lunes, 24 de septiembre de 2018

ENCUENTRO ECUMÉNICO, DISCURSO DEL SANTO PADRE

Catedral evangélica luterana de Riga (Letonia)

Me alegra poder encontrarme con vosotros, en esta tierra que se caracteriza por realizar un camino de reconocimiento, colaboración y amistad entre las diversas iglesias cristianas, que han logrado generar unidad manteniendo la riqueza y la singularidad que les es propia. Me animaría a decir que es “un ecumenismo vivo”, siendo una de las características particulares de Letonia. Sin ninguna duda, una razón para la esperanza y la acción de gracias.

Gracias al señor arzobispo Jānis Vanags por abrirnos las puertas de esta casa para realizar este encuentro de oración. Casa catedral que por más de 800 años alberga la vida cristiana de esta ciudad; testimonio fiel de tantos hermanos nuestros que se han acercado para adorar, rezar, sostener la esperanza en tiempos de sufrimiento y tomar coraje para enfrentar tiempos de mucha injusticia y sufrimiento. Hoy nos hospeda para que el Espíritu Santo siga tejiendo artesanalmente lazos de comunión entre nosotros y, así, volvernos también nosotros artesanos de unidad en nuestros pueblos, haciendo que nuestras diferencias no se conviertan en división. Dejemos que el Espíritu Santo nos revista con las armas del diálogo, del entendimiento, de la búsqueda del reconocimiento mutuo y de la fraternidad (cf. Ef 6,13-18).  

En esta catedral se encuentra uno de los órganos más antiguos de Europa, y que fue el más grande del mundo en el tiempo de su inauguración. Podemos imaginar cómo acompañó la vida, la creatividad, la imaginación y la piedad de todos aquellos que se dejaban acariciar por su melodía. Ha sido instrumento de Dios y de los hombres para elevar la mirada y el corazón. Hoy es un emblema de esta ciudad y de esta catedral. Para el “residente” en este lugar significa más que un órgano monumental, es parte de su vida, de su tradición, de su identidad. En cambio, para un turista, es lógicamente una pieza más de arte a conocer y fotografiar. Y ese es uno de los peligros que siempre se corre: pasar de residentes a turistas. Hacer de aquello que nos identifica una pieza del pasado, una atracción turística y de museo que recuerda las gestas de antaño, de alto valor histórico, pero que ha dejado de movilizar el corazón de aquellos que lo escuchan.

Con la fe nos puede pasar exactamente lo mismo. Podemos dejar de sentirnos cristianos residentes para volvernos turistas. Es más, podríamos afirmar que toda nuestra tradición cristiana puede correr la misma suerte: quedar reducida a una pieza del pasado que, encerrada en las paredes de nuestros templos, deja de entonar una melodía capaz de movilizar e inspirar la vida y el corazón de aquellos que la escuchan. Sin embargo, como afirma el evangelio que hemos escuchado, nuestra fe no es para ocultarla sino para darla a conocer y hacerla resonar en diferentes ámbitos de la sociedad, para que todos puedan contemplar su belleza y ser iluminados con su luz (cf. Lc 11,33).

Si la música del evangelio deja de ejecutarse en nuestra vida y se convierte en una bella partitura del pasado, dejará de romper las monotonías asfixiantes que impiden movilizar la esperanza, volviendo así estériles todos nuestros esfuerzos.

Si la música del evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados.

Si la música del evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer, sea cual sea su proveniencia, encerrándonos en “lo mío”, olvidándonos de “lo nuestro”: la casa común que nos atañe a todos.

Si la música del evangelio deja de sonar, habremos perdido los sonidos que conducirán nuestras vidas al cielo, encerrándonos en uno de los peores males de hoy en día: la soledad y el aislamiento. Esa enfermedad que nace en quien no tiene vínculos, y que puede verse en los ancianos abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro (cf. Discurso al Parlamento Europeo, 25 noviembre 2014).

Padre, «que todos sean uno, […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). Estas palabras siguen resonando con fuerza en medio nuestro, gracias a Dios. Es Jesús que antes de su entrega reza al Padre. Es Jesucristo que, mirando de frente su cruz y la cruz de tantos hermanos nuestros, no deja de implorar al Padre. Es el susurro de esta oración la que nos marca el sendero y nos indica el camino a seguir. Sumergidos en su oración, como creyentes en él y en su Iglesia, deseando la comunión de gracia que el Padre tiene desde toda la eternidad (cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 9), encontramos allí el único camino posible para todo ecumenismo: en la cruz del sufrimiento de tantos jóvenes, ancianos y niños expuestos muchas veces a la explotación, al sin sentido, a la falta de oportunidades y a la soledad. Mirando Jesús a su Padre y a nosotros sus hermanos no deja de implorar: que todos sean uno.

La misión hoy nos sigue pidiendo y reclamando la unidad, es la misión la que nos exige dejar de mirar las heridas del pasado o toda actitud autorreferencial para centrarnos en la oración del Maestro. Es la misión la que reclama que la música del evangelio no deje de sonar en nuestras plazas.

Algunos pueden llegar a decir: son tiempos difíciles, son tiempos complejos los que nos toca vivir. Otros pueden llegar a pensar que, en nuestras sociedades, los cristianos tienen cada vez menos márgenes de acción o de influencia debido a un sinfín de componentes como puede ser el secularismo o las lógicas individualistas. Esto no debe conducir a una actitud de encierro, de defensa, e incluso de resignación. No podemos dejar de reconocer que ciertamente no son tiempos fáciles, especialmente para muchos hermanos nuestros que hoy viven en su carne el destierro e inclusive el martirio a causa de la fe. Pero su testimonio nos lleva a descubrir que el Señor nos sigue llamando e invitando a vivir el evangelio con alegría, gratitud y radicalidad. Si Cristo nos consideró dignos de vivir en estos tiempos, en esta hora —la única que tenemos—, no podemos dejarnos vencer por el miedo ni dejarla pasar sin asumirla con la alegría de la fidelidad. El Señor nos dará la fuerza para hacer de cada tiempo, de cada momento, de cada situación una oportunidad de comunión y reconciliación con el Padre y con nuestros hermanos, especialmente con aquellos que hoy son considerados inferiores o material de descarte. Si Cristo nos consideró dignos de hacer sonar la melodía del evangelio, ¿dejaremos de hacerlo?

