaciones entre dos o tres personas, o a los amigos, o a la familia, va más allá. Incluye las relaciones cívicas y políticas (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 1907-1912), incluso la relación con la naturaleza (Enc. Laudato si’ [LS], 231). Como somos seres sociales y políticos, una de las más altas expresiones de amor es precisamente la social y política, decisiva para el desarrollo humano y para afrontar todo tipo de crisis  (ibid., 231). Sabemos que el amor fructifica a las familias y las amistades; pero está bien recordar que fructifica también las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas, permitiéndonos construir una “civilización del amor”, como  le gustaba decir a san Pablo VI[1] y, siguiendo su huella, a san Juan Pablo II. Sin esta inspiración, prevalece la cultura del egoísmo, de la indiferencia, del descarte, es decir descartar lo que yo no quiero, lo que no puedo amar o aquellos que a mí me parece que son inútiles en la sociedad. Hoy a la entrada una pareja me ha dicho: “Rece por nosotros porque tenemos un hijo discapacitado”. Yo he preguntado: “¿Cuántos años tiene? —Tantos —¿Y qué hace? —Nosotros le acompañamos, le ayudamos”. Toda una vida de los padres para ese hijo discapacitado. Esto es amor. Y los enemigos, los adversarios políticos, según nuestra opinión, parecen ser discapacitados políticos o sociales, pero parecen. Solo Dios sabe si lo son o no. Pero nosotros debemos amarles, debemos dialogar, debemos construir esta civilización del amor, esta civilización política, social, de la unidad de toda la humanidad. Todo esto es lo opuesto a las guerras, divisiones, envidias, también de las guerras en familia. El amor inclusivo es social, es familiar, es político: ¡el amor lo impregna todo!

El coronavirus nos muestra que el verdadero bien para cada uno es un bien común y, viceversa, el bien común es un verdadero bien para la persona (cfr. CIC, 1905-1906). Si una persona busca solamente el propio bien es un egoísta. Sin embargo la persona es más persona, precisamente cuando el propio bien lo abre a todos, lo comparte. La salud, además de individual, es también un bien público. Una sociedad sana es la que cuida de la salud de todos.

Un virus que no conoce barreras, fronteras o distinciones culturales y políticas debe ser afrontado con un amor sin barreras, fronteras o distinciones. Este amor puede generar estructuras sociales que nos animen a compartir más que a competir, que nos permitan incluir a los más vulnerables y no descartarlos, y que nos ayuden a expresar lo mejor de nuestra naturaleza humana y no lo peor. El verdadero amor no conoce la cultura del descarte, no sabe qué es. De hecho, cuando amamos y generamos creatividad, cuando generamos confianza y solidaridad, es ahí que emergen iniciativas concretas por el bien común[2]. Y esto vale tanto a nivel de las pequeñas y grandes comunidades, como a nivel internacional.  Lo que se hace en familia, lo que se hace en el barrio, lo que se hace en el pueblo, lo que se hace en la gran ciudad e internacionalmente es lo mismo: es la misma semilla que crece y da fruto. Si tú en familia, en el barrio empiezas con la envidia, con la lucha, al final habrá la “guerra”. Sin embargo si tú empiezas con el amor, a compartir el amor, el perdón, entonces habrá amor y perdón para todos.

Al contrario, si las soluciones a la pandemia llevan la huella del egoísmo, ya sea de personas, empresas o naciones, quizá podamos salir del coronavirus, pero ciertamente no de la crisis humana y social que el virus ha resaltado y acentuado. Por tanto, ¡estad atentos con construir sobre la arena (cfr. Mt 7, 21-27)! Para construir una sociedad sana, inclusiva, justa y pacífica, debemos hacerlo encima de la roca del bien común[3]. El bien común es una roca. Y esto es tarea de todos nosotros, no solo de algún especialista. Santo Tomás de Aquino decía que la promoción del bien común es un deber de justicia que recae sobre cada ciudadano. Cada ciudadano es responsable del bien común. Y para los cristianos es también una misión. Como enseña san Ignacio del Loyola, orientar nuestros esfuerzos cotidianos hacia el bien común es una forma de recibir y difundir la gloria de Dios.

