jueves, 18 de abril de 2019

Jueves Santo, «locura de Dios por nosotros»: una reflexión del teólogo Pablo Cervera sobre la misa

En el Triduo Pascual, el Jueves Santo es el día de la conmemoración de la Coena Domini, la Cena del Señor: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, que la Iglesia honra de forma particular este día constituyendo el monumento para la adoración de los fieles hasta el Viernes Santo. Es, por excelencia, el día del año más oportuno para reflexionar sobre la misa, su naturaleza y su importancia.

Pablo Cervera Barranco, sacerdote y teólogo por la Pontificia Universidad Gregoriana, ha escrito un artículo donde pondera tres características de la Misa, para entenderla mejor, que demuestran la locura de Dios por nosotros. 

La locura de Dios por nosotros

1. Cercanía. El amor pide indistancia. Las personas que se quieren no aguantan la lejanía del otro, se sufre su ausencia, desean estar juntas, cara a cara. «Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura». Es la expresión poética de San Juan de la Cruz que nos confirma que sin la presencia del amado, de algún modo, uno está herido, se muere.

Una campaña publicitaria de Telefónica de España, hace años, proclamaba: Lo importante es hablar. Evidentemente quería incentivar el uso y consumo del teléfono. Pero podemos afirmar que el mensaje no es verdadero. Al niño que ama a su padre (o al novio o novia) y que está de viaje por motivos profesionales, lejos del hogar, incluso en el extranjero, no le basta hablar: quiere tener a su padre en casa, no lejos. Incluso hoy, con el progreso y posibilidades de los terminales telefónicos respecto de esa campaña publicitaria (era anterior a los teléfonos móviles inteligentes, por supuesto), con los cuales podemos ver por vídeo y hablar… no basta. Queremos el cara a cara de aquel a quien queremos. El invento de Dios para estar cara a cara, indistante, cercano, en signo sacramental, pero real, es la Eucaristía.

2. Entrega. «Quiero estar siempre contigo y para eso invento quedarme», no de modo estático, claro está. Ese es un gran malentendido sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Su presencia y cercanía es siempre dinámica: las palabras «esto es mi Cuerpo/Sangre que se entrega por vosotros» son permanentes y actuales en cada momento. No agotan su contenido una vez que las pronuncia el sacerdote para que se realice la presencia real de Cristo sobre el altar mediante las formas y el vino. «Se entrega». El amor es entrega, es donación. Hoy nuestra civilización ha vaciado el contenido de la palabra amor, sensibleramente, eróticamente, y ha perdido la entraña última que genera la unión verdadera de las personas, que expresa lo que es el amor: la entrega, la voluntad de donarse al otro.

3. Desvivirse. Hay una expresión hogareña en la que el marido o la mujer pueden llamar al otro: «¡Mi vida!». También los padres a los hijos: ¡«Mi vida!». A veces incluso elevando la voz y con cierto enfado si se ha hecho algo mal. No importa: ¡mi vida! El que así habla suele desvivirse por el otro. Desvivirse es un verbo denso y rico de nuestra lengua castellana: es vivir la vida, dando la vida para que otros tengan vida. No hay aquí ningún juego de palabras. Vuelve a leerlo y lo verás.

La Eucaristía es el desvivirse de Dios por nosotros: vivir su Vida (divina, eterna...), dando su Vida, para que nosotros vivamos. Y aquí entra otro aspecto de la Eucaristía. Se vive cuando uno se nutre y bebe. El hambre provoca la muerte. En la Eucaristía el que es Vida Eterna, y se nos quiere dar para que le comamos, «tomad y comed», quiere ser comido, comulgado. Por eso, se puede decir con verdad que sin Eucaristía no se puede vivir. Evidentemente, en camino hacia la eternidad, pero cuando llegue la muerte todas esas comuniones, que han asimilado a Cristo resucitado, serán en nosotros semilla de vida eterna en la resurrección.