La unidad a la que el Señor nos llama es una unidad siempre en clave misionera, que nos pide salir y llegar al corazón de nuestros pueblos y culturas, a la sociedad posmoderna en la que vivimos, «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas [para] alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74). Lograremos realizar esta misión ecuménica si nos dejamos empapar por el Espíritu de Jesucristo que es capaz de «romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende siempre con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del evangelio brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (ibíd., 11).

Queridos hermanos y hermanas: Que siga sonando entre nosotros la música del evangelio, que no deje de sonar lo que permite que nuestro corazón siga soñando y mirando la vida plena a la que el Señor nos llama a todos: a ser sus discípulos misioneros en medio del mundo que nos toca vivir.

domingo, 23 de septiembre de 2018

REUNIÓN CON SACERDOTES, RELIGIOSOS Y RELIGIOSOS, CONSAGRADOS Y CONSAGRADOS

Catedral de los Santos Peter y Paul en Kaunas (Lituania)  

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Antes que nada, me gustaría decir una sensación que siento. Mirándote, veo muchos mártires detrás de ti. Mártires anónimos, en el sentido de que ni siquiera sabemos dónde fueron enterrados. Algunos de ustedes también: saludé a alguien que sabía lo que era la prisión. Me acuerdo de una palabra para comenzar: no olvides , recuerda. Ustedes son hijos de mártires, esta es su fortaleza. Y el espíritu del mundo no viene a decirte nada más que lo que vivieron tus antepasados. Recuerda a tus mártires y toma un ejemplo de ellos: no tenían miedo. Hablando con los obispos, sus obispos dijeron hoy: "¿Cómo podemos hacer para presentar la causa de la beatificación de tantos de los cuales no tenemos documentos, pero sabemos que son mártires?". Es un consuelo, es bueno escuchar esto: la preocupación por aquellos que nos han dado testimonio. Ellos son santos

El obispo [Linas Vodopjanovas, OFM, responsable de la vida consagrada] habló sin sombras - los franciscanos así que hable - "Hoy en día a menudo, de diversas maneras, se pone a prueba nuestra fe", dijo. Él no pensó en la persecución de los dictadores, no. "Después de responder al llamado a la vocación, a menudo no sentimos más alegría en la oración o en la vida comunitaria".

El espíritu de secularización, de aburrimiento por todo lo que toca a la comunidad es la tentación de la segunda generación. Nuestros padres lucharon, sufrieron, fueron convictos y tal vez no tenemos la fuerza para seguir adelante. ¡Ten esto en cuenta!

La Carta a los Hebreos hace una exhortación: "No te olvides de los primeros días. No olvides a tus antepasados ​​"(ver 10,32-39). Esta es la exhortación que inicialmente les dirijo.

Toda la visita a su país se ha enmarcado en esta expresión: "Cristo Jesús, nuestra esperanza". Casi al final de este día, encontramos un texto del apóstol Pablo que nos invita a esperar constantemente. Y esta invitación lo hace después de habernos anunciado el sueño de Dios para cada ser humano, más, para toda la creación: es decir, "todo contribuye al bien de los que aman a Dios" ( Rom 8, 28); "Enderezar" todas las cosas, sería la traducción literal.

Hoy me gustaría compartir con ustedes algunas características de esta esperanza; rasgos que nosotros, sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagrados, estamos llamados a vivir.

En primer lugar, antes de invitarnos a la esperanza, Pablo repitió la palabra "gemir" tres veces: gime la creación, los hombres gimen, el Espíritu gime en nosotros (véase Rom.8,22-23.26). Estamos gimiendo por la esclavitud de la corrupción, por el anhelo de plenitud. Y hoy nos hará bien preguntarnos si ese gemido está presente en nosotros, o si nada más llora en nuestra carne, nada está ansioso por el Dios viviente. Como dijo su Obispo: "Ya no experimentamos la alegría en la oración, en la vida comunitaria". El berrido del ciervo sediento ante la falta de agua debería ser nuestro en la búsqueda de la profundidad, la verdad, la belleza de Dios. Queridos, ¡no somos "funcionarios de Dios"! Tal vez la sociedad del bienestar nos ha llenado demasiado, lleno de servicios y bienes, y nos encontramos agobiados por todo y llenos de nada; tal vez nos hizo aturdir o disipar, pero no lleno. Peor: a veces ya no sentimos hambre. Somos hombres y mujeres de consagración especial,Confesiones , I, 1,1). La inquietud del corazón No hay información inmediata, sin la comunicación virtual instantánea puede privarnos de tiempo real, extendida, para ganar - esto es, en un esfuerzo constante - para ganar un diálogo diario con el Señor mediante la oración y la adoración. Es una cuestión de cultivar nuestro deseo por Dios, como escribió San Juan de la Cruz. Dijo así: "Sé diligente con la oración sin abandonarla incluso en medio de ocupaciones externas. Ya sea que coma o beba, hable o hable con los seglares o haga cualquier otra cosa, siempre quiere que Dios mantenga en él el amor del corazón "( Consejos para alcanzar la perfección , 9).

Este gemido también se deriva de la contemplación del mundo humano, es una llamada a la plenitud de la cara de las necesidades insatisfechas de nuestros hermanos y hermanas más pobres, ante la falta de significado en la vida de los jóvenes, la soledad de los ancianos, los abusos contra el medio ambiente. Es un gemido que trata de organizarse para influir en los acontecimientos de una nación, de una ciudad; no como presión o ejercicio de poder, sino como un servicio. El grito de nuestro pueblo debemos lograr, como Moisés, a quien Dios reveló el sufrimiento de su pueblo en el encuentro en la zarza ardiente (cf. Ex3.9). Escuchar la voz de Dios en oración nos hace ver, nos hace oír, conoce el dolor de los demás para poder liberarlos. Pero también debemos sorprendernos cuando nuestra gente dejó de gemir, y dejó de buscar agua que saciara la sed. También es un momento para discernir qué es lo que anestesia la voz de nuestra gente.

El clamor que nos hace buscar a Dios en oración y adoración es el mismo que nos hace escuchar el lamento de nuestros hermanos. Ellos "esperan" en nosotros y necesitamos, comenzando con un cuidadoso discernimiento, organizarnos, planificar y ser audaces y creativos en nuestro apostolado. Que nuestra presencia no quede en la improvisación, sino que responda a las necesidades del Pueblo de Dios y sea así levadura en la misa (cf. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium , 33 ).