Lamentablemente, la política a menudo no goza de buena fama, y sabemos el porqué. Esto no quiere decir que los políticos sean todos malos, no, no quiero decir esto. Solamente digo que lamentablemente la política a menudo no goza de buena fama. Pero no hay que resignarse a esta visión negativa, sino reaccionar demostrando con los hechos que es posible, es más, necesaria una buena política[4], la que pone en el centro a la persona humana y el bien común. Si vosotros leéis la historia de la humanidad encontraréis muchos políticos santos que han ido por este camino. Es posible en la medida en la que cada ciudadano, y de forma particular quien asume compromisos y encargos sociales y políticos, arraigue su actuación en los principios éticos y la anime con el amor social y político. Los cristianos, de forma particular los fieles laicos, están llamados a dar buen testimonio de esto y pueden hacerlo gracias a la virtud de la caridad, cultivando la intrínseca dimensión social.

Es por tanto tiempo de incrementar nuestro amor social —quiero subrayar esto: nuestro amor social—, contribuyendo todos, a partir de nuestra pequeñez. El bien común requiere la participación de todos. Si cada uno pone de su parte, y si no se deja a nadie fuera, podremos regenerar buenas relaciones a nivel comunitario, nacional, internacional y también en armonía con el ambiente  (cfr. LS, 236). Así en nuestros gestos, también en los más humildes, se hará visible algo de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, porque Dios es Trinidad, Dios es amor. Esta es la definición más bonita de Dios en la Biblia. Nos la da el apóstol Juan, que amaba mucho a Jesús: Dios es amor. Con su ayuda, podemos sanar al mundo trabajando todos juntos por el bien común, no solo por el propio bien, sino por el bien común, de todos.

[1] Mensaje para la X Jornada Mundial de la Paz 1 de enero de 1977: AAS 68 (1976), 709.

[2] Cfr. S. Juan Pablo  II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 38.

[3] Ibid., 10.

[4] Cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1 de enero de 2019 (8 de diciembre de 2018).

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Dios, Trinidad de amor, que nos ayude a cultivar la virtud de la caridad, a través de gestos de ternura, gestos de cercanía hacia nuestros hermanos. Así, con su ayuda, podremos curar el mundo, trabajando unidos por el bien común. Que el Señor los bendiga a todos.

LLAMAMIENTO

Hoy se celebra el primer Día internacional para la protección de la educación de ataques, en el ámbito de los conflictos armados.

Invito a rezar por los estudiantes que son privados tan gravemente del derecho a la educación, a causa de guerras y terrorismo. Exhorto a la comunidad internacional a trabajar para que se respeten los edificios que deberían proteger a los jóvenes estudiantes. Que no falte el esfuerzo para garantizarles ambientes seguros para la formación, sobre todo en situaciones de emergencia humanitaria.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La crisis que estamos viviendo a causa de la pandemia nos afecta a todos. Para superar este momento difícil deberíamos buscar entre todos el bien común. Pero vemos que algunos, lamentablemente, lo que buscan es aprovecharse para obtener ventajas económicas o políticas. Otros intentan dividir y fomentar conflictos, y también hay personas que permanecen indiferentes ante el sufrimiento de los demás.

La respuesta cristiana a esta situación es el amor y la búsqueda del bien común. El amor verdadero cura, sana, nos hace libres, nos hace fecundos, es expansivo e inclusivo. Amar como Dios nos ama no es fácil, pero es un arte que podemos aprender y mejorar. Porque no se trata de amar sólo a quien me ama, a mi familia, a mis amigos; sino a todos, incluso a los que no me conocen, a los extranjeros, o a quienes me han hecho sufrir. El amor verdadero también se extiende a las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas, así como a la relación con la naturaleza.

El coronavirus nos muestra que el bien para cada uno es un bien para todos, que la salud de cada persona es también un bien público. Por eso, una sociedad sana es la que se hace cargo de la salud de todos. Y a este virus —que no conoce fronteras ni hace distinciones sociales— es necesario que le respondamos con un amor generoso, sin límites, que no hace acepción de personas, que nos mueve a ser creativos y solidarios, y que hace surgir iniciativas concretas para el bien común.

martes, 8 de septiembre de 2020

Las cuatro mejores representaciones de María en la pintura española

 Calificada con múltiples advocaciones, la devoción mariana se dirige a la Virgen María como Auxilio de los Cristianos, Perpetuo Socorro, Consuelo de los Afligidos… y un largo etcétera. Igual que las razones para invocarla, la iconografía de la Virgen es rica y su representación ha ido evolucionando en conexión a dogmas religiosos y estilos artísticos, con el paso de los siglos. Apuntamos las claves que marcan sus diferentes tipologías, en una selección de sus 4 mejores representaciones en la pintura de España, que esta semana celebra la Virgen de septiembre.

