martes, 21 de abril de 2020

Evangelio de hoy

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-37
El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

Sal 92 R/. El Señor reina, vestido de majestad

Evangelio según san Juan 3, 7b-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó:
«¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús:
«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

PALABRA DE DIOS

En el “Aire” de Dios.

Desde que el Concilio Vaticano II enumeró los ámbitos de nuestra educación cristiana, -coinciden con los ámbitos de nuestra salvación-, la manera de entender y conducir la pedagogía hacia la interioridad, ha de cambiar. Por lo que parece, a simple vista, es que hay ‘formadores’ que no entienden bien algo de lo que tanto hablan. Se trata -dicen- de una pedagogía integradora... (GS 3).

En el “Aire” de Dios.
En la visión espiritual, y hasta los años setenta, fue ‘normal’ la visión negativa del cuerpo, por influencia del neoplatonismo; éste reducía el cuerpo, no a un ámbito donde el alma vive, sino donde el alma está encarcelada.

Muchos han vivido la corporalidad como un peso, una barrera, no como una gracia y lugar de ‘encarnación’ de Dios donde es posible la verdad interior que salta a la cara (2 Co 3,18). Algo más conscientes, después del concilio, se ha intentado recuperar el cuerpo aunque con talante alarmantemente trivial. Hay que ‘relajar1 el cuerpo... Y veo que nunca han entendido qué es ‘relajarse’ ni siquiera esa bella, aunque primera aproximación a sí mismos... El cuerpo sigue siendo algo ajeno a la salvación, ajeno a la verdad indecible de un rostro que refleje el de Dios....

Suena trivial la respuesta de Buda a la pregunta de por dónde comenzar la pedagogía de la interioridad. ‘Comienza por tu cuerpo’ -dijo-; y por la fe... Dios sí comenzó respirando al modo humano, aunque no lo entendemos bien...

Se hizo carne... Lo creemos, aunque ‘la came’ es lo último que descubre quien ela bora su relación de amor con Dios. Descubrirlo es arte, es gracia, es 'salvación'. Si Buda decía que comenzáramos 'por el cuerpo', detallaba a reglón seguido: 'comienza por la respiración’.

Acabo de leer -y lo creo- que nuestro cuerpo está soportando todos los venenos que no eliminamos, elaborados por nuestra alma vacía, nuestra ansiedad ya crónica y nuestro desesperante activismo. ¡Será posible que podemos comenzar por modificar nuestro ‘ruah’, esa especie de palabra corporal nuestra, tan esencial a nuestro propósito interior.

Nacidos en el aire de Dios, no hemos sabido seguir... respirando. Y tenemos nuestra particular herejía de cada día: ‘No tengo tiempo ni para respirar. ..’.Y creemos que eso nos excusa... Dios se hizo carne para enseñarte a respirar... en Dios (Ruah...) Sé que muchos, aun espirituales’, seguirán ignorando el cuerpo como ‘lugar’ de encuentro con Dios.

lunes, 20 de abril de 2020

Médico, pero también enfermo con asma, confinado por coronavirus, habla de su fe ante la enfermedad

Suso Lasso, de 46 años, es un veterano médico internista en el hospital Miguel Servet de Zaragoza. También es padre de siete hijos. Ahora está viendo la crisis del coronavirus desde otro punto de vista: no  el del médico, sino el del enfermo.

Se ha contagiado de Covid-19 y ha estado 18 días en su casa confinado. Lleva ahora 10 más ingresado: debido a su asma crónica, la situación se ha agravado.

Explica que él se mantiene muy fuerte en la fe, igual que su esposa. Es feligrés en la parroquia de San Vicente Mártir. En una noche que no podía dormir escribió una serie de ideas que le venían a la cabeza. Javier García, capellán del Hospital Royo Villanova, le pidió permiso para compartirlo y le dijo que sí.

En segundo de BUP vino un psicólogo al instituto Goya a decirme que tenía poca «razón» (coeficiente intelectual tirando a bajo), pero muchísima «intuición» (?), dándome amablemente una serie de consejos, que incluían el desistir de hacer el COU y por supuesto olvidarme de la Universidad.