Nuestro Dios debe está loco (de amor): cercano, entregado, para que le comamos y vivamos. ¿O somos nosotros los locos porque no nos enteramos?

miércoles, 17 de abril de 2019

Tras el incendio de Notre Dame «Nuestra Señora de París» apareció intacta junto a los escombros

La catedral de Nuestra Señora de París, conocida mundialmente como Notre Dame, ardía este lunes ante la mirada impotente y triste de cientos de millones de personas, ya fuese en directo desde París o a través de las pantallas de móviles y televisores. Muchos católicos se acercaron a los alrededores para entonar el Ave María rezando a la Virgen a la que fue consagrada esta catedral que simboliza la rica herencia cristiana de Europa.

“Es dramático (…) Todo el tejado está siniestrado, toda la armadura quedó destruida, una parte de la bóveda se derrumbó, la aguja ya no existe“, declaró Gabriel Plus, portavoz de los bomberos de París. Los daños en muchos casos son irreparables, pero una vez que los expertos han podido ingresar en la catedral tras el incendio han podido también dar algunas buenas noticias.

La estatua de la Virgen, salvada por poco

Una de ellas es como casi de manera milagrosa ha quedado intacta la estatua de la Virgen más conocida y famosa que se conservaba en la catedral y popularmente conocida como “Nuestra Señora de París” o también como la Virgen del Pilar, imagen que muestra a la Virgen con el niño, y que estaba situada en la columna sudeste del crucero.

A pocos centímetros de la Virgen estaban ya los escombros después de que se viniera abajo el tejado de la casi milenaria catedral. Sin embargo, la imagen no ha sufrido ningún desperfecto.

Según informa la propia catedral de Notre Dame, esta es la estatua más conocida de las 37 representaciones de la Virgen María que hay en todo este majestuoso templo. Fue tallada a mediados del siglo XIV y proviene de la capilla de Saint-Aignan, ubicada en el antiguo claustro de los cañones de la Isla de la Cité. En 1818 fue trasladada a la catedral, y en 1855 se colocó en su ubicación actual, un sitio histórico en el que desde finales del siglo XII se levantó un altar a la Virgen.

Fue precisamente junto a la imagen de esta Virgen donde se convirtió el poeta Paul Claudel, en la víspera de la Navidad de 1886.

Una catedral con una enorme presencia mariana

La de Notre Dame es una catedral especialmente mariana como no podía ser de otro modo. La puerta norte es conocida como la de la Virgen y en ella aparecen escenas relacionadas con María. Durante la Revolución Francesa fue muy mutilada y tuvo que ser reconstruida posteriormente.

Está organizada en tres registros. En el superior y presidiendo la puerta se esculpió la escena de la Coronación de la Virgen, que aparece sentada junto al Todopoderoso. Les acompañan ángeles, dos arrodillados en los extremos, postura motivada por su emplazamiento, y un tercero coronando a la Virgen.

En el registro central se colocó la escena de la Dormición o Muerte de la Virgen. María aparece tumbada en su lecho, rodeada por los apóstoles y dos ángeles que inician el levantamiento de la Asunción.

En el registro inferior, en el lugar del dintel, se representan a los Patriarcas, que flanquean a un baldaquino bajo el que se encuentra el Arca de la Alianza, que contiene la Tablas de la Ley por la que Yahvé instauró la Antigua Ley por medio de Moisés, de gran valor simbólico.

En el parteluz aparece la Virgen de pie con el Niño en su brazo izquierdo. En las jambas aparecen santos, patriarcas del Antiguo Testamento, reyes y otro personajes. Entre ellos destaca la célebre estatua de San Denís con su cabeza cortada sujeta por la manos. Es una escultura del siglo XIX.

martes, 16 de abril de 2019

La Pascua en los países asiáticos donde la Iglesia es minoría: se multiplica pese a la persecución

El sacerdote Bernardo Cervellera es misionero en Asia, ha vivido en varios países de este continente y es actualmente director de AsiaNews. Antes lo fue de la Agencia Fides. Es por tanto una de las voces más autorizadas en cuanto a la situación de la Iglesia Católica en esta parte del mundo.