Pero el apóstol también habla de constancia , constancia en el sufrimiento, constancia en perseverar en la bondad. Esto significa estar centrado en Dios, permanecer firmemente enraizado en Él, ser fiel a su amor.

Tú, el mayor, ¿cómo no mencionar a Mons. Sigitas Tamkevicius? - sabes cómo dar testimonio de esta constancia en el sufrimiento, esto "para esperar contra toda esperanza" (ver Rom4:18). La violencia utilizada en usted para la defensa de la libertad civil y religiosa, la violencia, la difamación, el encarcelamiento y deportación no pudo ganar su fe en Jesucristo, Señor de la historia. Para ello, usted tiene mucho que decirnos y enseñarnos, y también mucho que ofrecer, sin tener que juzgar la aparente debilidad de los más jóvenes. Y vosotros, jóvenes, cuando delante de las pequeñas frustraciones que desalienten se tiende a encerrarse en sí mismo, que recurrir a evasivas y comportamientos que sean incompatibles con su consagración, buscar sus raíces y mirar el camino recorrido por los ancianos. Veo que hay gente joven aquí. Repito, porque hay gente joven. Y ustedes, los más pequeños, cuando enfrentan las pequeñas frustraciones que los desalientan tienden a cerrarse en ustedes mismos, recurrir a comportamientos y evasiones que no son consistentes con su consagración, busque sus raíces y observe el camino recorrido por los ancianos. Es mejor que tomes otro camino que vivir en la mediocridad. Esto para jóvenes. Todavía estás a tiempo, y la puerta está abierta. Son precisamente las tribulaciones las que definen las características distintivas de la esperanza cristiana, porque cuando solo se trata de una esperanza humana, podemos frustrarnos y aplastarnos en el fracaso; pero lo mismo no sucede con la esperanza cristiana: sale más límpida, más experimentada por el crisol de las tribulaciones. Son precisamente las tribulaciones las que definen las características distintivas de la esperanza cristiana, porque cuando solo se trata de una esperanza humana, podemos frustrarnos y aplastarnos en el fracaso; pero lo mismo no sucede con la esperanza cristiana: sale más límpida, más experimentada por el crisol de las tribulaciones. Son precisamente las tribulaciones las que definen las características distintivas de la esperanza cristiana, porque cuando solo se trata de una esperanza humana, podemos frustrarnos y aplastarnos en el fracaso; pero lo mismo no sucede con la esperanza cristiana: sale más límpida, más experimentada por el crisol de las tribulaciones.

Es cierto que estos son otros tiempos y vivimos en otras estructuras, pero también es cierto que estos consejos se asimilan mejor cuando los que han vivido esas experiencias difíciles no cierran, sino que los comparten aprovechando los momentos comunes. Sus historias no están llenas de nostalgia de los tiempos pasados ​​presentados como los mejores, ni con acusaciones encubiertas contra aquellos que tienen estructuras emocionales más frágiles. La provisión de la constancia de una comunidad de discípulos es eficaz cuando puede integrarse, como ese escriba del Evangelio, lo nuevo y lo viejo ( Mt 13:52), cuando es consciente de que la historia vivida es la raíz del florecimiento del árbol.

Finalmente, mirar a Cristo Jesús como nuestra esperanza significa identificarnos con él, participar en la comunidad en su destino . Para el apóstol Pablo, la esperada salvación no se limita a un aspecto negativo - la liberación de una tribulación interno o externo, temporal o escatológico - pero el énfasis está en algo muy positivo: la participación en la vida gloriosa de Cristo (cf. 1 Ts 5: 9-10), la participación en su glorioso Reino (véase 2 Timoteo 4:18), la redención del cuerpo (véase Rom.8.23 a 24). Por lo tanto, se trata de vislumbrar el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para todos, para cada uno de nosotros. Debido a que no hay nadie que nos conoce y nos hemos conocido tan profundamente como Dios, para que Él nos ha destinado a algo que parece imposible: apuesta inequívocamente que reproducir la imagen de su Hijo. Él ha puesto sus expectativas en nosotros, y esperamos en él.

Nosotros: un "nosotros" que integra, pero también excede y excede al "yo"; el Señor nos llama, nos justifica y nos glorifica a todos, para incluir toda la creación. Muchas veces hemos puesto tanto énfasis en la responsabilidad personal que la dimensión comunitaria se ha convertido en un fondo, solo un adorno. Pero el Espíritu Santo nos reúne, reconciliar nuestras diferencias y generar un nuevo dinamismo para impulsar la misión de la Iglesia (cf. ibid, N.. Evangelii gaudium , 131 ; 235 ).

Este templo en el que nos reunimos, lleva el nombre de los Santos Pedro y Pablo. Tanto los Apóstoles eran conscientes del tesoro que se había dado a ellos, ambos, en diferentes momentos y maneras, que fueron invitados a "despegar" (cf. Lc 5,4). Todos estamos en el bote de la Iglesia, siempre tratando de clamar a Dios, de ser constantes en medio de las tribulaciones y de tener a Cristo Jesús como el objeto de nuestra esperanza. Y este barco, reconoce el núcleo de su misión el anuncio de la esperada por la gloria, que es la presencia de Dios entre su pueblo, en Cristo resucitado, y que un día, muy esperado por toda la creación, se manifiesta en hijos de Dios. Este es el desafío que nos impulsa: el mandato de evangelizar. Es la razón de nuestra esperanza y nuestra alegría.

Cuantas veces encontramos sacerdotes, consagrados y consagrados, tristes. La tristeza espirituales una enfermedad Triste porque no saben ... Triste porque no encuentran el amor, porque no están enamorados: enamorados del Señor. Dejaron atrás una vida de matrimonio, de familia y querían seguir al Señor. Pero ahora parece que están cansados ​​... Y la tristeza baja. Por favor, cuando te sientas triste, detente. Y busca un sacerdote sabio, una monja sabia. No es sabio porque son graduados universitarios, no, no por eso. Sabio o sabio porque ha sido capaz o ha podido avanzar en el amor. Ve y pide consejo. Cuando esa tristeza comience, podemos profetizar que si no se ha curado a tiempo, te hará "zitelloni" y "zitellone", hombres y mujeres que no son fértiles. ¡Y ten miedo a esta tristeza! El diablo siembra

Y hoy ese mar en el cual "despegar" serán los escenarios y los desafíos siempre nuevos de esta Iglesia saliente. Debemos preguntarnos de nuevo: ¿qué nos pide el Señor? ¿Cuáles son los suburbios que más necesitan nuestra presencia para traerles la luz del Evangelio? (ver Apostolic Exhortation Evangelii gaudium , 20 ).