Yo, haciendo uso de aquella intuición con la que me había bendecido mi psicólogo, no seguí sus consejos.

Esta leve contrariedad de bachiller se disipó cuando leí al genial filósofo francés Henri Bergson, que afirma y argumenta que «la intuición es un método superior a la razón para llegar al conocimiento de la verdad».

Me encuentro ingresado como paciente COVID en el hospital donde trabajo, donde mis compañeros están sudando sangre para sacarme adelante, y es verdad que, tras unos días inciertos, empiezo a encontrarme mejor. Eso sí, la poca razón que me quedaba se la ha comido el virus.

Menos mal que la intuición permanece, incluso más afilada, quizás por efecto de los corticoides.

Esa intuición que me hace recordar a diario lo difícil que es vivir pero lo fácil que es morirse.

Esa intuición que me pregunta con descaro porqué yo estoy evolucionando bien mientras otros tantos infectados, muchísimos, no correrán la misma suerte.

Esa intuición que, en un intento de consolarme ante la sinrazón de la absurda muerte, me susurra al oído, a todas horas, aquella frase que tanto había escuchado y tanto me anima de que «sólo la belleza salvará al mundo».

La belleza de consolar a los enfermos, y acompañar y animar y volver a consolar a las familias de las víctimas.

La belleza de tener un espíritu agradecido con toda la gente que se está dejando la vida en esta pandemia. Yo nunca tendré palabras que hagan justicia a la labor de todo el personal de mi hospital.

La belleza de querer recuperar los abrazos no dados cuando entonces era el momento de hacerlo.

La belleza, sí, también la belleza, de comprender a nuestros dirigentes, incluso animarlos, pues nunca se habían visto en otra igual.

La belleza de dar razón, el que pueda, de cual es nuestra esperanza.

En este tiempo concreto, de la cincuentena de Pascua de 2020, en la era COVID-19, la intuición y la belleza me conducen a conocer la Verdad (aunque la razón no lo tenga siempre tan claro). La verdad de que no nos morimos. La verdad de que Dios nos ama, tal y como somos, da igual lo que hayamos hecho, porque Él no puede amar de otra forma.

¡Verdaderamente ha resucitado!

Santa Inés de Montepulciano

Monja dominica italiana del siglo XIII, nacida cerca de Montepulciano, con 15 años ya era priora del Monasterio de Procena (Viterbo). Fundó el Monasterio de Montepulciano. Por naturaleza y gracia, Inés poseía entrañas de amor tierno, compasivo y misericordioso, y por ese camino fue adquiriendo la fama que acabaría aureolándola de santidad

Inés Segni nació probablemente en 1268 en Graciano Vecchio, cerca de Montepulciano. Recibida en el hogar de los Segni como un regalo del cielo, se encontró implantada, desde la más tierna infancia, en un ambiente de profunda piedad, detalle que pronto despertó en la niña prematuros sentimientos religiosos. Tan profundos fueron éstos, que, a los nueve años de convivencia familiar, pidió a sus padres licencia para ingresar en un monasterio. Los padres y familiares, sorprendidos por la propuesta, trataron de que la niña desistiera de tan inesperada e importuna idea, mas no lo consiguieron. Ella, persistente en su pretensión, acabó saliéndose con la suya, convenciendo a sus progenitores de la bondad del camino que deseaba emprender.

Ingresó en el llamado monasterio «del Sacco», uno de los muchos que pertenecían al grupo de fundaciones «de la Penitencia», florecientes en el siglo XIII, y poco a poco desaparecidos en los siglos posteriores de la historia de la Iglesia. Incorporada Inés a la nueva morada (el recinto del monasterio «del Sacco») con afán de hacerse pronto «novicia» y «profesa».

Dos rasgos que preludiaban, antes de cumplir quince años, su magnífica disposición para emprender obras grandes en la pequeñez de una vida retirada.