La Inmaculada de Murillo

Inmaculada por no tener mácula, por haber sido concebida sin mancha, la imagen de María Inmaculada en la que piensa cualquiera en primer lugar es la representada por Bartolomé Murillo en el Siglo de Oro español. ‘Reina de la tierra’, el modelo de Inmaculada del pintor sevillano es una joven absolutizada en un cielo dorado, entre nubes y angelotes. Huérfano desde los 10 años, tal vez no por casualidad en la retratística profana Murillo profundizó en escenas de la infancia y en la sagrada en representar a María como Madre de Dios.

En el caso de la Inmaculada (con un manto azul y las manos cruzadas sobre el pecho, se erige sobre una media luna y pisa a la serpiente, símbolo de su victoria sobre el pecado), Murillo supo acompañar tanta abstracción divina de una mirada humana, tranquila, que apela al espectador y le permite participar de la humildad de María. De la que no se separan los querubines, que parecen demandar su protección maternal.

Virgen con el Niño de Dalí

Santísima, mediadora… o sencillamente madre. El genio catalán, Salvador Dalí, imaginó en un primer estudio en 1949 una Madona de Port-Lligat. Es decir, una María retratada en la tierra del pintor, y que para más tiene el rostro de su amada Gala. Una manera revolucionaria de hacer próxima la pintura religiosa, aunque al final no resulta tan próxima: Dalí complejiza la escena llenándola de símbolos que el espectador debe tratar de descifrar. Una concha de la que pende un huevo, limones, una cruz… son representaciones que apuntan al más allá: a la perfección del universo y a lo eterno.

En lugar de aparecer sedente sobre un trono y con el niño en brazos, como determina la tipología tradicional (desde el románico), la Madona de Dalí flota en el aire, sobre un fondo marino (rodeada de caracolas, erizos), y su torso se ha tornado ventana, dentro de la que también levita un Niño 'perforado'. La composición, enrevesada pero sutil, grave pero en la que todo transmite levedad, se completa con un alarde de exploración de la perspectiva: todas las líneas de fuga del cuadro se dirigen al ojo derecho de la Virgen-Gala.

Mater Dolorosa de Picasso

En verdad, no es ninguna dolorosa: probablemente se trata de Dora Maar. En medio de la agresividad que poblaba tanto Europa como España en 1937, Pablo Picasso representó a su amante en una especie de renovación de la tipología de la Virgen de los Dolores. Estremecida, con los ojos desencajados y mordiendo la tela, esta Cabeza de mujer llorando con pañuelo ya no tiene clavados siete puñales en el corazón, pero se asemeja en su desconsuelo al lamento de una pietà o a la que en España recibe la denominación de Virgen de la Soledad. Con mantilla o velo, esta figura representa el dolor materno por una guerra fratricida. “No todas las mujeres saben llorar como Dora Maar”, escribió Calvo Serraller, refiriéndose a la singularidad de esta serie de retratos (el malagueño pintó otros muchos semejantes), con el que P. Picasso llevó a su actualidad (trabajaba preparando el Guernica) la larga tradición española de representar a la Virgen llorando la muerte del Hijo.


La Asunción de la Virgen de El Greco

En 1577, El Greco dedicó la pintura que destacamos a reflejar el momento en que la Virgen es asunta. No muere, sino que es asumida por los cielos en un movimiento del que el artista se apropia en su pintura a través de ciertas técnicas. La primera, la de situar la figura en la parte superior de la composición, radicalmente separada de los discípulos de Jesús. Que, en la parte inferior, contemplan en grupo la sepultura que María ha dejado vacía. Después, el maestro nacido en Creta desajusta los cánones y consigue que la Virgen cope la mirada del espectador, por encima de cualquier otra figura. Por último, se sirve de la luz y del color (fuertes azules, amarillos, rosas) para construir un espacio a medio camino entre lo material y lo espiritual.