De lo contrario, si no tienes la alegría de una vocación, ¿quién creerá que Jesucristo es nuestra esperanza? Solo nuestro ejemplo de vida dará razón para nuestra esperanza en él.

Hay otra cosa que conecta con la tristeza: confundir la vocación con una empresa, con una empresa de trabajo. "Trabajo en esto, trabajo en esto, me emociono con esto ... y estoy feliz porque tengo esto". Pero mañana, viene un obispo, otro o lo mismo, o viene otro superior, superior, y te dice: "No, corta esto y ve por allí". Es el momento de la derrota. ¿Por qué? Porque, en ese momento, encontrarás que has tomado un camino equívoco. Te darás cuenta de que el Señor, que te ha llamado a amar, está desilusionado porque has preferido ser dueño de un negocio. Antes he dicho que la vida de los que siguen a Jesús no es un funcionario o la vida oficial: es el Señor vive y celo apostólico para las personas. Haré una caricatura: ¿qué hace un sacerdote oficial? Él tiene su horario, su oficina, abre la oficina en ese momento, hace su trabajo, cierra la oficina ... Y la gente está afuera. Él no se acerca a la gente. Queridos hermanos y hermanas, si no quieren ser oficiales, les diré una palabra:proximidad ! Proximidad, proximidad. Proximidad al Tabernáculo, cara a cara con el Señor. Y cercanía a las personas. "Pero, padre, la gente no viene ...". Ve a visitarla! "Pero, los niños no vienen hoy ...". Inventa algo: el oratorio, para seguirlos, para ayudarlos. Proximidad a las personas Y cercanía con el Señor en el Tabernáculo. ¡El Señor los quiere a ustedes, pastores del pueblo, y no a los clérigos del estado! Después les diré algo a las monjas, pero luego ...

Proximidad significa misericordia. En esta tierra donde Jesús se reveló a sí mismo como el Jesús misericordioso, un sacerdote no puede sino ser misericordioso. Sobre todo en el confesionario. Piensa en cómo Jesús daría la bienvenida a esta persona [que confiesa]. ¡Ya lo suficiente ha vencido su vida, ese pobre hombre! Déjalo sentir el abrazo del Padre perdonador. Si no puedes darle la absolución, por ejemplo, dale el consuelo de su hermano, su padre. Anímalo a seguir adelante. Convencerlo de que Dios perdona todo. Pero esto con la calidez de un padre. ¡Nunca persigas a alguien del confesionario! Nunca te alejes. "Mira, no puedes ... ahora no puedo, pero Dios te ama, rezas, vuelve y hablaremos ...". Entonces, proximidad. Esto es ser un padre ¿No le importa a usted ese pecador, que lo arroja así? No estoy hablando de ti, porque no te conozco. Hablo de otras realidades. Y misericordia. El confesionario no es el estudio de un psiquiatra. El confesionario no es para hurgar en los corazones de las personas.

Y para esto, queridos sacerdotes, la cercanía con ustedes también significa tener un intestino de misericordia. Y las entrañas de misericordia, ¿sabes dónde se toman? Allí, en el Tabernáculo.

Y vosotros, queridos hermanas ... Así que muchas veces se ven monjas que son buenos - todas las hermanas son buenos - pero de chat, chat, chat ... Sólo hay que preguntar lo que está en primer lugar en el otro lado - el penúltimo - si la prisión tenía tiempo para chatear mientras coses guantes. Preguntarle. Por favor se madres! Sean madres, porque son un ícono de la Iglesia y de la Virgen. Y cada persona que te ve puede ver a la Madre Iglesia y a la Madre María. No olvide esto Y la Madre Iglesia no es "zitellona". La Madre Iglesia no habla: ama, sirve, crece. Su cercanía es ser madre: un ícono de la Iglesia y un ícono de la Virgen.

Proximidad al Tabernáculo y a la oración. Esa sed del alma de la que hablé, y con los demás. Servicio sacerdotal y vida consagrada no por funcionarios, sino por padres y madres de misericordia. Y si haces eso, ¡tendrás una sonrisa hermosa y ojos brillantes! Porque tendrás el alma llena de ternura, de mansedumbre, de misericordia, de amor, de paternidad y maternidad.

Y reza por este pobre obispo. Gracias!

ÁNGELUS DEL SANTO PADRE

Parque Santakos de Kaunas, Lituania

Queridos hermanos y hermanas:

El libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura nos habla del justo perseguido, de aquel cuya “sola presencia” molesta a los impíos. El impío es descrito como el que oprime al pobre, no tiene compasión de la viuda ni respeta al anciano (cf. 2,17-20). El impío tiene la pretensión de creer que su “fuerza es la norma de la justicia”. Someter a los más frágiles, usar la fuerza en cualquiera de sus formas: imponer un modo de pensar, una ideología, un discurso dominante, usar la violencia o represión para doblegar a quienes simplemente, con su hacer cotidiano honesto, sencillo, trabajador y solidario, expresan que es posible otro mundo, otra sociedad. Al impío no le alcanza con hacer lo que quiere, dejarse llevar por sus caprichos; no quiere que los otros, haciendo el bien, dejen en evidencia su modo de actuar. En el impío, el mal siempre intenta aniquilar el bien.

Hace 75 años, esta nación presenciaba la destrucción definitiva del Gueto de Vilnia; así culminaba el aniquilamiento de miles de hebreos que ya había comenzado dos años antes. Al igual que se lee en el libro de la Sabiduría, el pueblo judío pasó por ultrajes y tormentos. Hagamos memoria de aquellos tiempos, y pidamos al Señor que nos dé el don del discernimiento para detectar a tiempo cualquier rebrote de esa perniciosa actitud, cualquier aire que enrarezca el corazón de las generaciones que no han vivido aquello y que a veces pueden correr tras esos cantos de sirena.