Abadesa de Procena y de Montepulciano
Por el año 1283, fecha en que Inés sólo contaba quince años de edad y seis de vida comunitaria, la comunidad «del Sacco» proyectó y llevó a cabo la fundación de un nuevo monasterio, en Procena, cerca de Viterbo, cincuenta kilómetros al Sur de Montepulciano. Para organizarlo y regirlo, la comunidad «del Sacco» eligió, entre otras, a la maestra sor Margarita y a sor Inés; ésta en funciones de superiora, y la otra en servicio de formación.

Como nota destacada de su piedad sobresale la ternura, infancia o pureza de espíritu y el cultivo de la comunión espiritual: comunión con los santos, con Cristo y con el Padre. La voz de esa comunión vivida en el amor eran, se dice, sus coloquios: como hija del Padre, hermana del Hijo encarnado, esposa del Espíritu y privilegiada devota de la Madre de Jesús, a la que deseaba tener siempre morando en su casa y en su corazón. Hay aquí una veta teológica de gran valor.
Se alaban sus dotes de gobierno que le confirieron notable autoridad dentro y fuera del monasterio: un rasgo que se prolongará en acciones sucesivas y fundacionales.

Tal vez del cultivo peculiar de su piedad, ternura e infancia espiritual (mantenidas en medio de ocupaciones materiales, administrativas y de gobierno), es de donde brotaron algunos fragmentos de leyenda en los que se trataba de expresar, simbólicamente, su vida en el amor y servicio. Llamamos fragmentos de leyendas piadosas a relatos como éstos: que en la noche de la fiesta de la Asunción la Virgen María colocaba en los brazos de Inés al Niño Jesús, para que lo estrechara contra su corazón; que en ciertas fiestas de especial devoción, la habitación de la santa se encontraba adornada de flores desconocidas; y que en numerosas ocasiones, cuando oraba en el huerto, con deseo ardiente de comunión, un ángel acudía a ella con la sagrada forma...

Por naturaleza y gracia, Inés poseía entrañas de amor tierno, compasivo y misericordioso, y por ese camino fue adquiriendo la fama que acabaría aureolándola de santidad. La pena es que, en las narraciones hagiográficas de la santa (para no rebajar su brillo), no se detuvieron los comentaristas a contarnos el sufrimiento que conllevaría en Inés su servicio a la comunidad y en la comunidad, las divergencias e incomprensiones entre las que habría de mostrar su buen sentido, las incertidumbres y momentos de crisis que harían acto de presencia en su espíritu.

En 1306 se terminaron las obras de un nuevo monasterio en Montepulciano, y por aclamación popular se pidió que la abadesa fuera Inés. El monasterio tenía por título Santa María Novella.

Como responsable de la casa en los primeros años, sor Inés, la superiora, tuvo que ocuparse intensamente de los negocios del monasterio —tanto espirituales como materiales— y se relacionó con alguna frecuencia con la Curia Romana, sobre todo, con el legado del papa, pues el papa residía en Aviñón.

Monja Dominica, Priora
El Beato Raimundo de Capua es quien nos informa de que, transcurridos unos años, la comunidad de Santa María Novella se adhirió a las Constituciones de las religiosas o monjas dominicas, poniéndose «plena y totalmente» bajo la dirección de los frailes predicadores. A partir de ese hecho, el tratamiento que anteriormente se daba a la superiora, llamándola abadesa, se cambió por el de priora.

Pero no fue el cambio de nombre lo que caracterizó a sor Inés en Montepulciano, sino su crecimiento interior constante en santidad, su fama externa de conciliadora y sanadora y su prestigio ante sus propios conciudadanos.

En su camino de perfección, los guijarros de sufrimientos corporales acudieron a mortificada con dureza, al menos, desde 1304, y ya no la abandonaron hasta su muerte. No sabemos apreciar si el origen de sus dolencias fueron una úlcera de estómago o persistentes infecciones intestinales. Pero llamó la atención el grado de conformidad, paciencia y alegría con que sobrellevaba todo, sin deterioros espirituales. Ahí estaba el rostro verdadero de la santidad.