En un editorial en AsiaNews, este religioso habla de esta Iglesia precisamente en Pascua, pues la persecución y el martirio son elementos que marcan a los cristianos en buena parte de estos países. En la Semana Santa, es necesario recordar la labor y el compromiso por la evangelización. Incluso siendo una minoría. Este es su escrito:

La Pascua de las Iglesias del Asia, Iglesias minoritarias

A fines de marzo, con ocasión del Día en Memoria de los Mártires, fui invitado a Monfalcone. Ante la presencia del obispo, Monseñor Carlo Roberto Maria Redaelli, desarrollé una conferencia con un título muy intrigante: “Cristianos perseguidos, cristianos de la esperanza. Evangelizar el mundo siendo una minoría”. Los sacerdotes que me invitaron, Don Flavio y Don Paolo, habían sugerido este título para resaltar que incluso Italia es un territorio de misión y que la Iglesia ya es considerada como una “minoría”. Por ello, se necesitaba aprender de las Iglesias minoritarias del Asia. En efecto, al mirar la frecuencia con que se celebran las misas dominicales en Italia, sobre todo en las grandes ciudades, más allá de algunas loables excepciones, uno se percata de que el pueblo de Dios que participa en la liturgia es cada vez más canoso, los jóvenes están prácticamente ausentes y las caras nuevas se cuentan con los dedos de una mano. 

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Entonces viene a mi mente aquello que algunos llaman “la profecía sobre el futuro de la Iglesia”, que fue esbozada por Joseph Ratzinger en una entrevista concedida a la Radio alemana en 1969, en plena crisis post-conciliar. En dicha entrevista, aquél que luego se convertiría en Benedicto XVI afirma que “a partir de la crisis actual surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se volverá pequeña y tendrá que recomenzar más o menos desde los inicios. Ya no será capaz de habitar muchos de los edificios que supo construir [en tiempos de] prosperidad. Porque el número de sus fieles disminuirá y también perderá gran parte de los privilegios sociales”.

Para luchar contra este destino, en Occidente se practican dos clericalismos distintos: el tradicionalista y el progresista. El primero puede ser descrito como un intento de no mezclarse con el mundo e incluso más, de combatirlo de todas las maneras posibles para “defender la fe”, refugiándose en las formas del pasado, en la misa en latín como algo absoluto y en los paramentos ricos y solemnes. 

El otro está a tal punto mezclado con el mundo que llega a decir las cosas del mundo, acariciando los oídos con los derechos a modernizarse y con la opinión dominante, viviendo la liturgia como “una fiesta de la comunidad” (y no del misterio de Cristo), olvidando la novedad que Cristo mismo ha venido a traer al mundo.

En ambos casos, la misión queda recluida en un esquema, se olvida que la Iglesia es una identidad dinámica: ella está fundada por Cristo, que la vuelve distinta del mundo, pero también, que ella vive la misma trayectoria de Cristo, que es una consumación para la salvación del mundo.

El padre Cervellera es misionero, periodista y director de AsiaNews

Al visitar las Iglesias de Asia, y presentándolas en AsiaNews, nos damos cuenta de que ellas son, prácticamente desde siempre, “minorías”: la mayor parte de ellas no supera el 2% de la población a la que pertenecen –con algunas excepciones como las Filipinas, Corea, Hong Kong, Vietnam y Timor Oriental- y sin embargo, las Iglesias de Asia –según los datos del Anuario estadístico de la Iglesia del 2018- crecen año a año a razón de un 11%.

Ellas no pueden esperar convertirse en “mayoría” en algún día venidero: en la mayor parte de los Estados donde viven hay reglas estrictas que combaten las conversiones y duros límites a la libertad religiosa, a tal punto que algunas de ellas son perseguidas y cada año dan decenas de mártires.  Desde este punto de vista, es cierto lo que el Papa Francisco ha dicho a la Iglesia de Marruecos en su último viaje (30-31 de marzo): “¡Jesús no nos ha elegido y enviado para que nos volviésemos más numerosos!”. Pero también ha dicho que “el problema no es ser poco numerosos, sino ser insignificantes”. Los cristianos de Asia está llenos de significado: el encuentro con Jesús los vuelve alegres, más libres de los miedos y de los espíritus, tienen la fuerza de una dignidad y libertad que no tiene punto de comparación con las prisiones culturales o de etnia, casta y clan de donde provienen.