Jesús en el Evangelio nos recuerda una tentación sobre la que tendremos que vigilar con insistencia: el afán de primacía, de sobresalir por encima de los demás, que puede anidar en todo corazón humano. Cuántas veces ha sucedido que un pueblo se crea superior, con más derechos adquiridos, con más privilegios por preservar o conquistar. ¿Cuál es el antídoto que propone Jesús cuando aparece esa pulsión en nuestro corazón o en el latir de una sociedad o un país? Hacerse el último de todos y el servidor de todos; estar allí donde nadie quiere ir, donde nada llega, en lo más distante de las periferias; y sirviendo, generando encuentro con los últimos, con los descartados. Si el poder se decidiera por eso, si permitiéramos que el Evangelio de Jesucristo llegara a lo hondo de nuestras vidas, entonces sí sería una realidad la “globalización de la solidaridad”. «Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos “mutuamente a llevar las cargas” (Ga 6,2)» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).

Aquí en Lituania está la colina de las cruces, donde millares de personas, a lo largo de los siglos, han plantado el signo de la cruz. Los invito a que, al rezar el Ángelus, le pidamos a María que nos ayude a plantar la cruz de nuestro servicio, de nuestra entrega allí donde nos necesitan, en la colina donde habitan los últimos, donde es preciso la atención delicada a los excluidos, a las minorías, para que alejemos de nuestros ambientes y de nuestras culturas la posibilidad de aniquilar al otro, de marginar, de seguir descartando a quien nos molesta y amenaza nuestras comodidades.

Jesús pone en medio a un pequeño, lo pone a la misma distancia de todos, para que todos nos sintamos desafiados a dar una respuesta. Al recordar el “sí” de María, pidámosle que haga nuestro “sí” generoso y fecundo como el suyo.

V. Angelus Domini nuntiavit Mariae.

R. Et concepit de Spiritu Sancto.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo aprovechar esta ocasión para agradecer a la señora Presidenta de la República y a las demás autoridades de Lituania, así como a los obispos y sus colaboradores, por la preparación de esta visita; extiendo también mi agradecimiento a todos los que de tantos modos han dado su contribución, incluso con la oración.

Pienso en modo particular durante estos días a la comunidad judía. Esta tarde rezaré delante del Monumento a las Víctimas del Gueto en Vilna, en el 75 aniversario de su destrucción. Que el Altísimo bendiga el diálogo y el compromiso común por la justicia y la paz.

Feliz domingo. Buen almuerzo. —Gražaus sekmadienio! Skaniu pietu!

SANTA MISA, HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Parque Santakos de Kaunas, Lituania
San Marcos dedica toda una parte de su evangelio a la enseñanza de los discípulos. Pareciera que Jesús, a mitad de camino hacia Jerusalén, quiso que los suyos volvieran a elegir sabiendo que ese seguimiento suponía momentos de prueba y de dolor. El evangelista relata ese período de la vida de Jesús recordando que en tres ocasiones él anunció su pasión; ellos expresaron tres veces su desconcierto y resistencia, y el Señor en las tres oportunidades quiso dejarles una enseñanza. Nosotros acabamos de escuchar la segunda de esas tres secuencias (cf. Mc 9,30-37).

La vida cristiana siempre pasa por momentos de cruz, y a veces parecen interminables. Las generaciones pasadas habrán dejado grabado a fuego el tiempo de la ocupación, la angustia de los que eran llevados, la incertidumbre de los que no volvían, la vergüenza de la delación, de la traición. El libro de la Sabiduría nos habla acerca del justo perseguido, aquel que sufre ultrajes y tormentos por el solo hecho de ser bueno (cf. 2,10-20). Cuántos de vosotros podríais relatar en primera persona, o en la historia de algún familiar, este mismo pasaje que hemos leído. Cuántos también habéis visto tambalear vuestra fe porque no apareció Dios para defenderos; porque el hecho de permanecer fieles no bastó para que él interviniera en vuestra historia. Kaunas sabe de esto; Lituania entera lo puede testimoniar con un escalofrío ante la sola mención de Siberia, o los guetos de Vilna y de Kaunas, entre otros; y puede decir al unísono con el apóstol Santiago, en el fragmento de su carta que hemos escuchado: ambicionan, matan, envidian, combaten y hacen la guerra (cf. 4,2).

Pero los discípulos no querían que Jesús les hablase de dolor y cruz, no quieren saber nada de pruebas y angustias. Y san Marcos recuerda que se interesaban por otras cosas, que volvían a casa discutiendo quién era el mayor. Hermanos: el afán de poder y de gloria constituye el modo más común de comportarse de quienes no terminan de sanar la memoria de su historia y, quizás por eso mismo, tampoco aceptan esforzarse en el trabajo del presente. Y entonces se discute sobre quién brilló más, quién fue más puro en el pasado, quién tiene más derecho a tener privilegios que los otros. Y así negamos nuestra historia, «que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 96). Es una actitud estéril y vanidosa, que renuncia a implicarse en la construcción del presente al perder el contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel. No podemos ser como esos “expertos” espirituales, que solo juzgan desde afuera y se entretienen en un continuo hablar sobre “lo que habría que hacer” (cf. ibíd.).

Jesús, sabiendo lo que sentían, les propone un antídoto a estas luchas de poder y al rechazo del sacrificio; y, para darle solemnidad a lo que va a decir, se sienta como un Maestro, los llama, y realiza un gesto: pone a un niño en el centro; un niñito que generalmente se ganaba los mendrugos haciendo los mandados que nadie quería hacer. ¿A quién pondrá en el medio hoy, aquí, en esta mañana de domingo? ¿Quiénes serán los más pequeños, los más pobres entre nosotros, aquellos que tenemos que acoger a cien años de nuestra independencia? ¿Quién no tiene nada para devolvernos, para hacer gratificante nuestro esfuerzo y nuestras renuncias? Quizás son las minorías étnicas de nuestra ciudad, o aquellos desocupados que deben emigrar. Tal vez son los ancianos solos, o los jóvenes que no encuentran sentido a la vida porque perdieron sus raíces. “En medio” significa equidistante, para que nadie se pueda hacer el distraído, ninguno pueda argumentar que “es responsabilidad de otro”, porque “yo no lo vi” o “estoy más lejos”. Sin protagonismos, sin querer ser los aplaudidos o los primeros. Allá, en la ciudad de Vilna, le tocó al río Vilna aportar su caudal y perder su nombre ante el Neris; acá, es el mismo Neris el que pierde su nombre aportando su caudal al Nemunas. De eso se trata, de ser una Iglesia “en salida”, de no tener miedo a salir y entregarnos aun cuando parezca que nos disolvemos, de perder en pos de los más pequeños, de los olvidados, de aquellos que habitan en las periferias existenciales. Pero sabiendo que ese salir implicará también en ocasiones un detener el paso, dejar de lado ansiedades y urgencias, para saber mirar a los ojos, escuchar y acompañar al que se quedó al borde del camino. A veces tocará comportarse como el padre del hijo pródigo, que se queda a la puerta esperando su regreso, para abrirle apenas llegue (cf. ibíd., 46); y otras, como los discípulos que tienen que aprender que cuando se recibe a un pequeño es al mismo Jesús a quien se recibe.