En cuanto a su ejercicio de caridad, servicio y vida de oración, todo se fue elevando a superiores grados de amor. Se distanció de su primera infancia espiritual, de principiante, y, sin variar el lienzo de su historia única, personal, sus gestos de virtud heroica la hicieron sumamente atractiva a los ojos de los fieles que la trataban. Dicen que en ella hubo una espectacular acción de los carismas y dones del Espíritu.

Así, junto a la encantadora delicadeza y ternura de su trato humano, y de sus coloquios místicos en prolongada oración, aparecieron las maravillas de su capacidad de animación a los abatidos, de fortaleza a los sufrientes, de sanación a enfermos, de compañía en la soledad...

En esas condiciones, no es nada extraño que, con el prestigio derivado de la virtud, sor Inés se erigiera en autoridad que mantenía el espíritu de sus conciudadanos en situaciones difíciles. Fenómeno típico de las almas grandes a las que no se resisten, con frecuencia, ni los enemigos de la concordia y paz, porque aquéllas buscan el bien y las personas, no sus intereses.

Entrevista al cardenal Carlos Osoro: «Creo que es importante volver otra vez a las raíces»

«Tengo esperanza, pero una esperanza que está humedecida por el dolor de la gente, por mucho sufrimiento». Son palabras del arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, vicepresidente de la CEE. Nos atiende con gusto, su amabilidad y cercanía ayuda a sentirse acompañados. Pero su voz resuena triste. «El dolor y el sufrimiento alcanza tu corazón. Cuando estás rodeado de tanta gente que está sufriendo, que lo está pasando mal, que te llaman por teléfono, hace un rato me ha llamado una señora diciendo que había muerto su marido… todo eso, quieras o no, te afecta porque estas rodeado de tristeza, y te afecta porque lo está viviendo tu gente también». Lo tiene claro, por eso está disponible las 24 horas, desde su casa, confiando, cuidando de sus 74 años para cuidar a tantos y tanto: «Uno tiene que ayudar a mantener viva esa esperanza y mantener la fiabilidad a este Cristo que ha resucitado, que nos ha dicho que nada está perdido».

—Cardenal, gracias por atendernos. Madrid es una de las ciudades más devastadas por el coronavirus.
—Sí, y ha afectado a muchos sacerdotes. Algunos han muerto, otros están saliendo y otros ya están bien. Ahora mismo no es el atosigamiento de hace unas semanas. Pero es cierto que hay muchísimas casas de vida consagrada que lo han pasado muy mal, ha muerto gente. Se han vivido situaciones muy difíciles. Como en las residencias de ancianos: primero porque enfermaban los cuidadores y no había sustitutos; después porque los mismos ancianos se infectaron.

—Las residencias son lugares acogedores y se han cuestionado los cuidados…
—Y no hay derecho. En las residencias ha habido cuidado y se ha pedido ayuda, pero es verdad que a veces no llegaba a tiempo. Había muchísimas llamadas y no existía el orden que ahora mismo ya tenemos todos. Pero ante la pandemia, la residencia no es un hospital, no tienes allí los medios necesarios, o el personal enfermó… En fin, yo creo que no se puede ensuciar el rostro de las residencias de ancianos. Hay aspectos muy diversos que hay que estudiar, de por qué han sucedido algunas cosas, porque es verdad que han fallecido muchos ancianos, pero no hay que culpabilizar a las residencias.

—En Madrid la archidiócesis se ha movilizado con muchas iniciativas de «primeros auxilios», por ejemplo, con Cáritas.
—A Madrid yo lo compararía con un pueblo en el que hay muchas fuentes para tomar agua, y esas fuentes han sido las parroquias, las comunidades de inserción de vida consagrada que hay en muchos sitios, que han estado tremendamente atentas a todas las situaciones. La gente sabía dónde podía acudir a beber agua, y se le ha dado. Y por otra parte, las parroquias en concreto constituyen en Madrid una red impresionante de Cáritas parroquiales. La caridad de la Iglesia, Cáritas, no es un ente abstracto, Cáritas pertenece a la identidad misma de la Iglesia. Está presente en todas las parroquias y eso ha ayudado muchísimo. Además, yo creo que toda la gente, tanto religiosos, como laicos, como sacerdotes, han sido tremendamente creativos a la hora de atender directamente a la gente y dar solución a las necesidades. Una tarea impresionante. Y no sale en los medios, pero con Cáritas o la escucha a quien está angustiado se intenta sanar a mucha gente herida.

—Esta situación ha destapado un velo y nos hemos encontrado con una sociedad muy solidaria.
—Exactamente. Yo diría que son fuentes de verdad donde se abreva la sed que uno tiene. Es impresionante. Ver a señoras mayores, ancianos que llaman, que saben que van a tener la respuesta rápidamente desde alguien de su parroquia, desde el sacerdote. Yo creo que es un acompañamiento impresionante. Lo ha reconocido el alcalde de Madrid, que es un hombre que se está paseando continuamente por toda la ciudad, viendo las situaciones y metiéndose en ellas directamente.
La primera fase ha sido de auxilio inmediato, pero ahora viene otra fase más dura: gente que no tiene trabajo, gente que se ha quedado sin él, gente que no puede pagar el piso, gentes que están en unas situaciones lamentables de todo tipo, y ahí sí que estamos intentando, en Cáritas, prepararnos en tanto en cuanto nos sea posible. Lo que viene quizás es más profundo y por más tiempo.

—En los medios sale mucho la ayuda que la Iglesia ofrece a través de Cáritas, pero hay más, mucho más… Don Carlos, hay miles de personas que llevan un dolor dentro muy grande por la pérdida de seres queridos.
—Sí. Naturalmente hay que ayudar al que está solo, al que no tiene qué comer, al que está enfermo hay que visitarlo. Pero el amor tiene también otros aspectos que son esenciales en la vida. Por ejemplo, cuánta gente ha quedado tremendamente dolorida porque se le marchó un ser querido y no lo pudo ver, tuvo que recibir las cenizas, y al cabo de 5 días le llaman para recogerlas. Eso es un dolor tremendo. Recuerdo una persona a la que se le había muerto su madre, y me escribió un correo electrónico que dice así: «Ya tengo entre mis brazos las cenizas de mi madre. Cuando he cogido estas cenizas he sentido en lo más profundo de mi ser una gran serenidad, y algo me decía: estate tranquila, todo está bien». Pero claro, todo esto después hay que colocarlo dentro de la persona. Aquí hay mucho dolor y la gente no ha podido ni llorar, no ha podido comunicarse. O aquel médico o enfermero, aquella religiosa, aquel religioso que han arriesgado la vida, que han visto cómo se marchaba gente, y que a veces se les ha despedido allí, pero hay que acompañar a los hijos, a los nietos que no vieron más al abuelo. Yo creo que este es un trabajo que hay que hacer en cuanto podamos. De hecho, en algunos aspectos se está haciendo ya. A mí me impresiona mucho esa expresión que utilizó el Papa el Domingo de Resurrección: la resurrección de la solidaridad. Está hablando del amor, la entrega, el servicio, la escucha, el dar salidas, el ayudar al otro en todo lo que sea posible. Y esta red tiene que ser algo importante. Tiene que ser entre los cristianos, por supuesto, el momento de solidaridad más grande para hacerlo y después ampliarlo a otra gente de buena voluntad que está dispuesta a compartir con nosotros esto.

—Justo en esta diócesis tanto el alcalde de Madrid como la presidenta de la Comunidad están bastante bien valorados. Imagino que la disposición es ir de la mano…
—Claro. Pero en el fondo yo me hacía una pregunta esta mañana: ¿Seremos capaces, España, Europa, de ponernos a mirar a todos los que están sufriendo, a todos, y de dejar «las cuitas nuestras» para otra cosa? Hay que tener valentía para fortalecer la solidaridad, para entregar esperanza, para dar solución a las dificultades, para dar soluciones innovadoras en medio de los lutos, de los sufrimientos. Pero para eso tenemos que estar juntos. Y aquí, las ideas son importantes, aunque lo más importante es la vida, es la entrega de uno mismo, poner a disposición de todos todo lo que somos y lo que tenemos. Porque a mí me parece que cuando los humanos hemos sabido hacer esto en muchos momentos de la historia, de nuestra vida, cuando hemos sabido salir de nosotros mismos hemos ofrecido soluciones innovadoras. ¿Seremos capaces de hacerlo en estos momentos? Yo tengo gran esperanza de que va a ser posible. Pero siempre que nuestros intereses sean las necesidades de los demás, no los personales, no los de grupo.

—Normalmente en Jueves Santo iba a alguna cárcel pero este año no ha podido ser. ¡Qué poco sabemos de la situación de las cárceles!
—Quienes están en las cárceles lo están pasando mal. En estas fiestas ellos se acuerdan mucho de los seres queridos, de sus familiares, esposas, hijos… que están sufriendo. Es un momento importante. Sí todos los años voy a celebrar el Jueves Santo por la mañana a la cárcel de Soto del Real y este año he sentido muchísimo no poder ir, pero no por mí sino porque no había posibilidades, cada uno debemos estar en nuestra casa. A mí me impresiona porque hay muchísimo sufrimiento allí también. Y es gente que tiene a flor de piel los sentimientos, eso que hemos escuchado nosotros en el Vía Crucis del Papa que escribieron los presos. Quienes vamos permanentemente a la cárcel sabemos que es verdad. Son capaces de decir las cosas más hermosas, de confesarse de esa manera tan sencilla y descubrir en el fondo del fondo lo que más necesitan y hacérnoslo ver. Ellos lo están sufriendo profundamente porque están muy solos.

—A muy pequeña escala podemos experimentar lo que significa estar encerrado sin poder salir. Es duro llevar tanto tiempo confinados… Pero en Ejercicios Espirituales pedimos identificarnos con Cristo…
—Sí, y en este tiempo tendríamos que descubrir que en nuestro propio corazón, se nos pide que todos sientan y perciban esa resurrección de la solidaridad de la que nos habla el Papa. Y a cada uno se nos va a pedir de una manera: a mí como obispo de una manera, a ti como religiosa, a otros como laicos, pero se nos está pidiendo que nos pongamos a corazón abierto a trabajar para que todos perciban esta resurrección de Cristo, que además, la tenemos que hacer juntos, como lo hicieron aquellas mujeres que salieron corriendo a ver a los discípulos para comunicarles lo que habían visto.

—Usted es un pastor que pisa la calle. Está donde lo llaman y por eso en su agenda no tiene ni un respiro. ¿Cómo está llevando estos días el tener que estar en casa?
—Lo llevo bien, he metido muchas horas de oración. Además, el teléfono, los mensajes… intento poner a la gente en las manos de Dios, de una forma sencilla, en mi capilla, muy simple, no hago grandes cosas, pero rezo todo lo que puedo. Me levanto temprano, desayuno, rezo casi toda la mañana. Hubo días en que he rezado también por la tarde… A veces me distraigo, pero ciertamente la conversación fundamental con el Señor es poner en sus manos a tanta gente, no solo a los que mueren, sino a los que están sufriendo y padeciendo por esta situación, a todo Madrid. Cuando te nombran obispo es verdad que eres obispo de la Iglesia, pero también eres pastor y el Señor te manda que apacientes todo un territorio en el que hay gente que no cree, gente que está lejana. Yo he tenido a todos en mi oración. Vivo la experiencia de la paternidad del pastor, no olvido a nadie.

—Las imágenes del Palacio de Hielo son muy duras. Y es de agradecer que los sacerdotes vayan todos los días a rezar.
—Impresiona ver 40, 50 o más féretros. Impresiona mucho. Después las familias tienen en sus casas las cenizas y estamos viendo la posibilidad de ofrecer un lugar en alguno de los cementerios de la diócesis, dirigidos por hermandades y cofradías, para que las familias puedan depositarlas. Dios no quiere que estemos así, muriéndonos, pero es verdad que hay momentos que nos sirven para descubrir que había cosas que teníamos descuidadas y que es necesario que las recuperemos.

—Durante la Semana Santa se ha dirigido especialmente a los niños con vídeos invitándoles a hacer actividades.
—Ha dado mucho de sí y ha provocado muchas conversaciones en las familias. Por ejemplo cuando los niños les preguntaban los tres aspectos más importantes para sus vidas. Esa conversación de tú a tú con los niños es impresionante, me lo han contado.

—Nos preguntamos mucho si saldremos mejores de esta situación. ¿Qué ingredientes necesitamos para que sea así?
—Yo diría que tres: abrazar la verdad, abrazar la bondad y abrazar la belleza. Abracemos la verdad de nuestra vida, que a veces la hemos olvidado; la verdad de nuestra existencia. Abracemos también la bondad, esa bondad en su máxima expresión nos la regala nuestro Señor. Él es bueno con los hombres, Él nos quiere, Él ha dado su vida por nosotros y nos está pidiendo que hagamos lo mismo. Y abracemos la belleza, la belleza de una humanidad que toma la decisión de vivir de lo más bonito que existe, que es la imagen de Dios, y toma la decisión de mostrar la belleza de esta imagen que se da en cada uno de los seres humanos cuando ponemos a disposición la vida. Yo creo que estas tres palabras, abrazar la verdad, la bondad y la belleza, para tener de verdad nombre y rostro. Ese nombre y ese rostro que nos regala Jesús. Yo creo que es importante volver otra vez a las raíces, este momento nos lo está pidiendo: que nos dejemos de «cuentos», que abracemos lo que de verdad merece la pena.

domingo, 19 de abril de 2020

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

El domingo pasado celebramos la resurrección del Maestro, y hoy asistimos a la resurrección del discípulo. Había transcurrido una semana, una semana que los discípulos, aun habiendo visto al Resucitado, vivieron con temor, con «las puertas cerradas» (Jn 20,26), y ni siquiera lograron convencer de la resurrección a Tomás, el único ausente. ¿Qué hizo Jesús ante esa incredulidad temerosa? Regresó, se puso en el mismo lugar, «en medio» de los discípulos, y repitió el mismo saludo: «Paz a vosotros» (Jn 20,19.26). Volvió a empezar desde el principio. La resurrección del discípulo comenzó en ese momento, en esa misericordia fiel y paciente, en ese descubrimiento de que Dios no se cansa de tendernos la mano para levantarnos de nuestras caídas. Él quiere que lo veamos así, no como un patrón con quien tenemos que ajustar cuentas, sino como nuestro Papá, que nos levanta siempre. En la vida avanzamos a tientas, como un niño que empieza a caminar, pero se cae; da pocos pasos y vuelve a caerse; cae y se cae una y otra vez, y el papá lo levanta de nuevo. La mano que siempre nos levanta es la misericordia. Dios sabe que sin misericordia nos quedamos tirados en el suelo, que para caminar necesitamos que vuelvan a ponernos en pie.

Y tú puedes objetar: “¡Pero yo sigo siempre cayendo!”. El Señor lo sabe y siempre está dispuesto a levantarnos. Él no quiere que pensemos continuamente en nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a los que tiene que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que tiene que amar con misericordia. Hoy, en esta iglesia que se ha convertido en santuario de la misericordia en Roma, en el Domingo que veinte años atrás san Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia, acojamos con confianza este mensaje. Jesús le dijo a santa Faustina: «Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia» (Diario, 14 septiembre 1937). En otra ocasión, la santa le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó: «Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo». ¿Qué cosa había retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: «Hija, dame tu miseria» (10 octubre 1937). También nosotros podemos preguntarnos: “¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?”. ¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea sobre una persona determinada... El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia.