No necesitan hacer proselitismo para incrementar el número de fieles, ni estructurar quién sabe qué planes pastorales; su humanidad renovada por la fe es suficiente para atraer a sus vecinos, a los colegas del trabajo, a los compañeros de escuela y para desear el encuentro con Cristo. Y si bien sufren persecuciones y el martirio, para ellos, la muerte del mártir es como una semilla que cae en la tierra y produce mucho fruto, porque creen en la muerte y en la resurrección de Jesús, en la suya y en la de su Iglesia.

Feliz Pascua.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL ARZOBISPO DE PARÍS POR EL INCENDIO DE LA CATEDRAL DE NOTRE DAME

S.E. Mons. Michel Aupetit
Arzobispo de París

Tras el incendio que ha devastado gran parte de la catedral de Notre Dame, me uno a su tristeza, así como a la de los fieles de su diócesis, a la de los habitantes de París y a la de todos los franceses. En estos Días Santos, donde recordamos la pasión de Jesús, su muerte y su resurrección, les aseguro mi cercanía espiritual y mi oración.

Esta catástrofe ha dañado gravemente un edificio histórico. Pero soy consciente de que también ha afectado a un símbolo nacional muy amado por los parisinos y por los franceses sean cuales sean sus creencias. Notre Dame es la joya arquitectónica de una memoria colectiva, el lugar de encuentro de muchos eventos importantes, el testimonio de la fe y de la oración de los católicos en el seno de la ciudad.

Al mismo tiempo que elogio el valor y el trabajo de los bomberos que intervinieron para circunscribir el fuego, expreso mis mejores votos para que la catedral de Notre Dame vuelva a convertirse, gracias a los trabajos de reconstrucción y a la movilización de todos,en este hermoso tesoro en el corazón de la ciudad, signo de la fe de quienes la edificaron, iglesia madre de su diócesis, patrimonio arquitectónico y espiritual de París, de Francia y de la humanidad.

Con esta esperanza, le otorgo de todo corazón la bendición apostólica, así como a los obispos de Francia y a los fieles de su diócesis, e invoco la bendición de Dios para los habitantes de París y para todos los franceses.

16 de abril de 2019

Franciscus Pp.

TRIDUO PASCUAL


La palabra triduo en la práctica devocional católica sugiere la idea de preparación. A veces nos preparamos para la fiesta de un santo con tres días de oración en su honor, o bien pedimos una gracia especial mediante un triduo de plegarias de intercesión.

El triduo pascual se consideraba como tres días de preparación a la fiesta de pascua; comprendía el jueves, el viernes y el sábado de la semana santa. Era un triduo de la pasión.

En el nuevo calendario y en las normas litúrgicas para la semana santa, el enfoque es diferente. El triduo se presenta no como un tiempo de preparación, sino como una sola cosa con la pascua. Es un triduo de la pasión y resurrección, que abarca la totalidad del misterio pascual. Así se expresa en el calendario:

Cristo redimió al género humano y dio perfecta gloria a Dios principalmente a través de su misterio pascual: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. El triduo pascual de la pasión y resurrección de Cristo es, por tanto, la culminación de todo el año litúrgico.

Luego establece la duración exacta del triduo:

El triduo comienza el Jueves Santo con la misa vespertina de la cena del Señor, alcanza su cima el Viernes con la celebración de la Pasión de Cristo y cierra con las vísperas del domingo de pascua (Vigilia Pascual en Sábado).

Esta unificación de la celebración pascual es más acorde con el espíritu del Nuevo Testamento y con la tradición cristiana primitiva. El mismo Cristo, cuando aludía a su pasión y muerte, nunca las disociaba de su resurrección. En el evangelio del miércoles de la segunda semana de cuaresma (Mt 20,17-28) habla de ellas en conjunto: "Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará".

Es significativo que los padres de la Iglesia, tanto san Ambrosio como san Agustín, conciban el triduo pascual como un todo que incluye el sufrimiento de Jesús y también su glorificación. El obispo de Milán, en uno de sus escritos, se refiere a los tres santos días (triduum illud sacrum) como a los tres días en los cuales sufrió, estuvo en la tumba y resucitó, los tres días a los que se refirió cuando dijo: "Destruid este templo y en tres días lo reedificaré". San Agustín, en una de sus cartas, se refiere a ellos como "los tres sacratísimos días de la crucifixión, sepultura y resurrección de Cristo".