Porque por eso estamos hoy acá, ansiosos de recibir a Jesús: en su palabra, en la eucaristía, en los pequeños. Recibirlo para que él reconcilie nuestra memoria y nos acompañe en un presente que nos sigue apasionando por sus desafíos, por los signos que nos deja, para que lo sigamos como discípulos, porque no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en el corazón de los discípulos de Cristo, y así sentimos como nuestros los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y afligidos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. ap. Gaudium et spes, 1). Por eso, y porque como comunidad nos sentimos verdadera e íntimamente solidarios del género humano —de esta ciudad y de toda Lituania— y de su historia (cf. ibíd.), queremos entregar la vida en el servicio y en la alegría, y así hacer saber a todos que Cristo Jesús es nuestra única esperanza.

sábado, 22 de septiembre de 2018

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES

DIRECCIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Buenas noches a todos ustedes!

¡Gracias, Monica y Jonas, por tu testimonio! Lo recibí como amigo, como si estuviéramos sentados juntos en un bar, contándonos las cosas de la vida, tomando una cerveza o un turno , después de haber estado en los " teatras Jaunimo ".

Tu vida, sin embargo, no es una obra de teatro, es real, concreta, como la de cada uno de los que estamos aquí, en esta hermosa plaza situada entre estos dos ríos. Y quién sabe todo esto, necesitamos leer sus historias y descubrir el pasaje de Dios ... Porque Dios siempre pasa a nuestras vidas. Siempre pasa. Y un gran filósofo dijo: "¡Tengo miedo cuando Dios pasa! ¡Miedo de no darme cuenta! ".

Al igual que esta iglesia catedral, experimentaste situaciones que te hicieron colapsar, incendios de los que parecía que no podías recuperarte. Varias veces este templo ha sido devorado por las llamas, se ha derrumbado y, sin embargo, siempre ha habido quienes decidieron construirlo de nuevo, que no se dejaron vencer por las dificultades, no dejaron caer los brazos. Hay una hermosa canción alpina que dice: "En el arte de la escalada, el secreto no está en no caer, sino en no caer". Siempre comienza de nuevo, así que sube. Como esta catedral. Incluso la libertad de su país se basa en aquellos que no se dejaron vencer por el terror y la desgracia. La vida, la condición y la muerte de tu padre, Monica; tu enfermedad, Jonas, podría haberte devastado ... Y aún estás aquí,

Y me pregunto: ¿cómo ha sido derramada esta gracia de Dios en ti? No desde el aire, no mágicamente, no hay varita mágica de por vida. Esto sucedió a través de personas que han cruzado tu vida, buenas personas que te han nutrido con su experiencia de fe. Siempre hay personas en la vida que nos ayudan a levantarnos. Mónica, tu abuela y tu madre, la parroquia franciscana, han sido para ti como la confluencia de estos dos ríos: así como Vilnia se une a los Neris, te has unido, te dejas llevar por esta corriente de gracia. Porque el Señor nos salva al hacernos parte de un pueblo. El Señor nos salva al hacernos parte de un pueblo. Nos inserta en un pueblo, y nuestra identidad en última instancia, pertenece a un pueblo. Nadie puede decir: "Me salvé solo", todos estamos interconectados, todos estamos "en la web". Dios quería entrar en esta dinámica de relaciones y nos atraía hacia sí mismo en comunidad, dándoles a nuestras vidas un sentido completo de identidad y pertenencia (cf. Gaudete et exsultate , 6). Tú también, Jonas, has encontrado en los otros, en tu esposa y en la promesa hecha en el día de la boda, la razón para seguir, luchar, vivir. No dejes que el mundo te haga creer que es mejor caminar solo. Nunca te quedas solo Sí, puedes llegar a tener éxito en la vida, pero sin amor, sin compañeros, sin pertenecer a un pueblo, sin una experiencia tan hermosa que arriesga en conjunto. No puedes caminar solo No ceda a la tentación de concentrarse en sí mismo, mirar su vientre, en la tentación de volverse egoísta o superficial frente al dolor, la dificultad o el éxito pasajero. Afirmamos una vez más que "lo que le sucede al otro, me sucede a mí", vamos en contra de la corriente con respecto a este individualismo que aísla, que nos hace volvernos egocéntricos, eso nos hace vanidosos, preocupados solo por la imagen y su propio bienestar. Preocupado por la imagen, de cómo aparecer. Es mala vida frente al espejo, es feo. En cambio, la vida es hermosa con los demás, en la familia, con amigos, con la lucha de mi gente ... ¡Así que la vida es bella!

Somos cristianos y queremos enfocarnos en la santidad. Enfócate en la santidad a partir del encuentro y la comunión con los demás, atento a sus necesidades (cf. ibid. , 146). ). Nuestra verdadera identidad presupone pertenecer a un pueblo. No hay identidades de "laboratorio", no hay identidades "destiladas", identidades "pura sangre": estas no existen. Existe la identidad de caminar juntos, de luchar juntos, de amar juntos. La identidad pertenece a una familia, a un pueblo. Existe la identidad que te da amor, ternura, preocupación por los demás ... Existe la identidad que te da la fuerza para luchar y al mismo tiempo la ternura para acariciar. Cada uno de nosotros conoce la belleza e incluso el cansancio (es agradable que los jóvenes se cansen, es una señal de que trabajan) y muchas veces el dolor de pertenecer a un pueblo, lo sabes. Aquí nuestra identidad está enraizada, no somos personas sin raíces. No somos personas sin raíces!

Ustedes dos también recordaron la presencia en el coro, la oración familiar, la misa, la catequesis y la ayuda para los más necesitados; son armas poderosas que el Señor nos da. La oración y el canto , no cerrar la inmanencia de este mundo: anhelo de Dios se sale de sí mismo y que han podido contemplar con los ojos de Dios lo que estaba pasando en su corazón (cf. ibid , 147. ;) la práctica de la música se abre la puerta a la escucha y la interioridad, que permiten golpeando así la sensibilidad y esto es siempre una buena oportunidad para que el discernimiento (cf. Sínodo dedicado a los jóvenes, Documento de trabajo , 162 ). Por supuesto, la oración puede ser una experiencia de "combate espiritual", pero es allí donde aprendemos a escuchar al Espíritu, a discernir los signos de los tiempos y a recuperar nuestra fuerza para continuar anunciando el Evangelio hoy. ¿De qué otra manera podríamos luchar contra el desaliento ante las dificultades de los demás y de los demás, frente a los horrores del mundo? ¿Cómo podríamos hacer sin orar para no creer que todo depende de nosotros, que estamos solos frente al cuerpo con la adversidad? "¡Jesús y yo, mayoría absoluta!". No lo olvides, lo dijo un santo, San Alberto Hurtado. El encuentro con él, con su Palabra, con la Eucaristía nos recuerda que no importa la fuerza del adversario; no importa si el " Žalgiris Kaunas " o el " Vilnius Rytas " es el primero"[Aplausos, ríe] ... Por cierto, te pregunto: ¿qué es lo primero? [risas, risas] No importa cuál sea primero, no importa el resultado, pero el Señor está con nosotros.

La experiencia de ayudar a otros también te ha ayudado, descubre que hay personas que están enfermas, incluso peores que nosotros, cerca de nosotros. Monica, nos contaste sobre tu compromiso con los niños discapacitados. Ver la fragilidad de los demás nos coloca en la realidad, nos impide vivir lamer nuestras heridas. Es malo vivir en quejas, es feo. ¡Es malo vivir lamiéndose las heridas! ¡Cuántos jóvenes abandonan su país por falta de oportunidades! ¡Cuántos son víctimas de la depresión, el alcohol y las drogas! Tú lo sabes bien Cuantos ancianos solos, sin alguien para compartir el presente y con el temor de que regrese el pasado. Ustedes, los jóvenes, pueden responder a estos desafíos con su presencia y con el encuentro entre ustedes y los demás. Jesús nos invita a salir de nosotros mismos, a arriesgarnos "cara a cara" con los demás. Es cierto que creer en Jesús implica muchas veces dar un salto de fe en el vacío, y esto es aterrador. Otras veces nos lleva a preguntarnos a nosotros mismos, a salir de nuestros esquemas, y esto puede hacernos sufrir y tentarnos desde el desaliento. Sin embargo, se valiente! Seguir a Jesús es una aventura emocionante que llena nuestra vida de significado, lo que nos hace sentir parte de una comunidad que nos anima, de una comunidad que nos acompaña, que nos involucra en el servicio. Queridos jóvenes, vale la pena seguir a Cristo, ¡vale la pena! No tememos participar en la revolución a la que nos invita: la revolución de la ternura (cf. Seguir a Jesús es una aventura emocionante que llena nuestra vida de significado, lo que nos hace sentir parte de una comunidad que nos anima, de una comunidad que nos acompaña, que nos involucra en el servicio. Queridos jóvenes, vale la pena seguir a Cristo, ¡vale la pena! No tememos participar en la revolución a la que nos invita: la revolución de la ternura (cf. Seguir a Jesús es una aventura emocionante que llena nuestra vida de significado, lo que nos hace sentir parte de una comunidad que nos anima, de una comunidad que nos acompaña, que nos involucra en el servicio. Queridos jóvenes, vale la pena seguir a Cristo, ¡vale la pena! No tememos participar en la revolución a la que nos invita: la revolución de la ternura (cf. Evangelii gaudium , 88 ).

Si la vida fuera un juego de teatro o un videojuego, se restringiría en un tiempo preciso, un principio y un final, cuando se baje el telón o alguien gane el juego. Pero la vida se mide con otras veces, no con los tiempos del teatro o los videojuegos; la vida se juega en tiempos relacionados con el corazón de Dios; a veces avanzas, a veces retrocedes, tratas de probar caminos, cambian ... La indecisión parece provenir del miedo a que caiga el telón, o de que el cronómetro nos deje fuera del juego, de subir un nivel en el juego. En cambio, la vida siempre es una caminata, la vida está en camino, no es firme; la vida siempre es caminar en la dirección correcta, sin miedo a volver si estoy equivocado. Lo más peligroso es confundir el viaje con un laberinto: ese giro en la vida, en uno mismo, sin tomar el camino que conduce hacia adelante. Por favor, no seas joven del laberinto, del que es difícil salir, sino de jóvenes en camino. No hay laberinto: en el camino!

No temas elegir a Jesús, abrazar su causa, la del Evangelio, de la humanidad, de los seres humanos. Como nunca bajará del bote de su vida, siempre estará en la encrucijada de nuestros caminos, nunca dejará de reconstruirnos, incluso si a veces nos comprometemos a demolernos. Jesús nos da tiempos amplios y generosos, donde hay espacio para los fracasos, donde nadie necesita emigrar, porque hay lugar para todos. Muchos querrán ocupar sus corazones, infestar los campos de sus aspiraciones con las malas hierbas, pero al final, si damos vida al Señor, el buen trigo siempre gana. Su testimonio, Monica y Jonas, hablaron sobre la abuela, la madre ... Me gustaría decírtelo, y con esto termino, ¡no se preocupen! -, me gustaría decirte que no olvides las raíces de tu gente. Piensa en el pasado, hablar con las personas mayores: no es aburrido hablar con los ancianos. Ve y busca los viejos y deja que ellos cuenten las raíces de tu gente, las alegrías, los sufrimientos, los valores. Por lo tanto, sacando de las raíces, sacarás a tu pueblo, la historia de tu pueblo para obtener un fruto mayor. Queridos jóvenes, si quieren gente grande y libre, saquen el recuerdo de sus raíces y háganlo llegar. ¡Muchas gracias!

VISITA AL SANTUARIO MATER MISERICORDIAE,ORACIÓN DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos frente a la “Puerta de la Aurora”, lo que queda del muro protector de esta ciudad que servía para defenderse de cualquier peligro y provocación, y que en 1799 el ejército invasor destruyó en su totalidad, dejando solo esta puerta: ya entonces estaba allí la imagen de la “Virgen de la Misericordia”, la Santa Madre de Dios que siempre está dispuesta a socorrernos, a salir en nuestro auxilio.

Ya desde esos días, ella nos quería enseñar que se puede proteger sin atacar, que es posible cuidar sin la necesidad enfermiza de desconfiar de todos. Esta Madre, sin Niño, toda dorada, es la Madre de todos; ella ve en cada uno de los que vienen hasta aquí lo que tantas veces ni nosotros mismos alcanzamos a percibir: el rostro de su Hijo Jesús grabado en nuestro corazón.

Y porque la imagen de Jesucristo está puesta como un sello en todo corazón humano, todo hombre y toda mujer nos dan la posibilidad de encontrarnos con Dios. Cuando nos encerramos dentro de nosotros mismos por miedo a los demás, cuando construimos muros y barricadas, terminamos privándonos de la Buena Noticia de Jesús que conlleva la historia y la vida de los demás. Hemos construido demasiadas fortalezas en nuestro pasado, pero hoy sentimos la necesidad de mirarnos a la cara y reconocernos como hermanos, de caminar juntos descubriendo y experimentando con alegría y paz el valor de la fraternidad (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 87). Cada día visitan a la Madre de la Misericordia en este lugar multitud de personas venidas de muchos países: lituanos, polacos, bielorrusos y rusos; católicos y ortodoxos. Hoy lo permite la fluidez de las comunicaciones, la libertad de circulación entre nuestros países. Qué bueno sería que a esta facilidad para movernos de un lugar a otro se le sumara también la facilidad para establecer puntos de encuentro y solidaridad entre todos, para hacer circular los dones que gratuitamente hemos recibido, para salir de nosotros mismos y darnos a los demás, acogiendo a su vez la presencia y la diversidad de los otros como un regalo y una riqueza en nuestras vidas.

A veces pareciera que abrirnos al mundo nos lanza a espacios de competencia, donde “el hombre es lobo para el hombre” y solo hay lugar para el conflicto que nos divide, las tensiones que nos agotan, el odio y la enemistad que no nos llevan a ninguna parte (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 71-72).

La Madre de la Misericordia, como toda buena madre, busca reunir a la familia y nos dice al oído: “Busca a tu hermano”. Así nos abre la puerta a un nuevo amanecer, a una nueva aurora. Nos lleva hasta el umbral, como en la puerta del rico Epulón del Evangelio (cf. Lc 16,19-31). Hoy nos han esperado niños y familias con las llagas sangrando; no son las de Lázaro en la parábola, son las de Jesús; son reales, concretas y, desde su dolor y oscuridad, claman para que nosotros les acerquemos la sanadora luz de la caridad. Porque es la caridad la llave que nos abre la puerta del cielo.

Queridos hermanos: Que al cruzar este umbral experimentemos la fuerza que purifica nuestro modo de abordar a los demás, y la Madre nos permita mirar sus limitaciones y defectos con misericordia y humildad, sin creernos superiores a nadie (cf. Flp 2,3). Que al contemplar los misterios del rosario le pidamos ser una comunidad que sabe anunciar a Cristo Jesús, nuestra esperanza, a fin de construir una patria que sabe acoger a todos, que recibe de la Virgen Madre los dones del diálogo y la paciencia, de la cercanía y la acogida que ama, perdona y no condena (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 165); una patria que elige construir puentes y no muros, que prefiere la misericordia y no el juicio. Que María sea siempre la Puerta de la Aurora para toda esta bendita tierra.

Dejándonos guiar por ella, recemos ahora una decena del Rosario, contemplando el tercer misterio gozoso.

Domingo XXV del tiempo ordinario (Ciclo B)

Evangelio (Mc 9,30-37): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos pasaban por Galilea, pero Él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará». Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. 

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

PALABRA DE DIOS

«El Hijo del hombre será entregado (...); le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará»

Compartimos:

Hoy, nos cuenta el Evangelio que Jesús marchaba con sus discípulos, sorteando poblaciones, por una gran llanura. Para conocerse, nada mejor que caminar y viajar en compañía. Surge entonces con facilidad la confidencia. Y la confidencia es confianza. Y la confianza es comunicar amor. El amor deslumbra y asombra al descubrirnos el misterio que se alberga en lo más íntimo del corazón humano. Con emoción, el Maestro habla a sus discípulos del misterio que roe su interior. Unas veces es ilusión; otras, al pensarlo, siente miedo; la mayoría de las veces sabe que no le entenderán. Pero ellos son sus amigos, todo lo que recibió del Padre debe comunicárselo y hasta ahora así ha venido haciéndolo. No le entienden pero sintonizan con la emoción con que les habla, que es aprecio, prueba de que ellos cuentan con Él, aunque sean tan poca cosa, para lograr que sus proyectos tengan éxito. Será entregado, lo matarán, pero resucitará a los tres días (cf. Mc 9,31).

Muerte y resurrección. Para unos serán conceptos enigmáticos; para otros, axiomas inaceptables. Él ha venido a revelarlo, a gritar que ha llegado la suerte gozosa para el género humano, aunque para que así sea le tocará a Él, el amigo, el hermano mayor, el Hijo del Padre, pasar por crueles sufrimientos. Pero, ¡Oh triste paradoja!: mientras vive esta tragedia interior, ellos discuten sobre quien subirá más alto en el podio de los campeones, cuando llegue el final de la carrera hacia su Reino. ¿Obramos nosotros de manera diferente? Quien esté libre de ambición, que tire la primera piedra.

Jesús proclama nuevos valores. Lo importante no es triunfar, sino servir; así lo demostrará el día culminante de su quehacer evangelizador lavándoles los pies. La grandeza no está en la erudición del sabio, sino en la ingenuidad del niño. «Aun cuando supieras de memoria la Biblia entera y las sentencias de todos los filósofos, ¿de qué te serviría todo eso sin caridad y gracia de Dios?» (Tomás de Kempis). Saludando al sabio satisfacemos nuestra vanidad, abrazando al pequeñuelo estrujamos a Dios y de Él nos contagiamos, divinizándonos.