Volvamos a los discípulos. Habían abandonado al Señor durante la Pasión y se sentían culpables. Pero Jesús, cuando fue a encontrarse con ellos, no les dio largos sermones. Sabía que estaban heridos por dentro, y les mostró sus propias llagas. Tomás pudo tocarlas y descubrió lo que Jesús había sufrido por él, que lo había abandonado. En esas heridas tocó con sus propias manos la cercanía amorosa de Dios. Tomás, que había llegado tarde, cuando abrazó la misericordia superó a los otros discípulos; no creyó sólo en su resurrección, sino también en el amor infinito de Dios. E hizo la confesión de fe más sencilla y hermosa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Así se realiza la resurrección del discípulo, cuando su humanidad frágil y herida entra en la de Jesús. Allí se disipan las dudas, allí Dios se convierte en mi Dios, allí volvemos a aceptarnos a nosotros mismos y a amar la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas: En la prueba que estamos atravesando, también nosotros, como Tomás, con nuestros temores y nuestras dudas, nos reconocemos frágiles. Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad, nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos al mismo tiempo. Y si, como el cristal, somos transparentes ante Él, su luz, la luz de la misericordia brilla en nosotros y, por medio nuestro, en el mundo. Ese es el motivo para alegrarse, como nos dijo la Carta de Pedro, «alegraos de ello, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas» (1 P 1,6).

En esta fiesta de la Divina Misericordia el anuncio más hermoso se da a través del discípulo que llegó más tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó. La misericordia no abandona a quien se queda atrás. Ahora, mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí. Se parte de esa idea y se sigue hasta llegar a seleccionar a las personas, descartar a los pobres e inmolar en el altar del progreso al que se queda atrás. Pero esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Aprendamos de la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Había recibido misericordia y vivía con misericordia: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,44-45). No es ideología, es cristianismo.

En esa comunidad, después de la resurrección de Jesús, sólo uno se había quedado atrás y los otros lo esperaron. Actualmente parece lo contrario: una pequeña parte de la humanidad avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás. Y cada uno podría decir: “Son problemas complejos, no me toca a mí ocuparme de los necesitados, son otros los que tienen que hacerse cargo”. Santa Faustina, después de haberse encontrado con Jesús, escribió: «En un alma que sufre debemos ver a Jesús crucificado y no un parásito y una carga… [Señor], nos ofreces la oportunidad de ejercitarnos en las obras de misericordia y nosotros nos ejercitamos en los juicios» (Diario, 6 septiembre 1937). Pero un día, ella misma le presentó sus quejas a Jesús, porque: ser misericordiosos implica pasar por ingenuos. Le dijo: «Señor, a menudo abusan de mi bondad», y Jesús le respondió: «No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre misericordiosa con todos» (24 diciembre 1937). Con todos, no pensemos sólo en nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno: de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro.

Hoy, el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo. Que también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así reconstruiremos un mundo nuevo.

Muere el jefe de Cirugía General del Hospital de La Paz y el de neurocirugía del Puerta del Hierro

El jefe de servicio de Cirugía General y del Aparato Digestivo del Hospital Universitario La Paz (Madrid), Joaquín Díaz Domínguez, ha muerto este sábado a causa del COVID-19. Tras conocer la noticia, sus compañeros del hospital se concentraron a las puertas del centro para rendirle homenaje a un médico «con una larga trayectoria y querido por todos».

«Son días muy duros. Ha fallecido el doctor Jesús Vaquero, jefe de neurocirugía del Hospital Puerta de Hierro, referente mundial y pionero en el tratamiento de lesiones medulares. Mi pésame a su familia, amigos y compañeros. Descanse en Paz», ha trasladado el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

También el jefe de servicio de Digestivo del Complejo Hospitalario de Albacete, Ricardo Pérez Flores, ha fallecido consecuencia del coronavirus, tal y como informa El Digital de Albacete y confirma el alcalde de la ciudad.

PEDIMOS QUE DIOS OS RECIBA EN SU REINO DE AMOR Y AGRADECEMOS VUESTRO COMPROMISO GENEROSO CON TODOS Y VUESTRA ENTREGA HASTA PERDER LA VIDA.
MM. DOMINICAS DE TORREDONJIMENO.