Esos tres días, que comienzan con la misa vespertina del jueves santo y concluyen con la oración de vísperas del domingo de pascua, forman una unidad, y como tal deben ser considerados. Por consiguiente, la pascua cristiana consiste esencialmente en una celebración de tres días, que comprende las partes sombrías y las facetas brillantes del misterio salvífico de Cristo. Las diferentes fases del misterio pascual se extienden a lo largo de los tres días como en un tríptico: cada uno de los tres cuadros ilustra una parte de la escena; juntos forman un todo. Cada cuadro es en sí completo, pero debe ser visto en relación con los otros dos.

Interesa saber que tanto el viernes como el sábado santo, oficialmente, no forman parte de la cuaresma. Según el nuevo calendario, la cuaresma comienza el miércoles de ceniza y concluye el jueves santo, excluyendo la misa de la cena del Señor 1. El viernes y el sábado de la semana santa no son los últimos dos días de cuaresma, sino los primeros dos días del "sagrado triduo".

Pensamientos para el triduo

La unidad del misterio pascual tiene algo importante que enseñarnos. Nos dice que el dolor no solamente es seguido por el gozo, sino que ya lo contiene en sí. Jesús expresó esto de diferentes maneras. Por ejemplo, en la última cena dijo a sus apóstoles: "Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría" (Jn 16,20). Parece como si el dolor fuese uno de los ingredientes imprescindibles para forjar la alegría. La metáfora de la mujer con dolores de parto lo expresa maravillosamente. Su dolor, efectivamente, engendra alegría, la alegría "de que al mundo le ha nacido un hombre".

Otras imágenes acuden a la memoria. Todo el ciclo de la naturaleza habla de vida que sale de la muerte: "Si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto" (Jn 12,24).

La resurrección es nuestra pascua; es un paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, del ayuno a la fiesta. El Señor dijo: "Tú, en cambio, cuando ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara" (Mt 6,17). El ayuno es el comienzo de la fiesta.

El sufrimiento no es bueno en sí mismo; por tanto, no debemos buscarlo como tal. La postura cristiana referente a él es positiva y realista. En la vida de Cristo, y sobre todo en su cruz, vemos su valor redentor. El crucifijo no debe reducirse a un doloroso recuerdo de lo mucho que Jesús sufrió por nosotros. Es un objeto en el que podemos gloriarnos porque está transfigurado por la gloria de la resurrección.

Nuestras vidas están entretejidas de gozo y de dolor. Huir del dolor y las penas a toda costa y buscar gozo y placer por sí mismos son actitudes equivocadas. El camino cristiano es el camino iluminado por las enseñanzas y ejemplos de Jesús. Es el camino de la cruz, que es también el de la resurrección; es olvido de sí, es perderse por Cristo, es vida que brota de la muerte. El misterio pascual que celebramos en los días del sagrado triduo es la pauta y el programa que debemos seguir en nuestras vidas.

lunes, 15 de abril de 2019

Nunca es lícito eliminar una vida humana para resolver ningún problema

Abrupta, desmesuradamente mediática y dudosamente «inocente» o causal ha sido en plenas vísperas macroelectorales en España el fallecimiento de una señora, enferma de esclerosis múltiple desde hacía años y para cuya muerte ha sido imprescindible la colaboración de su marido. Sin entrar a juzgar el caso, ni su tipificación técnica, jurídica y médica, y expresando nuestro duelo y pésame a esta familia, que ha vivido y vive una situación tan dramática,  sí creemos importante ofrecer unas serie de consideraciones y reflexiones éticas, inscritas en la ley natural, en la recta razón y en el pensamiento e identidad cristiana.

La primera de estas consideraciones ya ha quedado indicada en las primeras de este comentario y su irrupción en el actual momento político español. En segundo lugar, deseamos retomar unas palabras del Papa en una reciente y popular entrevista televisiva. Preguntado y repreguntado por el periodista acerca el aborto, Francisco respondió con las siguientes preguntas: «¿Es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema? ¿Es lícito alquilar a un sicario para que la elimine?».

¿Es lícito –preguntamos nosotros ahora-  no hacer nada e incluso fomentar con políticas restrictivas e insolidarias que el Mediterráneo sea el mayor y más anónimo cementerio de Europa? ¿Es lícito aplicar la pena de muerte a un criminal por abyecto que sea? ¿Es lícito proponer a ancianos y a enfermos terminales un horizonte donde la eutanasia o el suicidio asistido se conviertan en legales e incluso se presenten y se edulcoren, eufemística y demagógicamente, como derechos?

Provocar la muerte no es la solución a ninguna situación por conflictiva que sea. Nunca. En ninguna situación, tanto en la fase inicial y embrionaria de la vida humana, como en su final, como en relación con las personas migrantes y refugiadas.  Y en el caso que nos ocupa, la eutanasia es inmoral, antisocial, insolidaria, radicalmente egoísta, hedonista, materialista y nihilista.

El derecho es la vida, jamás a la muerte. El derecho es la vida y a los cuidados paliativos. Y legalizar el derecho a la eutanasia –y de paso seguir dejando en mantillas los cuidados paliativos y las ayudas eficaces a la dependencia- es, además, intimidatorio y podría favorecer conductas suicidas. En Holanda, donde la eutanasia es legal, un cuarto de los fallecimientos son inducidos por el hombre. Y en Holanda, la tasa de suicidios, reconocidos como tales, es del 12% frente al 8% en España. Y en Bélgica, donde también es legal la eutanasia, el porcentaje de suicidios sube hasta el 17%.

«La eutanasia -recordaron los obispos españoles el pasado 21 de mayo, es ajena al ejercicio de la medicina y a las profesiones sanitarias, que siempre se rigen por el axioma de “curar, al menos aliviar, y siempre acompañar y consolar”». Es más, añadían los obispos «el artículo 36,3 del Código de Ética y Deontología Médica de la Organización Médica Colegial española afirma que “el médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste”».

En el mismo día que en España se desató esta nueva polémica, el Papa Francisco, en un encuentro con periodistas alemanes, expresó su preocupación ante «la contestación del derecho a la vida y el avance de la eutanasia».

La eutanasia –repitámoslo hasta la saciedad; nos va a hacer falta…- no es ningún derecho, avance o progreso. Matar a los que sufren nunca es progresista; acabar con los enfermos indefensos es reaccionario, y lo progresista es cuidarlos. Y no nos debemos dejar engañar so capa de falsa compasión.

domingo, 14 de abril de 2019

Homilía del Papa francisco

Las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús. Los gritos de fiesta y el ensañamiento feroz. Este doble misterio acompaña cada año la entrada en la Semana Santa, en los dos momentos característicos de esta celebración: la procesión con las palmas y los ramos de olivo, al principio, y luego la lectura solemne de la narración de la Pasión.

Dejemos que esta acción animada por el Espíritu Santo nos envuelva, para obtener lo que hemos pedido en la oración: acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal.

Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre.

También hoy, en su entrada en Jerusalén, nos muestra el camino. Porque en ese evento el maligno, el Príncipe de este mundo, tenía una carta por jugar: la carta del triunfalismo, y el Señor respondió permaneciendo fiel a su camino, el camino de la humildad.

El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados… Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión.

El Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías. Su corazón gozaba viendo el entusiasmo y la fiesta de los pobres de Israel. Hasta el punto que, a los fariseos que le pedían que reprochara a sus discípulos por sus escandalosas aclamaciones, él les respondió: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Humildad no significa negar la realidad, y Jesús es realmente el Mesías, el Rey.

Pero al mismo tiempo, el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él.

Tras él, la primera que lo ha recorrido fue su madre, María, la primera discípula. La Virgen y los santos han tenido que sufrir para caminar en la fe y en la voluntad de Dios. Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón» (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater, 17). Es la noche de la fe. Pero solo de esta noche despunta el alba de la resurrección.

Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el Ángel le anunció a su Hijo: «Será grande […]; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar.

Precedidos por María, innumerables santos y santas han seguido a Jesús por el camino de la humildad y la obediencia. Hoy, Jornada Mundial de la Juventud, quiero recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa.

Queridos jóvenes, no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida. Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios.

Aclamaciones de fiesta y furia feroz; el silencio de Jesús en su Pasión es impresionante. Vence también a la tentación de responder, de ser “mediático”. En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús.

Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección.